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Archive for the ‘Pascua’ Category

Originalmente se denominaba “fiesta de las semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169). Siete semanas son cincuenta días; de ahí el nombre de Pentecostés (= cincuenta) que recibió más tarde. Según Ex 34 22 se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo; era una fiesta movible pues dependía de cuándo llegaba cada año la cosecha a su sazón, pero tendría lugar casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don de la ley.

En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168).

(Vocabulario Bíblico de la Biblia de América)
Comisión Nacional de Pastoral Bíblica

PENTECOSTÉS, algo más que la venida del espíritu…

La fiesta de Pentecostés es uno de los Domingos más importantes del año, después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto.

Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es la Pascua.

En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. Aunque lamentablemente, hoy en día, son muchísimos los fieles que aún tienen esta visión parcial, lo que lleva a empobrecer su contenido. Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo. 

Es bueno tener presente, entonces, que todo el tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir.

Culminar con una vigilia:

Entre las muchas actividades que se preparan para esta fiesta, se encuentran, las ya tradicionales, Vigilias de Pentecostés que, bien pensadas y lo suficientemente preparadas, pueden ser experiencias profundas y significativas para quienes participan en ellas.

Una vigilia, que significa “Noche en vela” porque se desarrolla de noche, es un acto litúrgico, una importante celebración de un grupo o una comunidad que vigila y reflexiona en oración mientras la población duerme. Se trata de estar despiertos durante la noche a la espera de la luz del día de una fiesta importante, en este caso Pentecostés. En ella se comparten, a la luz de la Palabra de Dios, experiencias, testimonios y vivencias. Todo en un ambiente de acogida y respeto.

Es importante tener presente que la lectura de la Sagrada Escritura, las oraciones, los cantos, los gestos, los símbolos, la luz, las imágenes, los colores, la celebración de la Eucaristía y la participación de la asamblea son elementos claves de una Vigilia.

En el caso de Pentecostés centramos la atención en el Espíritu Santo prometido por Jesús en reiteradas ocasiones y, ésta vigilia, puede llegar a ser muy atrayente, especialmente para los jóvenes, precisamente por el clima de oración, de alegría y fiesta.

Algo que nunca debiera estar ausente en una Vigilia de Pentecostés son los dones y los frutos del Espíritu Santo. A través de diversas formas y distintos recursos (lenguas de fuego, palomas, carteles, voces grabadas, tarjetas, pegatinas, etc.) debemos destacarlos y hacer que la gente los tenga presente, los asimile y los haga vida.

No sacamos nada con mencionarlos sólo para esta fiesta, o escribirlos en hermosas tarjetas, o en lenguas de fuego hechas en cartulinas fosforescentes, si no reconocemos que nuestro actuar diario está bajo la acción del Espíritu y de los frutos que vayamos produciendo.

Invoquemos, una vez más, al Espíritu Santo para que nos regale sus luces y su fuerza y, sobre todo, nos haga fieles testigos de Jesucristo, nuestro Señor.

Eduardo Cáceres Contreras
Instituto de Catequesis

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La Pascua es el tiempo de la Iglesia. “Ahora os toca a vosotros”, parece decirnos el Señor Resucitado cuando nos muestra sus llagas -el ministerio eclesial de la caridad, espléndido ejercicio del llamado “munus regendi”-, su Palabra -el ministerio eclesial docente o “munus docendi” y su pan tierno y partido -“munus sanctificandi”-. Ahora nos toca a nosotros y tenemos cincuenta días consecutivos y todos los domingos del año -la vida entera, en definitiva- para reconocer y ser testigos del Resucitado, la mejor noticia y realidad de toda la historia de la humanidad.

Sí, la Pascua es la vocación de la Iglesia. Es su destino y su heredad.  Somos ciudadanos del cielo, de un cielo y de una Pascua que solo se pueden ganar en la tierra. La cruz de Cristo nos redime, pero no nos garantiza automáticamente la salvación que hemos de lograr completando en nuestra carne y en nuestra alma lo que le falta a su Pasión redentora. Pasión y Pascua se funde, de este modo, en una unidad indivisible y santa.

Somos herederos de la Pascua, de una Pascua a la que  solo se llega desde la cruz. La Pascua es el Calvario y la cruz es la gloria. La muerte es la resurrección. El fracaso es la victoria. El dolor es el gozo. La angustia es la satisfacción. Es preciso saber morir -no solo la muerte corporal y terrena, sino también tantas pequeñas muertes cotidianas al hombre viejo- para poder resucitar. Muriendo -sí- se resucita a la vida eterna. La única manera de vencer el dolor y la tristeza es dejar de amarlos, sentenció con acierto un escritor. Pero ello, todo ello, solo desde Jesucristo crucificado y resucitado, en Quien y de Quien hemos de aprender estas diez actitudes claves para vivir la Pascua, para dejar que la Pascua nos transforme:

1.- Una actitud de admiración y reconocimiento de la verdad de la Pascua: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! ¡Aleluya! La verdad de la resurrección de Jesucristo no es una fábula, una parábola, una moraleja o un símbolo. Es una verdad histórica, indestructible e invencible. ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya! La resurrección de Jesucristo es la clave de bóveda de nuestra fe. Ha resucitado realmente, corporalmente, glorificadamente. Es también cierta y verdadera su resurrección como lo fue su vida, su pasión, su cruz y su muerte. Y al igual siempre que su cruz siempre nos llama a la compunción, a la emoción, a la admiración y al agradecimiento, lo mismo su resurrección, tan auténtica una como la otra. ¡Verdaderamente, sí, ha resucitado el Señor. Aleluya!

2.- Una actitud de inserción en el misterio de la cruz de Cristo: ¡Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!  No hay dicotomía entre el Cristo Crucificado y el Cristo Resucitado. Para ello es preciso hallar el equilibrio entre la cruz y la gloria. Nos hemos pasado tantos años en la Iglesia clavados en el Viernes Santo, plantados en la contemplación de la Pasión, que ahora, como si se tratara de un movimiento pendular, nos hemos instalado con verdad y también con demasía solo en la gloria. Hasta ufanamente decimos estar solo pendientes de la Pascua. Y no hay Pascua sin Viernes Santo. Entonces la resurrección tendrá consecuencias en nuestra vida, comprendiendo progresivamente la resurrección a la luz de la vida de Cristo y recorriendo nuestra vida a la luz de esta resurrección, a cuya “escuela” hemos de acudir cada día, humilde, gozosa y esperanzadora.

3.- Una actitud de novedad: Somos panes nuevos, los panes ácimos de la Pascua. Esta actitud consiste en saber ver y juzgar con ojos y corazón nuevos. Ya les pasó a los apóstoles. Ya les pasó a Pedro y a Juan. Dudaron del anuncio de las mujeres y necesitaron ir al sepulcro, hallarlo vacío, contemplar las vendas y el sudario. Y ver con el corazón. “…y entonces vio y creyó, pues no habían entendido la Escritura que anunciaba que Él iba a resucitar de entre los muertos”.

4.- Una actitud de confiada, esperanzada y contagiosa alegría. La alegría es la característica de los textos bíblicos y litúrgicos de la Pascua. La alegría es el grito, el clamor de los testigos del sepulcro vacío y del Señor Resucitado. Se trata de una alegría exultante y a la vez serena, de una alegría contagiosa y expansiva, de una alegría confiada y esperanza. El “aleluya” de la Pascua es etimológica y conceptualmente alegría. ¡Claro que hay en la vida y en nuestra vida motivos para el pesar y la tristeza! Los hay, sí, pero, ante todo y sobre todo, ha de haberlos para la esperanza y la alegría. Cristo ha resucitado. Tiene sentido la vida. Tiene sentido nuestra fe. El cristiano de esta hora del siglo XXI habrá de ser testigo de esta alegría con su propia alegría. Si siempre fue cierto que nada más triste que un cristiano –un santo, dice el refrán- triste, en medio de acosos y cortapisas al cristianismo y a la Iglesia, hemos de ser alegres, hemos de transmitir que esta alegría que nadie no ha de arrebatar.

5.- Una actitud de búsqueda y de escucha de la Palabra de Dios. La escuela de la Pascua tiene, por tanto, como primera lección la escucha atenta, constante y orante de la Palabra de Dios. Hemos de regresar una y otra vez a la Biblia. Es la fuente, el sustrato y el nutrimento capital de nuestra fe y de nuestra vida. Los cristianos -particularmente los católicos- no podemos ser los grandes desconocedores y hasta prófugos de la Palabra de Dios, que es siempre viva y eficaz, actual, interpeladora, pensada para ti, para mí y para todos. La Palabra de Dios es la gran pedagoga, la gran educadora de nuestros ojos y de nuestro corazón. Es la gran maestra y descubridora de la Pascua, como aconteció con los discípulos de Emaús.

6.- Una actitud de trascendencia: “Buscar las cosas de allá arriba”. La escuela de la Pascua, al purificar nuestra mirada y nuestro corazón, nos enseñar a mirar “más arriba”, a buscar las “cosas de allá arriba”, donde está Cristo el Señor. Nuestro mundo y también los cristianos urgimos recuperar la trascendencia. El progreso de la ciencia y de la técnica, los altos niveles de bienestar que disfrutamos en Occidente -al menos, la mayoría de las personas- nos prometen continuamente el paraíso en la tierra y nos dejamos engañar pensando que estamos a un tris de hallar aquí, en esta tierra, la felicidad y la plenitud. Vivimos en el sofisma del primer paraíso terrenal cuando la serpiente engañó al primer hombre y a primera mujer en la manzana del árbol de la vida, del árbol del bien y del mal. No hay más árbol de la vida que el árbol de cruz. El, en Jesucristo crucificado, es el Bien, el único bien vivo y verdadero. Y la tentación y los tentadores son el mal. No nos confundamos y no nos dejemos confundir.

7.- Una actitud de renovada y profunda espiritualidad y vida interior. Un cristianismo renovado, vigoroso, robustecido, confesante y apostólico es que, nutrido de la Palabra de Dios, se abre y se recicla continuamente en la oración y los sacramentos. A esta hora nuestra de secularismos y laicismos la única respuesta válida es la que brote de una vida interior, de la plegaria, de la espiritualidad recia y encarnada. Para “buscar las más de allá arriba”, donde está Cristo el Señor, necesitamos rezar, fortalecer nuestra vida interior, revitalizar nuestras raíces cristianas, ahondar en la verdadera y propia identidad de nuestra fe y de nuestra Iglesia en y desde la comunión, sintiéndonos orgullosos de pertenecer a ella.

8.- Una actitud propia de la condición del discípulo. La escuela de la Pascua, desde la Palabra y desde la búsqueda y cultivo de la verdadera y apremiante trascendencia y espiritualidad, es la escuela del discipulado.  Para ser testigos antes hay que ser discípulos. El discípulo es el que está a la escucha y en la compañía del Maestro. Es aquel que experimenta y conoce su sabiduría, su grandeza y su amor. Solo así el discípulo hallará al Cristo total – no a un Cristo a mi gusto o medida- y solo así el discípulo se convertirá en apóstol, en misionero, en testigo. Nuestro gozo será entonces tal que nos brotará y surgirá espontáneo e irrefrenable el expandir y transmitir con la fuerza de la propia vida y de las obras al Cristo que se levanta y camina con las llagas y transido de gloria en el alba del día sin ocaso.

9.- Una actitud misionera de apóstol. Todo lo anterior nos convertirá así en apóstoles y testigos. Pero nadie da lo que no tiene. De ahí la importancia de ser antes discípulos. Solo transformados nosotros mismos podremos ser levadura nueva de transformación para nuestra humanidad. Cristo Resucitado nos llama a ser sus testigos. “Nosotros somos sus testigos”, repetían los apóstoles en aquellas horas y días de la gran Pascua.

10.- Una actitud solidaria con todos los que sufren, con todos los llagados. En la Pascua nos espera el Resucitado, ¿dónde hallarlo? Lo descubriremos también en nuestras llagas y en las llagas de una humanidad dolorida y anhelante de salvación y a quien hemos servir en la caridad y a través de la Eucaristía, el Cuerpo glorioso y llagado de Jesucristo, el Pan partido y repartido para la vida del mundo. Con los de Emaús sintamos, cantemos y actuemos: “Te conocimos, Señor, al partir el pan; Tú nos conoces, Señor, al partir el pan”.

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¡Feliz día de la luz!
¡Feliz futuro en el que amanece
un nuevo horizonte para el hombre!
¡Ha resucitado! ¡Aleluya!
Esta felicidad, hermanos,
no es igual que la del resto del año:
¡Ésta  nos rescata de la tristeza!
Esta felicidad, hermanos, no es la misma que –sin sentido- nos deseamos en la noche final del
año:
¡Ésta es felicidad para siempre, no es para uno año.
Es para el cielo, para todos!
Esta felicidad, hermanos, no la ofrece el licor,
la música, ni la superficialidad:
¡Ésta viene como portento
y horas grandes de Dios en la tierra!
Esta felicidad, hermanos, no surge de las pequeñas movidas que nos montamos:
¡Ésta viene de lo más profundo del corazón de Dios!
Esta felicidad pascual, hermanos,
no es deleitada por los dulces de cada día:
¡Este “felices pascuas” arranca de nuestro deseo de ser hombres nuevos!
Este deseo “felices pascuas” no nace del egoísmo
¡Éste viene del amor de Dios sin condiciones!
Este aleluya, brillante y vibrante, triunfal y armonioso
no es entonado por instrumento humano:
¡Es ejecutado por la fe que nos anima
a creer en el Resucitado!

¡Aleluya, amigos todos!
Teniendo a Jesús por delante:

un sepulcro vacío
unas mujeres que reconocen al Maestro
unos discípulos, con virtudes y defectos
una Virgen que contempla emocionada a Jesús vivo;
no tenemos derecho al desaliento
no existe habitación para el temor
no podemos dar la mano al pesimismo
No hay lugar para la muerte ni para las noches oscuras

¡Jesús ha resucitado!
¡Jesús ha prometido lo que cumplió!

¡Jesús es la alegría del mundo!
¡Jesús es el final de la muerte!
¡Jesús es el principio de de la vida eterna!
¡Jesús es la razón de nuestra espera!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Mil veces aleluya!
¡Ha resucitado, el Señor!
¡Bendita la mañana que nos trajo tal noticia!

Javier Leoz

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Con la Solemnidad de Pentecostés alcanzamos el final de este tiempo, de vida y de resurrección, de plenitud y de redención que hemos vivido durante toda la Pascua.

1.- El mandato que recibimos en el día de la Ascensión “Id y anunciad” lo iniciamos con Aquel en el que se sostiene toda la misión de Jesús: el Espíritu Santo.

  • Sin Él, sin Pentecostés, nuestras obras pueden ser muchas pero sin calado eterno. Es como aquel arquitecto que diseñaba y levantaba un gran edificio pero no lograba su propósito de alcanzar el cielo ni que, en el interior de su construcción, los moradores estuvieran cómodos.
  • Pentecostés nos eleva y nos comunica la fuerza de Dios para cimentar su Iglesia. Nos empuja para que no nos detengamos por los caminos ante las dificultades con las que choca nuestro deseo de evangelizar.
  • Pentecostés nos hace buscar y anhelar más lo que nos une que aquello que nos separa. Si Dios es amor, el Espíritu Santo, nos comunica ese potencial de adhesión a Cristo y, desde Cristo, a los hermanos.
  • Pentecostés es vida espiritual. No podemos subsistir sin el Espíritu de Dios. Estamos muy acostumbrados a vivir según las medidas del mundo que hemos olvidado ese gran tesoro que Jesús nos transmite: su Espíritu Santo ¿Por qué esa separación entre vida espiritual y vida activa? ¿No sería bueno llevar a cabo nuestras acciones apostólicas, políticas, económicas, sociales, lúdicas…sin olvidar lo qué somos y a qué aspiramos?
  • Pentecostés, además, es llamada a la humildad. No podemos transformar las estructuras del mundo (las de nuestra familia, escuela, pueblo, ciudad, parroquia) o las nuestras personales, con nuestro propio esfuerzo o criterio. Sólo con el Espíritu lograremos alcanzar aquello que urge una renovación o un cambio.

2.- Hoy damos gracias a Dios por la Iglesia. No es una mera dispensadora de Sacramentos. Mucho menos una estación de servicios (aunque algunos la vean o la utilicen de esa forma). La Iglesia se renueva y está constantemente preñada por la presencia del Espíritu Santo. En Él está su fuerza, su potencial, su riqueza y su motor para seguir anunciando que Jesús es el Señor, principio y fin de todo.

  • Sobran en nuestra Iglesia muchas palabras (a veces hasta sacramentos no dignamente celebrados) y hacen falta profetas. Hombres y mujeres, de carne y hueso, que sin temor y con atrevimiento anuncien que Cristo sigue vivo. Que no es Alguien que quedó en el ayer.
  • Sobran desafinamientos y desatinos (que merman nuestros afanes apostólicos) y es necesario personas que cuenten y canten la vida, muerte, pasión y resurrección de Cristo.
  • Sobran lamentos, críticas y, con el Espíritu, se precisa de manos dispuestas a curar heridas, a cerrar grietas por las que se desangra muchas veces nuestra comunión, nuestra fraternidad.
  • Sobran regidores, funcionarios, asalariados y hace falta gente que, sin sentirse ni gobernados ni sumisos, pongan al servicio de la comunidad, de la Iglesia, todos los talentos y carismas, dones y aptitudes que el Espíritu nos ha concedido. Hoy, nuestra Iglesia, más que dinámicas, reuniones, proyectos  o planes pastorales necesita interrogarse sobre si, al Espíritu Santo, le dejamos el espacio debido y suficiente para que Él sea artífice, principio y fundamento de todo lo que hacemos, pensamos, soñamos o decimos.

En plena crisis económica, por lo menos aquí en España, necesitamos un soplo del Espíritu que nos conceda un poco de paz y de calma (no solamente en los bolsillos). Que ÉL nos conceda ese oasis de felicidad y de ternura, de sosiego y de optimismo, de futuro y de bienestar espiritual y material que tanto necesitamos.

¡Ven, Espíritu Santo, y llena nuestra vida de la presencia de Dios!

Javier Leoz

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«No os dejaré huérfanos: os enviaré el Espíritu». El discurso de des- pedida de Jesús, que leemos en este tiempo de la Ascensión, se hace oración. Antes de dejar a los suyos, Jesús invoca al Padre por aquellos que ha recibido de su mano.

Recibirán el Espíritu. La Iglesia va a recibir su constitución: no ya un código de mandamientos, sino una ley interior incesantemente reescrita y puesta al día (¡aggiornamento!) por el Espíritu. De edad en edad, la Iglesia nacerá del Espíritu y será llamada a reencontrar la fuente de su existencia. Vivirá del Espíritu, abandonándose a la pasión de amar que la abrasa.

Los discípulos van a recibir el Espíritu. De siglo en siglo, la Iglesia será la caja de resonancia de la Buena Nueva sobre el escenario del mundo; prefigurará la unión de todas las cosas en el amor del Padre.

«¡No os dejaré huérfanos!». El Espíritu, que hace a la Iglesia, es el don pascual del Señor Jesús. Por tanto, no vamos a celebrar Pentecostés como algo distinto de la Pascua, sino, más bien, como la eclosión de lo que Jesús ha sembrado venciendo a la muerte. Los cincuenta días del tiempo de Pascua no habrán sido demasiados para acoger al Espíritu de Cristo, vivo para siempre.

En este sentido, somos invitados también a hacer un retiro en el Cenáculo esta semana, con María, la madre de Jesús, y los apóstoles, para pedir la efusión del Espíritu. En el curso, a menudo monótono, del tiempo, la celebración litúrgica permite que irrumpan los tiempos de Dios, para que se renueve el gran don pascual. Pedir con insistencia el don del Espíritu durante esta semana que precede a la fiesta de Pentecostés tiene, pues, mucho sentido; repetir incansablemente: «Ven, Espíritu Santo», es profesar en la fe que ciertamente vendrá (nuestra oración no es un grito insensato), pero que su venida depende necesariamente de nuestra petición y de nuestra sumisión a él.

En el Cenáculo estaba presente María. Discretamente. Está con la Iglesia para siempre, como icono de acogida y de fecundidad. En ella, la Palabra se ha hecho carne por el Espíritu, pues «nada es imposible para Dios»: también en la Iglesia la Palabra se hará carne de los hombres, por la fuerza del Espíritu, si, como María, acogemos a Dios y su gracia inaudita.

Mejor que ciertas devociones «acarameladas», la presencia de María en este tiempo que precede a Pentecostés puede dar al «mes de mayo» un verdadero cariz mariano.

Marcel Bastin

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La realidad de la Ascensión de Cristo es tan importante que el Credo de la Iglesia contiene esta afirmación, en las palabras del Credo de los Apóstoles, que “Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; De allí vendrá a juzgar a los vivos ya los muertos”. Negar la Ascensión de Nuestro Señor es tan grave como la negación misma de la Resurrección de Cristo.

La Ascensión corporal de Cristo prefigura nuestra entrada al cielo, no simplemente como almas después de nuestra muerte, sino como cuerpos glorificados, después de la resurrección en el Juicio Final.

En la humanidad redentora, Cristo no sólo ofreció la salvación a nuestras almas sino que comenzó la restauración del mundo material mismo a la gloria que Dios quiso antes de la caída de Adán.

“Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hechos 1, 1-1)

“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas” (Salmos 46, 2-3.6-7.8-9)

“…Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos” (Efesios 1, 17-23)

“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Marcos 16, 15-26)

Jesús subió al lugar de donde no se había ido. ¿Cuándo había dejado de estar a la derecha de Dios Padre, a su lado, cara a cara con Él?

Entonces, ¿para qué este trayecto? La carne tiene el mismo peso que la tierra y cuando el Hijo de Dios eterno tomó la carne humana, tomó también su peso.

Apareció una novedad inaudita: lo celeste y lo terreno convivían en comunión en la persona de Jesucristo, no por una originalidad ocurrente, sino con una misión: que toda carne recibiera altura de cielo; es decir que toda persona humana y con ella toda la creación se hiciera de Dios y recibiera inmortalidad y gloria eternas.

Para ello este recorrido: del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, sin que haya jamás dejado de estar en el cielo y nunca se vaya ausentar de la tierra.

La fiesta de la Ascensión del Señor celebra que la humanidad resucitada del Hijo, tras cuarenta días en la tierra con sus discípulos, llega a su gloria, culminando su misión junto al Padre.

Llega al lugar para el que había sido creada la humanidad del Hijo, por medio de la cual ha sido creado todo. Y todo lo creado ha de ser llevado hasta donde está el Hijo para arrimarse, por Él, a Dios Padre.

La Ascensión del Señor permite dos cosas:

1.- Que los discípulos de Jesús asuman sus responsabilidades desde el conocimiento y la vivencia de todo lo que el Maestro ha revelado sobre el Padre. La presencia de Jesús aún entre nosotros como tras su resurrección habría interrumpido la asunción de nuestra misión y tareas.

2.- En segundo lugar que Él prepara el sitio hacia el que los hijos de Dios avanzamos. Está donde tendremos que estar nosotros y desde allí tira de nosotros para que progresemos y consuma en nosotros aquello para lo que nos hizo Dios: participar de su gloria.

Esta ascensión no es una despreocupación de la tierra; al contrario, que se eleve Jesucristo a las alturas es el ejercicio necesario para que ascienda todo un poco con Él y trabajar allí para que finalmente todo sea elevación, sin que pierda el peso de lo creado.

El pasaje del evangelio de san Marcos que narra este acontecimiento se inicia con un mandato de Jesús que hace alusión precisamente a ese trayecto hacia el cielo: “Id”. La buena noticia ha de ir sostenida por los pies de los discípulos de Señor.

Solo quien haya tenido experiencia de Cristo resucitado está acreditado a ser pies y vocero de esta alegría del “Dios con nosotros”.

Sobre pies humanos se camina a paso humano, pero aligerado y robustecido por el Espíritu Santo. No para que llegue a muchos ni para muchísimos, sino a “toda la creación”.

Tenemos que caminar en todas las direcciones, y cada uno sobre la parcela que Dios le pide hollar, sin frustración por llegar a poco, sin pereza para no andar lo que se exige.

A fin de cuentas los pasos humanos avanzan a impulsos de tramos pequeños, pero son pies ungidos por Dios para la misión donde ya está Él presente.

Y les envía cuando en los versículos precedentes (no aparecen en el fragmento de hoy) les ha reprochado su falta de fe por no creer en los testigos de su resurrección.

Por una parte nos avisa de lo importante que es creer a quienes testimonian a Jesús resucitado y a no dar crédito a los que dicen haberlo visto muerto en el sepulcro.

Por otra parte, a pesar de esta incredulidad, se fía de estos “Once” hasta el punto que les encomienda la misión tan importante de continuar con su labor para dar a conocer el amor misericordioso de Dios y su justicia, para que conociéndolo crean en Él y se salven.

Habla también de unos signos que acompañarán a los que crean que hacen referencia a la facilitación de la misión por el Espíritu (expulsar demonios en nombre de Jesús y hablar lenguas nuevas), una especial protección y la capacitación para la salud.

Sube al cielo, a la derecha de Dios Padre, y no deja a sus discípulos solitarios. Desde allí estará tirando de los suyos y del mundo para que progresen en ascenso, cooperando para confirmar la palabra “con las señales que los acompañan”, y enviando el Espíritu Santo, que será el compañero imprescindible para dar acometer esta misión y dar fruto.

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La Eucaristía definida por el Concilio Vaticano II como fuente de la cual mana toda la gracia de Dios en vistas a la santificación del ser humano y a la glorificación de Dios (Sacrosanctum Concilium 10), constituye un momento fundamental de encuentro con el Dios Trinidad (Aparecida). Y, en este año 2018 y a nivel nacional, la Eucaristía tendrá un lugar central en las reflexiones y proyectos pastorales. Este año celebraremos un Congreso Eucarístico, un tiempo propicio para revisar cuáles son nuestras actitudes ante el Misterio del Cuerpo de Cristo y también como la Eucaristía posee consecuencias sociales, políticas, ecológicas, evangelizadoras, culturales. No celebramos sólo el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús cada domingo, sino que hemos de vivir toda nuestra vida como una “Eucaristía prolongada” (Alberto Hurtado).

Pero para amar de verdad el Misterio del cual somos partícipes, casi “consanguíneos” de Jesús, hemos de buscar en la Palabra de Dios, en la teología y en la espiritualidad algunas claves para entender más lo que celebramos. Así, y durante las próximas entregas de Rumbos, compartiré algunas reflexiones que surgen sobre la Eucaristía, comenzando por la lectura del Antiguo Testamento.

Un Dios creador del fruto de la tierra

La primera afirmación del Credo dice: “Creo en Dios Padre creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y de lo invisible”. Comprender la Eucaristía es asumir que la materia, que el mundo y lo que lo compone ha sido creación de Dios, y más específicamente, una creación bondadosa. El Dios que ha creado las cosas que nos rodean ha dejado su huella impresa en su creación, y por ello –y al decir de Leonardo Boff- “las cosas comienzan a hablar de Dios y Dios habla a través de las cosas”. Éste es el principio básico de la teología sacramental, entendido por sacramento todo signo visible, tangible –comible y bebible en el caso de la Eucaristía- que comunica la gracia invisible de Dios. Dios se vale de la materia creada por Él para invitar a los hombres a su compañía. Por lo tanto, la Eucaristía tiene que ver con un aspecto ecológico. Dios creador invita a que el hombre responda por la cocreación. Cada uno de nosotros estamos unidos a la tierra, a nuestro origen, representado en el pan y en el vino. Con la Eucaristía volvemos a la tierra de donde venimos porque el fruto de la tierra ingresa a nosotros. Por ello Dios invita al hombre a reconocerle en su creación, y lo realiza porque ella ya es revelación. Como sostiene Ruiz de la Pena (1996), la creación es “alocución comunicativa de Dios, comienzo de la historia salvífica y punto de partida del proceso de autodonación divina a sus criaturas”. El concepto de autodonación es profundamente llamativo. ¿Qué es el don de Dios? ¿Qué relación existe entre el don de la creación y el don de la Eucaristía? ¿Por qué podemos hacer dialogar creación, tierra, pan, uvas, manos que trabajan y Eucaristía? En primer lugar “don” significa regalo, y regalo está asociado a cumpleaños, navidades, aniversarios. Pero, ante todo el “donde Dios” es Dios mismo dándose en las cosas creadas. Y donándose de manera suprema en su Hijo Jesús (cf. Jn 3, 16), quien a su vez se dona en el sacramento eucarístico.

Comer: aspectos sociales y prescripciones divinas

El biblista belga André Wenin sostiene que “desde la primera página de la Biblia se trata de comida”, y ese comer remite a la creación de la tierra y del mismo Adán, nombre que en hebreo significa “Tierra”. A su vez, la comida remite a la hospitalidad. Queremos detenernos en este último aspecto y para ello centrar nuestra atención en el capítulo 18 del Génesis, capítulo en el cual Dios se sienta a la mesa de Abraham y promete el nacimiento de Isaac. Estamos en presencia de un texto al que podemos llamar de “banquete divino” (Luis Maldonado, “Eucaristía en devenir”). Para Luis Maldonado existen dos tipos de banquete sagrado: uno, en el cual la comunidad religiosa tiene la convicción de que Dios es el comensal del banquete. El segundo tipo en el cual la comunidad interpreta que Dios no es sólo comensal, sino que Él mismo es la comida que se recibe y comparte.

Con el encuentro de convivencia entre Abraham y Dios estamos en presencia del primer tipo de comida sagrada. Dios es el peregrino que, viniendo de lejos, se sienta en nuestras mesas y comparte nuestros alimentos. La mesa, por lo tanto, y la comida compartida y su natural conversación, son espacios para encontrarnos con Dios y con los otros. Por ello, el comer tiene aspectos sociales y también prescripciones divinas. De hecho, podemos postular que la comida celebrada por Abraham es parte integradora de un evento mayor: la Alianza. El Dios de la Biblia es el que pacta acuerdos o alianzas con su pueblo. Dios promete tierra, descendencia y bendición y el pueblo se compromete a vivir en obediencia con Él a través de la atención y de la hospitalidad con el extranjero. Entonces, pareciera que la Eucaristía tiene que ver con una práctica social y política mayor. En la Eucaristía los creyentes debemos evaluar cuáles son nuestros niveles de humanidad, sobre todo con los extraños, con los migrantes, con los distintos. En la mesa de Abraham fueron los extranjeros los que tomaron sitio de honor, y todos tenemos un lugar en la mesa de la esperanza.

De esta manera, el comer y reunirse no adquieren sólo un carácter fisiológico o biológico, sino que posee un carácter social, político y cultural. La fe en el Dios de la Biblia pasa por reconocer cómo nuestras prácticas de humanidad manifiestan concretamente a ese mismo Dios. Las prescripciones bíblicas no pueden reducirse a un conjunto de ideas, sino que deben configurar nuestras brújulas para acceder a la realidad y, desde ella, al Misterio de Dios.

La Pascua: liberación de la esclavitud y paso a la libertad celebrada en la comida

Si la comida con los extranjeros y la práctica de la hospitalidad la hemos propuesto como uno de los elementos centrales de la Alianza que Dios pactó con su Pueblo, esta Alianza tendrá su punto álgido en el acontecimiento de la Pascua. El gran mito fundacional de Israel, a saber, el paso de la esclavitud a la libertad se realiza en un contexto festivo, ritual, de comida y danza. El ser humano crea símbolos, ritos, fiestas para actualizar un acontecimiento de relevancia tal en su historia que exige ser recordado. Es lo que acontece con la Pascua judía. Es tal la carga simbólica y sacramental que autores como George Auzou habla de “el sacramento de la pascua liberadora”. La Pascua significa salida, movimiento de donación. Dios, en el gran Éxodo, camina con su Pueblo. La Pascua también es revelación: Dios muestra su poder a través de los signos realizados por su enviado Moisés. Dios es capaz de cruzar la frontera, escuchar el lamento de Israel y bajar a liberarlo para subirlo a una tierra que mana leche y miel (cf. Ex 3). Y ese acontecimiento, dice el Éxodo, debe realizarse para siempre como memorial perpetuo de la Alianza que Dios ha pactado con Israel y que debe celebrarse con una comida comunitaria (cf. Ex 12). Por ello, el ritual de la Pascua hasta el día de hoy repite: “Y contarás a tu hijo, en aquel día, diciéndole: A la vista de todo esto, Adonai actuó para mí, cuando yo salí de Egipto”. Por ello, la Pascua posee un carácter de esperanza en cuanto anticipa la liberación definitiva a la que aspira todo el género humano. Pascua que tendrá su culmen en la entrega definitiva del Hijo de Dios en la cruz.

Para la reflexión:

1.- ¿Estamos practicando una hospitalidad eucarística?

2.- ¿Qué lugar le damos a los ritos, la las celebraciones y a la fiesta en nuestra vida familiar y eclesial?

 

Juan Pablo Espinosa Arce

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