Lectio Divina – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer

INTRODUCCION

“El tema de este domingo prolonga el de muchos domingos anteriores. Sigue la pregunta: ¿En quién debemos poner la confianza? Hasta hoy nos había dicho de diversas maneras: no pongas tu confianza en las riquezas, pero hoy da un paso más y nos dice: no la pongas en tus «buenas obras». Confiar en Dios es también incompatible con la confianza en los propios méritos. Los que se pasan la vida acumulando méritos, no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio; ésta era la actitud de los fariseos que Jesús tanto criticó. El cumplimiento de las normas por pura obligación no te enriquece como ser humano. Lo que haces por verdadero amor no te salva, sino que manifiesta que ya has hecho tuya la salvación de Dios”. (Fray Marcos).

LECTURAS

Habacuc 1,2-3.2,2-4) 2 Timoteo 1,6-8.13-14

EVANGELIO

Lucas (17,5-10):

“En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ¿ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “¿Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

Siempre hay que vivir de fe, pero en algunas circunstancias, hay que vivir de “sola fe”.  Y lo que nos dice Jesús es que: “Si tuviéramos fe como un granito de mostaza” haríamos prodigios. Con algo tan insignificante…haríamos maravillas. Hasta moveríamos montañas. No se trata de “cantidad” sino de “calidad”. ¿Y, ¿cómo es esta fe de calidad? Nos ayuda la liturgia de este Domingo. Nos basamos en las tres lecturas de hoy.

Primera Lectura. VIVIR DE FE. Es del profeta Habacuc El pueblo está sufriendo una gran crisis económica. Tal vez no ha llovido y ha habido una malísima cosecha…Y el profeta alienta al pueblo a tener fe. ¿de qué fe se trata? Este mismo profeta es el que dice: “Aunque la higuera no echa yemas, y la vid ya no da frutos; aunque el olivo ha olvidado su aceituna, y los campos no dan cosechas…Aunque faltan las ovejas en el redil y no tenemos vacas en el establo…Yo exultaré contigo y te alabaré”… Fe es fiarse plenamente de Dios. Cuando todo nos va mal, cuando materialmente apenas nos queda nada, el de fe auténtica, ¡dice! ¡Aún me queda Dios! ¡Nada más! Y ¡nada menos! San Francisco, hijo de un rico comerciante, renunció a todo y se quedó desnudo en la calle, exclamando: ¡Dios mío y todas las cosas! Y añadió: “Para vivir yo necesito poco y eso poco lo necesito muy poco”. Es lo que diría Teresa de Jesús: ¡Sólo Dios basta!

Segunda lectura. AVIVAR LA FE. “Te exhorto a que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de las manos”. Alude a la ordenación sacerdotal cuando a Timoteo le ungieron las manos con el sagrado crisma.  ¡Cuánta ilusión! Y al pasar los años ha caído sobre las brasas de un amor encendido, la ceniza del aburrimiento, de la desgana, la apatía… San Pablo le invita a soplar, a reanimar. Debajo de las cenizas puede haber todavía un rescoldo de fe. “Creí mi hogar apagado y revolví la ceniza… Me quemé la mano” (Antonio Machado). Siempre puede renacer el “amor primero”.  Esto que se dice del sacerdote, se dice también de los casados. ¿Quién ha dicho que la etapa del enamoramiento termina cuando uno se casa?  Lo ideal es vivir siempre enamorados.

Tercera lectura. LA FE NO SE PUEDE COMPRAR. Jesús nos dice que no podemos ir por la vida haciendo las cosas para que nos recompensen.  Y esto ¿Cuánto vale? ¿Y esto a cambio de qué? A cambio de nada. Hay que encontrar la felicidad en hacer bien las cosas, aunque el mundo no nos lo recompense. Dios es el mejor pagador. Me fío de Dios y sé que, haciendo lo que a Él le agrada, yo sentiré por dentro una satisfacción que nadie en este mundo me podrá dar. En este mundo: Si ha habido un buen político, hay que dedicarle una calle. Si por el pueblo ha pasado un buen médico, hay que dedicarle una plaza. Y si ha habido un buen sacerdote, hay que condecorarle con medallas…El político, el médico y el sacerdote, cuando han hecho bien las cosas no han hecho otro coso sino lo que tenían que hacer. Debemos cultivar la virtud de la gratuidad. Todos los días te regala Dios el sol… y el aire, y la lluvia… Y, sobre todo, el amor. ¿Cuánto le pagas a Dios? ¿Qué rentabilidad nos cobra por tantas cosas tan hermosas? Sólo cuando nos sentimos que somos un regalo de Dios estamos en condiciones de hacer de nuestra vida un regalo para los demás.

PREGUNTAS.

1.- ¿Entiendo la fe como un fiarme plenamente de Dios?

2.- ¿Sé reavivar la fe cuando siento que se va apagando?

3.- ¿Vivo mi fe en pura gratuidad? ¿Me encanta dar vida, regalar vida a Dios y a mis hermanos?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Hoy, Señor, también nos dices:
«Es vuestra fe muy escasa,
más delicada y pequeña
que un granito de mostaza».
Lo mismo que tus discípulos
rezamos nuestra plegaria:
«Auméntanos nuestra fe.
Haz fuerte nuestra esperanza»
No te pedimos, Señor,
fe para mover montañas
o que una morera plante
sus raíces en el agua.
Sólo queremos, Señor,
una fe de andar por casa,
pero «fe de calidad»
para acoger tu Palabra.
Una fe humilde, sencilla,
generosa, con dos caras:
una que mire hacia Ti,
otra a la familia humana.
Somos, Señor, siervos tuyos,
atentos a tus miradas.
En hacer lo que nos mandas
encontramos nuestra «paga»
Tú, Señor, que nos invitas
a servir, por pura gracia,
que nos sorprenda «sirviendo»
el sol de cada mañana.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Lectio Divina – Sábado XXVI de Tiempo Ordinario

“ALEGRAOS DE QUE VUESTROS NOMBRES ESTÁN ESCRITOS EN EL CIELO”

1.- Oración introductoria.

Hoy, Señor, vengo contento a la oración porque así me lo pides Tú. Quieres que participe de la alegría de aquellos 72 discípulos que se llenaron de gozo en su misión. Yo también quisiera encontrar mi gozo en mi trabajo apostólico, haciendo siempre lo que a Ti te gusta, lo que a Ti más te agrada.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 10, 17-24

                   En aquel tiempo, regresaron los 72 llenos de alegría, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos». En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

“La alegría más grande”. Hay una sana alegría, la que procede de la propia misión, la de hacer el bien, la de constatar que el mal no triunfa y que los enemigos de Dios no tienen la última palabra. Eso les pasó a los discípulos de Jesús. Pero Jesús alude a otra alegría más honda, más profunda: la de saber que nuestros nombres están escritos en el cielo. La alegría que procede de nuestros triunfos pastorales es peligrosa porque puede estar contaminada de egoísmo, de auto-complacencia, y de orgullo personal. Jesús nos invita a elevar nuestra mirada al cielo donde están escritos no nuestros trabajos, nuestros méritos, sino nuestros nombres. El que tiene escritos nuestros nombres en el cielo es nuestro Padre Dios. Ese Padre que se revela a los pequeños y sencillos, a los que se dejan querer, a los que se sienten felices porque Dios es su Padre y saben que Él disfruta con sus hijos pequeños. La obsesión de Jesús era complacer a su Padre, hacer lo que a Él le gustaba, tenerlo siempre contento. No puede haber alegría mayor que el obrar con la única finalidad de ver disfrutar al Padre Dios.

Palabra del Papa

“Siempre como misioneros del Evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca. Todos deben ser misioneros, todos pueden escuchar la llamada de Jesús y seguir adelante y anunciar el Reino.

Dice el Evangelio que estos setenta y dos regresaron de su misión llenos de alegría, porque habían experimentado el poder del Nombre de Cristo contra el mal. Jesús lo confirma: a estos discípulos Él les da la fuerza para vencer al maligno. Pero agrega: “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo”. No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Protagonista es la gracia del Señor. Él es el único protagonista. Nuestra alegría es sólo esta: ser sus discípulos, sus amigos. Que la Virgen nos ayude a ser buenos obreros del Evangelio”. (S.S. Francisco, 7 de julio de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.-Propósito. En este día voy a estrangular mi egoísmo pensando en obrar sólo por agradar a Dios.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, al acabar esta oración me siento enriquecido porque he descubierto una manera nueva de alegrarme: no me voy a alegrar porque me salgan bien las cosas, ni por mis propios méritos, sino porque yo, pobre criatura, puedo ser motivo de tu alabanza, de tu complacencia. Me apasiona el sólo pensar que Tú puedes disfrutar conmigo ¡Con lo poco que soy!

Lectio Divina – Viernes XXVI de Tiempo Ordinario

¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Betsaida!

1.-Oración introductoria.

Señor, en el evangelio de este día me invitas a “ensanchar mi corazón”. Normalmente las religiones tienden a cerrarse, para no contaminarse; también la religión judía, también las cristianas. Pero en el evangelio yo no encuentro una parábola que diga: El reino de los cielos se parece a una cesta de manzanas que, si se pudre una, contamina a las demás. Sí encuentro unas palabras de Jesús que dicen: “el reino de los cielos es semejante a la levadura que pone una mujer en la artesa y hace fermentar toda la masa”. La cizaña no tiene miedo al trigo ni el bien al mal. Gracias, Señor, por esta visión tuya tan positiva.

2.- Lectura reposada del evangelio. Lucas 10, 13-16

«¡Ay de ti, Corozazin! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La expresión ¡Ay! repetida expresa una lamentación por parte de Jesús, pero no una condena. Jesús ni condena, ni castiga, ni amenaza. Es importante descubrir estos sentimientos tan nobles y tan profundos de Jesús para cambiar nuestras actitudes de enfrentamiento, de venganza y de rechazo. Demás hemos sufrido a lo largo de la historia con tantas guerras de religiones. Y, sobre todo, demás hemos hecho sufrir a nuestro Padre Dios por matarnos unos a otros. En realidad, todas las guerras son “fratricidas”. No hay guerras de naciones contra naciones, de religión contra religión, de hombres contra hombres. Todas son guerras de “hermanos contra hermanos”. La historia es vieja y se repite: “Caín sigue matando a Abel, su hermano”. El enfrentamiento de los hermanos afecta a la creación entera. Somos los hombres los que destruimos bosques, quemamos mieses, ensuciamos ríos y contaminamos los mares. Somos las personas las que destruimos “nuestra casa común”, como ha dicho el Papa Francisco.

Palabra autorizada del Papa

“Cuando nosotros estamos en tentación, no escuchamos la Palabra de Dios: no escuchamos, no entendemos, porque la tentación nos cierra, nos quita cualquier capacidad de previsión, nos cierra cualquier horizonte, y así nos lleva al pecado. Cuando estamos en tentación, solamente la Palabra de Dios, la Palabra de Jesús nos salva. Escuchar la Palabra que nos abre el horizonte… Él siempre está dispuesto a enseñarnos como salir de la tentación. Y Jesús es grande porque no solo nos hace salir de la tentación, sino que nos da más confianza. Esta confianza es una fuerza grande, cuando estamos en tentación: el Señor nos espera, se fía de nosotros así, tentados, pecadores, siempre abre horizontes. Y viceversa, el diablo con la tentación cierra, cierra, cierra”. (Cf. S.S. Francisco, 18 de febrero de 2014, homilía en Santa Marta)

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio).

5.-Propósito. Voy a fijar un día para mi próxima confesión sacramental.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, al terminar esta reflexión, quiero volver a tu proyecto original del Paraíso. Quiero que sople sobre el jardín, esa “suave brisa” signo de tu presencia. Con ella vendrá la paz y la armonía sobre la familia humana y sobre la obra de la Creación. Si por un hombre, Adán, vino la destrucción y la muerte, por otro hombre, llamado Jesús, nos ha venido la restauración y la vida. ¡Gracias, Señor!

Lectio Divina – Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño

1.- Introducción

Señor, en este día en que se celebra de un modo especial a San Miguel Arcángel, yo te pido en este rato de oración que Tú, Dios mío, seas siempre lo primero, lo absoluto, lo definitivo para mí. Que jamás me apoye en ídolos de barro, en dioses falsos que, al poner mi corazón en ellos, me vacían, me frustran, me decepcionan. Haz que Tú seas para mí “el Dios de mi vida”, el que me empuja a vivir y gozar de tantas cosas buenas y bonitas que has creado para que yo las disfrute.

2.- Lectura reposada del evangelio Juan 1, 47-51

         Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño. Le dice Natanael: ¿De qué me conoces? Le respondió Jesús: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Le respondió Natanael: Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. Jesús le contestó: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y le añadió: En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

3.-Qué dice el texto

Meditación-reflexión

En el texto de la Misa aparece la figura de Natanael como el hombre sincero, sin trastienda ni fachada, sin engaño. Jesús le alaba porque se siente a gusto con él. Está ya cansado de  la postura de los fariseos con su doble vida, con sus argumentos retorcidos, con su afán de ser alabados por el pueblo. Hoy, en el día de San Miguel, el evangelio nos habla de la misión de los ángeles: ser mensajeros de Dios entre los hombres. San Miguel es el arcángel sincero y cabal, el que defiende a Dios “con capa y espada”. No tolera que nadie le haga sombra entre todas sus criaturas: ¿Quién como Dios?  Bonita frase para el mundo de hoy que trata de orillar y silenciar a Dios. San Miguel no sólo habla sino que “grita” esa soberanía de Dios. En realidad, la verdadera “escala de Jacob” por donde Dios se comunica ahora ya no es ni Miguel ni ningún ángel sino Jesús el Hijo de Dios. Él ha descendido por esa escala y nos ha traído la bondad y la ternura de nuestro Padre Dios. Y nos ha dicho a todos algo muy importante: que todos nosotros debemos ser ángeles los unos para con los otros, ángeles de paz, de amor y de esperanza.

Palabra del Papa

“Volviendo a la escena de la vocación, el evangelista nos dice que, cuando Jesús ve que Natanael se acerca, exclama: “Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. Se trata de un elogio que recuerda al texto de un Salmo: “Dichoso el hombre […] en cuyo espíritu no hay fraude”, pero que suscita la curiosidad de Natanael, quien replica sorprendido: “¿De qué me conoces?”. La respuesta de Jesús no se entiende en un primer momento. Le dice: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Hoy es difícil darse cuenta con precisión del sentido de estas últimas palabras. Según dicen los especialistas, es posible que, dado que a veces se menciona a la higuera como el árbol bajo el que se sentaban los doctores de la ley para leer la Biblia y enseñarla, está aludiendo a este tipo de ocupación desempeñada por Natanael en el momento de su llamada”. (Homilía de Benedicto XVI, 4 de octubre de 2006).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Silencio)

5.- Propósito: Que ninguna criatura se anteponga a Dios en mi vida.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Al acabar este rato de oración te pido que yo sea “sincero” como Natanael; que no tenga miedo a la verdad; que la busque con todo el corazón, y que si me equivoco alguna vez, tenga la valentía de decir que me he equivocado. También te pido ser un “ángel de luz” para los que viven en tinieblas; un “ángel de paz” para los que viven en guerra; un “ángel de amor” para los que viven con odios.

Lectio Divina – Miércoles XXVI de Tiempo Ordinario

“TE SEGUIRÉ ADONDE QUIERA QUE VAYAS”

1.- Oración introductoria.

Señor, al iniciar esta oración, me quedo con esas palabras tuyas: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Ese vacío de cosas materiales me encanta. Ojalá pueda decirte: No me interesan las cosas de este mundo: ni la fama, ni el poder, ni el dinero. Sólo me interesas Tú. ¿Qué me podrías dar mejor que tu persona?  Todo el mundo sin Ti es una nadería. Tú y sólo Tú es aquel a quien yo quiero y a quien yo necesito.

2.- Lectura reposada del Evangelio:  Lc. 9, 57-62

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

En estos pocos versículos del texto, aparece por tres veces el verbo “seguir”. Es, claramente, una escena de seguimiento. Pero hay que tener en cuenta una cosa: De las 92 veces que aparece el verbo “seguir” en los evangelios, sólo 17 se refiere a los discípulos, todas las demás son para el pueblo fiel. La vocación a seguir a Jesús es para todos. A veces nos desconcierta el hecho de que Jesús no dejara nada escrito. Siempre que esto sucede, el protagonismo en el futuro es para la “obra escrita” y no para el autor. A Jesús le interesaba que sus discípulos dijeran sí a su persona, le siguieran, hicieran suya su vida. Discípulo de Jesús es el que sigue a Jesús, vive al aire de Jesús, y lleva adelante su proyecto, es decir, el Reino de Dios. Después, esos mismos discípulos se encargarán de poner por escrito lo que Jesús supuso en sus vidas, el cambio radical que se originó en sus personas, y la experiencia maravillosa que tuvieron después de haberle conocido. Eso, ni más ni menos, es lo que significa “seguir a Jesús”. Y eso es lo que Jesús nos pide hoy a todos nosotros.

Palabra del Papa.

“Jerusalén es la meta final, donde Jesús, en su última Pascua, debe morir y resucitar, y así llevar a cumplimiento su misión de salvación. Desde ese momento, después de esa “firme decisión”, Jesús se dirige a la meta, y también a las personas que encuentra y que le piden seguirle les dice claramente cuáles son las condiciones: no tener una morada estable; saberse desprender de los afectos humanos; no ceder a la nostalgia del pasado. Pero Jesús dice también a sus discípulos, encargados de precederle en el camino hacia Jerusalén para anunciar su paso, que no impongan nada: si no hallan disponibilidad para acogerle, que se prosiga, que se vaya adelante. Jesús no impone nunca, Jesús es humilde, Jesús invita. Si quieres, ven. La humildad de Jesús es así. Él invita siempre, no impone (S.S. Francisco, 30 de junio de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Guardo silencio).

5.- Propósito: Hoy me preguntaré durante el día: ¿Qué haría Jesús en este momento? Trataré de imitarle.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración. Señor, al acabar esta oración, te agradezco tus exigencias, es decir, el tomar en serio el seguimiento. Naturalmente, no interpretando tus palabras al pie de la letra, como si Tú te opusieras a que enterremos a los padres o nos despidamos de la familia. Lo que Tú quieres es que descubramos con gozo la maravillosa aventura de seguirte y no nos arrepintamos nunca de esa elección. Ese Jesús que me ha mirado, me ha llamado, y ha puesto toda su confianza en mí, no se merece el feo desplante de mirar a otro lado.

Lectio Divina – Martes XXVI de Tiempo Ordinario

Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?

1.-Introducción.

Señor, hoy te pido que me des un espíritu grande para que te sepa imitar a Ti y no caiga en la trampa de los hombres que tienen miras cortas, como los samaritanos; y espíritu vengativo, como los apóstoles. ¡Qué sería de nosotros si no estuvieras Tú! Tú eres el que ensanchas nuestra mente estrecha y dilatas nuestro corazón encogido. ¡Gracias, Señor!

