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Archive for the ‘Homilía’ Category

Querido amigo: Hoy estamos ante la gran solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, una fiesta sorprendente y que nos lleva a pensar mucho en la misericordia de Dios sobre esta familia de ancianos, Isabel y Zacarías, y sobre su elegido y preferido como precursor, Juan Bautista. El Evangelio de Lucas, capítulo 1, versículo 57-66.80, nos narra todo el nacimiento de esta figura prodigiosa que Dios se escogió para ser su precursor. Lo vamos a escuchar con todo detenimiento para después entrar en un encuentro con el amor de Dios, con su misericordia y con la misión de un hombre que nos lleva a pensar mucho sobre nuestra misión. Escuchémosle con atención:

Mientras tanto, a Isabel le llegó el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Los vecinos y parientes oyeron la gran misericordia que el Señor le había mostrado y se congratularon con ella. Al octavo día fueron a circuncidar al niño y lo llamaban con el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre dijo: “No, sino que se llamará Juan”. Le dijeron: “Nadie hay en tu familia que se llame así”. Y preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”, ytodos quedaron admirados. En ese momento recuperó el habla, se soltó su lengua y hablaba bendiciendo a Dios. Todos los vecinos se llenaron de temor y por toda la montaña de Judea se comentaban estas cosas. Cuantos las oían, las meditaban ydecían: “¿Qué va a ser este niño?”, porque la mano del Señor estaba con él. Mientras tanto el niño crecía y se fortalecía en el espíritu y habitaba en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel.

Después de escuchar esta escena tan entrañable, nos metemos en este ambiente, y nos vamos allí a ver todo lo que ocurre en este pueblecito. Juan Bautista nació en Ain Karem, como todos sabemos, que significa “fuente de la viña”. En este oasis de Judea… —donde la Virgen iría y habría estado ya con su prima—, en este oasis nació Juan Bautista, que como sabemos ha sido un regalo de la misericordia de Dios. La situación de sus ancianos padres era una situación difícil, y que para ellos representaba un gran dolor el no poder tener hijos; y más Zacarías, que era un buen sacerdote, que defendía todo el cumplimiento de todos los ritos, y se ve como frustrado, infeliz… ycondenados los dos a estar mal vistos por todo el pueblo. ¡Pero qué grande es Dios! Para Dios no hay nada imposible, y a pesar de la incredulidad de este anciano que duda cuando se le dice que su mujer va a quedar embarazada y va a dar a luz un hijo, a pesar de eso, Dios es tan grande y tan misericordioso que hace brotar la vida de un vientre anciano y estéril. Pero también qué lección le da a Zacarías: como no cree, Él le quiere probar y le deja mudo por no haber creído.

Esto nos lleva a pensar cuántas veces el Señor también nos tiene que dejar así, por incrédulos, nos tiene que dejar mudos, no nos salen palabras, no decimos nada, estamos vacíos. ¿Por qué? Querido amigo, porque no creemos lo suficiente, porque no tenemos fe, porque somos estorbo para el Dios que está lleno de misericordia en nuestro corazón.

Pero sigamos con la escena: cuando Isabel tuvo a su hijo, todos los vecinos comprendieron que era una cosa extraordinaria y que Dios se había manifestado en ellos, que había tenido compasión por ellos; y les felicitaban. Y llega el día legal de la circuncisión y ahí están los padres, quieren ponerle el nombre y se sigue manifestando todavía más la misericordia de Dios: querían ponerle el nombre de Zacarías, peroIsabel dice: “No, no se va a llamar Zacarías, se va a llamar Juan” (porque Juan significa eso: gracia de Dios, misericordia de Dios). Así son las acciones de Dios, llenas de misericordia, llenas de amor. Pero como Zacarías no podía hablar, por señas lepreguntan el nombre, y escribe: “Juan es su nombre”. Y cuando este viejo sacerdoteacepta todo lo que Dios quiere en su plan y en el plan de su hijo, en ese momento se le suelta la lengua y bendice al Señor. En ese momento dice el nombre y empieza a alabar al Señor, y cambia su vida, y pasa a ser testigo de la misericordia de Dios.

Querido amigo, ¡cuántas veces nos ha pasado a nosotros esta escena, no así, pero sí interiormente! Hemos sido espejos y frutos de una historia de salvación en nuestra vida. ¡Cuántas veces la misericordia de Dios se ha encontrado con nuestra pobreza! Y cuando nos damos cuenta de que nos ha hecho cosas grandes, nos ha liberado y nos ha llenado de vida… caemos en alabanza. Sí, caemos en alabanza.

Qué dos figuras tan buenas en este encuentro: Isabel, una mujer fuerte —“Juan es su nombre”—; Isabel, llena de la gracia y de la misericordia de Dios. Y Zacarías, ese sacerdote, que como se cree con tanta fe, con tanto rito, duda. ¡Pero cómo también se da cuenta de lo que está pasando en su vida, en su matrimonio y en su familia, que es algo distinto a lo que él cree! ¡Y cómo empieza… y piensa… y alaba al Señor! Y si nosfijamos en la figura de Juan… Juan es un preferido de Dios, es un preferido de Jesús: Dios lo elige para ser su precursor. Y ¿qué quisiera Zacarías? Que su hijo fuera sacerdote como él. Pero no. Juan tiene otra misión y empieza a cuidar su vida. ¿Dónde? ¿Qué hace? Se adentra en el desierto, viviendo de una manera extraña, es verdad, pero ahí se adentra, para ir al encuentro de Dios. En un lugar árido, despoblado, pero ahí se mete, y se mete para experimentar la soledad, todo lo que puede pasar elhombre: el dolor, el hambre, la sed… todo lo que puede pasar para llenarse de esaprofundidad de Dios. Y luego profetizar. Y luego proclamar. Y proclamar a ese Jesús que viene lleno de amor y lleno de vida.

Bien, querido amigo, a mí realmente esta fiesta me lleva a querer mucho más al Señor; y me lleva a darme cuenta del riego de la misericordia que continuamente tengo en mi vida; a darme cuenta de que muchas veces estoy muda y no sé por qué, y es porque me falta fe; que muchas veces no siento nada y es porque me falta fe. Esta fiesta es una oportunidad para reflexionar mucho sobre nuestra propia vida, para reconocer y enderezar nuestro camino, para seguir al Señor y examinar cómo llevo mi propia vida interior.

Pero también es una urgencia a la misión: soy llamada a la misión. Él me llama fuertemente y me dice —como también a Juan— y me cuestiona qué es lo que hago yo en mi vida. Juan estaba elegido, querido, programado, amado para una misión que cumplir y la cumplió exactamente. Cuando yo estoy lleno de la misericordia de Dios, cuando me doy cuenta de cómo Él trabaja en mi vida, ¡cómo no lo voy a proclamar! Y me pregunto y te pregunto, querido amigo, como nos diría el Señor: “¿Qué haces con la vida que Yo te doy? ¿Qué misión tienes? ¿A qué te dedicas? ¿Cuál es tu vida? ¿En qué te preocupas? ¿Qué es lo que haces?”. Es la vocación de Juan Bautista la que nos hace pensar hoy mucho.

¿Comprendemos, querido amigo, la misión que tú y yo tenemos en la tierra? ¿Valoramos la vocación que hemos recibido? ¿Le damos importancia a todo lo que el Señor nos da y lo manifestamos y lo proclamamos? ¿Somos precursores de algo? La sociedad nos necesita, el mundo nos necesita. ¿Nos damos cuenta de la gran importancia en nuestra vida que es encontrar a Jesús, entrar en su amistad y proclamar su amor y su misericordia? ¿A quién llego yo con mi vida? ¿En cuántos corazones voy dando y poniendo el Corazón de Dios en ellos? ¿Cuántas personas quedan en el olvido por mi falta de preocupación, por mi falta de interés, por no encontrarle a Él? ¿Cuántos? ¿Cómo no va a haber gente en mi camino que necesite de mí? Pero a veces soy muy egoísta y soy cómodo, y dudo, y vivo mi propia vida, y me olvido del don que Dios me da, y de lo que más me olvido es de dárselo a otro. Tengo una misión que hacer… pero tengo que creer. Y tengo que agradecer al Señor las veces que me deja así, muda, para que aprenda, para que se me suelte ese corazón, para que arda de amor.

