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Archive for the ‘Meditación’ Category

Hoy es 23 de noviembre, jueves de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario.

El deseo de encuentro con el Señor, te trae hasta espacio de amor y libertad. Da gracias por ese deseo. Contacta con los sentimientos que en este momento te habitan, ponles nombre y preséntaselos al Señor. Él te recibe con todo lo que traes, con todo lo que te ocupa y te preocupa, con todo lo que tú eres.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 41-44):

En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: «¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida.»

Jerusalén significa “casa de paz”. Sin embargo Jesús, al contemplarla, llora conmovido por la ceguera de su pueblo. Porque estando llamada a la paz, va a ser conducida a la destrucción y a la guerra. Contempla a este Jesús que se deja tocar y afectar, que siente como propia la suerte de sus hermanos.

Tal vez, también tú, experimentes la turbación, viviendo situaciones que te roban la paz, y que en ocasiones te angustian y te dejan expuesto y a la intemperie. Nombra esas situaciones y suplican andar el camino que te conducen a la paz. Presenta confiado tu propia ceguera al Señor. Suplica sostenerte con confianza sobre la roca firme de Dios.

Trae hasta aquí tantos pueblos que viven en la guerra, que son destruidos y arrasados. Imagina a sus ancianos, a sus mujeres y niños, a tantas víctimas inocentes. Como Jesús, déjate conmover por su dolor.

Dios llega hasta ti en cada acontecimiento, en cada persona, en tu realidad cotidiana. Al acoger de nuevo la lectura del evangelio, pide reconocer el momento de su venida, pide comprender lo que te conduce a la paz. Pide que su presencia no se esconda a tus ojos.

Pero el dolor y la destrucción, no tienen la última palabra. Dios también reconstruye ciudades, y levanta las ruinas. Cierra este tiempo de oración con tu confianza puesta en Dios. Recoge aquello que se ha movido en tu interior. Aquellas luces que abren en ti caminos a la paz, a una mayor entrega, a un mayor reconocimiento de la acción de Dios en tu vida y en la realidad.

Dios te salve María,
llena eres de gracia,
el Señor es contigo.
Bendita tú eres,
entre todas las mujeres
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María,
Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.

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Hoy es 22 de noviembre, miércoles de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario.

Un día más, Señor, quiero estar a tu lado. Quiero llenarme de tu paz. Por eso detengo todo durante unos instantes para dejar que seas tú protagonista de mi día a día. Me hago consciente de que estás aquí conmigo. Toda mi intención, todo mi ánimo y toda mi vida están puestas delante de ti, Señor.

La lectura de hoy es el evangelio de Lucas (Lc 19, 11-28):

En aquel tiempo, dijo Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y se pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.

Dijo, pues: «Un hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro, diciéndoles: “Negociad mientras vuelvo.” Sus conciudadanos, que lo aborrecían, enviaron tras él una embajada para informar: “No queremos que él sea nuestro rey.” Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno. El primero se presentó y dijo: “Señor, tu onza ha producido diez.” Él le contestó: “Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades.” El segundo llegó y dijo: “Tu onza, señor, ha producido cinco.” A ése le dijo también: “Pues toma tú el mando de cinco ciudades.” El otro llegó y dijo: “Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el pañuelo; te tenía miedo, porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras.” Él le contestó: “Por tu boca te condeno, empleado holgazán. ¿Con que sabías que soy exigente, que reclamo lo que no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses.” Entonces dijo a los presentes: “Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez.” Le replicaron: “Señor, si ya tiene diez onzas.” “Os digo: ‘Al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.’ Y a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.”»

Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén.

Los dos primeros empleados fueron fieles aunque el ambiente les era hostil. Todos parecían estar en contra de aquel noble que luego sería rey. A mí también me toca vivir en circunstancias en las que no es fácil hablar de la fe y pese a todo continúa la invitación de Dios a ser fiel día a día.

Jesús premia la audacia y no la actitud reservada de quien prefiere no arriesgar. A veces me puedo sorprender negociando con Dios. Si me concedes tal cosa, te prometo que haré esto otro. No dejes que me pase esto y entonces haré por ti tal cosa. Jesús, de nuevo me pides confianza y valor, que lo de todo, sin negociar ni regatear.

La fidelidad es fecunda. La apuesta por continuar confiando en lo que viene de Dios, da mucho fruto. Quien desconfía de lo que ha recibido y se deja vencer por el miedo al fracaso, no da más de sí. Por eso Dios me invita a confiar en él. Para que seamos fecundos y demos más de lo que hemos recibido. Pienso si hay algo que me paralice, que me haga perder la confianza o guardar mis onzas en un pañuelo.

Jesús emplea palabras difíciles. Reclamo lo que no presto, al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Jesús habla así de la dura exigencia del evangelio. Leo de nuevo el texto y dejo que esta exigencia de Jesús, de confiar y darlo todo, me interpele y me llegue al corazón.

Dejo ahora que el corazón hable por sí solo para que el Señor escuche lo que ya conoce. Mis miedos, mis reservas, mis seguridades y mis confianzas. Los deseos más profundos. Las necesidades más íntimas. El valor que necesito o la gracia para acompañar una situación difícil. Tú lo sabes todo, Señor. Escucha mi oración.

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p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

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Hoy es 21 de noviembre, martes de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario.

Si nos dieran a elegir personajes del evangelio, muchos eligirían a Zaqueo y a los discípulos de Emaús, que son personajes muy conocidos y queridos. El texto de hoy nos ofrece la ocasión de revivir, junto a Zaqueo, su misma aventura de encuentro con Jesús. Prepárate para acompañarle, o mejor, para hacer la experiencia de que tú también eres Zaqueo y su historia, puede ser la tuya.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 19, 1-10):

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.»

Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Hoy volvemos a contemplar una escena del evangelio. Nos fijamos primero en los dos escenarios en que transcurre. Uno al aire libre, a las afueras de Jericó, una ciudad llena de palmeras, muy al sur de Israel. El otro es el interior de la casa de Zaqueo, durante la celebración de una comida.

En el comienzo vemos a dos personajes en movimiento. Jesús camina saliendo de la ciudad y Zaqueo corre y se sube a una higuera para poder verle antes de que se marche. El encuentro es muy improbable.

Sin embargo, el encuentro se produce. Y los vemos comiendo juntos en la casa del publicano. Jesús no se marcha por fin, sino que cambia de itinerario y se queda en casa de Zaqueo.

El que aparecía como jefe de recaudadores de impuestos, algo así como hablar ahora del cobrador del frac, rico, pecador y encima bajo de estatura, va a aparecer al final como hijo de Abrahám. Y está lleno de alegría, aunque con las promesas de restitución económica que hace, queda muy empobrecido.

Contempla largamente a Jesús, que es quien toma la iniciativa. Se detiene bajo el árbol donde está Zaqueo. No le regaña ni le hace ningún reproche. Le invita a bajar y le pide que le reciba en su cas. Y es precisamente esa actitud suya, la que consigue de Zaqueo, lo que los reproches nunca habrían logrado, que cambie de vida, que comparta sus bienes y se llene de alegría. Escúchale decir, como dirigidas a ti, las palabras con las que revela el sentido de su vida. Ha venido a buscar a los que estaban perdidos. Siéntete formar parte de ese colectivo, de encontrados por Jesús.

También yo llevo muchas etiquetas encima, Señor. Y lo mismo que Zaqueo, no doy la talla. Pero tú sabes que en el fondo de mi corazón, se esconde el deseo de verte y por tanto por eso ando buscando a qué árbol he de subirme para verte y qué pasos dar para alcanzarte. Y me resulta increíble que tú te detengas ante mí y quieras venir a mi casa, sentarte a mi mesa e instalarte en mi vida. Como Zaqueo, te pido hoy: ven, entra, quédate conmigo. Consigue de mí que comparta más, que abra a los otros mis manos y mi tiempo, mis vienes y mi corazón.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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Hoy es 19 de noviembre, lunes de la XXXIII semana de Tiempo Ordinario.

Hoy, Señor, quiero salirte al paso. Como el ciego del evangelio quiero tomar la iniciativa y buscarte. Desde los caminos de mi vida cotidiana te grito pidiendo ayuda. La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 18, 35-43):

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.

Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.»

Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»

Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

Él dijo: «Señor, que vea otra vez.»

Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.»

En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

El evangelio de hoy es especialmente rico en personajes y situaciones. Hoy se me invita en este rato a contemplar despacio, a zambullirme en la escena, como si presente me hallase. ¿Dónde se centra mi atención al escucharlo? ¿Dónde me sitúo?

Puedo sentirme como la gente anónima. Al principio indican al ciego que está pasando Jesús, que es un instrumento para él. Luego le mandan callar y se avergüenzan del que está pidiendo ayuda. Yo también puedo ser instrumento o impedimento para llegar a Jesús.

También puedo fijarme en el ciego, en la humildad de su petición, en su insistencia. Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Puedo hacerme a esta petición: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí.

Y puedo oír la pregunta de Jesús. Una pregunta directa, con sus ojos clavados en los míos. ¿Qué quieres que haga por ti?

Escucha de nuevo el texto y sitúate en la escena, entre la gente, con el ciego y con Jesús. Déjate llevar por los detalles que sólo tú descubres. Deja que el evangelio te transforme con sólo contemplarlo.

Te he gritado, Señor y tú has respondido con una pregunta. ¿Qué puedo hacer por ti? Es el momento de responder, de dejarme mirar por ti y contestar esa pregunta desde lo más íntimo. ¿Qué puedes hacer hoy por mí, Señor?

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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Hoy es 19 de noviembre, Domingo XXXIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 25, 14-30):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
– «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.”
Su señor le dijo:
“Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.”
Su señor le dijo:
“Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:
“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.”
El señor le respondió:
“Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.»

El evangelio de Mateo (25,14-30) nos muestra, tal como lo ha entendido el evangelista, una parábola de “parusía” sobre la venida del Señor. Es la continuación inmediata del evangelio que se leía el domingo pasado y debemos entenderlo en el mismo contexto sobre las cosas que forman parte de la escatología cristiana. La parábola es un tanto conflictiva en los personajes y en la reacciones. Los dos primeros están contentos porque “han ganado”; el último, que es el que debe interesar (por eso de las narraciones de tres), ¿qué ha hecho? :“enterrar”.

III.2.Los hombres que han recibido los talentos deben prepararse para esa venida. Dos los han invertido y han recibido recompensa, pero el tercero los ha cegado y la reacción del señor es casi sanguinaria. El siervo último había recibido menos que los otros y obró así por miedo, según su propia justificación. ¿Cómo entendieron estas palabras los oyentes de Jesús? ¿Pensaron en los dirigentes judíos, en los saduceos, en los fariseos que no respondieron al proyecto que Dios les había confiado? ¿Qué sentido tiene esta parábola hoy para nosotros? Es claro que el señor de esta parábola no quiere que lo entierren, ni a él, ni lo que ha dado a los siervos. El siervo que “entierra” los talentos, pues, es el que interesa.

III.3. Parece que la recompensa divina, tal como la Iglesia primitiva pudo entender esta parábola, es injusta: al que tiene se le dará, y al que tiene poco se le quitará. Pero se le quitará si no ha dado de sí lo que tiene. Y es que no vale pensar que en el planteamiento de la salvación, que es el fondo de la cuestión, se tiene más o menos; se es rico o pobre; sino que la respuesta a la gracia es algo personal que no permite excusas. La diferencia de talentos no es una diferencia de oportunidades. Cada uno, desde lo que es, debe esperar la salvación como la mujer fuerte de los Proverbios que se ha leído en primer lugar. Tampoco el señor de la parábola es una imagen de Dios, ni de Cristo, porque Dios no es así con sus hijos y Cristo es el salvador de todos. Es una parábola, pues, sobre la espera y la esperanza de nuestra propia salvación. No basta asegurarse que Dios nos va a salvar; o aunque fuera suficiente: ¿es que no tiene sentido estar comprometido con ese proyecto? La salvación llega de verdad si la esperamos y si estamos abiertos a ella.

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Hoy es 18 de noviembre, sábado de XXXII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 18, 1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.” Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

El texto de Lucas ahonda en esta confianza que nace de la esperanza en el Dios de la misericordia, el Dios que es Padre y quiere el bien para todos sus hijos, especialmente los más vulnerables y desprotegidos, los que sufren la injusticia.  La descripción del juez es tajante “ni teme a Dios ni le importan los hombres”.  Hay muchísima gente de bien en nuestro mundo, pero también es cierto que hay mucho mal e injusticia que se ceban en sistemas políticos, sociales y económicos que se basan y alimentan el egoísmo, el interés individual, la codicia, minando desde la raíz las posibilidades del bien común. ¿Podemos decir que nuestra sociedad, nuestra comunidad de fe, nuestra familia y cada uno particularmente, teme a Dios y le importan las personas?

Creer en Dios y tener esperanza en que se cumplirá su voluntad, pasa por no excluir a Dios de ningún ámbito de la vida y confiar en el poder de su voluntad, que está guiada por su amor y querer el bien para todos y cada uno de sus hijos.  La viuda del evangelio fue insistente y apelaba a un hombre injusto.  ¿Cómo desistir nosotros si apelamos a un Dios justo y Padre? Para no desfallecer hemos de profundizar en esta fe que confía y espera en Dios.  Ello implica descubrir los signos de esa presencia de Dios en nuestro mundo, a nuestro alrededor, en nosotros mismos.  Somos testigos de cómo Dios actúa en el mundo y la oración nos ha de llevar a vivir con confianza, con una actitud de esperanza y comprometidos con ese bien común que implica también morir a mi egoísmo y querer el bien no para mí sino para todos.  Dios me ha dado el don de la fe para hacerse un poco más presente en nuestra historia.  Termino con una palabras de Nolan: “Lo que de verdad importa a largo plazo no es sólo que tengamos esperanza, sino que actuemos con esperanza”. Así, cuando venga el Hijo del Hombre, sí encontrará fe en la tierra.

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Hoy es 17 de noviembre, viernes de la XXXII semana de Tiempo Ordinario.

Llego un día más a este tiempo de oración. Unos días llego alegre y con ganas de encontrarme con Dios. Y otros por rutina. Hay días en que me resulta fácil entrar en la oración y dejar que llegue a mi corazón. Mientras que otros me cierro en mis preocupaciones, tareas y dificultades. Puedo llegar con búsquedas y dudas que presentar al Señor. O simplemente con ganas de darle gracias por la vida. Intento en este tiempo inicial hacerme consciente de cómo llego a la oración. Y me dejo recibir por Dios, tal y como soy y vengo.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 17, 26-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»

Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»

Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»

Para aquellos que le escuchaban y para la comunidad en la que se escribió este evangelio, seguramente este lenguaje les resultaba familiar. Hoy puede sernos más desconcertante oír hablar a Jesús en esos términos. No siempre me resulta fácil entender lo que Jesús quiere decir. A veces por falta de conocimiento o formación y otras por mis propios impedimentos. Le pido hoy que me ilumine para comprender su mensaje.

Jesús intenta explicar a sus discípulos lo que significa la venida del Reino. Enfrenta dos estilos opuestos. El de los que se preocupan de sí mismos, sus pertenencias y sus intereses y el de aquellos que permanecen atentos a Dios, a su palabra y a sus signos. El que pretenda guardarse su vida, la perderá y el que la pierda, la recobrará. También en mi interior se da esta tensión, que unas veces me inclina más hacia mis intereses y otras hacia los de Dios.

A veces cuesta escuchar a Jesús, hablar de quienes entran en el reino y de los que quedarán fuera por no estar preparados. Sin embargo, para aquel que le ha ido siguiendo y escuchando no es difícil descubrir en Jesús el dolor por aquellos que se pierden la alegría de ser parte de este reino nuevo en el que caben todos. El dolor por los que le dan la espalda y eligen seguir a los suyos. Puedo agradecer el haber recibido esa invitación por parte de Jesús y pedir que él me siga sosteniendo para perseverar en su búsqueda.

Vuelve a leer el texto, teniendo presente ese deseo de Jesús de que todos queramos sumarnos al proyecto de Dios y entrar desde ya en ese reino que se está haciendo realidad aquí y ahora. Es el tiempo de ponerse a prepararlo y buscarlo.

Termino este tiempo de oración poniéndome delante de Jesús y ofreciéndole mis deseos de seguirle y de participar con él en ir construyendo su reino. Puedo hablarle de las dificultades para ir dejando que mi vida se vaya transformando a su modo. O puedo pedirle que sea él quien ponga fuerzas donde a mí me faltan. También le agradezco cuando me hace sentir partícipe compartiendo sus luchas y proyectos.

Alma de Cristo, santifícame,
Cuerpo de Cristo, sálvame,
Sangre de Cristo, embriágame,
Agua del costado de Cristo, lávame,
Pasión de Cristo, confórtame.
Oh buen Jesús, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme,
no permitas que me aparte de ti,
del maligno enemigo, defiéndeme.
y en la hora de mi muerte, llámame,
y mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos.
Amén.

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