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Archive for the ‘Homilía’ Category

Santiago, patrón de España

Para muchos, esta esta de Santiago como “patrón de España” puede ser molesta o incómoda por las connotaciones políticas que ha tenido en tiempos pasados. Si la esta se mantiene, es necesario hacer hoy en día una relectura acorde con los tiempos que vivimos. La tradición y las leyendas nos conducen a Santiago de Compostela (el camino) y a Zaragoza (el Pilar). Aun envuelto en ellas, Santiago es la referencia del nacimiento y expansión de la Buena Noticia del evangelio en estas
tierras. Santiago y los siete primeros convertidos son el oscuro origen de nuestra fe cristiana hoy. De ello damos gracias a Dios y le ponemos el nombre de Santiago como representante de ese inicio casi desconocido. Pero la liturgia viene también en nuestra ayuda para centrar la imagen de Santiago en los datos de la Escritura: los Hechos, la 2ª carta de Pablo a los Corintios, y el evangelio.

Amigo íntimo de Jesús

Pedro, Santiago y Juan fueron los amigos personales más íntimos de Jesús. Jesús les quería a todos, pero los momentos más personales se los reservó a ellos tres. En esa amistad se tuvo que ir acrisolando la experiencia de Santiago, madurando su fe a lo largo del tiempo. No en vano era “hijo de Zebedeo”, posiblemente zelote y apasionado. La fe que nosotros hemos heredado se vivió, no hace demasiado, en un clima cultural y religiosamente homogéneo de “cristiandad” o, si queréis, de “nacional-catolicismo”. Esa fe pudo bastar para entonces, no para ahora, en plena secularización.

La fe de los cristianos hoy necesita una fuerte personalización, que no es lo mismo que el fanatismo o fundamentalismo, acrisolado en el “encuentro” personal con Jesús, como la intimidad que vivieron Pedro, Santiago y Juan.

La pasión convertida

La fe de los cristianos necesita hoy una fuerte personalización sin fundamentalismos ni fanatismos.

La petición de Santiago a Jesús, en el evangelio de hoy, nace de una idea muy distinta de lo que Jesús quiere mostrarnos acerca del Reino. Es necesario todo un proceso para que Santiago piense de otra manera. El Reino de Dios es el Reino del servicio, no del “poder”: los poderosos oprimen, constata Jesús. El “poder” envenena y tantas veces acaba en corrupción, en servicio a los propios intereses, en olvido del bien común. El auténtico poder –poder político y todo tipo de poder o autoridad- es el servicio.

El testimonio

Los apóstoles, y entre ellos Santiago, dan testimonio de Jesús en medio de la gente. Y se hacen incómodos porque de enden la dignidad -¡la salvación!- de un crucificado. Esa fe incomoda a quienes están de parte de los incluidos en el banquete de la vida. Y el testimonio de fe en defensa de Jesús se transforma en persecución, incluso en martirio (el “cáliz” de Jesús compartido). Los cristianos, en nombre de Jesús resucitado, clamaremos siempre por la vida contra los instrumentos y manipulaciones de la muerte: mentira, injusticia, opresión, vejación, exclusión. Y lo haremos en nuestra sociedad, uniéndonos a todas las voces –vengan de donde vengan- que de enden la vida y la justicia. La fe cristiana es también fe política.

La resistencia

O “resiliencia”: capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas. Es ese precioso texto de la 2ª carta a los Corintios que leemos: “Nos aprietan, pero no nos aplastan…”. Es vivir permanentemente en “estado pascual”. Y eso es lo que vivieron los primeros cristianos, animados por la fe de los apóstoles. E incluso sacando nuevas fuerzas de la debilidad. Hasta la muerte, como Santiago. Una mística del amor, capaz de vencer el mal a base de bien. Ser cristiano y creyente hoy no es “políticamente correcto”. Sí lo es ser musulmán o budista o bajai…, pero no católico. Un desafío más para ser testigos de humanidad y de servicio en medio de las incomprensiones.

Una posible unidad

Más allá de la política y las ideologías, la esta de Santiago nos une en una fe común que llegó a estas tierras iluminando las tierras gallegas, catalanas o aragonesas y extendiéndose por todo el mapa que hoy confirma esta “piel de toro” en toda su pluralidad incluso política: un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo, por encima de todas las diversidades. Todo en la vida apunta permanentemente a la unificación en la diversidad. Que pueda ser así.

Angel Luis Gutiérrez de la Serna

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Hoy Jesús continúa regalándonos esa enseñanza en parábolas y utiliza otras tres de uso ordinario que Él había visto y había experimentado: la parábola del trigo y la cizaña, la parábola del grano de mostaza y la parábola de la levadura de una mujer, que la amasa en tres medidas de harina. Escuchemos con atención el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículo 24-43:

Les propuso otra parábola: “El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?». Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho». Los criados le preguntan: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?».Pero él les respondió: «No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero»”.

Les propuso otra parábola: “El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas”.

Les dijo otra parábola: “El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”. Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: “Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo”.

Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”. Él les contestó: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores, los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga”.

Mt 13, 24-43

Vemos a Jesús hoy que va hacia Cafarnaún, que acude tanta gente… y que sigue enseñando, como el domingo anterior, en parábolas, y estos ejemplos que nos dice nos ayudan a crecer en nuestra vida interior y nos ayudan a considerar cómo es nuestra vida.

Lo vemos en tres parábolas: la parábola del trigo y la cizaña, que nos choca un poco, pero que nos ayuda a reflexionar mucho. Jesús dice —y siempre empieza así—: “El Reino de los cielos, el Reino del amor se parece a una buena semilla que un hombre siembra en su campo, pero mientras la gente dormía, el enemigo siembra cizaña. Y se marchó. Cuando empezó a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña”. Y algo que nos choca: “Entonces los criados le preguntan y le dicen al amo: «Señor, ¿pues no sembraste buena semilla?, ¿cómo sale ahora cizaña?». Les dijo: «El enemigo lo ha hecho». «¿Quieres que vayamos a arrancarla?». «No, que al arrancar la cizaña podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y arrancad primero la cizaña para quemarla y el trigo ¡a almacenarlo!»”.

Una gran lección, una lección que nos extraña… Jesús sabe que en nuestro camino, en nuestra vida Él siembra siempre el trigo, pero aparece la cizaña, todo lo que nos hace daño, el mal siempre está ahí y aparece de una forma imprevista y aparece haciendo daño, quitando, quitando todo. ¿Y cuál es la cizaña? Pues todo lo que nos impide crecer en el amor y en la fe. ¡Tantas cosas hay que nos hacen ir para atrás! Y crecer al mismo tiempo que el bien. Él sabe muy bien cómo es la condición humana y sabe que al mismo tiempo del bien tenemos el mal, al mismo tiempo. Nos podemos preguntar: “Pero ¿por qué lo permites?”. Y Él nos dirá: “No, dejadlos crecer. Mientras viven en el mundo es tiempo de rectificar, de misericordia… y ya la arrancaremos”.

Querido amigo, a mí me lleva a pensar… a comprender el bien y el mal y a ser respetuosos y a ser tolerantes con las personas, con el mal, no querer arrancarlo todo de raíz, no querer así esa conducta dañina, no querer así. Él ya tendrá… Jesús ya tendrá el tiempo de la siega y tendrá el tiempo en que el mal se quite. Pero también dice claramente: “Arrancad primero la cizaña”. Tenemos que cortar el mal, aunque nos cueste, y quemarlo para que prevalezca el bien. Una gran lección, querido amigo, una gran lección: esa gran lección de arrancar el mal y dejar el bien.

Pero hay otra parábola también: el grano de mostaza, esa pequeñita semilla que se siembra en la huerta y crece más alta que todas las hortalizas y se hace un arbusto y anidan los pájaros. O la de esta mujer, que amasa con tres medidas de harina y fermenta todo. El Reino de Dios puede crecer entre el mal, pero siempre será él, siempre será ese Reino; puede ser ese grano de mostaza, pero siempre crece y crece por encima; y puede ser esa levadura que fermenta toda la masa.

Vamos a dar gracias, querido amigo, por estas tres parábolas del Reino, que hoy nos las ofrece Jesús en plenitud y nos ayuda a no caer en la tentación de condenar, de enseguida arrancar: “No, dejadlos crecer”. O también a convertirnos y dejar que ese Reino se convierta en un gran arbusto, a ser esa levadura, que parece invisible, insignificante, pero que transforma el mundo y la sociedad y el corazón. Vamos a pedirle a Jesús hoy en este encuentro el ser y admitir ese Reino de Dios y cuando nos sintamos así, podemos ayudarnos con el Espíritu suyo para que arranque esta cizaña y deje crecer su Reino. Él es el que tiene poder para fermentar mi pobreza, Él es el que tiene el poder para hacer crecer ese grano de mostaza, Él es el que me da la fuerza para producir todo. Pidamos al Señor que sepamos discernir bien entre el trigo y la cizaña y pidamos también que se convierta todo el mal en buen trigo, que sepamos convertir todo y que sepamos fermentar nuestra masa para una vida nueva, una vida distinta, una vida diferente, para que sepamos transformar el mundo y la sociedad en el buen Reino de Dios.

Querido amigo, parecen estas tres parábolas que no dicen nada, pero reflejan la belleza de Jesús, reflejan el amor, reflejan lo que es la heredad de Jesús, su Reino. Y le vamos a pedir que sepamos distinguir esa cizaña, aunque vivamos rodeados de ella, que sepamos arrancarla, que sepamos extirparla con paciencia, con paz, sin juzgar y sin condenar a nadie cuando veamos el mal. Ayúdanos a crecer como buen Reino, ayúdanos a fermentar nuestra vida en bondad, en paz y amor. “Tú eres bueno y clemente” —nos dice el salmo de hoy—, “Tú eres grande, Tú haces maravillas”. Que sepamos también así encender nuestra vida… ¡y cortar todo! “Corta y quema todo lo que no sea de tu puro amor”, dice una frase de una de las personas que ha vivido dignamente.

Querido amigo, vamos a pedirle al Señor que sepamos descubrir la cizaña y que sepamos ser fermento y semilla pequeñita que fructifica y que da árbol frondoso de amor, de alegría y de paz. Se lo pedimos a la Virgen, que ella nos ayude en este camino de purificación, en este camino de liberación, en este camino de paz y de amor. Vamos a pedírselo con toda intensidad y vamos a descubrir nuestras cizañas y a alegrarnos de que Jesús pueda ser fermento y buena semilla en mi corazón.

¡Que así sea, mi querido amigo!

Francisca Sierra Gómez

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Es tendencia natural nuestra la de clasificar a las personas en dos categorías, los buenos y los malos. Y por supuesto que nos colocamos en general en la primera de dicha categorías. Es una tendencia tanto de los individuos como de las naciones o de los grupos religiosos.

Trabajados en todo momento por una profunda necesidad de seguridad, nos vemos fácilmente alterados por el carácter relativo de todas las cosas. Tratamos entonces de trasformar en absolutos todos nuestros conceptos, y nos sentimos fácilmente turbados por quienes no experimentan esa misma necesidad. Nos hacemos fácilmente intolerantes y sectarios.

Los mismos Apóstoles estaban escandalizados por la actitud de los Fariseos y de determinados teólogos vacilantes e incluso hubieran deseado que Jesús hiciese descender fuego del cielo sobre sus enemigos. Pero Jesús se negó a ello.

Jesús era el pastor universal. No había venido en poder como un juez que tuviera por misión el separar a los buenos de los malvados. No establecía líneas de separación entre los discípulos. No juzgaba. Había venido para los pecadores. Y esperaba que todos y todas se reconociesen como tales. En su amor, esperando una respuesta, tenía un respeto extraordinario para cuantos amaba. Su paciencia era expresión de un desprendimiento radical de si mismo.

A todo lo largo de su vida fue la encarnación de la paciencia divina para con los pecadores. Él nos enseñó que el perdón divino no tenía límites y que no había pecado que pudiera arrancar al hombre del poder del Padre.

No obstante, el mensaje de la parábola de hoy va más lejos. Jesús no es un legislador. No nos trae una nueva ley que sea superior a la antigua. Lo que nos trae es una levadura que quiere introducir en la pasta humana. Por su universalidad, esta levadura invita a todas las generaciones a pensar de nuevo, a modelar de nuevo sus vidas. No hay institución humana que pueda aprisionar este fermento. Todo ha de ser modelado de nuevo.

Siendo el Cuerpo de Cristo, ha recibido la Iglesia la tarea de encarnar la paciencia de Jesús para con la humanidad. No es su misión la de separar a los buenos de los malos, sino de presentar un auténtico rostro del amor. En esta tierra se halla el grano siempre mezclado con la paja e incluso con la cizaña. La línea de separación entre el bien y el mal pasa por en medio de nosotros. La separación no va a tener lugar más que tras la muerte.

El otro mensaje de la parábola es la de que la ley del Reino es una ley de crecimiento. Un buen acto de fe consiste en saber mostrarse atento a los gérmenes de nueva vida en nuestra comunidad, en nuestra familia, en nuestra Iglesia y en fomentar el crecimiento de estos gérmenes, sin dejarse turbar por la posible existencia de cizaña entre ellos.

El pecado es algo que está pegado a nuestra piel. No es algo que entre de pronto en nuestra vida y de lo que podamos ir a despojarnos en algún lugar. Se dan en nosotros semillas de pecado y semillas de curación. La lucha entre ambos durará hasta nuestra muerte. Y lo mismo acontece con la Iglesia y con el Mundo.

Nadie de entre nosotros puede soñar con ser capaz de imitar la paciencia de Cristo, a no ser que se nutra de su Palabra y de su Pan. He ahí la razón de que sigamos celebrando aun hoy la Eucaristía, que puede nutrir en nosotros los gérmenes de vida. Acerquémonos a esa celebración con confianza y esperanza.

A. Veilleux

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Jesús, en estos últimos domingos, así como en tantos otros, para impartir sus enseñanzas, ha optado por el género literario de las parábolas, extraídas de las costumbres y modos de vida del auditorio, gente sencilla que vivía de la agricultura, la ganadería y la pesca. Les ha hablado de la semilla del sembrador, de la cizaña, del grano de mostaza, de la levadura que fermenta la masa, del tesoro escondido en el campo, de la perla de gran valor, de la red repleta de peces. Y en otra ocasión les hablará del buen pastor, de la oveja perdida, de la congoja con que una mujer busca la dracma hasta que la encuentra… Si analizamos las parábolas de Jesús, constataremos que siempre elige experiencias y detalles pequeños, insignificantes de la vida diaria, pero que concluyen con un final exitoso… Hoy quiero detenerme en el grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas y que termina por convertirse en un árbol que da cobijo a los pájaros y autorización para que construyan sus nidos.

Todos sabemos que, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, Dios se valió de personas sencillas, irrelevantes, sin doctorados…, para realizar grandes proezas. El mismo Jesús dio gracias al Padre porque había escondido “estas cosas” a los sabios y engolados y se las había revelado a los humildes y a los que son “poca cosa” y no cuentan en la cotización de este mundo.

La parábola del grano de mostaza fue ideada por Jesús para animarnos, eliminar complejos y estimularnos a trabajar con alegría e ímpetu en los duros trabajos del evangelio. Lejos de acoquinarnos, los escollos y dificultades deben constituir un acicate para continuar en el tajo con fuerzas renovadas, Tengamos en cuenta que somos una pequeña semilla, pero con vocación de árbol.

Para lograr el objetivo, se requiere por nuestra parte la observancia de una serie de actitudes y pautas de conducta: En primer lugar, el reconocimiento de nuestra pequeñez. Dios se sirve de los pobres, sencillos y débiles para llevar a cabo sus planes.. No debemos acobardarnos a causa de nuestra poquedad, sino más bien llenarnos de alegría porque se ha fijado en nosotros y nos ha escogido… En segundo término, Dios nos quiere decididos y valientes, sin arredrarnos ante la dificultad, porque sabemos muy bien de quién nos hemos fiado… Otro de los mayores deseos de Dios es que seamos solidarios y hermanos. No podemos escatimar esfuerzos ante el prójimo que nos necesita. El comportamiento del buen samaritano es el mejor espejo donde mirarnos, el más convincente ejemplo a seguir, el más eficaz acicate para que despertemos, la mejor expresión de la misericordia… Y por último, la confianza en Dios, que nos acompaña
siempre y es quien da el incremento.

Si somos fieles a estas pautas de conducta, no tengo la menor duda de que llegaremos a ser un árbol frondoso y espléndido en cuyas ramas vendrán a posarse multitud de pájaros. Y nosotros les daremos cobijo y autorización para que construyan sus nidos.

Pedro Mari Zaldibe

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La enseñanza de esta parábola está clara: a juicio de Jesús, nadie tiene en esta vida el derecho de erigirse en juez del bien y del mal. Nadie tiene, por tanto, el derecho de decidir dónde está el bien (el trigo) y dónde está el mal (la cizaña). Y menos aún, nadie tiene el derecho de considerarse con poder para pretender extirpar el mal de raíz (arrancar la cizaña). Porque bien puede ocurrir que, pensando que arranca la cizaña, en realidad lo que está arrancando es el trigo.

Por tanto, nadie puede constituirse en juez de los demás. Nadie tiene derecho a hacer eso. Nadie puede condenar a nadie, rechazar a nadie, reprobar a quien sea. Porque corre el peligro de equivocarse. De forma que, pensando que hace una cosa buena, en realidad lo que lleva a cabo es un destrozo. Jesús condena así el puritanismo y la intolerancia. Todos tenemos el peligro de incurrir en ese tipo de conductas. Y de sobra sabemos hasta qué punto la gente anda por ahí condenando, rechazando, ofendiendo, insultando… Pero este peligro se aumenta en la medida en que una persona se hace más religiosa, sobre todo si su religión es de carácter fundamentalista. Entonces, la intolerancia supera todos los límites y llega a crear ambientes en los que no se puede ni respirar. Este mundo está lleno de fanáticos, que se consideran con el derecho y el deber de obligar a que los otros cambien, hasta pensar y vivir como piensa y vive el fanático intolerante. La gente “muy religiosa” da miedo. Y hace la vida insoportable y la convivencia amarga.

En el fondo, el problema está en que, a fin de cuentas, el bien y el mal son categorías que dependen de los que tienen poder para definirlas. F. Nietzsche lo dijo muy bien: “fueron los buenos mismos, es decir, los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior… quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo” (Genealogía de la moral, I, 2). ¿Y así es como vamos a limpiar el campo del Señor de la presunta cizaña? A fin de cuentas, la esencia del fanatismo consiste en el deseo (y hasta el empeño) de “obligar a los demás a cambiar”. En este punto es en el que coinciden todos los fanáticos del mundo, que con frecuencia degeneran hacia la violencia y el terror.

José María Castillo

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Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola

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Nuestra «incurable» vocación de jueces

Entran ganas, si no precisamente de acusar a Dios de ser un «juez injusto», como algunos se atreven a decir, sí de discutir al menos los criterios con que administra justicia. Nos parece que a veces se pasa al castigar al que se porta bien. Pero otras veces lo consideramos demasiado indulgente, sobre todo con los que se merecerían un castigo ejemplar.

Nos gustaría que utilizase más mano dura para aplastar la insolencia de algunos individuos. Pero él manifiesta habitualmente una mansedumbre insoportable y entonces no es raro que algunos se aprovechen de ello para realizar todo tipo de fechorías.

Y después de que los pecadores más desvergonzados se han manchado de culpas inequívocas, él espera no sé qué para pronunciar una sentencia definitiva de condenación, les concede siempre un plazo, una nueva prueba de buena voluntad, y aunque se muestren recalcitrantes, impenitentes, les ofrece una posibilidad de redención… y otra… y otra.

«Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».

No quiere convencerse de que de algunos individuos no puede esperarse nada nuevo..

Nos darían ganas de sugerirle, con el debido respeto: «Venga, un poco de severidad; si no, las cosas se irán poniendo cada vez peor». Se necesita un freno. No se pueden tolerar ciertas cosas. Tienes que intervenir con mayor decisión y más a tiempo. Y si la convicción no basta, como de hecho sucede, hay que persuadir con la fuerza, usar esos argumentos más concretos que todo el mundo entiende. La misericordia, la tolerancia, pueden ser interpretadas como síntomas de debilidad.

Y si tú no haces caso, si quieres reservarte para el final, permite al menos que intervengamos nosotros, aquí y ahora. Por otra parte ha habido épocas históricas en las que los dos poderes se han puesto de acuerdo, dividiéndose las tareas: yo descubro a los culpables, los juzgo y fulmino condenas contra ellos, y tú pones la argolla, el fuego y el verdugo, porque yo no quiero ensuciarme las manos… Y por lo visto las cosas iban mejor que ahora, a pesar de que algunos se avergüencen de ello con cierta hipocresía.

Sobre todo, sentimos una gran necesidad de aclarar las posiciones para siempre: los buenos por un lado, los sinvergüenzas por otro. Y no debería ocurrir que los chaparrones y las desgracias en serie caigan regularmente sobre la cabeza de los que se portan bien, mientras que los otros navegan viento en popa a toda vela.

La primera lectura y especialmente el evangelio de hoy sirven para denunciar nuestra pretensión incurable de erigirnos en jueces, nuestras impaciencias, nuestras intolerancias, nuestras simplificaciones abusivas, nuestra obstinada voluntad de castigo (frente a los demás).

Pero, quién sabe por qué, la palabra de Dios no estimula nuestra vocación de jueces. Al contrario, la purifica puntualmente, la hace fracasar. Y con un cambio de las posiciones muy frecuente en la Biblia nos obliga a dejar la toga del magistrado que sostiene la acusación pública, a abandonar el impulso irrefrenable del inspector de policía que no ve nunca la hora de entrar en acción para restablecer el orden y hace que nos metamos en el pellejo del acusado.

Nuestra especialidad criticada

La segunda lectura empieza acusándonos en el terreno concreto de la oración.

Sí, precisamente en ese sector de la oración de petición, en donde todos nos creemos un poco especialistas.

¡Qué cosas nos dices, Pablo!

Cuando oramos, lo hacemos casi siempre porque tenemos unas peticiones muy concretas que presentar a la atención del Señor.

La oración de súplica, en nuestro panorama religioso les roba espacio por desgracia a otros tipos de oración que deberían practicarse con mayor asiduidad: la alabanza, la bendición, la acción de gracias, la adoración, el ofrecimiento, la contemplación.

El hecho es que tenemos muchas, muchísimas cosas que pedir. Las necesidades son innumerables. Además de las ordinarias, están los imprevistos, los incidentes desagradables que no es posible prever de antemano, las desgracias, las emergencias. De la salud a la escuela, pasando por los problemas económicos y familiares, la lista de «gracias» por las que llamar a la puerta del Señor aumenta cada día más. Y no siempre él se muestra tan dispuesto a escuchamos como sería de desear y vemos cómo se quedan arrinconadas demasiadas cuestiones que nos gustaría ver resueltas con rapidez.

Y Pablo nos dice que «no sabemos pedir lo que nos conviene». Probablemente, cuando escribía a los cristianos de Roma, no se practicaban aún ciertas formas devocionales, los creyentes no habían encontrado todavía los lugares más adecuados, las modalidades más idóneas y las ventanillas competentes donde presentar las peticiones. Basta con oír, hoy, ciertas «oraciones comunes». Completas, insistentes, definitivas, previstas de una minuciosa documentación, hasta un poco exigentes, no raramente indiscretas, exaltadas de tono y hasta un poco descaradas. Se especifica todo de manera detallada. Puesto que las cosas están así y así, teniendo en cuenta que la única solución es ésa, entonces Dios tiene la obligación de escucharnos ateniéndose escrupulosamente a nuestras informaciones e indicaciones.

En el fondo, le facilitamos la tarea. Ya hemos rellenado la hoja, por delante y por detrás, sin dejarnos nada. Lo único que él tiene que hacer es firmar y poner el sello: «Hágase».

Lo malo es que «no sabemos pedir lo que nos conviene».

Sin el Espíritu, que ora dentro de nosotros «con gemidos inefables», nuestras súplicas no llegarían nunca al Padre. Más radicalmente aún, la oración sería sencillamente imposible.

El conoce nuestras necesidades, pero a menudo no las «reconoce» Tres observaciones.

En primer lugar. No es que el Espíritu desempeñe el oficio de «tasador», que sirve de filtro o de cupo para dosificar debidamente nuestras exageraciones, nuestras pretensiones, nuestros abusos de la generosidad del Señor.

Pero puede que suceda precisamente lo contrario. Nuestra oración con frecuencia hace cálculos demasiado mezquinos. La hacemos más a medida de nuestras posibilidades que del poder de Dios, «dueño de lo imposible».

Y sobre todo, nuestra oración no siempre manifiesta nuestras verdaderas necesidades. No nos damos cuenta de las cosas esenciales que nos faltan.

Por eso el Espíritu, más que «moderador», es «instigador». Nos urge, nos invita a exagerar, a pedir cada vez más. Y puesto que nosotros nos mostramos demasiado tímidos y prudentes, él mismo procura reivindicar lo que nos corresponde en cuanto hijos.

Segundo. Ante un obstáculo, ante a una dificultad, frente a un problema cualquiera, habitualmente exigimos que lo resuelva él, allanando el terreno, quitando de en medio esas realidades desagradables.

No nos damos cuenta de que, por el contrario, «conviene pedir» que el Señor nos dé ánimos, inteligencia, fantasía para afrontar esa situación. Que nos haga comprender que la solución depende de nosotros.

Finalmente. La tarea del Espíritu no es la de «apoyar» nuestras peticiones, la de asegurarnos un resultado favorable, en breve plazo, de nuestra práctica. No. El Espíritu tiene que «inspirar»» nuestra oración, nuestras peticiones, no simplemente hacerlas suyas, recomendarlas autorizadamente.

Somos nosotros los que hemos de entrar en los planes del Espíritu, no al revés.

Creo que el equívoco de acudir muchas veces al Espíritu, incluso en ocasiones solemnes, está precisamente en que nos gustaría que el Espíritu nos dejase contentos, obedeciese a nuestras sugerencias, adoptase nuestras perspectivas, en vez de fiarnos de él, de abandonarnos totalmente a sus «gemidos inefables»» y a su juego imprevisible.

Invocamos al Espíritu para que nos lleve adonde nosotros hemos decidido ir, para que se manifieste libremente… según las opciones que ya hemos hecho nosotros y por las que hemos luchado abundantemente con todos los medios (incluso los menos limpios… ).

Deberíamos al menos tener la sospecha de que, si Dios nos oyese según nuestros gustos y no según los deseos del Espíritu, según nuestros proyectos y no según sus designios, tendríamos las de perder.

En resumen, al tratar de la oración, es preciso quedarnos al margen y dar la palabra al Espíritu, resistiendo a la tentación de sofocarla con nuestras peticiones petulantes y con alguna que otra corrección.

La única manera de no quedar insatisfechos de la acogida de nuestras oraciones, es hacer que nuestras peticiones -gracias a las sugerencias del Espíritu- no sean insatisfactorias.

La oraciones «inconvenientes» son las que se quedan muy cortas en comparación con las esperanzas de Dios… Son aquellas en las que el Padre no «reconoce» las necesidades de los hijos.

Sí, el Padre conoce nuestras necesidades. Pero desgraciadamente no las reconoce cuando las exponemos en la oración.

Pero ¿de quién es ese campo?

El evangelio suele destacar nuestras posiciones habituales. «Mientras la gente dormía…».

Hoy se siembra la cizaña a manos llenas bajo la mirada de todos. El mal se exhibe, se celebra en las vallas publicitarias, se exalta a la luz del sol.

Se tratará entonces de sembrar el bien durante la noche, en todos los terrenos en los que parece triunfar la obra del enemigo. Silenciosamente, pero con tenacidad.
Sin necesidad de lanzar retos arrogantes, pero con plena convicción.

«¿De dónde sale la cizaña? …».

¿Y si viniese también de nosotros? ¿y si nosotros contribuyésemos a su producción?

¿Por qué, cuando hablamos del mal y queremos discernir sus causas, nos situamos siempre fuera, como si no tuviéramos nada que ver con él, como si nuestra aportación al mismo no tuviera importancia, como si no fuésemos un poco responsables de su peso y de su difusión en el mundo? Deberíamos preguntarnos también: «¿De dónde sale el buen grano?». Probablemente el Señor nos dejaría intuir que el «buen grano» aparece en campos insospechados, que es obra de individuos que nosotros no tomamos en consideración.

…Y crece hasta en territorio enemigo.

-¿Quieres que vayamos a arrancarla?

-No…

Sin embargo, la prohibición del amo no significa que no tengamos que condenar el mal, que llamar pecado al pecado.

El «no» tajante no quiere decir que tengamos que quedarnos mirando, resignados, humillados, impotentes.

No nos toca a nosotros extirpar la cizaña -algo que haríamos muy a gusto-. Sin embargo, es lícito y obligado intentar derrotarla de la única manera eficaz: comprometiéndonos, personalmente, a sembrar con paciencia y a cultivar con pasión todo el bien posible.

«Al final del tiempo, el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán… a todos los corruptores y malvados… ».

Y se añade un preocupante y embarazoso: «… de su Reino». Así pues, la cizaña se sembró después. Nació dentro del Reino. No es que el cristiano encuentre el mal fuera de su campo, en lo que existía antes de él.

Por otro lado, la parábola trata del mal que crece dentro del campo de Dios.

Por tanto, los escándalos están en nuestra casa, no sólo en el campo del adversario, y seguirán estando allí hasta el fin del mundo. ¿Serán muchos más de cuanto les gustaría hacernos creer a los apologetas en servicio permanente? ¿o serán menos de los que nosotros sospechamos? Es inútil hacer previsiones en este sentido.

De todas formas queda en pie el hecho, declarado por el mismo Cristo, de que también hay basura en «su» Reino, en «su» Iglesia, en nuestro corazón.

Solamente los ángeles están debidamente cualificados para «arrancarlo».

Tengamos al menos la honradez de reconocerlo, sin esconderlo bajo la alfombra del vecino.

Longanimidad en vez de intransigencia Nosotros hemos aprendido la intransigencia. No dejamos de indignarnos.

Somos campeones de la protesta (que no cuesta nada).

Dios, por el contrario, con su ejemplo de indulgencia, quiere que nos opongamos absolutamente al mal y que lo combatamos sin tregua, con benevolencia para con todos y con «dulce esperanza».

Resultan sorprendentes, a este propósito, las expresiones del libro de la Sabiduría, que nos propone la primera lectura de hoy:

«Tu poder es el principio de la justicia,

y tu sabiduría universal te hace perdonar a todos…

Obrando así, enseñaste a tu pueblo

que el justo debe ser humano,

y diste a tus hijos la dulce esperanza».

A todo esto podemos darle un nombre particular: longanimidad. Que no hay que confundir con la connivencia con el mal.

¿Quién es, en la práctica, el individuo «longánime»? Podemos decir: es uno que tiene largo el aliento, la respiración lenta y profunda. O sea, tiene presentes la meta y los objetivos, pero no tiene prisa, no se deja dominar por la impaciencia, por la inquietud.

Sabe esperar, da tiempo al tiempo, intenta comprender y compadecer.

Soporta serenamente los contrastes, las oposiciones, hasta las persecuciones.

Sabe que Dios, incluso cuando calla, tiene la última palabra. Por eso vive en paz, aun en medio de la tempestad.

No adopta tonos apocalípticos, ni en los momentos difíciles. Día tras día, limpia un poco su propia casa, y no precisa ir a ver la suciedad que hay en otros sitios…

A. Pronzato

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