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Archive for the ‘Santísima Trinidad’ Category

De todas las maneras estás dentro de mí,
me envuelves en tu presencia y en tu amor,
aunque yo me debata en elucubraciones,
búsquedas e ideas,
Tú eres mi Dios y me sostienes, recreas mi vida.
Tú, Padre Dios, me amaste desde el principio de los tiempos,
tienes mi nombre tatuado en la palma de tu mano
y me conoces, vaya o venga, hable o calle, trabaje o descanse,
esté en movimiento o duerma.

Tu presencia lo envuelve todo, es viento que libera,
es fuerza que anima, es impulso que dinamiza,
es sensación de consuelo, es aire renovador,
es Espíritu tuyo que está en nosotros siempre.
Sois tres; sois uno, ¿qué más da?…
Lo importante es que formáis parte de todo
y que mi vida descansa en Ti y en vosotros,
se alimenta de Ti y de los tres, se siente amada por ti,
aleccionada por Jesús y acompañada por tu Espíritu.
¿Se puede desear un regalo mejor?

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No lo he visto, pero está, más allá, y yo lo siento.
Y está más acá, más adentro.
Creo en Dios, Vivo en Él, y lo respiro, es mi aliento;
sin Dios me asfixiaría. Creo en Dios.
Vive en mí, soy su templo.
Sin Dios, qué vacío y soledad, qué silencio.

Creo en Dios Padre,
Es el Principio y la Fuente, Mano fuerte,
mano grande, creadora, protectora;
en ella caben las estrellas, son sus hijos,
por su nombre les conoce,
son millones incontables.

Creo en Dios Hijo, Se ha vestido de carne, tan humano.
Dios cercano, me ha tocado,
me ha besado y ha curado mis miserias,
ha cargado con mi fardo, de divinidad me ha bordado,
y se ha quedado conmigo para siempre, Dios amigo y hermano.

Creo en Dios Espíritu Santo.
Es la savia, es la vida, es la música y la danza,
es la brisa y la tormenta,
la intimidad más profunda;
lámpara siempre encendida,
almendro siempre florecido,
cesta de frutos exquisitos, de los dioses alimento;
todo lo suyo es bello, porque es santo.

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¿Por qué nos empeñamos en verte
como antagonista en nuestra vida,
amenaza a nuestra libertad,
juez de nuestros amores,
aguafiestas de nuestras alegrías,
tropiezo de nuestros andares?

¿Por qué estás grabado tan fuerte
como invisible vigilante, ley que se impone,
conciencia que roe, castigo amenazante,
miedo de muerte?

Oh Dios, Tú que eres Dios de vida y no de muerte ni de suerte,
renuévanos y ponnos en sintonía con tu Espíritu de siempre
y los signos que te preceden.
Borra nuestros retratos, grabo los tuyos para siempre.

Ulibarri, FI.

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Creo

Yo creo sólo en un Dios:
en Abbá, como creía Jesús.
Yo creo que el Todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
es como mi madre
y puedo fiarme de él.
Lo creo porque así lo he visto
en Jesús, que se sentía Hijo.
Yo creo que Abbá no está lejos
sino cerca, al lado, dentro de mí,
creo sentir su Aliento
como una Brisa suave que me anima
y me hace más fácil caminar.

Creo que Jesús, más aún que un hombre
es Enviado, Mensajero.
Creo que sus palabras son palabras de Abbá.
Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.
Creo que puedo llamar a Jesús
la Palabra presente entre nosotros.
Yo sólo creo en un Dios,
que es Padre, Palabra y Viento
porque creo en Jesús, el Hijo,
el hombre lleno del Espíritu de Abbá.

José E. Ruiz de Galarreta.

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Como habéis escuchado en la lectura, este encuentro ha tomado como punto de partida el “Gran Hallel”, el salmo 136, que es una solemne letanía para solista y coro: es un himno al hesed de Dios, es decir, a su amor fiel, que se revela en los acontecimientos de la historia de la salvación, particularmente en la liberación de la esclavitud de Egipto y en el don de la tierra prometida. El Credo del Israel de Dios (cf. Dt 26, 5-9; Jos 24, 1-13) proclama las intervenciones divinas dentro de la historia humana: el Señor no es un emperador impasible, rodeado de una aureola de luz y relegado en los cielos dorados. Él observa la miseria de su pueblo en Egipto, escucha su grito y baja para liberarlo (cf. Ex 3, 7-8).

Pues bien, ahora trataremos de ilustrar esta presencia de Dios en la historia, a la luz de la revelación trinitaria, que, aunque se realizó plenamente en el Nuevo Testamento, ya se halla anticipada y bosquejada en el Antiguo. Así pues, comenzaremos con el Padre, cuyas características ya se pueden entrever en la acción de Dios que interviene en la historia como padre tierno y solícito con respecto a los justos que acuden a él. Él es “padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Sal 68, 6); también es padre en relación con el pueblo rebelde y pecador.

Dos páginas proféticas de extraordinaria belleza e intensidad presentan un delicado soliloquio de Dios con respecto a sus “hijos descarriados” (Dt 32, 5). Dios manifiesta en él su presencia constante y amorosa en el entramado de la historia humana. En Jeremías el Señor exclama: “Yo soy para Israel un padre (…) ¿No es mi hijo predilecto, mi niño mimado? Pues cuantas veces trato de amenazarlo, me acuerdo de él; por eso se conmueven mis entrañas por él, y siento por él una profunda ternura” (Jr 31, 9. 20). La otra estupenda confesión de Dios se halla en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. (…) Yo le enseñé a caminar, tomándolo por los brazos, pero no reconoció mis desvelos por curarlo. Los atraía con vínculos de bondad, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer. (…) Mi corazón está en mí trastornado, y se han conmovido mis entrañas” (Os 11, 1. 3-4. 8).

De estos pasajes de la Biblia debemos sacar como conclusión que Dios Padre de ninguna manera es indiferente frente a nuestras vicisitudes. Más aún, llega incluso a enviar a su Hijo unigénito, precisamente en el centro de la historia, como lo atestigua el mismo Cristo en el diálogo nocturno con Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17). El Hijo se inserta dentro del tiempo y del espacio como el centro vivo y vivificante que da sentido definitivo al flujo de la historia, salvándola de la dispersión y de la banalidad. Especialmente hacia la cruz de Cristo, fuente de salvación y de vida eterna, converge toda la humanidad con sus alegrías y sus lágrimas, con su atormentada historia de bien y mal: “Cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Con una frase lapidaria la carta a los Hebreos proclamará la presencia perenne de Cristo en la historia: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).

Para descubrir debajo del flujo de los acontecimientos esta presencia secreta y eficaz, para intuir el reino de Dios, que ya se encuentra entre nosotros (cf. Lc 17, 21), es necesario ir más allá de la superficie de las fechas y los eventos históricos. Aquí entra en acción el Espíritu Santo. Aunque el Antiguo Testamento no presenta aún una revelación explícita de su persona, se le pueden “atribuir” ciertas iniciativas salvíficas.

Es él quien mueve a los jueces de Israel (cf. Jc 3, 10), a David (cf. 1 S 16, 13), al rey Mesías (cf. Is 11, 1-2; 42, 1), pero sobre todo es él quien se derrama sobre los profetas, los cuales tienen la misión de revelar la gloria divina velada en la historia, el designio del Señor encerrado en nuestras vicisitudes. El profeta Isaías presenta una página de gran eficacia, que recogerá Cristo en su discurso programático en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, pues Yahveh me ha ungido, me ha enviado a predicar la buena nueva a los pobres, a sanar los corazones quebrantados, a anunciar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad, y a promulgar el año de gracia de Yahveh” (Is 61, 1-2; cf. Lc 4, 18-19).

El Espíritu de Dios no sólo revela el sentido de la historia, sino que también da fuerza para colaborar en el proyecto divino que se realiza en ella. A la luz del Padre, del Hijo y del Espíritu, la historia deja de ser una sucesión de acontecimientos que se disuelven en el abismo de la muerte; se transforma en un terreno fecundado por la semilla de la eternidad, un camino que lleva a la meta sublime en la que “Dios será todo en todos” (1 Co 15, 28). El jubileo, que evoca “el año de gracia” anunciado por Isaías e inaugurado por Cristo, quiere ser la epifanía de esta semilla y de esta gloria, para que todos esperen, sostenidos por la presencia y la ayuda de Dios, en un mundo nuevo, más auténticamente cristiano y humano.

Así pues, cada uno de nosotros, al balbucear algo del misterio de la Trinidad operante en nuestra historia, debe hacer suyo el asombro adorante de san Gregorio Nacianceno, teólogo y poeta, cuando canta: “Gloria a Dios Padre y al Hijo, rey del universo. Gloria al Espíritu, digno de alabanza y todo santo. La Trinidad es un solo Dios, que creó y llenó todas las cosas…, vivificándolo todo con su Espíritu, para que cada criatura rinda homenaje a su Creador, causa única del vivir y del durar. La criatura racional, más que cualquier otra, lo debe celebrar siempre como gran Rey y Padre bueno” (Poemas dogmáticos, XXI, Hymnus alias: PG 37, 510-511).

Miércoles 9 de febrero de 2000

Papa Juan Pablo II

La gloria de la Trinidad en la historia

La gloria de la Trinidad en la historia

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Adoración al Padre Eterno

Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria.

Oración

Os adoro, oh Padre eterno, con toda la corte celestial, por mi Dios y Señor, y os doy infinitas gracias en nombre de la Santísima Virgen, vuestra Hija muy amada, por todos los dones y privilegios con que la adornasteis, especialmente por aquel poder con que la enaltecisteis en su gloriosa Asunción a los cielos.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Oración

Os adoro, oh eterno Hijo, con toda la corte celestial por mi Dios, Señor y Redentor, y os rindo gracias infinitas en nombre de la Santísima Virgen, vuestra muy amada Madre, por todos los dones y privilegios con que la adornasteis, especialmente por aquella suma sabiduría con que la ilustrasteis en su gloriosa Asunción al cielo.

Adoración al Espíritu Santo

Padre nuestro, Avemaría y Gloria

Oración

Os adoro, Espíritu Santo paráclito, por mi Dios y Señor, y os doy infinitas gracias con toda la corte celestial en nombre de la Santísima Virgen, vuestra amantísima Esposa por todos los dones y privilegios con que la adornasteis, especialmente por aquella perfectísima y divina caridad con que inflamasteis su santísimo y purísimo corazón en el acto de su gloriosísima Asunción al cielo; y humildemente os suplico en nombre de vuestra inmaculada Esposa, me otorguéis la gracia de perdonarme todos los gravísimos pecados que he cometido desde el primer instante en que pude pecar; hasta el presente, de los cuales me duelo infinitamente, con propósito de morir antes que volver mas a ofender a vuestra divina Majestad; y por los altísimos méritos y eficacísima protección de vuestra amantísima Esposa os suplico me concedáis a mí y a N. el preciosísimo don de vuestra gracia y divino amor, otorgándome aquellas luces y particulares auxilios con los cuales vuestra eterna Providencia ha predeterminado salvarme, y conducirme a sí.

 

Oración a la Santísima Virgen

Os reconozco y os venero, oh Virgen santísima, Reina de los cielos, Señora y Patrona del universo, como a Hija del eterno Padre, Madre de su dilectísimo Hijo, y Esposa amantísima del Espíritu Santo; y postrado a los pies de vuestra gran Majestad con la mayor humildad os suplico por aquella divina caridad; de que fuisteis sumamente llena en vuestra Asunción al cielo, que me hagáis la singular gracia y misericordia de ponerme bajo vuestra segurísima y fidelísima protección, y de recibirme en el número de aquellos felicísimos y afortunados siervos que lleváis esculpidos en vuestro virginal pecho. Dignaos, oh Madre y Señora mía clementísima, aceptar mi miserable corazón, mi memoria, mi voluntad, y demás potencias y sentidos míos interiores y exteriores; aceptad mis ojos, mis oídos, mi boca, mis manos y mis pies, regidlos conforme al beneplácito de vuestro Hijo, a fin de que con todos sus movimientos tenga intención de tributaros gloria infinita. Y por aquella sabiduría con que os iluminó vuestro amantísimo Hijo, os ruego y suplico me alcancéis luz y claridad para conocerme bien a mí mismo, mi nada, y particularmente mis pecados, para odiarlos y detestarlos siempre, y alcanzadme además luz para conocer las asechanzas del enemigo infernal y sus combates ocultos y manifiestos. Especialmente, piadosísima Madre mía, os suplico la gracia… (mencionar).

Oración de Adoración

Oración de Adoración

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¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
La Iglesia nos sumerge en tu misterio;
Te confesamos y te bendecimos,
Señor Dios nuestro.
Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.
Oh, Palabra del Padre, te escuchamos;
Oh, Padre, mira el rostro de tu Verbo;
Oh, Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.
¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestros almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas.
Señor, Dios nuestro.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

(I Vísperas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad)

Himno a la Santísima Trinidad

Himno a la Santísima Trinidad

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