Hoy en esta fiesta, querido amigo, tú y yo vamos a valorar mucho los dones que Dios nos da. Vamos a sentirnos elegidos, queridos, privilegiados. Pero también nos vamos a sentir precursores de una misión que tenemos, y nos vamos a cuestionar mucho nuestra propia vida. En esa escena tan familiar, tan de casa, tan de vecinos, hoy también nos metemos ahí, y admiramos y pensamos: “Yo soy Zacarías muchas veces. Otras veces soy Isabel. ¿Y quieres que sea Juan? Voy a ser. También voy a ser «vecino», ¿por qué? Porque voy a darme cuenta de lo grande que es Dios y de lo que hace en mi propia pobreza. Voy a alabar, voy a bendecir, voy a hacer ese cántico tan bonito de Zacarías: «Bendito el Señor»”.

Pues hoy se lo vamos a pedir mucho al Señor. Y ahí, viendo todos esos momentos de la circuncisión, paso a paso y minuto a minuto, vamos a darle gracias al Señor por elegirnos. Vamos a pedirle urgencia de misión, compromiso de misión y fe en la misión. Y vamos a intentar proclamar —como Juan Bautista, como precursor, como precursores—, el Reino de Dios, el Reino del amor, todo lo que el Señor hace en nuestra vida. Yo me digo, querido amigo: ¡si nos diéramos cuenta de lo grande que es experimentar la misericordia de Dios, lo lanzaríamos, lo diríamos, lo proclamaríamos!

Se lo vamos a pedir así. Y se lo vamos a pedir a la Virgen, y veréis por qué: porque Ella fue la que visitó a su prima Isabel. Y Ella, cuando la visitó, hizo su propioMagnificat. Hoy, querido amigo, te digo que en este encuentro tú y yo hagamos nuestro propio Magnificat. Será muy pobre, pero muy bonito, profundo y amoroso. Lo vamos a hacer así con el Señor y le vamos a pedir fuerza a Juan Bautista, este hombre que terminó en el martirio, por ser fiel, por ser fuerte. Vamos a aprender también a irnos al desierto, a experimentar ese encuentro en la soledad, y a prepararnos: prepararnos todos los días para ser misioneros cada día. Que cada día sea precursor de ti, Jesús, de tu Reino, y que experimente tu misericordia como lo hizo Isabel y finalmente Zacarías, que terminó por aceptarla. Dame gracia para este trabajo, para hacerlo sin apegarme a nada, a mi propio yo, sin estar trabajando así para mí, sino incansablemente para ti. Que yo sea canal para que lleve el amor de ti a mucha gente, que muchos te conozcan, que muchos te amen, que muchos tengan vida.

Santa María de la Visitación, ayúdame también a ponerme en camino para darme cuenta de lo grande que eres Tú y transmitirlo a los demás.

Que así sea.

Francisca Sierra Gómez

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Actores de reparto

En cualquier espectáculo teatral se dan cita diversos actores que encarnan diferentes y variados personajes, cada uno cumpliendo con su misión. Nos encontramos en primer lugar con la figura estelar del espectáculo, el o la protagonista que despierta en nosotros el interés y la atención, observando minuciosamente todos sus movimientos, su parlamento, su dicción, su fidelidad al personaje encomendado… Y luego, el resto del elenco se ocupa en representar con mesura a los diferentes personajes; éstos, aparentemente de menor importancia, están sin embargo llamados a guardar un equilibrio cabal para dar vida a su personaje sin excederse, midiendo escrupulosamente sus gestos, el tono de voz…, al objeto de no hacer sombra y obstaculizar a la figura estelar; estos actores reciben el nombre de “secundarios” o “actores de reparto”.

Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de san Juan Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, pariente allegado de Jesús y su precursor, encargado de preparar al pueblo para recibir al Mesías. Es curioso que ambos primos se mantuvieran en silencio hasta cumplir los treinta años. Supongo que en todo ese tiempo hablarían, se comunicarían, ahondarían en el proyecto de salvación… Sin embargo, estas conversaciones no aparecen en absoluto en los evangelios. Al parecer, los dos primos optaron por el silencio, la observación discreta, el anonimato. Cumplido el tiempo, se levantó el telón de la representación. Multitud de personajes: Jesús, la figura estelar. El resto del elenco lo formarían: María y José, san Juan Bautista, los doce apóstoles, los pobres, los enfermos, los marginados de la sociedad…

San Juan Bautista es uno de los actores secundarios, “de reparto”, en la representación escénica de nuestra salvación, pero sin duda enormemente importante y transcendente en el comienzo de la vida pública de Jesús, lo que significa que su papel era de los más difíciles de encarnar, ya que debía ser prudente, discreto, situado en la sombra pero de gran eficacia y responsabilidad. Se le verá, preferentemente, predicando la conversión y luego aparecerá bautizando a su pariente el Mesías. El resto fue todo silencio, ausencia, discreción absoluta.

Al predicar la conversión, los evangelistas ponen de relieve su austeridad, su sencillez, su conciencia de considerarse tan sólo el precursor de quien era más grande que él, y a quien no era digno desatarle la correa de las sandalias. Fueron sus tres condiciones más significativas: austeridad de vida, humildad ejemplar en su delicada actuación, y firmeza constante en la preparación de los caminos pada recibir al Salvador.

No cabe duda de que las vidas de los santos son para nosotros “señales de tráfico” que nos orientan en nuestro caminar. Conocemos al Jesús del evangelio, pero a la hora de poner en práctica sus enseñanzas, son de gran utilidad las actitudes, disposiciones y modo de ser y de vivir que tuvieron estos héroes de la santidad. Y hoy san Juan Bautista nos da lecciones de austeridad de vida, nos incita a que nos convirtamos cada mañana y cada noche, y nos enseña la belleza que contiene la humildad, esa maravillosa virtud que nos conduce a la sencillez, al anonimato, a no hacer bulto innecesario en nuestras relaciones con los demás.

En la difícil representación del inicio de la vida pública de Jesús, el precursor nos ha dado lecciones de cómo los actores secundarios, “de reparto”, que somos todos nosotros, hemos de actuar, medir nuestras palabras, administrar nuestros gestos, mimar nuestros silencios… para merecer los elogios y el aplauso del público, es decir, de todos cuantos conviven con nosotros.

Pedro Mari Zalbide

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El día de san Juan Bautista nos recuerda a todos el momento en que se inicia uno de los cambios más decisivos en la historia de la humanidad. Juan Bautista es el único santo del que la Iglesia celebra su nacimiento. Aparte de las razones que tuvieran, quienes instituyeron esta fiesta, para conmemorar hoy, no su muerte sino su nacimiento, lo que debe retener la atención del creyente es que, con la llegada de Juan Bautista a este mundo, se cierra una etapa en la historia de las tradiciones religiosas, y se abre otra: “La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan Bautista; desde entonces se anuncia el Reino de Dios” (Lc 16, 16; Mt 11, 13). Con Juan se cierra la etapa marcada por la ley religiosa y se abre la etapa del Reino, que es vida para pobres, enfermos y pecadores. Dicho más claramente: la presencia de Juan Bautista en este mundo nos anuncia a todos que el “hecho religioso” se desplaza. El centro de ese hecho deja de estar en el templo y pasa a la calle, al campo, al desierto. Lo central ya no será “lo sagrado”, sino “lo profano”. Así de fuerte es esto.

Juan representó una innovación importante en su tiempo. Era hijo de un sacerdote (Zacarías) y su madre (Isabel) era de la familia de Aarón (Lc 1, 5). O sea, Juan era de familia sacerdotal en sentido pleno. Lo lógico es que él hiciera lo que le correspondía, integrarse en el Templo y vivir como sacerdote. Pero no lo hizo así. Juan fue un hombre del desierto, lugar de peligro y marginación social, donde vivían gentes que no tenían buena relación con el Templo, como era el caso de los monjes de Qumrán.

Pero Juan fue solo el primer paso de un desplazamiento decisivo. El paso de la etapa de la Ley y el Templo, a la etapa del Reino de Dios. Pero hay diferencias entre Juan y Jesús. Reduciendo estas diferencias a lo central, es seguro que el centro de las preocupaciones de Juan fue la conversión de los pecadores, en tanto que el centro de las preocupaciones de Jesús fue la salud de los enfermos y la alimentación de todos, especialmente de los pobres y excluidos sociales. El fondo de todo estuvo en que Juan creía en un Dios justiciero y castigador (Mt 3, 12; Lc 3, 17), mientras que Jesús creyó siempre en un Padre absolutamente bueno con todos (Lc 15, 11-32).

José María Castillo

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PRESENTADOR

Un profesor de una Universidad de Barcelona, estudioso del tema religioso, afirma que las actuales generaciones son analfabetas en materia religiosa.

Cito algunos ejemplos muy simples, que, sin embargo, ayudan, facilitan el encuentro y la comprensión entre Jesús y el pueblo judío entre la Biblia y el mensaje cristiano. Ahí van algunos ejemplos: “comprar un “moisés”, “lavarse las manos como Pilato”, “el benjamín de la casa”, ”hacer de chivo expiatorio”, “estar hecho un cristo”, “es un Babel”, “no solo de pan vive el hombre”, “el que está libre de pecado que tire la primera piedra”, ”poner la otra mejilla”, ”echar margaritas a los puercos”, “de Pascuas a Ramos”, ”pasar las de Caín” y un largo etc.

Centrándonos en la lectura de la misa de hoy, concretamente en la frase: “Hasta que San Juan baje el dedo”, se parece mucho a los ejemplos anteriores. Nos da a entender que el asunto que tenemos entre manos se alargará por mucho tiempo. Pero este Santo original, como ninguno, no solo es sugerente por la frase, también lo es como modelo de comportamiento, de cumplidor de su misión: Prepara al pueblo judío para recibir al Mesías, a Jesús el Salvador. El Bautista supo retirarse a un segundo plano para dejarle a Jesús el primero: “Conviene que yo disminuya y Él crezca“. Es difícil cumplir con ésta condición. Cuesta ahondar en esta dirección. Es lo mejor que se puede decir de este Santo tan interesante. Sería magnífico que fuéramos los cristianos, como el Bautista: atractivos presentadores de Jesús, que lo presentemos como persona digna de ser atendida, contemplada y seguida.

Jesús anima con la alabanza mayor que un creyente puede escuchar : ”¿Qué salisteis a ver? ¿Un profeta?. Os digo que sí, y más que profeta”. A éste se refiere lo que está escrito: “Mira, envío por delante a mi mensajero para que prepare el camino. Os digo que entre los nacidos de mujer ninguno es mayor que Juan”.

En nuestras televisiones conocemos a varios presentadores. No siempre son conscientes de la influencia que ejercen. Si bien, cada uno somos responsables de nuestros actos.

Josetxu Canibe

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Por qué tanto miedo

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de calor. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas, que viven momentos difíciles.

El relato no es una historia tranquilizadora para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que era «al caer la tarde». Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: «Vamos a la otra orilla». La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

De pronto se levanta un fuerte huracán, y las olas rompen contra la frágil embarcación, inundándola. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cabezal.

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo:«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?».

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura más lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y a su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a «pasar a la otra orilla» para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza?

José Antonio Pagola

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1. – “Se le cumplió el tiempo”. Al celebrar la natividad de San Juan Bautista, coincidiendo con el solsticio de verano, la Iglesia quiere subrayar la trascendencia del “Precursor” en la preparación del “camino de Señor”. El evangelio de Lucas que hoy se proclama comienza con la expresión “se cumplió el tiempo”. Nos recuerda que esta realidad no solamente sorprende a Isabel embarazada, sino que revela también algo del proyecto de Dios. En el evangelio Jesús habla del cumplimiento de los tiempos, especialmente en evangelio el de Juan. Dos de estos momentos son las bodas de Caná y la agonía en la cruz, donde Jesús proclama que “todo está cumplido”. En el cumplimiento de los tiempos Jesús inaugura una era de salvación. El nacimiento de Juan Bautista estrena este tiempo de salvación. Él, de hecho, a la llegada del Mesías, se alegra y salta de gozo en el vientre de Isabel su madre.

2.- Un nombre, una misión. El nombre personal que recibe el niño tiene una gran importancia por el hecho de que es Dios mismo el que lo atribuye: fue así en el caso de Jesús y en el de Juan Bautista. Dar un nombre es, por tanto, dar una vocación, una misión y los dones adecuados para desempeñarla. El hijo no se llamará como su padre Zacarías, sino Juan. Zacarías nos recuerda que Dios no olvida a su pueblo. Su nombre significa “Dios recuerda”. Su hijo, ahora no podrá ser llamado “Dios recuerda”, porque las promesas de Dios se están cumpliendo. La misión profética de Juan debe indicar la misericordia de Dios. Él, por tanto, se llamará Juan, o sea, “Dios es misericordia”. Esta misericordia se manifiesta en la visita al pueblo, exactamente “como lo había prometido por boca de sus santos profetas de un tiempo”. El nombre indica por esto la identidad y la misión del que ha de nacer. Zacarías escribirá el nombre de su hijo sobre una tablilla para que todos pudiesen verlo con asombro. Esta tablilla evocará otra inscripción, escrita por Pilatos para ser colgada en la cruz de Jesús. Esta inscripción revelaba la identidad y la misión del crucificado: “Jesús Nazareno rey de los Judíos”. También este escrito provocó el asombro de los que estaban en Jerusalén por la fiesta.

3.- ¿Quién será este niño? Hay algo que el evangelista deja bien claro: “la mano de Dios estaba con él”. En las lecturas de hoy recorremos diversos episodios de esta persona singular: nacimiento, circuncisión, imposición del nombre, manifestación a todos sus familiares y vecinos, en el evangelio; comienzo y desenlace de su misión como Precursor, en el discurso de Pablo de los Hechos de los Apóstoles. Cada momento de su vida es una enseñanza de cómo Dios actúa en favor del hombre. Nacido de una gran misericordia en una mujer estéril, es circuncidado para destacar su conexión con el pueblo elegido –será el último profeta del Antiguo Testamento. Retirarse al desierto puede parecer la evidencia de un fracaso de una huida. Pero no. Juan no huye por miedo, sino porque quiere prepararse para su misión, “ser el Precursor”. Muchas personas reciben la misión de “ser camino”, de preparar a los demás para que se realicen como personas. Puede parecernos que su labor es insignificante, pero las personas más importantes de nuestras vidas son aquellas que, calladamente, sin protagonismos, nos han ido ayudando en nuestro crecimiento como personas o como creyentes: nuestros padres, nuestros maestros, nuestros catequistas… ¡Qué misión tan hermosa la de ayudar a otros a descubrir la inmensidad de la bondad de Dios! Así fue Juan “el Bautista”, el anunciador de “la misericordia de Dios”.

4.- Nos enseña Juan a cumplir con la misión que adquirimos el día de nuestro bautismo: ser testigos de Cristo viviendo en la verdad de su palabra; transmitir esta verdad a quien no la tiene, por medio de nuestra palabra y ejemplo de vida. Nos enseña a reconocer a Jesús como lo más importante y como la verdad que debemos seguir. Nosotros lo podemos recibir en la Eucaristía todos los días…

José María Martín, OSA

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1.- Escribió en una tablilla: “Juan es su nombre”. En el mundo judío el nombre de una persona quería indicar el destino y la misión con la que esa persona había venido al mundo. Todas las personas, pensaban, somos enviadas al mundo por Dios con una misión. No nacemos para nada, nacemos para cumplir la misión que Dios nos ha encomendado. En este sentido, podemos decir que nuestra misión es nuestra vocación: Dios nos ha llamado a la vida para cumplir una misión determinada. Todos tenemos vocación para algo; todos estamos llamados a la vida para algo. En el caso de la fiesta que hoy celebramos el nombre de Juan se refiere a la misericordia de Dios con Zacarías e Isabel, al concederles el favor de engendrar un niño cuando ellos ya eran ancianos. El nombre de Juan significa: Dios ha mostrado su favor, Dios es misericordioso, Dios se ha apiadado. Como sabemos, la misión de Juan, su vocación, fue la de ser precursor de Jesús, del Mesías, y Juan Bautista cumplió su misión con fidelidad y entrega, fue fiel a la vocación que Dios le había dado. El ejemplo de San Juan Bautista, desde su nacimiento hasta su muerte, debe incitarnos a nosotros a descubrir nuestra vocación y a ser fieles a ella. En nuestro caso, nuestros nombres no han querido indicar, en su origen, la misión o la vocación con la que Dios nos ha traído al mundo. Generalmente, a muchos de nosotros nos eligieron nuestro nombre por motivos familiares, o por el santo del día. Pero todos nosotros hemos nacido con una misión bajo el brazo. Descubrir esta misión desde pequeños es una tarea importantísima para el futuro desarrollo de nuestra personalidad. Y más importante aún es ser fieles a la misión o vocación que con la que Dios nos ha traído al mundo. No es necesario pensar que nuestra misión tenga que ser algo grandioso o socialmente importante, es suficiente con que sea importante para nosotros y buena para los demás. Todos estamos llamados a colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más buena; esa ya es una misión digna e importantísima, esforcémonos en ser fieles a ella. Tratando de imitar a san Juan Bautista, todos los cristianos nacemos con la misión de facilitar a los demás el acceso a Cristo. Ser pregoneros, mensajeros, catequistas de la vida y evangelio de Jesús. Esta será una buena manera de celebrar con dignidad la fiesta de la natividad de San Juan Bautista.

2.- El Señor me llamó; en las entrañas maternas pronunció mi nombre. Este texto pertenece al segundo canto del profeta Isaías sobre el “Siervo de Yahveh”. Aunque los que se dedican a estudiar estos temas no acaban de ponerse de acuerdo sobre la identificación del “Siervo de Yahveh”, nosotros, los cristianos, hemos querido ver reflejada en este canto la figura de Jesús de Nazaret. Él fue el que, fiel a la misión que el Padre le había encomendado, se convirtió en “luz de las naciones, para que la salvación de Dios alcanzara hasta el confín de la tierra”. Aquí vemos cómo ya, en tiempos del profeta Isaías, se hablaba de la salvación de Dios no sólo para el pueblo de Israel, sino para todo el mundo. Nuestra religión es católica, universal, y nuestra misión, nuestra vocación, es ser mensajeros de la universalidad de la misericordia y del amor de Dios para todas las personas. Para eso pronunció el Señor nuestro nombre cuando aún estábamos en las entrañas maternas: para predicar, con nuestra palabra y con nuestro ejemplo, el evangelio de una salvación católica y universal, el evangelio de Jesús de Nazaret.

3.- Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión. Como del bautismo de Juan ya hemos hablado en otros momentos del calendario litúrgico, bástenos ahora animarnos mutuamente a llevar a cabo la perfección de nuestro bautismo, un bautismo que no fue sólo de conversión, sino de gracia y de Espíritu Santo.

Gabriel González del Estal

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