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Archive for the ‘Homilía’ Category

La misa del Domingo

NO ACABAMOS DE ENTENDER
DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B
Sabiduría 2,12.17-20; Santiago 3,16-4,3 y Marcos 9,30-37

OBSERVACIONES PREVIAS

  • ¿Y tú quién dices que soy yo? La respuesta conlleva ya un estilo y una forma de vivir que delata nuestra actitud ante Jesús.
  • No basta creer en Dios hay que aceptarlo como es. No un Dios a mi medida o a la medida de mis caprichos.
  • “Conservar el depósito de la fe”. Nosotros tenemos muy poco que conservar. No tanto ‘conservar’ cuanto proclamar con la vida que Jesús es el Señor.

PARA REFLEXIONAR

Disquisiciones improductivas

“¿Qué veníais discutiendo por el camino?” Y los apóstoles no quisieron responder, porque venían tratando de quien sería el jefe en ese reino del que Jesús hablaba. Y es que el Señor tiene una manera peculiar de catalogar a las personas: no se fija en los hombres influyentes, en los que manejan el dinero, en los que hablan con palabras precisas y estudiadas… El Señor se fija en el trabajador que acumula horas para sacar adelante a su familia, en la mujer que limpia las escaleras pensando en sus hijos, en el hombre que con su furgoneta recoger deshechos para sacar adelante a los suyos. ¡Rostros anónimos, desconocidos, del montón…, pero no para Dios!

Nuevas aclaraciones

“Quien quiera ser el primero que se haga servidor de todos”. El Señor nos muestra que su reino está constituido por hombres y mujeres que en silencio pasan ayudando a la gente, que, olvidados de sí mismos, no pueden vivir tranquilos con los problemas de sus hermanos. Hombres y mujeres que han comprendido que desde que Dios se ha hecho hombre, es ridículo querer sobresalir, como no sea sirviendo, tal como hace Dios.

“Puso a un niño en medio, y lo abrazó”. Jesús, abrazado a aquel niño, parece decirnos que no está mal que discutamos sobre quién es el mayor en el reino de los Cielos, no para atribuirnos a nosotros mismos esa importancia, sino para que se la demos a los que el Señor considera importantes.

Importantes en el Reino

Nosotros, a veces, vamos por el mundo mostrando como aval nuestras tarjetas de visita, nuestros títulos… El Señor nos dice que hay muchos en su reino que no tienen tarjeta de visita y que muchos de estos pequeños, cuando se acercan a nosotros, traen en su mano la tarjeta de visita del mismo Dios. Su visita es la visita de Dios, porque el Señor se identifica con él… Sentémonos junto a Jesús y aprendamos a reconocer a los verdaderamente importantes en el Reino de los cielos.

PARA COMPROMETERSE

  • ¿Cuáles son nuestros temas de discusión? ¿De qué hablamos? ¿Qué suele ser aquello a lo que damos el máximo valor? No tengamos miedo a hablar de lo que es realmente importante. “Hablamos de lo que llevamos en el corazón”.
  • Un principio de oro que anida en nuestro corazón y que tenemos que experimentar: solo se es feliz haciendo felices a los demás…
  • Los importantes no son los que aparecen en la pantalla, sino los que están detrás de la cámara… Aunque parezca increíble y un tanto revolucionario: ¡Una subversión total de los valores de nuestro mundo!

PARA REZAR

EN BRAZOS DEL PADRE DIOS
Señor, es bueno proclamar, de corazón, tu lealtad
y reconocer que, gracias a ti, mi vida tiene sentido.
Es bueno decir que tus acciones, Señor, son mi alegría
y que las obras de tus manos son una fiesta para mí.
Ahora que estamos comenzando, un nuevo curso,
una nueva etapa de la vida
en la que nos llamas a compartir ilusiones, retos y dificultades..,
te doy gracias con sinceridad

por el maravilloso don de la vida de todos y cada uno de nosotros.

