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Archive for the ‘Homilía’ Category

1.- Dios sí quiere que nuestros planes coincidan con sus planes, pero somos nosotros los que muchas veces hacemos esto imposible. Por nuestra inclinación al mal, por nuestro egoísmo, por nuestro materialismo, por no obedecer humildemente los planes de Dios, hacemos muchas veces imposible que los planes de Dios se cumplan en nuestras vidas. Los planes de Dios son siempre la justicia, el amor, la paz. Dios sí quiere que todos sus hijos puedan vivir dignamente y sean humana y cristianamente felices, pero somos nosotros, los humanos, los que, con nuestro egoísmo y maldad, creamos divisiones injustas y hacemos posible que, mientras a algunos les sobren muchas cosas superfluas, a otros les falten muchas cosas necesarias. También es verdad que los hombres, las personas humanas, somos limitados e imperfectos en nuestro entender y en nuestro obrar. Más de una vez los planes de Dios nos sorprenden y nos descolocan, porque no los entendemos. En estos casos, debemos aceptar con humildad y confianza en Dios los acontecimientos personales, familiares o sociales, que nos cuesta entender y explicar. ¿Por qué mueren tantos niños inocentes, por qué, como consecuencia de un terremoto o un huracán, sufren y mueren muchas personas buenas que siempre desearon cumplir la voluntad de Dios?, ¿por qué?, ¿por qué?… Humildad y confianza en Dios, a pesar de todo. Fijémonos ya concretamente en el evangelio de este domingo, según san Mateo.

2.- El Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a contratar jornaleros para su viña. El propietario de esta viña pagó lo mismo a los jornaleros que habían trabajado todo el día, que a los que habían trabajado menos horas. ¿Fue injusto este propietario? Según las costumbres de la época, según los planes de los hombres, sí, pero según los planes de Dios, no. ¿Por qué? Porque el propietario de la parábola, que se parece al Reino de los cielos, no se fijó en la cantidad de horas que habían trabajado unos u otros, sino en la misma voluntad de trabajar que habían tenido todos los jornaleros que habían ido a la plaza a buscar trabajo. Por qué habían contratado a unos antes que a otros no lo sabemos, pero, según la parábola, parece que todos habían ido a la plaza con la misma voluntad de trabajar. El propietario no hizo distinción entre jornaleros y jornaleros, entre los más fuertes, o los más ricos, o los más amigos, y los más débiles, o los más pobres, o los menos conocidos. Por supuesto, la frase final: los últimos serán los primeros y los primeros los últimos, tiene un significado histórico y teológico. Se refiere a que los judíos, que fueron los primeros llamados al Reino de Dios, serían los últimos en entrar en él, mientras que los paganos, que fueron los últimos llamados, serían los primeros. San Pablo explicará después esto mismo en muchas ocasiones.

3.- Mis planes so son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. El profeta Isaías contrapone directamente en este texto los planes de los malvados y criminales con los planes de Dios. Dios, mediante el profeta, pide a los malvados que se arrepientan de sus malas acciones, con la seguridad de que el Señor tendrá piedad de ellos y les perdonará. El perdón de Dios, les dice, es superior al pecado del ser humano. Aceptemos nosotros siempre la voluntad de Dios en nuestras vidas y, aunque algunas veces nos equivoquemos y pequemos, si sabemos pedir perdón Dios es seguro que nos perdonará. Ante Dios, la humildad y el amor tienen siempre la última palabra, porque el Señor está siempre cerca de los que le invocan, como nos dice el salmo 144.

4.- Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger. San Pablo, como sabemos, creía firmemente en la resurrección con Cristo, cuando Cristo volviera en la segunda y definitiva venida que él creía que iba a ser inmediata. Por eso, el morir para san Pablo era una ganancia porque dejaría de sufrir y se incorporaría para siempre a Cristo. Pero él también sabía que había sido el mismo Cristo el que le había dado la vocación de predicar el evangelio a los gentiles y, por tanto, su trabajo era fructífero. Si para él su vida es Cristo debe aceptar el vivir para los demás, por Cristo, aunque para esto tenga que sufrir en esta vida mortal Este mismo sentimiento lo han tenido también otros santos del cristianismo y podemos tenerlo también en algún momento nosotros, cuando la vida nos resulte demasiado dura y penosa. Lo importante es que todos nosotros hagamos en cada momento lo que Dios nos pide y dejemos después que sea el mismo Dios el que decida la hora de nuestra muerte y de nuestra unión definitiva y gloriosa con Cristo. Pidamos al Señor que nuestros planes coincidan siempre con sus planes.

Gabriel González del Estal

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Siempre

A Mateo se le ve muy preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando».

Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.

Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿Qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él en abrir caminos al reino de Dios: el reino de la misericordia y la justicia para todos?

Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en el corazón de Jesús. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.

Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?

La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional. A lo largo de los siglos se ha querido rebajar lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»: «da alicientes al ofensor» «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y deja irreconocible lo que pensaba y vivía Jesús.

Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.

José Antonio Pagola

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Las escuelas rabínicas pedían a sus discípulos que perdonaran a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, un determinado número de veces, número que variaba de una época a otra. Pedro quiere saber qué “tarifa” es la aplicada por Jesús. ¿Será más severa que la de la escuela que pedía que se perdonara hasta siete veces al hermano que nos había ofendido?

Jesús responde con una parábola que hace salir a la persona de ese sistema de tarifas y le invita a imitar el perdón de Dios. Mateo subraya por otra parte la increíble diferencia entre los diez mil talentos y las cien piezas (algo así como la diferencia entre la viga y la paja en el ojo – véase Mt 7, 1-5),para de esta manera mostrar la distancia infinita que separa las ideas humanas sobre la deuda y la justicia de las de Dios. .

Ya en el A. T. se nos mostraba al Señor como un “Dios de ternura y de compasión, lento a la cólera y lleno de amor, que permanece siendo fiel a millares de generaciones” (véase Ex 34, 6-7) Este amor sin límite no equivale sin embargo a una indiferencia respecto del pecado. Cuando peca su pueblo se muestra Dios encolerizado; pero incluso entonces muestra su misericordia llamando a su pueblo a la conversión..

Toda la vida de Jesús, en especial su muerte en la cruz, constituyó asimismo un ejercicio de misericordia sin límite. Doquiera él pasaba, esperaba Jesús al hijo pródigo. No había venido para quienes se tiene a si mismos por justos, sino para los pecadores arrepentidos. A estos últimos los ha buscado como busca el pastor una oveja perdida, como busca una mujer su última pieza de plata que ha perdido. Algunos de ellos, especialmente en San Lucas, parecen haber constituido el objeto privilegiado de su misericordia. Son los pobres, las mujeres, los extranjeros – todos cuantos, por uno u otro entredicho se hallaban excluidos o rechazados en la sociedad.

La parábola que nos narra Jesús en el Evangelio de hoy implica una teología del tiempo presente, que es el tiempo de la Iglesia, tiempo que nos es concedido para la conversión. Mateo coloca de esta manera el deber del perdón en un contexto escatológico. Los últimos tiempos van a llegar bajo forma de un año sabático (Dt 15, 1-5), durante el cual perdonará Dios la deuda tan enorme de la humanidad y ofrecerá la justificación. Habrá no obstante quienes rechazarán este don, y se condenarán a si mismos a una desgracia sin fin.

Podríamos decir que nos hallamos en un tiempo de “prueba” o de “liberación condicional”. En nuestro derecho actual tenemos, en la mayoría de los países, la noción de “prueba”, es decir una suspensión provisional y condicional de la pena de un condenado, combinada con una puesta a prueba y con medidas de asistencia y de control.

Ahora bien, en la narración de esta parábola, el hombre se halla situado entre dos juicios (versículos 25-26 y 31-35). El primer juicio ha concluido con el perdón de la deuda El segundo dependerá de la manera cómo sea utilizado el tiempo entre los dos. El hombre será perdonado de manera definitiva y justificado si utiliza el tiempo de prueba que le ha sido concedido para perdonar, también él, y hacer justicia. La vida cristiana es en cierta medida un tiempo reprueba de liberación condicional. Se nos han perdonado nuestras faltas. Este perdón ha de ser ratificado al final de nuestra vida aquí abajo, y lo será tan sólo en la medida en que hayamos llevado a cabo también nosotros el perdón para con los demás.

Las últimas palabras de la parábola: “También mi Padre se conducirá con vosotros de igual manera, si no perdona de todo corazón cada uno de vosotros a su hermano“, nos están recordando por otra parte la petición que cada día dirigimos a Dios en el Padre nuestro:” Perdónanos nuestras ofensas, ya que también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido…”

Entre los diversos caminos que conducen a dar con Dios es uno de los más importantes la experiencia que el hombre pecador hace de la misericordia de Dios. No obstante, el perdón que hemos recibido, no permanecerá en vigor más que en la medida en que hayamos perdonado también nosotros a los demás.

A. Veilleux

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¿Cuántas veces?

La lección evangélica de hoy surge de una pregunta que Pedro le hace a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende?, ¿hasta siete?”. A lo Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, siempre.

Y esto le da pie para inventar una nueva parábola:

Un rey que se dispone a hacer cuentas con sus criados. Uno de ellos le debía muchos millones y no tenía con qué pagárselos. De rodillas, le suplicó al soberano que tuviese paciencia con él que se lo abonaría todo. El rey tuvo compasión de él y le perdonó todo…

Pero al salir, el criado se encontró con uno de sus compañeros que, a su vez, le debía una cantidad insignificante. En cuanto lo vio, lo agarró por el cuello y le dijo:”¡Págame lo que me debes!”. El compañero le suplicó que tuviera paciencia con él y que se lo pagaría. Pero él no quiso escuchadle, y lo hizo meter en la cárcel hasta que liquidara la deuda.

La reacción del rey no se hizo esperar. Encolerizado, mandó llamar al criado y le reprochó: “Malvado, tú no has querido compadecerte de tu compañero como yo me compadecí de ti”. Y ordenó que se le castigara hasta que quedara saldada toda su deuda.

Comienzo con una pregunta obvia: ¿Qué es el perdón?, ¿en qué consiste perdonar? Suelo decir a menudo que, cuando hablamos de Dios y de sus cosas, corremos el riesgo de no ser exactos, ya que la naturaleza humana es diferente a la divina. Hecha la advertencia, me atrevo a distinguir entre el perdón de Dios y el nuestro, el de los hombres y mujeres que poblamos este complicado mundo.

El perdón de Dios brota de su misa esencia divina, que es misericordia, que es amor. El de los hombres no puede ser perfecto: las limitaciones hacen que inventemos recortes interesados, impidiendo a menudo que resplandezca en toda su pureza. Además, todos sabemos lo que es perdonar una deuda pecuniaria, que se hace con muy pocas palabras, “te perdono”, y la deuda queda saldada. Pero perdonar una ofensa, una injuria, una calumnia es ya harina de otro costado. No nos resulta fácil olvidar la ofensa; y ello, porque tenemos memoria. A lo sumo, digo yo, podremos no guardar rencor ni deseo de venganza. Pero olvidarnos es tarea casi imposible.

Pero dejemos de elucubrar y escuchemos a Jesús:

“Hijo mío, ¡Cómo se nota que aún no me conoces! Yo te amo desde antes de que tú nacieras. Conozco todos tus pecados desde antes de que los cometieras. Y te los perdoné y me olvidé de ellos; más bien los destruí.

Te enseñé de mil formas que la otra cara del amor es el perdón; quien no sabe perdonar es que aún no ha aprendido a amar. Yo te perdoné siempre, y tú conoces muy bien el precio que me costaste: sufrimiento, incomprensión, persecución, salivazos, cruz, una muerte ignominiosa… ¿Y te parece heroico el perdón que solicito de ti para que lo vuelques en tu hermano? ¿No me expliqué bien cuando os enseñé a rezar: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido”? ¿No comprendes que el Padre te perdonará en la medida en que tú perdones?…

Hijo mío, además, otro de los beneficios que reporta el perdón es que ofreces a quien te ofendió la oportunidad de imitarte haciendo él lo mismo cuando alguien le cause algún daño…

Por último, estoy escuchando tu pregunta por boca del discípulo Pedro: “Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si me ofende?”. Y yo te contesto: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”…

Hijo mío, ¡qué razón tenías al comienzo cuando afirmabas que los humanos, cuando habléis de Dios sois siempre, por necesidad, imprecisos, inexactos.

Pedro Mari Zalbide

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Esta parábola afirma que cada cual va a recibir de Dios el trato que cada cual les dé a los demás. Es decir, el comportamiento de cada uno con los otros es la medida del comportamiento que Dios tiene con cada ser humano. Por tanto, el respeto, la tolerancia, la estima, la capacidad de perdón que cada ser humano tiene con las personas con las que convive, ese va a ser el respeto, la tolerancia, la estima y el perdón que va a recibir de Dios.

Aquí estamos, pues, ante un criterio fundamental para determinar cómo ha de ser nuestro comportamiento ético. Por supuesto, este criterio es válido para personas creyentes. Para justificar una conducta ética, no hay que echar mano de Dios. El agnóstico y el ateo pueden ser (y los hay en abundancia) personas intachables. Pero lo que no resulta fácil de entender es que una persona, que carece de un referente último que esté por encima de las circunstancias, pueda ser una persona que actúe, si es necesario, en contra de sus intereses y a favor de los intereses de los demás. Lo trágico de este momento es que hay ya demasiada gente, que no tiene más criterio, a la hora de actuar, que lo que le interesa o le conviene. Sin pensar que lo que haga con los demás, será la medida de su dicha o su desdicha.

¿Por qué hay personas incapaces de tratar a los demás como ellos quieren ser tratados? Porque no tienen más referente ni más criterio que la gratificación inmediata de lo que les satisface. La parábola de este evangelio deja patente que quien procede así, en el fondo, es el ser más desgraciado. Y el que, en definitiva, tiene peor futuro.

José María Castillo

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El perdón de las ofensas

La liturgia de la Palabra de la Eucaristía de hoy aborda el asunto del perdón de las ofensas.

El perdón tiene un movimiento de ida y vuelta. Todos nos dirigimos a Dios para pedirle el perdón de nuestros pecados. Sin embargo, y al mismo tiempo, nos vemos movidos a gestionar las ofensas que recibimos de otros. Ambos movimientos deberían ir coordinados pero, a veces, se da una discordancia cuando nos ponemos dignos, cuando dentro de nosotros se da un impulso que desea revancha o cuando nos mantenemos resentidos contra el otro porque no queremos dar el paso de actuar con él como si nada hubiera pasado. Lo cierto es que resulta mucho más fácil pedir perdón que perdonar. Eso cuando es a Dios a quien pedimos perdón, porque pedirlo a uno de nuestros semejantes puede resultar igual o más complicado que brindarle nuestro perdón. Estamos, por tanto, ante una cuestión bastante compleja, pero de la que Jesús se ocupa con toda claridad en su enseñanza a los discípulos.

El pasaje evangélico, que aborda esta cuestión, viene introducido a propósito de la pregunta que Pedro le dirige a Jesús: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». El número siete indica totalidad. Es decir, la pregunta real es que si debe perdonarle siempre o si Jesús considera que hay un máximo razonable para dejar de perdonar. La respuesta de Jesús es remarcar todavía más la totalidad del perdón: «…hasta setenta veces siete». O sea, siempre, siempre. El discípulo de Jesús no debe poner un límite a la hora de perdonar a los demás sus ofensas. A veces decimos cosas como que “yo estoy dispuesto a perdonarle, pero que me pida perdón”. Es una manera de querer que el otro se rebaje ante mí, un deseo de verle humillarse para poderle perdonar. Y eso es ya poner un límite al perdón, pues se da bajo ciertas condiciones, que si no suceden así, el perdón tampoco se da. El perdón que Jesús quiere que practiquemos es incondicional. Y lo ilustra con una sencilla parábola muy fácil de comprender.

Una misma persona es, a la vez, deudora y acreedora. Debe a su empleador una gran cantidad de dinero y, al mismo tiempo, un compañero suyo le adeuda a él una cantidad mucho más pequeña. Pues bien, cuando él ha pedido paciencia a su superior para que le aplace el pago de la deuda, esta le ha sido cancelada. Ha sido tratado con una gran benevolencia; benevolencia que él no ha tenido con su igual cuando le ha pedido lo mismo que él pidió a su superior. Su deuda le había sido cancelada, pero él ha llevado a su deudor a la cárcel por una cifra infinitamente inferior. Se ha visto complacido al ver su deuda perdonada pero él no ha sabido hacer lo mismo con su igual.

La extrapolación de este ejemplo al campo de nuestras relaciones con Dios y con los hermanos es un ejercicio bastante sencillo si hemos entendido lo anterior. Lo primero, hemos de reconocernos pecadores. Una vez dado este paso, nos dirigimos a Dios pidiendo su perdón. Lo hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía o cualquiera de los demás sacramentos; clamamos: “Señor, ten piedad, Cristo, ten piedad…” Muchas personas, conforme van avanzando en edad, sienten pesadas cargas de cosas que han ido haciendo en su vida y ahora se ven arrepentidas y acuden a que la Iglesia les escuche, les consuele y les perdone en nombre de Dios. Hay momentos en la vida en que esa necesidad de ser perdonados en cosas que ya han sucedido y no se pueden remediar de modo alguno, se hace muy patente. Y cuando meditamos en la pasión y en la muerte del Señor, tomamos conciencia de que Dios ha salido a nuestro encuentro para perdonarnos, para brindarnos su perdón por puro don suyo, sin condiciones, a cambio de nada. La entrega de Jesús en la cruz no pone condiciones a nadie; en ella, Dios ha actuado por propia iniciativa, por puro amor. Así, descubrimos que el perdón es una buena medida del amor; quien sabe perdonar es que ama; quien no sabe perdonar puede que no ame lo suficiente.

Así, inevitablemente, nos enfrentamos a esta pregunta, que recoge el libro del Eclesiástico en la primera lectura: «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro (…), no tener compasión de su semejante y pedir el perdón de sus pecados?» Si somos conscientes de la misericordia que Dios ha derramado por nosotros, ¿cómo no volcarla nosotros con los demás? Dicho de otra manera: ¿Acaso no es gran incongruencia acudir a pedir a Dios su perdón mientras no perdonamos a los demás? Dios «no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas», afirmaba el salmo 102, y añadía que «como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos». El hecho de sabernos, de sentirnos perdonados, no puede sino llevarnos a tratar a nuestros hermanos de la misma forma en que Dios nos ha tratado a nosotros. Con Dios está claro el asunto, pero deberíamos llevarlo también a nuestras relaciones entre nosotros: porque Dios nos ha perdonado, deberíamos estar igualmente dispuestos a perdonar como a saber pedir perdón entre nosotros. En esa actitud se manifiesta una buena medida del amor que hay en nosotros y nuestra capacidad para darlo.

Juan Segura

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1. Situación

Toda vida en común exige mucha capacidad de perdón. Pero esta palabra la aplicamos más fácilmente a Dios que a nuestras relaciones. ¿Por qué? Quizá porque nuestra cultura contrapone perdón a dignidad, y estamos tan embriagados por nuestros derechos que olvidamos lo esencial: que sólo la fraternidad, el olvido de sí, suscita vida liberadora, rompiendo nuestras defensas egocentristas.

Jesús estableció una correlación directa entre el perdón recibido de Dios y el perdón ofrecido a los hermanos. Así, en el Padrenuestro.

2. Contemplación

Y así, en la parábola del Evangelio de hoy.

Lo sorprendente de esta parábola es su contexto: el discurso sobre la comunidad cristiana. Pensemos en nuestra familia (recordemos las reflexiones del domingo pasado), en nuestra comunidad parroquial, en nuestras relaciones de vecindario o de trabajo. ¿Por qué tiene tanta importancia la capacidad de perdón?

Pensemos en un problema concreto (alguna ofensa personal, rivalidad con alguien, deudas no pagadas…) y escuchemos las palabras de Jesús. ¿Cómo las sientes? ¿Te parece que te obligan a «hacer el primo»?

Lee ahora la primera lectura y pregúntate: ¿Me ha tratado a mí el Señor como trato yo a mi prójimo? ¿Se ha fijado El acaso en sus derechos?

Y ora con el salmo responsorial, descansando en el Señor la lucha interior entre el ideal cristiano de la generosidad y la resistencia del propio corazón, que se aferra a sus derechos. Si oras con esta vivencia de lucha, tal vez se te dé la libertad interior para amar y perdonar; tal vez te ayude a encontrarte con tu verdad. En todo caso, lo que no tiene sentido, ante la misericordia de Dios, es pretender justificarse.

3. Reflexión

En una vida en común, lo esencial depende del olvido de sí, del amor que pasa por encima de las necesidades de autoafirmación (revestidas, casi siempre, de «derecho»). ¿Por qué? Porque lo inter-personal no se fundamenta en la organización racional de fines y medios, sino en la vida de amor. Socialmente, la justicia distributiva tiene un papel mucho más determinante (deberá estar atemperada por la equidad y la compasión, desde luego). En la vida comunitaria hay que estar volviendo siempre a las fuentes del amor. En cuanto se habla de derechos, se desencadena la separación.

Con todo, insistir en la generosidad puede enmascarar injusticias graves dentro de esa vida común. De hecho, quienes llevan el peso del perdón suelen ser los que necesitan depender porque tienen miedo a la separación, o los que sólo saben amar y no tienen capacidad para analizar las situaciones, o los de siempre (la mujer, que asume el papel de perdedora o salvadora; los débiles que no pueden afirmarse, a los que utilizan los otros).

En este sentido, es necesario un aprendizaje de madurez afectiva, capaz de combinar perdón generoso y lucidez respeto a las situaciones concretas. Por ejemplo, hay personas que tienen que aprender a no pedir perdón antes de acostarse, porque es necesario, antes, hablar del conflicto vivido y objetivarlo. Otros, por el contrario, tienen que aprender a tener menos «razones» y a desarrollar la comprensión y la bondad.

En ciertas situaciones la única salida es amar a lo tonto, perdonando. En cualquier situación, el criterio último no es la justicia que reivindica, sino el amor desinteresado.

4. Praxis

Después de orar con la Palabra y las reflexiones anteriores, ¿cómo tendrías que abordar el problema que tienes con ese familiar tuyo?

Hay ciertas «heridas» que sólo se curan mediante el perdón, dejando de dar vueltas a reivindicaciones justas. Si no puedes olvidar, puedes pedir amor para perdonar. ¿Por qué no ofreces al otro un signo de reconciliación, aunque sea un saludo?

Sé autocrítico, porque muchos sentimientos nacen de actitudes enfermizas: suspicacia, complejos de inferioridad, etc.

Javier Garrido

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