Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Meditación’ Category

Hoy es 22 de junio, viernes de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Para comenzar esta oración y reconocer la presencia de Dios, cierra los ojos y calma tu respiración. Inhala profundamente, exhala lentamente. Entra en contacto con la sensaciones de tu cuerpo. Recorre tu cuerpo lentamente y siente cada parte. Detente en tus manos. Siente tus manos. Después en tu vientre, en tus piernas, en tus pies, tu cabeza, mientras escuchas el silencio, déjate llevar por su transparencia. Que Dios vaya tocando tu corazón.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 6, 19-23):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»

¿Dónde está tu tesoro? Te pregunta el Señor directamente. ¿Dónde está puesto mi corazón? No siempre lo sé. No siempre lo tengo tan claro. Muchas veces ni me doy cuenta de que tengo el corazón enredado con cosas que no valen la pena. Me desgasto persiguiendo un arco iris inexistente. ¿Dónde está mi tesoro?

Me pregunto con honestidad. ¿Qué me mueve? ¿Qué hace que me levante cada mañana? ¿En qué cosas gasto mi energía día a día?

Gasto mi energía en tantas cosas. ¿Cómo saber que esas cosas son tesoros del cielo y no tesoros pasajeros que se come la polilla? ¿Qué quedará cuando yo me haya ido? ¿Habrá merecido la pena aquello por lo que he apostado?

Vuelve a leer el texto y pon atención en la parte final. Tener una mirada clara, un ojo sano, para ver lo que realmente vale la pena en esta vida.

Señor Jesús, que no guarde sino que entregue. Que no apriete sino que suelte. Que no acumule sino que siembre. Que no viva, sino que muera. Como un día hiciste tú por mí.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Anuncios

Read Full Post »

Hoy es 21 de junio, jueves de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Sitúate ante Dios. Siente como te mira. Trata de percibir su bondad y su amor, derrochándose en ti y desde ahí prepara el corazón y la mente para este rato de encuentro con él. Pídele su gracia. La gracia de su amor y su bondad.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 6, 7-15):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que lo pidáis. Vosotros rezad así: “Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.” Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

Hoy, el Dios todo bondad y misericordia, quiere encontrarse contigo. Ese Dios Padre que sabe lo que te hace falta antes de que se lo pidas. ¿Puedes recordar alguna situación así, en la que el Dios amor te haya sorprendido derrochando sin que tú se lo hayas pedido? Recuérdalo y saboréalo.

Jesús nos enseña con esta oración, a rezar a nuestro Padre bueno. Nos dijo cómo hacerlo y desde entonces repetimos, una y otra vez, esta oración. Dedica un rato a repetirla, despacio, sintiendo y gustando cada palabra. Y detente allí donde el Señor te toque más el corazón. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre…

Vuelve a leer el texto. Sintiendo y gustando de nuevo lo que el Señor quiere transmitirte con esta oración.

Puedes terminar hablando con Jesús y agradeciéndole el don de la oración. Agradeciéndole esta posibilidad de dirigirnos a él así. Después termina rezando la oración que él nos enseñó.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Read Full Post »

Hoy es 20 de junio, miércoles de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Comenzamos la oración de hoy leyendo un texto en el que Jesús nos advierte del peligro de forma clara y contundente. Es una invitación a vivir para el interior y no para las apariencias. Lee con atención la propuesta de cambio:

<

p style=”text-align:justify;”>Vosotros cuando oréis 
no uséis muchas palabras, 
usad el corazón,
 pues vuestro Padre
 sabe lo que necesitáis
antes de pedírselo.
 Entra en tu cuarto,
 ora en lo oculto,
 ora en lo escondido,
 y tu Padre,
 que está en lo escondido,
 te escuchará.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 6, 1-6.16-18):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

Se nos habla hoy de acciones muy buenas para cualquier persona. Buscar la justicia, dar limosna, ayunar y rezar. Pero antes del hacer está el ser. Jesús viene a convertir el corazón de cada uno de nosotros. No busca el quehacer, sino el cómo y desde donde. ¿Desde dónde actúo yo cuando se trata de practicar la justicia y hacer el bien?

Jesús habla de la verdadera recompensa, la que viene de Dios y no de los hombres. Opone ambas recompensas. Si recibimos la primera debemos esperar la de Dios. La tentación está en hacer y además recibir aplausos. Sin embargo lo que se nos pide es buscar la recompensa de servir a Dios. Hoy se me dice a mí: tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

Al leer el texto, hazlo en primera persona. Escucha a Jesús saltando el tiempo y el espacio hasta ti, aquí y ahora. E invitándote a desnudar tu corazón de dobles intenciones.

