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Archive for the ‘Meditación’ Category

Hoy es 22 de septiembre, sábado de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (8, 4-15):

En aquel tiempo, se le juntaba a Jesús mucha gente y, al pasar por los pueblos, otros se iban añadiendo.
Entonces les dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso y, al crecer, se secó por falta de humedad. Otro poco cayó entre zarzas, y las zarzas, creciendo al mismo tiempo, lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y, al crecer, dio fruto al ciento por uno.»
Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»
Entonces le preguntaron los discípulos: «¿Qué significa esa parábola?»
Él les respondió: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de Dios; a los demás, sólo en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan. El sentido de la parábola es éste: La semilla es la palabra de Dios. Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven. Los del terreno pedregoso son los que, al escucharla, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Lo que cayó entre zarzas son los que escuchan, pero, con los afanes y riquezas y placeres de la vida, se van ahogando y no maduran. Los de la tierra buena son los que con un corazón noble y generoso escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando.»

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Festividad de San Mateo

Hoy es 21 de septiembre, viernes de la XXIV semana de Tiempo Ordinario, festividad de San Mateo.

Un día más me dispongo a realizar la oración. Quiero dedicar este tiempo a estar con él. A escucharle, a dejar que su vida entre en mi vida. Quiero que sus caminos sean mis caminos. Como pedía Pedro Arrupe, quiero que su modo de proceder sea mi modo de proceder.

Antes de leer la lectura, preparo mi mente y mi corazón, no estoy solo. Jesús va conmigo. Le pido que abra mi corazón para escuchar la palabra, su palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 9, 9 -13):

Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme.» El se levantó y le siguió.

Y sucedió que estando él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos.

Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?»

Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.

Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»

Jesús llama a Mateo. Le llama en su vida corriente, en su puesto de trabajo, junto a la mesa de recaudación de impuestos. Le llama con sencillez y claridad. Sígueme. Puede que Jesús me esté llamando a mí en la vida corriente, en mi puesto de trabajo, con sencillez y claridad. Puede estar diciéndome: sígueme. ¿Hay alguna llamada en mi vida? ¿A qué me siento llamado?

Se dice que, la idea que no trata de convertirse en palabra, es una mala idea. Y la palabra que no trata de convertirse en acción, es una mala palabra. Las palabras de Jesús son palabras buenas. Mis palabras, ¿cómo son? Y mis palabras se convierten en acciones, ¿qué acciones?

Vuelvo a leer el texto de hoy. Me detengo en lo que más me halla llamado la atención. No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Misericordia quiero y no sacrificios. No vine a llamar a los justos, sino a los enfermos. ¿Qué me sorprende de Jesús, de su palabra? ¿Qué necesito en mi vida?

Dejo salir los deseos, los sueños, los problemas, las preguntas que tengo en mi interior, le hablo también de mi debilidad. Le pido ser imagen suya. Es mi hermano, que me acompaña, que me llama a seguirle, que me escoje. Como hacía Ignacio de Loyola, termino preguntándome: ¿Qué he hecho por él? ¿Qué hago por él? ¿Qué debo hacer por él?

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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Hoy es 20 de septiembre, jueves de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

Te dispones a pasar unos minutos con Jesús, que está deseoso de recibir tu oración. Pausando la respiración, te dispones a vivir la presencia de Dios en tu vida y la luz de la palabra. Que tu corazón  sea tierra abonada para que esta semilla fructifique.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 7, 36-50):

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»

Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.»

Él respondió: «Dímelo, maestro.»

Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»

Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.»

Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»

Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»

Los demás convidados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»

Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

La palabra de Dios te invita hoy a contemplar cómo Jesús restaura la vida de esta mujer que se acerca de la forma más humilde a él. Con su actitud demuestra que está arrepentida de su actitud. Contempla su esperanza, su dolor, su confianza. ¿Te sientes tú así algunas veces?

A pesar de su generosidad inicial al invitar a Jesús, el fariseo no tiene la capacidad de ir más allá de la norma de pureza. Jesús es tocado por una persona impura. Jesús es impuro. Ese juicio duro impide a Simón comprender la misericordia. ¿Hay gente a quien juzgues con dureza, a quien te cueste perdonar?

Pero Jesús va más allá de todo esto. Cambia la perspectiva. Presenta a un Dios que mira el interior del corazón de un humano y que no juzga únicamente por el comportamiento exterior. En este momento y sin temor, muéstrale tu corazón.

Al leer otra vez el relato del evangelio, puedes contemplarlo desde la perspectiva de la mujer. Imagínate cómo entra, cómo se arriesga ante Jesús, cómo recibe su perdón. Puedes imaginarte la manera en que saldría de la casa del fariseo. Puedes evocar algún momento en que hallas vivido algo parecido. Jesús, siempre está preparado para ofrecerte su perdón si tu corazón se entrega a él.

Jesús te invita a conversar sobre aquello que tu corazón lleva dentro. A través de la palabra hemos recibido la invitación de ungir los pies de Jesús con nuestras lágrimas, con nuestro sentido dolor por aquello que no hacemos bien y con hambre. Por aquel amor incondicional que recibido de él cada día.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Hoy es 19 de septiembre, miércoles de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

Una vez más me convocas a este espacio de calma. A este espacio de quietud, a este espacio de amor. Un día más quiero mirarte, dejarme guiar por tu palabra, dejarme transformar por ella. Ahora me importas tú.

La lectura de hoy es de la Primera carta de Pablo a los Corintios (1Cor 12, 31–13, 13):

Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará. Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero, cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño. Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

La vida se juega en el amor. Sin amor no se es nada. Piensa en lo que ha sido tu vida. En aquellos momentos más importantes. En aquello que te ha sostenido. En lo que has recibido de otros. Rememora las experiencias de amor gratuito, incondicional. ¿Con qué te quedas? ¿Qué es lo más valioso?

San Pablo dice que el amor espera, no presume, no es egoísta, no tiene envidia. ¿Cómo es tu amor? ¿Cómo se concreta? ¿Cómo es tu forma de relacionarte y acercarte a otros? El amor que recibes de Dios, es un amor incondicional. Sin límites, eres amado hasta el extremo. Pide poder ser tú también, canal de ese amor.

Dios es amor. Dios disculpa siempre, cree siempre, espera siempre. Al leer de nuevo el texto, puedes fijarte en todo aquello que Pablo dice sobre el amor. Así es Dios. Así estás llamado tú a vivir.

Hazme tú

Tú que eres amor, invádeme
Tú que eres Santo, santifícame
Tú que eres Fuente viva, sáciame
Tú que eres Entrega, utilízame
Tú que eres Presencia, utilízame
Tú que eres Presencia, envuélveme
Tú que eres Plenitud, lléname
Tú que eres Centro, céntrame en ti
Rebósame de Ti y muéstrame tu rostro
Hazme capacidad
Hazme silencio
Hazme tú.

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Hoy es 18 de septiembre, martes de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

Deseos, preguntas, necesidad de cercanía, una certeza, dudas, fidelidad… algo ha hecho que quieras acercarte a Dios en este momento. Ahora, comienza un tiempo de encuentro y de escucha interior. Disponte dejando a un lado las preocupaciones y deja que Dios te haga compañía.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 7, 11-17):

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.

Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»

El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

La muerte del hijo único de una viuda es un detalle que añade crudeza a una pérdida. Ha muerto un joven y una madre se ha quedado sola, desamparada. Poco menos que maldita en aquel tiempo. Hoy en día, ¿vives cerca de realidades dolorosas? ¿Eres tú consciente del sufrimiento que existe a tu alrededor?

El Señor, al verla, sintió compasión. La mirada de Jesús le define mejor que muchos teólogos y filósofos. No es un Dios alejado de la tierra. No se desentiende del dolor y del mal. Al contrario, Jesús acompaña al que llora. Y se implica para que halla justicia. ¿Alguna vez has sentido que puedes acompañar el dolor como lo hace Jesús?

Dios se ha ocupado de su pueblo, porque Dios se puso del lado de la viuda desvalida y secó las lágrimas de los que sufren. Y así, una mirada compasiva y unas miradas dispuestas, hicieron que muchos hombres creyeran, que de verdad Dios, les amara. Nunca volvieron a dudar de su cercanía. ¿Siento también yo esa cercanía de Dios, o le siento más bien alejado?

Vuelve ahora a leer el texto fijándote en los gestos y movimientos de Jesús. Su mirada compasiva, su cercanía al dolor, su voz, su manera de tocar.

Ahora, puedes hablarle a Dios o a Jesús cara a cara, con tus propias preguntas. Háblale de las situaciones de tu vida o a tu alrededor que hallas recordado. Comparte los nombres de la gente que hallas recordado. Pídele su cercanía o dales gracias por su compasión. Siéntete libre y cómodo para expresarte. Él te escucha.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Hoy es 17 de septiembre, lunes de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

Vengo aquí, mi Señor, a este rato contigo. A veces me siento roto, disperso en mil pedazos. Distraído con mil frentes abiertos. Por eso necesito tanto este tiempo contigo, porque siento que tú me unificas, que tú permaneces en medio de todo. Con humildad, un día más, escucho tu palabra.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 7, 1-10):

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»

Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace.»

Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Miro al centurión que hoy aparece en el centro del texto. Un centurión podía ser un hombre furioso y déspota. Sin embargo, aquí descubrimos un ejemplo de humildad. Un hombre que estimaba tanto a un criado que no le importó abrirse a Jesús, hacerse indigno de su visita delante de la gente. Un ejemplo de fe humilde.

El centurión también era apreciado por los judíos de su entorno, pues había ayudado a construir la sinagoga. Ojalá esa fuese la actitud de tantos hombres y mujeres de nuestros días. Una búsqueda sincera. Gente que reconoce la bondad y la verdad más allá de las tradiciones o confesiones de cada uno.

La frase del centurión ha quedado guardada para siempre en la liturgia de la eucaristía. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Puedo saborear despacio la hondura de estas palabras. Señor, no soy digno…

Leo el evangelio una vez más. Me dejo sorprender por la humildad de centurión, de su fe abierta. Agradezco este encuentro entre Jesús y el centurión. Dejo que su historia polarice mis deseos, que ensanche mis horizontes, que rompa mis prejuicios.

Y en este último rato con Jesús, le pido la fe del centurión. Señor, no soy digno de que entres en mi casa cada día, pero agradezco que tú tomes la iniciativa para hacerlo, que vuelvas y llames siempre una vez más.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Hoy es 16 de septiembre, domingo de la XXIV semana de Tiempo Ordinario.

Hoy es tiempo de hacer camino con el resucitado. Sereno mi respiración para dejarme encontrar por él. Acojo su mirada amorosa, a su luz. Me hago consciente del camino interior que estoy haciendo en este momento de mi vida, porque estoy de camino. Puedo escuchar a mi lado a Jesús, eterno peregrino. Me atrevo a exponerme a su pregunta. Esperar que la respuesta nazca de mi manantial más profundo, donde resuena nítida la voz de Dios. Espíritu Santo, afina mis oídos, quiero reconocer tu voz.

La lectura de hoy es del evangelio Marcos (Mc 8, 27-35):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?»

Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.»

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad.

Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Es tan fuerte el anuncio de Jesús. Tan paradójico su mensaje, tan comprometida su pregunta, que siento necesidad de detenerme. Hacer un silencio más hondo, a cribar mi atención amorosa para entrar en su intimidad y exponerme a su presencia.

Ahora sí. Ahora puedo escuchar de labios del Señor, que me llama por mi nombre. realmente, ¿quién soy yo para ti? Y me parece que empiezo a teorizar, puedo devolverle a él la pregunta. Dime Señor, ¿y yo, quién soy para ti?

O tal vez, junto a Pedro, me atreva a dejar aflorar los reproches hacia Dios que se esconden en alguna parte de mí. Lo que me descoloca. No comprendo o se sale de mi lógica, y quizás pueda vislumbrar, cómo y cuando mis pensamientos no son los de Dios. Muéstrame Señor tus caminos.

Dejo que llegue de nuevo la palabra penetrante de Jesús, que ahora se hace especialmente invitación. ¿Quieres venirte conmigo? Espero que mi memoria me recuerde el gozo que he sentido cuando me he atrevido a caminar a su lado. Desde ahí, acojo su desafío a tomar mi cruz y seguirle con garbo. A perder la vida por él y su evangelio, para ganarla.

Me dispongo a cerrar este rato de oración. A pasar serenamente del corazón de Jesús al corazón del mundo, inundado de su presencia. Doy gracias al maestro por este tiempo que me ha regalado.

Tu cruz… ¡mi vuelo!

En tu cruz, Señor,
sólo hay dos palos,
el que apunta como una flecha al cielo
y el que acuesta tus brazos
No hay cruz sin ellos
y no hay vuelo.
Sin ellos no hay abrazo
Abrazar y volar.
Ansias del hombre en celo.
Abrazar esta tierra
y llevármela dentro.
Enséñame a ser tu abrazo.
Y tu pecho.
A ser regazo tuyo
y camino hacia Ti
de regreso.
Pero no camino mío,
sino con muchos dentro.
Dime cómo se ama
hasta el extremo.
Y convierte en ave
la cruz que ya llevo.
¡O que me lleva!
porque ya estoy en vuelo.

Ignacio Iglesias, sj

Para la semana que comienza, pido al Espíritu que me conduzca por su camino. Me inspire la manera de confesar su nombre y me muestre el paso que me invita a dar en su seguimiento. Que esta oración me acompañe a lo largo de la semana. Repitiendo en mi interior, una y otra vez, ese anhelo. Quiero caminar contigo…, quiero caminar contigo…

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