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Transfiguración

Transfiguración

TRANSFIGURACION

La transfiguración del hombre: Apenas se respetan los derechos humanos, y sin embargo, el hombre es mucho más que sus derechos.

Transfigurar al hombre es mostrar su dignidad y reconocer la dignidad de los otros, es mostrarnos los unos y los otros como hermanos e hijos del Padre. Sólo en la cumbre de la fraternidad, el auténtico objetivo de toda la historia humana, sólo en el amor por encima de la simple justicia -¡nunca por debajo de ella o al margen!- puede resplandecer un día la auténtica gloria y la dignidad del hombre, de todos los hombres. No basta con la igualdad, tan lejos todavía. Hace falta el amor. Porque el hombre sólo da la medida cuando es hombre con el hombre, cuando es un hombre para todos los hombres y no un depredador. El que no ama no se conoce a sí mismo, ni a los demás, no sabe cuál es su dignidad y su vocación. Tampoco reconoce a Dios y a su Hijo, Jesucristo.

EUCARISTÍA 1978, 36

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La Transfiguración: Contemplación y alabanza

La Transfiguración: Contemplación y alabanza

LA TRANSFIGURACIÓN: CONTEMPLACIÓN Y ALABANZA

La celebración dominical de hoy tiene un acento peculiar porque coincide con una fiesta del Señor: la que conmemora su transfiguración en la montaña como un anuncio -que precede a su pasión- de su resurrección gloriosa.

El evangelio de hoy, que nos narra la escena de la Transfiguración, es el mismo que escuchamos el segundo domingo de Cuaresma. Pero entonces no se nos presentaba como una conmemoración del hecho acontecido, sino era -simplemente- un indicativo en el camino cuaresmal de la realidad futura a la que estamos llamados los que hacíamos un camino de conversión y penitencia. La fiesta de hoy nos conduce más directamente a la contemplación de Cristo, que se nos muestra con el esplendor de su gloria, y a la alabanza de aquel que, en esta visión, nos ha querido manifestar cuál es la esperanza de la realidad a la que estamos llamados aquellos que en él creemos.

UNIDAD DE LAS LECTURAS

Quizás, más que en otras ocasiones, las lecturas de hoy presentan una unidad que va creciendo a medida que se van sucediendo los textos. Nos hallamos ante un primer texto profético en el que la Iglesia nos descubre la gloria que Cristo había de alcanzar; y hace esto por medio de las afirmaciones del salmo (“El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra”). El texto apostólico es una “catequesis” que nos dispone admirablemente para escuchar y comprender el alcance del relato evangélico, culminación de la liturgia de la Palabra. Sería bueno empezar la homilía recordando el itinerario seguido por los textos que se han escuchado, antes de centrarse en el mismo texto evangélico.

LA ESCENA EVANGÉLICA

La escena evangélica es suficientemente conocida, pero conviene recordar sus detalles. Jesús se hace acompañar por los apóstoles elegidos para ser testigos de algunos de los acontecimientos más importantes de su vida. A su lado están Moisés y Elías: la Ley y los Profetas. También ellos recibieron en la montaña la Ley, signo de la Alianza de Dios con su pueblo, y la ratificación de la Alianza (cf. Éxodo 19-20 y 1 Reyes 19). La nube es signo de la presencia de Dios, del Dios que, por medio de su palabra, reconoce como Hijo suyo al Cristo gloriosamente transfigurado.

UN COMENTARIO AUTORIZADO DEL HECHO

El texto de san Pedro es el mejor comentario -escuchado por todos los fieles de la transfiguración del Señor. Es cierto que se pueden tener presentes los textos de Atanasio Sinaíta (en la Liturgia de las Horas) o de san León (antiguo Breviario Romano). Pero el texto del apóstol ha sido oído por todos.

Empieza subrayando san Pedro la realidad del hecho. Y lo hace como testigo que ha “visto” y ha “oído”. Ha contemplado la grandeza de Jesucristo, nuestro Señor, y ha escuchado la voz del Padre, no sólo reconociendo en Jesús a su Hijo sino también dándole honor y gloria, esto es, reconociendo el triunfo que iba a alcanzar. En la transfiguración constata Pedro el cumplimiento de las profecías. Por eso nos exhorta a escuchar la voz de los profetas. Porque nos hablan de Cristo, nos conducen hasta la luz de Cristo, luz que ha de iluminar nuestros corazones. Fijémonos que escuchar a los profetas es le primer paso para escuchar al mismo Cristo. No hay contradicción-sino una plena complementación entre lo que afirma Pedro (escuchar a los profetas) y lo que nos dice la voz del Padre (que escuchemos a su Hijo).

No podemos ser nosotros “testigos oculares” de Cristo transfigurado. Esto sólo lo podemos hacer, mediante los ojos de la fe, gracias al testimonio apostólico. Lo que sí podemos hacer, como los apóstoles, es escuchar la voz de Cristo, si queremos llegar a ser con él “coherederos de su gloria” (colecta). En esta misma línea hallamos “comentado” por la Iglesia el hecho de la transfiguración cuando afirma en el prefacio que este hecho “al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo que le reconoce como cabeza suya”. La fiesta de hoy confirma en nosotros esta esperanza.

UNA CONSIDERACIÓN LITÚRGICA

El episodio evangélico de la transfiguración de Cristo nos invita también a fijarnos en un aspecto importante de toda la celebración litúrgica. Como los apóstoles, que reconocieron cuán bien estaban allí contemplando al Señor glorioso, pero que muy pronto tuvieron que bajar del monte y acompañar a Cristo hacia Jerusalén donde sufriría la pasión, también nosotros, al participar de la liturgia, gustamos por unos momentos cuán unidos estamos al Señor de la gloria y a los dones que son prenda de los bienes del cielo, pero muy pronto tendremos que volver al esfuerzo constante de la vida cristiana cotidiana.

La liturgia nos permite vivir momentos de intensa comunión con las realidades más santas y, al mismo tiempo, nos ayuda a vivir “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”. Ojalá la fiesta de la Transfiguración nos ayude a valorar la importancia de estos dos aspectos de la vida litúrgica.

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MISA DOMINICAL 2000, 10, 13-13

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La Transfiguración: Panorámica de la fiesta

La Transfiguración: Panorámica de la fiesta

PANORÁMICA DE LA FIESTA

  1. Hoy se interrumpe la continuidad de los domingos ordinarios -y, con ella, la lectura seguida del tercer evangelio- porque celebramos una fiesta del Señor, una fiesta muy peculiar, que se apoya en un relato evangélico, también peculiar, que hallamos con ligeras variantes en los tres sinópticos. No nos deslicemos superficialmente por el texto: estudiémoslo y reflexionémoslo para edificación nuestra y para la predicación.
  2. Los teólogos medievales hablaban “de mysteriis vitae Christi”, una expresión que va como anillo al dedo para aproximarnos a la fiesta de hoy. Se trata de la manifestación del Misterio en la carne humana de Jesús. Del Misterio, es decir, del plan secreto de Dios, como dice san Pablo (cf., p.ex., Col/01/26; Ef/03/05/09). Tan escondido que, cuando Jesús lo entreabre, Pedro lo rechaza y debe ser reprendido, porque hace el papel del tentador: “Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”.
  3. El relato de la Transfiguración forma un bloque con la confesión de Pedro, el anuncio de la pasión, la reacción de Pedro, la increpación de Jesús y la llamada al seguimiento: “el que pierda su vida por mi causa, la salvará” (Lc 9, 24). La Transfiguración es el broche de este conjunto. Y la garantía en la que todo se sustenta se encuentra en las palabras que se oyen desde la nube: “Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle”. Sí: la gloria de Dios resplandece en la faz del Hijo del hombre, del crucificado. Moisés y Elías, gloriosos, conversaban con Jesús, “hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén”. Y fue precisamente entonces cuando “Pedro y sus compañeros vieron su gloria”.
  4. La escenografía, las palabras de la nube, la increpación de Jesús a Pedro (que concuerda con la respuesta de Jesús a la tercera tentación, según Mt 4, 10) relacionan este texto con el del bautismo (que enlaza con la escena de la tentación). Si entonces la voz del cielo proclamaba a Jesús Hijo amado (“Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”: Lc 3, 22), ahora la voz de la nube dice imperativamente a los discípulos que lo escuchen (“Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle”). “Para que sobrellevasen el escándalo de la cruz”, comenta el prefacio de hoy.
  5. ¿Cuál es el sustrato “histórico” del relato de la Transfiguración? Estamos en un momento crucial de la vida de Jesús y su grupo. Transcurridos los primeros meses, defraudados los entusiasmos iniciales, alarmados los poderosos, la posibilidad de un fracaso empieza a dibujarse en el horizonte. Es en este contexto que parece inscribirse este bloque de la tradición evangélica a la que me ha referido en el punto 3. Jesús, “mientras oraba”, se afirma en el camino del Hijo del hombre como voluntad del Padre. Esta misma voluntad es intimada a los discípulos: a los de entonces y a los que vendrán. Ellos también deben ir entendiendo que los pensamientos de Dios no son los de los hombres. A partir de ahora, Jesús irá afirmándose en este camino mesiánico, no sin resistencias (recordemos Getsemaní, Lc 22, 42-44, y el grito de la cruz, en plena oscuridad, Mc 15,33-34). Mientras tanto, los discípulos continúan ciegos, como incapaces de entender (véase, por ejemplo, 9, 43-45; 18,31-34, y en la hora del desenlace Lc 22,31-34.54-62).
  6. La segunda lectura afirma que “habíamos sido testigos oculares de su grandeza (…). Esta voz del cielo la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada”. Ver, oír, contemplar… A estas palabras, que evocan la experiencia cristiana, no deberíamos darles una traducción demasiado material. Comparémoslas con estas otras, por ejemplo: “hemos contemplado su gloria” (Jo 1, 14); ” lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la Vida” (1Jo 1,1). La experiencia cristiana no es algo que se pueda ver o tocar: “Dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Esta segunda lectura termina recomendándonos “prestarle atención” a la palabra de los profetas. Afirmémonos, pues, en la Palabra (“la Palabra de la Vida”) y no nos perdamos por los caminos arenosos de “invenciones fantásticas”, de cuentos de hadas, o de “evidencias” materiales.
  7. Porque el Hijo del hombre que viene entre las nubes del cielo y a quien se le da poder, honor y reino (1. lectura) es el Hijo del hombre que no tiene donde reclinar la cabeza (Lc 9, 22; d. 12), y que cuando proclama frente a Pilato “Soy rey”, no sólo lo hace en unas circunstancias que no permiten ningún “quid pro quo”, sino que él mismo nunca deja de precisar: “Mi reino no es de este mundo; mi reino no es de aquí” (Jn 18,36-37).
  8. La Transfiguración del Señor, san Salvador. Que el Padre nos conceda el don de descubrir y contemplar la claridad de su rostro glorioso y vivificante en el rostro humilde y tan humano del Hijo del hombre, del hombre de dolores. Que nos conceda el don de escuchar su palabra de vida y seguir su camino, incluso cubiertos por la oscuridad de la nube. “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal 33, 6).
  9. Estamos en pleno verano, en plenas vacaciones. El ambiente no invita demasiado a perderse en disquisiciones. Tampoco se trata de fastidiar el tiempo libre y las vacaciones de los cristianos, que bastante merecidas las tienen, ni producirles mala conciencia. Pero, como escribía san Pablo a los cristianos de Corinto, “los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 22-23); o como decía a los gálatas, “no es que haya otro evangelio. Pues bien, si alguien os predica un evangelio distinto del que os hemos predicado -seamos nosotros mismos o un ángel del cielo-, ¡sea maldito!” (Ga 1, 8-9). También nosotros debemos ser fieles en anunciar a Jesús crucificado. Y hoy nuestro servicio puede consistir en ayudar a dar contenido realista a un texto que quién sabe si a nuestros oyentes les puede sonar a página sacada de un cuento de hadas, (¡quizá nosotros hemos dado pie a ello!).

JOSEP M. TOTOSAUS

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MISA DOMINICAL 1989, 16

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Traemos una dinámica para trabajar con jóvenes sobre el día de todos los santos y la conmemoración de los difuntos.

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Difuntos y Todos los santos

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(†  430) 

Es el más genial y completo de los Padres de la Iglesia y uno de los hombres más extraordinarios de la Humanidad. Nació en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia. Su padre, llamado Patricio, era pagano. Su madre, modelo cabal de madres cristianas, fue Santa Mónica, quien le educó en los rudimentos de la religión y le enseñó a paladear las dulzuras del nombre de Jesús. Más tarde se llamará Agustín a sí mismo “hijo de las lágrimas de su madre”.

 Dotado de imaginación ardiente, de temperamento apasionado, de vivacísima inteligencia, descolló en el estudio de las letras humanas. Se dio con ardor a la literatura y a la elocuencia. Madaura y Cartago fueron el escenario de sus primeros triunfos de retórico y polemista. Conoce el halago y la embriaguez de la gloria. Y, a la vez que se sumerge en el estudio de las artes y de la filosofía, se deja arrastrar por el viento de las pasiones nacientes. “No amaba todavía —nos dice él mismo— y ya deseaba amar.” Comienza la etapa de sus primeros errores. Abraza el maniqueísmo porque, a pesar de lo contradictorio de sus doctrinas, creyó ver un principio de elevación moral en la externa austeridad de los maniqueos, en su aparente castidad, en su virtud simulada. Pronto desertó del maniqueísmo, porque no satisfacía a sus profundas inquietudes ni a la sinceridad de su corazón, ávido de verdad. En Cartago consiguió brillar su genio retórico; triunfó en concursos poéticos y certámenes públicos, y arrastró con el cautiverio de su elocuencia y de su profundo saber a las multitudes, que le escuchaban como a un oráculo.

 Pero Agustín se siente defraudado; no encuentra la verdad que tanto ansiaba ni en las diversiones públicas, ni en el estudio de retóricos y poetas, ni en el análisis de las viejas teogonías. En el 383 decide partir para Roma. Y allá le sigue su madre, Santa Mónica. Cae gravemente enfermo. Protegido por Símmaco, prefecto de Roma, obtuvo una cátedra en Milán, donde —según él dice— “abrió tienda de verbosidad y de vanilocuencia”. En esta ciudad conoció a San Ambrosio, y empezó la lección de las Sagradas Escrituras. Oía el canto de los fieles en el templo, y su corazón encontraba una inefable paz, que le hacía derramar lágrimas. Estudia la filosofía de los académicos, y se acrecientan sus incertidumbres y la tragedia de su alma. Le atormentaba el problema de la verdad, sobre todo. “Tú —dice— me espoleabas, Señor, con aguijones de espíritu … Tú amargabas mis dichas transitorias.” Platón y Plotino abren en su inteligencia caminos insospechados y le encienden en un ansia nueva de verdad. Pero es San Pablo el que definitivamente derrumba el castillo de sus vanidades y le gana para la fe. En el 386 se decide a consagrarse al estudio metódico de las verdades del cristianismo. Renuncia a su cátedra y se retira con su madre y sus amigos a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse enteramente a la meditación y al estudio. Es bautizado por San Ambrosio el 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad.

 Desde el momento en que entró Dios a velas desplegadas por su corazón, es San Agustín la demostración más palmaria de la dramática lucha entre lo humano y lo divino, entre la libertad y la gracia, entre la rebeldía de la carne que se encierra en su pertinaz autoctonía y el anhelo del alma que busca una base eterna para sus amores, entre la fuerza centrífuga del hombre, solicitado por la insinuación tentadora de las cosas transitorias, y la necesidad de concentrarse, de homogeneizarse, para superar lo visible y dar a la vida un rango categorial permanente. El ancla rota de su espíritu navegante, sumido en incertidumbres, se asió fuertemente en las ensenadas de la verdad. Dios se desplegó ante sus ojos atónitos, húmedos de gozo nuevo y de una felicidad recién nacida en su alma, con toda su magnificencia; y toda aquella vida dinámica, sin perder nada de su vitalidad, de su dramática grandeza, se concentró radicalmente en Dios, y así se verificó en él la integración del hombre en la plenitud de sus energías, y no supo ya en adelante vivir más que para la verdad, el alma y Dios, esas tres grandes realidades supremas, a las que sólo podemos llegar movilizados por la caridad y el entendimiento del amor.

 Ya bautizado, retorna al África; pero antes aconteció en Ostia la muerte de su madre. Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y distribuyó entre los pobres el beneficio de los mismos. Se retira a una pequeña propiedad para hacer vida monacal perfecta con sus amigos. De ahí había de nacer más tarde su famosísima regla fundacional. La fama de Agustín cobra cada día nuevo incremento. Es ordenado presbítero de Hipona, y en 396 sucede en el episcopado a Valerio. En su casa episcopal establece la observancia regular.

 La actividad de San Agustín como obispo es enorme. Predica, escribe, polemiza, preside concilios, resuelve los problemas más diversos de sus feligreses. Es el oráculo de Occidente. De todas partes acuden a él en demanda de soluciones para los problemas más arduos. Se le ha llamado el martillo de los herejes: maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc., fueron cediendo ante el vigor y la claridad de sus refutaciones. Su caridad era tan profunda como su genio. Cargado de días y de merecimientos, mientras los bárbaros invadían el África y asediaban a Hipona, muere San Agustín el 28 de agosto de 430.

 San Agustín ocupa un lugar preeminente no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la del pensamiento humano. Sus obras múltiples sobre las más diversas cuestiones conservan una perennidad inmarcesible. Su genio tocó las cimas más elevadas. Lo que él escribió acerca de la libertad, la gracia, el alma, Dios, la Providencia, el amor, la justicia, el bien y el mal, la fe, la justificación y el concurso, sobre la Trinidad y la vida bienaventurada, el orden y el pecado, etc., ha pasado a constituir doctrina y fundamento de razón. Su lenguaje apasionado y cálido, expresivo y personal, seduce, convence y conmueve.

 La actualidad de San Agustín es unánimemente reconocida. No envejecen ni su lenguaje ni su pensamiento. Es el gran maestro y pensador del cristianismo. “Todas las influencias del pasado —dice Eucken—, como todos los impulsos de su tiempo, los hace suyos Agustín, los recoge él y los transforma y vitaliza en un acorde prodigioso y nuevo.” “Agustín es el mayor genio de la cristiandad”, dice Harnack. “La aparición de Agustín en la historia del Dogma —dice Ph. Schaff— hace época, especialmente en lo que concierne a las doctrinas antropológicas y soteriológicas, a las cuales imprimió un progreso inmenso, llegando a un grado de precisión y de claridad como no lo había tenido hasta entonces la conciencia de la Iglesia.”

 San Agustín ha sido el oráculo de los concilios, el gran explorador de la intimidad religiosa, el formulador de la unidad teológica en la que se resuelven todas las tendencias del corazón y de la inteligencia. Sus obras capitales —entre la muchedumbre de sus obras que abarcan todos los ámbitos del saber—son las Confesiones, De Trinitate, De Civitate Dei, De libero arbitrio, De Natura et Gratia, Enarrationes in Psalmos, De Genesi ad litterani, los Tratados sobre Juan, las Epístolas y los Sermones. Su autoridad es inmensa. Con razón se ha postulado siempre en los momentos dramáticos el retorno a San Agustín.

 El nombre de San Agustín, con sólo pronunciarlo, dilata gloriosamente el ámbito de la cultura, y abre súbitos paisajes espirituales y sorprendentes perspectivas a la contemplación y profundización de la vida, del alma y de Dios. Es difícil precisar los confines de la irradiación de su pensamiento y el área de su influencia incesante, de la seducción de su personalidad poderosa.

 Con San Agustín nos encontramos en cada episodio del drama humano, lo mismo en las exploraciones más arriesgadas del pensamiento y de la intimidad del alma que en el planteamiento y solución de los problemas más arduos de toda índole, que en las apasionantes y angustiosas jornadas del hombre que se debate por la conquista de Dios, y por hallar una base eterna a sus inquietudes y al ansia perenne de su corazón.

 San Agustín —dice Papini— insiste en la necesidad de la razón para llegar a comprender los dogmas de la fe; pero al mismo tiempo reconoce que la fe sola, de por sí, ayuda a comprender. “Entiende —dice el Santo— para que creas en mi palabra; cree, para que entiendas la palabra de Dios.” De ahí esas admirables fórmulas, de valor reversible, exuberantes de contenido, con que San Agustín trata de conjugar el ejercicio alternante de la fe y de la razón, que se traducen siempre en entendimiento, en visión, en sabiduría. “Ama mucho la inteligencia” —reitera el Santo—, reconociendo sin reservas las prerrogativas de la inteligencia; pero no de la inteligencia presuntuosa, que se basta a sí misma, sino de la inteligencia abierta a las claridades de la fe, que por la razón se hace también inteligible y desemboca en la plenitud de la caridad. El verdadero filósofo “cree cuando piensa y piensa cuando cree”. Claro es que el acto de fe religiosa no es obra del esfuerzo del hombre, sino donación de Dios. Pero el hombre, por un esfuerzo íntimo, personal, humilde, y por la disciplina de la razón, puede disponerse al don de la fe, abatiendo la altivez del orgullo y la tiranía de la concupiscencia con la intervención de la gracia. La virtualidad del pensamiento agustiniano radica en que lo mismo habla y convence al hombre de la razón que al hombre de la fe, que refuerza la debilidad de la razón con las seguridades que le presta la fe, para llegar por caminos más breves e iluminados a la conquista de la verdad y a la quietud deseada del corazón.

 Maravilla ciertamente la sinceridad y la resolución con que San Agustín aborda los problemas más complicados, y la claridad y gallardía con que logra las soluciones más inesperadas y de perenne vigencia. A ello contribuye, sin duda, la admirable eficacia de su estilo, la expresividad y viveza de sus fórmulas, los hallazgos verbales incomparables de su genio literario, que confieren a su obra inmarcesible perennidad.

 San Agustín precisa agudamente los límites de la razón y la función de la fe en orden al conocimiento de Dios y de las cosas transitorias o permanentes. Pero introduce un nuevo elemento en este proceso de la inteligencia a la fe y de la fe a la inteligencia, que es lo que caracteriza y confiere profunda originalidad a la teoría agustiniana del conocimiento: ese nuevo término es el amor. Para que la fe y la razón logren la plenitud de su eficacia es preciso que estén movilizadas, vivificadas, por la fuerza potenciadora de todo el ser, que es la caridad. Esa es la gran afirmación agustiniana, La caridad, el amor, es el principio radical de creer y de entender con fecundidad y merecimiento. La fe que lleva a la inteligencia es la que San Agustín llama “la creencia en Dios”, que consiste en unir el amor y la fe. Ir a Dios por la fe es incorporarse a Él y a sus miembros, es decir, al prójimo, por la caridad; he ahí lo que Dios exige de nosotros; no una fe cualquiera, sino la fe que obra por la caridad. “Cuando el alma —escribe el Santo— se halla penetrada de la fe que obra por la caridad, tiende, a causa de la pureza de su vida, a elevarse hasta la contemplación, donde la perfección de la santidad revela a nuestros corazones la inefable belleza, cuya plena visión constituye la suprema felicidad.”

 San Agustín nos renueva su lección inacabable en todos los ámbitos del pensamiento. Lo que urge es acercar al Santo de la caridad a este mundo tan necesitado de claridades, del remedio de la caridad para encontrar la quietud de su corazón.

 Al hacer el Santo el análisis de su alma hizo a la vez el estudio más certero y audaz del alma humana. El contenido emocional de sus obras es lo que ha podido inducir a muchos a creer que ellas contienen, más que un riguroso valor filosófico, un valor afectivo o ético-místico, cuando, cabalmente, una de las consecuencias más definitivas del Santo es haber logrado hacer confluir las dos grandes corrientes interiores, la afectiva y la intelectiva, forzándolas a correr por un mismo cauce, ancho y tumultuoso, y rendir toda su multiplicada eficacia. De ahí ese valor de vida, ese calor de humanidad, ese tono cordial y amoroso, esa complejidad de su obra, jamás marchita. “Su filosofía, es una filosofía de valores” —ha dicho Hesren. Es verdad: pero estos valores, estas estimaciones filosóficas agustinianas rinden su eficacia y adquieren categoría en función de otros valores de supremo rango, del alma y Dios, que eslabonan y ajustan todas las piezas de su obra y la enriquecen de finalidad.

 La vida es el hecho radical, básico, de nuestro ser; pero para que ésta tenga un sentido de validez, una justificación adecuada, hay que hacerla desembocar en una realidad de superior jerarquía; hay que orientarla sabiamente hacia Dios. El sentido y la aspiración de la vida no se nutren ni tienen en sí mismos su razón suficiente; necesitan un término de correlación eterna, que es Dios. El ala está hecha para el vuelo como el alma para la felicidad, no esta felicidad abreviada que se cotiza en los mercados y lonjas del mundo, sino la felicidad integra y acabada, capaz de coordinar y absorber todas las actividades y anhelos que vibran en lo íntimo del ser, y de traducirse en posesión indeficiente. “El alma no tiene más que un alimento —dice el Santo—: conocer y amar la verdad”. “Nada vale lo que un alma, ni la tierra, ni el mar, ni los astros.” “El alma es obra de Dios; el alma es un ojo abierto que mira siempre hacia Dios; el alma es un amor abierto a lo infinito. Dios es la patria del alma.” En su obra, se pueden hallar con frecuencia expresiones bellísimas por el estilo. Hablando de Dios y del alma, el corazón de Agustín no se agota nunca —decía Fénelon—; él solo vale por una legión de genios. Él busca ante todo la verdad; esta nostalgia innata de la verdad es el arpón que llevó prendido como un dardo de fuego: pero, si hubiese buscado sólo la verdad filosófica, no habría rebasado el nivel de un neoplatónico o de un académico teorizante: él buscaba no sólo conocer, sino poseer y amar la verdad. El tipo especulativo no se separa nunca en él del afectivo.

 Dios y el alma son las dos palabras solemnes que San Agustín impregnó de sentido y lanzó con toda la capacidad de su contenido, como un eco resonante y prodigioso, por toda la amplitud de la Edad Media. Los escolásticos y los místicos recogieron la onda concéntrica de esta transmisión agustiniana, que conmovió a los más excelsos pensadores. Sus resonancias no han languidecido aún, antes bien, se robustecen y refuerzan con el tiempo.

 San Agustín no sólo fijó el anhelo de la verdad. sino también su objeto: el camino era la inmersión en sí mismo, el retorno al propio corazón. Hay que echar hondo el ancla en el mar del corazón, fijar el pie en la tierra firme del alma, para ascender a Dios. Esta reversión al hombre interior en San Agustín, sin desdeñar el espectáculo del mundo sensible, este descubrimiento del proceso de la intimidad, ha sido —como indiqué antes— la clave de la mística de la Edad Media y, sobre todo, de la española del Siglo de Oro, y constituye hoy el punto crítico, el eje de gravitación de los movimientos e inquietudes filosóficos. ¿Qué extraño es que en este genio poderoso se hayan tratado de fundamentar sistemas y teorías, si, a veces, una simple referencia o insinuación, soltada como al azar, aparece llena de sentido o de potencia virtual? Este retorno al hombre interior, como punto de apoyo para ulteriores aspiraciones del mundo sensible, para fijar la posibilidad de conocer las realidades circunstantes y familiares, sin recluirse en sí mismo de modo que se corte todo acceso y comercio, al través de las ventanas del espíritu, con el resto del universo, es hoy una lección altísima contra el subjetivismo —ya en declive— hermético y suicida, y contra la tendencia positivista, que desatiende al hombre interior, solicitado sólo por el hecho concreto, por la realidad mensurable, por el resultado pragmático de los fenómenos, por la industrialización de los valores, por un afán práctico, sin perspectivas. En la moderna restauración de la metafísica, la influencia agustiniana es evidente, y quizá la que logre flotar de estos nobles esfuerzos restauratorios ha de ser lo que más vestigios de San Agustín contenga.

 “La asociación de un movimiento progresivo al alma humana constituye el valor incomparable de San Agustín —ha dicho Eucken—; al elevar la fuente de la verdad y del amor muy por encima de la pequeñez humana, ha creado un tipo nuevo de vida sentimental, religiosa y aun histórica.”

 Del alma se encumbra San Agustín a Dios, capaz de beatificarla. “¡Tarde os amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde os amé!” —exclama con inmortal gemido—. “Vos estabais dentro de mí alma y yo, distraído, os buscaba fuera y, dejando la hermosura interior, corría tras las bellezas exteriores, que Vos habéis creado. ¡Y estas hermosuras que, si no estuvieran en Vos, nada serían, me apartaban y tenían alejado de Vos! Pero me llamasteis y tales voces me disteis, que mi sordera cedió a vuestros gritos. Me disteis a gustar vuestra dulzura, que ha excitado en mi espíritu hambre y sed vivísimas, y me encendí en deseos de abrazaros.” Sigamos copiando sus palabras, que son un regalo perpetuo, una delicia para el alma: “Heristeis mi corazón con vuestra palabra y al punto os amé. Pero ¿qué es lo que yo amo, amando a mi Dios? No es hermosura temporal, ni bondad transitoria, ni luz material, grata a los ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura de la miel, ni deleite alguno del tacto o sentido corporal. Nada de eso es lo que yo amo, amando a mi Dios y, no obstante, es semejante a la luz, y como aroma, y como fragancia, y como manjar, y como deleite de mi espíritu. Resplandece en él una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no esparce al aire, se recibe un gusto que no concluye, como el de los manjares; y se posee íntimamente un bien tan deleitoso, que, por más que se goce y se sacie el deseo, nunca causa enojo ni fastidio. Todo esto amo cuando amo a mi Dios”. Yo no sé que en el lenguaje humano articulado se pueda decir más.

 Sería absurdo que el alma aspirase a Dios si de suyo le viniera esta aspiración, esta capacidad de Dios: su capacidad limitada no podría sospechar siquiera lo infinito; pero al sentir estas sospechas, estos indicios, estos anhelos de lo infinito, por fuerza tienen que provenirle de algo que sea de capacidad infinita, es decir, de Dios.

 Por eso el alma enfila su proa a Dios en constante anhelo. En todas las cosas descubre posibilidades de conocimiento; aptitud para ser conocidas y para remontarse a Dios.

 Claro es que entonces no estaba la filosofía tecnificada ni poseía recursos categoriales, legitimados por el triunfo de lo teórico: pero San Agustín, genial siempre, cuando le falta el instrumento, lo crea. Y así no le es difícil pasar del Logos alejandrino, precristiano, a las claridades del Verbo, y del Nus de Plotino, al Dios personal de San Pablo, recogiendo las más limpias vibraciones del pensamiento griego, agnóstico y senequista, no como un mísero rapsoda, sino injertándoles un sentido nuevo en su concepción grandiosa del cosmos y de la vida.

 ¡Y qué armoniosa y grande resulta esta concepción cosmológica de San Agustín! ¡Qué magníficamente va eslabonando verdades y sistemas, fijando las relaciones entre Dios y el alma por medio de la religión! ¡Cómo se amplia ante su mirada vivaz el escenario del conocimiento, y cómo convoca a todas las cosas creadas, jalones para lo suprasensible, hasta llegar al agnitio Dei experimentalis, y cómo entonces cobra sentido la tumultuosa diversidad fenoménica del mundo y descubre en él una radiante fotosfera, que no es más que la huella, el vestigio de Dios! ¡Cuán armoniosamente se alían y armonizan en Agustín la razón y la fe, la Fides quaerens intellectum, el credo ut intelligam, el Intellectum valde amat, que él proclamó no como un mero recurso teórico, como un enunciado hipotético matemático, sino como una realidad viva actuante en su ser! ¡Y cómo se enriquece el pensamiento y se ennoblece el sentido de la vida, al pasar por la urdimbre maravillosa del genio de Agustín: y cómo después de haberse sumergido en su propio corazón comprende mejor la razón del cosmos, que le vocea y le habla de Dios, descubriendo en todas las cosas la ley del orden, la ordo ordinans, y deduciendo que el alma está ordenada al amor, que el corazón está ordenado ineludiblemente a Dios, que la virtud es el orden del amor, ordo amoris, definición maravillosa que brillará siempre por encima de los austeros sofismas kantianos! En la naturaleza descubre el orden del ser; sólo en el hombre ve la posibilidad de la infracción del orden. Dios ha constituido el orden de las edades en una serie de contrastes, como una acabada poesía: ve el enigma del pecado introducido en el mundo, que alteró la jerarquía interna de las humanas tendencias, por el desorden del amor; pero en el pecado mismo encuentra la solución de los enigmas de la vida, y descubre la armonía providencial de la economía religiosa y la necesidad de retornar a Dios, al servire Deum liberaliter, al arrepentimiento para sustraernos de la servidumbre del pecado, por medio del conocimiento y del amor, ya que el conocer no es para San Agustín más que una forma egregia de amar.

 Porque amó tanto y vivió con tan grande sinceridad su pensamiento, resulta en San Agustín tan generosa y fecunda la verdad. El amor que se vive es el amor más fuerte y contagioso: la verdad que se ama es la que tiene más sentido de vida, así como el dolor que dilacera la carne y deja en ella un surco hondo y ancho es el que más prospera y florece en germinaciones.

 Agustín vivió profundamente su vida y su obra: he ahí el secreto de su vitalidad; pero las vivió del modo que pudo vivirlas un temperamento de su estirpe. “Sus ideas —ha dicho Eucken— son principalmente expresiones de su personalidad y aún diríamos mejor su vida personal inmediata.”

 La verdad y el dogma en la pluma del Santo tienen calor de simpatía y de humanidad. La sinceridad se le desborda de los senos del alma y logra contagiar a cuantos se le acercan. Es difícil encontrar en él una frase que no le salga del alma o la caliente primero en la oleada de sangre de su corazón.

 Su vida, desde que el espíritu del Evangelio cayó sobre él como una lluvia buena, fue una demostración experimental del valor, de la caridad y de la gracia; fue una prolongada antífona delatora de la misericordia y munificencia del Señor; fue toda ella como aceite puro de los mejores olivares, flor de harina nueva, agua limpia de hontanar cimero, perdido entre las rocas, ditirambo y júbilo por el hallazgo de aquella verdad tan largamente codiciada.

 Por eso es el poeta de la verdad y de la intimidad: el genio siempre en vuelo, pero siempre humano y lleno de misericordia y comprensión para las humanas debilidades, que acertó a aliar el amor y el pensamiento en recíproca fecundidad, que recogió en su obra la herencia de los afanes y de los anhelos humanos; que enseñó la gran pedagogía de la gracia, del concurso y de la providencia de Dios; que enriqueció la vida del corazón y del sentimiento y formuló sus leyes y sus exigencias; que coordinó la urdimbre misteriosa de las relaciones entre la naturaleza y la vida sobrenatural; que sentó el parentesco solemne existente entre Dios y las cosas creadas; que creó una literatura nueva, enriquecida de expresiones nunca oídas, para hablar de la verdad, de Dios y del alma y para loar las excelencias del amor, primer motor del universo, el pondus animae, que le inspiró tantas armonías.

 Así se explica su perenne actualidad, el retorno continuo hacia él su presencia constante en la historia del pensamiento y de la conciencia.

 Pocas veces se habrá dado mayor unanimidad en el elogio que al tratar de San Agustín. Vir sane magnus et ingenii stupendi, le llamaba Leibnitz. “¡Cuán santo varón, cuán docto escritor ¡Dios eterno!, es San Agustín, gloria y sostén de la República cristiana!” exclamaba Vives. “Chaque fois —dice el padre Portalié— que la pensée chrétiennes est éloignée de lui, elle a décline et langui; chaque fois qu’elle est revenue a lui, elle a repris flamme et vigueur nouvelles”. “Nadie —escribía San Buenaventura— ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín.” Harnack le compara a un “árbol plantado a las márgenes de las aguas vivas, cuyas hojas jamás se marchitan y en cuyo ramaje anidan las aves del ciclo”. W . Dilthey le llama “el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo”. Gatry le caracterizaba como “el Platón de la filosofía del mundo moderno y quizá el genio metafísico más portentoso que han visto los tiempos”.

 Indudablemente, vivimos de su herencia.

 FÉLIX GARCÍA, O. S. A.

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(†  387)

Cae el sol africano, un sol de justicia, sobre las calles pueblerinas de Tagaste. Mónica, niña de pies inquietos, corretea y se divierte por la pequeña ciudad. A la voz de una vieja criada, gruñona pero querida, suspende el juego, y con un gracioso mohín, mezcla de cariño y de protesta, vuelve presurosa a la casa de sus padres.

Nacida bajo la paz declinante del Imperio romano, Mónica florece a la vida en el seno de una familia cristiana, noble de alcurnia, aunque arruinada por el curso desgraciado de los destinos públicos. Desde la más tierna edad sabe de prácticas piadosas y de ejercicios domésticos. Su educación, si no en ambiente de penuria, comienza a desenvolverse, desde la cuna misma, con sencillez y sin alardes de opulencia.

Más que a la madre, debe la obra de su formación a la diligencia y al celo de aquella anciana y fiel sirvienta, que llevó ya a su padre a la espalda, cuando niño, y que es ahora, por sus años respetables y por sus óptimas costumbres, la autoridad moral más acatada de la familia. Condescendiente tanto como severa con los pequeños, hasta el agua les regula a deshora, para que se habitúen a moderar los apetitos. Bajo su vigilancia aprende Mónica lecciones de honestidad. Está haciéndose un alma exquisita, encerrada en un corazón sumamente sensible. Los pobres, a diario, son su debilidad apasionante, y la frecuencia de la limosna su recreo más feliz. La dicha de su corazón explota cuando halla oportunidad para lavar los pies a algún peregrino u ofrecer consuelo a algún enfermo.

A medida que va siendo crecida empieza a gustar los deleites interiores de la espiritualidad. Más de una vez la sorprenden los íntimos arrodillada en un rincón oscuro, haciendo oración a solas, en diálogo de cordialidad inocente con Dios. En los juegos ríe y disfruta como nadie. Sus amigas la respetan, y su palabra es resolutoria en cualquier discusión.

No ha de faltarle, tampoco, alguna cándida picardía. Como aquella de los tragos clandestinos, que recordará siempre con vergüenza. A la hora de comer, por mandato de sus padres, es la encargada de bajar a la bodega para sacar vino de la cuba. Y cede a la tentación de probarlo, sólo por tomarle el gusto, antes de servirlo a la mesa. Al principio bebe una pizca, casi nada. Poco a poco va aumentando el paladeo, y con él la cantidad. Ahora es ya una gran copa lo que saborea cada vez, antes de subir, sin que lo sepa la criada inflexible ni ninguno de sus mayores. Hasta que todo se descubre. Unicamente está en el secreto otra sirvienta más joven y consentida. En cierta ocasión, discutiendo una y otra, la criada echa en rostro de su pequeña ama este defecto, llamándola, con intención humillante, “borrachuela”. Santo remedio. Herida Mónica por el aguijón del insulto, comprende la fealdad del vicio y lo condena al instante, arrojándolo definitivamente de sí. El amor propio afrentado actúa aquí de medicina maravillosa.

Desde muy niña se está mostrando maestra en reflexionar y en cordura de saber. Lo demostrará más tarde dando lecciones en la escuela de filósofos sutiles, improvisada en el retiro de Casirciaco. Sencilla tanto como culta, desprecia las galas de lujo. Aunque mujer, su prudencia y su discreción están por encima de la vanidad.

Rica en dones de espíritu y en gracias exteriores, al cumplir los veinte se casa con Patricio, curial de Tagaste, noble pero arruinado también. El corazón del esposo, naturalmente leal y honrado, estalla en volcanes de pasiones vergonzosas. Pagano, violento, de fibra colérica y de pensamientos nada castos, choca en rudo contraste con la delicadeza de Mónica, que consigue enamorarlo y vencerlo, en medio de sus repetidas y alardeadas infidelidades. Un matrimonio así, con edades dobladas y con temples tan distintos, humanamente no puede adivinarse sino como un presagio seguro de desdicha. Pero Mónica acepta ante el altar la mano de Patricio, consciente de un holocausto y con presentimiento de misión. El tacto de su santidad y de sus silencios transforma pronto el infierno previsible del hogar en un remanso de concordia. Bien puede atestiguarlo la propia suegra, en cuya casa vive. Pagana e irritable, como Patricio, acoge las calumnias de los criados, quienes, sólo por adularla, fomentan sus celos, su malquerencia y su astucia contra Mónica. Pero la nuera ya conoce el procedimiento: no huye ni protesta, sino que convive para convertir. Y lo logra: con defensa de amor, de humildad, de dulzura, de paciencia. Táctica de éxito, que aconseja a sus amigas. Mónica nunca sale a la calle con huellas de castigos en el rostro ni comunica las defecciones maritales de Patricio. La oratoria de su ejemplo y el prestigio de su conducta sin tacha ponen paz en las disputas de familiares y extraños. Abomina los chismes y el comadreo. Al fin, la rudeza del esposo y el rencor de la suegra terminan quebrándose contra el corazón suavísimo de Mónica, trasunto ideal de la perfecta casada.

Al filo de los veintidós años Mónica es madre. El 13 de noviembre del 354 nace su primogénito: Agustín. Otros dos vástagos brotarán de su seno: Navigio y Perpetua.

Agustín es una llamarada de ímpetus contrarios. La fogosidad de Patricio y la ternura de Mónica arden en su corazón. Navigio es más plácido, más tímido, más maternal; como Jacob. Agustín lleva arreboles de crepúsculo y ascuas de fuego en la sangre. Si no concierta en número, en peso y en medida el huracán temprano de sus inquietudes, será otro Esaú. Toda la vida de Mónica va a cifrarse en un colosal esfuerzo por abrir metas de luz y caminos de seguridad al paso de este gigante.

Perpetua, la menor, se casa y enviuda pronto. No sale del solar africano. Cuando Agustín sea sacerdote ingresará en un convento, bajo su regla monástica. Navigio no abandona nunca a la madre. Va a ser su fuente de consolación y su descanso durante los extravíos de Agustín.

Se casará también y tendrá hijos. Uno de ésos se verá más tarde de subdiácono en Hipona, junto al tío obispo. Algunas hijas florecerán a su vez entre las vírgenes de Africa, al lado de la tía monja. Navigio y Perpetua, elevados a los altares, ocupan hoy un lugar de gloria en el santoral cristiano.

Mónica acierta a sustituir rápidamente los sinsabores y las contrariedades del matrimonio con la educación de sus hijos. Desde el regazo de la madre, “mientras saborean las delicias de su leche”, gustan ya la palabra y la sonrisa de Dios. Nos lo dirá el propio Agustín. Todos creen en casa por Mónica. El nombre de Jesús es familiar a hijos y criados. Aquéllos son catecúmenos. La servidumbre es cristiana. Sólo Patricio permanece infiel.

Navigio y Perpetua, discretos en dones, no son problema para Mónica. El talento fuera de lo normal de Agustín es su tormento de pesadilla. Al principio se limita a reír las quejas de los palmetazos que recibe el pequeño en la escuela de Tagaste, con su aversión clamorosa al estudio. Pero después, cuando el genio despierta monstruoso en sus potencias, con los triunfos apoteósicos de Madaura, unidos a un entusiasmo incontinente por Virgilio, por las estrofas encendidas de los poetas, por las representaciones teatrales…, Mónica mira con miedo al mar agitado de su alma y teme por su perdición.

Comienza ahora el calvario más cruel de la madre. Sólo Agustín le importa, porque le ve al borde del abismo. “Amar y ser amado” es el lema del escolar brillante, a quien el orgullo de sus paisanos vaticina ya gloria de la patria. La labor de Mónica en la educación de Agustín, estremecido de pasiones rugientes, como su padre, en el albor de los dieciséis años, cae estruendosamente a tierra. La indiferencia de Patricio, preocupado sólo por los aplausos, contribuye al derrumbamiento.

Entonces, en medio de las primeras lágrimas que vierte la madre por el hijo difícil, recibe alborozada la primera alegría: Patricio se convierte. En la primavera del año 370 abjura públicamente la religión pagana, haciéndose catecúmeno, y un año más tarde, gravemente enfermo, recibe el bautismo, muriendo poco después con muerte edificante. El valor del holocausto, concluido por Mónica en su corazón al recibir el velo de casada, resulta así absolutamente positivo.

Viuda y joven, con sus treinta y nueve años, viste sencillamente, ayuna y se ejercita en obras de piedad. Agustín no ha asistido a la muerte de su padre. Estudiante en Cartapo, recibe con dolor la triste noticia. La viuda pobre no podrá seguir costeándole los estudios. Pero el corazón generoso de un amigo, Romaniano, soluciona felizmente la contrariedad. Agustín y Mónica pagarán al mecenas con la educación de su hijo Licencio, perfectamente lograda en ciencia y en espíritu por tan extraordinarios preceptores.

Mónica quiere casto a Agustín. Al saberle en pubertad, ya antes de morir Patricio, le exhortó con valentía sobre los bienes de la continencia. Pero Agustín despreció el consejo como “palabras de mujer”. Ahora, lejos de su madre, envuelto en los peligros de una gran ciudad, “ama al fin, es amado y gusta los placeres, los celos y todas las tempestades del amor”. A los dieciocho años tiene un hijo: Adeodato. Cuando Mónica lo sabe comprende que toda su vida va a resolverse en lágrimas. No le importa que Agustín sea el primero en los estudios, que entienda sin maestro las cuestiones más abstrusas de filosofía, que triunfe en los certámenes, que en su torno exploten siempre los aplausos; sólo le importa definitivamente la salvación de su alma. Piensa, después de todo, que por la ciencia llegará a Dios. Y se decide a esperar.

Agustín lee el Hortensio de Cicerón, que le transforma intelectualmente. Penetra con avidez en la dialéctica platónica. Abriga la ilusión de hallar el nombre de Jesús, “mamado amorosamente en la leche de la madre”. Y no lo encuentra. Repasa después las Sagradas Escrituras. Pero lo hace con orgullo, sin humildad, con el corazón manchado. Y no las comprende. Mónica sigue estos pasos hacia la luz. Y cada día con más confianza, ora, se mortifica y silenciosamente continúa en espera.

El problema de Agustín, en estos momentos, es ideológico tanto como afectivo. Busca una doctrina que le proporcione el descubrimiento de la verdad y el culto al nombre de Jesús, sin renunciar a las pasiones. Todo esto le promete el maniqueísmo. Y se afilia con entusiasmo a su fe. Apenas cuenta diecinueve años y aparece ya con tacha de concubinato y herejía. ¡Horror para Mónica! Ferviente maniqueo, se hace apóstol de la secta. En seguida comienzan las conversiones. Todos cuantos le siguen, Alipio, Romaniano, Honorato, Nebridio…. prendados de su lógica y de su corazón, figuran entre los adeptos. Mónica llora desconsolada. Regresa Agustín de Cartago, al terminar sus estudios, y prosigue la captación en Tagaste. A su propia madre trata de convencer. Pero sólo ella se le resiste y le echa de casa. Cabizbajo, se refugia en la de su mecenas y abre escuela de gramática entre los suyos.

Le acompaña la mujer y el hijo. Mónica no tolera la separación y le visita a diario. Es ley de corazones grandes. Un día le cuenta un sueño. Estando de pie sobre una regla, triste y afligida, ve venir a un joven resplandeciente, que le pregunta el porqué de sus lágrimas. Mónica le contesta que la causa no es sino la perdición de Agustín, El joven, para su confortación, le ordena entonces que mire y observe cómo donde ella está se encuentra el hijo. Mirando rápidamente hacia atrás, descubre con alegría que no se engaña. Y pronostica luego Mónica a Agustín que muy pronto le verá católico. Pero éste interpreta la visión volviéndola hacia sí, intentando persuadir a la madre de que es ella la que algún día terminará en maniquea. A lo cual replica agudamente: “No me dijo: ‘Donde él está allí estás tú’, sino: ‘Donde tú estás allí está él’. Y agrega, sonriendo, que se cumplirá la profecía.

A pesar de todo, Agustín continúa en la oscuridad y Mónica sigue llorando. Por esta misma época visita a un santo obispo en demanda de orientación, e insiste ante él con lágrimas incontenidas para que le ayude en su desconsuelo. Y, asomándose a su alma, le responde el obispo con acento seguro: “Ve en paz, mujer, y que Dios te dé vida; no es posible que hijo de tantas lágrimas perezca”.

Tras la muerte de un amigo entrañable Agustín languidece, comienza a sentirse mal y precipita su salida para Cartago, donde abre cátedra de retórica. Con el alejamiento todo se cura. Mónica no lo impide, pues en ello va la salud del hijo. Y confía en el milagro de la ciencia. Nacen aquí las primeras dudas del joven maestro en torno a la dogmática maniquea, que sus doctores no aciertan a resolverle.

Sin paz en el alma y sin convicción en la inteligencia, Agustín emprende la búsqueda por otros horizontes. Y anuncia su salida para Roma. La madre, armada de valor, se presenta en Cartago para impedirlo. Teme que en la capital del Orbe se pierda irremisiblemente. Agustín, contrariado en sus planes, huye con una mentira. Mientras ora ella en la ermita de San Cipriano, él la abandona y sube a la nave que le conducirá a la urbe. Cuando Mónica advierte el engaño enloquece de dolor. ¡Mucho tarda en cumplirse la visión de la regla!

En Roma explica Agustín durante un año, pródigo en desilusiones escolares y en angustia espiritual. Por un lado, los alumnos no le pagan. Por otro, conoce al fin la corrupción de los maniqueos y decide abandonar la secta. La duda absoluta y el escepticismo universal le llevan al pórtico de los académicos. Enferma entonces gravemente, sin inquietarse por morir sin bautismo, con riesgo de condenación. Se cura, según intuirá después, por las oraciones de su madre, siempre a su lado, a pesar de la lejanía.

Roma no le llena y prepara otro salto. Huye de sí mismo, sin lograr ausentarse. En el año 385 gana brillantemente la cátedra de elocuencia patrocinada por los emperadores en Milán. El problema económico se le esclarece. Informada Mónica de la enfermedad y del triunfo académico sale para Roma. La acompaña Navigio. Perpetua, casada, queda en Tagaste. Con ánimo sereno en medio de una borrasca aparatosa, hace felizmente la travesía. En Roma se entera de la salida para Milán. Desilusión otra vez. Nuevamente de viaje, llega a la ciudad lombarda y se arroja en los brazos del hijo. Le encuentra muy otro. Va a rechazar abiertamente la herejía maniquea. Pero ahora es cuando más necesita a la madre. Tiene vacíos el corazón y el pensamiento. En sus razones atiende sólo al encanto de lo formal, sin fe en la verdad. Mónica se dispone a rellenarle de contenido. Para ello visita a San Ambrosio y le presenta a Agustín. Se tratan los tres. El santo obispo felicita al deslumbrante profesor por tener una madre tan extraordinaria. Mónica inventa excusas para que el hijo repita las visitas. Pero Ambrosio no es explícito: espera que la gracia obre independiente del hombre. En compañía de la madre Agustín asiste a los sermones de la basílica ambrosiana, interesado por el estilo y por la dicción, sin cuidados para mayores honduras. Pero con la retórica, sutilmente, penetra en los oídos del puro artista la luz de la verdad cristiana. Sin discusiones, ni con la madre ni con el obispo, Agustín medita, y poco a poco va hallando a Dios dentro de sí.

Comienza a entusiasmarle San Pablo. Conversa con personas venerables, confiándoles sus angustias interiores. Está a punto de romper con los vínculos del pecado. Pero la voluntad de la carne se afirma en él más fuerte que la del espíritu. Y lucha sin redimirse de las cadenas que le esclavizan.

Mónica sigue con más atención que nunca el desarrollo del drama y redobla sus oraciones. Presiente la alborada de Dios. La borrasca irrumpe inclemente en el alma agitada de Agustín. Hasta que un día, en una crisis de rebelión frente a sus miserias, el canto suavísimo de la gracia suena rotundo en su corazón. Y el hombre viejo, perdido por Adán y prisionero en la culpa, se transforma en el hombre nuevo, salvado por Cristo y libre en la fe.

Las lágrimas de Mónica han precipitado el desenlace feliz. Se ha cumplido la profecía. Agustín está ya en la regla junto a la madre. Con su adiós a la vanidad de la retórica se retira a la quinta de Casiciaco. Van tras él los amigos de siempre, discípulos del maestro en sus desviaciones maniqueas y en sus pasos hacia la pila bautismal, seguros de que su elección, antes y ahora, es criterio de sabiduría. A tanto llega la autoridad de su preeminencia. Le acompaña su madre, con Navigio y Adeodato. Sólo falta la mujer que le dio este hijo, recluida desde hace meses en un convento de Africa, donde habrá rezado, sin duda por él.

Otoño melancólico y dulce, con suavidad dorada en la vertiente alpina, con inquietud anhelante de recibir a Dios por el bautismo, con doctas controversias, con poesía en las almas, bajo la providencia amorosa de Mónica…, esto es Casiciaco en los primeros fervores de la conversión. La vida allí, de otoño a primavera, es una preparación al bautismo, entre lecturas y discusiones, elevándose a Dios por la belleza de las cosas. Mónica cuida de todos con materna solicitud. El ejemplo de su santidad les dirige, corrigiendo e ilustrando, presente a cada uno, “con traje de mujer, fe de varón, seguridad de señora, caridad de madre y piedad cristiana”. Entona con ellos los salmos de David. Participa en los diálogos de sobremesa, aunque humildemente se resiste a emitir opinión en aquel cenáculo. Instada por Agustín, encauza discusiones sobre la verdad, la hermosura, el orden, la felicidad y el amor de Dios, con una sabiduría, una discreción y un talento, desplegados muy por encima de la frivolidad sensible, que a todos sorprende, penetrando sin dificultad y con agudeza en cuestiones arduas aun para los versados.

Transcurrido el tiempo de iniciación, al cabo de siete meses, Agustín, Adeodato y sus amigos dan el paso regenerante, recibiendo en Milán el sacramento del bautismo. La ceremonia se ha fijado para el día 25 de abril del año 387. Una fecha de glorioso recuerdo, señalada con piedra blanca en el calendario de la Iglesia. La presencia de Mónica, con lágrimas todavía, pero no de ansiedad dolorosa, sino de júbilo radiante, realza la solemnidad del acto. No ha sido estéril tanta súplica. Agustín funde sus emociones con las incontenidas de la madre, mientras el torrente de la gracia penetra en su corazón, entre el eco novísimo que han dejado disperso por las bóvedas las cadencias exultantes del Te Deum laudamus.

Una armonía inefable inunda el alma de Mónica. Todo es paz en su vida. Nada la detiene ya en la tierra. Sólo siente la nostalgia del cielo. Colinada, su misión, ¿para qué esperar?

Entretanto, madre e hijo, con la pequeña comunidad de bautizados, vuelven a Africa. En el puerto romano de Ostia se detienen unos días, mientras llega el momento de embarcar.

Caen las primeras hojas de otoño. Declina la tarde, una famosa tarde del año 387. Mónica y Agustín están solos junto al mar, reclinados sobre una ventana. Con olvido del pretérito y atentos únicamente al porvenir, se ocupan de la verdad, presente en la vida eterna de Dios. Piensan que ante el gozo de aquella vida vale el deleite perecedero del sentido. Recorren la escala de los seres corpóreos. Se elevan interiormente sobre la luna y el sol. Suben más arriba de las estrellas, admirando la obra del dedo divino. Llegan, a la esfera intáctil del pensamiento, y la transcienden también. Alcanzan, por fin, la región de la abundancia indeficiente, donde se apacienta Israel con el pasto inmarchito de la verdad pura. La vida aquí se llama Sabiduría, principio de todas las cosas, así de las que fueron como de las que serán, existente antes del tiempo, increada, total y constante en el ser, con ausencia de pasado y de futuro. Y hablando de ella y desvividos por su logro, llegan a tocarla un instante, con el ímpetu más intenso de su corazón, elevado sobre las ataduras de la pesada mortalidad. Pero el arrebato de beatitud se desvanece. Con un hondo suspiro vuelven a la tierra y al estrépito de las palabras, dejando allí prisioneras las primicias del espíritu. Mónica tiene las manos de Agustín entre las suyas. No aciertan con la frase que exprese la ansiedad de su ánimo: si enmudeciesen las cosas y sólo Dios hablase, no por ellas, sino directamente por sí, oyéndole sin sonido de voces, en contacto del pensamiento con su Sabiduría, abismada el alma en la fruición de sus dulzuras, como en aquel instante de efímero deleite, ¿no sería esto el “entra en el gozo de tu Señor”? “Y tanta dicha, ¿cuándo será?”, exclama Agustín enardecido. Por lo que a mí atañe, prosigue Mónica, más sosegada y menos vehemente, nada me ilusiona ya en esta vida. No sé qué hago en ella ni por qué estoy aquí aún, consumado cuanto podía esperar en este siglo. Por una sola cosa deseaba detenerme un poco más: verte cristiano y católico antes de bajar al sepulcro. Con creces me lo ha dado el Señor, pues te veo siervo suyo cabal, con desdén para la felicidad terrena. Por lo mismo, ¿qué hago yo aquí?

Cinco días después es atacada por una fiebre maligna. Su presentimiento no precisa más. Comprende y manifiesta a todos que ha llegado su hora. Sin preocupaciones por la sepultura, construida en Tagaste junto a la de Patricio, y satisfecha de haber cumplido la misión del hogar, no le importa ni el dónde ni el cuándo para morir. Su serenidad es sorprendente. Nadie quiere creerlo. De pronto, un éxtasis, alarmante pero dulcísimo, deja inmóvil su cuerpo durante un breve intervalo. ¿Dónde estoy?, pregunta al volver en sí. Y añade con suavidad: Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre.

Un movimiento de dolor irreprimible se estremece en la estancia. La angustia es general. Adeodato estalla en lamentos inconsolables. “Mejor sería morir en la patria, antes que en este pueblo extraño”, profiere Navigio. Mónica le reprende con una mirada de autoridad y reproche, y, dirigiéndose a Agustín, más sereno y más fuerte, corrige imperiosa: Enterrad este mi cuerpo dondequiera, ni os preocupe más su cuidado. Una sola cosa os pido, que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde os hallareis.

Este es su testamento. Poco después, agravándose la enfermedad, entra en agonía. Minutos más tarde, con la suavidad de un crepúsculo sin nubes, es liberada del cuerpo aquella alma trasparente, anhelosa de aires más puros, Nacida para la eternidad del goce beatífico, deja de llorar en la tierra, a los cincuenta y seis años de edad, para recibir el premio de sus lágrimas: un cielo de consolación gloriosa para sí, y la gracia de la fe con una corona de inmortalidad para su hijo.

Después del entierro nadie acierta a separarse del sepulcro. Tantas cosas les recuerda. La afligida comunidad aplaza por ello el viaje de retorno a la patria. Durante un año permanecen aún entre Roma y Ostia, asociándose a los cánticos de las basílicas y orando ante la tumba inolvidable, en súplica de iluminación y de consuelo.

La presencia protectora de la ausente adorada se acusa en la vida de todos. Trece años después, en obsequio devoto de gratitud, la pluma de Agustín cantará sus virtudes con fidelidad amorosa. Los siglos venideros recogerán con entusiasmo este mensaje finísimo de ternura filial. Su luz penetra en las familias, portadora de paz interior. Angel del hogar cristiano, las esposas desamparadas y las madres afligidas de todos los tiempos hallan siempre en su memoria el bálsamo de salud que cura las penas en el infortunio y un paño de lágrimas para enjugar el espíritu en la contrariedad.

GABRIEL DEL ESTAL, O. S. A.

 

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Dos actividades para la clase de religión o las catequesis para celebrar el Día del Amor, Día de San Valentín.

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