Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Homilía’ Category

Arriesgarse

Fui a esconder tu talento bajo tierra.

Con frecuencia se ha entendido la religión como un sistema de creencias y prácticas que sirven para protegerse contra Dios, pero no ayudan a vivir de manera creativa. Esta religión conduce a una vida triste y estéril donde lo importante es vivir seguros ante Dios, pero donde falta alegría y dinamismo.

Hay que decirlo sin rodeos. En el fondo de esa religión sólo hay miedo. Quien busca protegerse de Dios es que le tiene miedo. Esa persona no ama a Dios, no confía en él, no disfruta de su misericordia. Sólo le teme y por eso busca en la religión remedio para sus miedos y fantasmas.

Después de Jesús, no tenemos ya derecho a entender y vivir así lo religioso. Dios no es un tirano que atemoriza a los hombres buscando egoístamente su propio interés, sino un Padre que le confía a cada uno el gran regalo de la vida. Por eso, Jesús imagina a sus seguidores no como «observantes piadosos» de una religión, sino como creyentes audaces dis puestos a correr riesgos y superar dificultades para «inventar» una vida más digna y dichosa para todos. Un discípulo de Jesús se siente llamado a todo menos a enterrar su vida de manera estéril.

El tercer siervo de la parábola es condenado, no por hacer algo malo sino porque, paralizado por el temor a su Señor, «entierra» los talentos que se le han confiado. El mensaje es claro. A Dios no se le puede devolver la vida diciendo: «Aquí está lo tuyo. La vida que me diste no ha servido para nada». Es un error vivir una vida «religiosamente correcta» sin arriesgamos a vivir el amor de manera más audaz y creativa.

Quien sólo busca cuidar su vida, protegerla y defenderla, la echa a perder. Quien no sigue las aspiraciones más nobles de su corazón por miedo a fracasar, ya está fracasando. Quien no toma iniciativa alguna para no equivocarse, ya se está equivocando. Quien sólo se dedica a conservar su virtud y su fe, corre el riesgo de enterrar su vida. Al final, no habremos cometido grandes errores, pero no habremos vivido.

Jesús es una invitación a vivir intensamente. A lo único que hemos de temer es a vivir siempre con miedo a arriesgarnos, con temor a salimos de lo «correcto», sin audacia para renovamos, sin valor para actualizar el evangelio, sin fantasía para inventar el amor cristiano.

José Antonio Pagola

Anuncios

Read Full Post »

El negocio del cielo

Hay personas emprendedoras que son muy amañadas para los negocios, que sacan astillas de cualquier circunstancia y crean pequeñas empresas, que luego crecen debido a la espléndida acogida de la gente. Otros, en cambio, nacieron negados para imaginar posibilidades de hacer medrar su hacienda. El evangelio de hoy continúa con las parábolas del reino, comparándolo con el mundo financiero: el cielo es un buen negocio y nosotros, los negociantes. A cada uno nos da Dios un número determinado de talentos de acuerdo con nuestras posibilidades (o cinco, o dos, o uno) y hemos de hacerlos fructificar.

Por ello, es absolutamente necesario que analicemos nuestros talentos, nuestros valores, nuestras posibilidades. Todos tenemos experiencia de que, en la vida, las cualidades, las aptitudes, las potencialidades que no se ejercitan, se atrofian, quedan sin desarrollarse. De ahí que, en el aspecto físico, para llegar a ser “un figura” en cualquier deporte, el atleta, el futbolista, los héroes del pedal…, dedican horas y horas al entrenamiento diario para estar en forma; en el campo del arte, el pintor, el escultor, el músico, el actor escénico… precisan de un adecuado adoctrinamiento, y mucha tenacidad y paciencia, para conseguir altas cotas que merezcan la aprobación de los espectadores; y lo mismo sucede con nuestra vida espiritual, con nuestro contacto con Dios, con nuestra fe: sin un ejercicio continuado, intenso y sincero, es imposible nuestro crecimiento como cristianos auténticos.

El evangelista Mateo puntualiza que el amo de los negocios, a la vuelta de un largo viaje, “se puso a hacer cuentas con sus criados”… Es decir que, una vez analizados los talentos que hemos recibido, tendremos que comparecer ante el “Amo” para rendir cuentas de nuestra gestión. Tendremos que comprobar si hemos sido, o no, buenos negociantes…

Pero tranquilos, que tenemos tiempo. Aún no ha llegado el “Amo”. Dios sigue teniendo paciencia con nosotros; como la tuvo con la higuera perezosa;como la que poseen las madres, con la cuchara en la mano, esperando a que el niño inapetente abra la boca y decida comer. Pero ello no nos exime de la necesidad de reaccionar. No podemos seguir braceando indolentemente en la piscina de nuestra comodidad. El éxito es siempre el jornal de quien se esfuerza. Y, si enferman nuestra voluntad y nuestra decisión, habremos de acudir a “la farmacia” o al “médico” (a los profesionales de la espiritualidad) para que nos proporcione algún fármaco eficaz para solucionar nuestra indolencia. Tengamos en cuenta que lo que se negocia en estos momentos es nada menos que el cielo.

En los días que preceden al sorteo de la Lotería de la Navidad, en todas las administraciones se originan largas colas humanas que buscan la felicidad y quieren encontrarla en el vil metal. Entre la colección interminable números, de décimos y de locura, siempre hay un cartel que informa a los cliente: “No se reserva”.

Entre el negocio del cielo y el “premio gordo” de la lotería existen unas diferencias abismales, de las que destaco al menos dos: la lotería reporta una felicidad falseada, urdida por la avaricia, totalmente vacía y poco duradera, en tanto que el premio del cielo es la misma felicidad, con mayúsculas, un derroche de gozo impensable; y la otra diferencia reside en que, así como el “premio gordo” recae sobre unos pocos jugadores, los agraciados con el premio del cielo son todos aquellos que han sabido ser buenos negociantes, cada uno en la medida de sus talentos…

Ahora, eso si, tanto la lotería como el premio del cielo coinciden en el cartel que nos avisa en todas las administraciones: “No se reserva”.

Pedro Mari Zalbide

Read Full Post »

Esta parábola se interpreta mal cuando de ella se quiere extraer una enseñanza severa y exigente sobre la responsabilidad ante Dios. En el sentido de que a cada cual Dios le va a pedir un ajuste de cuentas. Y cada uno tendrá que responder de los dones o “talentos” que ha recibido en esta vida. Semejante interpretación no entraba en la mentalidad de Jesús, que siempre presentó a Dios como Padre de bondad, de acogida, de comprensión y de misericordia sin límites.

La clave de la parábola está en el miedo, que tuvo el empleado asustadizo y cobarde, el que recibió un solo talento. La idea, que este individuo tenía de su “señor”, era terrible. Una idea que daba miedo. Y el miedo fue su perdición. Porque el miedo paraliza, bloquea y nos hace estériles. Un cristiano asustado no produce nada. Y por ese camino se busca su ruina.

El Dios que se predica en no pocas cátedras eclesiásticas es, en definitiva, un Dios que mete miedo. Enseñar que Dios es así, eso es hacer el peor daño que se le puede hacer a la gente. Y además, eso es condenar a la Iglesia a la esterilidad. Eso no produce sino frustración. Es decir, ese Dios del miedo, y la pastoral del miedo, conducen a la nada, o sea a ninguna parte. Una Iglesia asustada, acorralada, a la defensiva, es una Iglesia estéril. Dios no quiere eso.

Una pregunta apremiante, que deberíamos hacernos hoy todos los cristianos, sería esta: ¿Qué miedos son los que hoy atenazan y paralizan más a la Iglesia? Se ha dicho, en los meses pasados, que hoy se le tiene miedo y rechazo al papa Francisco. ¿Por qué? Porque se le tiene miedo a un Papa que cree en el Evangelio. ¿Habrá algo de eso en la Iglesia?

José María Castillo

Read Full Post »

Cuando uno se engaña sobre Dios

Los errores se deben de una falsa imagen de Dios.

Es típica la confesión del siervo a quien se dio un solo talento: «Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces…».

De esta imagen de un dueño inflexible, fiscalizador, intratable, inhumano, nace un comportamiento marcado por el miedo.

La «rendición de cuentas» se convierte en una obsesión paralizante. Su única preocupación es la de «estar en regla». La observancia escrupulosa de lo que está prescrito pasa a absorber todas las energías y secuestra la atención.

Y entonces se presenta ese individuo acomplejado, inhibido, atormentado, temeroso, exacto hasta el escrúpulo, incapaz de arriesgarse. Lo transforma todo (la palabra, el Espíritu, la fe) en depósito muerto, que él recibe en consigna con la diligencia de un sepulturero.

Al congelar los dones recibidos, se congela a sí mismo, se vuelve esclerótico, ahoga todos los impulsos, apaga toda espontaneidad. El mensaje de Cristo se reduce simplemente a ser ley, las paradojas del evangelio quedan reconvertidas en una serie de reglamentos minuciosos.

La imprevisibilidad deja el lugar a la seguridad.

La búsqueda queda anulada por la necesidad de certezas.

La aventura más exaltante se ve encuadrada en la organización más asfixiante y en la programación más rigurosa.

La pasión por el Reino cristaliza en formas y esquemas intocables. La invitación se burocratiza.

El funcionarismo, la mentalidad de contable, el espíritu servil, la gestión miope de las minucias, el terreno chato de las prácticas, ocupan totalmente el horizonte.

Todo se interpreta desde la óptica oscura del deber.

Se ve a Dios como a un juez ceñudo e impasible, contable despegado que se mueve exclusivamente por el terreno árido de las cifras, sargento atento a la observancia de las normas disciplinares, distribuidor inexorable de castigos.

El «tercer criado» es el que no comprende cómo la relación con Dios es una relación de amor. Por eso hay que excluir el miedo, pero también el cálculo.

Docilidad no quiere decir servilismo. Y obediencia es algo más que observancia raquítica.

«Dar cuenta» del amor recibido no significa presentar trivialmente un «rendimiento de cuentas» de tipo administrativo.

Guardar es mucho más que conservar.

«Dejarse encontrar» es algo distinto del simple «estar en su lugar». Dios no soporta a los «conservadores»

«Aquí tienes lo tuyo», murmura el criado «conservador».

Todo en regla. Puedes controlarlo. Ya no tengo deudas contigo. Espero un recibo que atestigüe que no tengo nada pendiente contigo, que la cuenta está saldada.

La ofensa intolerable consiste precisamente en ese increíble «aquí tienes lo tuyo». Cuando se decide devolver los regalos, es que se acabó el amor.

Es Dios, más bien, el que te dice: «Aquí tienes lo tuyo… Mis dones son tuyos, están a tu completa disposición. Gástalos, distribúyelos generosamente. Aquí tienes mi misericordia, mi cariño, mi perdón, mi deseo de liberación del hombre. Te autorizo a apropiarte de todo ello. Puedes usarlo como quieras».

Dios no nos llama a «conservar», a defender, a proteger. Si quisiera «tener a buen recaudo» su capital, sabría hacerlo mucho mejor que nosotros.

Lo que Dios pretende es que gastemos sus dones (que han pasado a ser nuestros), que los empleemos en obras de utilidad pública, que los usemos en provecho de los demás.

Dios nos quiere creativos, emprendedores, llenos de iniciativa; no perezosos, pasivos, inertes, etiquetados en fórmulas religiosas. Limitarse a conservar (y a conservarse) equivale a ser buenos para nada.

Dios define al criado conservador como «negligente y holgazán». Negligente, o sea, no el que hace cosas malas, sino el que no hace cosas buenas y deja intactos, inutilizados, los dones recibidos.

En la parábola no se habla tanto de quienes se equivocan al invertir lo que se les ha «entregado». La culpa, aquí, está precisamente en «no invertirlo».

La intención principal de la parábola es la de amonestar a los oyentes para que aprovechen las ocasiones de la vida presente a fin de realizar algo hermoso, algo bueno, algo nuevo.

El sentido de responsabilidad se manifiesta en el ánimo para intentar.

El amor tiene derecho a sentirse desilusionado, la confianza traicionada, no sólo cuando los comportamientos no son «reglamentarios», sino también cuando no analizamos las posibilidades que se nos ofrecen, cuando no aprovechamos las virtualidades de que estamos equipados.

La vida se desperdicia cuando no hacemos que suceda algo.

La fe resulta inútil («no utilizada») cuando no provoca algo distinto, insólito, asombroso.

El amor muere (y es sepultado) en el mismo instante en que deja de causar sorpresa.

Los talentos deben «volver» bajo forma de historias

… Al cabo de mucho tiempo, volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos».

Pero no debemos imaginarnos a un contable cicatero que examina los registros.

El siervo definido como «fiel y cumplidor» no restituye los talentos que ha doblado. Los presenta.

«Presentar» es algo distinto de devolver (aunque sea con intereses).

Creo que se trata sobre todo de referir, de narrar.

Ese amo no se fija tanto en las cifras como en los relatos.

No son las cuentas las que tienen que «cuadrar», sino las historias. Y entonces se trata de contar lo que ha sucedido en aquel «largo tiempo». La bondad que hemos colocado en los lugares más impensables, el perdón que hemos distribuido, el cariño sembrado por todos los desiertos humanos, la libertad que hemos utilizado para liberar, para hablar con coraje, para asumir posiciones claras, para realizar gestos de sabor evangélico, para luchar por la causa de los perdedores. En ese caso, se puede presentar uno con las manos vacías, sin tener por eso que temer. Hemos sembrado con generosidad por todas partes (que es todo lo contrario de esconder el talento «bajo tierra»). No somos capaces de exhibir resultados (tampoco él nos lo pide). Nos limitamos a documentar el cansancio, la pasión, la esperanza, la falta de cálculos.

Felizmente, nos encontramos con las manos vacías. No hemos retenido nada, Señor. Ni siquiera para nosotros mismos.

Nos has enriquecido para que nos hiciéramos pobres. Nos has confiado los bienes más preciosos para que los prodigásemos sin medida. Que es la manera más segura de guardarlos.

El amo tarda quizás tanto tiempo en volver, para darles la posibilidad de gastarlo todo.

Y no viene tanto a recuperar lo que es suyo (en el lenguaje del amor desaparece el «mío» y el «tuyo»), como a alegrarse por los frutos alcanzados y quizás a hacer que los descubramos, desde el momento en que casi nunca el que siembra consigue ver la cosecha.

Entonces, quizás seamos nosotros los que «recuperemos» el céntuplo de lo que hayamos dado, abandonado.

Y descubriremos asombrados que nada podrá regularse, sistematizarse definitivamente.

Todas las cuentas se quedan milagrosamente «canceladas». Canceladas por el amor.

Y si no se nos da un recibo, es para bien nuestro. La salvación está en seguir teniendo cuentas pendientes con el amor.

Nuestra increíble fortuna consiste en el hecho de que, cuando anda Dios por medio, nunca podrán cuadrar las cuentas.

Es el legalismo -y el miedo que de él nace segrega una especie de leche amarga- el que cultiva la pretensión absurda de hacer que cuadren las cuentas.

El que vive y obra por amor «participa», ya desde ahora, del gozo de su Señor.


Demasiados hoyos en el terreno…

«El que había recibido un talento, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor».

Sería interesante trazar un mapa de los hoyos que se han excavado y se siguen excavando en terrenos religiosos.

Castidades que se cultivan en la aridez, en el miedo a amar, en la esterilización de los sentimientos, en el ocultamiento de las raíces terrenas.

Celibatos que están como «confiscados» y que no se emplean ciertamente por el Reino, sino para fabricar seres neutros, fríos, sin densidad humana, duros (como el siervo «negligente y holgazán» que se imaginaba que el duro era su amo).

Y puede incluso la vida verse sepultada en el funcionamiento, en el rezo, en la apariencia. El criado «holgazán» es precisamente el que finge vivir.

«Aquí tienes tu vida, Señor… Te la devuelvo casi intacta. No me he atrevido a vivir. Demasiado miedo a equivocarme.

…Aquí tienes tu libertad. La he arrinconado, la he tenido bajo estrecha vigilancia. Casi nunca me he servido de ella. Demasiado compromiso.

…Aquí tienes el corazón que me has dado. Lo he empleado pocas veces, con mucha cautela, con juicio. Demasiado peligro.

…Aquí tienes tu fantasía. Quizás ha sido un regalo superfluo, no sólo peligroso. Siempre la he mantenido bajo llave; nunca la he dejado en libertad. Quién sabe adónde me habría llevado…».

Y hay también una oración enterrada en el hoyo profundo de las devociones, de las prácticas, del intimismo. Sin contacto alguno con la praxis, con la caridad, con la lucha por la justicia, con el respeto a los demás, con la decisión de compartir.

Hay una fe «amortajada» como un cadáver en el sepulcro de las fórmulas, de un lenguaje apagado (aunque perfectamente ortodoxo).

Hay una verdad endurecida en el dogmatismo, un evangelio embalsamado en la disciplina formal o desfigurado en el moralismo, una pertenencia eclesial sepultada en el juridicismo, una levadura enterrada bajo montones de conformismo, un espíritu agriado en la burocracia, unas bienaventuranzas reducidas a la más estricta uniformidad.

Hay una atracción del futuro enjaulada en la reedición rancia del pasado. Hay sueños neutralizados por la experiencia.

Hay una profecía secuestrada por la institución, una frescura disecada por la costumbres, un coraje encorsetado por la diplomacia, una misericordia estrangulada por el rigor.

Hay una palabra que se convierte en letra muerta, repetitiva, viseccionada de manera pedante, sometida a una brutal autopsia en los laboratorios especializados de una interpretación sin alma y sin calor y sin poesía, a la que se hace circular privada de su potencial, anónima, impersonal, aséptica. Una palabra lejana de la vida real, de los problemas concretos del hombre de hoy. O comentada de forma que se eludan todos los compromisos. O presentada como embalsamada en los ropajes del triunfalismo y de las frases rimbombantes.

Lo equivalente al talento ocultado es una palabra sofocada, medida, que no es ya un grito, una llamada, un interrogante, incapaz de despertar, de hacer nacer a alguien o alguna cosa, que no provoca ninguna respuesta precisamente porque tiene la presunción de dar todas las respuestas.

El talento enterrado puede ser una predicación descolorida, tocada en los acostumbrados registros consumidos por el uso y el abuso, cortada sobre esquemas ya trazados (y copiados quizás de otros), sin el menor rasgo de fantasía, de creatividad, de participación visceral, me atrevería a decir de «impertinencia».

Cuando se cavan todos estos hoyos para dejar bien guardado el talento, es inevitable que también la persona se esconda en él, se vea tragada por aquel agujero, y no salga ya al aire libre, mostrándose así incapaz de «responder» al donante.

Increíble. El nos ha dado las manos para llevar sus dones lo más lejos posible. Y nosotros las usamos para coger un azadón y ponernos a cavar…

El nos ha dado una cara «única» que llevar, y nosotros nos preocupamos inmediatamente de esconderla.

Cabe sospechar que, el día de rendir cuentas, el más asombrado será él. Asombrado de esa manera vacía con que muchos de nosotros hemos vivido la larga espera…

A. Pronzato

Read Full Post »

Búsqueda creativa

A pesar de su aparente inocencia, la parábola de los talentos encierra una carga explosiva. Sorprendentemente, el “tercer siervo” es condenado sin haber cometido ninguna acción mala. Su único error consiste en “no hacer nada”: no arriesga su talento, no lo hace fructificar, lo conserva intacto en un lugar seguro.

El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo, sí a la creatividad. No a una vida estéril, sí a la respuesta activa a Dios. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo, sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.

El gran pecado de los seguidores de Jesús puede ser siempre el no arriesgarnos a seguirlo de manera creativa. Es significativo observar el lenguaje que se ha empleado entre los cristianos a lo largo de los años para ver en qué hemos centrado con frecuencia la atención: conservar el depósito de la fe; conservar la tradición; conservar las buenas costumbres; conservar; la gracia; conservar la vocación…

Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa; asegurar la pertenencia a la Iglesia… Todo puede ser explicable, pero ¿no es con frecuencia una manera de desvirtuar el evangelio y congelar la creatividad del Espíritu?

Para los dirigentes religiosos y los responsables de las comunidades cristianas puede ser más cómodo “repetir” de manera monótona los caminos heredados del pasado, ignorando los interrogantes, las contradicciones y los planteamientos del hombre moderno, pero ¿de qué sirve todo ello si no somos capaces de transmitir luz y esperanza a los problemas y sufrimientos que sacuden a los hombres y mujeres de nuestros días?

Las actitudes que hemos de cuidar hoy en el interior de la Iglesia no se llaman “prudencia”, “fidelidad al pasado”, “resignación”… Llevan más bien otro nombre: “búsqueda creativa”, “audacia”, “capacidad de riesgo”, “escucha al Espíritu” que todo lo hace nuevo.

Lo más grave puede ser que, lo mismo que le sucedió al tercer siervo de la parábola, también nosotros creamos que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando estamos defraudando sus expectativas.

El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.

José Antonio Pagola

Read Full Post »

1. Situación

Últimos domingos del año litúrgico, días de examen de conciencia. Pero, ¿qué es, en cristiano, hacer un examen de conciencia?

Algunos lo hacen preocupados porque no se les escape ninguna falta, en una especie de ritual compulsivo, como cuando uno se lava las manos obsesivamente.

Otros, para sentirse en orden y defenderse del reproche de la propia conciencia o de Dios, visto como superconciencia. Incluso se afanan por sentirse malos, pues ese sentimiento les asegura la compasión de Dios.

Otros prescinden de estas cuestiones, volcados hacia la acción inmediata, como huyendo de todo cuestionamiento. Lo justifican, eso sí, diciendo que el amor no se preocupa de sí mismo.

2. Contemplación

El evangelista Mateo ha hecho una síntesis extraordinaria de los discursos en que Jesús habla del Fin. Por una parte, la venida del Hijo del Hombre obliga al creyente a polarizar su existencia en el Futuro, relativizando la época terrena de la historia. Por otra, sin embargo, ello no es una excusa para no tomar en serio el presente, la fidelidad a la tarea encomendada aquí y ahora. Al contrario, el tener que ser juzgados un día por Dios en persona, da a la contingencia de nuestra vida carga de eternidad; nos jugamos en ella la salvación y la condenación definitivas.

La síntesis alcanza incluso al problema de la retribución. ¿Cuál es el criterio del premio? Ciertamente, Dios da a cada uno según sus obras, se repite tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; pero no en sentido comercial o bancario. Dios toma en serio la responsabilidad del hombre; pero el premio desborda infinitamente nuestras obras. El siervo es invitado al banquete, a la intimidad del Señor. Esta desproporción indica que la lógica de las obras sigue bajo la soberanía de la Gracia, que no ha sido sustituida por el moralismo de los méritos.

3. Reflexión

Meditemos, una vez más, en el tema central de estas páginas: seguir a Jesús en la vida ordinaria. El juicio último depende de mi obediencia concreta a Dios ahora mismo. En este sentido, la primera lectura, sobre la mujer hacendosa, es altamente significativa.

Pensar en el futuro, concretamente en el juicio último de Dios, crea tensión y responsabilidad y, con frecuencia, ansiedad, por sentir que la vida se nos va de las manos y hay que hacer algo para justificarla.

El creyente, bien fundamentado en la Gracia, reconciliado con su finitud, no se deja coger por la ansiedad.

Vivir cada día le libera de deseos y proyectos, que enmascaran la ansiedad perfeccionista.

Vivir cada día le pacifica, al no querer abarcarlo todo.

Y le unifica, ya que la ambición quiere controlar el futuro y la curiosidad le dispersa en mil intereses.

Llegar a ser persona depende de la unificación del corazón, que se entrega, confiadamente, a la voluntad de Dios. Pero no en abstracto, sino en el realismo del cada día.

Al vivir la voluntad de Dios sólo cada día, el cristiano se libera de la necesidad de controlarla.

4. Praxis

Podríamos centrar aquí nuestro examen de conciencia: en el cada día. En vez de examinar deberes e ideales, hemos de examinar la vida ordinaria en su densidad propia.

¿Qué calidad de amor damos a lo que vivimos?

¿Cómo se despliega nuestra esperanza, a base de expectativas o mediante los conflictos y ambigüedades en que nos movemos cada día?

¿En qué grado ha ido calando la fe en nuestra manera de interpretar la realidad que nos rodea y de abordar lo imprevisto de cada día?

Ofrezcamos al juicio de Dios nuestro cada día.

Dicen que a san Luis Gonzaga le preguntaron un día, mientras estaba jugando, qué haría si supiese que en ese momento iba a morirse. Y que él respondió: «Seguir jugando».

Javier Garrido

Read Full Post »

Los textos bíblicos de este domingo nos animan a trabajar con destreza [1ª lect. (Proverbios 31, 10 ss)] viviendo como hijos de la luz [2ª lect. (1ªTes. 5, 1-6)] para poder acceder al premio de los que velan [3ª lect. (Mt. 25,14-30)]

Un resumen que viene a rematar perfectamente el desarrollo de las homilías de estos últimos domingos que deberían concluir con una serie de compromisos concretos.

Comenzamos este ciclo el día 8 de Octubre, domingo XXVII del Tiempo Ordinario, constatando que el mundo va a la deriva por falta de ideales. Sin valores fijos el hombre y la mujer andan buscando algo que los oriente pero sin saber lo que es, ni poner demasiado empeño en encontrarlo. Recordábamos a Ortega que decía que lo peor que nos pasa es que no sabemos qué nos pasa. Así es. Sentimos y padecemos una enorme tormenta que nos ha cogido sin brújula y sin carta de navegación.

Hojeando las Escrituras, Dios nos proponía dos grandes puntos de orientación: admitir como supremo valor el amor y fortalecer la voluntad para vivir coherentes con él en nuestras relaciones ordinarias de la vida.

Finalmente, y también de la mano de la Revelación, el domingo pasado descubrimos la grandeza del ser humano. El hombre, en el proyecto de Dios, no es un náufrago lanzado a un mar embravecido, sino una criatura especialísima que, dotada de razón y conciencia, puede dirigir su singladura hacia el puerto del que salió como obra de Dios y en el que se le espera como hijo que vuelve de un arduo caminar.

Es muy profundo el epitafio que reza en la tumba de Unamuno, allá en el cementerio de Salamanca. “Méteme Padre eterno en tu pecho, misterioso hogar, descansaré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.

Ese es exactamente nuestro destino en el plan de Dios. Descansar eternamente en el misterio de Dios después de haber consumido la vida esparciendo el bien en nuestro derredor.

Nos lo ha recordado el Evangelista San Mateo: “Criado bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor”.

Es tan grande lo que nos espera que Jesús nos insistió en que no nos descuidáramos y lo dejáramos escapar.

San Pablo entendió bien esta urgencia y por eso les recomienda a sus fieles que no se desorienten, que no olviden lo que han aprendido del Evangelio.

Eran como nosotros, aunque de una Iglesia en otro sitio, allá en Tesalónica y en otros tiempos, siglo I, pero con los mismos riesgos que nosotros: vivir tan ocupados por las cosas del mundo que nos olvidemos de las que se refieren a nuestra espiritualidad. El remedio que les ofrece San Pablo es igualmente válido en la actualidad: “Vivir como hijos de la luz olvidándonos de las tinieblas anteriores. Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; no sois hijos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no echaros a dormir como los otros, sino estad alerta y sed sobrios”.

Ser hijos de la Luz es vivir iluminados por las enseñanzas de Jesús. Es comprometernos a vivir.

Las relaciones intra-eclesiales, superando una vinculación superficial o medio jurídica por una profunda unión espiritual con el resto de los miembros de la comunidad vistos como integrantes del Cuerpo Místico de Cristo. San Pablo en la carta a los Romanos nos anima a poner a disposición de la comunidad los talentos que cada uno tenga.

La vida familiar, tomando posturas comprensivas, tolerantes, de ayuda, de perdón entre todos los que la integran. Padres, hijos, hermanos formando una piña fuerte aunque no cerrada a la convivencia con los demás.

Las relaciones de vecindad, procurando no solo no ser gravoso para los otros vecinos sino ofreciéndoles una sincera colaboración y ayuda.

Las relaciones laborales, siendo responsable de las tareas que se tengan encomendadas en los distintos estamentos de la producción -obrero, director, patrono, sindicalista- fomentando un trato agradable y justo entre todos.

La vida de estudiante, dedicándose seriamente al estudio, traducido en un serio esfuerzo por alcanzar una sólida formación que le capacite para ser miembro activo y eficaz cuando se inserte en la sociedad productiva.

En los momentos de expansión y descanso gozando de las posibilidades al alcance. Siendo alegres sin caer en posturas denigrantes, incompatibles con la dignidad de la propia persona y la de los otros.

En el ejercicio de la autoridad, cumpliendo estrictamente la justicia y la equidad.

Vivir como hijo de la luz es vivir de tal manera que los demás puedan considerar la vida como un don a disfrutar en paz y sosiego.

Vivir como hijo de la luz es enfocar la vida como quien tiene la gozosa responsabilidad de desarrollarla al máximo en favor de todos.

Vivir como hijo de la luz es sentirse solidario de los problemas del mundo, poniendo a contribución las energías necesarias para cooperar a la edificación de otro, que sea una morada agradable para todos los que lo integran.

Vivamos la vida así, como hijos de la luz y la viviremos esperanzados y gozosos como nos lo prometía el salmo: Dichosos los que aman al Señor y siguen sus caminos, porque serán felices y verán la prosperidad de Israel. AMÉN

Pedro Sáez

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: