Lectio Divina – Martes XXV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,19-21
Se le presentaron su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de la gente. Le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.» Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos habla del episodio en que los padres de Jesús, inclusive su madre, quisieron conversar con é, pero Jesús no les presta atención. Jesús tuvo problemas con la familia. A veces, la familia ayuda a vivir mejor y a participar en la comunidad. Otras veces, dificulta esa convivencia. Así fue para Jesús, y así es para nosotros.
• Lucas 8,19-20: La familia busca a Jesús. Los parientes llegan a la casa donde estaba Jesús. Probablemente habían venido de Nazaret. De allí a Cafarnaúm hay sólo unos 40 km. Su madre estaba con ellos. No entran, pues había mucha gente, pero le mandan un recado: “Tu madre y tus hermanos están fuera ahí fuera, y quieren verte”. Según el evangelio de Marcos, los parientes no quieren ver a Jesús. Ellos quieren llevárselo y traérselo para casa (Mc 3,32). Pensaban que Jesús se había vuelto loco (Mc 3,21). Probablemente, tenían miedo, pues según nos informa la historia, la vigilancia de parte de los romanos con relación a todos los que de una forma o de otro tenían un cierto liderazgo popular, era enorme (cf. He 5,36-39). En Nazaret, en la sierra, estaría más al seguro que en la ciudad de Cafarnaúm.
• Lucas 8,21: La respuesta de Jesús. La reacción de Jesús es firme:”Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios, y la ponen en práctica.” En Marcos, la reacción de Jesús es más concreta. Marcos dice: “Entonces Jesús miró hacia las personas que estaban sentadas a su alrededor y dijo: Aquí están mi madre y mis hermanos. Aquel que hace la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,34-35). ¡Jesús ensancha la familia! No permite que la familia lo aleje de la misión: ni la familia (Jn 7,3-6), ni Pedro (Mc 8,33), ni los discípulos (Mc 1,36-38), ni Herodes (Lc 13,32), ni nadie (Jn 10,18).
• Es la palabra la que crea la nueva familia alrededor de Jesús: “Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios, y la ponen en práctica.”. Un buen comentario de este episodio es lo que dice el evangelio de Juan en el prólogo: “En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre sino que nacieron de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Unigénito, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,10-14). La familia, los parientes, no entendieron a Jesús (Jn 7,3-5; Mc 3,21), no hacen parte de la nueva familia. Hacen parte de la nueva comunidad sólo aquellos y aquellas que reciben la Palabra, esto es, que creen en Jesús. Estos nacen de Dios y forman la Familia de Dios.
• La situación de la familia en el tiempo de Jesús. En el tiempo de Jesús, tanto la coyuntura política, social y económica como la ideología religiosa, todo conspiraba para el enflaquecimiento de los valores centrales del clan, de la comunidad. La preocupación con los problemas de la propia familia impedía que las personas se uniesen en comunidad. Ahora, para que el Reino de Dios pudiera manifestarse, de nuevo, en la convivencia comunitaria de la gente, las personas tenían que superar los límites estrechos de la pequeña familia y abrirse a la gran familia, a la Comunidad. Jesús dio el ejemplo. Cuando su familia trató de apoderarse de él, reaccionó y ensanchó la familia (Mc 3,33-35). Creó comunidad.
• Los hermanos y las hermanas de Jesús. La expresión “hermanos y hermanas de Jesús” es causa de mucha polémica entre católicos y protestantes. Basándose en éste y en otros textos, los protestantes dicen que Jesús tenía más hermanos y que María tenía más hijos. Los católicos dicen que María no tuvo más hijos. ¿Qué pensar de esto? En primer lugar, las dos posiciones, tanto de los católicos como de los protestantes, ambas tienen argumentos sacados de la Biblia y de la Tradición de sus respectivas iglesias. Por esto, no conviene pelearse ni discutir esta cuestión con argumentos sólo de la cabeza. Pues se trata de convicciones profundas, que tienen que ver con la fe y con los sentimientos de ambos. El argumento sólo de la cabeza no consigue deshacer una convicción del corazón. ¡Apenas irrita y aleja! Aún cuando no concuerdo con la opinión del otro, tengo que respetarla siempre. En segundo lugar, en vez de discutir alrededor de textos, nosotros todos, católicos y protestantes, deberíamos unirnos bien para luchar en defensa de la vida, creada por Dios, vida tan desfigurada por la pobreza, por la injusticia, por la falta de fe. Deberíamos recordar alguna que otra frase de Jesús: “He venido para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia”(Jn 10,10). “Que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú, Padre, me has enviado”(Jn 17,21). “¡No se lo impidáis! Quien no está en contra está a favor nuestro”(Mc 10,39.40).

4) Para la reflexión personal

• La familia ¿ayuda o dificulta tu participación en la comunidad cristiana?
• ¿Cómo asumes tu compromiso en la comunidad cristiana sin perjudicar ni la familia ni la comunidad?

5) Oración final

Enséñame, Yahvé, el camino de tus preceptos,
lo quiero recorrer como recompensa.
Dame inteligencia para guardar tu ley
y observarla de todo corazón. (Sal 119,33-34)

Lectio Divina – San Mateo

1) Oración inicial

Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz; concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor. 

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 9,9-13
Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió.
Y sucedió que estando él a la mesa en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.» 

3) Reflexión

• El Sermón de la Montaña ocupa los capítulos de 5 a 7 del Evangelio de Mateo. La parte narrativa de los capítulos 8 y 9 tiene como finalidad mostrar cómo Jesús practicaba lo que acababa de enseñar. En el Sermón de la Montaña Jesús enseñó la acogida (Mt 5,23-25.38-42.43). Ahora, él mismo la practica al acoger a leprosos (Mt 8,1-4), extranjeros (Mt 8,5-13), mujeres (Mt 8,14-15), enfermos (Mt 8,16-17), endemoniados (Mt 8,28-34), paralíticos (Mt 9,1-8), publicanos (Mt 9,9-13), personas impuras (Mt 9,20-22), etc. Jesús rompe con las normas y costumbres que excluían y dividían a las personas, esto es, el miedo y la falta de fe (Mt 8,23-27) y las leyes de pureza (9,14-17), e indica claramente cuáles son las exigencias de quienes quieren seguirle. Tienen que tener el valor de abandonar muchas cosas (Mt 8,18-22). Así, en las actitudes y en la práctica de Jesús, aparece en qué consisten el Reino y la observancia perfecta de la Ley de Jesús.
• Mateo 9,9: El llamado para seguir a Jesús. Las primeras personas llamadas a seguir a Jesús fueron cuatro pescadores, todos judíos (Mt 4,18-22). Ahora Jesús llama a un publicano, considerado pecador y tratado como impuro por las comunidades más observantes de los fariseos. En los demás evangelios, este publicano se llama Leví. Aquí su nombre es Mateo, que significa don de Dios o dado por Dios. Las comunidades, en vez de excluir al publicano como impuro, deben considerarlo como un Don de Dios para la comunidad, pues su presencia hace que la comunidad se vuelva ¡señal de salvación para todos! Como los primeros cuatro llamados, así el publicano Mateo deja todo lo que tiene y sigue a Jesús. El seguimiento de Jesús exige ruptura. Mateo deja su despacho de impuestos, su fuente de renta, y sigue a Jesús.
• Mateo 9,10: Jesús se sienta en la mesa con los pecadores y los publicanos. En aquel tiempo, los judíos vivían separados de los paganos y de los pecadores y no comían con ellos en la misma mesa. Los judíos cristianos tenían que romper este aislamiento y crear comunión con los paganos e impuros. Fue esto lo que Jesús enseñó en el Sermón de la Montaña, como expresión del amor universal de Dios Padre (Mt 5,44-48). La misión de las comunidades era ofrecer un lugar a los que no tenían lugar. En algunas comunidades, las personas venidas del paganismo, aún siendo cristianas, no eran aceptadas en la misma mesa (cf. Hec 10,28; 11,3; Gal 2,12). El texto del evangelio de hoy indica cómo Jesús comía con publicanos y pecadores en la misma casa y en la misma mesa.
• Mateo 9,11: La pregunta de los fariseos. A los judíos estaba prohibido sentarse en la mesa con publicanos y paganos, pero Jesús no presta atención a esto, por el contrario, confraterniza con ellos. Los fariseos, viendo la actitud de Jesús, preguntan a los discípulos: “¿Por qué vuestro maestro come con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” Esta pregunta puede ser interpretada como expresión del deseo de éstos, que quieren saber porqué Jesús actúa así. Otros interpretan la pregunta como una crítica de los comportamientos de Jesús, pues durante más de quinientos años, desde el tiempo del cautiverio en Babilonia hasta la época de Jesús, los judíos habían observado las leyes de pureza. Esta observancia secular se volvió para ellos una fuerte señal de identidad. Al mismo tiempo, era factor de su separación en medio de los otros pueblos. Así, por las causas de las leyes de pureza, no podían ni conseguían sentarse en la mesa para comer con los paganos. Comer con los paganos significaba volverse impuro Los preceptos de la pureza eran rigurosamente observados, tanto en Palestina como en las comunidades judaicas de la Diáspora. En la época de Jesús, había más de quinientos preceptos para guardar la pureza. En los años setenta, época en que Mateo escribe, este conflicto era muy actual.
• Mateo 9,12-13: Misericordia quiero y no sacrificios. Jesús oye la pregunta de los fariseos a los discípulos y responde con dos aclaraciones. La primera está sacada del sentido común: “No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal”. La otra está sacada de la Biblia: “Aprendan, pues, lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio”. Por medio de estas dos aclaraciones Jesús explicita y aclara su misión junto con la gente: “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. Jesús niega la crítica de los fariseos, y no acepta sus argumentos, pues nacían de una falsa idea de la Ley de Dios. El mismo invoca la Biblia: “¡Misericordia quiero y no sacrificio!” Para Jesús la misericordia es más importante que la pureza legal. Apela a la tradición profética para decir que para Dios la misericordia vale más que todos los sacrificios (Os 6,6; Is 1,10-17). Dios tiene entrañas de misericordia, que se conmueven ante las faltas de su pueblo (Os 11,8-9). 

4) Para la reflexión personal

• Hoy, en nuestra sociedad, ¿quién es marginado y quién es excluido? ¿Por qué? En nuestra comunidad ¿tenemos ideas preconcebidas? ¿Cuáles? ¿Cuál es el desafío que las palabras de Jesús plantean a nuestra comunidad, hoy?
• Jesús ordena al pueblo que lea y que entienda el Antiguo Testamento que dice: “Misericordia quiero y no sacrificios”. ¿Qué quiere decir con esto Jesús, hoy? 

5) Oración final

Señor, dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón;
los que, sin cometer iniquidad,
andan por sus caminos. (Sal 119,2-3)

Lectio Divina – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Parábola de los obreros enviados a la viña
La gratuidad absoluta del amor de Dios
Mateo 20, 1-16

1. Oración inicial

¡Oh, Padre! Tu Hijo Jesús, que tú nos has dado, es nuestro reino, nuestra riqueza, nuestro cielo; Él es el dueño de la casa y de la tierra donde vivimos y sale continuamente a buscarnos, porque desea llamarnos, pronunciar nuestro nombre, ofrecernos su amorinfinito. No podremos nunca pagarle, ni devolver la sobreabundancia de su compasión y misericordia por nosotros: podemos sólo decirle nuestro sí, el nuestro: “Aquí estoy” o repetirle con Isaías: “¡Señor, aquí estoy, envíame!” Haz que esta palabra entre en mi corazón, en mis ojos, en mis oídos y me cambie, me transforme, según este amor sorprendente, incomprensible que Jesús me está ofreciendo, también hoy, en este momento. Condúceme al último puesto, al mío, al que Él ha preparado para mí allá donde yo puedo ser verdaderamente yo mismo. Amén.

2. Lectura

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

Este pasaje nos coloca dentro de la sección del Evangelio de Mateo, que precede directamente a los relatos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esta sección comienza en 19,1, donde se dice que Jesús abandona definitivamente el territorio de la Galilea para ir a Judea, dando así comienzo a su camino de acercamiento a Jerusalén y se concluye en 25,46, con el cuadro sobre la venida y el juicio del Hijo de Dios. Más en particular, el capítulo 20 se coloca a lo largo del recorrido de Jesús hacia la ciudad santa y su templo, en un contexto de enseñanzas y de polémica con los sabios y potentes del tiempo, que Él realiza con parábolas y encuentros.

b) Para ayudar a la lectura del pasaje:

20,1ª: Con las primeras palabras de la parábola, que es una especie de introducción, Jesús quiere acompañarnos al interior del tema más profundo del que intenta hablar, quiere abrir ante nosotros las puertas del reino, que es Él mismo y se presenta como dueño de la viña que necesita ser trabajada.
20,1b-7: Estos versículos constituyen la primera parte de la parábola; en ella Jesús narra la iniciativa del dueño de la viña para reclutar sus trabajadores, describiendo sus cuatro salidas, en las cuáles se ajusta con los trabajadores estableciendo un contrato y la última salida, ya al final de la jornada.
20,8-15: Esta segunda parte comprende, por el contrario, la descripción de la paga a los trabajadores, con la protesta de los primeros y la respuesta del dueño.
20,16: Finalmente viene la sentencia definitiva, que revela la clave del pasaje y la aplicación: aquéllos que en la comunidad son considerados últimos, en la perspectiva del reino y del juicio de Dios , serán los primeros.

Mateo 20, 1-16c) El Texto:

20, 1a: 1 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario …..
20, 1b-7: ….. que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. 2 Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, 4 les dijo: `Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.’ 5 Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. 6 Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: `¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’ 7 Dícenle: `Es que nadie nos ha contratado.’ Díseles: `Id también vosotros a la viña.’
20, 8-15: 8 Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: `Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.’ 9 Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. 10 Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, 12 diciendo: `Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.’ 13 Pero él contestó a uno de ellos: `Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? 14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’.
20, 16: 16 Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) Este pasaje se abre con una partícula conectiva, “en efecto” que es muy importante, porque me remite al versículo que precede (Mt 19,30), donde Jesús afirma que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros” con las mismas palabras que repetirá al final de esta parábola. Palabras, por tanto, importantísimas, fundamentales, que quieren indicarme la dirección que hay que tomar. Jesús es el Reino de Dios, el reino de los cielos; Él es el mundo nuevo, al cuál estoy invitado a entrar. Pero el suyo es un mundo al revés, donde nuestra lógica de poder, ganancia, recompensa, habilidad, esfuerzo, no vale y se substituye por otra lógica, la de la gratuidad absoluta, del amor misericordioso y sobreabundante, Si yo creo ser el primero, ser fuerte y capaz; si ya me he colocado en el primer puesto en la mesa del Señor, es mejor que me levante ya y me vaya a ocupar el último puesto. Allí el Señor vendrá a buscarme, y llamándome, me levantará, me colocará en alto hacia Él.

b) Jesús se compara aquí a un dueño de casa, usando una figura particular, que aparece muchas veces en el evangelio. Intento seguirla, atento a las características que ella presenta y tratando de verificar cuál es mi relación con Él. El dueño de casa es el amo de la viña, que se cuida de ella, rodeándola con un muro, excavando un foso, cultivándola con amor y sudor (Mt 21,33ss), para que pueda dar sus mejores frutos. Es el dueño de casa que ofrece una gran cena, con muchos invitados, llamando a su mesa a los más abandonados, los cojos, los ciegos (Lc 14,21ss). Es el que vuelve de las bodas y al que debemos esperar vigilando, porque no sabemos ni el día ni la hora (Lc 12,36); es el dueño de casa que ha salido para un largo viaje, que ha mandado vigilar, para estar preparados para abrirle, en cuanto regrese y toque a la puerta a la tarde, a medianoche, al canto del gallo o de madrugada (Mc 13,35). Comprendo, pues, que el Señor está esperando de mí, el fruto bueno; que me ha elegido como invitado a su mesa; que volverá y vendrá a buscarme y llamará a mi puerta…¿Estoy preparado para responderle? ¿Para abrirle? ¿Para ofrecerle el fruto del amor que Él espera de mí? O por el contrario ¿estoy durmiendo, preocupado con otros miles intereses, esclavizado por otros dueños de casa, diversos y lejanos de Él?

c) El Señor Jesús, dueño de la casa y de la viña, sale repetidamente para llamarme y enviar: al alba, a las nueve, a mediodía, a las tres de la tarde, a las cinco, cuando ya la jornada está por finalizar. Él no se cansa; viene a buscarme, para ofrecerme su amor, su presencia, para estrechar un pacto conmigo. Él desea ofrecerme su viña, su belleza. Cuando nos encontremos, cuando Él fijándose en mí, me ame (Mc 10,21) ¿qué le responderé? ¿Me entristeceré porque tengo muchos bienes? (Lc 18,23) ¿Le pediré que me dé por excusado, porque yo ya tengo otros compromisos? (Lc 14,18) ¿Huiré corriendo desnudo, perdiendo lo poco de felicidad que me ha quedado para cubrirme? (Mc 14,52) O, más bien, le diré: “Sí, sí” y luego no iré (Mt 21,29). Siento que esta palabra me pone en situación difícil, me escruta hasta el fondo, me revela a mí mismo… quedo atónito, asustado por mi libertad, pero decido, delante del Señor que me habla, hacer como María y decir: “Señor, hágase en mí como tú has dicho” con humilde disponibilidad y abandono.

d) Ahora el evangelio me coloca de frente a mi relación con los otros, los hermanos y hermanas que comparten conmigo el camino del seguimiento a Jesús. Todos estamos llamados a estar con Él, a la tarde, después del trabajo de cada día: Él abre su tesoro de amor y comienza a distribuir, a repartir gracia, misericordia, compasión, amistad, todo Él mismo. Mateo hace notar en este punto, que alguno murmura contra el dueño de la viña, contra el Señor. Nace la indignación, porque Él trata a todos igualmente, con la misma intensidad de amor, con la misma sobreabundancia. Quizás está escrito también de mí estas líneas: el evangelio sabe poner un nudo a mi corazón, la parte más escondida de mi mismo. Quizás el Señor dirige precisamente a mí aquellas palabras cargadas de tristeza: “¿Acaso tú también eres envidioso?.” Me debo dejar interrogar, debo permitir que Él entre dentro de mí y me mire con sus ojos penetrantes, porque sólo si Él me mira, podré ser curado. Ahora rezo así: “Señor, te ruego, ven a mí, echa tu palabra en mi corazón y germine nueva vida, vida de amor”.

5. Una clave de lectura

En la figura de la viña, aparentemente sencilla y cotidiana, la Escritura condensa una realidad, mucha más rica y profunda, siempre más densa de significado, a medida que los textos se acercan a la revelación plena en Jesús. En el primer libro de los Reyes, en el cap. 21, se narra el hecho violento que envuelve a Nabot, un simple súbdito del corrupto rey Acab, el cuál poseía una viña, plantada, para su desdicha, precisamente junto al palacio del rey. La narración nos hace comprender cuánto fuera importante la viña, una propiedad inviolable: por nada del mundo Nabot la hubiera cedido, como dijo: “¡Me guarde el Señor de cederte la heredad de mis padres!” (1 Re 21,3). Por amor a ella, él perdió la vida. Como se ve, la viña representa el bien más precioso, la heredad de la familia, por cierta parte, la identidad de la persona; no se la puede malvender, ceder a los otros, cambiarlo por otros bienes, que no consiguen igualarla. Ella esconde una fuerza vital, espiritual.

Isaías 5 dice claramente que bajo la figura de la viña se significa al pueblo de Israel, como está escrito: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel: los habitantes de Juda su plantación favorita” (Is 5,7). Este pueblo el Señor lo ha amado con amor infinito y eterno, sellado por una alianza inviolable; Él la cuida, igualmente como si lo hiciera un viñador con su viña, haciendo de todo para que ella pueda dar sus frutos más bellos. Israel somos cada uno de nosotros, toda la Iglesia: el Padre nos ha encontrado como tierra abandonada, reseca, devastada, rellena de piedras y nos ha cultivado, regado a cada instante; nos ha plantado como viña escogida, toda de cepas genuinas (Jer 2,21). ¿Qué más pudo hacer por nosotros, que no lo haya hecho? (Is 5,4) En su anonadamiento infinito Él mismo se ha hecho viña; se ha convertido en la verdadera vid (Jn 15,1ss), de la que nosotros somos los sarmientos: se ha unido a nosotros como la viña está unida a sus sarmientos. El Padre que es el viñador, continúa su obra de amor con nosotros, para que llevemos frutos y pacientemente espera; Él poda, cultiva, pero luego nos envía a trabajar a recoger los frutos para ofrecérselos. Somos enviados a su pueblo, a sus hijos: no nos podemos echar para atrás, porque estamos hechos para esto: para que vayamos y llevemos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Señor, vuélvete: mira desde el cielo y ve y visita tu viña (Salmo 79,15).

La promesa: un denario

El dueño de la viña establece como recompensa del trabajo de la jornada un denario; una buena suma, que permitía vivir desahogadamente. Más o menos corresponde al dracma pactado del viejo Tobías con el acompañante del hijo hacia la Media (Tb 5,15).

Pero en el relato evangélico este denario viene llamado enseguida con otro nombre por el dueño; dice de hecho: “os daré lo que es justo” (v.4). Nuestra herencia, nuestro salario es el justo, el bueno: el Señor Jesús. Él, en efecto, no da, no promete otra cosa que a sí mismo. Nuestra recompensa está en los cielos (Mt 5,12), junto a nuestro Padre (Mt 6,1). No es el denario que se utilizaba para pagar el tributo a los romanos, sobre el que estaba la imagen y la inscripción del rey Tiberio César (Mt 22,20), sino que es el rostro de Jesús, su nombre, su presencia. Él nos dice: “Yo estaré con vosotros no sólo hoy, sino todos los días hasta el fin del mundo; Yo mismo seré tu recompensa”.

El texto ofrece a nuestra vida una energía muy fuerte, que sale de los verbos “enviar”, mandar” y “andar” repetido dos veces; todos se refieren a nosotros, nos llaman, nos ponen en movimiento. Es el Señor Jesús el que envía, haciendo de nosotros apóstoles: “He aquí que yo os envío” (Mt 10,16). Cada día Él nos llama para su misión y repite sobre nosotros aquello de “¡Andad!” y nuestra felicidad precisamente está escondida aquí, en la realización de estas palabras suyas. Andar donde Él nos manda, en el modo que Él lo indica, hacia la realidad y las personas que Él nos pone delante.

La murmuración y el refunfuño

Palabras importantísimas, verdaderas y muy presentes en nuestra vida de cada día; no podemos negarlo: habitan en nuestro corazón, en nuestros pensamientos y a veces nos atormentan, nos desfiguran, nos cansan profundamente, nos alejan de nosotros mismos, de los otros, del Señor. Sí, en medio de aquellos trabajadores que se lamentan y refunfuñan, murmurando contra el dueño, también estamos nosotros. El rumor de la murmuración viene de muy lejos, pero de todos modos, consigue anidarse en el corazón. Israel en el desierto ha murmurado duramente contra el Señor y nosotros hemos recibido en herencia aquellos pensamientos y palabras: “El Señor nos odia, por esto nos ha hecho salir del país de Egipto para ponernos en manos del Amorreo y para destruirnos” (Dt 1,27) y dudamos de su capacidad de alimentarnos, de llevarnos hacia delante, de protegernos. “¿Quizás puede el Señor prepararnos una mesa en el desierto? (Salmo 77,19) Murmurar significa no escuchar la voz del Señor, no creer más en su amor por nosotros. Entonces nos escandalizamos, nos irritamos fuertemente contra el Señor misericordioso y nos indignamos contra su manera de obrar y queremos cambiarlo, recomponerlo según nuestros esquemas: ¡Se ha alojado en casa de un pecador! ¡Come y bebe con pecadores! (Lc 5,30; 15,2; 19, 7). Si escuchamos bien, éstas son las murmuraciones secretas de nuestro corazón. ¿Cómo curarlas? San Pedro sugiere este vía: “Practicad la hospitalidad los unos con los otros, sin murmurar” (1 Pet 4,9); sólo la hospitalidad, o sea, la acogida puede, poco a poco, cambiar nuestro corazón y hacerlo receptivo, capaz de llevar dentro de sí a las personas, situaciones, realidades que encontramos en nuestra vida. “Acogeos” dice la Escritura. Así es: debemos aprender a acoger ante todo a Jesús, como Él es, con su modo de amar, de permanecer, de hablarnos y cambiarnos, de esperarnos y atraernos. Acogerlo es acoger al que está al lado, al que nos viene al encuentro, sólo este movimiento puede romper la dureza de la murmuración.

La murmuración nace de la envidia, de nuestro ojo malo, como dice el dueño de la viña, el mismo Jesús. Él sabe mirarnos dentro, sabe penetrar nuestra mirada y llegar al corazón, al alma. Él sabe como somos, nos conoce, nos ama y por el amor por el que Él saca de nosotros todo mal, quita el velo de nuestro ojo malo, nos ayuda a tomar conciencia de cómo somos, de lo que vive dentro. En el momento en el que dice: “¿Acaso tu ojo es malo?”, como está haciendo hoy, en este evangelio, Él nos cura, toma el ungüento y lo unta, toma el fango hecho con su saliva y unge nuestros ojos hasta lo íntimo.

Señor, te ruego: haz que yo vea: Con ojos buenos, sin envidia, con la acogida, sin murmurar.

6. Un momento de oración: Salmo 136

Rit. ¡Infinito es tu amor por nosotros!

¡Aleluya!¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Dad gracias al Dios de los dioses,
porque es eterno su amor;
dad gracias al Señor de los señores,
porque es eterno su amor.
Al único que ha hecho maravillas,
porque es eterno su amor.

Al que hirió en sus primogénitos a Egipto,
porque es eterno su amor;
y sacó a Israel de entre ellos,
porque es eterno su amor;
con mano fuerte y tenso brazo,
porque es eterno su amor.
Al que partió en dos el mar de los Juncos,
porque es eterno su amor;
e hizo pasar por medio a Israel,
porque es eterno su amor;
y hundió en él al faraón con sus huestes,
porque es eterno su amor.
Al que guió a su pueblo en el desierto,
porque es eterno su amor.

Al que se acordó de nosotros humillados,
porque es eterno su amor;
y nos libró de nuestros adversarios,
porque es eterno su amor.
Al que da pan a todo viviente,
porque es eterno su amor.
¡Dad gracias al Dios de los cielos,
porque es eterno su amor!

7. Oración final

Gracias, Señor, por haberme revelado tu Hijo, y haberme hecho entrar en su heredad, en su viña. Tú me has hecho sarmiento, me has hecho uva: sólo me queda permanecer, permanecer en ti y dejarme prender, como fruto bueno, maduro, para ser puesto en la prensa. Si, Señor, lo sé: éste es el camino. No tengo miedo porque tú estás conmigo. Yo sé que el único camino de la felicidad es el darme a ti. A los hermanos. Que yo sea sarmiento, que yo sea uva buena, para ser exprimida, como tú quieras. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,4-15
Se iba reuniendo mucha gente, a la que se añadía la que procedía de las ciudades. Les dijo entonces en parábola: «Salió un sembrador a sembrar su simiente y, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra y, después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos y, creciendo los abrojos con ella, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena y, creciendo, dio fruto centuplicado.» Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.» Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: «A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.
«La parábola quiere decir esto: La simiente es la palabra de Dios. Los de a lo largo del camino son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la palabra, la reciben con alegría; pero no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba abandonan. Lo que cayó entre los abrojos son los que han oído, pero las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida les van sofocando y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra son los que, después de haber oído, conservan la palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia. 

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy vamos a meditar la parábola de la simiente. Jesús tenía una manera bien popular de enseñar por medio de parábolas. Una parábola es una comparación que usa las cosas conocidas y visibles de la vida para explicar las cosas invisibles y desconocidas del Reino de Dios. Jesús tenía una capacidad muy grande de encontrar imágenes bien simples para las cosas de Dios con las cosas de la vida que la gente conocía y experimentaba en su lucha diaria por la sobre vivencia. Esto supone dos cosas: estar dentro de las cosas de la vida y estar dentro de las cosas de Dios, del Reino de Dios. Por ejemplo, la gente de Galilea entendía de simiente, de terreno, de lluvia, de sol, de sal, de cosecha, de pesca, etc. Ahora bien, son exactamente estas cosas conocidas por la gente las que Jesús usa en las parábolas para explicar el misterio del Reino. El agricultor que escucha, dice: “Simiente en el terreno, ¡yo sé lo que es! Jesús dice que esto tiene que ver con el Reino de Dios ¿qué será?” ¡Y es posible imaginar las largas conversaciones de la gente! La parábola se mezcla con la gente y lleva a escuchar la naturaleza y a pensar en la vida.
• Al terminar de contar una parábola, Jesús no explicaba, pero solía decir: “¡Quién tiene oídos para oír que oiga!” Lo que significaba: “¡Y esto! Vosotros lo habéis oído. ¡Ahora tratad de entender!” De vez en cuando, explicaba para los discípulos. A la gente le gustaba esta manera de enseñar, porque Jesús creía en la capacidad que las personas tienen de descubrir el sentido de las parábolas. La experiencia que la gente tenía de la vida era para él un medio para descubrir la presencia del misterio de Dios en sus vidas y engendrar valor para no desanimar a lo largo del camino.
• Lucas 8,4: La multitud detrás de Jesús. Lucas dice: Se iba reuniendo mucha gente, a la que se añadía la que procedía de las ciudades. Entonces el contó esta parábola. Marcos describe como Jesús contó la parábola. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar (Mc 4,1).
• Lucas 8,5-8a: La parábola de la simiente retrata la vida de los campesinos. En aquel tiempo, no era fácil vivir de la agricultura. El terreno era muy pedregoso. Había mucho matorral. Poca lluvia, mucho sol. Además de esto, muchas veces, la gente acortaba el camino y, pasando en medio del campo, pisoteaba las plantas (Mc 2,23). Sin embargo, a pesar de todo esto, cada año, el agricultor sembraba y plantaba, confiando en la fuerza de la simiente, en la generosidad de la naturaleza.
• Lucas 8,8b: ¡Quién tiene oído para oír, que oiga! Al final, Jesús termina diciendo: “¡Quien tiene oído para oír, que oiga!” El camino para llegar a comprender la parábola es la búsqueda: “¡Tratad de entender!” La parábola no entrega el significado de inmediato, pero lleva a la persona a que piense. Le lleva a descubrir el mensaje desde la experiencia que la persona misma tiene de la simiente. Despierta la creatividad y la participación. No es una doctrina que ya viene pronta para ser enseñada y decorada. La Parábola no da agua en botella, sino que entrega la fuente.
• Lucas 8,9-10: Jesús explica la parábola a los discípulos. En casa, a solas con Jesús, los discípulos quieren saber el significado de la parábola. Jesús respondió por medio de una frase difícil y misteriosa. Dice a los discípulos: “A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan”. Esta frase hace que la gente se pregunte: Al final, la parábola ¿sirve para qué? ¿Para aclarar o para esconder? Jesús ¿usaba las parábolas, para que la gente continuara en la ignorancia y no llegara a convertirse? ¡Ciertamente que no! Pues en otro lugar se dice que Jesús usaba parábolas “según la capacidad de los oyentes” (Mc 4,33). La parábola revela y esconde ¡al mismo tiempo! Revela para “los de dentro”, que acepan a Jesús como Mesías Servidor. Esconde para los que insisten en ver en él al Mesías como Rey grandioso. Estos entienden las imágenes de la parábola, pero no llegan a comprender su significado.
• Lucas 8,11-15: La explicación de la parábola, parte por parte. Una por una, Jesús explica las partes de la parábola, desde la simiente y el terreno hasta la cosecha. Algunos estudiosos piensan que esta explicación fue añadida después. No sería de Jesús, sino de alguna comunidad. ¡Es bien posible! ¡No importa ¡pues dentro del germen de la parábola está la flor de la explicación. Germen y flor, ambos tienen el mismo origen que es Jesús. Por esto, nosotros también podemos continuar la reflexión y descubrir otras cosas bonitas dentro de la parábola. Una vez alguien preguntó en una comunidad: “Jesús dijo que teníamos que ser sal. ¿Para qué sirve la sal?” Las personas fueron dando su opinión a partir de la experiencia que cada cual tenía de la sal. Discutían y, al final, encontraron más de diez finalidades diferentes para la sal. Y aplicaron todo esto a la vida de la comunidad y descubrieron que ser sal es difícil y exigente. ¡La parábola funcionó! Lo mismo vale para la simiente. Todo el mundo tiene alguna experiencia de la simiente. 

4) Para la reflexión personal

• La simiente cae en cuatro lugares diferentes: camino, piedra, espinos y tierra buena. ¿Qué significa cada uno de estos cuatro terrenos? ¿Qué tipo de tierra soy yo? A veces la gente es piedra, otra vez espinos. Otras veces es camino o tierra buena. En nuestra comunidad, ¿qué somos normalmente?
• ¿Cuáles son los frutos que la Palabra de Dios está produciendo en nuestra vida y en nuestra comunidad? 

5) Oración final

Señor, explicando tus proezas a los hombres,
el esplendor y la gloria de tu reinado.
Tu reinado es un reinado por los siglos,
tu gobierno, de edad en edad. (Sal 145,12-13)

Lectio Divina – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,1-3
Recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy continúa el episodio de ayer, que hablaba de la actitud sorprendente de Jesús para con las mujeres, cuando defendió a una mujer, conocida en la ciudad como pecadora, contra las críticas de un fariseo. Ahora, en el comienzo del capítulo VIII, Lucas describe como Jesús iba por los poblados y por las ciudades de Galilea, y la novedad es que iba acompañado no sólo por los discípulos, sino que también por las discípulas.
• Lucas 8,1: Los doce que siguen a Jesús. En una única frase Lucas describe la situación: Jesús anda por todas partes, por los poblados y ciudades de Galilea, anunciando la Buena Nueva de Dios y los doce están con él. La expresión “seguir a Jesús” (cf. Mc 1,18; 15,41) indica la condición del discípulo que sigue al Maestro, veinte y cuatro horas por día, procurando imitar su ejemplo y participar de su destino.
• Lucas 8,2-3: Las mujeres siguen a Jesús. Lo sorprendente es que, al lado de los hombres, hay también mujeres “junto a Jesús”. Lucas coloca a los discípulos y a las discípulas en pie de igualdad, pues ambos siguen a Jesús. Lucas también conservó los nombres de algunas de estas discípulas: María Magdalena, nacida en la ciudad de Mágdala. Había sido curada de siete demonios. Juana, mujer de Cuza, procurador de Herodes Antipas, que era gobernador de Galilea. Susana y varias otras. De ellas se afirma que “sirven a Jesús con sus bienes”. Jesús permitía que un grupo de mujeres le “siguiera” (Lc 8,2-3; 23,49; Mc 15,41). El evangelio de Marcos, hablando de las mujeres en el momento de la muerte de Jesús, informa: “Unas mujeres miraban de lejos. Entre ellas, María Magdalena, María, madre de Santiago, el menor, y de José, y Salomé. Ellas habían seguido y servido a Jesús, desde cuando él estaba en Galilea. Junto con ellas había otras más, que habían subido con Jesús a Jerusalén” (Mc 15,40-41). Marcos define su actitud con tres palabras: seguir, servir, subir hasta Jerusalén. Los primeros cristianos no llegaron a elaborar una lista de estas discípulas que seguían a Jesús como hicieron los doce discípulos. Pero en las páginas del evangelio de Lucas aparecen los nombres de siete discípulas: Maria Magdalena, Juana, mujer de Cuza, Susana (Lc 8,3), Marta y Maria (Lc 10,38), María, madre de Santiago (Lc 24,10) y Ana, la profetisa (Lc 2,36), de ochenta y cuatro de edad. El número de ochenta y cuatro es doce veces siete. ¡La edad perfecta! La tradición eclesiástica posterior no valoró este dado del discipulado de las mujeres con el mismo peso con que valoró el seguimiento de Jesús por parte de los hombres. ¡Es una lástima!
• El Evangelio de Lucas fue considerado siempre el evangelio de las mujeres. De hecho, Lucas es lo que trae el mayor número de episodios en que se destaca la relación de Jesús con las mujeres. Y la novedad no está sólo en la presencia de las mujeres alrededor de Jesús, pero también y sobre todo en la actitud de de Jesús con relación de Jesús con las mujeres. Jesús las toca y se deja tocar por las mujeres, sin miedo a contaminarse (Lc 7,39; 8,44-45.54). A diferencia de los maestros de la época, Jesús acepta a las mujeres como seguidoras y discípulas (Lc 8,2-3; 10,39). La fuerza libertadora de Dios, actuante en Jesús, hace que la mujer se levante y asuma su dignidad (Lc 13,13). Jesús es sensible al sufrimiento de la viuda y se solidariza con su dolor (Lc 7,13). El trabajo de la mujer preparando alimento está considerado por Jesús como señal del Reino (Lc 13,20-21). La viuda persistente que lucha por sus derechos es colocada como modelo de oración (Lc 18,1-8), y la viuda pobre que comparte sus pocos bienes con los demás como modelo de entrega y de don (Lc 21,1-4). En una época en que el testimonio de las mujeres no era considerado como válido, Jesús acoge a las mujeres como testigos de su muerte (Lc 23,49), sepultura (Lc 23,55-56) y resurrección (Lc 24,1-11.22-24) 

4) Para la reflexión personal

• En su comunidad, en su país, en su Iglesia, ¿cómo se le valora a la mujer?
• Compare la actitud de nuestra Iglesia con la actitud de Jesús. 

5) Oración final

Sondéame, oh Dios, conoce mi corazón,
examíname, conoce mis desvelos.
Que mi camino no acabe mal,
guíame por el camino eterno. (Sal 139,23-24)

Lectio Divina – Jueves XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 7,36-50
Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.» Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» Él dijo: «Di, maestro.» «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?» Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.»Él le dijo: «Has juzgado bien.» Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos habla del episodio de la mujer que fue acogida por Jesús durante una comida en casa de Simón, el fariseo. Uno de los aspectos de la novedad que la Buena Nueva de Dios trae es la actitud sorprendente de Jesús hacia las mujeres. En la época del Nuevo Testamento, la mujer vivía marginada. No participaba en la sinagoga, no podéis ser testigo en la vida pública. Muchas mujeres, sin embargo, se resistían contra esa exclusión. Desde el tiempo de Esdras, crecía la marginalización de las mujeres por parte de las autoridades religiosas (Es 9,1 a 10,44) y crecía también la resistencia de las mujeres contra su exclusión, como aparece en las historias de Judit, Ester, Ruth, Noemí, Susana, de la Zalamita y de tantas otras. Esta resistencia encuentra eco y acogida en Jesús. En el episodio de la mujer del perfume emergen el incorfomismo y la resistencia de las mujeres en el día a día de la vida y de la acogida que Jesús les daba.
• Lucas 7,36-38: La situación que provoca el debate. Tres personas totalmente diferentes se encuentran: Jesús, Simón, el fariseo, un judío practicante, y la mujer de la que decían que era pecadora. Jesús está en casa de Simón que lo invitó a comer. La mujer entra, se coloca a los pies de Jesús, empieza a llorar, moja los pies de Jesús con las lágrimas, suelta los cabellos para secar los pies de Jesús, besa y unge los pies con perfume. Soltar los cabellos en público era un gesto de independencia. Jesús no se retrae, ni aleja a la mujer, sino que acoge su gesto.
• Lucas 7,39-40: La reacción del fariseo y la respuesta de Jesús. Jesús estaba acogiendo a una persona que, según las costumbres de la época, no podía ser acogida, pues era pecadora. El fariseo, observando todo, critica a Jesús y condena a la mujer: “Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.” Jesús le respondió: Simón, tengo algo que decirte. Jesús usa una parábola para responder a la provocación del fariseo.
• Lucas 7,41-43: La parábola de los dos servidores. Uno debía 500 denarios, el otro 50. Ninguno de los dos tenía con qué pagar. Ambos fueron perdonados. ¿Quién de ellos le amará más? Respuesta del fariseo: “¡Supongo que aquel al que perdona más!”. La parábola supone que los dos, tanto el fariseo como la mujer, habían recibido algún favor de Jesús. En la actitud que los dos toman ante Jesús, muestran como apreciaban el favor recibido. El fariseo muestra su amor, su gratitud, invitando a Jesús a que coma con él. La mujer muestra su amor, su gratitud, mediante las lágrimas, los besos y el perfume.
• Lucas 7,44-47: El mensaje de Jesús al fariseo. Después de recibir la respuesta del fariseo, Jesús aplica la parábola. Y estando en la casa del fariseo, invitado por él, Jesús no pierde ocasión para tomarse la libertad de hablar y actuar. Defiende a la mujer, y critica al judío practicante. El mensaje de Jesús para los fariseos de todos los tiempos es: “¡A quien poco se le perdona, poco amor muestra!” Un fariseo piensa que no tiene pecado, porque observa en todo la ley. La seguridad personal que yo, fariseo, creo en mí por la observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia, muchas veces me impide experimentar la gratuidad del amor de Dios. Lo que importa no es la observancia de la ley en sí, sino el amor con que observo la ley. Y usando los símbolos del amor de la mujer, Jesús da respuesta al fariseo que se consideraba en paz con Dios:” Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. ¡Ella ha ungido mis pies con perfume!” Simón a pesar de todo lo que me ofreciste, ¡tú tienes poco amor!”
• Lucas 7,48-50: Palabra de Jesús para la mujer. Jesús declara la mujer perdonada y añade: “Tu fe te ha salvado. ¡Vete en paz!” Aquí aflora la novedad de la actitud de Jesús. El no condena, sino acoge. Y fue la fe lo que ayudó a la mujer a recomponerse y a encontrarse consigo misma y con Dios. En la relación con Jesús, una fuerza nueva despertó dentro de ella y la hizo renacer. 

4) Para la relación personal

• ¿Dónde y cuándo las mujeres son despreciada por los fariseos de hoy?
• La mujer, ciertamente, no hubiera hecho lo que hizo, si no hubiese tenido la certeza absoluta de ser acogida por Jesús. Los marginados y los pecadores ¿tienen hoy la misma certeza respecto de nosotros? 

5) Oración final

Pues bueno es Yahvé
y eterno su amor,
su lealtad perdura
de edad en edad. (Sal 100,5)

Lectio Divina – Miércoles XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 7,31-35
«¿Con quién, compararé, pues, a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo:
`Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado.’
«Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: `Demonio tiene.’ Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: `Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publícanos y pecadores.’ Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos.»

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy vemos como la novedad de la Buena Nueva fue avanzando de tal modo que las personas agarradas a las formas antiguas de la fe quedaban como perdidas sin entender nada de la acción de Dios. Para esconder su falta de apertura y de comprensión ellas se defendían y buscaban pretextos infantiles para justificar su actitud de no aceptación. Jesús reacciona con una parábola para denunciar la incoherencia de sus adversarios: “¡Os parecéis a niños que no saben lo que quieren!”
• Lucas 7,31: ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? A Jesús le parece extraña la reacción de la gente y dice: “¿Con quién, compararé, pues, a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen?” Cuando una cosa es evidente y las personas, o por su ignorancia o por mala voluntad no quieren darse cuenta o no sen dan cuenta, es bueno encontrar comparaciones que hablan por sí solas.
• Lucas 7,32: Como niños, in fundamento. La comparación que Jesús encuentra es ésta: Vosotros os parecéis a “los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: “En el mundo entero hay niños mimados y que tienen la misma reacción. Reclaman cuando los otros no hacen y actúan como ellos quieren. El motivo de la queja de Jesús es la manera arbitraria con que, en el pasado, reaccionaron ante Juan el Bautista y, ahora en el presente, ante el mismo Jesús.
• Lucas 7,33-34: Su opinión sobre Juan y Jesús. “Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: `Demonio tiene.’ Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: `Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Jesús fue discípulo de Juan Bautista, creían él y se hizo bautizar por él. Fue cuando el bautismo que él tuvo la revelación del Padre respecto de su misión como Mesías Siervo (Mc 1,10). Al mismo tiempo, Jesús resalta la diferencia entre él mismo y Juan. Juan era más severo, más ascético, ni comía, ni bebía. Quedaba en el desierto y amenazaba a la gente con los castigos del Juicio Final (Lc 3,7-9). Por esto decían que tenía un demonio, que estaba poseído. Jesús era más acogedor, comía y bebía como todo el mundo. Andaba por los poblados y entraba en la casa de la gente, acogía a las prostitutas y a los recaudadores de impuestos. Por eso decían que era comilón y que se emborrachaba. A pesar de generalizar al hablar de “los hombres de esta generación” (Lc 7,31), probablemente, Jesús tiene en mente la opinión de las autoridades religiosas que no creían en Jesús (Mc 11,29-33).
• Lucas 7,35: La conclusión obvia a la que Jesús llega. Y Jesús termina sacando la conclusión: “Y la sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos”. La falta de seriedad y de coherencia aparece claramente en la opinión que emiten sobre Jesús y Juan. La mala voluntad es tan evidente que no necesitaba de prueba. Esto hacer recordar la respuesta de Job a sus amigos que pretendían ser sabios: “¿Quién podría obligaros a guardar silencio? ¡Esto sería el único acto sabio de vosotros!” (Job 13,5).

4) Para la reflexión personal

• Cuando emito una opinión sobre los otros, ¿soy como los fariseos y los escribas que opinaban sobre Juan y Jesús? Ellos apenas expresaban sus ideas preconcebidas y nada informaban sobre las personas que eran juzgados por ellos.
• ¿Conoces a grupos en la Iglesia de hoy que merecerían la parábola de Jesús?

5) Oración final

¡Feliz la nación cuyo Dios es Yahvé,
el pueblo que escogió para sí como heredad!
Yahvé observa de lo alto del celo,
ve a todos los seres humanos. (Sal 33,12-13)

Lectio Divina – Nuestra Señora de los Dolores

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Juan 19,25-27
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

3) Reflexión

• Hoy es la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, el evangelio del día relata el paso en el que María, la madre de Jesús, y el discípulo amado se encuentran en el calvario ante la Cruz. La Madre de Jesús aparece dos veces en el evangelio de Juan: al comienzo, en las bodas de Caná (Jn 2,1-5), y al final, a los pies de la Cruz (Jn 19,25-27). Estos dos episodios, exclusivos del evangelio de Juan, tienen un valor simbólico muy profundo. El evangelio de Juan, comparado con los otro tres evangelios es como una radiografía, mientras que los otros tres no son que una fotografía. La radiografía ayuda a descubrir en los acontecimientos dimensiones que la mirada común no llega a percibir. El evangelio de Juan, además de describir los hechos, revela la dimensión simbólica que en ellos existen. Así, en los dos casos, en Caná y en la Cruz, la Madre de Jesús representa simbólicamente el Antiguo Testamento que aguarda la llegada del Nuevo Testamento y, en los dos casos, contribuye en la llegada del Nuevo. María aparece como el anillo entre lo que había antes y lo que vendrá después. En Caná, simboliza el AT, percibe los límites del Antiguo y toma la iniciativa para que el Nuevo pueda llegar. Va a hablar al Hijo: “¡No tienen vino!” (Jn 2,3). ¿Y en el Calvario? Veamos:
• Juan 19, 25: Las mujeres y el Discípulo Amado junto a la Cruz. Así dice el Evangelio: “La madre de Jesús, la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena estaban junto a la cruz”. La “fotografía” muestra a la madre junto con el hijo, de pie. Mujer fuerte, que no se deja abatir. “Stabat Mater Dolorosa!” Ella es una presencia silenciosa que apoya al hijo en su entrega hasta la muerte, y a la muerte de cruz (Fil 2,8). Además de estos, la “radiografía” de la fe muestra cómo se realiza el paso del AT al NT. Como en Caná, la Madre de Jesús representa el AT. El Discípulo amado representa el NT, la comunidad que creció alrededor de Jesús. Es el hijo que nació del AT, la nueva humanidad que se forma a partir de la vivencia del Evangelio del Reino. Al final del primer siglo, algunos cristianos pensaban que el AT ya no era necesario. De hecho, al comienzo del siglo segundo, Marción rechazó todo el AT y se quedó solamente con una parte del NT. Por eso, mucho quierían saber cuál es la voluntad de Jesús al respecto.
• Juan 19,26-28 : El Testamento o la Voluntad de Jesús. Las palabras de Jesús son significativas. Viendo a su madre y a al lado de ella, al discípulo que él amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienen a tu hijo.” Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” El Antiguo y el Nuevo Testamento deben caminar juntos. A petición de Jesús, el discípulo amado, el hijo, el NT, recibe a la Madre, el AT, en su casa. En la casa del Discípulo Amado, en la comunidad cristiana, se descubre el sentido pleno del AT. El Nuevo no se entiende sin el Antiguo, ni el Antiguo es completo sin el Nuevo. San Agustín decía: “Novum in vetere latet, Vetus in Novo patet”. (El Nuevo está escondido en lo Antiguo, el Antiguo desemboca en el Nuevo). El Nuevo sin el Antiguo sería un edificio sin fundamentos. Y el Antiguo sin el Nuevo sería un árbol de fruta que no llega a dar frutos.
• María en el Nuevo Testamento. De María se habla poco en el NT, y ella misma habla menos aún. María es la Madre del silencio. La Biblia conserva apenas siete palabras de María. Cada una de estas siete palabras es como una ventana que permite mirar hacia dentro de la casa de María para descubrir cómo ella se relacionaba con Dios. La llave para entender todo esto nos la da Lucas en esta frase: “Dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.” (Lc 11,27-28)
1ª Palabra: “¿Cómo puede ser esto si no conozco hombre?” (Lc 1,34)
2ª Palabra: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.” (Lc 1,38)
3ª Palabra: “Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1,46-55)
4ª Palabra: “Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te buscábamos” (Lc 2,48)
5º Palabra: “¡No tienen vino!” (Jn 2,3)
6ª Palabra: “Haced lo que él os diga!” (Jn 2,5)
7ª Palabra: El silencio a los pies de la Cruz, más elocuente que mil palabras (Jn 19,25-27)

4) Para la reflexión personal

• María a los pies de la Cruz. Mujer fuerte y silenciosa. ¿Cómo es mi devoción a María, la madre de Jesús?
• En la Pietà de Miguelangel, María aparece bien joven, más joven que su hijo crucificado, cuando ya tenía que tener como mínimo alrededor de 50 años. Al preguntarle al escultor porqué había esculpido el rostro de Maríal tan joven, Miguel Angel contestó: “Las personas apasionadas por Dios no envejecen nunca”. ¡Apasionada por Dios! ¿Hay en mí esta pasión?

5) Oración final

¡Qué grande es tu bondad, Yahvé!
La reservas para tus adeptos,
se la das a los que a ti se acogen
a la vista de todos los hombres. (Sal 31,20)

Lectio Divina – Exaltación de la Santa Cruz

Exaltación de la Santa Cruz
El que cree en Jesús tiene vida eterna.
Juan 3,13-17

Oración inicial

Padre, que has querido salvar a los hombres
con la Cruz de Cristo tu Hijo,
concédenos, a los que hemos conocido en la tierra
su misterio de amor,
gozar en el cielo de los frutos de su redención.
Por Cristo nuestro Señor.

1. LECTIO

 Lectura del Evangelio:
Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

El texto que hoy la liturgia nos propone está sacado de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No nos tiene que sorprender el que el pasaje elegido para esta celebración forme parte del cuarto evangelio, porque es justamente este evangelio el que presenta el misterio de la cruz del Señor, como exaltación. Y esto está claro desde el comienzo del evangelio: “Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” (Jn 3,14; Dn 7,13). Juan nos explica el misterio del Verbo Encarnado en el movimiento paradójico del descenso-ascenso (Jn 1,14.18; 3,13). Y es éste el misterio que ofrece la clave de lectura para comprender el despliegue de la identidad y de la misión de Jesucristo passus et gloriosus, y podemos decir con razón que esto no vale solamente para el texto de Juan. La carta a los Efesios, por ejemplo, se sirve de este mismo movimiento paradójico para explicar el misterio de Cristo: “Subió. ¿Qué quiere decir, sino que había bajado con los muertos al mundo inferior?” (Ef 4,9).

Jesús es el Hijo de Dios que al hacerse Hijo del hombre (Jn 3,13) nos hace conocer los misterios de Dios (Jn 1,18). Esto el solamente puede hacerlo, ya que el sólo ha visto al Padre (Jn 6,46). Podemos decir que el misterio del Verbo que baja del cielo responde al anhelo de los profetas: ¿quién subirá al cielo para revelarnos este misterio? (cfr. Dt 30,12; Prov 30,4). El cuarto evangelio está lleno de referencias al misterio de aquel que “ha bajado del cielo” (1 Cor 15,47). He aquí algunas citas: Jn 6,33.38.51.62; 8,42; 16,28-30; 17,5.

La exaltación de Jesús está justamente en este bajar hasta nosotros, hasta la muerte, y a la muerte de cruz, desde la cual él será levantado como la serpiente en el desierto y “todo el que la mire … no morirá” (Núm 21,7-9; Zc 12,10). Este mirar a Cristo ensalzado, Juan lo recordará en la escena de la muerte de Jesús: “Mirarán a aquel que traspasaron” (Jn 19,37). En el contexto del cuarto evangelio, el dirigir la mirada quiere significar, “conocer”, “comprender”, “ver”.

A menudo en el evangelio de Juan, Jesús se refiere al hecho de ser levantado: “Cuando hayan levantado en alto el Hijo del hombre, entonces conocerán que yo soy” (Jn 8,28); “‘cuando yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí’. Jesús daba a entender así de qué muerte iba a morir” (Jn 12,32-33). También en los sinópticos Jesús anuncia a sus discípulos el misterio de su condena a muerte y muerte de cruz (véase Mt 20,17-19; Mc 10,32-34; Lc 18,31-33). En efecto, Cristo tenía que “sufrir todo esto y entrar en la gloria” (Lc 24,26).

Este misterio revela el gran amor que Dios nos tiene. Es el hijo que nos es dado, “para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”, este hijo a quien nosotros hemos rechazado y crucificado. Pero justamente en este rechazo de nuestra parte, Dios nos ha manifestado su fidelidad y su amor que no se detiene ante la dureza de nuestro corazón. El actúa la salvación, a pesar de nuestro rechazo y desprecio (cfr. Hechos 4,27-28), permaneciendo siempre firme en realizar su plan de misericordia: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

b) Algunas preguntas:

i) En el evangelio ¿qué te ha llamado la atención?
ii) ¿Qué significa para tí la exaltación de Cristo y de su Cruz?
iii) Este movimiento de descenso-ascenso ¿qué consecuencias conlleva en la vivencia de la fe?

3. ORATIO

Salmo 78

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
presta oído a las palabras de mi boca;
voy a abrir mi boca en parábolas,
a evocar los misterios del pasado.

Cuando los mataba, lo buscaban,
se convertían, se afanaban por él,
y recordaban que Dios era su Roca,
el Dios Altísimo su redentor.

Le halagaban con su boca,
con su lengua le mentían;
su corazón no era fiel,
no tenían fe en su alianza.

Él, con todo, enternecido,
borraba su culpa, no los destruía;
bien de veces contuvo su cólera
y no despertó todo su furor.

4. CONTEMPLATIO

“Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre.” (Fil 2,11)

Lectio Divina – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén. 

2. Lectura 

a) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mateo 18,21: La pregunta de Pedro
Mateo 18,22: La respuesta de Jesús
Mateo 18, 23-26: 1ª parte de la parábola
Mateo 18, 27-30: 2ª parte de la parábola
Mateo 18, 31-35: 3ª parte de la parábola 

b) Clave de lectura:

En el Evangelio de este domingo 24º del Tiempo Ordinario Jesús nos habla de la necesidad de perdonar a los hermanos. No es fácil perdonar . Hay ofensas e insultos que permanecen golpeando por mucho tiempo en el corazón. Algunas personas dicen: “Perdono, pero no olvido”. ¡No consigo olvidarme! Resentimientos, tensiones, opiniones diversas, provocaciones, hacen difícil el perdón y la reconciliación. ¿Por qué perdonar es tan difícil? En mi familia y en mi comunidad, en mi trabajo y en mis relaciones ¿creo o no un espacio para la reconciliación y para el perdón? ¿Cómo? Meditamos la tercera parte del “Sermón de la Comunidad” (Mt 18,21-35), en el que Mateo reúne las palabras y parábolas de Jesús sobre el perdón sin límite. Durante la lectura, piensa en ti mismo y trata de revisar tu vida. 

c) El texto:

21 Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» 22 Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
Mateo 18,21-3523 «Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. 24Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. 26 Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: `Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré.’ 27 Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó ir y le perdonó la deuda. 28Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: `Paga lo que debes.’ 29 Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: `Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré.’ 30 Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. 31 Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. 32 Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: `Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste.33 ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?’ 34 Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía.35 Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida. 

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué parte de la parábola te ha llamado más la atención? ¿Por qué?
b) ¿Cuáles son los diversos consejos que Jesús nos da para ayudarnos a reconciliarnos y a perdonar?
c) Mirando en el espejo de la parábola, ¿con cuál personaje me identifico más: con el rey que quiere ajustar cuentas con sus siervos, o con el siervo perdonado que no quiere perdonar a su compañero?
d) Mirando la realidad de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra iglesia, de nuestra sociedad y de nuestro mundo, ¿hay entre nosotros un espacio para el perdón y para la reconciliación? ¿Dónde y cómo podemos comenzar, de modo que la reconciliación se irradie entre nosotros? 

5. Para aquéllos que desean profundizar más en el texto 

a) Contexto en el que nuestro texto aparece en el Evangelio de Mateo:

– La comparación de la que se sirve Jesús para ilustrar la obligación de perdonar y reconciliar une parábola y alegoría. Cuando Jesús habla del Rey que quiere ajustar las cuentas con sus siervos, piensa ya en Dios que perdona todo. Cuando habla de la deuda del siervo perdonado por el rey, piensa en la deuda inmensa que tenemos delante de Dios, que nos perdona siempre. Cuando habla de la conducta del siervo perdonado que no quiere perdonar, piensa en nosotros, perdonados por Dios, que no queremos perdonar a nuestros hermanos.

– Al final del primer siglo, los judíos-cristianos de las comunidades de Siria y Palestina tenían problemas serios y graves de reconciliación con los hermanos de la misma raza. En el período del gran desastre de la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos, en los años 70, tanto la Sinagoga como la Ecclesia se encontraban en una fase de reorganización en la región de Siria y Palestina. Por esto entre ellos existía una fuerte tensión, creciente, que era fuente de muchos sufrimientos en las familias. Esta tensión constituye el fondo del Evangelio de Mateo. 

b) Comentario del texto:

Mateo 18,21: La pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces perdonar?
Ante las palabras de Jesús sobre la reconciliación, Pedro pregunta: ¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Siete veces?” Siete es un número que indica perfección y en el caso de la propuesta de Pedro, siete es sinónimo de siempre.

Mateo 18,22: La respuesta de Jesús: ¡Setenta veces siete!
Jesús mira más lejos. Elimina todo posible límite al perdón: “¡No hasta siete, sino setenta veces siete!” ¡Setenta veces siempre! Porque no hay proporción entre el perdón que recibimos de Dios y nuestro perdón dado al hermano. Para aclarar la respuesta dada a Pedro, Jesús cuenta una parábola ¡Es la parábola del perdón sin límite!

Mateo 18, 23-26: Primera parte de la parábola: la situación del deudor
Cuando habla del Rey, Jesús piensa en Dios. Un siervo tiene una deuda de diez mil talentos con el rey. O sea, 164 toneladas de oro. Él dice que pagará. Pero aunque trabajase toda la vida él, su mujer, sus hijos y toda su familia , no estaría en grado de reunir 164 toneladas de oro para restituirlo al rey. Dicho con otras palabras, no seríamos nunca capaces de quitar la deuda que tenemos con Dios. ¡Imposible! (cf Salmo 49,8-9)

Mateo 18,27-30: Segunda parte de la parábola: El gran contraste
Ante el insistente ruego del siervo, el rey le perdona una deuda de 164 toneladas de oro. Un compañero tiene con él una deuda de cien denarios, o sea, 30 gramos de oro. No existe comparación entre las dos deudas. ¡Un grano de arena y una montaña!. Ante el amor de Dios que perdona gratuitamente nuestra deuda de 164 toneladas de oro, no queda otro camino que perdonar la deuda de treinta gramos. Pero el siervo perdonado no quiere perdonar, ni siquiera ante la insistencia del deudor. Trata al compañero como el rey debería haber obrado con él y no lo hizo: ordenó que fuese metido en la cárcel hasta que pagara los 30 gramos de oro. El contraste habla por sí solo, no hay necesidad de comentarios.

Mateo 18,23-35: Tercera parte de la parábola: moral de la historia
La conducta vergonzosa del siervo perdonado que no quiere perdonar cae mal hasta en sus mismos compañeros. Lo cuentan al rey y éste obra en consecuencia: pone en movimiento el procedimiento de la justicia y el siervo perdonado que no quiere a su vez perdonar, es metido en la cárcel, donde permanecerá hasta pagar toda su deuda.¡Debe estar allí hasta hoy! Porque no conseguirá jamás pagar las 164 toneladas de oro! Moral de la parábola: “¡Así también mi Padre del cielo hará con cada uno de vosotros, si no perdonáis de corazón a vuestro hermano!”. El único límite a la gratuidad de la misericordia de Dios, que nos perdona siempre, es nuestro rechazo a perdonar al hermano (Mt 18,34; 6,12.15; Lc 23,34) 

c) Profundizar: Perdonar después del 11 de septiembre de 2001

El 11 de septiembre de 2001, un grupo de terroristas lanzó dos aviones contra las dos torres gemelas de Nueva York y mataron a más de 30.000 personas al grito de “¡Guerra Santa!” La respuesta inmediata fue otro grito: “¡Cruzada!” Las dos partes usaron el nombre de Dios para legitimar la violencia. Ninguna recordó la palabra “¡Setenta veces siete!”. ¡Y uno de ello se dice cristiano!

Con ocasión de la guerra en Irak, el Papa Juan Pablo II gritó en una audiencia pública: “¡La guerra es Satanás!” E invitó a todos a luchar por la paz. En el encuentro ecuménico con representantes judíos y musulmanes en Jerusalén, en el año 2000, el Papa había dicho: “¡No podemos nunca invocar el nombre de Dios para legitimar la violencia!”

La última frase del Antiguo Testamento, con la que el pueblo de Dios entró en el Nuevo Testamento y que expresa el núcleo de la esperanza mesiánica de reconciliación, es el oráculo final del profeta Malaquías: “He ahí que yo enviaré al Profeta Elías antes de que llegue el día grande y terrible del Señor, para que convierta el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres, no sea que venga yo y entregue la tierra toda al anatema (Mal 3,23). Convertir el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres significa reconstruir las relaciones humanas en el pequeño núcleo de la convivencia, o sea, en la familia y en la comunidad. La comunidad es el espacio donde las familias se reúnen para poder conservar mejor y transmitir los valores en los que ellos creen. El desinterés entró en el mundo con el primer hijo nacido de la primera unión: Caín que mató a Abel (Gn 4,8). Este desinterés ha ido creciendo con la venganza repetida. Siete veces será vengado Caín, pero setenta veces Lamech (Gn 4,24). Pedro quiere rehacer el error y propone una reconciliación de siete veces (Mt 18,21) Pero su propuesta es tímida. No va a la raíz de la violencia. Jesús va mucho má lejos y exige setenta veces siete (Mt 18,22). Hasta hoy, y sobre todo hoy, la reconciliación es el deber más urgente que debe ser realizado entre nosotros, seguidores de Jesús. Vale la pena recordar siempre la advertencia de Jesús: “¡Así también mi Padre del cielo hará con cada uno de vosotros si no perdonara de corazón a su hermano!”. ¡Setenta veces siete! 

6. Oración: Salmo 62

Dios única esperanza.

Sólo en Dios encuentro descanso,
de él viene mi salvación;
sólo él mi roca, mi salvación,
mi baluarte; no vacilaré.
¿Hasta cuándo atacaréis a un solo hombre,
lo abatiréis, vosotros todos,
como a una muralla que cede,
como a una pared que se desploma?
Sólo proyectan doblez,
les seduce la mentira,
con la boca bendicen
y por dentro maldicen.

Sólo en Dios descansaré,
de él viene mi esperanza,
sólo él mi roca, mi salvación,
mi baluarte; no vacilaré.
En Dios está mi salvación y mi honor,
Dios es mi roca firme y mi refugio.
Confiad siempre en él, pueblo suyo;
presentad ante él vuestros anhelos.
¡Dios es nuestro refugio!

Un soplo son los plebeyos,
los notables, pura mentira;
puestos juntos en una balanza
pesarían menos que un soplo.

No confiéis en la opresión,
no os atraiga la rapiña;
a las riquezas, si aumentan,
no apeguéis el corazón.
Dios ha hablado una vez,
dos veces, lo he oído:
que de Dios es el poder,
tuyo, Señor, el amor;
que tú pagas al hombre
conforme a sus obras. 

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.