Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Ascensión del Señor’ Category

Asciende Jesús abriendo camino
pero es el camino por el que descendió.
Queda así el camino abierto
para ir y venir a Dios.
Por él se desciende y asciende,
no se sabe, se vive en amor.

Subir al cielo no es separación o lejanía,
es hondura y comunión.
Subir al cielo es entrar en dimensión nueva,
puede ser orando, puede ser sufriendo,
puede ser sirviendo, siempre ha de ser amando.

Cuando el samaritano desciende para levantar al herido,
está ascendiendo, es un modelo de ascensión amorosa,
en la vía de la misericordia.
Cuando Jesús se abaja para lavar los pies de los discípulos,
asciende y hace subir, por la autovía del servicio.
Cuando cae en tierra, en Getsemaní,
asciende penetrando en el corazón del dolor.
en el Tabor se transfigura,
asciende por el camino de la oración.
Todos son saltos cualitativos.
El récord del salto de altura
lo tiene Jesucristo,
cuando subió a la cruz.

Anuncios

Read Full Post »

Esta semana os ofreceré la oración tomada del Salmo 46, correspondiente al domingo de la Ascensión del Señor. El elegir esta opción, se debe a los muchos correos que he recibido diciéndome que, repitiese lo de optar por algún salmo, como referente, para la oración.

Estamos ante una festividad admirada y querida para todos nosotros, el próximo domingo, celebraremos el día de la Ascensión. Es una fecha que nos invita a subir alto, a acompañar a Jesús hasta el monte, como lo hicieron los discípulos el día que Él ascendió al Cielo. Y, sobre todo, a subir en compañía de la Madre.

Tampoco vamos a olvidar que estamos empezando el mes de Mayo, mes dedicado a María. Ella fue la primera en subir al monte y a su lado queremos subir, también nosotros.

Por tanto, empezamos nuestra oración, como se hacen las cosas importantes de la vida: En el nombre del Padre, del Hijo y de Espíritu Santo.

Estamos reunidos ante el Señor. Sentimos una gran alegría de llegar a su presencia. Y la fuerza de ese deseo da vitalidad a nuestra existencia. Además la necesidad de encontrarnos con Él, ya es para todos, nuestra mejor oración.

Por eso, aclamaremos, alabaremos, adoraremos, daremos gracias… al Señor, Rey del mundo.

Tenemos, un nuevo día por delante, para hacerlo; pero:

• ¿Para qué lo vamos a emplear?

• ¿Para estar triste, preocupado, temerosos?

• ¿Para quejarnos de los demás?

• ¿Para enfadarnos con ellos?

• ¿Para criticar, para hacer daño, para recordar problemas pasados?

• ¿O para sentirnos hijos de Dios?

En nuestras manos está la manera de vivirlo. Por eso quiero, desde aquí invitaros a subir al monte, cada día, con Jesús. A escuchar de sus labios ¡No estéis tristes! Me voy pero volveré.

EL SEÑOR SIGUE CONTANDO CON NOSOTROS

Cuantas veces, nos sentimos cansados de luchar; nos gustaría dejarlo todo y vivir una vida cómoda y vacía que no nos exigiese demasiado, pero no podemos engañarnos: el Señor ha contando con cada uno de nosotros.

No podemos seguir haciendo las cosas porque no nos queda más remedio. Tenemos que concienciarnos de que estamos vivos y de que, gracias a nuestra generosidad, muchos podrán seguir viviendo.

Aunque no nos hayamos dado cuenta Tú y yo y cada ser humano es una persona importante para Dios. En su corazón está escrito nuestro nombre, el tuyo en concreto. Para Él tienes un rostro, ante sus ojos eres un privilegiado. Por eso hoy es un día de agradecimiento, de gozo. Un día, para gritar de júbilo, y tocar para nuestro Dios.

Que alegría desborda el corazón, cuando nuestra oración se vuelve canto ante el Señor, y cada uno desde su situación particular es capaz de: alabar, bendecir y glorificar al Dios de la vida, al Señor del universo, al dueño de la historia.

Contemplemos el pasaje de la Ascensión. Jesús vuelve a subir al monte para despedirse de los suyos. Su misión sobre la tierra ha terminado. Y quiere volver al Padre para preparar sitio a todos los que ama.

Le sigue una gran comitiva. En cabeza van los apóstoles y entre ellos alguien muy especial. La Madre. Ella siempre mezclada con los seres humanos. Siempre huyendo de privilegios, pasando desapercibida; aunque sin saberlo brille con luz propia ante el mundo.

Desde allí la primera recomendación “no estéis tristes”. Me voy, pero no os dejo solos. Os amo demasiado para que esto tenga un final. Cuando llegue os mandaré mi espíritu y en Él estaré siempre con vosotros. Es verdad que no me veréis con los ojos, pero os aseguro que me sentiréis con el corazón.

INTRODUCIÉNDONOS EN EL SALMO

Varios autores, de los que han escrito sobre este salmo, coinciden en que todo él, aclama a Dios como rey universal; parece oírse en él, el eco de una gran victoria: Dios nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones. Posiblemente, este texto es un himno litúrgico para la entronización del arca después de una procesión litúrgica -Dios asciende entre aclamaciones- o bien un canto para alguna de las fiestas reales en que el pueblo aclama a su Señor, bajo la figura del monarca.

Nosotros con este canto aclamamos a Cristo resucitado, en la hora misma de su resurrección. El Señor sube a la derecha del Padre, y a nosotros nos ha escogido como su heredad. Su triunfo es, pues, nuestro triunfo e incluso la victoria de toda la humanidad, porque fue «por nosotros los hombres y por nuestra salvación que «subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre». Por ello, no sólo la Iglesia, sino incluso todos los pueblos deben batir palmas y aclamar a Dios con gritos de júbilo.

Este salmo tiene un puesto privilegiado en la liturgia de la Ascensión del Señor. Por medio de él, la Iglesia celebra el triunfo de Cristo al fin de su vida mortal y su entrada solemne en el Cielo, después de haber conquistado para nosotros la Tierra Prometida. El salmo, pues, nos ayuda a asistir al momento culminante de la Pascua del Señor Resucitado, a su entronización y glorificación.

“Pueblos todos, batid palmas,

aclamad a Dios con gritos de júbilo;

porque el Seño res sublime y terrible,

emperador de toda la tierra”

Cuando se plasmaron los salmos, no podían imaginarse que pudieran conectar, tan plenamente con los acontecimientos del evangelio.

Este salmo que es un canto de alegría y alabanza, encaja perfectamente con lo que más tarde pasaría al Ascender Jesús al cielo.

Todos tocarían palmas, cantarían… la manera de actuar de Jesús les sobrepasaba, lo veían sublime, emperador de toda la tierra.

Y Jesús, como en los grandes acontecimientos de su vida, vuelve a elegir la montaña. Posiblemente, nos estañe un poco, pero observamos que:

– En la montaña multiplica el pan para que llegue a todos.

– En la montaña muestra su gloria el día de la transfiguración.

– En la montaña entrega la vida por amor a la humanidad.

– En la montaña nos enseña a perdonar, a acoger, a suplicar.

– En la montaña nos entrega a María por madre.

Y ahora vuelve a subir a la montaña para despedirse de los suyos. ¡Debe de tener para Jesús un significado muy especial la montaña!

El monte significa superación, ascenso, escalar, abrir caminos… Y Jesús sabe muy bien que, el ser humano, es el continuador de la creación; es un productor de la tierra, un caminante en busca de Dios que es la perfección plena.

Fíjate si lo sabría bien que Él ya había dicho “ser perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” ¿Acaso Jesús al decir esto ignoraba lo precario de la condición humana? Al contrario, Jesús conocía mejor que nadie la precariedad. Él había querido sentirla en su carne haciéndose hombre como nosotros… y sin embargo se atreve a decirnos que seamos perfectos.

Él sabía bien que cuando hablaba de perfección, se refería a la superación, al progreso, a la madurez… a dar pasos adelante para alcanzar nuevas metas, a desarrollar los dones recibidos para compartirlos con los demás, a esforzarnos por llegar a Él, única plenitud.

Pero nosotros vivimos inmersos en una gran competitividad. Hemos confundido nuestra superación con superar a los demás en cualquier sitio donde nos encontremos: en la familia, entre amigos, entre vecinos, en la Iglesia. Y este clima de competitividad nos lleva a permanecer recelosos, frustrados, expectantes… En lugar de ir hacia los demás estamos a la defensiva de ellos.

No dejemos que, el día de la Ascensión, sea para nosotros un día cualquiera. Tomémonos un rato para revisar nuestra vida. Démonos cuenta de nuestros logros. Pero también tengamos presentes nuestros fracasos, nuestras discordias, nuestras enemistades, nuestros orgullos, nuestras divisiones… tomemos conciencia de todo lo que esto nos hace sufrir, de qué manera oprime nuestro corazón; y no sigamos parado, demos un salto, subamos al monte con Jesús. Él tiene muchas cosas que decirnos a cada uno personalmente. Él es el Rey del mundo, el Señor del universo, el Libertador de todos los seres humanos. Por tanto, no dejemos ni un instante de aclamar, glorificar y ensalzar a, nuestro Dios, Emperador de toda la tierra.

EN SILENCIO ANTE EL SEÑOR

En ese momento, especial, donde la oración llega a nuestro fondo; vamos a decirle al Señor, como susurrando:

– A ti, Señor, abro hoy mi ser; mis ganas de vivir y mi entusiasmo.

– En tus manos pongo mi entrega, mi esfuerzo, mis miedos y también mis

ilusiones.

– Hacia ti quiero dirigir mis pasos, porque mi vida busca en ti: la luz y el calor.

– Quiero que, tú seas la referencia de mi caminar. El guía de mi sendero.

– Quiero que tus manos moldeen mi arcilla.

– Que tus ojos penetren mi mirada.

– Y tu ternera y bondad impregnen mi corazón.

Julia Merodio

Read Full Post »

Has salido del Padre y vas al Padre.
¿Por qué decirte adiós?
Tú acabas volviendo siempre.
Te arrebata una nube
y nos mandas recado
de que ya estás a la puerta.
Te perdemos de vista
y no nos quitas los ojos de encima.

– No. Yo no dejo la tierra.
No. Yo no olvido a los hombres.
Aquí yo he dejado la guerra.
Arriba están vuestros nombres.
Y estamos en esta guerra tuya,
reclutados de las cinco partes del mundo
y enviados a las cinco partes del mundo.

Sabíamos que ninguna otra ausencia
iba a dejar un vacío mayor entre no
se atrevería a hacemos un encargo
más utópico que el tuyo.
Y, sin embargo, nadie como tú
nos prohibió tanto las lágrimas,
para que no nos vendiéramos
a las traiciones del corazón.
Desapareciste entre claros imperativos:
id, bautizad, enseñad, haced discípulos a las gentes.
Hasta nos prohibiste seguir mirando al cielo
para que la tierra no se nos fuera de las manos.
«Aquí vino y se fue.
Vino … nos marcó una tarea
y se fue. (. .. )
llenó nuestra caja de caudales
con millones de siglos y de siglos,
nos dejó unas herramientas
y se fue».

Read Full Post »

¡Gracias, Señor, porque estás con nosotros!
Desde el cielo nos bendices, nos ves y nos hablas.
Oyes nuestras palabras y observas nuestros movimientos.
Nos conoces y, sobre todo, nos acompañas.
Aunque a menudo te ignoramos o no nos dirigimos a Ti,
te damos gracias, buen Jesús, porque pones tus manos
sobre nosotros desde la Casa del Padre.

El acontecimiento de tu estancia en el mundo
no se puede acabar con tu ascensión al cielo.
¡Quita de nosotros toda tristeza
porque pensarnos que te vas!
¡Llénanos de la esperanza que da saber que volverás
con el triunfo del amor por todos nosotros!

Read Full Post »

<

p style=”text-align:justify;”>
El relato de la ascensión de Cristo (Act 1, 1-14) es una parte del kerygma de Lucas acerca de la glorificación del Señor y por ello debe ser considerado en el contexto total de la teología neotestamentaria de la glorificación. En Mt y Pablo la resurrección y glorificación constituyen una unidad: la resurrección de Jesús por obra del Padre es a la vez su inserción en el poder regio como Señor, a quien se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18) (-> resurrección de Jesús). La teología de -> Juan señala ya la crucifixión como glorificación (3, 14; 8, 28; 12, 32s) y hace así que la cruz aparezca en un doble sentido misterioso como el trono real de Cristo, desde el cual él ejerce su poder cósmico y atrae a los hombres hacia sí. Entre la esencial oscuridad que corresponde a todas estas exposiciones de la glorificación de Cristo y la descripción de Lucas como ascensión visible hay una contradicción más aparente que real. Pues también en Mateo, en Pablo y en Juan la glorificación es descrita como un acontecimiento del que se puede dar testimonio en virtud de las apariciones del Resucitado, como un acontecimiento que no permanece en el más allá sin relación con la historia, sino que en cierto modo toca el terreno histórico por el encuentro concreto con el Señor que pasó a través de la muerte, si bien en su núcleo esencial sobrepasa el ámbito de esta historia y, por tanto, está necesariamente oculto para el no creyente. El relato de Lucas acerca de la ascensión resalta cómo se puede dar testimonio del hecho de la glorificación en virtud de los encuentros con el Resucitado, los cuales duraron largo tiempo (<40 días»). Este relato de la ascensión está insertado totalmente en el contexto de la idea del testimonio y hay que entenderlo a partir de aquí (G. Lohfink).

De lo dicho se desprende que interpretaríamos falsamente la ascensión si la consideráramos como una ausencia momentánea de Cristo con relación al mundo. El «sentarse a la derecha del Padre», de que habla la Escritura (p.ej., Act 2, 33; 5, 31; 7, 55; Rom 8, 34; Ef 1, 20; Col 3, 1, etc.), significa más bien la participación del hombre Jesús en el poder regio de Dios y, consecuentemente, su presencia soberana en el mundo y entre los suyos (cf. Mt 28, 20). Partiendo de aquí la teología de Juan puede enlazar la resurrección con el retorno de Cristo (p.ej., 14, 18ss); en la resurrección del Señor, en virtud de la cual él está para siempre entre los suyos, ha empezado ya la –> parusía. A base de esto hemos de entender el hecho de que el relato de Lucas acerca de la ascensión se enfrente con un falso entusiasmo escatológico y, sin eliminar la -> escatología (Act 1, 11), ponga el acento en el doble presente del tiempo de la Iglesia: el don del Espíritu Santo, gracias al cual el Señor está ya presente; y la tarea del testimonio, con el que el cristiano responde a la experiencia del Espíritu y así se pone al servicio del reinado de Cristo. Cabría decir también que la realidad de la glorificación del Señor, la cual permanece oculta en el presente tiempo de la historia, sigue teniendo un punto tangencial en ésta a través de su autotestificación en el –>Espíritu Santo y del testimonio de los creyentes, que transmiten el mensaje de Cristo (Jn 14, 26s: < …él dará testimonio de mí, y vosotros daréis testimonio…»). Esto supuesto, hay una estrecha conexión entre glorificación y –> misión. La misión es la forma transitoria de expresión del reinado universal de Cristo, que ejerce soberanía en la humilde forma de la palabra.

Así, la idea del testimonio, en la que se expresa la manifestación ya incipiente de la glorificación de Jesús, implica a la vez su esencial encubrimiento, que Lucas indica mediante la imagen de la nube, muy usual en la teología veterotestamentaria del templo (Act 1, 9). Juan, en cambio, esclarece dicha idea a base de su fusión de teología de la cruz y de la glorificación en su significación existencial e histórico-teológica. En la misma dirección apunta el himno cristológico de Flp 2, 5-11, que designa a Cristo en su despojo de sí mismo por la cruz como anticipo de la osadía autodivinizante del primer Adán y, contraponiendo el derrumbamiento de ésta a la glorificación del humillado, le dice al hombre que el camino de la divinización pasa, no a través de la propia audacia, sino a través de la participación en la ignominia de la cruz de Cristo, la cual precisamente así se convierte en el signo paradójico de la glorificación del Señor en este mundo. Por eso se gloría el Apóstol precisamente de su debilidad, que es el lugar donde él mejor experimenta la victoria de la fuerza de Dios (2 Cor 12, 9s).

Por lo dicho se pone a la vez de manifiesto que el mensaje neotestamentario de la ascensión al cielo en sus afirmaciones centrales es completamente independiente de la llamada imagen «mítica» del mundo, la cual concibe a éste como si constara de tres estratos superpuestos, y que, por tanto, ese mensaje no queda eliminado con la desmitización (Bultmann). Más bien él abre una nueva visión positiva de la realidad del «cielo», plenamente independiente de problemas relativos a la imagen del mundo. A saber, desde la «ascensión», el cielo es la dimensión de la convivencia entre el hombre y Dios, la cual ha quedado instaurada por la resurrección y glorificación de Jesús, y desde entonces sirve para describir el auténtico «lugar» ontológico donde los hombres pueden vivir eternamente. Así el cristiano sabe ya ahora que su verdadera vida está escondida en el «cielo» (Col 3, 3 ), en cuanto por la fe en Cristo, él ha entrado en la dimensión de Dios, y con ello, ha penetrado ya ahora en su futuro.

Joseph Ratzinger

Read Full Post »

<

p style=”text-align:justify;”>Después de que Jesús resucitó de los muertos, Él “se presentó vivo” (Hechos 1:3) a las mujeres cerca de la tumba (Mateo 28:9-10), a Sus discípulos (Lucas 24:36-43), y a más de otras 500 personas (1 Corintios 15:6). En los días siguientes a Su resurrección, Jesús instruyó a Sus discípulos acerca del reino de Dios (Hechos 1:3).

Cuarenta días después de la resurrección, Jesús y Sus discípulos fueron al Monte de los Olivos cerca de Jerusalén. Allí, Jesús les prometió a Sus seguidores que pronto recibirían el Espíritu Santo, y les indicó que permanecieran en Jerusalén hasta que el Espíritu hubiera venido. Después, Jesús los bendijo y mientras les daba la bendición, comenzó a ascender al cielo. El relato de la ascensión de Jesús se encuentra en Lucas 24:50-51 y Hechos 1:9-11. 

En la Escritura se expone claramente que la ascensión de Jesús fue literal, regresando corporalmente al cielo. Él se levantó gradual y visiblemente de la tierra, siendo observado por muchos atentos espectadores. Mientras los discípulos se esforzaban por echar una última mirada a Jesús, una nube lo ocultó de sus ojos, y aparecieron dos ángeles que les prometieron que Cristo regresaría “…tal como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:10-11).



<

p style=”text-align:justify;”>La ascensión de Jesucristo es significativa por muchas razones: 



  • Señaló el final de Su ministerio terrenal. Dios el Padre amorosamente había enviado a Su Hijo al mundo en Belén, y ahora el Hijo estaba regresando al Padre. Su período de limitación humana había terminado.
  • 

Significaba el éxito de Su obra terrenal. Él había cumplido con todo lo que tenía que haber hecho. 

  • Marcó el retorno a Su gloria celestial. La gloria de Jesús había estado velada durante Su tiempo en la tierra, con una breve excepción en la Transfiguración (Mateo 17:1-9).


  • Simbolizó Su exaltación por el Padre (Efesios 1:20-23). Aquel con quien el Padre estaba grandemente complacido (Mateo 17:5) era recibido arriba con honor, dándosele un nombre que es sobre todo nombre (Filipenses 2:9).


  • Le permitió preparar un lugar para nosotros (Juan 14:2)


  • Indicó el inicio de Su nuevo ministerio como Sumo Sacerdote (Hebreos 4:14-16) y Mediador de un Nuevo Pacto (Hebreos 9:15).


  • Estableció el patrón para Su regreso. Cuando Jesús venga para establecer Su Reino, Él regresará de la misma manera en que se fue – literal, corporal, y visiblemente en las nubes (Hechos 1:11; Daniel 7:13-14; Mateo 24:30 y Apocalipsis 1:7).



En la actualidad, el Señor Jesús está en el Cielo. Las Escrituras lo describen con frecuencia a la diestra del Padre, una posición de honor y autoridad (Salmo 110:1; Efesios 1:20; Hebreos 8:1). Cristo es la Cabeza de la iglesia (Colosenses 1:18), el dador de los dones espirituales (Efesios 4:7-8), y Aquel que lo llena todo en todo (Efesios 4:9-10). Esta ascensión de Cristo fue el evento que hizo la transición de Jesús de Su ministerio terrenal a Su ministerio celestial.

Read Full Post »

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”

De los Sermones de San Agustín, obispo

NADIE HA SUBIDO AL CIELO SINO AQUEL QUE HA BAJADO DEL CIELO

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”

De los Sermones de San Agustín, obispo

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: