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San José Cafasso

SAN JOSE CAFASSO

(†  1860)

En la trama biográfica de San José Cafasso no se echa de ver nada deslumbrador o complicado. Nacido el 15 de enero de 1811 en el seno de una familia profundamente cristiana, en Castelnuovo d’Asti —hoy Castelnuovo Don Bosco—, pareció predestinado ya desde los primeros años al ministerio sacerdotal. Niño dócil y piadoso, aficionado cual ninguno a la casa y a la iglesia, acabó por merecer el apelativo de santetto. En su juventud mantuvo fiel sus propósitos de bondad, recogimiento y oración, conservando el fulgor de la inocencia y el vivísimo anhelo de consagrarse a Dios. Lo hizo el 1 de julio de 1827, vistiendo con grande ilusión el hábito talar. Juan Bosco, a la sazón un muchacho de doce años, le vio por primera vez aquel mismo año en ocasión de una fiesta popular: ya entonces tuvo la impresión de haber encontrado un santo. Vivaracho como era, se ofreció a acompañar al seminarista para visitar los espectáculos de la ciudad. Años más tarde resonaban todavía intactas en los oídos de Don Bosco las palabras de respuesta del ejemplar seminarista: “Querido amigo, las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la iglesia; cuanto más devotamente se celebran tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas siempre renovadas y dignas, por tanto, de frecuentarse con la mayor diligencia”. Para persuadir al joven, que no parecía del todo convencido, añadió sonriendo: “Quien abraza el estado eclesiástico se vende al Señor; de ahí que nada hay en este mundo que le atraiga si no es la mayor gloria de Dios y el bien de las almas”. He ahí una respuesta que da la talla del hombre.

 Fiel a tales convicciones que inspiraban sus propósitos, pasó de los estudios de filosofía a los de teología, coronándolos finalmente con la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1833.

 Ya sacerdote, rehusando ofertas tentadoras de diversos párrocos que se lo disputaban, no satisfecho de su formación espiritual y teológica, y libre, por otra parte, de preocupaciones económicas, prefirió continuar su preparación pastoral en el “Convitto” eclesiástico de San Francisco de Asís, de Turín, fundado precisamente para esos fines el año 1817, gracias al interés y acción coordinada de dos figuras altamente representativas en el clero piamontés de aquel entonces: el siervo de Dios Pío Brunone Lanteri y el teólogo Luis María Fortunato Guala, que ocupaba a la sazón el cargo de rector.

 La divina Providencia velaba sobre sus pasos: aquel “Convitto” escogido por Cafasso como palestra de perfeccionamiento sacerdotal acabaría por ser su campo de apostolado más fecundo y el centro de su delicadísima misión hasta el fin de sus días. No tardó en destacarse a la vez que la solidez de su cultura teológica su madurez ascética. Por lo que muy pronto ocupó allí mismo la cátedra de maestro: primero como auxiliar, luego como suplente del teólogo Guala en sus clases, sobre todo de teología moral, y, finalmente, sucediéndole en su cargo de rector a su muerte, acaecida en 1848.

 Esta tarea de perfeccionamiento y renovación del joven clero piamontés constituye el más alto timbre de gloria de nuestro Santo. Labor nada fácil: resentíase aún la vida religiosa del Piamonte, en medida no despreciable, del influjo de una situación madura en la segunda mitad del siglo XVIII y cristalizada en una práctica severa en plano pastoral y sacramental, que no excluía la inspiración de corrientes jansenistas del tiempo. Dejábanse sentir a la vez tendencias regalistas de volumen no despreciable. En uno y otro campo batalló victorioso San José Cafasso en su empresa de renovación, siguiendo las huellas de sus predecesores Lanteri y Guala, a la luz de la doctrina de San Alfonso María de Ligorio. Sintetizan con exactitud y autoridad la postura de nuestro Santo las apreciaciones de Su Santidad Pío XI en ocasión del decreto De tuto para la beatificación de Cafasso el 1º de noviembre de 1924: “Bien presto logró Cafasso sentar plaza de maestro en las filas del joven clero, inflamado de caridad y radiante de sanísimas ideas, dispuesto a oponer a los males del tiempo los oportunos remedios. Contra el jansenismo alzaba un espíritu de suave confianza en la divina bondad; frente al rigorismo colocaba una actitud de justa facilidad y bondad paterna en el ejercicio del ministerio, desbancaba, en fin, el regalismo, con una dignidad soberana y una conciencia respetuosa para con las leyes justas y las autoridades legítimas, sin claudicar jamás, antes bien dominada y conducida por la perfecta observancia de les derechos de Dios y de las almas, por la devoción inviolable a la Santa Sede y al Pontífice Supremo y por el amor filial a la Santa Madre Iglesia”.

 Gracias a esta labor suya nuestro Santo procuró a la Iglesia un plantel de sacerdotes que habían de fructificar presto en parroquias, seminarios, institutos religiosos, escuelas públicas, alcanzando muchos de ellos neta fama de santidad. Brilla con fulgores vivísimos la figura de San Juan Bosco, con quien Cafasso fue pródigo en extremo, pues a lo que ofrecía a los demás añadió su consejo iluminado, su palabra de aliento, su óbolo material incluso en los momentos críticos de la fundación de su obra prodigiosa.

 Pero la misión apostólica y sacerdotal de nuestro Santo no se agotaba en el recinto del “Convitto” ni en la educación del clero. Desde su morada, su actividad benéfica inspirada en un ardentísimo celo por las almas. se irradiaba en todo el ambiente circundante. San Juan Bosco destaca en la biografía de su maestro varias facetas de su múltiple actividad: padre de los pobres, consejero de los vacilantes, consolador de los enfermos, auxilio de los agonizantes, alivio de los encarcelados, salud de los condenados a muerte. Dos calificativos merecen subrayarse entre ellos.

 No había cárcel en Turín cerrada a la caridad del Santo. Amaba a los desgraciados allí recluidos y no acertaba a dejar aquellos lugares en que se le antojaba ver sufrir a Cristo más que en ningún otro. Los condenados a muerte, en particular, le requerían para tenerlo a su lado como ángel de consuelo en el momento del suplicio… Dios premió su efusión de caridad sincera: a pesar de que entre los sesenta y ocho condenados a pena capital, que a lo largo de más de veinte años hubo de asistir, encontrara auténticos monstruos de maldad, no hubo uno solo que resistiera a la gracia: todos se convirtieron, llegando en más de una ocasión a signos inequívocos de extraordinario arrepentimiento. Conocido ese misterioso influjo que ejercía para con esos pobrecitos condenados, fue muy solicitado en varias ciudades del Piamonte en ocasiones análogas. De ahí el mote popular con que se le conocía de “padre de las horcas”. No deja de ser un título de gloria para quien había logrado convertir un horrible instrumento de muerte en auténtico medio de salvación y de vida eterna.

 “Consejero de los inciertos” lo apellida Don Bosco, Otros prefieren calificarlo “oráculo del laicado y del clero”. Efectivamente, de todos los rincones del Piamonte corrían a él gentes de toda clase y condición, ansiosos de su consulta y su consejo. Seglares y clérigos —incluso prelados y obispos—, doctos e ignorantes, abogados, militares, nobles y plebeyos, católicos fervientes, fríos en piedad y aun alejados de la práctica religiosa…, todos le hacían compañía en la calle, le consultaban en su cuarto de estudio, se le acercaban en la iglesia en largas e interminables horas de confesonario. No rechazaba jamás a ninguno. Aunque extenuado de tanta fatiga y cargado de preocupaciones gravísimas, sabía tratar a todos con idéntica cordialidad. Y todos tenían la persuasión de recibir de sus labios una palabra que, limpia de toda pasión humana, traía consigo el sello inequívoco de la verdad divina, admirablemente ajustada a las necesidades de cada cual.

 El maestro, el consejero, el confesor, el predicador dejaba a las claras en el ejercicio de su ministerio las líneas maestras de su espiritualidad. Se la ve práctico-pastoral, sencilla y discreta, enraizada en los más sólidos y genuinos filones de la espiritualidad católica de todos los tiempos y, en particular de San Ignacio, de San Francisco de Sales, y de San Alfonso María de Ligorio. Sin cejar jamás en la tensión a metas ideales —pues sencillez para él no significa pobreza y menos aún raquitismo de vida interior—, nuestro Santo se preocupaba ante todo de asegurar a las almas lo estrictamente indispensable, es decir, el desarrollo completo de la vida cristiana, acentuando con trazos muy vivos el fin de esta vida, el valor del tiempo, la salvación del alma, la lucha contra el pecado, la necesidad de la gracia, las verdades eternas, el despego del mundo, la frecuencia de los sacramentos… Pero todo ello en un clima de bondad, de sano optimismo, de insinuante moderación. Se explica así que recalcara la facilidad de obtener la perfección a través de la práctica de las cosas pequeñas, puesta al alcance de la mano de todo el mundo; que hiciera resaltar la belleza de la religión, concebida como un ejercicio de amor hacia un Dios de bondad y de misericordia infinitas, y que, sin descuidar las verdades esenciales, pusiera el acento sobre todo en las más agradables y atrayentes y que, por ser tales, son capaces de engendrar una serena expansión del espíritu hacia su Dios. La piedad, revestida de formas simpáticas, resultaba agradable y, a su escuela, pasaba a ser una fuente perenne de alegría cristiana. Tendía directamente a la unión con Dios. Esquivaba el peligro de aquelosarse en prácticas y gestos exteriores, para insistir en la urgencia de cumplir con exactitud el propio deber entendido como servicio de Dios que ha de realizarse con intención de agradarle y procurarle mayor gloria. La misma mortificación, dirigida preferentemente al interior, más bien que al aspecto corporal, tiende a destacar la dimensión positiva que encierra la renuncia, su aspecto más amable, en cuanto que se la enfoca como liberación del amor y unificación más completa con Dios.

 Sonó para Cafasso la hora suprema el 23 de junio de 1860, sin haber alcanzado los cincuenta años, pero agotado por un incesante trabajo apostólico cuyo motor fueron los que él llamara sus tres amores: Jesús Sacramentado, María Santísima y el Papa. Fue realidad gozosa para él un presentimiento suyo consignado en su testamento espiritual:

 Non giá morte, ma dolce somno
sará perte, o anima mía,
se morendo, t’asiste Gesú,
se sperando t’abbraccia María.

La fama de santidad que lo acompañó durante su vida y a la hora de su muerte obtuvo presto la contraseña del milagro y más tarde la ratificación solemne de la Iglesia: el 3 de mayo de 1925 Pío XI le declaró beato; el 22 de junio de 1947 Pío XII le incluyó en el catálogo de los santos.

 GlUSEPPE USSEGLIO, S. D. B.

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San Paulino de Nola

SAN PAULINO DE NOLA

(†  431)

Difícilmente habrá habido ningún santo que haya hecho tantos esfuerzos para ocultarse y pasar desapercibido como San Paulino de Nola; mas, por el contrario, apenas se encontrará hombre ninguno que haya sido tan celebrado como él. En efecto, los santos, más eminentes de la Iglesia, San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio Magno le dedicaron los mayores elogios. Por otra parte, San Paulino de Nola presenta en su vida y en todo el aspecto de su santidad un conjunto de matices y circunstancias que le hacen particularmente agradable y atractivo.

 Nacido en Burdeos hacia el año 353, sus padres eran romanos, pertenecientes a la más elevada nobleza, tal vez de la familia de los Anicios, que disfrutaba de abundantes riquezas en Italia, las Galias y España. Conforme al rango de su nacimiento, su educación fue esmerada y completa, y el año 378, contando veinticinco de edad y siendo ya cónsul, tomó por esposa a la dama española Teresa, a la que otros la llaman Terasia, rica en bienes de este mundo, pero más rica todavía por sus cualidades morales, que la convierten en digna compañera de Paulino. Tanto sobresalió Paulino por su tacto en el desempeño de los asuntos públicos que el emperador Valentiniano le puso al frente del gobierno de Roma en el cargo de prefecto de la ciudad. Pero, después de desempeñar por corto tiempo este cargo, se vio precisado, por una serie de importantes negocios, a recorrer durante quince años diversos territorios de Italia, las Galias y España.

 Estas ocupaciones y los correspondientes viajes fueron los medios de que se sirvió la Providencia para transformar por completo su espíritu. En ellos tuvo ocasión de hablar con San Ambrosio, San Agustín y otras personas eminentes, y estuvo en Alcalá de Henares y en otras poblaciones de España. El espectáculo de la tumba de San Félix en Nola conmovió profundamente su interior. Por otro lado, el influjo callado y constante de su esposa Teresa fue completando la transformación lenta de su alma; pero, sobre todo, encontrándose en Burdeos el año 389, su obispo San Delfín acabó de convencerlo, y, habiendo recibido ese mismo año el bautismo, se retiró a Barcelona. Allí, pues, comenzó a poner en práctica la resolución que había tomado de renunciar a todos los honores y riquezas con que profusamente le brindaba el mundo y entregarse absolutamente al servicio de Dios en la soledad.

 Este primer retiro de Barcelona constituye el principio y la base de la transformación fundamental de Paulino. El antiguo cónsul y prefecto de Roma, el hombre cargado de riquezas y honores, se convierte en el servidor perfecto de Cristo en la más completa soledad. En 390 se inicia con toda eficacia la renuncia de sus inmensas riquezas en beneficio de los pobres. La muerte de un hijo, a los ocho días de nacer, rompe las últimas esperanzas en este mundo. Su esposa Teresa es su mejor consejera y su mejor sostén en la vida ascética a que Paulino se entrega. Barcelona tiene la gloria de haber proporcionado a Paulino el ambiente que él necesitaba para realizar esta sublime transformación. A los cuatro años el cambio era completo y Paulino recibe en el año 393 en Barcelona, la ordenación sacerdotal.

 Una vez se vio libre del peso de todas sus riquezas y honores, y adornado con la dignidad de sacerdote de Cristo, quiso realizar su antiguo ideal de retirarse definitivamente a Nola, junto al sepulcro de San Félix, para vivir allí el resto de su vida. Con esta intención, pues, se dirigió con su fiel compañera Teresa a Milán, donde se encontró con San Ambrosio, quien le puso a sus eclesiásticos como ejemplo viviente de santidad cristiana y sacerdotal y de renuncia del mundo. Por esto no tiene nada de inverosímil la noticia, transmitida por algún historiador, que trató de retenerlo para que fuera su sucesor. En Roma fue objeto de grandes agasajos y extraordinarias muestras de regocijo de parte del pueblo y la nobleza, que conocían sus grandes cualidades del tiempo de su prefectura. En cambio, parece que, de parte del clero y aun del Romano Pontífice, observó algunas señales de recelo, debidas, sin duda, al hecho de haber recibido la ordenación sacerdotal sin observar las normas canónicas. El mismo se hace eco de estos recelos; pero debe observarse que aquello no dependió de él, sino del obispo que lo ordenó.

 Esto mismo contribuyó a confirmarle en la decisión ya tomada de retirarse a Nola, y, en efecto, allá se dirigió con su esposa Teresa. Cuando él fue gobernador de la Campaña había hecho construir un edificio para acoger en él a los peregrinos pobres. Es uno de los más antiguos ejemplos de hospicios cristianos. Pues bien; junto a este hospicio hizo arreglar ahora unas sencillas celdas, que constituyeron aquella especie de monasterio donde vivió el resto de su vida. A su lado se fueron acomodando algunos compañeros que se ofrecieron a imitarle en aquel género de vida solitaria. En cuanto a su santa esposa Teresa, vivía en lugar separado, pero, según parece, hacía los oficios de ama de casa, siendo para él en todo momento el mejor estímulo en su vida de perfección.

 Su vida en este retiro fue la de un solitario, vida de entrega absoluta a Dios, vida de continencia voluntaria con el consentimiento de su esposa, vida de oración y penitencia. Su alimento era sumamente frugal. Alimentábase de un pan especial, más basto y ordinario que el que comúnmente se usaba, y si bebía un poco de vino era porque se lo impusieron como necesario a su salud. Un lado muy interesante de la vida de retiro de Paulino en Nola es que cultivó en ella sus aficiones de poeta, componiendo en este tiempo aquellas obras poéticas que nos lo presentan como uno de los mejores vates cristianos de la antigüedad. Así, cada año, dedicaba con la mayor devoción un himno al patrono de la población, el mártir San Félix. De este modo los trece Poemas natalicios, dedicados a San Félix, constituyen el mejor tesoro poético de San Paulino de Nola que se nos ha conservado.

 El nuevo género de vida de San Paulino, como suele ocurrir en casos semejantes, fue objeto de los más opuestos comentarios. Algunos de los paganos, numerosos todavía en Roma, entre ellos su propio antiguo maestro Ausona, se indignaron ante el nuevo giro de la vida de Paulino, considerándolo como una extravagancia. Según su apreciación, era una gran pérdida para la sociedad romana, puesto que, con sus cualidades extraordinarias, hubiera podido prestarle grandes servicios. Ahora, en cambio, en su vida solitaria, sepultaba e inutilizaba todas estas dotes naturales.

 Pero el juicio de los hombres verdaderamente grandes fue muy diverso. En efecto, fue en verdad universal el coro de aprobación y alabanza que se elevó en torno a Paulino de parte de las más grandes figuras cristianas en que tanto abundaba la Iglesia en aquel tiempo. El gran obispo de Tours, San Martín, tan popular en toda la lglesia, que gozaba entonces de su mayor prestigio, lo proponía a sus discípulos como modelo de desprecio de las grandezas del mundo y de perfección cristiana. San Ambrosio de Milán, el gran maestro del Occidente, lo proponía como un prodigio de grandeza de alma. San Agustín, el mayor prodigio intelectual de todos los tiempos y buen conocedor de los atractivos del mundo, trabó íntima amistad con Paulino y le enviaba a algunos de sus mejores discípulos para que aprendieran la verdadera virtud cristiana. El papa San Anastasio (398-401), apenas elevado al solio pontificio, escribió un gran elogio suyo a todos los obispos de la Campaña, y, en cierta ocasión en que Paulino fue a Roma para asistir a la fiesta de San Pedro, le acogió con toda clase de distinciones. San Jerónimo fue uno de sus principales admiradores y panegiristas.

 En medio de este coro general de estima y alabanza la única voz que disonaba era la propia de San Paulino. Como verdaderamente humilde, en las respuestas que dirigía a los que se dirigían a él con las más expresivas muestras de aprecio y reverencia da bien a entender el bajo concepto que tenía de sí mismo. Cuando su íntimo amigo Septimio Severo le suplicó que le mandará su retrato, juzgó esta petición poco menos que como una locura. Por otra parte, es admirable su firmeza y perseverancia en el género de vida comenzado. Bien persuadido de que no está el mérito en comenzar una vida de perfección y sacrificio, sino en perseverar en ella hasta el fin, no solamente no desmereció en sus austeridades y en el ejercicio de todas las virtudes, sino que mas bien fue adelantando en todas ellas, en todo lo cual uno de sus mejores estímulos fue su fiel esposa Teresa.

 Por todo esto no es de sorprender que los habitantes de Nola le eligieran como obispo. En realidad no se conoce ni el tiempo ni la manera como fue elegido. Pero sí el hecho de que fue elevado a esta cátedra episcopal y que murió siendo obispo de Nola. Seguramente ocurrió esta elección el año 409, a la muerte del obispo de la ciudad. Así pues, vivió como obispo de ella unos veintidós años. Precisamente entonces, en 410, los visigodos, capitaneados por Alarico, se apoderaron de Roma y poco después de Nola. A este tiempo, según refiere San Gregorio Magno, pertenece el sublime acto realizado por Paulino, cuando, para ayudar y consolar a una pobre viuda, se quedó en lugar de un hijo suyo, prisionero de los vándalos en Africa; pero éstos, admirados de tal heroísmo, le devolvieron en un navío cargado de víveres y de buen número de otros prisioneros.

 En esta forma continuó Paulino su vida hasta el año 431, en que murió. Uno de sus últimos actos fue la ornamentación de la basílica dedicada a San Félix. Enterrado en ella, al lado de ente Santo, tan estimado por él, fue bien pronto más venerado que el mismo titular de la Iglesia, y de una semejante veneración le hizo bien pronto objeto toda la cristiandad.

 BERNARDINO LLORCA, S. I.

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San Luis Gonzaga

SAN LUIS GONZAGA

(†  1591)

Fue Luis Gonzaga el mayor de los ocho hijos nacidos del matrimonio de Ferrante Gonzaga, marqueses de Castellón y condes de Tanasentena. Su nacimiento fue grandemente celebrado en la casa solariega de Castellón, a corta distancia de Villafranca y Solferino.

 Lo que había de ser aquel pequeñuelo decíalo su entusiasmo por las armas ya desde la edad de cuatro años. Cubierta la cabeza con un pequeño morrión, defendido el pecho con garbosa coraza, lanza en la mano y espadín en la cintura, gozaba de pasar revista de parada al ejército de su padre.

 Al disparar en Casale de Monferrato pesado arcabuz quemóse el rostro. Más tarde robó pólvora a los soldados del marqués y cargó temerariamente un cañón, cuya cureña, al retroceder por la reacción del disparo, estuvo a punto de aplastar al precoz artillerito.

 En el campamento aprendió a repetir vergonzosas palabrotas que su ayo tuvo prontamente que corregir. El recuerdo de estas que él llamó toda su vida sus faltas le ofreció, de mayor, constante ocasión de humillarse ante Dios.

 Descorazonóse el marqués al volver de su expedición a Túnez, cuando encontró a Luis demasiadamente dado a lo piadoso. Para poner coto al dominio que creía excesivo de la ascética en el corazón de su primogénito decidió enviarle a Florencia con Rodolfo, su segundo hijo, para que el atrayente fausto de la corte de los Médicis le curara.

 Fue allí donde, en la iglesia de los servitas, ofreció con voto su pureza a la reina de la celeste corte y recibió de ella el don de conservarla intacta en sí y en otros. Su misión universal de guardián de la pureza en la juventud tiene allí su raíz. En los medios de defensa y preservación de la virtud angélica va tan adelante como pocos santos. Eran una providencial ayuda para la juventud que apoyada en él le había de seguir.

 Se ha dicho que tanta precaución espiritual logró ensimismarle y convertirle en un misántropo. En contra de tal afirmación ofrecemos pruebas. Las numerosas cartas que en estas fechas escribía a su madre, doña Marta, demuestran con qué ilusión asistía a las corridas en el mismo palco del duque. Sus descripciones tan extraordinariamente minuciosas en los detalles son inexplicables si no gozara vivamente con la asistencia a tales espectáculos.

 Fue más adelante, en Mantua, donde comenzó a sentir los primeros amagos del mal de piedra, que sería un filón más que su sabia técnica espiritual explotaría en orden a lo eterno.

 Vuelto a Castellón, y en la intimidad de la vida familiar, empezó a escalar las cumbres de la unión con Dios. Horas pasaría extasiado en oración. Los criados atisbaban detrás de las puertas sus ratos de ocio a lo divino, puestos sus brazos en cruz y las rodillas sobre el frío mármol, los ojos en el crucifijo.

 Pero no era su piedad pasiva y no más. Ya entonces enseñaba el catecismo a los pobres y atendía con sus visitas y limosnas a los menesterosos.

 San Carlos Borromeo, cuando se encarga de prepararle para tomar por primera vez en sus labios el pan de los ángeles, queda maravillado al descubrir tan honda contemplación y un espíritu de mortificación tan varonil en cuerpo todavía tan joven.

 De nuevo preocupado por las inclinaciones que estimaba demasiado espirituales de Luis, don Ferrante, gobernador entonces de Monferrato, le conduce a Casale para que, bajo su inmediata vigilancia, tome más alegre parte en torneos, festivales, bailes, juegos y paradas militares, tanto a pie como a caballo. Las conversaciones con caballeros y damas conseguirían alejar del corazón de su primogénito, pensaba él, su demasiada inclinación al trato con Dios.

 Nada logró don Ferrante, ya que fue allí donde el ángel de la pureza formuló su decidido propósito de abrazar la vida religiosa, aunque sin decidir todavía en qué instituto. Allí visitaba a los padres capuchinos, el santuario de la Crea y a los padres barnabitas.

 No creyó prudente, con todo, manifestar nada a su padre todavía; pero la decisión de abandonar el mundo fue para él desde este momento definitiva e irrevocable.

 Al volver de Casale a Monferrato la proporción de sus penitencias aterró a su padre. Tres veces por semana se disciplinaba hasta derramar sangre. Fabricóse él mismo un cilicio con las estrellitas de las espuelas para los corceles y metía bajo sus sábanas astillas de madera para mejor martirizarse. Aquí también Luis cumplía una misión de ejemplaridad que había de arrastrar eficazmente a lo mejor de la juventud durante siglos.

 No paró el marqués hasta conducirle a Madrid, corte entonces la más poderosa del mundo, donde esperaba que sus esplendores habían de hacer entrar en razón al fervoroso Luis. Trasladóse a bordo de una galera de Juan Andrés Doria.

 Ofreció la ocasión soñada la invitación por parte de la emperatriz de Austria, hija del emperador Carlos V, viuda de Maximiliano II, a la marquesa de Castellón de que la acompañase como dama de honor. De sus cinco hijos, Luis y Rodolfo fueron escogidos para pajes de honor del príncipe Diego, hijo de Felipe II.

 Placeres, honores, seducciones y glorias no lograron doblar la convencida y férrea voluntad de Luis, de modo que renunciara a su ideal de total entrega a Dios.

 Si un día Luis forzará las puertas de una casa religiosa no habrá sido porque la suave brisa llevara allí su barca sin luchar con temporales.

 Cierto que desde entonces le ayudará la mano en su timón de Nuestra Señora del Buen Consejo, quien el 15 de agosto de 1583, desde su altar, le invita claramente a ingresar en la Compañía de Jesús. Esta devota imagen que se veneraba en la iglesia imperial, hoy catedral, pereció abrasada en las sacrílegas llamas de julio de 1936.

 Ya antes había pesado las razones que podían doblar su voluntad, en la indecisión de qué Instituto abrazar, a favor de la Orden de Ignacio. Dos de ellas más le vencían: la una, su celo por la salvación de las almas; la otra, el encontrar en ella cerrado el camino para cualquier dignidad eclesiástica.

 Apenas tuvo decidido el extremo con su confesor, comunicólo a su piadosa madre, quien, lejos de desanimarle, se propuso ayudarle mediando con don Ferrante.

 No era fácil alcanzar la victoria sobre un carácter tan tesonero como el del marqués, y menos después de haber concebido ilusiones tan numerosas sobre cuánto le había de ayudar su primogénito. Al primer intento de razonar su decisión no logró el joven Gonzaga sino verse arrojado coléricamente de su presencia.

 Pasado algún tiempo creyó el marqués buen camino para el logro de sus ilusiones, sin quebrar totalmente las de Luis, invitarle a que se contentase con entrar en una Orden religiosa que admitiera dignidades eclesiásticas. Con ello no cerraba la puerta a los triunfos humanos que esperaba de las maravillosas cualidades que todos descubrían en el primero de sus ocho hijos.

 La respuesta de Luis fue clara y terminante: “Padre —contestó—, si yo ambicionara honores conservaría el marquesado que Dios, por ser yo el primogénito, me ha dado, y no dejaría lo cierto por lo que no podré apetecer ya en esta vocación. Deseo entrar en la Compañía de Jesús porque, entre otras cosas, me aleja de tales dignidades”.

 Nada pudo, ayudando a don Ferrante, su primo fray Francisco Gonzaga, ministro general de los franciscanos, quien, de paso en aquellos días por Madrid, intentó, pero sin éxito, que tomara su sobrino ruta más a gusto del marqués. Es más: convencido, de la divina vocación de Luis, aseguró a don Ferrante que el llamamiento de lo alto era tan claro que nadie debía imprudentemente oponérsele. Ello ayudó a lograr del orgulloso pero siempre cristiano Gonzaga la promesa de que daría pronto su autorización para la entrada en la religión que Luis ansiaba.

 Cuando llegó el momento de cumplir la promesa dada, don Ferrante pensó que, enviándole a Mantua, Ferrara, Parma y Turín, Luis cambiaría sus fervorosos propósitos. Pero todo fue inútil.

 Tampoco lograron domar aquella voluntad hercúlea personalidades movidas por el marqués con el mismo fin. Ni un muy eximio religioso, ni el arcipreste de Castellón, ni un devoto prelado lograron que cediese un palmo en su intento.

 Al fin pudieron sobre la energía del marqués las muchas manchas de sangre sobre el pavimento de la alcoba de su primogénito, señales de sus penitencias.

 Siguiéronse los numerosos expedientes para la renuncia del marquesado a favor de Rodolfo.

 Con todo, hubo de partir Luis para Milán, donde durante ocho meses, con diecisiete años de edad, resolvería difíciles negocios de su padre con tal diplomacia que el marqués volvió de nuevo a la carga, aduciendo su avanzada edad, la inexperiencia de Rodolfo, la libertad que estaba decidido a concederle para cuanto se refiriese a su bien espiritual, y, sobre todo, el bien de todo género que podría hacer a manos llenas con el peso de su categoría social y su espiritual ejemplo.

 Largo sería referir con detalles las muchas batallas que todavía ofrecería don Ferrante a Luis. Decíale que en partiendo dejaría de llamarle hijo, que estando él herido en el lecho terminaba de arrancarle la vida, y así de muchas maneras. Nada pudo contra la coraza de Luis, quien, entre lágrimas, defendía el castillo de un corazón enamorado de ideales altos.

 Cuando el primogénito de los Gonzaga entraba en el noviciado de San Andrés de Roma, el marqués escribía al general, padre Claudio Aquaviva: “Hago saber a vuestra señoría reverendísima que le entrego lo que más quiero en este mundo y la mayor esperanza que tenía para la conservación de esta mi casa…”

 De las industrias que ama la Compañía de Jesús en la formación de sus hijos las preferencias de Luis recayeron en cuanto fuera especialmente humillante. Su categoría social y representación política ofrecían abundante orgullo que poder valientemente pisar por amor de lo eterno.

 Luis manifestó la profundidad de su talento también entre los jesuitas. Muestra de ello fue el haber sido escogido por los superiores para sostener, conforme a la costumbre de entonces, en acto público la defensa de las tesis íntegras de la universa filosofía en presencia de tres cardenales y con general aplauso.

 A la muerte de don Ferrante recurrió doña Marta a los superiores para que Luis acudiera a poner paz entre el duque de Mantua y el hermano de Luis, Rodolfo, a propósito del Estado Solferino. Logrólo a satisfacción de ambos.

 Llevó también entonces a feliz término asunto más delicado. Habíase visto obligada doña Marta a abandonar su palacio, porque Rodolfo vivía en él con Elena Aliprandi, con general escándalo. Luis averiguó que en secreto estaban unidos en legítimo matrimonio y obligó a Rodolfo a que lo hiciera público, alejando de su ánimo los temores que había concebido de que este matrimonio sería desaprobado por los suyos.

 La caridad que ardía en el corazón de Luis le había de llevar al martirio en forma juvenil, arengadora para su seguimiento de la juventud perezosa. Pasando horas y días junto a la cabecera de los apestados que inundaron Roma en el año 1591; cargando sobre sus débiles hombros sus agotados cuerpos; queriendo atender a cuantos necesitaban en aquellos angustiosos días de su maternal solicitud, le prendió en sus garras la enfermedad que terminó consumiéndole. Su amor a la Eucaristía le hizo concebir la idea de alcanzar del cielo su muerte para la fiesta del Corpus. El cielo casi se lo concedió, ya que murió en la madrugada del viernes siguiente.

 De él dijo en su visión Santa María Magdalena de Pazzis: “Asaeteó con dardos de amor al corazón del Verbo”.

 El águila valiente de los Gonzaga podía ya desde entonces mecerse con un nuevo vuelo sobre las verdes llanuras de Castiglione sin amedrentarse de superar las altas colinas que les dan sombra.

 Doña Marta podría pronto dejar la airosa torre desde donde, melancólica, contemplaba la riente planicie del marquesado, para acudir a la beatificación en Roma de aquel Luis que la tierra, el papado y el cielo consideraban como la más galana joya de la brillante dinastía de los Gonzaga.

 Durante días repicarían como reinas las campanas de Castiglione, se prolongarían los banquetes entre viejos tapices, los cañones atronarían el aire y las fuentes manarían néctar para los servidores del marquesado.

 Los pórticos renacentistas de la antigua mansión señorial sentiríanse orgullosos de haber visto pasar bajo sus piedras aquel que llevaba al linaje Gonzaga a las máximas alturas de la gloria.

 La ciudad apellidada al par alcázar, santuario y jardín ofrecía para su alcázar un capitán de la juventud; para su santuario, un santo inconfundible, y para su jardín, una flor cuyo aroma de pureza embalsamaría ambientes hasta entonces de repulsiva corrupción y podredumbre.

 Si Luis ha pasado de moda para algunos sectores ¿no será quizá que para ellos no tienen sentido las armas de la fe, la aureola de la santidad y, sobre todo, la azucena de la pureza?

 JOSÉ LUIS DÍEZ O´NEILL, S.I.

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LOS MÁRTIRES INGLESES

(s. XVI)

Cuando se habla de los mártires ingleses, se entiende aquellos héroes, sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, que dieron sus vidas durante la Reforma en Inglaterra, en un esfuerzo supremo para conservar la fe, la misa y los sacramentos en aquella isla.

Para entender mejor lo que les llevó a la muerte por su religión será menester hacer un pequeño resumen de la historia de aquella Reforma tal como se desarrolló en Inglaterra. Es decir, es necesario comprender el origen, naturaleza y tendencias de la causa en que perdieron la vida. Si no, nunca podremos comprender por qué se les acusó de traición, por qué fueron tan vanas las acusaciones lanzadas contra ellos y por qué fueron aceptadas dichas acusaciones tantas veces juntamente con pruebas ridículas contra su causa delante de los tribunales.

El protestantismo no logró tener éxito en Inglaterra hasta el reinado de Eduardo VI. Todo lo contrario, al rey Enrique VIII le fue concedido por el Papa el título de defensor de la fe por sus escritos contra aquella herejía. Sin embargo, la semilla de la separación entre Inglaterra y la Iglesia católica había sido sembrada hacía años, puesto que el poder de la Corona y el del monarca se habían aumentado mucho desde las guerras de las Rosas, de tal manera que la Iglesia en Inglaterra llegó a ser un instrumento más en las manos del rey. Por tanto, cuando Enrique VIII decidió casarse con Ana Bolena, divorciándose de su legítima esposa, Catalina de Aragón, pocas fueron las voces levantadas en contra, sí dejamos aparte la de Tomás Moro y Juan Fisher. Así llegó el cisma; pero todavía no había entrado la herejía.

El protestantismo empezó su trabajo nefasto en el reinado del joven Eduardo VI, introduciéndose primero entre los ministros del rey y, más tarde, apoderándose, sin mucha oposición, de las grandes ciudades, tanto como de los condados del este del país. Cuando llegó al trono la reina María, hija legítima de Enrique VIII y Catalina de Aragón, defensora de la verdadera religión y ferviente católica, el protestantismo tenía mucha fuerza en todo el país. Por esta razón el renacimiento del catolicismo durante su reinado duró muy poco, escasamente cuatro años desde su proclamación oficial hecha por el Parlamento.

Después de la muerte de María heredó el trono Isabel I, en el año 1558, y ésta, olvidando enseguida su solemne promesa de mantener en el reino la fe católica, se rodeó de consejeros y ministros protestantes, de los cuales Guillermo Cecil puede considerarse el jefe y prototipo. Entonces empezó la verdadera lucha entre la herejía y las fuerzas de la Contrarreforma, tanto que la mayoría de los mártires fueron ejecutados durante estos años, siendo relativamente pocos los que murieron durante el período de Carlos I, Jaime I y el protector CronweIl. Sin embargo, la persecución no empezó de una manera abierta y violenta, debido a que Isabel I y sus ministros habían condenado de una manera tan rotunda las ejecuciones de protestantes durante el reinado de María que sería demasiado ingenuo lanzarse en seguida, a su vez, a asesinar a los católicos.

Así, por lo menos, pensó Cecil, el primer ministro de Isabel. Primero sería necesario consolidar la posición del protestantismo y preparar el terreno. Esto lo hizo con dos leyes, el decreto de Supremacía y el acta de Uniformidad, en el año 1559. Con estos decretos se planteó un grave problema que hasta entonces no había surgido, y por tanto, frente a él los mismos católicos se encontraron desconcertados,

Antes se había discutido mucho la relación entre el poder de la Iglesia y el del Estado, siendo mantenido firme el derecho de la Iglesia de nombrar a los obispos y de concederles sus poderes jurisdiccionales, mientras el Estado había conseguido en Inglaterra el derecho de exigir contribuciones del clero y de juzgarles. Ahora se planteó un problema muy distinto, puesto que el rey se declaró monarca, no solamente en cuanto a las cosas civiles del país, sino también de las espirituales y religiosas dentro de su reino. Algunos de sus súbditos —la mayoría— resolvieron el problema aceptando con sumisión los decretos reales, viendo en ellos solamente los deseos del rey de enriquecerse mediante una confiscación de los bienes de la Iglesia en el país, especialmente de los grandes monasterios. Otros, y al principio fueron muy pocos, dieron sus vidas antes de ceder al monarca lo que consideraban una prerrogativa del Romano Pontífice. Es decir, éstos vieron en el problema su aspecto teológico, mientras los otros no vieron más que el aspecto político-social. Pero vamos a continuar con nuestra historia.

El levantamiento en el norte de Inglaterra en el año 1569, por motivos puramente religiosos, hizo a Cecil cambiar su política, y desde entonces la persecución de los católicos fue más dura, tanto que, en el año 1570, el papa San Pío V excomulgó a la reina Isabel. En seguida Cecil tomó su revancha. Identificando el protestantismo con el espíritu nacional, empezó a calificar de traidores a todos los que propagaron las noticias de la sentencia papal, a todos los sacerdotes que continuaron en la verdadera fe, juntamente con los que les ayudaran con dinero y les hospedaran en sus casas. Pero, al mismo tiempo, había empezado aquel movimiento espiritual que llamamos la Contrarreforma

Sus ojos abiertos por la sentencia papal lanzada contra la reina, muchos católicos se marcharon de Inglaterra al extranjero, formándose así verdaderas colonias en muchos países entre estos jóvenes dispuestos a dar sus vidas para conservar la fe en Inglaterra. En 1556 el cardenal Allen abrió su famoso seminario en Douai mandando desde allí los primeros misioneros en el año 1574. Un poco más tarde abrió otro seminario en Roma, en 1578, y en 1589 todavía otro en Valladolid. El de Roma, como el de Valladolid, perduran aún y continúan su trabajo de educar y mandar sacerdotes a todas partes de Inglaterra. Tanto como la oposición, la resistencia de los católicos se había endurecido. La persecución continuó bastantes años todavía, hasta el fin del gobierno del protector CronweIl; pero llegó a su punto más feroz después del decreto del año 1585 contra la misa y los sacerdotes.

Según este decreto todos los sacerdotes de la isla tendrían que salir de ella en un plazo de cuarenta días; el mero hecho de ser sacerdotes era un acto de traición a la nación; los que estaban estudiando en seminarios fuera del país tendrían que volver a él dentro de un período de seis meses y prestar un juramento de fidelidad a la reina como cabeza de la nación y de la Iglesia. Los que rehusaron cumplir estas condiciones fueron declarados traidores, juntamente con todos los que les ayudaron en cualquiera forma. Les esperaba la pena de muerte. Esta, en general, fue la situación política y religiosa de aquellos tiempos. Ahora examinemos con más detalle la vida de aquellos gloriosos mártires y su muerte.

Al terminarse la persecución 316 personas habían dado sus vidas para conservar los restos de la fe en Inglaterra. De éstas 79 fueron seglares y 237 sacerdotes, de los cuales 85 eran religiosos de distintas Ordenes religiosas, entre ellas jesuitas, dominicos, benedictinos y franciscanos. Al leer estas cifras nuestra primera reacción es: ¿por qué fueron tan pocos? La contestación a esta pregunta no es sencilla, pero podemos resumirla diciendo que, al principio, no se vio claramente el peligro que encerró el cisma en tiempos de Enrique VIII, siendo solamente cincuenta los que murieron por la fe durante su reinado. Pero entre ellos encontramos aquellos dos santos, Santo Tomás Moro y San Juan Fisher, obispo de Rochester y gran defensor de la reina Catalina de Aragón. Además, la supresión de los monasterios y la flaqueza de los obispos en tiempos de Enrique planteó un problema para los fieles y para los sacerdotes. No tuvieron más remedio que seguir el ejemplo de sus obispos. En tiempos de Isabel I, como hemos indicado, se endureció la resistencia, pero ya era demasiado tarde para conseguir la completa conversión de la isla. Sin embargo, tenemos que decir que, si hoy día la misa se celebra en Inglaterra y si hay cuatro millones de católicos fervorosos allí, este hecho es debido, en gran parte, al sacrificio de aquellos católicos que murieron entre 1535 y 1679.

No podemos escribir aquí las vidas de cada uno de los mártires, puesto que no disponemos de espacio suficiente para ello. Por tanto, los vamos a dividir en dos grupos: los seglares y los sacerdotes. Entre los seglares encontramos todas las clases sociales desde lo más alto hasta lo más bajo, desde un canciller del reino hasta un simple obrero. Entre ellos hay tres mujeres. Cada uno dio su vida en circunstancias muy distintas, pero todos murieron por la misma causa: su fe. Entre ellos se destaca, tanto por su carácter como por las circunstancias de su muerte, el canciller Santo Tomás Moro. Intimo compañero y amigo del rey Enrique VIII, abogado distinguido, de mucha cultura general, amigo de Erasmo, cariñoso padre de familia, era un hombre muy simpático por razón de su buen humor y, además, era un católico fervoroso. Cuando vio que no era compatible con su religión aceptar el juramento de sumisión a Enrique como cabeza de la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión, tratando de vivir una vida tranquila en su casa sin más complicaciones. Pero por fin fue arrestado e interrogado en la Torre de Londres. A todos los esfuerzos para convencerle de que debía prestar el juramento contestó sencillamente que no podía reconciliarlo con su conciencia. Cuando su propia mujer añadió sus esfuerzos a los de sus amigos, le contestó, “¿Cuántos años crees que podía vivir en mi casa?” “Por lo menos veinte, porque no eres viejo”, le dijo ella. “Muy mala ganga, puesto que quieres que cambie por veinte años toda la eternidad.” Por fin murió después de quince meses en la cárcel. Su catolicismo se demuestra en la pequeña obra Diálogo en tiempos de tribulación, que escribió en la cárcel; mientras su buen humor se reveló en los últimos momentos de su vida cuando, al agachar la cabeza sobre la madera para recibir el hachazo, dijo, quitando su barba de la madera: “Dejadme quitar la barba de aquí; ésa no ha cometido ninguna traición”.

La mayoría de los otros murieron porque ayudaron a los sacerdotes en su trabajo como misioneros, ocultándoles en sus casas, preparándoles escondites donde podían refugiarse con sus hábitos y con todo lo que podía demostrar que se había celebrado misa en aquel lugar. Entre ellos encontramos a tres mujeres. Una, Ana Line, fue condenada por tener sacerdotes en su casa. Antes de ser ahorcada dijo a la muchedumbre: “Me han condenado por recibir en mi casa a sacerdotes. Ojalá donde recibí uno pudiera haber recibido a miles y no me arrepiento por lo que he hecho”. Las últimas palabras de Margarita Clitheroe fueron: “Este camino al cielo es tan corto como cualquier otro”. Margarita Ward perdió la vida porque llevó en una cesta la cuerda con que se escapó de la cárcel el padre Watson, sabiendo que, de ser descubierta, nada la podría salvar de la horca. Los jueces hicieron lo posible para que prometiese ir a la iglesia protestante, pero su contestación fue sencilla y clara: “Eso no me lo permite la conciencia”.

La vida de los sacerdotes es más fácil de describir por la semejanza que existe entre ellas.

Se educaron en seminarios y colegios en el extranjero (en España había tres en Valladolid, Madrid y Sevilla), cursando sus años de filosofía y teología. Después de ordenarse marchaban a Inglaterra, disfrazados de comerciantes, soldados, criados, etc., sabiendo que la muerte les acechaba a cada paso. Algunos fueron hechos prisioneros nada más llegar, mientras otros consiguieron pasar muchos años desapercibidos, sin despertar las sospechas de las autoridades civiles. Pero, más tarde o más temprano, para todos llegó el momento de la prueba. Generalmente debido a informes de algún traidor o espía, los guardias les buscaban, encontrándoles a veces en el acto de celebrar la misa o escondidos con sus hábitos sacerdotales en una casa. Encadenados, pasaban un periodo indefinido en la cárcel, donde eran interrogados repetidas veces para conseguir las pruebas necesarias contra ellos y los nombres de aquellos que les habían dado alojamiento o ayuda, tanto como los sitios donde habían celebrado la misa. Pero, fieles a su fe y su vocación, en ningún caso revelaban datos importantes. Por lo que eran sometidos a la tortura para conseguir por la fuerza lo que no quisieron decir libremente. Esta tortura fue tan dura a veces que, al llegar al juicio público, había que dejarles sentar, porque no tenían fuerza bastante para mantenerse de pie. Las condiciones en la cárcel fueron tan miserables que algunos murieron allí sin llegar a la horca. Un alumno del Colegio Inglés de Valladolid fue traicionado por su propio padre, quien, después de la muerte de su hijo en la cárcel, rehusó darle entierro cristiano.

Después del interrogatorio oficial venían las disputas con los pastores protestantes, quienes trataban de conseguir la apostasía de los misioneros mediante sus argumentos, sin éxito, saliendo vencidos por la sabiduría y la paciencia de los mártires, debidamente preparados durante sus estudios para este momento. Luego venía el juicio, del cual sabemos todos los detalles, puesto que los documentos oficiales y deposiciones se encuentran en los archivos del Estado todavía. Un estudio de estos documentos nos revela que la causa principal fue siempre religiosa, disfrazada bajo acusación de traición. Los documentos del juicio del Beato Edmundo Campion, uno de los más renombrados mártires de la Compañía de Jesús, también demuestran la insuficiencia de las pruebas admitidas por el juez, tanto como el truco principal que utilizaron los jueces para conseguir la condena cuando otras pruebas les fallaron.

Este método consistió en una serie de preguntas tales como las siguientes: “¿Aceptaría usted la libertad, tanto para usted como para su Iglesia, si esto fuese posible?”. Dada la contestación afirmativa, el juez continuó: “¿La aceptaría de manos de una fuerza papal? En caso de una invasión de este reino por las fuerzas papales, ¿qué debe hacer un buen católico?”. Como ningún católico de aquellos tiempos podía dar una contestación satisfactoria a estas preguntas, no había dificultad en condenarles como traidores al reino. Campion denunció con toda su elocuencia la injusticia de este truco en su juicio.

Después de la sentencia condenatoria les dejaban en la cárcel unos días más, sacándoles solamente para llevarles a la horca atados a una especie de trineo arrastrado por un caballo, siendo acompañados siempre por el pastor protestante discutiendo con ellos, sin duda para que no tuviesen oportunidad para hablar con amigos o rezar en paz. Al llegar al sitio de su martirio les quitaban la ropa, dejándoles solamente la camisa, así facilitaban el cumplimiento de los últimos detalles de la sentencia brutal. Ataban la cuerda al palo y el mártir subía las escaleras de la horca. La gente alrededor esperaba un discurso del condenado, y muchos de los mártires aprovecharon esta ocasión para hacer su última predicación de la verdadera fe a la gente ignorante que les rodeaba. Después de rezar una oración, sin miedo alguno y muchas veces con visible alegría, se preparaban para el supremo sacrificio. Quitando las escaleras o el carro debajo de sus pies el verdugo les dejaba congestionarse hasta casi perder el conocimiento. En este momento les echaba al suelo, donde les quitaban las entrañas y el corazón. A muy pocos, como favor especial, les dejaron en la horca hasta morir, y la mayoría tuvieron bastantes fuerzas para elevar una última oración al cielo en el momento de quitarles el corazón. Luego les cortaban la cabeza y les descuartizaban con el fin de exponer sus restos en un lugar público.

Así murieron por su fe, sabiendo que otros vendrían detrás de ellos para continuar su trabajo. En efecto, al recibir las noticias del martirio los estudiantes, todavía en sus colegios en el extranjero, solían acudir a la capilla para cantar el Te Deum y la Salve, En el Colegio de Valladolid esta ceremonia tenía lugar delante de una estatua de la Virgen mutilada por las tropas inglesas durante el saqueo de Cádiz. Como siempre, de la sangre de los mártires brotó una resistencia cada día más fuerte y más eficaz. España puede tener el merecido orgullo de haber dado refugio a muchos de aquellos sacerdotes, puesto que el Colegio de Valladolid cuenta entre sus alumnos de aquellos tiempos veintitrés mártires, diecinueve de ellos ya beatificados por la Iglesia. El país tendrá su recompensa por ese acto de generosidad y verdadero espíritu católico.

Quizá sea verdad que la resistencia a la Reforma fue menos dura y eficaz en Inglaterra que en otros países de Europa; pero también es cierto que el heroísmo de los pocos que lucharon tanto, perdiendo sus vidas por la causa de la fe, es un ejemplo, no solamente para los católicos ingleses, sino también para el mundo entero. De aquellos esfuerzos y de aquella sangre ha brotado la fe de nuevo en la isla, tanto que podemos afirmar que no fue derramada en vano. Lo mismo se dirá de todos los mártires de la Santa Iglesia, y mientras existan hombres y mujeres que estén dispuestos a sacrificar todo, incluso sus vidas, por la causa de la verdad, aquella verdad triunfará sobre todos los obstáculos y todos los perseguidores.

 DAVID LIONEL GREENSTOCK

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San Romualdo

SAN ROMUALDO
FUNDADOR DE LOS CAMALDULENSES(+ 1027)

San Romualdo, como fundador de la Orden contemplativa de los Camaldulenses, es uno de los mejores representantes de la tendencia reformadora de fines del siglo X y del siglo XI, como reacción contra el deplorable estado de relajación en que se hallaba la Iglesia católica y gran parte de la vida monástica del tiempo. El movimiento renovador más conocido y más eficaz para toda la Iglesia en este tiempo fue el cluniacense, iniciado a principios del siglo X en el monasterio de Cluny. Pero en Italia tuvo manifestaciones características de un ascetismo más intenso, que tendía a una vida mixta, en que se unía la más absoluta soledad y contemplación con la obediencia y vida de comunidad cenobítica. El resultado fueron las nuevas Ordenes de Valleumbrosa y de los Camaldulenses y los núcleos organizados por San Nilo y San Pedro Damiano.

San Romualdo, de la familia de los Onesti, duques de Ravena, nació probablemente en torno al año 950 y murió en 1027. Es cierto que su biógrafo San Pedro Diamiano atestigua que murió a la edad de ciento veinte años; pero ya los bolandistas corrigieron este testimonio, que, como resultado de modernos estudios, no puede mantenerse. Educado conforme a las máximas del mundo, su vida fue durante algunos años bastante libre y descuidada, dejándose llevar de los placeres y siendo víctima de sus pasiones. Sin embargo, según parece, aun en este tiempo, experimentaba fuertes inquietudes, a las que seguían aspiraciones y propósitos de alta perfección. Así se refiere que, yendo cierto día de caza, mientras perseguía una pieza, se paró en medio del bosque y exclamó: “¡Felices aquellos antiguos eremitas que elegían por morada lugares solitarios como éste! ¡Con qué tranquilidad podían servir a Dios, apartados por completo del mundo!” 

Un hecho trágico le dió ocasión para abandonar el mundo. En efecto, su padre, llamado Sergio y hombre imbuído en los principios mundanos, se lanzó a un duelo con un pariente, obligando a Romualdo a asistir como testigo. Terminado el duelo con la muerte del adversario, Romualdo sintió tal remordimiento por aquella muerte y tal repugnancia por el mundo, que se retiró al monasterio benedictino de Classe, cerca de Ravena, con el fin de hacer penitencia. Tres años pasó allí entregado a las mayores austeridades, y al fin se decidió a suplicar su admisión en el monasterio. El abad tuvo especial dificultad por no contrariar a su padre Sergio; mas, por intercesión del arzobispo de Ravena, antiguo abad de Classe, le permitió al fin vestir el hábito benedictino, en aquel célebre monasterio.

Pero entonces comenzó un nuevo género de dificultades. La vida de observancia y penitencia del nuevo monje constituía una tácita reprensión para muchos religiosos de aquel monasterio, más o menos relajados. Por esto, se fue formando tal oposición contra Romualdo que, en inteligencia con el abad, sevió obligado a retirarse a un lugar solitario cerca de Venecia, donde se puso bajo la dirección de un tal Marino. Este, con sus formas rudas y su austera ascética, contribuyó eficazmente al adelantamiento de Romualdo en la perfección religiosa, y tal fue el ascendiente de santidad que ambos llegaron a alcanzar, que el mismo dux de Venecia, San Pedro Orseolo, se sintió impulsado a abandonar el mundo y entregarse a la vida solitaria. Así pues, ambos, juntamente con Pedro Orseolo, se dirigieran a San Miguel de Cusan, donde se entregaron a las más rigurosa vida solitaria. Movido por el ejemplo de su hijo, también el duque Sergio se retiró al monasterio de San Severo, cerca de Ravena, para expiar sus pecados. Sin embargo, después de algún tiempo, vencido por la tentación, intentaba volver a su antigua vida; pero entonces su hijo Romualdo, abandonando su retiro, acudió a su lado y consiguió mantenerlo en aquella vida de penitencia, en la que perseveró hasta su muerte.

La vida de San Romualdo durante los treinta años siguientes constituye un verdadero prodigio de ascetismo cristiano. En el monasterio de Cusan se puso bajo la dirección del abad Guérin, de quien obtuvo el permiso de retirarse a un lugar solitario, próximo a la abadía, donde se entregó durante tres años a las mayores austeridades.

Ponía ante sus ojos la vida de los santos y procuraba imitar los excesos de penitencia que ellos habían practicado. Como los antiguos anacoretas del desierto se habían impuesto ayunos rigurosísimos, Romualdo quiso también seguir su ejemplo. Durante estos años, Romualdo no comía más que el domingo, y aun entonces, una comida sumamente frugal.

En medio de todo esto, lo acometió el enemigo con las más molestas tentaciones. Poníale ante los ojos con la mayor viveza los atractivos de la vida del mundo, mientras, por otra parte, la representaba la inutilidad de los esfuerzos que realizaba y de la vida que llevaba. Frente a los repetidos asaltos del enemigo, Romualdo se entregó más de lleno a la oración, de donde sacaba la fuerza necesaria para mantenerse firme en la lucha. Según se refiere, el enemigo llegó a maltratar cruelmente su cuerpo, con el objeto de apartarlo de aquella vida de austeridad. Más aún, excitando en su imaginación durante la noche imágenes feas y espantosas, trataba de amedrentarlo con el ejercicio de la vida de perfección.

Pero Romualdo, fiel a la oración y puesta su confianza en Dios, salió victorioso de todas estas batallas. Hacia el año 999 volvió a Italia y se incorporó de nuevo al monasterio de Classe, donde, en una celda solitaria, continuó la vida de penitencia y de retiro que había comenzado. Allí se renovaron los asaltos del enemigo. Las crónicas antiguas refieren que, habiéndolo el demonio fiagelado cruelmente un día en el interior de su celda, Romualdo se dirigió al Señor con estas palabras: “Dulcísimo Jesús mío, ¿me habéis abandonado por completo en manos de mis enemigos?” Al oír el demonio el nombre de Jesús, huyó rápidamente, a lo que siguió una gran tranquilidad y dulzura del alma.

Pero Romualdo tuvo que superar otras muchas dificultades, con las que se fue purificando su alma y aquilatando su virtud, hasta disponerlo definitivamente a la fundación de la nueva Orden de los Camaldulenses. Estas dificultades le vinieron de sus mismos monjes. Viviendo él en su retiro, no lejos del monasterio de Classe, un rico caballero le envió una limosna de siete libras para que las distribuyera entre los monjes pobres. Así lo hizo él inmediatamente, repartiéndolo entre otros monasterios más pobres que el suyo, por lo cual los de su monasterio se enfurecieron contra él, y como ya estaban resentidos por sus grandes austeridades, lo tomaron aparte y, después de azotarlo bárbaramente, le obligaron a retirarse.

Pero, precisamente entonces, quiso el Señor valerse de él para la reforma de aquel monasterio de Classe. En efecto, hallándose a la sazón en Ravena el emperador Otón III, lleno siempre de los más elevados ideales de reforma eclesiástica, trabajó eficazmente para la reforma del monasterio de Classe, y para ello obtuvo de sus monjes que eligieran como abad a Romualdo. El mismo en persona fue en busca del solitario y lo introdujo como abad y reformador en la célebre abadía. Efectivamente, durante dos años entregóse con toda su alma a la importante obra de la reforma del monasterio; pero, viendo que no lograba su intento, acudió al arzobispo de Ravena y al mismo Otón III, y puso en sus manos su báculo, renunciando a la dignidad de abad.

Tal fue el momento preparado por la Providencia para que iniciara su obra de fundador. En efecto, con toda la experiencia adquirida durante los largos años dedicados a la vida solitaria, e impulsado siempre por sus ansias de vida. contemplativa y de la más absoluta soledad, pidió entonces a Otón III le concediera los terrenos y los medios para la construcción de un monasterio, donde pudieran entregarse a una vida mixta de contemplación, soledad y obediencia, y, efectivamente, el emperador le hizo construir uno en el lugar denominado Isla de Perea dedicado a San Adalberto, a donde se retiró Romualdo con algunos caballeros del séquito de Otón III, que se decidieron a seguirle. Poco después organizó otros centros de vida eremítica en Italia y en la Istria, y concibió el plan de construir uno en Val de Castro, consistente en un conjunto de celdas separadas, cuyos moradores debían llevar una vida de rigurosa soledad, entregados a la oración y penitencia, pero manteniendo la unión y vida de comunidad. Con esto debía realizarse su ideal de consagración a Dios.

Entre tanto, movido del ansia de derramar la sangre por Cristo, que siempre había sentido, obtuvo del Papa el permiso de predicar el Evangelio en Hungría. Púsose, en efecto, en marcha; pero, cuando estaba a punto de llegar a la meta de sus aspiraciones, se sintió atacado por una enfermedad, y como esto se repitiera cada vez que intentaba continuar su empresa, comprendió que no era aquélla la Voluntad de Dios, y así volvió a Italia.

Entonces, pues, se entregó con toda su alma a la realización definitiva de su ideal monástico. Afianzóse la fundación de Val de Castro; continuó organizando otros centros semejantes. Llamado a Roma por el Romano Pontífice, dedicóse algún tiempo al apostolado y, con la santidad de su vida y sus ardientes exhortaciones, logró la conversión de muchos pecadores; mas, volviendo a su ideal monástico, fundó diversos centros en las proximidades de Roma, entre los que sobresale el de Sasso Ferrato, donde permaneció algún tiempo. Precisamente en este lugar quiso el Señor que resplandecieran de un modo especial sus virtudes. En efecto, según refieren sus biógrafos, un señor, a quien Romualdo había tratado de convertir de su desordenada vida de impureza, lanzó contra Romualdo la más inicua calumnia. Dios permitió que los monjes, demasiado crédulos, se dejaran convencer, y así, impusieron al Santo una severa penitencia y le prohibieron celebrar la santa misa. Romualdo sobrellevó aquella deshonra con el más absoluto silencio durante seis meses; pero, transcurrido este tiempo, Dios mismo le ordenó que no se sometiera por más tiempo a una sentencia abiertamente injusta, pronunciada contra él sin autoridad y sin ninguna sombra de verdad. La primera vez que celebró la santa misa después de esta prueba apareció, según se refiere, arrobado en éxtasis.

Después de esto, ya iniciado el siglo XI, pasó seis años en Monte-Sitrio, donde había organizado un nuevo centro de vida ascética conforme a su ideal. El mismo era un ejemplo viviente de la vida de consagración a Dios: guardaba el más absoluto silencio; observaba las más rigurosas austeridades; rehusaba a sus sentidos todo lo que pudiera darles alguna satisfacción. El emperador Enrique I, sucesor de Otón III, en su primer viaje a Italia, quiso visitar a Romualdo, de cuya santidad y austeridades estaba ínformado. El resultado de la entrevista fue entregarle el monasterio de Monte-Amiato, en Toscana, para que introdujera en él algunos de sus discípulos. Así lo realizó él, en efecto, durante los años siguientes. A este tiempo se refieren diversos hechos milagrosos, que las crónicas le atribuyen; pero estas mismas observan que Romualdo procuraba siempre obrar los milagros de tal manera que no se le pudieran atribuir a él. Así se refiere que, cuando enviaba a sus discípulos a alguna misión, les daba pan y diversos frutos benditos, con los que Dios quiso obrar algunos milagros. Durante un sueño que tuvo por este tiempo al pie de los Apeninos, mientras andaba en busca de un lugar apropiado para sus monjes, según refieren las crónicas, vió en sueños una escala que subía de la tierra al cielo, por donde subían muchos religiosos en hábitos blancos.

Con esto, dió la forma definitiva a sus fundaciones. Así, al fundar en 1012 el monasterio de Campo Maldoli (que se abreviaba Camaldoli) puso en práctica el ideal de vida en celdas independientes, del más riguroso silencio, gran austeridad de vida, pero bajo la obediencia a su superior, vida común y demás obligaciones impuestas por la regla, a lo que se añadió el hábito blanco. En realidad, pues, la obra del fundador de los Camaldulenses, San Romualdo, no comienza en 1012 con el establecimiento del monasterio de Campo Maldolo o Camaldolo. Esta fundación, significa más bien el complemento final de San Romualdo. Su obra se prepara con la práctica de sus largos años de vida sol¡taria en los monasterios de Classe, Cusan y otros lugares en que vivió vida solitaria, y se realiza, desde principios del siglo XI, en la Isla de Perea, en Val de Castro, Sasso Ferrato, Monte-Sitrio, Monte-Amiato y, finalmente, en Camaldolo.

El motivo de haber tomado la Orden por él fundada el nombre de Camaldulense fue, como se interpreta comúnmente en nuestros días, porque en Camaldolo se realizó plenamente el ideal de San Romualdo. Por lo demás, es conocida la explicación que se ha dado tradicionalmente a esta denominación. Se supone que aquel monasterio se llamó Campo Maldolo por ser donativo de un caballero llamado Maldoli. Pero frente a esta explicación, se ha averiguado que la donación fue hecha por Teobaldo, obispo de Arezzo. En todo caso, consta que el nombre del monasterio fue Campo Maldolo o Camaldolo.

Tal fue la obra de San Romualdo, que halló en este monasterio su más perfecta realización, con lo cual se consolidó definitivamente este nuevo tipo de vida, mezcla ideal de la vida anacorética y cenobítica, que luego imitaron los cartujos y otras órdenes. Una vez establecido y bien organizado este monasterio, Romualdo volvió a su vida ambulante, visitando y afianzando los demás centros por él fundados. Finalmente, sintiendo que se aproximaba su fin, se retiró a Val de Castro, donde expiró el 7 de febrero de 1027, estando enteramente solo en su celda. Según se atestigua, veinte años antes había profetizado que moriría en este lugar, en esta fecha y en esta forma en que moría,

La Orden de los Camaldulenses fue aprobada definitivamente por Alejandro II (1061-1073) en 1072. Contaba entonces solamente nueve monasterios. El cuarto General, Beato Rodolfo, redactó en 1102 las constituciones definitivas, en las que se mitiga un poco el extremado rigor primitivo.

BERNARDINO LLORCA, S. I.

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SANTOS CIRIACO Y PAULA 
Mártires, patronos de Málaga

La ciudad de Málaga, desde su adscripción al cristianismo tras conquistar la ciudad los Reyes Católicos, adoptó como patronos a los Santos Ciriaco y Paula, alegando que estos antiguos mártires habían padecido martirio en dicha ciudad.

El origen más inmediato de esta adscripción de estos santos a Málaga es el Martirologio de Usuardo. No hay que olvidar que este monje hace un viaje a España el año 858 y anota cuidadosamente las memorias de los mártires y demás santos que se celebraban en España junto con las fechas y los sitios de la celebración. Por ello no puede caber duda de que en el siglo IX, en la cristiandad mozárabe, se celebraba la fiesta de los Santos Ciriaco y Paula como mártires de Málaga. Hay que decir que consta que para entonces aún subsistía el obispado malagueño, que no se extinguiría sino siglos más tarde, seguramente en la invasión almohade del siglo XII.

La anotación de Usuardo es la siguiente: «En España, en la ciudad de Málaga, los santos mártires Siriaco (sic) y Paula, virgen, los cuales, luego de padecidos muchos tormentos, apedreados, entregaron sus almas al cielo entre las piedras».

Otros martirologios no concuerdan con el de Usuardo. Así el Martirologio Jeronimiano en el día 20 de junio, no el 18, pone en la ciudad de Thomis el martirio de los Santos Paulo Ciriaco y Paula. Por su parte Racemundo, en su calendario (siglo X), dice que en Córdoba se celebraba la fiesta de los Santos Ciriaco y Paula, martirizados en la ciudad de Cartagena. Una versión distinta nos ofrece un legendario del siglo X del monasterio de San Pedro de Cardeña, donde la pasión de estos mártires se sitúa en la localidad africana de Tremeta, en la persecución de Diocleciano, y ello en medio del texto de unas actas.

El Martirologio Romano ofrece este elogio: «En Málaga de España, los santos mártires Ciriaco y Paula, virgen, que fueron apedreados y entre las piedras dieron sus almas al cielo. Es claro que este elogio está tomado del de Usuardo y a él en efecto remite Baronio en las notas al santoral de este día 18.

Puesta la toma de Málaga bajo la protección de estos santos, los Reyes Católicos no dudaron de haber experimentado su patrocinio al poder conquistarla, y así acudieron al papa Inocencio VIII que, feliz de la recuperación de la ciudad y de la restauración de su obispado, no tuvo inconveniente en acceder al piadoso deseo de los monarcas de que se les tuviera por protectores de la ciudad.

JOSÉ LUIS REPETTO BETES

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SANTA TERESA DE PORTUGAL
Reina de León y monja del Císter


Coimbra (Portugal), 1175
+ Lorváo, 17-junio-1250

Hermana mayor de las princesas Sancha (-13 de marzo) y Mafalda (-,de mayo), tres flores brotadas en el palacio real de Coimbra, hogar cristiano de Sancho I de Portugal y Aldonza de Aragón. La primogénita del matrimonio regio era Teresa. Llama la atención la honda espiritualidad que se debía respirar en aquel hogar, cuando vemos brotar de él tres azucenas fragantes que dejaron tras de sí tan honda huella de virtud.

Teresa debió nacer en 1175. Ningún autor lo indica —fuera de un español— y esto sólo lo hace por deducción, pues si fue la primogénita de los hermanos, y sus padres contrajeron matrimonio en 1174, parece normal que naciera ella al año siguiente. Pusieron sus padres para formarla una institutriz llena de honda piedad, la cual fue formando su corazón y asimilando todas las prácticas piadosas hacia las cuales mostraba la niña gran atractivo.

Fue creciendo en virtud, con deseos de consagrarse a Dios. Pero llegó un momento en que la escogieron como víctima propiciatoria para solucionar diferencias existentes entre los reinos leonés y portugués. La mejor manera de llegar a un acuerdo en estos casos era un enlace matrimonial entre príncipes de ambos reinos. En León reinaba Alfonso IX, joven arrogante de 19 años, y es natural que anduviera buscando compañera con quien compartir sus penas y alegrías. Quienes le rodeaban, pusieron los ojos en Teresa, porque tenía fama de ser un encanto de criatura e interesaba por razones de Estado, sin tener en cuenta que eran hijos de primos hermanos, y que no se podía contraer el matrimonio sin una dispensa especial de la Santa Sede, que no la concedía fácilmente. Tampoco importaba que se tratara de una niña de trece a catorce años.

 

REINA DE LEÓN

La boda se celebró en Guimaraes el 15 de febrero de 1191, trasladándose a León —residencia habitual de la reina— tras una luna de miel que debió ser muy corta por exigencias de la política, ya que el rey debía acudir a solucionar asuntos bélicos en Andalucía. El cometido de la reina se limitó a hacer feliz a su marido, a compartir con él sus penas y alegrías y en derrochar beneficios a manos llenas a favor de todos cuantos acudían a ella. Ángel Manrique, historiador cisterciense del siglo XVI, poco amigo de tributar encomios a las personas, al hablar de Teresa se deshace en alabanzas para ponderar sus virtudes, considerándola mujer superdotada, entregada en alma y cuerpo a solucionar todos los problemas que se le presentaban.

Como era de esperar, pronto manifestó la reina su fecundidad, pues en cinco años que convivieron juntos le nacieron tres hijos: Sancha, Fernando y Dulce o Aldonza. Ninguno de ellos continuó la casa real, por haber fallecido sin descendencia. El destinado para ceñirse la corona era Fernando, pero el Señor le arrebató de este mundo en 1214, cuando su padre se hallaba más ocupado preparándole para que fuera un buen rey. Las dos princesas optaron por Cristo y fueron religiosas del Císter.

Pero Teresa, a pesar de que en derredor suyo no hallaba más que agasajos y alabanzas, dadas sus brillantes prendas físicas y morales, no era feliz. No sólo le quitaban el sueño los peligros inminentes que rodeaban a su marido, luchando casi de continuo en la reconquista del suelo patrio, sino que, como era un alma de conciencia delicada, una pena mayor le mordía de continuo: su estado matrimonial en desacuerdo con los sagrados cánones. Ansiaba regularizarlo lo antes posible, pero los pontífices no accedían fácilmente, porque deseaban que los reyes y magnates fueran espejo en que se miraran sus súbditos. Y la Santa Sede impuso la anulación del matrimonio.

OPTA POR CRISTO

Veinte años tenía Teresa cuando se vio obligada a dejar León y regresar de nuevo a Portugal, con su hija Dulce en brazos, niña de pocos meses. En León quedaron los otros dos, Sancha y Fernando, bajo la custodia del rey, que se encargaría de su educación, y se casaría con su también prima Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla. Teresa quedaba completamente libre para poder optar a un nuevo matrimonio, pues tenía a su favor juventud y unas prendas personales inmejorables, adquiridas en aquellos años al frente del pequeño reino leonés.

Sin duda pensó que precisamente porque aquella cruz pesada que el Señor acababa de descargar sobre ella, viéndose en un instante despojada del rango de reina, era el gran medio de que se valía para poder lograr lo que pensaba en su niñez, consagrarse a él de por vida. Eso fue lo que hizo, alejarse de un mundo donde a veces se encuentran reveses de fortuna tan lacerantes como el que acababa de sucederle.

Quedaba desligada del matrimonio, pero no de los deberes impuestos a una madre, los cuales trataría de cumplir con fidelidad. Uno de ellos, la formación del corazón de su hijo Fernando, que había de suceder a su padre en el reino leonés, porque es de advertir que si bien el matrimonio lo declararon nulo, sin embargo, la Santa Sede legalizó la prole como la de cualquier otro matrimonio canónico. En 1214 fue atravesada por una espada de dolor muy fuerte, cuando su hijo, a quien formaba con tanto esmero, moría prematuramente, dejando desamparado el reino leonés, porque sólo quedaban dos princesas, Sancha y Dulce, a las cuales dejaría Alfonso IX sucesoras en el trono. Sin embargo, renunciaron en favor de su medio hermano Fernando III el Santo (-30 de mayo), quien se encargaría de pasarles una pensión anual para que vivieran desahogadamente.

Hay que aclarar una confusión reinante entre los historiadores, aún de nuestros días. Al separarse Alfonso IX de Teresa y luego de Berenguela, se unió con una dama noble llamada Teresa Gil de Soberosa, de la cual tuvo otra princesa llamada Sancha. La casi totalidad de los historiadores confunden a las dos madres y a las dos hijas, llegando a apellidar a nuestra Teresa «Gil», cuando es hija de Sancho I.

Libre ya de los cuidados impuestos por el reino leonés, le faltaba solucionar la situación de las dos princesas Sancha y Dulce, que estaban viviendo en Villabuena, en el Bierzo, en el palacio que Alfonso IX les había facilitado para que pudieran vivir en él. Allí se hallaban con un grupo de doncellas. Teresa iba y venía a Portugal, por no perderlas de vista, hasta que al fin optaron también por Cristo, rechazando el matrimonio y deseando vivir consagradas a él. Para ello, la madre fundó el monasterio de Villabuena en la observancia del Císter, y, una vez cumplido este deber de madre, regresó ya definitivamente a Portugal, se encerró en el monasterio de Lorváo, que había reformado y puesto en él religiosas del Císter, y allí se hizo religiosa, sin ningún distintivo personal de lo que había sido. Lo único en que sobresalía, según las crónicas del monasterio, era en los ejemplos de humildad que dio a sus hermanas al abrazar las ocupaciones más sencillas de la casa. Gozaba y dejó fama de verdadera santa. Las grandes contrariedades y cruces que tuvo en la vida, le sirvieron para acercarse más y más a Dios.

Falleció esta egregia princesa —honra de Portugal y de España— el 17 de junio de 1250. Su fiesta la celebra la Iglesia en ese día aniversario de su muerte. España le guarda una eterna gratitud por el amor e interés que tuvo a nuestro pueblo, por la prudencia con que intervino en los asuntos de nuestra Historia, además de la santidad con que brilló». Sus restos mortales se conservan hoy en una preciosa urna de plata en la iglesia de su monasterio de Lorváo, haciendo juego con los de su hermana Sancha que reposan en otra urna idéntica al lado opuesto.

DAMIÁN YÁÑEZ, O.C.S.O.

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