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Archive for the ‘Meditación’ Category

Hoy es 28 de julio, viernes de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Me dispongo a pasar unos minutos con el Señor. Mientras pongo atención a mi respiración, intento disponerme para ser tierra abonada, para que la semilla de la palabra fructifique en mi corazón.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 18-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.»

Se puede ser muchos tipos de tierra, dice Jesús. Puedes, con toda la sinceridad de la que seas capaz, plantearte qué tierra eres tú. Pensar, si de verdad, tu vida es tierra abonada para que la semilla de la palabra de fruto.

Te atreves a preguntarle al Señor, ¿por qué te resistes muchas veces a dejarte transformar por su palabra o te conformas con dar fruto por treinta, cuando estás llamado, estás llamada, a dar por sesenta o cien?

Tambien puedes detectar, agradeciéndolos, esos momentos en los que has sido terreno abonado. Esos días, conversaciones, opciones tomadas, que han sido reflejo de la presencia de Dios en tu vida. Pídele a Dios el don de profundizar en esta dirección.

Jesús tiene interés en explicar el sentido de las parábolas a sus discípulos. Es consciente de que no siempre su mensaje es bien entendido por sus discípulos o la gente que está a su alrededor. El Señor vuelve a llamar a la puerta de tu corazón. En este momento que lees el evangelio por segunda vez, ábrele la puerta.

Después de haber recibido la palabra, de haberla rezado, es un buen momento para hablar con Dios. A partir de lo que surge en tu corazón y para disponerte a que tu vida de, cuanto más fruto, mejor.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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Hoy es 27 de julio, jueves de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Al comenzar este tiempo de encuentro y oración, contacta con tu cuerpo con lo que te rodea, con los sonidos que te llegan del exterior. Con los sentimientos que te invaden en este momento. Respira profundamente y acoge todo ello en ese lugar profundo e íntimo, donde Dios habita en ti. Experimenta cómo Dios te da la bienvenida y te acoge con todo lo que eres.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 10-17):

Los discípulos se acercaron a Jesús, y le preguntaron por qué hablaba a la gente por medio de parábolas. Jesús les contestó: “A vosotros, Dios os da a conocer los secretos de su reino; pero a ellos no. Pues al que tiene, se le dará más y tendrá de sobra; pero al que no tiene, hasta lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo por medio de parábolas; porque ellos miran, pero no ven; escuchan, pero no oyen ni entienden. En ellos se cumple lo que dijo el profeta Isaías:

‘Por mucho que escuchéis, no entenderéis;

por mucho que miréis, no veréis.

Pues la mente de este pueblo está embotada:

son duros de oído

y han cerrado sus ojos,

para no ver ni oí.

para no entender ni volverse a mí

y que yo los sane.

«¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.»

A Jesús, le duele percibir cerrazón a una vida, la suya, que se da de una forma tan gratuita y transparente. Escuchar, abrir los ojos y el corazón. Siempre les instala y pone en camino de conversión y tal vez sus oyentes se resisten a ello. Y tú, cuando te llega su palabra, ¿cómo la recibes, cómo te dejas interpelar?

Jesús invita a poner los sentidos al servicio del reino. No sólo oír, sino escuchar. No sólo mirar sino ver en profundidad, para dejarse tocar en lo hondo, en el corazón. ¿Cómo experimentas que la realidad cotidiana, los acontecimientos de cada día, trocan tu vida? ¿En qué te es más difícil descubrir la presencia de Dios? Déjate tocar.

Hoy se te llama dichoso porque has conocido a Jesús, porque has visto y has oído. Al acoger de nuevo la buena noticia, recibe esta bienaventuranza. Cae en la cuenta de que puede ser partícipe de una alegría grande al descubrir a Jesús y abrirte a su evangelio.

Tras este rato de encuentro, el Espíritu te devuelve a la vida con los ojos abiertos, con los oídos atentos y con el corazón despierto. Permite que tus sentidos sean hoy la puerta por donde Dios se cuela en tu vida. Deja que tus sentidos descubran hoy la huella de Dios encarnada en la realidad y en todas las personas.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Hoy es miércoles, 26 de julio, Miércoles XVI de Tiempo Ordinario.

Disponte para este momento de oración. Procura hacer un poco de silencio interior y trata de limitar las distracciones. Nuestra mente esta cargada de imágenes. La ultima conversación, nuestras preocupaciones, todo lo que hay en nuestro interior. Una ayuda sencilla para encontrar el silencio es reconocer que estás ante el Señor, que quieres estar, especialmente junto a él. Pídeselo con confianza y trata de poner tu atención en este tiempo a su lado. Escucha la invitación que te dice, levántate, prepara el surco, como el sembrador que no se rinde y confía.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 1-9):

Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Acudió tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol. se abrasó, y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El que tenga oídos, que oiga.»

Una multitud estaba escuchando las palabras de Jesús, somos muchos los hombres y mujeres que nos sentimos atraídos por Jesucristo. No te sientas solo, no estás solo. Muchos hombres y mujeres, en todo el mundo, siguen escuchando hoy, atentamente las palabras de Jesús.

El sembrador salió a sembrar. Dios se acerca a mi vida. Él quiere estar junto a nosotros, quiere estar muy cerca de nosotros. Pero a veces no le dejamos resquicio para entrar. No le damos oportunidad en nuestro corazón. Como si fuésemos un terreno pedregoso, no dejamos que la palabra de Dios toque nuestra vida.

El sembrador salió a sembrar. Y escuchamos la palabra de Dios, pero nuestra pereza, nuestro egoísmo, nuestro orgullo, terminan por oscurecer su presencia. La palabra de Dios se marchita en nosotros porque no la cuidamos, no la acogemos, la mezclamos con tantas cosas que termina por secarse.

Y a veces el sembrador encuentra tierra buena. A veces la palabra de Dios encuentra nuestro corazón abierto, dispuesto, atento. Y el gozo reina en nuestro corazón. Y damos fruto de amor, de esperanza, de verdad, de sinceridad. Damos frutos de justicia y de paz, y somos felices porque nuestro oídos han escuchado.

Al volver a leer el texto de Mateo, imagínate que tú también estás junto al lago, prestando atención a las palabras de Jesús. Fíjate en el sembrador. Es Jesús mismo que quiere acercarse a nuestra vida.

Al final de esta oración habla confiadamente con el Señor. comenta con sinceridad, qué tipo de suelo es ahora tu vida. ¿Te sientes alejado del Señor? Tal vez quieres estar cerca pero ¿propones primero tus preocupaciones o intereses? Pide al Señor que te conceda ser como esa tierra fértil. Tierra que recibe la palabra, la acoge y la hace fructificar. Da gracias al Señor porque él sigue entregándose, porque él es la semilla que quiere darnos una nueva vida.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Hoy es 25 de julio, martes de la XVI semana de Tiempo Ordinario, festividad de Santiago apóstol.

Allá donde estés, deja las cosas que te preocupan y detente a tener un momento de oración con el Señor. Déjate hacer por este momento de encuentro y siéntete acogido por las manos abiertas de Dios.

La lectura de hoy es de la Carta de Pablo a los Corintios (2Cor 4, 7-15):

Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios.

La vasija de barro nos lleva a pensar en un alfarero y en sus manos que moldean la belleza de todo lo creado. Abre los ojos y mira lo que te rodea, contémplalo y agradece la presencia de Dios.

La vasija de barro nos lleva a pensar en el tesoro que lleva dentro, en el contenido. Ese tesoro es conocer a Jesús, sentir a Dios. Esto no nos hace mejores, sino que nos lleva a ser más agradecidos, porque su fuerza se manifiesta en nuestra debilidad. Ahora, mírate a ti mismo y siento cómo Dios te regala la vida.

La vasija nos lleva a pensar en el barro, en el material con el que está hecha. La arena forma el suelo que pisamos y también es el símbolo de dónde venimos y a donde vamos. Algún día volveremos a ser uno con Dios y la fragilidad de nuestro barro volverá a las manos del alfarero. Ahora siéntete acogido y mira cómo Dios molea tu ser y da forma a tu vida.

Lee de nuevo el texto y mientras lo haces pon en presencia de Dios el tesoro que llevas, la vida que manifiestas y qué llevas al mundo.

Barro

Como un ánfora de barro mi corazón se llena
cada día de Ti. Cada día que pasa
más y más Tú te adueñas de mi frágil vasija
dándome desde adentro tu luminosa altura.
Mi voz tan quebradiza atalaya las tuyas.
Estoy marcado en medio del alma por tus manos,
Alfarero tan íntimo, arcilla de los arroyos
que me salpican siempre melodiosos cantares.
¡Qué frágil es mi barro para que Tú lo mires!
Qué fuerte tu ternura para que no me raje.
Cómo sabes amarme sin que yo me haga añicos.
Sólo Tú me has cocido para tenerte dentro.
Señor, hasta los bordes de mi arcilla pequeña
lléname cada aurora de tu luz infinita.
Que no quede ni un hueco de mí mismo jamás
para otra sed distinta de la tuya, Dios mío.

Valentín Arteaga

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Hoy es 24 de julio, lunes de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Señor, aquí vengo, con el deseo de escuchar tus palabras. Palabras que no me dejan caer en la tibieza, que no me dejan caer en la mediocridad. Enséñame a no mirar para otro lado. Ayudame a reconocerte como el Señor de mi vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 12, 38-42):

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un signo tuyo.»

Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Los escribas y fariseos piden un signo a Jesús. No creen en él. No creen en sus palabras. Quieren milagros y aún cuando los tienen delante, no son capaces de reconocer que Jesús viene de Dios. ¿Me pasa a mí algo parecido? A veces pido señales para creer en ti. Te pido pruebas y no soy capaz de reconocerte en lo que ya me has dado.

La señal que das es tu muerte y resurrección. Si los fariseos buscaban algo espectacular, o sensacionalista, no lo van a encontrar. Tu respuesta, Jesús, es seguir adelante hasta la cruz y fiarte del Padre. Que el que quiera seguirte que cargue con su cruz y te siga en ese descenso, por pura confianza en ti.

Y terminas poniendo como ejemplo a paganos que creyeron en Dios. A los hombres de Nínive, a la reina del sur. Gente que reconoció la novedad de Dios en cuanto se la mostraron. A veces, en la iglesia, corremos el riesgo de domesticar esa novedad, de hacer callo frente a ella. Y todo nos resbala como una vieja historia oída mil veces. Ayúdanos, Señor, a reescubrir la novedad.

Vuelvo a leer el texto y dejo que las palabras de Jesús me interpelen. Me reconozco como uno de tantos de su época. Necesito signos para creer. Me cuesta confiar en él y en su palabra desnuda.

Señor Jesús, me pongo, en verdad, delante de ti. Yo también pido señales para creer. Yo también dudo cuando parece que callas. Y dudo cuando parece que no te haces presente en este mundo. Ayúdame a reconocerte en las mil señales y milagros que hay en mi vida. Ayúdame a reconocerte como el que muere y resucita. Ayúdame, Señor.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,


<

p style=”text-align:justify;”>que estás en el cielo,


<

p style=”text-align:justify;”>santificado sea tu Nombre;


<

p style=”text-align:justify;”>venga a nosotros tu reino;


<

p style=”text-align:justify;”>hágase tu voluntad


en la tierra como en el cielo.

<

p style=”text-align:justify;”>Danos hoy nuestro pan de cada día;


<

p style=”text-align:justify;”>perdona nuestras ofensas,


<

p style=”text-align:justify;”>como también nosotros perdonamos


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p style=”text-align:justify;”>a los que nos ofenden;


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p style=”text-align:justify;”>no nos dejes caer en la tentación,


y líbranos del mal.

Amén.           

Hoy es 23 de julio, lunes de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Señor, aquí vengo, con el deseo de escuchar tus palabras. Palabras que no me dejan caer en la tibieza, que no me dejan caer en la mediocridad. Enséñame a no mirar para otro lado. Ayudame a reconocerte como el Señor de mi vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 12, 38-42):

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un signo tuyo.»

Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Los escribas y fariseos piden un signo a Jesús. No creen en él. No creen en sus palabras. Quieren milagros y aún cuando los tienen delante, no son capaces de reconocer que Jesús viene de Dios. ¿Me pasa a mí algo parecido? A veces pido señales para creer en ti. Te pido pruebas y no soy capaz de reconocerte en lo que ya me has dado.

La señal que das es tu muerte y resurrección. Si los fariseos buscaban algo espectacular, o sensacionalista, no lo van a encontrar. Tu respuesta, Jesús, es seguir adelante hasta la cruz y fiarte del Padre. Que el que quiera seguirte que cargue con su cruz y te siga en ese descenso, por pura confianza en ti.

Y terminas poniendo como ejemplo a paganos que creyeron en Dios. A los hombres de Nínive, a la reina del sur. Gente que reconoció la novedad de Dios en cuanto se la mostraron. A veces, en la iglesia, corremos el riesgo de domesticar esa novedad, de hacer callo frente a ella. Y todo nos resbala como una vieja historia oída mil veces. Ayúdanos, Señor, a reescubrir la novedad.

Vuelvo a leer el texto y dejo que las palabras de Jesús me interpelen. Me reconozco como uno de tantos de su época. Necesito signos para creer. Me cuesta confiar en él y en su palabra desnuda.

Señor Jesús, me pongo, en verdad, delante de ti. Yo también pido señales para creer. Yo también dudo cuando parece que callas. Y dudo cuando parece que no te haces presente en este mundo. Ayúdame a reconocerte en las mil señales y milagros que hay en mi vida. Ayúdame a reconocerte como el que muere y resucita. Ayúdame, Señor.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.           

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Hoy es 23 de julio, Domingo XVI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 24-43):

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.” Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”»
Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.»

Difícil es pensar que la semilla de mostaza, que es tan diminuta, pueda llegar a ser un arbusto imponente. La levadura, algo tan común, posee un poder de crecimiento sorprendente que, cuando se añade a la masa, la transforma para luego convertirla en pan. Cuando el Reino de Dios actúa en el corazón del ser humano, los comienzos de apariencia insignificante llegan a ser realidades extraordinarias.

Del mismo modo, tampoco podemos imaginarnos el glorioso destino que nos espera como hijos de Dios, invitados a ser ciudadanos del Reino celestial. El Espíritu Santo nos revela el destino final que tendremos y nos capacita para cumplir la voluntad de Dios y llegar a la plena madurez. Débiles como somos, no merecemos tan sublime destino; y si no tuviéramos la ayuda del Espíritu Santo, ni siquiera podríamos aspirar a que se cumplieran los designios divinos.

El Señor es la levadura interior, el poder vivificante y la sabiduría que crece y se propaga en nosotros y que, por medio nuestro, se irradia hacia el mundo.

En la parábola del trigo y la cizaña, vemos otra dimensión del Reino. Sabemos perfectamente que hay semilla buena y mala en nuestra propia vida, y lo mismo sucede en la Iglesia y en el mundo en general. Dado que sólo podemos juzgar por las apariencias, nos resulta imposible separar el trigo y la cizaña; sólo Dios puede hacerlo y él no se da prisa en esta tarea.

Ya se ocupará de ello cuando llegue la cosecha. Hasta entonces, sólo resta crecer y esperar, porque el Dios de la infinita paciencia tiene menos prisa que sus servidores.

Sin embargo, al mismo tiempo, no basta con sentarse a esperar que el Reino avance por sí solo. No podemos dejar pasar ninguna oportunidad de sembrar hasta la semilla más pequeña, para que Dios la haga germinar, crecer y madurar.

“Amado Padre, sé que tu Reino ya está presente en el mundo. Concédeme la gracia de crecer hasta dar fruto verdadero y maduro, para que en el día de la cosecha, me reúna con tus elegidos en los graneros celestiales.”

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Hoy es 22 de julio, festividad de Santa María Magdalena.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 1.11-18):

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice: «¡María!»
Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.”»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto.»

María Magdalena había tenido un pasado tormentoso y Jesús la había librado de siete demonios (Marcos 16, 9). La gratitud que ella sentía floreció en un amor profundo y generoso hacia él, amor que también la motivó a servirle fielmente. Estuvo presente durante toda la crucifixión y sepultura de Cristo y volvió a la tumba para ungir su cuerpo. Venía a ver a Jesús, su Salvador, Médico y Maestro.

Más tarde, cuando fue a preparar el cuerpo del Señor para su sepultura, permaneció junto a la tumba llorando por el dolor de haber perdido a quien había venido a significar tanto para ella. Se sentía confundida, temerosa y solitaria. Finalmente, la perseverancia con que buscaba a Jesús fue recompensada en forma admirable: ¡Tuvo el privilegio de ver al Señor resucitado y escuchar esa voz que tanto conocía y amaba!

Cuando Jesús la llamó por su nombre, todo su ser cambió. De inmediato desaparecieron el miedo, la soledad, la tristeza y la confusión, y se llenó de un júbilo inexpresable. ¡María había presenciado no solo la muerte de su Maestro, sino también su resurrección!

Dios le dio a María el privilegio de ser la primera evangelizadora, la primera en proclamar la resurrección de Cristo. En cierto modo, actuó como apóstol de los apóstoles, título que aún conserva la tradición bizantina. Por su fidelidad a Jesús, María fue liberada del pecado y habilitada por el Espíritu Santo para llegar a ser sierva de Cristo. El amor de Jesús la hacía actuar, porque ella estaba convencida de que él había muerto para que ella viviera.

Posteriormente, habiendo visto a su Señor resucitado, María jamás necesitaría preguntar adónde se había ido; sabía que había ascendido al Padre, como él mismo se lo había anunciado y había enviado al Espíritu Santo para habitar en ella y en todos los que creyeran.

Gracias al Espíritu, ella recibió la seguridad de que Jesús nunca la abandonaría, y que estaría con ella siempre para ayudarla, consolarla y alentarla. Este es el Evangelio que María anunció, y es también el legado nuestro. ¡Aceptémoslo de todo corazón!

“Padre celestial, deseamos escuchar la voz de Jesús y recibir de él la seguridad de que está resucitado. Por la acción de tu Espíritu Santo, concédenos conocer el amor y el perdón de Cristo. Ayúdanos, Señor, a servir a Jesús con amor y hacer todo lo que él nos pida.”

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