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Archive for the ‘Navidad’ Category

¡Qué hermosura de poema! Un texto tan grandioso –“Quiero creer”- que la Liturgia de las Horas lo ha colocado en los laudes del Martes de la Semana II; pero bien podía estar colocado en Cuaresma por sus muchas alusiones cuaresmales. Su autor, Gerardo Diego, de la Generación del 27, (Santander, 1896-Madrid, 1987), gran poeta y ferviente católico.

«Creo; ayuda mi poca fe» (Mc 9,24)

El panorama de crisis, debilitamiento de la fe y el crecimiento de la indiferencia ante Dios, no es cerrado. Dios está ahí, aunque sea escondido. Quien, a pesar de la oscuridad y la duda, quiere creer, ante Dios, es ya creyente, pidiéndole que filtre en «sus secas pupilas dos gotas frescas de fe». Quien busca sinceramente a Dios, se ve envuelto más de una vez por la oscuridad, la duda o la inseguridad. Pero, si sigue buscando, es porque hay en él un deseo de Dios y un deseo de creer que no queda destruido por la duda, el cansancio o el propio pecado. Lo que se nos pide es creer, desde lo íntimo, en Jesús y en su Buena Noticia.

Entrevistas personales con Jesús.

Son muchas las entrevistas, diálogos, encuentros personales con Jesús que aparecen en los evangelios. Estas entrevistas o diálogos abren los ojos de la fe.

En el diálogo con la mujer samaritana, Jesús da el agua a quien la busca. El camino de la fe nos dará una alegre seguridad y la serenidad de una vida limpia. Él quiso estar sediento de la fe de aquella mujer para encender en ella el fuego del amor divino. ¡Qué curiosa entrevista! Empieza un diálogo que conducirá a la mujer a la fe y que la renovará totalmente. Encontrará en Cristo el agua de la verdadera vida. Jesús conduce a la samaritana de sus afanes, y de la búsqueda equivocada de la felicidad al centro de sí misma. Poco a poco alcanzará la mirada de la mujer al que da la plenitud. Como la mujer samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (ver Jn 4,14).

En el diálogo con el ciego de nacimiento, éste le pregunta: «“¿Y quién es, Señor, para que crea en Él?”. Jesús le dice: “Lo estás viendo; es el que habla contigo”. El ciego respondió: “Creo, Señor”. Y se postró ante Él» (Jn 9, 36-37). «Creo, Señor». Dos palabras. Sólo dos. Son, en realidad, el sentido de toda una vida. Aceptación del mundo nuevo, de la nueva visión, de los verdaderos valores que colocan al hombre en su verdadera dimensión trascendente. Sólo Cristo es la luz.

El diálogo entre Jesús y las hermanas de Lázaro es franco y con ado. Tienen tanta confianza en Jesús, que el acto de fe les sale casi connaturalmente. La confesión de María es admirable y la hacemos nuestra: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Marta parece un poco más reticente. La respuesta de Jesús es tajante con su réplica: «Si crees, verás la gloria de Dios». Con los discípulos, las dos hermanas y los que lloran a Lázaro, abrimos los ojos del alma y reconocemos a Jesús como el Cristo, el Señor de la Vida. Nace la fe (Jn 11, 27ss).

Tocar el corazón

«Tocar con el corazón, he aquí en qué cosiste el creer. En efecto, también aquella mujer que tocó la orla lo tocó con el corazón, porque creyó. Además, Él sintió a la que lo tocaba y no sentía a la multitud que lo apretujaba. «Alguien me ha tocado», dice el Señor. Me tocó, creyó en mí. Y los discípulos, al no entender lo que signi caba ese me tocó, le dijeron: «La multitud te apretuja y dices: ¿Quién me ha tocado?» ¿No sé yo lo que digo con estas palabras: Alguien me ha tocado? La multitud apretuja, la fe toca» (cf. Mc 5, 25-41).

¡La fe! Sólo la fe! «Os aseguro que en Israel no he encontrado a nadie con una fe como ésta» (Mt 8, 10). «¡Oh mujer, qué grande es tu fe. Que te suceda como quieres. Y desde aquel momento su hija quedó curada» (Mt 15, 28) En la curación del muchacho epiléptico, el padre pide a Jesús: «Si puedes hacer algo, apiádate de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: ¡Si puedes…! Todo es posible para el que cree». Entonces el padre del muchacho exclamó: «Yo creo, ayúdame a creer más» (Mc 9, 22. 23). Al ciego Bartimeo le dice: «Anda, tu fe te ha curado. Inmediatamente recobró la vista y seguía a Jesús en el camino» (Mc 10, 52).

¡La fe! ¡Sólo la fe! Es la gran preocupación de los Santos Padres y de toda la Iglesia. Es el tema preferente de San Ambrosio: «De modo que, cuando la profunda oscuridad de la noche cubra por completo el día, la fe ignore el ocaso y la noche resplandezca de fe» (Deus creator omnium, estrofa 5.a). «Sea Cristo nuestro Alimento, sea nuestra bebida la fe; libemos con gozo la sobria efusión del Espíritu. Transcurra este día en el gozo: sea el pudor la alborada, el mediodía la fe y nuestra alma ignore la sombra del crepúsculo» (Splendor paternae gloria, estrofas 6-7).

¡La fe! ¡Sólo la fe! La fe nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a acoger su Palabra para ser sus discípulos. Hoy es muy necesario un compromiso eclesial para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe como una experiencia de gozo y de gracia. Con palabras de san Agustín, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; es decir, los creyentes «se fortalecen creyendo» Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»

«¿A quién acudiremos cuando la fe va herida». «¿Quién curará nuestra herida?». «¿Quién limpiará nuestras lágrimas?». «¿A quién vamos a acudir, Señor? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 69).

¡Guardadnos en la fe y en la unidad, vosotros, que ya estáis desde el principio en comunión con Cristo y con el Padre!

¿A quién acudiremos
cuando la fe va herida
sino a vosotros, testigos vigilantes,
que anunciáis con palabra poderosa
lo que era en el principio,
lo que vieron de cerca vuestros ojos
y lo que vuestras manos
tocaron y palparon del Verbo de la vida?6

El texto para meditar

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé,

y, limpio de culpa vieja,
sin verlos te pude ver.
Quiero creer.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire el,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.
Quiero creer.

Limpia mis ojos cansados,
deslumbrados del cimbel,
lastra de plomo mis párpados
y oscurécemelos bien.
Quiero creer.

Ya todo es sombra y olvido
y abandono de mi ser.
Ponme la venda en los ojos.
Ponme tus manos también.
Quiero creer.

Tú que pusiste en las ores rocío,
y debajo miel,

filtra en mis secas pupilas
dos gotas frescas de fe.
Quiero creer.

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver

creo en Ti y quiero creer.

Antonio Alcalde Fernández

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Que los caminos se abran a tu encuentro
que el sol brille sobre tu rostro,
que la lluvia caiga suave sobre tus campos,
que el viento sople siempre a tu espalda.
Que guardes en tu corazón con gratitud
el recuerdo precioso
de las cosas buenas de la vida.
Que todo don de Dios crezca en ti
y te ayude a llevar la alegría a los corazones de cuantos amas.
Que tus ojos reflejen un brillo de amistad,
gracioso y generoso como el sol,
que sale entre las nubes y calienta el mar tranquilo.
Que la fuerza de Dios te mantenga firme,
que los ojos de Dios te miren,
que los oídos de Dios te oigan,
que la Palabra de Dios te hable,
que la mano de Dios te proteja,
y que, hasta que volvamos a encontrarnos,
otro te tenga, y nos tenga a todos,
en la palma de su mano.

 

¡¡¡FELIZ AÑO 2018!!!

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«Mientras estaban María y José en Belén le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (cf. Lc. 2, 6-7). Con estas palabras tan sobrias y sin adornos narra el Evangelio el nacimiento de Jesús. El Evangelio prefiere los términos sencillos a los retóricos para hablar del acontecimiento más inefable: el nacimiento del Salvador. Esta preferencia es ya una lección preciosa para nosotros. Nos pasa inadvertido lo humilde, aunque sea decisivo, y nos detenemos ante lo espectacular, aunque sea hueco.

Tres personajes ocupan el centro de la narración: el Niño acostado en un pesebre, María a su lado para cuidarlo y José protegiendo al recién nacido y a la Madre que termina de dar a luz. A veces, en nuestros nacimientos, nos cuesta trabajo encontrar, entre la multitud de personajes, paisajes y adornos, el centro del misterio. Distraemos la atención en mil cosas y se nos escapa lo central. El establo de Belén, con el Niño, María y José, es el foco que ilumina las fiestas de Navidad. Navidad es el nacimiento de Jesús que desde el pesebre emite un mensaje de fraternidad y de concordia.

Desde el corazón del misterio pueden ser todas las cosas iluminadas. “Si hacemos fiesta cuando nace uno de nosotros, ¿qué haremos naciendo Dios?”. La celebración del Salvador de la humanidad repercute en las familias que se unen festivamente, felicitan particularmente a los niños, se alegran por la presencia de todos y echan de menos de manera más sensible a los ausentes. Jesús nació en un hogar, y por ello Navidad es fiesta especialmente de familia.