2.- Lectura reposada del Evangelio. Lucas 9, 51-56

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma? Pero volviéndose, les reprendió y dijo: No sabéis de qué espíritu sois. Porque el Hijo del Hombre no ha venido a perder a los hombres, sino a salvarlos. Y se fueron a otro pueblo.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La luz brilla en las tinieblas y la grandeza de Jesús en medio de las mezquindades de los hombres. Mezquina la postura de los samaritanos que no quieren recibir a Jesús simplemente porque camina a Jerusalén, la ciudad enemiga. Y rastrera la postura de los discípulos que  quieren vengarse y le piden a Jesús que mande fuego del cielo y los arrase a todos. En medio de tanta miseria y mezquindad está la postura magnánima de Jesús que no cambia la ruta de su camino a Jerusalén, aunque sabe que le espera la muerte. Para Jesús,  lo que tiene que hacer en la vida es más importante que la vida misma. “El celo le devora”. Y Jesús es devorado por la misión que el Padre le ha encomendado. Grandeza también de Jesús frente a sus discípulos Santiago y Juan. Piden a Jesús fuego del cielo para que arrase la ciudad que no lo ha querido recibir. Jesús les regaña. Les echa en cara lo poco que han aprendido en el tiempo que llevan con Él. Ni tirando piedras se solucionan las cosas, como en el caso de la adúltera, ni con fuego material se evangeliza una ciudad. Hay que cambiar las piedras y convertirlas en perdón. Y hay que cambiar el fuego de la venganza en fuego de amor. Este fuego de amor es el que pide Jesús al Padre para que el mundo arda de ternura y de misericordia.

Palabra del Papa.

“Jesús acoge, ama, levanta, anima, perdona y da nuevamente la fuerza para caminar, devuelve la vida. Vemos en todo el Evangelio cómo Jesús trae con gestos y palabras la vida de Dios que transforma. Es la experiencia de la mujer que unge los pies del Señor con perfume: se siente comprendida, amada, y responde con un gesto de amor, se deja tocar por la misericordia de Dios y obtiene el perdón, comienza una vida nueva. Dios, el Viviente, es misericordioso” (Jornada “Evangelium Vitae, 16-6-13).

4.- Qué me dice a mí hoy este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Acordarme durante este día de la grandeza de Jesús para no encerrarme en pensamientos cortos o, peor aún, miserables.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, si me miro a mí mismo, si confío en mis fuerzas, me veo por dentro tan ruin como los samaritanos y tan deleznable como tus discípulos. Por eso quiero levantar mi mirada y mirarte solo a Ti. En Ti encuentro grandeza de alma, amplitud de miras, fuerza  ante la dificultad, voluntad insobornable ante tu misión. Sólo contigo mi debilidad se hace fuerte; mi pequeñez se hace grande; y mi miseria se convierte en misericordia.

Lectio Divina – Lunes XXVI de Tiempo Ordinario

¿Quién será el mayor?

1.- Oración introductoria.

Señor, en este día te suplico que me des “alma de niño”. Que mi único tesoro seas Tú, que no ambicione ni riquezas ni poder, ni gloria de este mundo. Yo sólo quiero ser importante por todo lo que Tú me das; y más importante todavía por lo feliz que vivo totalmente despreocupado de mis cosas, incluso de mí mismo. Como un niño me siento feliz en tus manos y todo lo espero de Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 9, 46-50

En aquel tiempo se suscitó una discusión entre ellos sobre quién de ellos sería el mayor. Conociendo Jesús lo que pensaban en su corazón, tomó a un niño, le puso a su lado, y les dijo: «El que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado; pues el más pequeño de entre vosotros, ése es mayor». Tomando Juan la palabra, dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo, porque no viene con nosotros». Pero Jesús le dijo: «No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está por vosotros».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

El ansia de ser el mayor entre los otros, de dominarlos, de disponer de ellos, responde a una inclinación muy fuerte, muy arraigada en el corazón del hombre, también en el de los discípulos. A veces, el ansia de dominar se tiene escondida o se disimula tras una máscara. Los dominadores de los pueblos se hacen llamar «bienhechores». Por eso hay que estar muy alerta para no dejarse dominar por este mal que puede arruinar a las personas. Hay que desenmascararlo a tiempo. Cuando ha habido un movimiento sísmico y pasan los técnicos para comprobar el estado de las viviendas que han permanecido en pie, lo que les interesa es saber cómo ha quedado dañada la “estructura del edificio”. Si ha sido afectada, no cabe remodelación, hay que tirarlo del todo. Según el evangelio, cuando un discípulo suyo, -sea sacerdote, obispo, o Papa- está tocado de este mal y quiere ser “el más grande” para así dominar a los demás, debe desaparecer, porque constituye un grave peligro para todo el edificio de la Iglesia.  Y ¿por qué Jesús ha sido tan exigente en este punto?  Jesús, el más grande, fue entregado en manos de los hombres a fin de que dispusieran de él. Él es el pequeño, el niño, el insignificante. En el reino de Dios inaugurado por Jesús, los pequeños vienen a ser los mayores, los humildes se convierten en señores, los dominadores se hacen esclavos. Esta revolución de los corazones tiene lugar en nombre de aquel que, siendo Hijo de Dios, inició aquí en la tierra una escalada de “descenso”. Y no puede tolerar que, entre los suyos, se de una “escalada de ascenso”.

Palabra del Papa.

“Jesús enseña a los apóstoles a ser como niños. Los discípulos peleaban sobre quién era el más grande entre ellos: había una disputa interna… el carrerismo. Estos que son los primeros obispos, tuvieron esta tentación. ‘Eh, yo quiero ser más grande que tú…’. No era un buen ejemplo que los primeros obispos hagan esto, pero era la realidad. Y Jesús les enseñaba la verdadera actitud, la de los niños. La docilidad, la necesidad de consejo, la necesidad de ayuda, porque el niño es precisamente el signo de la necesidad de ayuda, de docilidad para ir adelante… Este es el camino. No quién es más grande. Los que están más cerca de la actitud de un niño están más cerca de la contemplación del Padre”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 2 de octubre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. En este día voy a poner mi mirada en lo pobre, lo pequeño, lo humilde y sencillo que me ocurra en este día.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor por las enseñanzas de este día. Nunca me había parado a pensar en lo peligroso que es el “virus” de la autocomplacencia, del querer ser más, del querer dominar a los demás. He comprendido muy bien que el verdadero camino para ir al Padre eres Tú; y que el verdadero camino para ir a Ti es “un niño”, un niño que se siente seguro no en sí mismo sino en su papá. El niño sabe que tiene unos pies muy frágiles y se puede caer; pero también sabe que su padre tiene unos brazos muy fuertes que le sostienen.

Lectio Divina – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

Si no escuchan a Moisés y a los profetas,
no se convencerán ni aunque resucite un muerto

INTRODUCCION

“Lázaro yacía a las puertas de la casa del rico, pero éste no lo veía. ¿A dónde dirigía su mirada? ¿A los cielos para agradecer y bendecir a Dios por su riqueza?… ¿O iría repasando los nombres de los amigos invitados, para asegurarse de que no faltaba ni sobraba nadie?… ¿O miraba tal vez alrededor, para ver quienes le saludaban, quienes le aplaudían o quienes le felicitaban? No sabemos dónde dirigía su mirada ese hombre rico, pero ciertamente no la dirigía a Lázaro, ese mendigo asqueroso que yacía a las puertas de su casa.  Ese rico, sin duda, habría ido a la escuela, incluso conocería la Ley y los Profetas, pero no había aprendido a ver. Fue cuando dejó esta vida y atravesó las puertas de la muerte cuando, sumido en el dolor, levantó los ojos y vio. Pero ya era tarde” (Sergio César Espinosa).

LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Amós 6, 1ª-4-7,           2ª lectura: 1Timoteo: 6,11-16

EVANGELIO

Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

1.- LA RIQUEZA ENVILECE EL ALMA. El término de comparación por parte del Señor no es de un rico que se permite el lujo de comer chuletas cada día y el pobre sólo come lentejas.  Se trata de un rico que derrocha… “banquetea”, come espléndidamente todos los días, bebe los mejores vinos y se viste de lino y púrpura. Acentúa las diferencias hasta provocar escándalo. Esto se ve más claro desde que sabemos que la costumbre era la de limpiar el primer plato con migas de pan y después echarlo a los perros. ¡Ni esto le daba!… ¿No pasa eso mismo ahora? Hay muchos miles de personas que se alimentan de lo que recogen en los basureros…

2.- LA RIQUEZA ENDURECE EL CORAZÓN. El dinero endurece el corazón. “Engarza en oro las alas del pájaro y ya nunca podrá volar al cielo”.  Tenemos entendimiento y voluntad para poder volar, pero el dinero nos rompe las alas. Ya no hablamos de solidaridad, igualdad, fraternidad… Sólo nos interesa lo que está a ras de tierra, el vuelo horizontal… La parábola del rico Epulón y Lázaro es, ante todo, el relato estremecedor de la “insensibilidad” del que más tiene ante el sufrimiento del más desgraciado. Esto, sin duda alguna, es lo primero que salta a la vista cuando se lee esta “historia ejemplar” (F. Bovon). En el Juicio Final, el Señor nos dirá: “Tuve hambre y no me disteis  de comer, tuve sed y no me disteis  de beber, estaba desnudo y no me vestisteis, en la cárcel y no me visitasteis…Y nosotros, asombrados, le diremos:: ¿Cuándo te vimos hambriento,  sediento, desnudo, encarcelado?… Y el Señor nos dirá: Ése ha sido vuestro problema: “que no me habéis visto” (Mt. 25,37-40).

3.- LA RIQUEZA OFUSCA LA MENTE. La persona normal es aquella que sabe que vivir es convivir, que nos necesitamos, que no somos pantallas sino puentes entre unos y otros. Y aquí en la parábola se dice que entre ricos y pobres se ha levantado una fosa tan honda que ya unos no pueden pasar donde están los otros.

a) A nivel individual estamos viendo cómo es frecuente oir quejarse a las personas mayores en las Residencias: No vienen a verme mis paisanos, mis vecinos; y a veces, ni siquiera mis hijos ni mis nietos a darme un beso. Se les cortan a los ancianos los puentes afectivos y sólo desean morirse. No mueren de hambre, ni de frío, ni de estar mal atendidos en la Residencia. Se mueren de asco, es decir, de soledad.

b) Pero los puentes también se cortan entre unas naciones y otras. Los países del primer mundo ya no se relacionan con los del tercer mundo. Los del Norte no se relacionan con el Sur…. Por eso mientras unos, los ricos, son cada vez más ricos, los otros, los pobres, son cada vez más pobres. Esto no entra en el plan de Dios que quiere que los bienes de este mundo estén bien repartidos y lleguen a todos.

PREGUNTAS

1.- ¿Estoy convencido de que la riqueza, sin compartir, hace que la vida sea cada día más vil y miserable?

2.- ¿Crees que, después de la pandemia, somos más solidarios, más humanos, más buenas personas?

3.- ¿Qué se me ocurre hacer para mejorar este mundo?

ESTE EVANGELIO, EN POESÍA, SUENA ASÍ:

Jesús nos presenta a un «rico»
con sus banquetes y fiestas
y a un «pobre» lleno de llagas,
hambriento, echado a su puerta.
Los ricos son egoístas
y esclavos de su «ceguera»:
Pasan de largo ante el pobre
sin fijarse en su miseria.
Los ricos también acusan
una incurable» sordera»,
pues no escuchan la Palabra
de Dios ni de los Profetas.
Al prescindir del Señor,
son «esclavos del sistema».
Sin Dios, su vida es «infierno»,
sin luz, vagan en tinieblas.
Jesús narra esta parábola
para que nos demos cuenta
de que «dar culto al dinero
es nuestra mayor pobreza».
Señor, Tú te identificas
con los pobres de la tierra.
Que nosotros descubramos
en sus vidas, tu presencia.
Que compartamos con todos
nuestro amor, nuestras riquezas,
como, ahora, compartimos
tu PAN, en la misma «Mesa».

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Lectio Divina – Sábado XXV de Tiempo Ordinario

El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres

1.- Introducción.

Señor, ¡qué difícil nos lo has puesto! El camino de la cruz nos repugna, nos tira hacia atrás, no lo podemos entender. No lo entendía Pedro, ni los apóstoles, ni tampoco nosotros. Pero Tú, Señor, ya has pasado por él, has ido por delante, no te has echado atrás a pesar de que tu carne se resistía. Señor, si Tú no nos ayudas, no podemos aceptar la cruz. Es demasiado pesada para nosotros. Si no somos capaces de llevarla, haznos, al menos, tus Cireneos.

2.- Lectura sosegada del evangelio:  Lucas 9, 43-45

En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: Poned en vuestros oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

La cruz humanamente no se entiende. Sólo se puede vislumbrar desde “el amor desmedido” como le pasó a Jesús. Para una persona que ama poco, todo le parece mucho; pero para una persona que ama mucho, todo le parece poco. A Jesús le pareció poco el haberse encarnado, el haber pasado por la vida “como uno más, como uno de tantos”; le pareció poco todo lo que tuvo que padecer en su pasión. En el paroxismo del amor, no le retuvo ni siquiera la muerte en Cruz. El volver al Padre sin haber podido expresar el inmenso amor que nos tenía  suponía para Él un sufrimiento más grande que la misma muerte en cruz. Jesús sintió por dentro una enorme satisfacción cuando pudo decir: “todo está cumplido”. Todo el amor ha llegado a plenitud. Qué bonito debe ser morir tomando entre las manos el libro de la existencia y poder decir como Jesús ¡Misión cumplida!

Palabra del Papa

“El Hijo del hombre va a ser entregado a las manos de los hombres»,  estas palabras de Jesús congelan a los discípulos que pensaban en un camino triunfal. Palabras que se mantenían misteriosas para ellos porque no entendían el sentido y tenían miedo de interrogarlo sobre este argumento. Tenían miedo de la Cruz. El mismo Pedro, después de esa confesión solemne en la región de Cesarea de Felipe, cuando Jesús dice esto otra vez, reprendía al Señor: ‘¡No, nunca, Señor! ¡Esto no!’ Tenía miedo de la Cruz, pero no solo los discípulos, no solo Pedro, ¡el mismo Jesús tenía miedo de la Cruz! Él no podía engañarse, Él sabía. Tanto era el miedo de Jesús que esa tarde del jueves sudó sangre; tanto era el miedo de Jesús que casi dijo lo mismo que Pedro, casi… «Padre, aparta de mí este cáliz. Pero que ¡se haga tu voluntad!» ¡Esta era la diferencia!». La Cruz nos da miedo también en la obra de evangelización, pero está la regla que el discípulo no es más grande del Maestro. Está la regla que no hay redención sin la efusión de la sangre, no hay obra apostólica fecunda sin la Cruz”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 28 de septiembre de 201, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que ya he meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Aceptaré hoy todo lo que no me guste, lo que me haga sufrir. Y así seré discípulo de Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque hoy me he asomado un poco al misterio de la Cruz, es decir, al misterio de tu amor, y me he quedado sin palabras. El amor que nos tienes únicamente puede expresarse por el misterio del amor más grande, el amor más fuerte, el amor más escandaloso, el amor más desinteresado, el amor más sacrificado. Entre admirado y avergonzado, te digo: ¡Dame un poco de tu amor!

Lectio Divina – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

¿Quién dice la gente que soy yo?

1.- Oración Introductoria.

Jesús, me impresiona la cantidad de veces que aparece en el evangelio que estabas “orando a solas”. Tenías necesidad de apartarte, de separarte incluso físicamente de todo y de todos, para “abismarte” en ese mar infinito del amor del Padre. Desde esa experiencia, se explica todo: la cercanía con todas las personas, especialmente con aquellas que, por cualquier motivo o prejuicio, se sienten lejos de ese Padre. Gracias por esas experiencias tuyas tan maravillosas.

2.- Lectura reposada del evangelio: Lucas 9, 18-22

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado». «Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?». Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios». Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie. «El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Para el evangelista Lucas, cuando Jesús quiere decir o hacer algo importante, siempre lo hace en “clima de oración”. Aquí se nos dice: “Jesús oraba a solas”. ¿Nos hemos detenido alguna vez en pensar en esos ratos largos de oración de Jesús a solas? Normalmente lo hacía en la montaña, “cuando todavía era muy oscuro” (Mc. 1,35). Y tal vez el no habernos detenido en algo tan esencial para Jesús, ha servido para que el verdadero rostro del Padre lo hayamos desdibujado. Porque el resultado de esa oración inefable y misteriosa de Jesús con el Padre, Jesús lo condensa en una palabra ABBA. Este es el gran mensaje de Jesús: que nuestro Dios es un Papá maravilloso. Cuando Jesús nos invita a decir Abbá no sólo quiere enseñarnos a orar sino que quiere que vivamos esa experiencia inefable que Él tiene con el Padre. Sólo desde esa experiencia, Jesús se atreve a preguntarnos por su persona. Sólo aquel que haya vivido una experiencia de cariño y de ternura con ese Abbá, está capacitado para responder por la figura de Jesús. Se equivocó Pedro, aunque le dijo que era “El Mesías”. Estaba pensando en otro tipo de “mesianismo”. Y nos equivocamos todos si no estamos en la onda con Jesús. ¿Quién es Jesús? El amado del Padre, el enamorado del Padre, el entusiasmado por ese Padre, el identificado con ese Padre, el que sólo tiene una ocupación y preocupación: el que caigamos en la cuenta de todo lo que nos quiere y que no puede hacer otra cosa que querernos con infinito amor. Él está al tanto de todo y sólo quiere que nos abandonemos en Él.

Palabra del Papa  

“En el Evangelio del día retrata en la forma de testigo valiente a Pedro, el que a la pregunta de Jesús a los apóstoles: «¿quién decís vosotros que soy yo?», afirma: «Tú eres el Cristo» […]. Esta primera pregunta: ¿quién soy yo para vosotros, para ti? – a Pedro, solamente se entiende a lo largo de un camino, después de un largo camino, un camino de gracia y de pecado, un camino de discípulo. Jesús, a Pedro y a sus apósteles, no ha dicho ‘¡Conóceme!’ ha dicho ‘¡sígueme!’ Y este seguir a Jesús nos hace conocer a Jesús. Seguir a Jesús con nuestras virtudes, también con nuestros pecados, pero seguir siempre a Jesús. No es un estudio de cosas que es necesario, sino una vida de discípulo. Es necesario un encuentro cotidiano con el Señor, todos los días, con nuestras victorias y nuestras debilidades. Pero también es un camino que nosotros no podemos hacer solos. Y para ello es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Conocer a Jesús es un don del Padre, es Él que nos hace conocer a Jesús; es un trabajo del Espíritu Santo, que es un gran trabajador. No es un sindicalista, es un gran trabajador y trabaja en nosotros siempre. Hace este trabajo de explicar el misterio de Jesús y de darnos este sentido de Cristo. Miramos a Jesús, a Pedro, a los apóstoles y sentimos en nuestro corazón esta pregunta: ‘¿quién soy yo para ti?’ Y como discípulos pedimos al Padre que nos dé el conocimiento de Cristo en el Espíritu Santo, que nos explique este misterio”. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 20 de febrero de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué significa hoy para mí este texto que acabo de meditar. (Silencio).

5.- Propósito: Me preguntaré con toda sinceridad; ¿Qué supone Jesús hoy para mí? ¿Es algo o es alguien? Y si alguien. ¿es el centro de mi vida?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora le respondo con mi oración.

          Me encanta, Señor, que todos los días comience mi Lectio con una oración y termine con otra. La lectura de la Palabra de Dios debe estar impregnada de oración. Muchas veces, Señor, me he atrevido a hablar, a predicar, sin haber orado. ¡Cuánta palabra de Dios malograda! Te pido perdón. Pero todavía tengo tiempo para rectificar. Quiero rezar tu palabra y hablar desde esa riqueza interior.