Te doy gracias, Señor, por las posibilidades que me proporcionas cada día; por las capacidades que has puesto en esta comunidad de hermanos
para hacernos mutuamente más grata y feliz la existencia.
Y, aunque a veces te sienta lejano,
yo sé que estás ahí, llenándolo todo,
impregnándolo todo con tu presencia silenciosa.

Por eso, Señor, no me cuesta reconocer
que tus obras son maravillosas,
que tus designios son profundos y misteriosos,
que tus proyectos son los apropiados para el que te busca,
que me necesitas, que nos necesitas,
para cambiar este mundo que entre todos estamos estropeando.

¡Cuánto te agradezco, Señor,
que sigas creyendo en el ser humano, en todos y cada uno de nosotros:

últimos y pobres ante el mundo,
pero con la intuición de que tú nos quieres como se quiere a un hijo; los primeros a la hora de servir y ayudar,
aun a riesgo de no ser reconocidos humanamente!

Quiero ser como un niño en tu regazo de Madre
y sentirme siempre protegido por tu mano.
¡Gracias, Padre, porque me acoges y amas de corazón!

Isidro Lozano

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EL REPROCHE DEL JUSTO. “Acechemos al justo, que nos resulta incómodo; se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados…” (Sb 2, 12).Es un reproche para nuestras vidas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios”. Vidas distintas que conmuevan, que sean como un grito de urgencia, que proclamen con hechos, sin palabras ni gestos, esa fe profunda de los que se saben hijos de Dios.

Es lo que estamos necesitando. Lo demás no sirve para gran cosa. Las palabras están perdiendo su fuerza, los hombres están acostumbrándose a oír cosas y cosas, sin que les cale más allá de la dura corteza de sus entendimientos chatos… Concédenos que nuestra vida, la de cada cristiano, sea como una protesta enérgica, un reproche contundente para tanto paganismo como hay en nuestra sociedad de consumo.

Vidas, obras, autenticidad. Vivir de tal modo el cumplimiento exacto del deber de cada momento, que sin llamar la atención, y “llamándola” poderosamente, seamos testigos del mensaje que Cristo trajo a la tierra para salvar a los hombres. Santos, santos de verdad, es lo que están haciendo falta en estos momentos críticos. Santos que vengan a ser como banderas al viento, como símbolos eficaces que llaman, que atraen, que revelan, que transmiten la verdad, la paz, el amor.

“Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, le auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos…” (Sb 2, 17-18). La persecución injusta, las asechanzas, el ataque rastrero, la calumnia, la murmuración, la mentira. La intriga política que aprovecha la buena voluntad del justo. “Lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; le condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él”.

Tú, Señor, padeciste en lo vivo el vil ataque de la traición, fuiste víctima inocente de mil insidias. Los mismos que formaban el Sanedrín, el órgano supremo de la justicia de Israel, buscaban injustamente tu condena. Qué ironía, qué paradoja. Los que eran defensores del derecho te condenaron contra todo derecho.

Y Dios, tu Padre bueno y poderoso, te dejó en la estacada. Permitió que la sentencia se dictara y se ejecutara… Pero lo que parecía el fin no era más que el comienzo. Y lo que semejaba una tremenda derrota, fue un rotundo éxito… Ayúdanos, Señor, a comprender, ayúdanos a aceptar, ayúdanos a esperar. y un día, no sabemos cuándo, la verdad vencerá a la mentira, la luz espantará a las sombras. Y los impíos contemplarán desconcertados el final imprevisto de la Historia.

SE INVERTIRÁ EL ORDEN. “…por el camino habían discutido quién era el más importante” (Mc 9, 34). Es consolador conocer los defectos de quienes acabaron alcanzando la santidad. Alienta el saber las derrotas de los que consiguieron al fin la victoria. Los evangelistas parecen conscientes de esta realidad y no disimulan, ni callan los defectos personales, ni los de los demás apóstoles. En efecto, en más de una ocasión nos hablan de sus pasiones y sus egoísmos, de su ambición y ansia de poder. A los que luchamos por seguir a Jesucristo sin acabar de conseguirlo, esto nos ha de estimular para continuar luchando, para no desanimarnos jamás, pase lo que pase. Es cierto que uno es frágil y que está lleno de malas inclinaciones, pero el Señor es omnipotente y, además, nos ama. Si lo seguimos intentando acabaremos por alcanzar, nosotros también, la gran victoria final.

En esta ocasión que contemplamos, los apóstoles discuten sobre quién de ellos ha de ser el primero. Era una cuestión en la que no se ponían de acuerdo. Cada uno tenía su propio candidato, o soñaba en secreto con ser uno de los primeros, o incluso el cabecilla de todos los demás, el primer ministro de aquel Reino maravilloso que Jesús acabaría por implantar con el poderío de sus milagros y la fuerza de su palabra. Juan y Santiago se atrevieron a pedir, directamente y también a través de su madre, los primeros puestos en ese Reino. Es evidente que la ambición y el afán de figurar les dominaban. Como a ti y a mí tantas veces nos ocurre.

Pero el Maestro les hace comprender que ese no es el camino para triunfar en su Reino. Quien procede así, buscando su gloria personal y su propio provecho, ese no acertará a entrar nunca. “Jesús se sentó -nos dice el texto sagrado-, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos…” El Maestro, al sentarse según dice el texto, quiere dar cierta solemnidad a su doctrina, enseñar sin prisas algo fundamental para quienes deseen seguirle. Sobre todo para los Doce, para aquellos que tenían que hacer cabeza y dirigir a los demás.

Ser el último y servir con desinterés y generosidad. Ese es el camino para entrar en el Reino, para ser de los primeros. Allá arriba se invertirá el orden de aquí abajo: Los primeros serán los últimos y éstos los primeros. Los que brillaron y figuraron en el mundo, pueden quedar sepultados para siempre en las más profundas sombras. Y quienes pasaron desapercibidos pueden lucir, siempre, radiantes de gozo, ante el trono de Dios.

Antonio García-Moreno

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JAQUE MATE A LA COMPETENCIA

1.- Nos invade un espíritu y una moral competitivos

La competencia es una realidad que trae de cabeza a toda la producción de mercancías y al desarrollo del mercado. Producir mejor y más barato es un lema competitivo. Lo mejor, para ganar más, es una ley. Todo el mundo, entre dos cosas iguales, exige lo mejor. Esta competencia hace que los hombres también entremos en el juego.

No era muy necesario que el espíritu del mercado moderno, nos empujara a ello. Nuestra ambición de dominio, nacida de la voluntad de poder, nos empuja constantemente a ello. La competencia en nuestras relaciones humanas hace que nos consideremos como una mercancía, que destaca en el mercado por su mejor calidad. Esta cadena de la competencia, nos atenaza a todos. Los anuncios de trabajos, la selección de personal, los estimulantes competitivos puestos en circulación por

las empresas para descubrir a los hombres más capaces, crean un clima en el que el espíritu competitivo es lo normal. Los que están en el mismo puesto de trabajo, no son dos hombres solidarios en una misma forma, sino dos rivales.

Así van destacando entre nosotros los más listos, los eficaces, los que dan mayores muestras de sagacidad, los que manifiestan tener más capacidad y agresividad en el mercado. No pocos suben, a veces, a base de tramas, de envidias, zancadillas, abultamientos de la verdad, dejando en la sombra a los otros (aunque otras veces se suba también por el trabajo serio, la responsabilidad, el sacrificio, la obra bien hecha).

Esta es la educación que hemos recibido y a esta lucha por la vida nos han preparado, aun en nombre de Dios. ¿Cómo hemos podido admitir y santificar el principio de que venza el más fuerte? Todos recordamos cómo nos hacían estudiar provocando nuestro amor propio, a costa de subir puestos, de entablar competiciones en clase, de notas y de premios. Todos recordamos cómo los más listos eran encumbrados, alabados. Nunca se ayudó a que los que más sabían trabajaran con los menos despiertos; no se hicieron equipos para que los que sentían facilidad por las letras ayudaran a los de ciencias y viceversa.

De esta manera hemos sido lanzados al ruedo de la vida, en una carrera loca, repartiendo y recibiendo cornadas, burlándonos unos a otros, hasta que ha dado la estocada el más sagaz y nos hemos ido resignando a nuestros puestos.

2.-No, a la competición. Sí, al servicio.

Aunque a todos nos escandalice hemos de decirnos decididamente que estamos en contra de este espíritu competitivo en las relaciones humanas. El espíritu evangélico, norma de relaciones entre los hombres, es totalmente contrario a lo competitivo. Entre los discípulos de Jesús es corriente la discusión sobre «quién era el más importante» (Mc 9). El criterio de Jesús se repite una y otra vez, machaconamente: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos» (Mc 9, 35). San Lucas, en el corazón mismo de la institución de la Eucaristía, sacramento de la anticompetencia humana, introduce este pasaje: «Hubo un altercado sobre quién parecía ser el mayor. El les dijo: Los reyes de las naciones gobiernan como señores absolutos…, pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea el menor y el que manda, como el que sirve» (Lc 22.24 s.).

Jesús es el que siendo Dios se hizo hombre, tomando la figura de esclavo (Fil 2, 6-7), y «está en medio de nosotros como el que sirve» (Lc 22, 27). La competencia cristiana está puesta por referencia al servicio. El que más se entrega, más vale; al que muestra mucho amor, se le perdonan muchos pecados (Lc 7, 47). Cuando a Jesús se le acerca la madre de los Zebedeo y le pide: «Manda que estos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a izquierda en tu Reino» (Mt 20, 21), Jesús le responde: «¿podéis beber el cáliz que yo voy a beber?» (v. 22). La única manera de llegar alto en el Reino de Dios consiste en seguir con fidelidad el camino del servicio pascual, que Cristo ha recorrido.

 

3.- El servicio mutuo eficaz.

Alguien se podrá estar llevando las manos a la cabeza diciendo, «¿a dónde vamos a parar? Hoy esto es imposible». La competencia debe ser sustituida por un servicio eficaz. Hasta ahora el aliciente que hemos tenido para trabajar ha sido el egoísmo; el aliciente del evangelio es el amor. ¿Acaso el amor tiene menos ímpetu que el egoísmo? ¿No decimos,

siguiendo un tópico, que las grandes empresas de la humanidad se han desarrollado por la fuerza del amor? La competencia egoísta tiene, indudablemente, un gran éxito. Pero a causa de muy graves consecuencias: «Codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando. Ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo; así que lucháis y peleáis» (Sant 4, 2).

El amor nos empuja a desarrollar todas nuestras facultades, pero no para imponernos a los demás, sino para ponerlas a su servicio. Hay que crear riqueza, bienestar, progreso—dominar la naturaleza—, pero no para apropiarlo, sino para ponerlo a disposición de todos. El que más tiene es el que más ha de dar y el que menos, el que más ha de recibir. En este juego de las relaciones humanas todos estamos entrenzados, como un solo cuerpo. Y la mano no compite contra la cabeza, ni la cabeza quiere ocupar el puesto del corazón. Sino que todos colaboran para alcanzar un mismo fin (1Cor 12, 12 ss.).

Indudablemente nos va a ser muy difícil romper esta costra de la educación recibida. También nos va a impedir realizar este imperativo evangélico la sociedad en que vivimos. Pero mantengamos firmes, al menos, la contradicción y agudicémosla al máximo. Cada vez que nosotros comulgamos, a este Jesús inclinado en actitud de servicio a los pies de los discípulos (Jn 13, 5), nuestro espíritu se debería estremecer. ¿Será capaz la Eucaristía de doblegar nuestro afán competitivo y hacernos caer de hinojos ante los demás?

 

Jesús Burgaleta

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Nos encontramos en una época del año en que cambia la temperatura. Da la impresión de que a veces nos encontramos aún en verano; en otros momentos que nos hallamos ya en invierno. La hojas de los árboles han comenzado a caer. No hay duda posible; vemos que pronto tendremos el otoño.

En el Leccionario de los domingos nos encontramos con un cambio muy semejante. La escena del Evangelio que acabamos de escuchar sirve de transición entre las dos grandes partes que constituyen las dos mitades del Evangelio de Marcos. Hasta ahora asistíamos a una revelación gradual de quién era Jesús, aun cuando nadie lo comprendiera. A partir de ahora va a comenzar una larga marcha que lo conducirá hasta Jerusalén y finalmente a la muerte. Para nosotros, tras la celebración gozosa de pascua, nos ha conducido la liturgia a la comprensión de determinados aspectos del misterio de Cristo. Ahora comienza dicha liturgia a mostrarnos las exigencias de ese misterio para nosotros.

Jesús pregunta a sus discípulos: “Para la gente, ¿quién soy yo?”, a lo que sigue: “Y vosotros, ¿qué decís vosotros? Para vosotros, ¿quién soy yo?”

Es muy probable que la pregunta “quién es Jesús?” nos haya parecido durante mucho tiempo, para la mayor parte de nosotros, una pregunta más bien teórica – sin duda alguna hasta el día en que, por razones propias de cada uno, nos hemos visto empujados a preguntarnos sobre el sentido de nuestra propia existencia. Es entonces cuando nos hemos preguntado: “¿Quién soy yo?”

¿Quiere ello decir que la pregunta planteada por Jesús a sus discípulos era retórica? ¿Qué era un artificio pedagógico para poder enseñarles quién era? – No lo creo. Creo por el contrario que en este momento en su existencia humana, este problema revestía para Él una importancia vital, y ello por dos razones. La primera de ellas era la de descubrir el misterio de su identidad era tan crucial e importante para Jesús como lo es para cada uno de nosotros; y la segunda era que no le era más indiferente de lo que pueda serlo para cualquiera de nosotros cómo iba a sobrevivir en el recuerdo de sus amigos.

Jesús sabía en efecto que estaba perdiendo la batalla con las autoridades del pueblo. Sabía que pronto iba a morir, dejando tras de si un puñado de discípulos que eran sumamente débiles. ¿Sería ello el final de todo? ¿Iba a ser su misión un fracaso total? ¿Seguirían acordándose de Él? Estaba su memoria suficientemente viva para darles la fuerza necesaria para proseguir la misión que había comenzado y que iba a ser interrumpida de manera tan abrupta?

Cuando una persona se ve confrontada con una crisis profunda, necesita tener una comprensión, más profunda que de costumbre, de su identidad personal. Necesita asimismo tener la certeza de que, sea cual fuere el fracaso o el desastre, habrá quienes no perderán su fe en ella; y que ella proseguirá viviendo en su memoria. Jesús se hallaba en este punto en su vida.

Se muestra incluso impaciente con Pedro, al que le cuesta comprender y que se asemeja un poco a ese ciego al que había curado Jesús al comienzo de este capítulo. Escena ésta que es en verdad sorprendente. Se trata de la curación de un ciego en etapas sucesivas. En un primer momento puede el ciego ver a los hombres, mas se halla aun su visión aun tan embrollada que le parece que son árboles que están andando..Jesús lleva a cabo entonces la segunda fase de la operación y el ciego recobra totalmente la vista. Algo semejante le acontece a Pedro. Después que hubo calmado Jesús la mar, cuando todos se preguntaban: “¿quién puede ser éste?”, aparecía claro para Pedro que Jesús era el Mesías. Pero todavía es una visión confusa. No sabía, y ni siquiera quería saber, que Jesús era un Mesías crucificado. Sólo más tarde, tras la Crucifixión llegará a comprenderlo.

Tan difícil de aceptar era para Pedro como para nosotros esa verdad. Y ello a causa de las consecuencias que de ello habían de seguirse lo mismo en su vida que en la nuestra. Seguir a a un candidato popular a la realeza y a un taumaturgo de fama era algo más bien agradable. Algo totalmente diferente era ser discípulo de un condenado muerte. Y sin embargo es bien claro el mensaje de Jesús: “Si quiere alguien seguirme, que renuncie a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Si se nos hace difícil, e incluso imposible interpretar estas palabras, se debe ello a que no precisan de interpretación alguna y no soportan el verse interpretadas. Es menester que las tomemos en su sentido literal: “Si quiere alguien seguirme, que e renuncie a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

A. Veilleux

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Querido amigo: El encuentro de hoy es un encuentro íntimo, profundo, ansioso de Jesús, de saber qué pienso, qué siento, qué sé, qué quiero de Él. Y junto a losdiscípulos, me pregunta: “Bueno, ¿y tú qué piensas de mí? ¿Tú quién dices que soy Yo?”. Lo vamos a ver en el texto que nos narra hoy Marcos en el capítulo 8, versículo27-35. Nos vamos a aquella escena, escuchamos lo que ocurre y lo que dice Jesús en este momento:

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo y por elcamino preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy Yo?”. Ellos lerespondieron: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas”. Él les preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Cristo”. Y les ordenó taxativamente que no lo dijeran a nadie. Y empezó aenseñarles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los príncipes de los sacerdotes y por los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y hablaba de esto con toda claridad. Pedro entonces, tomándole aparte, se puso a reprenderle. Pero Él, vuelto hacia sus discípulos y mirándolos, reprendió a Pedro y le dijo: “¡Apártate de mí, Satanás, que no sientes las cosas que son de Dios, sino las de los hombres!”. Y llamando a las gentes junto con sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, pues quien quiera salvar su vida la perderá, mas quien pierda su vida pormí y por el Evangelio, la salvará”.

Bien, querido amigo, nos transportamos a Cesarea de Filipo. Es uno de los parajes y de los paisajes más bellos de Tierra Santa. Junto al Jordán, allí, Jesús ha venido a descansar, ha estado orando, y está con sus discípulos. Y en medio de esaintimidad, les pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?”. Ha hecho milagros, lehan querido alabar, le han querido hacer Rey, todo lo hace bien… Pero Él, ahora, en la intimidad quiere preguntar a los discípulos: “¿Quién decís que soy Yo?”.

No puedo continuar, querido amigo… Hoy, también, Jesús a ti y a mí en la intimidad de este encuentro, igual que a los discípulos, nos pregunta: “¿Y tú, quién dices que soy Yo?”. “La gente dice que eres, unos Juan —contestan los discípulos—, otros Elías, otro el Profeta…”. “Vale, pero vosotros —tú y yo, querido amigo, somos interrogados en estos momentos por el amor de Jesús que espera nuestra respuesta con toda ansia y con todo cariño—, ¿quién pensáis que soy Yo?”. Y en estos momentosnos sale de todo en nuestro interior. ¿Qué pensamos de Él? Que Él es nuestra vida, que Él es nuestro amigo, que Él es nuestro compañero, que Él es nuestra fuerza, nuestra fuente de amor.

Y seguimos con los discípulos viendo todo lo que ocurre. Una vez que los discípulos le contestan así, Pedro enseguida con ese amor, con ese ardor, primario, ledice: “Tú eres el Mesías”. Entonces le lleva aparte, le empieza a recriminar, le empieza a decir… pero a Jesús no le gusta eso, que le increpe. Le dice: “¡Quítate de aquí, Pedro!¡Quítate de mi vista! Tú ahora mismo no piensas nada más que como hombre, y nopiensas como Dios. Tú sabes… ¿quieres saber quién soy Yo? Pues mira, si quieres saber, si quieres seguirme, si quieres venir conmigo, tienes que negarte, tienes que cargar la cruz, tienes que seguirme, porque así te salvarás. Y el único camino para seguirme, Pedro, —y también se dirige a ti y a mí, querido amigo— es negarte a ti mismo, es cargar, aceptar todo lo que tengas, que es cruz. ¿Y qué es cruz? Todo lo que te produce sufrimiento y dolor, y sobre todo, todo lo que no aceptas. Pero tienes que aceptarlopara saber que ése es el abrazo mío”.

¡Con qué amor, con qué ansia espera Jesús mi respuesta! Cuando todo es fácil, cuando todo es aclamación, positividad… las cosas van bien. Pero cuando ya no es así, cuando entra en el camino de la vida el sufrimiento, el dolor, la persecución, la contradicción, no pensamos así. Por eso a Jesús le interesa preguntarnos, evaluarnos, controlar cuál es nuestro pensamiento: “La gente dice esto, pero tú ¿qué dices?, ¿quésoy Yo para tu vida?”. Querido amigo, vamos a escuchar a Jesús que nos lo pregunta y en pleno silencio y en pleno amor le vamos a contestar. Él quiere que aprendamos su camino, que aprendamos que su vida es una vida de renuncia, de seguirle, de tomar la cruz cada día. Que es costoso, ya lo sabemos. Que es difícil de entender, ya lo sabemos. Pero está Él ahí, Él nos ayuda.

Y qué gracias le tenemos que dar en este encuentro a Jesús, que nos recuerda su forma de ser, que nos recuerda que si le aceptamos somos de Él, en la alegría y en el sufrimiento, en la alabanza y en la persecución, cuando tenemos luz, cuando no latenemos. Muchas veces le decimos a Jesús: “Si Tú eres el todo para mí, pero ¿sabes?, muchas veces la vida nos resulta dura. Unas veces por nuestra misma forma de ser, nuestra misma forma natural; otras por el ambiente, porque unos y otros nos hacemos sufrir. Pero no entendemos que Tú eres al que te ganamos cuando nos perdemos, cuando seguimos tomando tu cruz”.

Hoy, Jesús, es un compromiso hacia ti, un encuentro íntimo, cariñoso,amoroso… ¡Tú eres el todo para mí! Dejemos que nuestro corazón se desfogue diciéndole lo que es para nosotros. Dejemos que nos explayemos seducidos por suamor, por su fuerza, por su persona, porque nos contagia su vida, su espíritu… ¡por todo! Y dejemos que este corazón, este pobre corazón sepa apegarse sólo a Él y sepa apegarse para que Él nos ayude a seguir, a continuar en este camino, a fortalecer nuestro ánimo cuando veamos que todo es cruz, cuando veamos que las cosas no son como queremos.

Resuena en mi interior esa frase, como un disco repetitivo —y un Jesús que me espera con una cara de amor, una espera de cariño y una respuesta que quiere que le diga quién eres Tú para mí—, oigámoslo una y otra vez: “¿Quién eres Tú para mí?”. Sí, Señor, Tú me preguntas quién eres Tú para mí y yo te contesto: “Tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero. Eres mi Dios, mi Señor, mi Maestro, mi único Amigo, mi Todo. En ti descanso, en ti me fortalezco, en ti me consuelo, en ti me alegro. A veces no sé seguirte, pero quiero seguirte. Enséñame a negarme. Enséñame a cargar con la cruz, con lo que me cuesta, con lo que no acepto, con lo que no entiendo, porque si lo acepto me abrazo a ti, y ese abrazo definitivo me une a ti para siempre y me une y me da vida en mi vida”.

“¿Quién eres Tú para mí?”… Dejemos que resuene, querido amigo, esta frase y entremos en pleno diálogo con el Señor dejando rienda suelta a nuestro corazón y engrandeciendo nuestra fe. Que al fin de nuestra vida pueda decir una y mil veces:“Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te quiero. Dudo, pero aumenta mi débil fe…¿Quién eres Tú para mí? Señor, Tú eres mi Camino, mi Vida, mi Fuerza y mi Amor”. Mequedo contigo hablando en el interior de mi corazón y respondiendo con mi pobreza ante tanto amor para ti.

Le pedimos a la Virgen que nos ayude en este encuentro para que le demostremos a Jesús todo el amor que tenemos y todo lo que le queremos. “Señor, Tú sabes todo, Tú sabes que te quiero. ¿Quién eres Tú para mí?”…

Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

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Este relato es mucho más duro y fuerte de lo que imaginamos. Tiene dos partes: la primera (Mc 8, 27-30), en la que Jesús acepta y reconoce que él es el Mesías; la segunda (Mc 8, 31-33), donde Jesús explica cómo realizará su condición de Mesías. Estos dos textos no se deben separar porque forman una unidad. Sin el segundo, el primero puede ser mal interpretado. Jesús no es simplemente el Mesías que salva este mundo perdido. Es (juntamente con eso) el Mesías sufriente y que fracasa. Y, además de eso, el Mesías que no quería la religión establecida.

A renglón seguido de la aceptación pública de su condición de Mesías, Jesús les dice a los discípulos que le espera: “padecer mucho”, “ser condenado” y morir “ejecutado”. Pero no solo eso. Para el “Profeta” y el “Mesías” de Dios, lo más duro tuvo que ser que el sufrimiento, la condena y la ejecución vendrían de parte de las máximas autoridades de la religión. Lo que, en sana lógica, planteaba, para aquellos hombres, una pregunta sin respuesta: o Jesús era un falso profeta y un falso Mesías; o la falsedad y la mentira estaba en la religión que iba a matar a Jesús. Por eso Pedro no aguantó y se atrevió a “increpar” a Jesús.

El Evangelio nos relata que Pedro “increpó” a Jesús y que Jesús “increpó” a Pedro (Mc 8, 32-33). Este verbo tiene (en los evangelios) una fuerza que impresiona. Jesús (utilizando este término) venció el poder demoniaco del viento y las olas en el mar (Mc 4, 39 par) y liberó a un muchacho del espíritu inmundo que lo poseía (Mc 9, 25 par; Mt 17, 18; Lc 9, 42). Jesús, al obrar así, demuestra que está enteramente del lado de Dios, el único a quien corresponde, según el A. T. (Sal 18, 6; 2 Sam 22, 16; Sal 104, 7…) vencer a los demonios o a los poderes hostiles a Dios. Por eso, la palabra con que Jesús responde a Pedro hace que esta escena se asemeje a la expulsión de demonios. Y es que, el problema de fondo (en todo este relato) está en que ni a Pedro, ni a los otros apóstoles les entraba en su cabeza que Jesús pudiera traer salvación al mundo precisamente pasando por el rechazo frontal de la religión y sus responsables. Lo peor de todo es que a muchos de nosotros nos ocurre lo mismo que a Pedro. Queremos más a la religión y sus ritos que a Jesús y su mesianismo rechazado por los sacerdotes.

José María Castillo

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Creer en alguien

Los cristianos hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. No se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente «un conjunto extraño de doctrinas», sino de encontrarnos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia.

Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.

En nuestros tiempos se hace cada vez más difícil creer en algo. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y profundas deficiencias.

El hombre moderno, escarmentado de dogmas, ideologías y sistemas doctrinales, quizás está dispuesto todavía a creer en personas que le ayuden a vivir y lo puedan «salvar» dando un sentido nuevo a su existencia.

Por eso ha podido decir el teólogo K Lehmann que «el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesucristo».

Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser «conservar la fe» como «un depósito de doctrinas» que hay que saber defender contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes que, para muchos, resultan más atractivas, más actuales y más interesantes.

Creer es otra cosa. Antes que nada, los cristianos hemos de preocuparnos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Sólo cuando vivamos «seducidos» por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguimos viviendo una fe mediocre y poco convincente.

Los cristianos hemos de responder con sinceridad a esa pregunta interpeladora de Jesús: «y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?».

Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse».

¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras?

José Antonio Pagola

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