De la luz de Belén son un reflejo nuestras calles y plazas iluminadas. Las luces encendidas nos anuncian que la celebración del Nacimiento de Jesús está cerca, ¿o únicamente son un reclamo comercial para vender y comprar, para consumir y gastar? Tanto las fiestas de Navidad como la Semana Santa muestran, en nuestra sociedad y en nuestros pueblos y ciudades, la impregnación humana y cultural de los acontecimientos cristianos que celebramos. Han enriquecido las expresiones folklóricas. Si estas manifestaciones no se relacionan adecuadamente con el centro emisor cristiano, parecerán como signos sin significado, como iniciativas enigmáticas, como realidades colgadas de las nubes. ¿Qué responderíamos a los niños cuando pregunten sobre el porqué de las fiestas y el sentido de las cosas?

El establo de Belén está lleno de contrastes. El Hijo de Dios nace como un niño pobre en una familia marginada. Jesús hizo realmente la opción de nacer, vivir y morir pobremente (cf. 2 Cor. 8, 9). Por eso, sus discípulos estamos llamados a elegir a Dios y no al dinero como centro del corazón (cf. Mt. 6, 21 y 24) y a vivir sobriamente compartiendo los bienes con los demás. «Se ha manifestado la gracia de Dios enseñándonos a vivir una vida sobria, justa y religiosa» (cf. Tito, 2, 11-12).

A veces el contraste entre el nacimiento humilde de Jesús en Belén y la grandeza de la divinidad se expresa en la liturgia de manera sublime: El eterno comparte con nosotros la vida temporal, el invisible se hace visible, el omnipotente se hace débil, el dueño de todo se hace indigente y necesitado. A este contraste entre lo divino y lo humano en Jesucristo, la Liturgia lo llama “maravilloso intercambio”. El Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros fuéramos hijos de Dios. Junto al Niño de Belén estamos invitados a descubrir nuestra dignidad personal. San Juan de la Cruz, en una poesía sobre el nacimiento de Jesús, escribió a propósito de María contemplando a su hijo recién nacido que “lloraba y gemía en el pesebre”: “Y la Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios / y en el hombre la alegría, / lo cual del uno y del otro / tan ajeno ser solía”. Jesús, como todos los niños, como nosotros, durante algún tiempo habló sólo el lenguaje del llanto cuando algo necesitaba o le molestaba algo y de la sonrisa cuando se le contemplaba cariñosamente o se le hacía carantoñas.

El intercambio de que habla la Liturgia y el trueque de la poesía de San Juan de la Cruz significan que en el nacimiento de Jesús celebramos no sólo el encanto de un niño pequeño, ni sólo el nacimiento de un personaje extraordinario, sino también y sobre todo, la encarnación del Hijo de Dios. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn1, 14). El Hijo de Dios nace en nuestro mundo; en todos los lugares podemos poner el nacimiento y adorar el Misterio de “Dios-con-nosotros”.

Las fiestas de Navidad empiezan con la celebración de Nochebuena, es decir la Noche del nacimiento de Jesús como Luz del mundo en medio de la noche de la historia y terminan con la fiesta de los Reyes o de la Epifanía, el día 6 de enero. Nacimiento o Navidad, Epifanía o Manifestación están íntimamente unidos, ya que el Salvador ha nacido y se ha dado a conocer; su nacimiento fue anunciado a los hombres como causa de alegría y de esperanza.

Para darse a conocer, el Señor ha utilizado diversos signos. El ángel anunció a los pastores el nacimiento del Señor y los encaminó hacia el establo de Belén (Lc.2, 12-20). Los Magos vieron una estrella como signo del nacimiento del Señor y siguiendo la estrella fueron conducidos hasta el lugar donde yacía el Niño anunciado y buscado. Cuando lo vieron, cayeron a sus pies y lo adoraron (cf. Mt. 2, 1-12).

Navidad es también oportunidad para nosotros de hallar a Dios en nuestra vida. Hay signos, acontecimientos y personas que nos ayudan a buscar y a encontrar a Dios.

Deseo a todos una feliz Navidad. ¡Que el Adviento nos prepare para hallar a Jesús en brazos de María! ¡Que Navidad sea también manifestación de Dios en nosotros! ¡Que la ternura de Belén cambie nuestros corazones de endurecidos a entrañables!

Mons. Ricardo Blázquez Pérez
Cardenal Arzobispo de Valladolid
Presidente de la Conferencia Episcopal Española

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Dios ha venido. Está aquí. Y, en consecuencia, todo es distinto de cómo a nosotros nos parece. El tiempo, que había sido hasta entonces un flujo sin fin, se ha convertido en acontecimiento que imprime silenciosamente a cada cosa un movimiento en una única dirección, hacia una meta perfectamente determinada. Estamos llamados, y el mundo juntamente con nosotros, a contemplar en todo su esplendor el rostro mismo de Dios. Proclamar que es Navidad significa afirmar que Dios, a través del Verbo hecho carne, ha dicho su última palabra, la más profunda y la más bella de todas. La ha introducido en el mundo, y no podrá retomársela, porque se trata de una acción decisiva de Dios, porque se trata de Dios mismo presente en el mundo. Y he aquí lo que dice esta palabra: «Mundo, ¡te amo! Hombre, ¡te amo! (K. Rahner).

Con la Navidad han tornado al mundo la alegría, la esperanza y la vida: la persona misma de Dios se ha hecho visible en el rostro de un Niño sencillo y pobre, pero rico en amor hacia todos. Confesará san Ireneo: «El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre, unido al Verbo, pudiera recibir la adopción y llegar a ser hijo de Dios». Recorramos brevemente la Palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece en estas fiestas navideñas para penetrar en su conjunto las riquezas espirituales y las invitaciones a un nuevo renacimiento en la fe, convencidos de que, en Jesús, el hombre y Dios han reencontrado una comunión de vida.

La alegría de Navidad se abre en el corazón de la noche con el inicio de la triple celebración eucarística que anuncia el nacimiento del Emmanuel, el Salvador esperado de las gentes (misa de medianoche), a la que sigue la invitación dirigida a toda la Iglesia para que acoja su salvación con el estupor de los pastores (misa de la aurora) y, al fin, con el Prólogo de san Juan, meditado en el silencio y en la adoración el misterio de la encarnación del Verbo (misa del día). La Iglesia ante el misterio del nacimiento del Hijo de Dios se inclina en él asombrada y conmovida proclama: «Nace de una virgen aquel que es engendrado en la eternidad del Padre».

La paz en la tierra y la gloria en el cielo, proclamadas por los ángeles el día de Navidad, se prolongan en la semana siguiente, primero con el recuerdo del protomártir Esteban, primer diácono de la Iglesia (26 de diciembre), después con la penetración contemplativa de la palabra de vida del evangelista Juan (27 de diciembre) y con el testimonio de los Santos Inocentes (28 de diciembre). Además, la fiesta de la Sagrada Familia (primer domingo después de Navidad), modelo de vida familiar en el mundo, pero abierta al plan de Dios, y la fiesta de la Madre de Dios (1 de enero), ulterior mirada sobre el Autor de la Vida por medio de María, nos introducen en una reflexión más amplia sobre los misterios de la vida cristiana. La celebración de la epifanía (6 de enero), fiesta de la luz, nos permite empezar a conocer y ver a Dios, ya aquí entre nosotros, para poder contemplarlo después en el pleno esplendor de la patria futura. Y la celebración del Bautismo de Jesús, inicio de su misión profética, tras la investidura solemne del Padre y del Espíritu Santo en las aguas del Jordán, donde es proclamado «Hijo querido», constituye el mejor precinto al ciclo navideño y al mismo tiempo abre a la serie de domingos ordinarios.

Todo el período navideño no sólo pone ante los ojos de la Iglesia, admirada y conmovida, el misterio de la venida de aquel que «es sostenido por los brazos maternos de María y sostiene el universo», sino que enseña también que él es aquel que ha fijado para siempre su morada entre los hombres para hacer de cada hombre un hermano y amigo y reconducido al Padre común. Dirá san Gregorio de Nisa, celebrando el misterio de Navidad, que «el Hijo de Dios asume nuestra pobreza para hacernos entrar en posesión de su divinidad»; se despoja de su gloria para hacernos partícipes de su plenitud.

Como María, la virgen de la Palabra, que conserva todas estas cosas en su corazón y las medita, también nosotros queremos ser testigos fiables de la Navidad acogiendo en nosotros al Verbo de la vida.

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Bendice, Señor, nuestra mesa de Nochebuena.
Por una noche, al menos, deseamos que el mundo sea una gran familia,
sin guerra, sin miseria, sin drogas y sin hambre.
Sin refugiados de ningún color.
Con algo más de música y alegría y mucha más justicia y solidaridad.

Que nuestra fraternidad, Jesús recién nacido,
acoja tu palabra de amor y de perdón.
De misericordia y benignidad.

Que vaya siendo la casa de todos.
Consérvanos unidos.
Danos fuerza y ternura, para ser personas abiertas y justas,
que luchen sin cansancios ni desalientos por un mundo
donde haya buenos días y muchas noches-buenas,
como ésta en que quisiste poner tu tienda entre nosotros.

Tú serás bienvenido, Señor, siempre a esta fraternidad
hasta que nos reúnas en la tuya, al final, a todos los hombres y mujeres del mundo,
en la alegría inagotable de tu cielo en el gozo crecido de tu reino sin fin.
Así sea.

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Para la catequesis de los más peques.

Epifanía del Señor

Domingo II de Tiempo Ordinario

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Para la catequesis de los más peques.

Epifanía del Señor

Epifanía del Señor

 

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Bautismo del Señor

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