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Archive for the ‘Pascua’ Category

Con la Solemnidad de Pentecostés alcanzamos el final de este tiempo, de vida y de resurrección, de plenitud y de redención que hemos vivido durante toda la Pascua.

1.- El mandato que recibimos en el día de la Ascensión “Id y anunciad” lo iniciamos con Aquel en el que se sostiene toda la misión de Jesús: el Espíritu Santo.

  • Sin Él, sin Pentecostés, nuestras obras pueden ser muchas pero sin calado eterno. Es como aquel arquitecto que diseñaba y levantaba un gran edificio pero no lograba su propósito de alcanzar el cielo ni que, en el interior de su construcción, los moradores estuvieran cómodos.
  • Pentecostés nos eleva y nos comunica la fuerza de Dios para cimentar su Iglesia. Nos empuja para que no nos detengamos por los caminos ante las dificultades con las que choca nuestro deseo de evangelizar.
  • Pentecostés nos hace buscar y anhelar más lo que nos une que aquello que nos separa. Si Dios es amor, el Espíritu Santo, nos comunica ese potencial de adhesión a Cristo y, desde Cristo, a los hermanos.
  • Pentecostés es vida espiritual. No podemos subsistir sin el Espíritu de Dios. Estamos muy acostumbrados a vivir según las medidas del mundo que hemos olvidado ese gran tesoro que Jesús nos transmite: su Espíritu Santo ¿Por qué esa separación entre vida espiritual y vida activa? ¿No sería bueno llevar a cabo nuestras acciones apostólicas, políticas, económicas, sociales, lúdicas…sin olvidar lo qué somos y a qué aspiramos?
  • Pentecostés, además, es llamada a la humildad. No podemos transformar las estructuras del mundo (las de nuestra familia, escuela, pueblo, ciudad, parroquia) o las nuestras personales, con nuestro propio esfuerzo o criterio. Sólo con el Espíritu lograremos alcanzar aquello que urge una renovación o un cambio.

2.- Hoy damos gracias a Dios por la Iglesia. No es una mera dispensadora de Sacramentos. Mucho menos una estación de servicios (aunque algunos la vean o la utilicen de esa forma). La Iglesia se renueva y está constantemente preñada por la presencia del Espíritu Santo. En Él está su fuerza, su potencial, su riqueza y su motor para seguir anunciando que Jesús es el Señor, principio y fin de todo.

  • Sobran en nuestra Iglesia muchas palabras (a veces hasta sacramentos no dignamente celebrados) y hacen falta profetas. Hombres y mujeres, de carne y hueso, que sin temor y con atrevimiento anuncien que Cristo sigue vivo. Que no es Alguien que quedó en el ayer.
  • Sobran desafinamientos y desatinos (que merman nuestros afanes apostólicos) y es necesario personas que cuenten y canten la vida, muerte, pasión y resurrección de Cristo.
  • Sobran lamentos, críticas y, con el Espíritu, se precisa de manos dispuestas a curar heridas, a cerrar grietas por las que se desangra muchas veces nuestra comunión, nuestra fraternidad.
  • Sobran regidores, funcionarios, asalariados y hace falta gente que, sin sentirse ni gobernados ni sumisos, pongan al servicio de la comunidad, de la Iglesia, todos los talentos y carismas, dones y aptitudes que el Espíritu nos ha concedido. Hoy, nuestra Iglesia, más que dinámicas, reuniones, proyectos  o planes pastorales necesita interrogarse sobre si, al Espíritu Santo, le dejamos el espacio debido y suficiente para que Él sea artífice, principio y fundamento de todo lo que hacemos, pensamos, soñamos o decimos.

En plena crisis económica, por lo menos aquí en España, necesitamos un soplo del Espíritu que nos conceda un poco de paz y de calma (no solamente en los bolsillos). Que ÉL nos conceda ese oasis de felicidad y de ternura, de sosiego y de optimismo, de futuro y de bienestar espiritual y material que tanto necesitamos.

¡Ven, Espíritu Santo, y llena nuestra vida de la presencia de Dios!

Javier Leoz

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«No os dejaré huérfanos: os enviaré el Espíritu». El discurso de des- pedida de Jesús, que leemos en este tiempo de la Ascensión, se hace oración. Antes de dejar a los suyos, Jesús invoca al Padre por aquellos que ha recibido de su mano.

Recibirán el Espíritu. La Iglesia va a recibir su constitución: no ya un código de mandamientos, sino una ley interior incesantemente reescrita y puesta al día (¡aggiornamento!) por el Espíritu. De edad en edad, la Iglesia nacerá del Espíritu y será llamada a reencontrar la fuente de su existencia. Vivirá del Espíritu, abandonándose a la pasión de amar que la abrasa.

Los discípulos van a recibir el Espíritu. De siglo en siglo, la Iglesia será la caja de resonancia de la Buena Nueva sobre el escenario del mundo; prefigurará la unión de todas las cosas en el amor del Padre.

«¡No os dejaré huérfanos!». El Espíritu, que hace a la Iglesia, es el don pascual del Señor Jesús. Por tanto, no vamos a celebrar Pentecostés como algo distinto de la Pascua, sino, más bien, como la eclosión de lo que Jesús ha sembrado venciendo a la muerte. Los cincuenta días del tiempo de Pascua no habrán sido demasiados para acoger al Espíritu de Cristo, vivo para siempre.

En este sentido, somos invitados también a hacer un retiro en el Cenáculo esta semana, con María, la madre de Jesús, y los apóstoles, para pedir la efusión del Espíritu. En el curso, a menudo monótono, del tiempo, la celebración litúrgica permite que irrumpan los tiempos de Dios, para que se renueve el gran don pascual. Pedir con insistencia el don del Espíritu durante esta semana que precede a la fiesta de Pentecostés tiene, pues, mucho sentido; repetir incansablemente: «Ven, Espíritu Santo», es profesar en la fe que ciertamente vendrá (nuestra oración no es un grito insensato), pero que su venida depende necesariamente de nuestra petición y de nuestra sumisión a él.

En el Cenáculo estaba presente María. Discretamente. Está con la Iglesia para siempre, como icono de acogida y de fecundidad. En ella, la Palabra se ha hecho carne por el Espíritu, pues «nada es imposible para Dios»: también en la Iglesia la Palabra se hará carne de los hombres, por la fuerza del Espíritu, si, como María, acogemos a Dios y su gracia inaudita.

Mejor que ciertas devociones «acarameladas», la presencia de María en este tiempo que precede a Pentecostés puede dar al «mes de mayo» un verdadero cariz mariano.

Marcel Bastin

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La realidad de la Ascensión de Cristo es tan importante que el Credo de la Iglesia contiene esta afirmación, en las palabras del Credo de los Apóstoles, que “Subió al cielo, y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; De allí vendrá a juzgar a los vivos ya los muertos”. Negar la Ascensión de Nuestro Señor es tan grave como la negación misma de la Resurrección de Cristo.

La Ascensión corporal de Cristo prefigura nuestra entrada al cielo, no simplemente como almas después de nuestra muerte, sino como cuerpos glorificados, después de la resurrección en el Juicio Final.

En la humanidad redentora, Cristo no sólo ofreció la salvación a nuestras almas sino que comenzó la restauración del mundo material mismo a la gloria que Dios quiso antes de la caída de Adán.

“Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hechos 1, 1-1)

“Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas” (Salmos 46, 2-3.6-7.8-9)

“…Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos” (Efesios 1, 17-23)

“Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Marcos 16, 15-26)

Jesús subió al lugar de donde no se había ido. ¿Cuándo había dejado de estar a la derecha de Dios Padre, a su lado, cara a cara con Él?

Entonces, ¿para qué este trayecto? La carne tiene el mismo peso que la tierra y cuando el Hijo de Dios eterno tomó la carne humana, tomó también su peso.

Apareció una novedad inaudita: lo celeste y lo terreno convivían en comunión en la persona de Jesucristo, no por una originalidad ocurrente, sino con una misión: que toda carne recibiera altura de cielo; es decir que toda persona humana y con ella toda la creación se hiciera de Dios y recibiera inmortalidad y gloria eternas.

Para ello este recorrido: del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, sin que haya jamás dejado de estar en el cielo y nunca se vaya ausentar de la tierra.

La fiesta de la Ascensión del Señor celebra que la humanidad resucitada del Hijo, tras cuarenta días en la tierra con sus discípulos, llega a su gloria, culminando su misión junto al Padre.

Llega al lugar para el que había sido creada la humanidad del Hijo, por medio de la cual ha sido creado todo. Y todo lo creado ha de ser llevado hasta donde está el Hijo para arrimarse, por Él, a Dios Padre.

La Ascensión del Señor permite dos cosas:

1.- Que los discípulos de Jesús asuman sus responsabilidades desde el conocimiento y la vivencia de todo lo que el Maestro ha revelado sobre el Padre. La presencia de Jesús aún entre nosotros como tras su resurrección habría interrumpido la asunción de nuestra misión y tareas.

2.- En segundo lugar que Él prepara el sitio hacia el que los hijos de Dios avanzamos. Está donde tendremos que estar nosotros y desde allí tira de nosotros para que progresemos y consuma en nosotros aquello para lo que nos hizo Dios: participar de su gloria.

Esta ascensión no es una despreocupación de la tierra; al contrario, que se eleve Jesucristo a las alturas es el ejercicio necesario para que ascienda todo un poco con Él y trabajar allí para que finalmente todo sea elevación, sin que pierda el peso de lo creado.

El pasaje del evangelio de san Marcos que narra este acontecimiento se inicia con un mandato de Jesús que hace alusión precisamente a ese trayecto hacia el cielo: “Id”. La buena noticia ha de ir sostenida por los pies de los discípulos de Señor.

Solo quien haya tenido experiencia de Cristo resucitado está acreditado a ser pies y vocero de esta alegría del “Dios con nosotros”.

Sobre pies humanos se camina a paso humano, pero aligerado y robustecido por el Espíritu Santo. No para que llegue a muchos ni para muchísimos, sino a “toda la creación”.

Tenemos que caminar en todas las direcciones, y cada uno sobre la parcela que Dios le pide hollar, sin frustración por llegar a poco, sin pereza para no andar lo que se exige.

A fin de cuentas los pasos humanos avanzan a impulsos de tramos pequeños, pero son pies ungidos por Dios para la misión donde ya está Él presente.

Y les envía cuando en los versículos precedentes (no aparecen en el fragmento de hoy) les ha reprochado su falta de fe por no creer en los testigos de su resurrección.

Por una parte nos avisa de lo importante que es creer a quienes testimonian a Jesús resucitado y a no dar crédito a los que dicen haberlo visto muerto en el sepulcro.

Por otra parte, a pesar de esta incredulidad, se fía de estos “Once” hasta el punto que les encomienda la misión tan importante de continuar con su labor para dar a conocer el amor misericordioso de Dios y su justicia, para que conociéndolo crean en Él y se salven.

Habla también de unos signos que acompañarán a los que crean que hacen referencia a la facilitación de la misión por el Espíritu (expulsar demonios en nombre de Jesús y hablar lenguas nuevas), una especial protección y la capacitación para la salud.

Sube al cielo, a la derecha de Dios Padre, y no deja a sus discípulos solitarios. Desde allí estará tirando de los suyos y del mundo para que progresen en ascenso, cooperando para confirmar la palabra “con las señales que los acompañan”, y enviando el Espíritu Santo, que será el compañero imprescindible para dar acometer esta misión y dar fruto.

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La Eucaristía definida por el Concilio Vaticano II como fuente de la cual mana toda la gracia de Dios en vistas a la santificación del ser humano y a la glorificación de Dios (Sacrosanctum Concilium 10), constituye un momento fundamental de encuentro con el Dios Trinidad (Aparecida). Y, en este año 2018 y a nivel nacional, la Eucaristía tendrá un lugar central en las reflexiones y proyectos pastorales. Este año celebraremos un Congreso Eucarístico, un tiempo propicio para revisar cuáles son nuestras actitudes ante el Misterio del Cuerpo de Cristo y también como la Eucaristía posee consecuencias sociales, políticas, ecológicas, evangelizadoras, culturales. No celebramos sólo el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús cada domingo, sino que hemos de vivir toda nuestra vida como una “Eucaristía prolongada” (Alberto Hurtado).

Pero para amar de verdad el Misterio del cual somos partícipes, casi “consanguíneos” de Jesús, hemos de buscar en la Palabra de Dios, en la teología y en la espiritualidad algunas claves para entender más lo que celebramos. Así, y durante las próximas entregas de Rumbos, compartiré algunas reflexiones que surgen sobre la Eucaristía, comenzando por la lectura del Antiguo Testamento.

Un Dios creador del fruto de la tierra

La primera afirmación del Credo dice: “Creo en Dios Padre creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y de lo invisible”. Comprender la Eucaristía es asumir que la materia, que el mundo y lo que lo compone ha sido creación de Dios, y más específicamente, una creación bondadosa. El Dios que ha creado las cosas que nos rodean ha dejado su huella impresa en su creación, y por ello –y al decir de Leonardo Boff- “las cosas comienzan a hablar de Dios y Dios habla a través de las cosas”. Éste es el principio básico de la teología sacramental, entendido por sacramento todo signo visible, tangible –comible y bebible en el caso de la Eucaristía- que comunica la gracia invisible de Dios. Dios se vale de la materia creada por Él para invitar a los hombres a su compañía. Por lo tanto, la Eucaristía tiene que ver con un aspecto ecológico. Dios creador invita a que el hombre responda por la cocreación. Cada uno de nosotros estamos unidos a la tierra, a nuestro origen, representado en el pan y en el vino. Con la Eucaristía volvemos a la tierra de donde venimos porque el fruto de la tierra ingresa a nosotros. Por ello Dios invita al hombre a reconocerle en su creación, y lo realiza porque ella ya es revelación. Como sostiene Ruiz de la Pena (1996), la creación es “alocución comunicativa de Dios, comienzo de la historia salvífica y punto de partida del proceso de autodonación divina a sus criaturas”. El concepto de autodonación es profundamente llamativo. ¿Qué es el don de Dios? ¿Qué relación existe entre el don de la creación y el don de la Eucaristía? ¿Por qué podemos hacer dialogar creación, tierra, pan, uvas, manos que trabajan y Eucaristía? En primer lugar “don” significa regalo, y regalo está asociado a cumpleaños, navidades, aniversarios. Pero, ante todo el “donde Dios” es Dios mismo dándose en las cosas creadas. Y donándose de manera suprema en su Hijo Jesús (cf. Jn 3, 16), quien a su vez se dona en el sacramento eucarístico.

Comer: aspectos sociales y prescripciones divinas

El biblista belga André Wenin sostiene que “desde la primera página de la Biblia se trata de comida”, y ese comer remite a la creación de la tierra y del mismo Adán, nombre que en hebreo significa “Tierra”. A su vez, la comida remite a la hospitalidad. Queremos detenernos en este último aspecto y para ello centrar nuestra atención en el capítulo 18 del Génesis, capítulo en el cual Dios se sienta a la mesa de Abraham y promete el nacimiento de Isaac. Estamos en presencia de un texto al que podemos llamar de “banquete divino” (Luis Maldonado, “Eucaristía en devenir”). Para Luis Maldonado existen dos tipos de banquete sagrado: uno, en el cual la comunidad religiosa tiene la convicción de que Dios es el comensal del banquete. El segundo tipo en el cual la comunidad interpreta que Dios no es sólo comensal, sino que Él mismo es la comida que se recibe y comparte.

Con el encuentro de convivencia entre Abraham y Dios estamos en presencia del primer tipo de comida sagrada. Dios es el peregrino que, viniendo de lejos, se sienta en nuestras mesas y comparte nuestros alimentos. La mesa, por lo tanto, y la comida compartida y su natural conversación, son espacios para encontrarnos con Dios y con los otros. Por ello, el comer tiene aspectos sociales y también prescripciones divinas. De hecho, podemos postular que la comida celebrada por Abraham es parte integradora de un evento mayor: la Alianza. El Dios de la Biblia es el que pacta acuerdos o alianzas con su pueblo. Dios promete tierra, descendencia y bendición y el pueblo se compromete a vivir en obediencia con Él a través de la atención y de la hospitalidad con el extranjero. Entonces, pareciera que la Eucaristía tiene que ver con una práctica social y política mayor. En la Eucaristía los creyentes debemos evaluar cuáles son nuestros niveles de humanidad, sobre todo con los extraños, con los migrantes, con los distintos. En la mesa de Abraham fueron los extranjeros los que tomaron sitio de honor, y todos tenemos un lugar en la mesa de la esperanza.

De esta manera, el comer y reunirse no adquieren sólo un carácter fisiológico o biológico, sino que posee un carácter social, político y cultural. La fe en el Dios de la Biblia pasa por reconocer cómo nuestras prácticas de humanidad manifiestan concretamente a ese mismo Dios. Las prescripciones bíblicas no pueden reducirse a un conjunto de ideas, sino que deben configurar nuestras brújulas para acceder a la realidad y, desde ella, al Misterio de Dios.

La Pascua: liberación de la esclavitud y paso a la libertad celebrada en la comida

Si la comida con los extranjeros y la práctica de la hospitalidad la hemos propuesto como uno de los elementos centrales de la Alianza que Dios pactó con su Pueblo, esta Alianza tendrá su punto álgido en el acontecimiento de la Pascua. El gran mito fundacional de Israel, a saber, el paso de la esclavitud a la libertad se realiza en un contexto festivo, ritual, de comida y danza. El ser humano crea símbolos, ritos, fiestas para actualizar un acontecimiento de relevancia tal en su historia que exige ser recordado. Es lo que acontece con la Pascua judía. Es tal la carga simbólica y sacramental que autores como George Auzou habla de “el sacramento de la pascua liberadora”. La Pascua significa salida, movimiento de donación. Dios, en el gran Éxodo, camina con su Pueblo. La Pascua también es revelación: Dios muestra su poder a través de los signos realizados por su enviado Moisés. Dios es capaz de cruzar la frontera, escuchar el lamento de Israel y bajar a liberarlo para subirlo a una tierra que mana leche y miel (cf. Ex 3). Y ese acontecimiento, dice el Éxodo, debe realizarse para siempre como memorial perpetuo de la Alianza que Dios ha pactado con Israel y que debe celebrarse con una comida comunitaria (cf. Ex 12). Por ello, el ritual de la Pascua hasta el día de hoy repite: “Y contarás a tu hijo, en aquel día, diciéndole: A la vista de todo esto, Adonai actuó para mí, cuando yo salí de Egipto”. Por ello, la Pascua posee un carácter de esperanza en cuanto anticipa la liberación definitiva a la que aspira todo el género humano. Pascua que tendrá su culmen en la entrega definitiva del Hijo de Dios en la cruz.

Para la reflexión:

1.- ¿Estamos practicando una hospitalidad eucarística?

2.- ¿Qué lugar le damos a los ritos, la las celebraciones y a la fiesta en nuestra vida familiar y eclesial?

 

Juan Pablo Espinosa Arce

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Para que los hombres entren en comunión con él, Dios quiere darse a conocer o, según la palabra bíblica, revelarse, desvelarse. Para lograrlo, y siguiendo el instinto de todo amor, Dios busca los medios de vivir con el ser amado. Se hace hombre: sale de sí mismo y se despoja, de alguna manera, de su trascendencia. Ese es el misterio. Su extravagancia racional provoca precisamente en nosotros lo que llamamos la fe. La fe no es consentimiento teórico a una verdad abstracta, sino participación del ser de Dios, dado en comunión.

Sobre este trasfondo hay que captar el misterio de la Iglesia. A través de los tiempos, la Iglesia es la historia de la Palabra única entregada por Dios en Jesucristo. «¡El Reino ha llegado a vosotros!». La Palabra de Dios no tiene más palabra para hacerse oír que palabras de hombres que balbucean el misterio revelado; pero en estas palabras que dudan se puede ya oír la Voz eterna. El Amor no tiene otro lugar donde realizarse que los gestos de los hombres y mujeres que intentan amar; pero en estas vidas aún confusas se efectúa ya el gran gesto de Dios.

El tiempo de la Iglesia se confunde con el de la espera y la esperanza. La referencia de la Iglesia a lo Por-venir, al Reino, es tan decisiva como la referencia al hecho pasado de Jesús. Sin duda, la Iglesia recuerda, y su fe es memoria, herencia; pero, al mismo tiempo, está orientada a la futura consumación. Y aunque viva ya la totalidad del misterio de Cristo, no lo vivirá en plenitud mientras no alcance la visión del cara a cara. Dios se ha revelado de una vez por todas y, sin embargo, a la Iglesia no le bastará toda su dilatada vida para descubrir la profundidad y la riqueza de esta revelación. El tiempo de la Iglesia es el de la humilde invocación: «¡Venga tu Reino!». Con la seguridad que le da Cristo, ella ofrece ya al Reino la posibilidad de llegar a los hombres, pero sin jamás poder agotarlo.

* * *

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p style=”text-align:center;”>Sois el Cuerpo de Cristo,
¡y no hay que profanar el amor!
Sois la Viña plantada por Dios,

¡y no debéis nutriros de fuentes estériles!
Sois el pueblo consagrado,
¡y no podéis coquetear con el mundo caduco!
¡Señor, ten piedad de nosotros!

Marcel Bastin

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NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú la VID llena de vida y de verdad
NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú la VID del buen vino de la alegría
NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú la VID de la esperanza
NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú eres la VID del amor, Señor
NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú eres la VID de la Fe, Señor
NOSOTROS SOMOS LOS SARMIENTOS, SEÑOR
Tú eres la VID de la UNION
Nosotros somos los sarmientos, Señor
Gracias, Señor por hacer brotar cosas buenas
en todos nosotros tus hijos.
Amén

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Se advierte el interés de san Lucas por mostrar la profunda unidad que cohesionaba a toda la Iglesia, por encima de las pequeñas diferencias que podían surgir. Lo importante era que el Evangelio fuera uno.

Seguro que Cristo, al emplear la alegoría de la vid, no está pensando en dicotomías: por un lado la Cepa y por otro las ramas. Estaría hablando de Él como la totalidad de la Vid, el Cuerpo total, haciendo verdad la profecía de la Viña-Pueblo de Israel. No es menoscabo del papel de las ramas; es ratificación de que “sin Él no podemos hacer nada”. Si la savia de la cepa o tronco es laúnica que hay en la vid, ¿qué son los sarmientos sino prolongaciones del tronco para dar fruto?Cuando ningún miembro de la comunidad de la Iglesia intenta “vivir por su cuenta”, la Vid estácompleta. Si alguien lo pretende, no será nada; será muerte, porque no contará con la única savia-Vida.

Desde el primer tercio del siglo XIX se viene hablando de un Dios que aniquila al hombre, que lo destruye, lo aliena, le impide ser él mismo pero la pregunta que hemos de hacernos es: ¿en qué Dios estarían pensando quienes así hablaban? Desde luego no en el de Jesús. Porque desde el primer momento busca quitar del Dios Verdadero los muchos disfraces que ocultan su auténtico rostro.

– “La Iglesia es labranza o campo de Dios. En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santafueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles. El labrador del cielo la plantó como viña selecta. La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en Él por medio dela Iglesia y que sin él no podemos hacer nada” (755; cf. 1988).

– “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”” (736).

– “Sin mí no podéis hacer nada”:
“Jesús dice: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El fruto evocado en estas palabras es la santidad de una vida fecundada por la unión con Cristo. Cuando creemos en Jesucristo, participamos en sus misterios y guardamos sus mandamientos, el Salvador mismo ama en nosotros a su Padre y a sus hermanos, nuestro Padre y nuestros hermanos. Su persona viene a ser, por obra del Espíritu, la norma viva e interior de nuestro obrar. “Éste es elmandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12)”(2074).

– “Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modoel Verbo Unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con Él por la fe: y así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad ylos lleva al conocimiento de la verdad, y a la práctica de la virtud” (San Cirilo de Alejandría, InEv. Joann. lib 10,2).

Al advertirnos de que sin Él no podemos hacer nada, Cristo no invita a la esperanza pasiva, sino a hacer todo lo que podamos, pero desde Él, con Él y por Él.

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