Puedes ahora hablarle al Padre que ve en lo secreto. Háblale de los momento duros en los que necesitas el aplauso y de la lucha de cada día en la que nos sentimos solos ante la injusticia. Pídele que su consuelo sea suficiente para hacer los pequeños sacrificios como el de callar aun teniendo razón. El de perder al lado del que está vencido. Pídele también gusto para perfumar tu vida, sólo para el Señor.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Read Full Post »

Hoy es 19 de junio, martes de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Me dispongo a comenzar este rato con Dios. Me hago consciente de que él está cerca y quiere hacerse presente en mi realidad. Un día más, él me guía y acompaña discretamente, sin hacer ruido. Un día más, delante de él, las prisas y las preocupaciones se disipan. Todo se van llenando de su luz.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5, 43-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Conocemos la famosa ley del Talion, que propone el ojo por ojo y pacta con el rencor y la venganza. Pero el Señor se opone siempre al instinto de venganza con la no violencia, la bondad y el derroche generoso. Me detengo a pensar, ¿qué lugar ocupan el rencor y la rabia en mis asuntos contidianos?

El evangelio no pide lo imposible sino lo perfecto. Amar a todos. El odio es la enfermedad del que no se ocupa del otro, el que pasa de largo ante la necesidad ajena. Del que prescinde del prójimo para vivir. Contemplo mi vida. ¿De quién me tengo que preocupar más?

El padre regala a todos la lluvia y el sol. A justos e injustos paga el mal con bien. La voz del amor resuena y se dirige a todo hombre y mujer sea quien sea. Pruebo a imitar al Padre Dios. Rezo hoy y bendigo a todos mis enemigos.

Leo de nuevo el fragmento del evangelio. Caigo en la cuenta de cómo la perfección no pasa tanto por las capacidades personales, como por el amor. Cuanto más ame y perdone, más perfecto, más a imagen de Dios.

Llego al final de la oración. Es el momento de presentarte Señor mi palabra, mi silencio habitado. Me despido al compás de lo rezado.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

Read Full Post »

Hoy es 18 de junio, lunes de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Me pongo en presencia de Dios. Abro mi espíritu al poder vivificante y renovador de su palabra. Su voz llega hoy hasta mí con un mensaje intemporal que atraviesa los siglos. Transmitida por los evangelistas, la palabra de Dios guarda para mí un mensaje personal, destinado a encarnarse en mi vida concreta. Desde luego no es un mensaje conformista. Está lleno de exigencias y sobre todo me obliga a mirar a los otros con ojos nuevos, acercarme a ellos con un corazón nuevo.

La lectura de hoy es del evangelio de Mate (Mt 5, 38-42):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas.»

Escuchar esta invitación que nos hace Jesús a poner la otra mejilla, a dar más de lo que te piden,  debió ser mucho cante para la sociedad judía de la época. Hoy también es un mensaje que nos descoloca. ¿Me siento capaz de poner la otra mejilla o de dar más de lo esperable?

La mansedumbre de Jesús guarda, bajo la apariencia de la humillación, el valor sobrehumano de la dignidad pacífica, de la bondad que es capaz de vencer y desarmar con la sola fuerza del amor. Las palabras de Jesús anuncian que un nuevo orden está naciendo y que una nueva justicia alumbrará el mundo. ¿Me siento capaz de acompañarle y construir un reino como el que él anuncia?

Leo de nuevo las palabras de Jesús, con el asombro que debió provocar al pronunciarlas.

Danos, Señor, aquella paz extraña que brota en plena lucha como una flor de fuego, que rompe en plena noche, como un canto escondido. Que llega en plena muerte como el beso esperado. Danos la paz de los que andan siempre desnudos de ventajas, vestidos por el viento de una esperanza núbil. Aquella paz del pobre que ya ha vencido el miedo. Aquella paz del libre que se aferra a la vida. La paz que se comparte en igualdad fraterna, como el agua y la hostia.

Dios Padre bueno, que enviaste a tu hijo al mundo, para enseñarnos el camino de la fraternidad y de la paz. Transforma mi corazón de piedra en un corazón de carne como el tuyo. Capaz de amar a quienes quizá podría odiar. Y capaz de orar a favor de quienes me acosan o calumnian. Enséñame a ver el valor de la mansedumbre en un mundo que parece estar regido por la violencia. Enséñame esa extraña justicia tuya de Padre. Que ama a todos sus hijos por igual y sabe festejar nuestro retorno a tu casa. Enséñame a ser humilde de corazón y a ver en esta voluntaria debilidad mi mayor fortaleza. Amén.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

Read Full Post »

Hoy es 17 de junio, domingo de la XI semana de Tiempo Ordinario.

Este rato del fin de semana lo reservo para un encuentro tranquilo con el Señor. Vengo con todo lo que soy, todo lo que he vivido esta semana, lo que me inquieta, lo que me pacifica, y pongo todo en sus manos. Voy haciendo silencio, buscando el espacio y el tiempo para acercarme  su palabra y dejar que haga eco en mí.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 4, 26-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

En su misión, Jesús habla continuamente del Reino de Dios y lo hace por medio de parábolas o nos lo muestra con signos como las curaciones, expulsando demonios, comiendo con pecadores. Es algo que siempre sorprende, que trae esperanza, que libera. ¿Qué experiencias tengo del Reino de Dios en mi vida?

Jesús cuenta con nosotros en la extensión del Reino. Su llamada a seguirle es una invitación a que colaboremos con él en su misión. Me detengo a pensar de qué maneras he ido construyendo el Reino. O como puedo, a partir de ahora, seguir haciendo que el Reino de Dios crezca.

Pero el Reino no lo podemos construir nosotros con nuestras propias fuerzas, como  la semilla, que crece sin que sepamos cómo o cuando. Dios actúa en nuestras vidas y hace germinar las semillas. Con actitud contemplativa puedo descubrir y admirarme de cómo Dios actúa en las personas para que venga su reino.

Leo de nuevo el texto y dejo que con las palabras de Jesús, vengan a mí imágenes de este reino que él anuncia y que de alguna manera ya he podido intuir en mi historia.

En actitud de confianza presento a Jesús los sentimientos y emociones que provoca en mí oírle hablar del Reino. También las dificultades y desesperanzas que encuentro en mi caminar diario.

El placer de servir

Toda la naturaleza es un anhelo de servicio.
Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
Sé el que apartó la piedra del camino,
el odio entre los corazones
y las dificultades del problema.
Hay la alegría de ser sano y la de ser justo;
pero hay, sobre todo, la hermosa, la tan inmensa alegría de servir.
¡Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho,
si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender!
Que no te llamen solamente los trabajos fáciles.
¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!
Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito
con los grandes trabajos;
hay pequeños servicios que son buenos servicios:
adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña.
Aquél es el que critica,
éste es el que destruye,
tú sé el que sirve.
El servir no es faena de seres inferiores.
Dios, que da el fruto y la luz, sirve.
Pudiera llamársele así: «El que sirve».
Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos
y nos pregunta cada día:
«¿Serviste hoy?
¿A quién?
¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?»

Gabriela Mistral

Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de la semana, repitiendo en tu interior, una y otra vez, la petición que decimos siempre en el padrenuestro: venga a nosotros tu Reino, venga a nosotros tu Reino.

Read Full Post »

Hoy es 16 de junio, sábado de la X semana de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 5, 33-37):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor.” Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

A lo largo de esta semana, estamos leyendo la Carta Magna del Evangelio, el discurso de Jesús en el Monte de las Bienaventuranzas. Para Mateo Cristo es el nuevo Moisés que comunica la Nueva Ley. En este discurso aparecen seis antítesis entre el Antiguo Testamento y  los nuevos criterios de vida que Jesús enseña.

Hoy Mateo nos presenta la cuarta antítesis, que tiene que ver con el segundo y octavo mandamiento. Aquí Jesús nos señala el amor a la verdad como algo que debe reflejarse en el cristiano. Además, Cristo condena el juramento porque de algún modo está ligado a la mentira, el que jura necesita demostrar que no miente.

Así que si al cristiano no se le permite mentir, ¿qué sentido tiene jurar? Nuestras palabras deben ser veraces y debemos ser coherentes con lo que decimos y nuestro modo de vivir en la verdad. El sí de nuestra boca tiene que corresponder con el sí de nuestro corazón. El Maligno es el padre de la mentira. Por eso, la mentira no debe entrar en el corazón humano ni regir las relaciones de unos con otros. El que es capaz de mentir es capaz de cualquier cosa. Dice la Escritura: “La boca que miente mata el alma”

En un mundo donde muchas veces se vive de apariencias, en la mentira e incluso y en la posverdad, palabra que explica una cultura en el que las mentiras pueden sobrevivir si nos benefician, el Señor nos invita a vivir en la verdad, a conformar nuestro pensamiento, nuestras palabras y obras a la Verdad, ésta nos hará libres.

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: