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Archive for the ‘Homilía’ Category

1.- Hermanos: alegraos siempre en el Señor, os lo repito. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Es el domingo “gaudete”, que, en latín significa: alegraos, repitiendo las palabras del apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses. Cuando el apóstol dice que el Señor está cerca se refiere a la segunda venida del Señor, porque creía en aquel momento que la segunda venida del Señor estaba realmente muy cerca en el tiempo. Nosotros, ahora, no repetimos esta frase del apóstol dándole un sentido corporal, sino un sentido vital, existencial. No sabemos cuándo será temporalmente la segunda venida del Señor, pero los cristianos creemos firmemente que el Señor Jesús está siempre realmente muy cerca de todos nosotros. Vive junto a cada uno de nosotros, habita en nuestro interior, nos guía con su luz y con su amor. Si realmente amamos a Dios, Dios vive en nosotros y, como se nos dice también en esta misma carta, “la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús”. En este tercer domingo de Adviento debemos, pues, manifestar litúrgicamente nuestra alegría, nuestra paz y nuestro entusiasmo religioso. Los cristianos debemos ser personas alegres, no con una alegría bullanguera y aturdidora, sino con una alegría interior, manifestada en nuestro comportamiento y en nuestras relaciones con los demás. Así debemos celebrar en concreto este domingo <gaudete>.

2.. Alégrate hija de Sion, El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno… se alegra y goza contigo, te renueva con su amor. El profeta Sofonías da a estas palabras un sentido histórico: en medio de una Jerusalén amenazada por los asirios, el profeta dice a su pueblo que el Señor les defenderá. Este mensaje del profeta Sofonías es, pues, un mensaje de confianza en Dios, de esperanza y de alegría. También hoy nosotros, especialmente en este tiempo de Adviento, debemos ser cristianos llenos de esperanza en el Mesías que ha venido a liberarnos, de confianza en él, de alegría espiritual. También nosotros podemos tener dificultades materiales, sociales, políticas, espirituales, pero nunca debemos desanimarnos, debemos pedir todos los días del Adviento a nuestro Mesías que el amor de Dios inunde un día sí y otro también nuestros corazones. Precisamente en esto se basa la alegría del Adviento, en la certeza de que nuestro Señor Jesús, nuestro Mesías, ha venido a salvarnos y a liberarnos. Y seamos también nosotros en todo lo posible salvadores y liberadores de los demás, con nuestro ejemplo, con nuestra palabra y con todos los medios que tengamos a nuestro alcance.

3.- En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: entonces, ¿qué debemos hacer? Él contestaba: Juan respondió a todos: yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Realmente, la figura del Bautista, del que hablaremos en más de una ocasión durante este Adviento, es una figura excelsa. Leyendo este texto del evangelista san Lucas vemos que san Juan Bautista puede y debe ser un modelo de humildad, de justicia, de generosidad y de lucha contra cualquier clase de corrupción. En este tiempo nuestro en el que tanto abunda el egoísmo, la corrupción social y política, la falta de sobriedad y la poca fidelidad al compromiso social y personal, la figura de san Juan Bautista es un modelo maravilloso. Anunciemos también nosotros el evangelio de Jesús y seamos un ejemplo para la sociedad en la que nos ha tocado vivir, como lo hizo san Juan. Debemos seguir a nuestro Maestro, Cristo Jesús, con la misma humildad y con la misma valentía con que lo hizo el Precursor y preparémonos para recibir plenamente durante este Adviento el bautismo de Jesús, dejándonos llenar de su Espíritu Santo. Y terminemos diciendo con el salmo responsorial: “confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor”.

Gabriel González del Estal

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OYENTES Y PRACTICANTES

BIENAVENTURADOS LOS QUE ESCUCHAN LA PALABRA

Jesús echa en cara al pueblo judío no haber acogido el mensaje de conversión del Bautista (Mt 11,18-19); pero, como todos los profetas, tiene un grupo, “el pequeño resto” que se deja interpelar. Lucas se refiere a él en el relato evangélico de hoy. Se trata de un puñado de personas sencillas y sinceras que el evangelista presenta como modelos de escucha. No se trata, precisamente, de “piadosos”, sino, más bien, de excluidos, soldados, publícanos, gente marginal, pero con el corazón bien dispuesto. Ellos acogen el mensaje de salvación que los “piadosos”, escribas y fariseos, rechazan.

En ellos se cumple la bienaventuranza de Jesús: Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra (Le 11,28). En esto consiste la conversión. Pero, ¿por donde empezar? ¿Cómo desencadenar el proceso de conversión? Hemos de empezar por la escucha de la Palabra y por el esfuerzo de traducirla en hechos diarios. Juan Pablo II no cesa de llamar a la conversión y señala como punto de arranque la escucha de la Palabra.

Los oyentes del Bautista, como más tarde los oyentes de Pedro, responden adecuadamente a la palabra interpeladora del Señor: “¿Qué hemos de hacer?” (Hch 2,37). No se contentan con asentimientos de cabeza ni con decir: “Tiene más razón que un santo”; no se contentan con escuchar la Palabra, sino que quieren ponerla por obra. Vienen a decir a Pedro: “Queremos llevar la Palabra a la vida. Queremos empezar a actuar ya. ¿Qué te parece que hagamos?”. Quieren orientaciones concretas, verificables.

Según Jesús, “mi madre y mis hermanos son los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen por obra” (Le 8,21). Asegura también: “El que edifica sobre mi palabra, edifica sobre roca; el sordo edifica sobre arena” (Cf. Mt 7,24-27). En

la parábola del sembrador Jesús pone de manifiesto las formas tan distintas de acogida a la semilla de la Palabra (Me 4,1 – 20). Santiago, refiriéndose a la superficialidad con que muchos acogen la Palabra, señala: “Se miran en su espejo, se ven tiznados; pero salen de la celebración y se olvidan de limpiarse el rostro” (St 1,23-25).

 

CONSERVAR, MEDITAR, PROYECTAR LA PALABRA

María nos da la pista para saber qué hemos de hacer con la palabra escuchada. Antes de nada es preciso “conservarla”; después “meditarla” para asimilarla fecundamente y convertirla en oración-respuesta y en pauta de vida.

Un grave peligro que es también un error: muchos escuchan atentamente; asienten, a veces incluso visiblemente con la cabeza, pero creen que ya cumplen con haber escuchado, con haber estado en “misa”. Terminada la “misa”, pasan página, y hasta otro domingo. Escuchar la Palabra no es algo puramente pasivo; significa también comprenderla, asimilarla… Cuando termina de hablar el que proclama la Palabra, empieza la tarea del oyente.

Tenemos el riesgo de confundir la fecundidad de la palabra con las emociones que provoca en nuestro corazón, tan sensible y emotivo. Éstas son, sin duda, un efecto positivo; pero no son, ni mucho menos, un efecto suficiente. Cuenta el Abbé Pierre que después de algunas intervenciones suyas en la radio o la televisión, le llamaban con cierta frecuencia personas, sobre todo mujeres, para decirle: “Me ha conmovido usted hasta las lágrimas cuando le he oído describir esas situaciones tan dramáticas que tiene entre manos y las dificultades con las que tiene que luchar para solucionarlas”. Al ver que todo quedaba en lágrimas inútiles, él contestaba: “Sí, muy bien, señora; pero me temo que con sus lágrimas no voy a poder dar de comer a los sin techo que tenemos en nuestro refugio”…

Otro engaño muy frecuente son los deseos muy generosos, pero muy genéricos: “Voy a ser más humano”, “voy a darme más a los demás”, “voy a cooperar más con la Iglesia”, “voy a hacer más oración”… Supone, sin duda, una respuesta positiva a la Palabra de Dios, pero si no se concretan muy bien los compromisos, todos estos grandes deseos pueden convertirse en un autoengaño que tranquiliza la conciencia.

Como los oyentes del Bautista hemos de preguntarnos: ¿Qué hemos de hacer? ¿En quién y cómo voy a expresar mi solidaridad? ¿Con quien y cómo he de compartir la túnica o las sandalias repetidas que tengo? ¿Cómo voy a mejorar mi oración? ¿Qué injusticias puedo remediar? Lo confieso: A veces termina uno las celebraciones un poco decepcionado. Has trasmitido la Palabra del Señor que invita a cosas bien concretas, reclama respuestas bien concretas, pero los oyentes no vienen a preguntar como hicieron los de Juan el Bautista y los de Pedro (Le 3,10; Hch 2,17).

Existe otra forma de autoengaño que señala san Ignacio con mucha perspicacia. Es la de quien dice: Algo hay que hacer para responder a la Palabra de Dios; pero se engaña con el pago de la menta y el comino, con pequeños gestos que no cambian ni comprometen especialmente la vida: alguna limosna más, algún rato más de oración, un pequeño servicio a la comunidad, a los pobres, a una acción social. Es loable, pero… ¿es lo que agrada al Señor?

¿QUÉ HEMOS DE HACER NOSOTROS?

Los oyentes de Juan el Bautista preguntan muy responsablemente: ¿Qué hemos de hacer “nosotros”? La tentación nuestra de cada día es desviar las interpelaciones de Dios a otros: “Si el Gobierno se empeñara… si el obispo hiciera… si nuestro párroco se moviera un poco más… si los sindicatos apostaran firme… si las grandes fortunas compartieran… Eso será lo que tienen que hacer ellos, pero es preciso preguntarse como los oyentes del Bautista: ¿Qué tenemos que hacer “nosotros”?, ¿qué tengo que hacer “yo”?, ¿qué he de aportar “yo”?

Le preguntaba un periodista a la madre Teresa de Calcuta: “¿Cuándo y cómo se remediará la tragedia del hambre en el

3.° Domingo de Adviento 33 mundo?” esperando, sin duda, que le iba a dar respuestas

genéricas y soluciones estructurales. Ella le responde mansa pero enérgicamente: “Cuando usted y yo gastemos menos y compartamos más”. Le responde, justamente, lo que hoy pregona el Bautista. Como os podéis imaginar, el periodista se quedó de una pieza. ¡Cómo cambiaría nuestro entorno, la familia, nuestra comunidad cristiana, la misma sociedad si cada uno se preguntase qué tiene que hacer para que las personas que le rodean sean un poco más felices!

A la pregunta que le hacen los oyentes, Juan (¡qué significativo!) no les invita a las prácticas religiosas, no alude a rezos y cumplimientos, sino a los deberes sociales, porque los deberes sociales son también deberes religiosos. También él, como los grandes profetas del pueblo de Dios, reclama una religiosidad verdadera, que va más allá del mero culto ritual y se encarna en la justicia, el respeto a los derechos del otro y en la actitud samaritana que lleva a compartir con generosidad.

Estamos tan cerca de Dios Padre-Madre como lo estamos de nuestros hermanos, los hombres.

Compartir es el gran signo de la conversión. “Creer es compartir”, repite insistentemente monseñor Casaldáliga. Compartir también los bienes materiales. Un teólogo seglar ha dicho muy lúcidamente: “La conversión pasa por el bolsillo”. El cardenal Lercaro tenía inscrito en el frontis del altar de su capilla particular: “Si compartimos el pan del cielo, ¿cómo no vamos a compartir el pan de la tierra?”. El compartir de los cristianos ha de ser generoso y gozoso. “Generoso”, que implica no dar sólo las sobras; al contrario, hay que dar con alegría. Esto es lo que recomienda Pablo a los corintios: “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7). “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).

 

Atilano Alaiz

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Domingo II de Adviento

Ya desde el comienzo mismo de su Evangelio nos pone Lucas frente a frente a los poderosos de este mundo por una parte y a los débiles y pequeños por otra. Esa larga lista de personajes que se nos describen al comienzo del texto que acabamos de escuchar no constituyen una mera prueba de erudición. Nos sitúa más bien a Jesús frente a los poderes: el del Imperio Romano representado por el emperador Tiberio y su gobernador en Judea, Poncio Plato; el del reyezuelo fantoche de Galilea, Herodes y su hermano Filipo, y el de los jefes religiosos del pueblo judío, Anás y Caifás. Ahora bien, van a ser esos tres mismos poderes los que tramarán para llevar a Jesús a la muerte.

Por parte de los pequeños, nos encontramos con Juan Bautista que no vive en palacios reales, sino más bien en el desierto. Desierto que simboliza los cuarenta años del Pueblo escogido en el desierto; y para describir la misión de Juan, utiliza Lucas la profecía de Isaías que anuncia el fin del destierro de Babilonia.

Juan predicaba en el desierto de Judá, cerca de Jericó, no muy lejos de Qumrán. Ir de Jerusalén a Jericó por avión no cuesta en nuestros días más que un par de minutos. Pero ir por el camino de la época de Jesús constituía toda una auténtica empresa. Era preciso bajar varios cientos de metros, desde las altura de Jerusalén hasta el nivel del Mar Muerto, utilizando senderos sinuosos por en medio de las montañas majestuosas del desierto de Judá, impresionantes por su desnudez, y peligrosas toda vez que cada curva constituía el rincón ideal para una emboscada. Nada, pues, tiene de extraño que cuando quiere Juan llamar al pueblo a la conversión, las palabras que le vienen a la mente sean las del profeta Isaías:

“Preparad el camino del Señor,  enderezad sus sendas;

Todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado;

Lo tortuoso se hará recto

Y las asperezas serán caminos llanos;

Y todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 4-6)

Lenguaje cuajado de simbolismo que se llegaba a sus oyentes mejor que lo pueda hacer a nosotros.

Cuando leemos en nuestros días esas palabras de Juan, tendemos a darles sin más un sentido moral, es decir, que debemos cambiar nuestros caminos, que es preciso que cambiemos de conducta, que dejemos de hacer el mal y nos pongamos a hacer el bien, etc.

Lo cual es bueno sin duda alguna, pero no creo yo que haya sido eso lo que quería decir Juan.

Juan utilizaba ciertamente ese texto en el sentido que tenía en su contexto original, que era la descripción del esposo que corría a través de las colinas para encontrarse con su amada, volando en cierta manera por valles y colinas.

Por otra parte, las primeras lecturas de la Misa nos ofrecen un sabor plenamente terreno. Nos recuerdan que nuestra fe no es en manera alguna una creencia desencarnada en un Dios lejano. Es una fe encarnada, porque Dios ha querido tomar carne, porque ha vivido nueve meses en el seno de María y ha dado comienzo a su ministerio unos treinta años más tarde en un momento bien preciso, totalmente identificable, de la historia, en un lugar bien concreto.

Hombres y mujeres de nuestros días nos vemos confrontados con dos tentaciones: la de perdernos en el gozo de la creación, hasta convertirnos en esclavos de ella, hasta el punto de olvidar a Dios, y la de pretender perdernos en Dios en una especie de unión de fusión, dejando de lado la creación. Ceder a la primera tentación constituye una locura; ceder a la segunda no pasa de ser una ilusión.

La Carta a los Filipenses tan rica n su proclama de la humanidad de Dios, nos enseña cuál es el camino que en verdad hemos de seguir, camino que es el del amor – amor no sólo de nuestro prójimo, sino de toda la creación.

“En mi oración pido que vuestro amor os haga progresar cada vez más en el conocimiento verdadero y en la más perfecta clarividencia que os hagan discernir lo que mayor importancia tiene”

Como el esposo del Libro de Isaías que corría al encuentro de su amada, con sus pies que apenas rozaban las cumbres de las montañas, vayamos presurosos al encuentro de Cristo que se llega a nosotros, con todo el frescor de corazones llenos de amor y que se vuelven a Él.

A. Veilleux

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Domingo II de Adviento

No podemos tener seguridad de que Lucas acierta en la fecha y en las autoridades que tenían el poder político y religioso cuando Juan Bautista empezó a predicar su mensaje, como preparación para el comienzo de la vida pública de Jesús. Lo que aquí interesa no es la exactitud histórica. Lo que importa es que Lucas ya se dio cuenta de que el Evangelio de Jesús no se puede anunciar desde la “intemporalidad”. Cuando el anuncio del Evangelio prescinde de la política y de la religión, el Evangelio no pasa de ser “palabras”, “palabras”, “palabras”. Mera palabrería que no dice nada, ni resuelve nada.

Juan, hijo de un sacerdote judío (Zacarías), no aparece ni asociado a la religión oficial, ni sirviendo en el Templo. La Palabra de Dios se hace presente en el desierto, lugar de anacoretas, situación de “ausencia ilegal”. Porque al desierto se iban, con frecuencia, los descontentos con el sistema legal y fiscal, con las autoridades. “Gente sospechosa”. De entre esa gente, vino la Palabra de Dios al mundo. El Evangelio es desconcertante.

Y desde lo desconcertante, Juan le decía a la gente que iba a oírle, palabras que se inspiran en el profeta Is 40, 3-5. El resumen de su discurso consiste en decirle a todo el mundo que el Señor se acerca y viene cuando se prepara el camino para ello. La preparación consiste en allanar dificultades, en igualar desigualdades. Cuando la vida se le hace más fácil a la gente, cuando se recortan las desigualdades, cuando se dignifica lo insignificante, es que Dios se acerca. Y Jesús se presenta en nuestra vida.

José María Castillo

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Domingo II de Adviento

1. Situación

En la vida del creyente, hay un acontecimiento que siempre le hace tomar conciencia de quién es Dios y qué historia está viviendo: la Palabra. Esta está dada, y puede ser utilizada como un saber preestablecido. Pero, en cuanto es escuchada en la fe, se revela en lo que verdaderamente es: revelación de Dios que irrumpe en nuestra historia.

No necesita resplandecer como un signo milagroso, con acciones extraordinarias. Ella es omnipotente al estilo del amor de Dios, que coincide muy poco con lo que nosotros esperamos de la omnipotencia.

¿Has experimentado alguna vez la fuerza única de esta Palabra? En ese caso, tienes experiencia de Adviento.

2. Contemplación

Contempla la serena certeza con que el evangelista interpreta la Historia.

– En los anales del Imperio Romano se habla de las glorias de Tiberio César.

– En los del judaísmo, de los poderes establecidos (Anás y Caifás) y de los movimientos mesiánicos que en aquella época están en plena ebullición.

– Lucas sabe dónde se está jugando la verdadera historia de Dios y del hombre, en la orilla del Jordán, en una zona marginal del Imperio, en las palabras de un hombre que reproduce la antigua tradición, casi olvidada, del profetismo judío.

Desde esta perspectiva no suenan exageradas las palabras de Baruc (primera lectura). Ciertamente, no hay proporción entre lo que está ocurriendo en el Jordán y lo que anuncia el profeta; pero tampoco la había cuando fueron dichas, en el pos-texilio, época de profunda postración para Israel. ¡Así es Dios!

Tampoco la hay entre el pequeño puñado de cristianos, a los que escribe Pablo, y la tranquilidad con que se afirma lo que significa la existencia cristiana en medio del mundo, anticipando el Día definitivo de la humanidad.

¿Ilusión o fe?

3. Reflexión

¿Por qué estamos tan seguros de nuestra lectura de la Historia y nos identificamos con los anuncios proféticos? Porque así lo hemos visto hecho realidad en la vida, mensaje, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazaret. El es la Palabra, y en El se ha revelado la presencia salvadora de Dios que conduce la historia.

¿Por qué nos cuesta, más bien (habría que dar la vuelta a la pregunta), entender el estilo de Dios?

No es problema de argumentación racional, sino de experiencia viva, de cómo abordamos la existencia.

Para quien busca la apariencia, lo maravilloso y socialmente brillante, la historia de Dios (Israel, Jesús) es demasiado oculta para ser, efectivamente, divina.

Lo malo es que ahora vivimos en una Iglesia con fuerza social, y tenemos mil razones (entre ellas, la verdad del Evangelio) para creer que lo mejor para el hombre es que la Iglesia influya… Nos incapacitamos para percibir los verdaderos signos del Reino, que siempre se dan a otro nivel.

No se trata de caer en otra ideología: la subida de las masas al poder, la fuerza redentora de los pobres… El cristiano tiene otra onda y, como primer criterio, que nadie puede apropiarse la acción de Dios.

Por eso, siempre vuelve a la Palabra. En ella percibe la acción de Dios. Pero tampoco la sacraliza, pues no es Palabra de Dios sino en cuanto se refiere a Jesús y es releída y actualizada permanentemente por el Espíritu Santo.

La Palabra no debe ser otro modo de apropiarse de Dios.

4. Práctica

Tu Adviento no es un posible, sino una realidad dada, aunque percibida sólo en la fe. ¿Por qué no intentas leer los signos de la Salvación en tu vida ordinaria?

Por ejemplo:

– Lo que Dios está despertando dentro de ti, cuyo posible despliegue ni siquiera sospechas.

– Personas concretas, sin relevancia social, pero en torno a las cuales se está haciendo una historia de libertad y esperanza, en todos los campos: familiar, educativo, laboral, de evangelización…

Javier Garrido

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Domingo II de Adviento

La reflexión del domingo pasado nos recordó que el hombre actual no es el término de la evolución, de modo que podamos considerarlo como el tipo “definitivo” de lo que es “ser” hombre, sino que es “algo” que está en camino hacia su definitiva forma corporal y técnico-cultural.

Cómo pueda ser el aspecto, la cultura y la técnica del hombre de dentro de mil años, si es que antes no hemos destruido el mundo, es un gran enigma para nosotros que nos sitúa en la enorme responsabilidad de poner los fundamentos morales para que el mundo que nos toca vivir y el del futuro que vamos alumbrando, sea un paso adelante, hasta la consecución de una humanidad perfecta.

Recordando a Nietzsche en su famoso pensamiento de que el hombre actual es una flecha entre el mono y el superhombre, la liturgia de adviento nos recuerda que el hombre actual es una flecha entre los prehomínidos y el hombre perfecto, maduro, a la medida de Cristo, como les decía San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef. 4, 13-16)

Es en este punto en el que Jesús juega un papel importante en ese proceso.

La humanidad marchaba y sigue marchando descaminada. Si Jesús pudo decir de la gente de su tiempo que andaban como ovejas sin pastor, hoy podría decir algo muy semejante: la humanidad actual navega como barco sin brújula.

El siglo XXI goza de grandes avances técnicos abiertos a posibilidades desconocidas y grandes ideas religiosas, sociales, políticas, como las que aparecen en la declaración Universal de los Derechos Humanos. Es verdad, pero junto a toda esa riqueza cultural alcanzada, padecemos una seria desorientación que constantemente nos está haciendo preguntarnos “Adónde vamos”

El avance técnico no ha ido al mismo ritmo que el moral y hoy experimentamos, sufrimos, un desfase enorme entre grandes pensamientos y mezquinos comportamientos. La sociedad ha entrado en una fortísima crisis a la que no se ve una salida, al menos, de momento.

Hambre, ignorancia, guerras, pobreza, violencia, dolor, sufrimiento nos rodean por todas partes. La inmensa mayoría de la humanidad vive todavía en condiciones infrahumanas. Los problemas de las migraciones ponen ante los ojos la insuficiente formación moral de la humanidad.

Es verdad que hay mucho bueno y muchas buenas gentes, es algo que no debemos olvidar, pero nadie se atrevería a dar un veredicto satisfactorio a la hora de enjuiciar la situación actual.

La venida de Jesús al mundo supuso la aportación de una ruta segura en dirección al hombre perfecto. Su presencia entre nosotros es la de un modelo que nos ofrece una meta alcanzable y segura en el proceso evolutivo de la humanidad. Jesús nos ofrece un punto de llegada en nuestro devenir histórico.

Todavía estamos a tiempo de variar el rumbo si sabemos mirar en la dirección correcta. Esa es la gran oferta de Jesús de Nazaret: Ejemplo os he dado para que vosotros hagáis como yo he hecho. Podríamos traducirlo: ejemplo os he dado par que vosotros seáis como yo he sido. Su enseñanza teórica y práctica es la gran aportación de Dios al proceso evolucionista del animal humano.

No estamos a oscuras, si no queremos estarlo. Hay una luz que ha venido precisamente para eso, para iluminar nuestra vida. Todos nosotros, a pesar del sofisma del mundo encanallado, que diría Kipling, tenemos un referente claro al que mirar y elegir como estilo de vida.

Ante nosotros se abre un camino de esperanza anunciada en la primera lectura: (Bar. 5, 1-9) Jerusalén, quítate tu ropa de luto y aflicción y vístete para siempre la magnificencia de la gloria que te viene de Dios.

La desorientación moral del mundo actual no es una situación definitivamente desesperada. NO. Hay solución, hay programa para construir una civilización verdaderamente civilizada. La solución es acercarnos a Jesús y preguntarle también nosotros: Señor, ¿que quieres que yo haga?. Precisamente ese será el tema del próximo domingo, si Dios quiere.

Hoy nos quedamos insistiendo en la responsabilidad que todos nosotros tenemos como ciudadanos del mundo y creyentes en Jesús de empujar la evolución hacia la consecución de unas personas y un mundo verdaderamente HUMANO.

Es este, el tiempo de Adviento, la gran oportunidad de plantearnos seriamente nuestra decisión sobre el presente y el futuro del hombre. No lo malgastemos, no lo dejemos pasar a lo tonto. Escuchemos la exhortación de Pablo a Tito: llegar limpios a la cita con Jesús. [segunda lectura: Fil. 1, 4-6, 8-11)

El futuro está en nuestras manos si acertamos a encontrarnos con Jesús que viene.

Que así lo hagamos para que la Navidad, la venida de Jesús al mundo, no sea solo un recuerdo nostálgico, sentimental reducible a unos adornos navideños y a un Belén en nuestras casas. Esforcémonos porque la llegada de Jesús la entendamos como la real presencia de Jesús en el complicado proceso de la evolución de la humanidad y del cosmos en pleno. Así es como se cumplirá aquello que anunciaba la (tercera lectura, Lc.3,1-6) que toda carne verá la salvación. AMÉN

Pedro Sáez

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Recuperar caminos

Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente. Basta seguir la tendencia general de nuestros días e instalarse en la indiferencia religiosa. Poco a poco, Dios desaparece del horizonte. Cada vez interesa menos. ¿Es posible recuperar hoy caminos nuevos hacia Dios?

Tal vez, lo primero sea recuperar «la humanidad de la religión». Abandonar caminos ambiguos que conducen hacia un Dios interesado y dominador, celoso sólo de su gloria y poder, y en definitiva poco humano, para abrirse a un Dios que sólo busca y desea, desde ahora y para siempre, lo mejor para nosotros. Dios no es el Ser Supremo que aplasta y humilla, sino el Amor Santo que atrae y da vida. Las personas volverán a Dios, no atraídas por lo «tremendum» sino por lo «fascinans» de su misterio.

Es necesario, al mismo tiempo, ensanchar el horizonte de nuestra vida. Estamos llenando nuestra existencia de cosas y nos estamos quedando vacíos por dentro. Vivimos informados de todo, pero ya no sabemos hacia donde orientar nuestra vida. Nos creemos los seres más inteligentes y progresistas de la historia, pero no sabemos entrar en nuestro corazón, meditar, orar o dar gracias. Sólo camina hacia Dios el que no está satisfecho con el lugar actual y busca uno nuevo para existir.

Es importante, además, buscar un «fundamento sólido» a la vida. ¿En qué nos podemos apoyar en medio de tanta incertidumbre y desconcierto? La vida es como una casa: hay que cuidar la fachada y el tejado, pero lo importante es construir sobre cimiento seguro. Al final, siempre necesitamos poner nuestra confianza última en algo o en alguien. ¿No será que necesitamos a Dios?

Para recuperar caminos hacia Dios necesitamos aprender a callar. A lo más íntimo de la existencia se llega, no cuando hablamos y nos agitamos, sino cuando hacemos silencio. Cuando la persona se recoge y está callada ante Dios, el corazón tarde o temprano comienza a abrirse.

Se puede vivir encerrado en uno mismo, sin caminos hacia nada nuevo y creador. Pero se puede también buscar nuevos caminos hacia Dios. A ello nos invita el Bautista.

José Antonio Pagola

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