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Archive for the ‘Homilía’ Category

1.- SÍ AL MENOS UNA LÁGRIMA… “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. Estas palabras son como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de guerra, un grito de victoria. “¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada…?”.

Pablo es consciente de las dificultades que hay en su vida, de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.

Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, contento, feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día, como oveja de degüello. Pero él dice: “En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús”.

“El que no perdonó a su Hijo, -sigue el Apóstol-, sino que lo entregó a la muerte por nosotros…” Ahí está la clave de ese optimismo desaforado. Haber creído en clamor de Dios, este es el secreto de esa esperanza siempre viva, de esa audacia sin límites, de esa personalidad arrolladora. Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado”. Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara aquel terrible cáliz, aquella dolorosa pasión. Y el Hijo aceptó los planes del Padre y caminó decidido, sin resistencia alguna, hacia el tormento supremo del abandono y del dolor.

Ante estos hechos, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres miserables, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento…

1.- TRANSFIGURACIÓN.- Jesús se retira con los más íntimos a la montaña. Lo más probable es que se tratara del monte Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de Genesaret y el verde valle de Yiztreel. Las cumbres, esto lo saben bien los montañeros, invitan a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendente en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.

La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.

Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. Un juego de luces y sombras hacía entrever el duro combate que el Rey mesiánico había de librar, y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisadas de sangre y de luz… La voz del Padre resuena desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito, la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del grande amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aun sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

Cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó, atender las palabras de quien murió por salvarnos. Oír su doctrina luminosa, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los riscos de cada hora, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.

Antonio García-Moreno

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1.- Subió con ellos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Aplicado al relato evangélico de la Transfiguración, esto nos parece evidente. Los tres apóstoles que subieron con Jesús al monte Tabor vieron, no con los ojos corporales, sino con los ojos de la fe, el Espíritu de Jesús transfigurado ante ellos. Sólo con los ojos de la fe, con los ojos del espíritu, se puede ver lo espiritual. También con los ojos de la fe vieron los tres discípulos a Elías y a Moisés conversando con Jesús. También con el Espíritu oyeron la voz del Padre que decía desde la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. La visión dejó a los discípulos tan entusiasmados que querían quedarse allí contemplando la visión para toda la vida. Tuvo que ser el mismo Jesús el que le dijo a Pedro que “no sabía lo que decía”. Y fue el mismo Jesús el que les dijo a los tres que había que descender de la montaña y bajar al llano, para seguir caminando hacia Jerusalén, donde le matarían, pero que él después resucitaría de entre los muertos. También hoy a nosotros es la fe en el Cristo resucitado la que puede y debe permitirnos ver a Jesús transfigurado y sentado a la derecha del Padre. En este mundo y en esta sociedad en la que nosotros vivimos sólo podemos ver a Jesús si vivimos con el alma transfigurada por la fe, y sólo viviendo transfigurados por la fe en Cristo podremos ser anunciadores de su evangelio y de su mensaje de salvación. Hoy, más que nunca, necesitamos que nuestra fe transfigure la realidad en la que vivimos, haciendo que la sociedad pueda ver y oír en nuestras obras y en nuestras palabras las obras y las palabras de Jesús. Primero debemos ser nosotros, los cristianos, los que escuchemos a Jesús, el Hijo predilecto del Padre, y los que transmitamos su mensaje a esta sociedad tan descristianizada. Si los cristianos de este siglo XXI no transfiguramos la realidad con los ojos de nuestra fe, con nuestras palabras y con nuestras obras, no esperemos que sean los políticos, o los economistas, o los medios de comunicación, los que la transfiguren.

2.- No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada; ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo. También en esta lectura del Génesis podemos ver al patriarca Abrahán viendo la realidad con los ojos de la fe. El Señor le manda sacrificar a su único hijo, Isaac, en el que el patriarca tenía puestas todas sus esperanzas. Obedecer a Dios implicaba para él renunciar a todas sus esperanzas, pero el patriarca obedece a Dios y sube al monte Moría dispuesto a cumplir el mandato del Señor. Por esta fe en Dios el patriarca Abrahán es considerado hoy padre en la fe de las tres religiones: la religión hebrea, la cristiana y la musulmana. Será el mismo Dios el que le diga al patriarca que la práctica de sacrificar a Dios personas humanas es una práctica que le desagrada, aunque la practiquen otros muchos pueblos. Es ahora cuando la fe del patriarca vuelve a transfigurar la realidad según la auténtica y verdadera voluntad de Dios. Así lo creemos también nosotros, los cristianos, aun cuando sigan existiendo algunas personas de otras religiones que crean que pueden y deben seguir sacrificando en nombre de Dios a personas humanas. Respetemos nosotros siempre la vida humana, defendámosla, y luchemos contra los que están dispuestos a sacrificarla por la causa que sea. Nuestro Dios es autor de la vida, nunca de la muerte; así es como tenemos que ver nosotros siempre la realidad, con los ojos de la fe.

3.- Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? También san Pablo vio siempre la realidad con los ojos de la fe. Sólo así podremos entender su vida. A partir de su conversión a Cristo, vivió única y exclusivamente para Cristo, aceptando riesgos, peligros, persecuciones y penalidades sin cuento, con la fe clara y segura de que si Dios estaba con él, nadie podría contra él. Cristo intercede por nosotros desde el cielo, dejemos que esta fe transfigure siempre la realidad en la que nosotros vivimos. Apoyados en nuestra fe en Cristo, en nuestra fe en Dios, vivamos firmes y confiados, aunque sean muchas las dificultades por las que tengamos que pasar en esta vida.

Gabriel González del Estal

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1.- El símbolo de la montaña.

La montaña es un símbolo muy sugerente, que no ha pasado desapercibido para los hombres de la Biblia. Está cerca del cielo, confundiéndose con la misma luz y respirando el aire más puro. Subir a la montaña evoca la imagen de la superación, la constancia, la liberación de la pesadumbre del valle. Desde allí todo se contempla con otra perspectiva: el hombre se siente más ágil, dominador. Lo alto, la cumbre, la cima más allá de la cual no hay otra, un horizonte sin barreras, el final dé lo tangible… Grandes manifestaciones de Dios han ocurrido en la montaña; basta recordar el Sinaí (Ex 19, 16 ss.). El gran acto de la fe de Abraham y el cumplimiento de la Promesa por parte de Dios, se realizan también en la montaña (Gen 22, 1 ss.). El Evangelio de hoy nos dice que Jesús «subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… Se le aparecieron Moisés y Elías». Todos estos rasgos son los símbolos de la transfiguración humana según el modelo de la condición divina.

2.- La montaña como tentación.

La montaña, la meta, el final de todo esfuerzo, el triunfo o la victoria, pueden ser una tentación. Los Apóstoles se dieron cuenta, por un momento, de que estaban arriba y se apresuraron a decir: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mc 9, 5).

Los cristianos tenemos el peligro de refugiarnos en la montaña, cobardemente. En el fondo, para muchos, la oración es una huida. Nos refugiamos en un ámbito ideal, imaginado; no sabemos ni con quién. Sólo que en ese gesto nos encontramos a gusto, lejos de la pesadumbre cotidiana. Lo mismo puede pasar con la comunidad, el grupo. Todo ello nos puede llevar a un falso espiritualismo, a los espacios verdes creados por el espejismo de deseos sin alcanzar. A veces caemos en la tentación de quedarnos sentados en el camino, esperando que el Reino venga a nosotros. Pero no vendrá. No hay cielo ni tierra prometida para los que se sientan, para los que suspiran por el cielo despreciando la tierra, para los que quieren alcanzar el cielo sin transformar el mundo, para los que cuelgan las cítaras en los sauces del río y comienzan a lamentarse y a recordar a Jerusalén (Sal 136).

Cuántos confundimos aún la transfiguración cristiana con estar fuera del mundo, en la altura, sin el ruido, sin el equívoco normal de toda situación; encarnados en la posesión de la verdad, como un pedestal; amparados en la contemplación de la verdad pura, contemplándonos en el bruñido dogma, más allá del bien y del mal, por encima de la zozobra, la angustia, la contaminación y el agobio de la existencia.

«Miramos al cielo y contamos las estrellas» (Gen 15, 5). Pero hoy no se puede estar sólo mirando al cielo. Tendremos que escuchar de nuevo la increpación de los ángeles a la comunidad primitiva, que había puesto toda su ilusión en las alturas- «Galileos, ¿qué hacéis ahí, mirando al cielo? El que habéis visto subir volverá» (Act 1, 11). A la tierra es necesario volver, en donde encontraremos al Señor Jesús.

3.- La montaña entrevista, la transfiguración, es como un alto en el camino, como una fuerza, un coraje para seguir hacia adelante.

— En la montaña, en la oración, en la liturgia, en la reunión de la comunidad, en el grupo cristiano, no se sale y se escapa el hombre del mundo. El tema de conversación, el objeto de celebración es la vida diaria. «Se habla del Éxodo» (Lc 9, 31), del acontecimiento diario, de su complejidad y de su exigencia, del fracaso, la debilidad y el compromiso. La oración sólo puede ser verdad cuando es un encuentro con lo cotidiano en profundidad, en actitud de revisión (Ex 3, 7 ss.).

— Descubrir la montaña, intuir la tierra prometida, es un compromiso y un quehacer. «Este es mi Hijo, mi programa, escuchadle» (Mc 9, 7). En El se ha realizado la posesión de la tierra prometida a la descendencia (Gen 22, 15 ss.). Para que nosotros podamos llegar a las metas del hombre nuevo, ha sido sellada una alianza en la Sangre de Jesús de Nazaret.

Moisés en la montaña escuchó una misión. El prefería quedarse contemplando el santo resplandor de la zarza ardiendo (Ex 3, 155). Alegaba que era tartamudo, como Abraham viejo. Pero la voz imperiosa seguía clamando desde la montaña: baja al valle, a la calle de la ciudad, despierta todas las opresiones, injusticias, egoísmos y esclavitudes de Egipto, de Jerusalén y de todos los poderes; convoca un éxodo: haz salir al pueblo hacia la liberación, de la tierra extraña a una tierra propia; escala el calvario de la desesperanza, para llegar a la otra colina de la Ascensión, de la liberación, superando el vado —como un mar Rojo—de la muerte.

La montaña, la Promesa, la ciudadanía que esperamos es una fuente de energía, de poder. Son las primicias o las arras de nuestro por- venir. La garantía que nos permite lanzarnos al negocio. Tomar contacto con la promesa es como un trampolín, una rampa de lanzamiento, un cohete propulsor.

— La transfiguración nos avisa que la montaña es una conquista: Jesús, como Abraham (Gen 22, 1-2), está abocado al fracaso; ve que la muerte se le viene encima, se le traga y le aplasta como en el derrumbamiento de un edificio. Sin embargo, espera; tiene presente la montaña, la conquista, el deseo de superación, la victoria. En el camino de Jerusalén, para morir, entrevé la vida; en la fatiga de la lucha, la posesión del descanso; en el fracaso de su obra, un triunfo. Jesús acepta, que la historia de los creyentes, Moisés y Elías, la ley y los profetas, le iluminen el camino, le descubran su sentido, le revelen su éxodo y la Pascua.

— La montaña de la transfiguración es como una esperanza; pero en la vida «Jesús se encontró sólo» (Mc 9, 8). Es la experiencia humana. Abraham comienza también su grave aventura «sin descendencia». «¿Por qué me has desamparado?» (Mc 15, 34) Estamos angustiosamente solos. Y no lo resistimos. Pedimos pruebas, buscamos la tierra ya, queremos descendencia inmediata. Solos, pero con la fe. Fe en la promesa y en la Alianza. Solos, pero sobre la Realidad total, acogedora, que nos da fuerzas, que nos ayuda a andar, que germina todas nuestras posibilidades. Solos, pero con la firme experiencia «de que una antorcha ardiente ha pasado entre los trozos de nuestra existencia y nos hemos estremecido de fuerza y confianza» (Gen 15, 17). Solos, sin montaña, sin cielo, con oposición, abocados al fracaso, impotentes ante la obra de la liberación. Solos ante el mundo, ante nosotros, mirando de soslayo al cielo, pero abocados irremediablemente a construir la tierra, a hacer el éxodo del pueblo, a transformar nuestra humilde condición humana, a consumar nuestra obra por medio de la muerte.

Solos, con la fe, que es la victoria que vence al mundo. Ella es la garantía de lo que se espera (Hech 11, 1.8; 12, 2-4).

Jesús Burgaleta

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El retiro de Jesús

Hoy tú y yo nos vamos al desierto a acompañar a Jesús para aprender allí a orar y aprender a vencer las tentaciones que nos pueden ocurrir en la vida. Y para ver lo que le pasó a Jesús lo vamos a considerar a través del texto de Marcos, capítulo 1, versículo 12 al 15:

En seguida el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Y estuvo en el desierto durante cuarenta días. Era tentado por Satanás, vivía entre los animales y los ángeles le servían. Después de haber sido Juan apresado, marchó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y decía: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el Evangelio”.

Mc 1, 12-15

Bien, vemos cómo Jesús va a iniciar su vida pública y necesita, antes de comenzarla, retirarse al desierto. Le urge la necesidad de orar. Y le urge la necesidad de encomendar su misión al Padre. Y se retira. Y se retira con un impulso del Espíritu que le ha hecho ya fuerte y que ha descendido cuando ha estado en las aguas del bautismo. Y allí se retira a solas con Dios. ¿Dónde se retira? Al desierto; ese desierto que ya se conoce, el desierto de Gebel Qarantal, o Monte de la Cuarentena, que se eleva a unos 500 metros sobre el Valle de Jericó. Y allí se va y pasa cuarenta días, y los pasa en oración. El texto de hoy nos lo resume brevemente: nos dice que el Espíritu le empujó al desierto, allí estuvo y allí se dejó tentar por Satanás y vivía entre alimañas y los ángeles le servían.

Bien, tú y yo nos vamos allí con Él. Y allí le vemos orar y le vemos cómo es tentado. Y aprendemos también nosotros a orar ante cualquier dificultad, ante cualquier proyecto, ante cualquier cosa importante. Y aprendemos también a vencer las tentaciones; esas tentaciones que tantas veces no sabemos ni cómo llevar. Jesús fue tentado, Jesús se preparó para su vida activa. Hoy, en este encuentro, nos llama a volver a Él, a hacer un alto en nuestro camino para orar, reflexionar y reformar nuestra forma de vida, y prepararnos así mejor para la Pascua. Volver a Él, que es un proceso continuo y permanente, volver a retomar la historia de nuestra vocación cristiana, volver a sentirnos libres del mal, volver a no dejarnos vencer por el mal, a convertirnos, a ir a Él, a alejarnos de todo lo que no es Él. Esto es lo que nos quiere decir Jesús en este texto hoy. Estamos ahí con Él y… ¡aprendemos tantas cosas! Aprendemos a vivir mejor nuestra fe, a empeñarnos a reconstruir nuestra vida parar proclamar este Reino, aprendemos a orar, a darnos cuenta que nuestra vida, cuando empezamos un proyecto, cuando queremos ser mejores, no está exenta de tentaciones.

Y también le decimos al Señor que muchas veces vivimos en el desierto, en el desierto de nuestras cosas, y no sabemos, el mal está ahí, y nos tienta, y no sabemos qué hacer, y tenemos situaciones difíciles, y no tenemos fuerza, y no sabemos vencer el mal… Y esta tentación nos va a acompañar siempre. ¡Tantas, tantas voces se nos meten…, tanto resuena en nuestro interior todo lo que nos rodea: la publicidad, el poder, el dinero, todo! Necesitamos la ayuda del Señor. Aquí, junto a Él, le decimos: Señor, ayúdanos. Tú que fuiste llevado al desierto, que no sabías…, pero que allí fuiste conducido, ayúdanos a saber vencer todo, a saber vencer la vida fácil, a saber dominar esas tentaciones del poder, del orgullo, de la ansiedad, de la fama…, a buscar los valores reales tuyos, a no dejarnos invadir por la tentación. Hoy, Jesús, quiero repetirte una y mil veces “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. No nos dejes caer en la tentación. Necesitamos librarnos de las tentaciones de hoy día que tengo. Necesitamos de todo. Por eso, Jesús, hoy queremos estar aquí, junto a ti, y aprender el dominio de nuestra vida, el poder dominar nuestras propias fuerzas, aprender a renovarnos interiormente y a cimentar nuestra vida para —como nos dice el texto— que nada más que Jesús terminó su vida y su estancia en el desierto, se fue rápidamente a Galilea a proclamar el Evangelio. Y nos dice a ti y a mí “convertíos y creed”. “¡Conviértete!” —oigo que me dice—, “¡conviértete y cree! ¡Cree de una vez!”. Que yo sepa creer, que sepa convertirme, que sepa rechazar todo lo que no es tuyo y todo lo que no es tu Palabra, que viva una vida coherente, tajante, y llena de vida y de amor, sabiendo que Tú estás ahí, y que Tú, que venciste las tentaciones, me ayudarás a mí a vencer cualquier tentación.

Hoy, terminamos este encuentro y no nos separamos de Jesús, ahí. Ahí nos quedamos un rato en silencio y le decimos a Jesús todo lo que nos preocupa: las tentaciones duras que tenemos, que nos ayude a vencerlas, que no nos deje caer en la tentación. Y una vez más necesitamos con urgencia volver al retiro del Corazón de Dios, volver al desierto, y ahí llenarnos de su amor, llenarnos de su Palabra, llenarnos de su fuerza para saber proclamar el Reino. Pero antes tenemos que convertirnos. Ayúdanos, Señor, y no me dejes caer en la tentación, y líbrame, Señor, de todo lo que no es tuyo.

Nuestra Madre, la Virgen, nuestra Auxiliadora en todos los momentos difíciles…, en los momentos difíciles de la vida, Madre, venid en mi socorro. Que hoy, con su ayuda, viva mi fe, mi cristianismo hasta las últimas consecuencias. Que cambie de una vez mis actitudes poco cristianas, quizás aburguesadas, poco limpias, y que aprenda realmente a orar como Tú.

Francisca Sierra Gómez

 

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Domingo I de Cuaresma

Lo primero que se dice de Jesús, en cuanto fue bautizado por Juan, es que el Espíritu lo empujaba. Jesús fue un hombre llevado por el Espíritu, no por otros intereses o apetencias. ¿A dónde lo llevó el Espíritu? Al desierto. El desierto era, en aquel tiempo, ruptura con el sistema de vida y de sociedad en que se vivía. En el Egipto de los faraones, a eso se le llamaba Anachóresis, un fenómeno que se producía entre personas desarraigadas, deudores que no tenían resuelta su situación económica ante la Hacienda Pública, descontentos con el orden social imperante. Como leemos en Palladio o Rufino, los primeros monjes (s. III) eran en su gran mayoría personas ignorantes, esclavos o incluso individuos desarraigados, a los que bien podría llamárseles “cabezarrotas”. Con tales gentes se asimiló Jesús, para empezar su ministerio público. El breve relato de Marcos da pie a pensar todo esto. Aunque lo más probable es que este relato no es histórico, sino que expresa simbólicamente lo que significa para nosotros Jesús de Nazaret.

Jesús ha sido decisivo en la historia de la humanidad. Lo ha sido, sobre todo, por su forma de entender la vida, las relaciones humanas, el poder, el valor del dinero, la extraordinaria importancia de los pobres, los últimos, los que sufren... Y también ha sido decisivo porque le dio un giro decisivo a la religión y a nuestra idea sobre Dios. Tales cambios, y tan asombrosos, empezaron a fraguarse en el “estado de ausencia ilegal” que inició Jesús en el desierto.

Y enseguida se puso a decir que ya estaba cerca el Reinado de Dios, el Reinado del Padre del Cielo. Es la Buena Noticia, porque es la noticia que anuncia una vida distinta, una sociedad distinta, una felicidad para todos, una esperanza para los pobres, los enfermos, los que sufren, los que ya han perdido toda esperanza. Y nos anuncia también —lo que es decisivo— cómo es el Dios que nos reveló Jesús al poner como centro de su mensaje “el Reino de Dios”, es decir, cómo es Dios y dónde podemos encontrar a Dios: en la solidaridad con los últimos de este mundo.

José María Castillo

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Estamos de reforma

Jesús acaba de llegar del desierto, donde ha ayunado durante cuarenta días y donde el demonio le ha tentado con tres despropósitos, y ha comenzado a predicar la buena noticia del reino de Dios. Lo ha hecho en Galilea. Y ha hablado en estos términos: “El tiempo ha llegado y el reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el mensaje de salvación”…Para mí, que el Mesías estaba obsesionado con la idea de que nos veía un poco descarriados. Y quiero interpretar que sus palabras son, una especie de acicate sugiriéndonos que debemos cambiar; que no podemos seguir buceando en la mediocridad.

La conversión consiste esencialmente en un “cambio de mentalidad” serio, profundo y sincero; no en algo accidental y transitorio, como podría ser un cambio de chaqueta, de caparazón, sino que se trata de una auténtica “operación quirúrgica” del corazón, que nos conduzca a pensar, sentir y actuar según el mensaje de Jesús.

Para llevar a cabo esta tarea resulta imprescindible recorrer tres pasos fundamentales:

En primer lugar, conocer el mensaje de salvación que predicó el Mesías. El evangelio, “libro de texto” del cristiano, no es un mero anecdotario de sucesos ni un entretenido álbum de fotografías que nos permite contemplar los paisajes y costumbres de Palestina. Es nada menos que la vida de un Dios hecho hombre para recuperarnos, hecho palabra para que la pongamos en práctica, y hecho cruz y muerte para que tengamos vida. En suma, el evangelio es, en toda regla, un mensaje de salvación… Es por lo que se nos pide que acudamos a él con sencillez, humildad, y un talante receptivo y disponible.

En segundo término, dejarnos seducir por la persona de Jesús y por sus enseñanzas y actitudes. Uno difícilmente se deja seducir por un slogan feliz, por un libro extraordinario o por cualquier tipo de ideología, si no vienen unidos a una persona concreta, a un líder auténticamente carismático. Y Jesús lo fue… ¿Cómo se explica, si no, que unos humildes pescadores, a la voz de “sígueme”, no dudaron en hacerlo, dejando familia, redes y barca, su “modus vivendi”, y se decidieron a irse tras él? ¿Qué vio la samaritana en Jesús para que se olvidara del cántaro y fuera gritando que había visto al Mesías y que ya sólo le importaba el “agua que quita la sed definitivamente?… La enseñanza de Jesús fue el amor… Y su más notoria actitud consistió el volcarse a los más necesitados y desheredados de la tierra.

Y por último, afrontar la “operación quirúrgica” en nuestras vidas, en nuestro comportamiento. Esta intervención de quirófano consiste en revolucionar nuestro interior, desprendiéndonos de lo que nos sobra e integrando lo que nos falta para que nuestra vida sea digna y coherente con nuestro líder.

Estamos de reforma. Y para ello, no basta con cambiar de sitio nuestras prendas y nuestro ajuar, sino que hemos de renovar nuestra mentalidad, nuestros hábitos, nuestra atmósfera, para que quienes nos vean y nos traten no queden defraudados con nuestro comportamiento y se sientan cómodos en nuestra casa…

Recuerdo que una vecina mía tenía la costumbre de, cada dos meses, mudar de ubicación todos los muebles de la casa, para impresionar a las visitas. Y las visitas no se impresionaban;únicamente se extrañaban de las peripecias que hacía la pobre mujer para que su casa pareciera “otra”.

Amigos, estamos de reforma. Necesitamos urgentemente acudir al quirófano y someternos a una operación ineludible. No podemos contentarnos con trastocar el mueblaje y creer que con ello hemos logrado mejorar el aspecto de nuestra casa… Como mi vecina.

Pedro Mari Zalbide

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La predicación coja

Lo inacabado del párroco

¿Cómo podría definirla? Repensándolo con calma, la predicación del inicio de la cuaresma ha sido una predicación coja. O de las amnesias (espero que involuntarias). O también en dirección única. Tantas cosas hermosas, justas, interesantes, y hasta profundas, pero al mismo tiempo algunos vacíos bastante llamativos.

Conclusiones indiscutibles del tema desde el punto de vista lógico, pero decididamente unilaterales. Nada que decir acerca de la actualización, que siempre es la pista de aterrizaje del sermón, pero el campo elegido resultaba más bien reducido y excluía territorios que deberían haberse tocado.

En suma, la sensación de una construcción que se inclinaba hacia un lado. Sería exagerado y hasta banal sacar a relucir la torre de Pisa. Mas bien, he tenido la impresión de algo inacabado.

Así pues, el sacerdote, refiriéndose al final del diluvio, anunciado por el arco iris en un cielo hasta ahora tempestuoso, se ha sentido en el deber de amonestar gravemente: «…Pero no tenéis que pensar que, al final, con Dios todo se ajusta y, por tanto, no hay por qué preocuparse y se puede continuar tranquilamente haciendo el mal que se quiera». Sacrosanta advertencia. Pero que tendría que haber sido completada con esa estupenda expresión que aparece en la Carta de Pedro: «Cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé…».

Y no sólo en tiempos de Noé. Tengo motivos para pensar que la paciencia de Dios aún no se ha agotado, a pesar del cúmulo de tonterías que nosotros podamos almacenar. La paciencia de Dios aguanta, aunque nosotros hagamos todo lo posible para ponerla a prueba.

Sí, no hay que abusar de ella. Pero tampoco es lícito dejar caer que la estación de la paciencia de Dios ya ha pasado. La paciencia de Dios, para ventaja nuestra, continúa… aguantando.

El arma colgada de un gancho

 Después el predicador, ateniéndose a su actualísima cultura bíblica (que, por lo que sospecho, no se remonta a los años oscuros del seminario, sino que representa una laudable conquista personal reciente), nos ha explicado que la palabra que se traduce habitualmente por arco iris, puede significar, según los estudiosos peritos en la materia, otra cosa: sería el arco de guerra. En ese caso la imagen que se deriva de ahí resultaría también muy bella: Dios ha colgado en una nube el arco y ha tirado las flechas. Ya no recurrirá a él para herir a los hombres culpables.

Y aquí me hubiera gustado hacer presente a nuestro párroco que no todos sus hermanos piensan lo mismo. Algunos de ellos añoran ese arco que quedó inutilizado, y en el fondo de su corazón desearían que «el buen Dios» (!), de vez en cuando, lo volviese a tomar en su mano, cargado de flechas afiladas, y que apuntase con precisión (cosa no difícil porque se trata, normalmente, de blancos voluminosos, fáciles de ver) y fulminase a un discreto número de pecadores impenitentes, sin dejarles escapatoria. Así, para hacerse respetar y llamar al orden.

Mi mujer, recientemente, ha oído por la radio a un predicador, muy popular en ciertos ambientes, amenazar a una mujer que había manifestado un propósito lamentable: «Si hace eso, Dios la castigará».

Evidentemente alguien ha rescatado la flechas que el Señor, en tiempos de Noé, había tirado, y agradecería mucho que el Dios de la paciencia sin límites y de la misericordia inagotable lo repensara, posiblemente poniendo al día su armería, ya «en desuso» (empleando ese vocablo tan querido a nuestro «joven coadjutor»). Esa que, en términos militares, me parece que se llama «estrategia de la disuasión».

Dense cuenta. Si precisamente el buen Dios sintiese nostalgia del arco y de las flechas, podría divertirse útilmente clavando la lengua (entiéndase bien, de manera indolora) de algún representante suyo desconsideradamente locuaz.

Aparte el fogoso y vulgar predicador radiofónico, hay que reconocer que muchos curas, también hoy, se sienten portadores (abusivos) de los castigos y de las amenazas terroríficas de Dios, más que de las promesas del Dios de la alianza eterna («Yo hago un pacto con vosotros…, recordaré mi pacto con vosotros…»). No dudan en recurrir al chantaje del miedo. Ejercitan una especie de terrorismo espiritual. Si pudiesen, pintarían de negro el arco iris.

El Señor ha asegurado que «el diluvio no volverá a destruir la vida». Pero algún dispensador de sus bienes piensa e incluso deja entender que a lo mejor sería el momento de reconsiderar el asunto, dado que se agrava la situación.

La nostalgia de Júpiter, divinidad tonante y asaeteadora, de vez en cuando aflora también en campo eclesial. Se diría que la tiznada fragua de Vulcano, con brasas, hierro candente y flechas afiladas, se ha establecido en las sacristías y alrededores.

Según ciertos «celosos», el Padre que manda la lluvia tanto sobre los campos de los buenos como de los malos (Mt 5, 44­45), debería corregir un poco el tiro y hacer intervenciones con mejor puntería (como las llamadas «bombas inteligentes»), golpeando con una bonita granizada las viñas de los incrédulos.

Un molesto prurito en la lengua

Pero sobre todo al comentar la página del evangelio es cuando el cura se ha inclinado de un lado, y he sentido en la lengua un prurito molesto.

Después de haber adelantado que Marcos no refiere los detalles de las tentaciones sufridas por Jesús, lo que sí hacen, Mateo y Lucas, ha dicho que aquel vacío podía llenarse útilmente, es más, quizás se había dejado aposta para que nosotros colocáramos dentro el contenido de nuestras tentaciones habituales, un ejercicio recomendable sobre todo en tiempo de cuaresma.

El presbítero de nuestra comunidad nos ha echado una mano en ese ejercicio, sugiriendo que quizás la tentación más frecuente y actual para muchos creyentes fuese la de la facilidad.

Ha precisado: «Hoy muchos de vosotros pretenden eso que un obispo llamaba `cristianismo a la carta’. Como en el restaurante: se eligen los platos más apetitosos para nuestro paladar, descartando lo que no nos gusta. Del mensaje cristiano se toma únicamente lo que no es demasiado incómodo. Se acoge la palabra de Dios, mientras sea tranquilizadora y consoladora, pero que no nos moleste, que no nos inquiete demasiado. Se acepta un Dios que está de acuerdo con nosotros, con nuestra mentalidad `moderna’ y nuestras opciones, pero se aparta la idea de un Dios que nos critica, que tiene algo que censurar en nuestra conducta. Al cura se le acepta cuando habla de las cosas del alma, pero que no se arriesgue a hablar de justicia, de honestidad en los negocios, y de otros asuntos personales.

En una palabra, se pretenden facilidades, amplios descuentos sobre el precio original del compromiso cristiano…». Pero al llegar aquí, nuestro pastor ha indicado, entre los atajos de facilidad emprendidos por nuestra fe escasa, «la búsqueda exasperada de milagrismo y la carrera desenfrenada hacia lugares de presuntas apariciones».

Bien dicho, diagnóstico perfecto. Pero, a mi parecer, debería haber añadido que muchos colegas suyos favorecen este peligroso atajo, organizando peregrinaciones en serie, escribiendo libros de amplia difusión (y se sabe que hay un importante público de buena boca y goloso de sucedáneos), favoreciendo la difusión de «mensajes», cuyo contenido, si se compara con la palabra de Dios que se nos entrega en la sagrada Escritura, es de una banalidad desoladora.

Finalmente, me habría esperado que, después de habernos apuntado las tentaciones en las que nosotros fieles caemos más fácilmente, nuestro párroco hubiese confesado, no digo sus tentaciones personales, sino al menos aquellas que hieren a la Iglesia y a sus ministros.

Y entonces lo intento yo. Mira, tengo la impresión de que amplios sectores de la Iglesia de hoy ceden con gusto a la tentación del espectáculo (con el soporte de personajes famosos de fe dudosa y discutible ejemplaridad), de las manifestaciones masivas, con una evidente complacencia por lo colosal, las cifras, y el consenso superficial. Se les ve satisfechos con los aplausos, más que preocupados por la adhesión interior.

En cuanto a los curas, especialmente de la nueva generación (y no solamente), me parece que la tentación más frecuente de la que son víctimas consentidoras es la popularidad. Confunden la eficacia de su misión con el éxito, el entusiasmo epidérmico y la efervescencia ruidosa. No pierden ocasión para exhibirse, publicitar sus iniciativas, hacer ver a todos que son valientes, dinámicos, inteligentes y, naturalmente, «abiertos», no como los demás…

Se ha acuñado una palabra fea para definir su enfermedad: contentamiento. Que significa: manía de complacer a toda costa, con el peligro a lo mejor de devaluar el mensaje que se les ha confiado.

Ellos no corren el riesgo de ser empujados por el Espíritu al desierto para dejarse tentar por el diablo. En efecto, no saben lo que es el desierto, y cuando oyen el nombre de Satanás esbozan una sonrisa de indulgencia.

Sufren sus tentaciones públicamente, en las plazas. La plaza es su tentación.

Si me equivoco, o si he exagerado, mi pastor está autorizado a corregirme. Creo que no habrá necesidad de las célebres flechas oxidadas para clavarme la lengua. Proveeré yo personalmente, con medios propios. Si se demostrase mi error, me comprometo a callar durante todo el tiempo de cuaresma. Y esto es válido también para los pensamientos malignos. Como penitencia escucharé sin respirar incluso las predicaciones claudicantes, a pesar del prurito que notaré seguramente en la punta de la lengua.

A, Pronzato

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