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San Dámaso

SAN DÁMASO
(+ 384)

El último tercio del siglo IV marca el período de mayor influencia de España en Roma. Tres nombres gloriosos llenan ese espacio de tiempo, cada uno en su campo propio y los tres ligados de alguna manera entre sí. Dámaso honra el Pontificado; Teodosio, el Imperio, y Prudencio, la poesía cristiana. España, que tanto había recibido de Roma, que aprendió a amar en latín a Jesucristo, pagó con creces la deuda contraída. Aun prescindiendo de otros nombres ilustres, con los tres mencionados bastaba para probarlo. 

San Dámaso es, entre los Pontífices antiguos, el que más cerca está de nosotros por sus gustos de intelectual y escriturista y por sus aficiones de arqueólogo. Su diplomacia firme, aunque discreta, contribuyó a consolidar la posición del cristianismo frente a los últimos ataques del paganismo; supo mantener el prestigio de la Sede Apostólica, expresión que comienza a circular durante su pontificado, y salvaguardar la unidad de la fe, tan amenazada por el arrianismo y otras herejías cristológicas o trinitarias; fue el mecenas de San Jerónimo y alentó sus trabajos bíblicos, que reconocería doce siglos después el concilio de Trento al adoptar como texto seguro la traducción de la Vulgata. Por último, sus aficiones de arqueólogo le llevaron a restaurar las catacumbas, salvando la memoria de los mártires y orientando la piedad de los fieles hacia su culto. 

San Dámaso nació en Roma el año 305, de una familia de ascendencia española, cuyo padre, Antonio, había hecho toda su carrera eclesiástica no lejos del teatro de Pompeyo, junto a los archivos de la Iglesia romana, siendo “notario, lector, levita y sacerdote”. Su madre se llamaba Laurencia y llegó a la edad de noventa y dos años. Tuvo también otra hermana menor, llamada Irene, la cual se consagró a Dios vistiendo el velo de las vírgenes. 

El Santo se formó a la sombra del padre, en un ambiente elevado, teniendo ocasión de relacionarse con lo mejor de la sociedad romana, tan compleja, pues alternaban los cristianos fervorosos con los viejos patricios adictos al paganismo, los herejes irreductibles y los empleados públicos, cuyas convicciones variaban según soplasen los aires de la política imperial.

La educación de Dámaso fue exquisita, y desde el primer momento se orientó hacia la carrera eclesiástica, destacándose entre el clero de la Urbe. Como toda persona de mérito, tuvo que sufrir la calumnia o la enemistad, y, por su labor entre las damas piadosas, que solicitaban su dirección, le motejaron los envidiosos de halagador de oídos femeninos: auriscalpius feminarum. 

Ya desde su infancia, encendida su imaginación con el relato de las muertes heroicas de los mártires, debió despertarse en él la vocación de cantor de los que dieron su vida por la fe, recogiendo ávidamente las noticias que circulaban oralmente, como en el caso de los Santos Pedro y Marcelino, en que el mismo verdugo le contó su martirio: 

Percussor retulit Damaso mihi, cum puer essem. 

Era diácono cuando falleció el 24 de septiembre de 366 el papa Liberio. El Imperio había sido repartido en 364, tomando Valente el Oriente y Valentiniano I el Occidente. Desde 358 había un antipapa, Félix III (467), y, aunque Dámaso se había mostrado partidario suyo, después se reconcilió con Liberio y trabajó en reconciliar al antipapa. 

Por el gran ascendiente que gozaba en Roma, Dámaso fue elegido Papa en la basílica de San Lorenzo in Lucina por la mayoría del clero y del pueblo, siéndole favorable la nobleza romana. Sin embargo, los opositores se reunieron en Santa María in Trastevere y eligieron a Ursino, que se hizo consagrar rápidamente por el obispo de Tibur, no haciéndolo Dámaso hasta un domingo posterior, que fue el 1 de octubre, por el obispo de Ostia. 

Parece como si Dios pusiera en la existencia de los santos ocultas espinas que les puncen para purificarles. Ursino fue el aguijón de Dámaso. 

Desde que el 26 de octubre el emperador Valentiniano dió orden de destierro contra el antipapa, la revuelta se apoderó de Roma. Los partidarios de Ursino se hicieron fuertes en la basílica Liberiana, teniendo que soportar un verdadero asedio de los seguidores de Dámaso, donde dominaban los cocheros y empleados de las catacumbas. Armados de sus herramientas de trabajo y de hachas, espadas y bastones, se aprestaron al asalto de la basílica. Algunos lograron subir al techo y lanzaron contra los leales de Ursino no precisamente pétalos de rosas, conmemorativos de la nieve legendaria que diera pie a la erección del templo, sino teas encendidas, que ocasionaron 160 muertos. 

Ursino fue desterrado, y, si bien el emperador le permitió volver el 15 de septiembre de 267, le expulsó de nuevo el 16 de noviembre. El antipapa no cede: desde su destierro maquina nuevas intrigas y en 370 consigue envolver a San Dámaso en un proceso calumnioso. En 373 se abre un nuevo proceso contra Dámaso ante los tribunales de Roma. Esta vez el acusador es un judío convertido, Isaac, detrás del cual se reconocen fácilmente los manejos de Ursino. El emperador Graciano interviene personalmente y falla la causa. Absuelve a Dámaso y destierra a Isaac a España, y a Ursino a Colonia. 

En 378 ha de justificarse ante un concilio de obispos italianos que él mismo había convocado. Los obispos estaban inquietos a causa de las dudas que provocó la usurpación de Ursino. Pidieron que los obispos no pudieran ser llevados a otros tribunales que a los eclesiásticos, formados por sus propios colegas, y, en caso de apelación, que ésta se hiciera al Papa. Que éste sólo pudiera ser juzgado, en caso de necesidad, por el emperador en persona. 

Todavía en 381 Ursino vuelve a la carga. El concilio de Aquilea, reunido por entonces, fue la ocasión. El antipapa quiere llevar la resolución del caso al propio emperador. Mas a partir de entonces todo se apacigua. Ursino debió de morir, porque no se vuelve a hablar más de él. 

Los partidarios de Ursino no fueron los únicos en crear preocupaciones a San Dámaso. Al lado del antipapa se agitaban durante todo este tiempo los titulados obispos cismáticos; luciferianos, donatistas y novacianos. Roma era un avispero de sectas, y el Papa tuvo que luchar contra su intransigencia, como en el caso de los donatistas, descendientes de los antiguos montanistas africanos. Su campeón, el presbítero Macario, condenado al destierro, murió de las heridas que recibiera al ser apresado, aunque la elección de otro obispo significó un nuevo competidor contra Dámaso. 

En medio de tantas dificultades, el gran Papa pensaba en la Iglesia universal. En punto a herejías, su mayor preocupación era el arrianismo. Roma se había pronunciado abiertamente contra las doctrinas arrianas en el concilio de Nicea y siempre había mantenido una línea clara en este punto. Al tiempo de la elección de San Dámaso eran arrianos los obispos Restituto de Cartago y Auxencio de Milán, y otros muchos del Ilírico y, sobre todo, de la región del Danubio. El emperador no quería problemas por causa del arrianismo, y la situación era dudosa. En 369 San Atanasio escribe ad Afros, a los obispos de Egipto y Libia, y habla del “querido Dámaso”, pero muestra su inquietud por el estado de cosas de Occidente. Un poco después otra carta del mismo santo obispo habla de recientes concilios reunidos en las Galias y España, y en la misma Roma, en que se tomaron medidas contra Auxencio de Milán. El concilio de Roma nos es conocido por la carta Confidimus, del propio San Dámaso a los obispos de Ilírico. Esta carta es una firme declaración de los principios de Nicea. Pero fue necesario esperar la muerte de Auxencio, en 374, para reemplazarle por un obispo ortodoxo: San Ambrosio. En la región dalmaciana (Ilírico) el arrianismo conservó durante mayor tiempo su hegemonía, aunque en 481 el concilio de Aquilea, en el que San Dámaso no llegó a intervenir, condenó vigorosamente los manejos de los herejes. 

En Oriente la política religiosa del Papa tuvo menos éxito, porque la situación era más embrollada. Los católicos estaban divididos a causa del cisma de Antioquía. Los unos eran partidarios de Melecio, que había sido elegido según regla: los otros se inclinaban a favor de Paulino. San Basilio de Cesarea era el jefe de los primeros, y con él casi todo el episcopado oriental. Pero Roma, bajo la influencia de San Atanasio, se había pronunciado por el segundo. A partir de 371 fueron llevadas a cabo largas y penosas negociaciones por San Basilio para obtener la condenación explícita de Marcelo de Ancira y después la de Apolinar de Laodicea, así como el reconocimiento de Melecio de Antioquía. San Dámaso se contentó con remitir la carta Confidimus del concilio romano de 370. El asunto de Marcelo de Ancira se resolvió con la muerte del hereje, y el de Apolinar con su condenación en 375. El caso de Melecio fue más complicado, porque la solución dependía en gran parte de aceptar o rechazar por parte de San Basilio la terminología trinitaria usada en Roma. San Dámaso comenzó por mostrarse intransigente en este punto (carta ad gallos episcopos, 374); después hizo concesiones, aunque un concilio romano de 376 parecía volver al estado primitivo. Sin embargo, la muerte de San Basilio el 1 de enero de 379 allanó el arreglo, más necesario que nunca. 

Un gran concilio reunido en Ancira aquel mismo año aceptó las fórmulas propuestas por el Papa. Mas este concilio, presidido por el propio Melecio, no podía ser grato a Dámaso, que era partidario de Paulino. Muerto aquél el año 381, no pasó, empero, Paulino a la silla de Antioquía, como hubiera deseado el Papa, sino Flaviano, lo cual contribuyó en alguna forma a aislar el Oriente de Roma por no resolverse el mencionado cisma. 

Por aquella misma época se convocaba en Zaragoza (380) otro concilio para condenar a Prisciliano, cuyas doctrinas ascéticas resultaban sospechosas. Este, que había llegado a obispo de Avila, recurriló al Papa, a quien llama senior et primus. San Dámaso, sin condenarle expresamente, no admitió su requisitoria: EI hereje español tuvo el mal acuerdo de elevar su causa al emperador, y a pesar de las protestas de San Martín de Tours y de otros obispos, el efímero emperador Máximo avoca la causa a su tribunal y juzga y condena a Prisciliano en 385 por el delito de magia. El y otros cuatro más son decapitados. Ya tienen los panfletistas el primer caso de “relajación al brazo secular”. 

En 382 fue convocado en la misma Roma un concilio al que San Dámaso tal vez pensaba darle carácter universal, pero que resultó de escasos frutos. Como el propio San Jerónimo acudiera a la ciudad de las siete colinas, fue ocasón de que le conociera San Dámaso y se trabara entre ambos una estrecha amistad, que tan beneficiosa seria para las ciencias bíblicas. Durante tres años (382-385) el Papa le retuvo por secretario. Le alentó en sus trabajos escriturísticos y en sus versiones de las Sagradas Escrituras del hebreo y griego al latín, lo que nos porporciorló la Vulgata, versión que todavía hoy utiliza como oficial la Iglesia Romana. Sin embargo, San Jerónimo tenía un carácter independiente y excitable, muy difícil para la vida de la curia. Añorando su soledad, muerto ya el Papa, donde siempre los que han servido al señor difunto encuentran enrarecido el ambiente, se retiró a Belén con sus libros y sus penitencias. 

En otoño del año 382, Dámaso, sin entrar en escena, obtuvo en Roma un triunfo importante para el cristianismo: la remoción de la estatua de la Victoria de la sala del Senado. 

Una vez que Constantino concedió por el edicto de Milán del 313 la paz a la Iglesia y comenzaron a surgir en la Urbe las grandes basílicas cristianas, nos cuesta trabajo entender que Roma siguiera siendo “oficialmente” pagana todavía casi a fines del glorioso siglo IV. 

El edicto de Milán propiamente no cambió la situación legal del paganismo. Seguían abiertos los templos paganos, seguían expuestas en plazas, foros y paseos las estatuas de los dioses, seguían recibiendo los sacerdotes del antiguo culto sus subvenciones estatales. Gran número de las familtias de la nobleza romana seguían apegadas a sus antiguas creencias. 

El poeta español Prudencio, que hizo una visita a Roma a primeros del siglo V, pudo todavía contemplar a los sacerdotes coronados de laurel cuando se dirigían apresurados al Capitolio, por el amplio espacio de la vía Sacra, conduciendo las víctimas mugientes. Allí vió el templo de Roma, adorada como una divinidad, y el de Venus, quemándose el incienso a los pies de ambas diosas. Como en los versos de Horacio, vió a las vestales taciturnas acompañar al Pontífice según subían las gradas de altar. 

El mundo en que vivió San Dámaso casi pudiera decirse que, con emperadores ya cristianos, seguía siendo pagano, y era frecuente sentir el balanceo de la hegemonía de una u otra religión. Quizá donde estaba simbolizada esta lucha era en la susodicha estatua de la Victoria, el símbolo más venerable del paganismo oficial. Toda de oro macizo, representaba a una mujer de aspecto marcial y formas opulentas, que desbordaban los pliegues holgados de su túnica, ceñido el talle por un cinturón guerrero. La diosa, ágil y robusta, apoyábase sobre un pie desnudo, extendiendo, como un ave divina, sus ricas alas, en actitud de cobijar a la augusta asamblea. 

Delante de la estatua había un altar, donde cada senador, al entrar en la curia, quemaba un grano de incienso y derramaba una libación a los pies de la diosa protectora del Imperio. 

Esta estatua, que para los cristianos era objeto de escándalo y para muchos miembros del patriciado como el postrer vestigio de la pujanza política del paganismo, sufrió numerosas vicisitudes. Verdadero símbolo de la vieja religión, compartió con ella su suerte. Durante la lucha de los cultos, que llena todo el siglo IV, la Victoria desciende de su pedestal cuantas veces el cristianismo sale triunfador, y vuelve a encumbrarse en el solio cuando el culto de los dioses reanuda su ofensiva. 

El emperador Constante la retira, la vuelve a restablecer. En el viaje a Roma de Constantino la manda de nuevo retirar. Salido Constantino de Roma, la mayoría pagana del Senado la restablece en su sitio. Joviano la deja en paz. Valentiniano la tolera; pero la suprime una orden de Graciano, el primero de los emperadores que se mostró cristiano en la vida pública y en la privada. 

El dolor de los senadores paganos fue grande, y enviaron una comisión a Milán, donde residía el emperador, para pedirle la revocación de la orden; pero los cristianos del Senado se adelantaron, pues llegó antes a Milán una carta de San Dámaso, y Graciano se negó a recibir a los comisarios, persistiendo en su resolución. 

Todavía la lucha perdura, pues a la muerte trágica de Graciano, ocurrida al año siguiente, ocupa el trono Valentiniano II, de quien creyeron poder obtener en su inexperiencia lo que negara resueltamente el anterior emperador. Entonces entran en juego dos hombres importantes. Símaco, prefecto de la ciudad de Roma, pagano acérrimo de la vieja escuela, que presenta un alegato lleno de nostalgia por los dioses paganos, que dieron el poderío y grandeza a Roma a través de mil doscientos años de su historia, y San Ambrosio, que vindica la causa cristiana. 

En fin, son los últimos estertores del paganismo clásico. También Prudencio, en su poema Contra Simmacum, nos ha contado los últimos incidentes de este duelo, que acabó con la victoria definitiva del cristianismo. 

Vincendi quaeris dominam? 
Sua dextera cuique est et Deus omnipotens

“¿Quieres saber cuál es la diosa Victoria? El propio brazo de cada uno y la ayuda de Dios todopoderoso.” La Victoria pagana ha plegado definitivamente sus alas para abrirlas al lábaro de la cruz. 

Nos queda considerar, por último, el aspecto que ha hecho más popular a San Dámaso, y también aquel cuya influencia ha sido mayor para la posteridad, el que le ha merecido el título de ‘Papa de las catacumbas”. Él se preocupó, en medio de la agitación de su pontificado, de propagar el culto de los mártires, restaurando los cementerios suburbanos donde reposaban sus cuerpos, de hacer investigaciones para encontrar sus tumbas, olvidadas, como en el caso de San Proto y San Jacinto, en la vía Salaria; de honrarlos con bellas inscripciones métricas, que después grababa en hermosas letras capitales su calígrafo Furio Dionisio Filócalo, cuyos trazos barrocos todavía podemos admirar hoy en alguna lápida íntegra que nos ha llegado de entre el medio centenar que debió esculpir. 

A finales del siglo IV eran muy borrosas las noticias que se tenían en Roma de los mártires de las persecuciones. Cierto que ya Constantino se preocupó de levantar en su honor espléndidas basílicas, como las de San Pedro, San Pablo, San Lorenzo y Santa Inés. Pero no era posible hacer otro tanto con los que yacían enterrados en los lóbregos subterráneos de las catacumbas, pues hubieran hecho falta sumas enormes. 

La idea de San Dámaso fue darles veneración en los mismos lugares de su enterramiento, según la tradición romana, que ligó siempre el culto a la tumba del mártir. 

Mas para facilitar la visita de los fieles eran necesarios trabajos importantes, pues debían abrirse nuevas entradas, ensanchar las escaleras y hacerlas más cómodas, adornar las salas o cubículos donde reposaban los cuerpos santos. 

San Dámaso se entregó con entusiasmo a esta obra. La cripta de los Papas del siglo lll, uno de los más sagrados recintos de la cristiandad, la adornó con columnas, arquitrabes y cancelas, y en el fondo colocó una de sus famosas inscripciones, que todavía puede leerse, recompuesta en pedazos: 

Hic congesta iacet quaeris si turba piorum

Corpora sanctorum retinente veneranda sepulcra. 

“Si los buscas, encontrarás aquí la inmensa muchedumbre de los santos. Sus cuerpos están en los sepulcros venerables, sus almas fueron arrebatadas a los alcázares del cielo…” 

Nos podemos imaginar al augusto Pontífice, acompañado de sus más asiduos colaboradores, tal vez el propio San Jerónimo, emprendiendo aquellas investigaciones que le llevaban a encontrar la pista de algún santo olvidado. ¡Qué alegría entonces, como se refleja aún en la inscripción a través de los siglos!: 

Quaeritur inventus colitur fovet omnia praestat. 

“Tras los trabajos de búsqueda es encontrado, se le da culto, se muestra propicio, lo alcanza todo.” 

Resulta emocionante saber que San Dámaso emprendió esta obra de exaltación de los mártires en agradecimiento por haber conseguido la reconciliación del clero tras el cisma de Ursino. 

Pro reditu cleri, Christo praestante trinmphans

martyribus sanctis reddit sua vota sacerdos. 

Podrá objetarse que el santo Pontífice no siempre tuvo buenas fuentes de información, excepto el caso ya citado, en que el propio verdugo dió testimonio. Casi siempre ha de recurrir a la tradición oral: Fama refert… Fertur… Haec audita refert Damasus... En algunos casos ha de dejar el juicio al propio Cristo: probat omnia Christus. 

Esta pobreza de sus informaciones se manifiesta ya en las descripciones genéricas que hace del martirio, o en no saber decir los nombres o el tiempo de su triunfo, usando una frase imprecisa: “en los días en que la espada desgarraba las piadosas entrañas de la Madre”: tempore quo gladius secuit pia víscera matris. 

Otras veces será la estrechez de la lápida, que no le permite espacio para mayores noticias, como en la inscripción de la cripta de los Papas. Sin embargo, hay que confesar que ya por la dificultad de expresarse en verso, ya por su propensión a lo genérico e indeterminado, su poesía es vaga y obscura, aun cuando no podían faltarle noticias concretas, como en los epitafios de su madre Laurencia o de su hermana Irene. Esta pobreza de expresión se manifiesta, además, en sus imitaciones virgilianas, que ocurren a cada paso, y en lo reducido de su lenguaje, que definió De Rossi “como un perpetuo e invariable ciclo” en que se repiten hemistiquios y aun versos enteros. 

A pesar de todo, los pequeños poemas damasianos llegan a conmovernos, porque reflejan el entusiasmo del poeta y el afecto vivísimo que alimentaba hacia los atletas de Cristo, de donde sus cálidas invocaciones: “Amado de Dios que seas propicio a Dámaso te pido ¡oh santo Tiburcio!’ 

O en el de Santa Inés: “¡Oh santa de toda mi veneración, ejemplo de pureza!, que atiendas las plegarias de Dámaso te pido, ínclita mártir”. 

Se comprende que los peregrinos medievales copiasen con verdadera ilusión estos versos, merced a lo cual han podido salvarse en códices y bibliotecas muchos de ellos, cuyos fragmentos filocalianos hallaron posteriormente De Rossi y otros investigadores de las catacumbas. 

Digamos también que San Dámaso, que tuvo el honor de transformar las catacumbas en santuarios, fue, a la vez, el que introdujo el culto de los mártires en Roma. Al fundar un “título” o iglesia parroquial en su propia casa, junto al teatro de Pompeyo, según la costumbre, le dió su propio nombre: “in Damaso”, pero le ligó al recuerdo de un mártir español, San Lorenzo. Y aunque la iglesia iba dedicada a Cristo, como todas las de entonces, al poner el nombre del santo diácono como una invitación a honrarle más especialmente, sentó un precedente que evolucionaría con toda rapidez. Las iglesias se dedicarían a los santos, como ya hoy es normal. El nombre del fundador caería en desuso y quedaría el del patrón. 

San Dámaso murió casi octogenario el 11 de diciembre de 384. Al final de la inscripción a los mártires en la cripta del cementerio de Calixto, el santo Papa había manifestado su deseo de ser allí enterrado, aunque por humildad o por escrúpulo de arqueólogo no se atreviera a tanto. 

Hic fateor Damasus volui mea condere membra 

sed cineris timui sanctos vexare piorum. 

Entonces se hizo preparar para él y su familia una basílica funeraria en la vía Ardeatina, no lejos del área donde estaban los mártires queridos. Esta capilla se presentaba a los peregrinos medievales como una etapa entre Roma y la visita de las catacumbas. Compuso tres epitafios; para su madre, su hermana y el suyo. Este es particularmente humilde y lleno de fe. Recuerda la resurrección de Lázaro por Cristo y termina con esta hermosa frase: “De entre las cenizas hará resucitar a Dámaso, porque así lo creo”. 

Sus reliquias fueron llevadas posteriormente a la iglesia de San Lorenzo in Damaso y están conservadas debajo del altar mayor. 

Su gran amigo San Jerónimo hizo de él este hermoso elogio en su tratado De la virginidad: Vir egregius et eruditus in Scripturis, virgo virginis Ecclesiae doctor: “Varón insigne e impuesto en la ciencia de las Escrituras, doctor virgen de la Iglesia virginal”. 

La liturgia también le es deudora de sabias reformas. Además de su devoción acendrada a los mártires, la construcción del baptisterio vaticano y la firmeza apostólica en reprimir las herejías, le cabe la gloria de haber introducido en la misa, conforme a la costumbre palestinense, el canto del aleluya los domingos y la reforma del viejo cursus salmódico para darle un carácter más popular. 

  

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

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Nuestra Señora de Loreto
(1292, 1294)

Es tradición que, aun viviendo la Santísima Virgen en su casa de Nazareth, en donde había sido criada, y donde el Divino Verbo había bajado para tomar carne en sus purísimas entrañas, fue consagrada por San Pedro en Iglesia, y que en ella celebró Misa el Príncipe de los Apóstoles, por lo que es llama altar de San Pedro el que aún se venera en la Santa Casa de Loreto. Santa Elena, tres siglos después, engrandeció esta casa, llamada entonces de la Encarnación. 

En el siglo XIII, apoderados los infieles de los Santos Lugares, el 9 de Mayo de1291, por ministerio de los ángeles o por un acto de la Divina Omnipotencia, fue arrancada de sus cimientos la Santa Casa y trasladada a Dalmacia. 

Tres años después fue llevada de igual modo milagroso, el 10 de Diciembre del 1294, a la Xarca de Ancona, en Italia. La selva donde fue colocada continúa hoy mismo la Santa Casa era de una señora llamada Laureta, de donde vino el llamarse aquel famoso santuario de la Virgen con el nombre de Nuestra Señora de Loreto.

Oración
Te pedimos, Señor, que la maternal intercesión de la Madre de tu Hijo, libre de los males del mundo y conduzca à los gozos de tu reino à los fieles que se alegran al saberse protegidos por la Virgen María. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.- 

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San Juan Diego

San Juan Diego
Vidente de la Virgen de Guadalupe

Juan Diego Cuauhtlatoatzin (que significa: Águila que habla o El que habla como águila), un indio humilde, de la etnia indígena de los chichimecas, nació en torno al año 1474, en Cuauhtitlán, que en ese tiempo pertenecía al reino de Texcoco. Juan Diego fue bautizado por los primeros franciscanos, aproximadamente en 1524. En 1531, Juan Diego era un hombre maduro, como de unos 57 años de edad; edificó a los demás con su testimonio y su palabra; de hecho, se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”. 

Juan Diego fue un hombre virtuoso, las semillas de estas virtudes habían sido inculcadas, cuidadas y protegidas por su ancestral cultura y educación, pero recibieron plenitud cuando Juan Diego tuvo el gran privilegio de encontrarse con la Madre de Dios, María Santísima de Guadalupe, siendo encomendado a portar a la cabeza de la Iglesia y al mundo entero el mensaje de unidad, de paz y de amor para todos los hombres; fue precisamente este encuentro y esta maravillosa misión lo que dio plenitud a cada una de las hermosas virtudes que estaban en el corazón de este humilde hombre y fueron convertidas en modelo de virtudes cristianas; Juan Diego fue un hombre humilde y sencillo, obediente y paciente, cimentado en la fe, de firme esperanza y de gran caridad. 

Poco después de haber vivido el importante momento de las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, Juan Diego se entregó plenamente al servicio de Dios y de su Madre, transmitía lo que había visto y oído, y oraba con gran devoción; aunque le apenaba mucho que su casa y pueblo quedaran distantes de la Ermita. Él quería estar cerca del Santuario para atenderlo todos los días, especialmente barriéndolo, que para los indígenas era un verdadero honor; como recordaba fray Gerónimo de Mendieta: “A los templos y a todas las cosas consagradas a Dios tienen mucha reverencia, y se precian los viejos, por muy principales que sean, de barrer las iglesias, guardando la costumbre de sus pasados en tiempos de su gentilidad, que en barrer los templos mostraban su devoción (aun los mismos señores).” 

Juan Diego se acercó a suplicarle al señor Obispo que lo dejara estar en cualquier parte que fuera, junto a las paredes de la Ermita para poder así servir todo el tiempo posible a la Señora del Cielo. El Obispo, que estimaba mucho a Juan Diego, accedió a su petición y permitió que se le construyera una casita junto a la Ermita. Viendo su tío Juan Bernardino que su sobrino servía muy bien a Nuestro Señor y a su preciosa Madre, quería seguirle, para estar juntos; “pero Juan Diego no accedió. Le dijo que convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos les dejaron”. 

Juan Diego manifestó la gran nobleza de corazón y su ferviente caridad cuando su tío estuvo gravemente enfermo; asimismo Juan Diego manifestó su fe al estar con el corazón alegre, ante las palabras que le dirigió Santa María de Guadalupe, quien le aseguró que su tío estaba completamente sano; fue un indio de una fuerza religiosa que envolvía toda su vida; que dejó sus casas y tierras para ir a vivir a una pobre choza, a un lado de la Ermita; a dedicarse completamente al servicio del templo de su amada Niña del Cielo, la Virgen Santa María de Guadalupe, quien había pedido ese templo para en él ofrecer su consuelo y su amor maternal a todos lo hombres y mujeres. Juan Diego tenía “sus ratos de oración en aquel modo que sabe Dios dar a entender a los que le aman y conforme a la capacidad de cada uno, ejercitándose en obras de virtud y mortificación.” También se nos refiriere en el Nican motecpana: “A diario se ocupaba en cosas espirituales y barría el templo. Se postraba delante de la Señora del Cielo y la invocaba con fervor; frecuentemente se confesaba, comulgaba, ayunaba, hacía penitencia, se disciplinaba, se ceñía cilicio de malla y escondía en la sombra para poder entregarse a solas a la oración y estar invocando a la Señora del cielo.” 

Toda persona que se acercaba a Juan Diego tuvo la oportunidad de conocer de viva voz los pormenores del Acontecimiento Guadalupano, la manera en que había ocurrido este encuentro maravilloso y el privilegio de haber sido el mensajero de la Virgen de Guadalupe; como lo indicó el indio Martín de San Luis cuando rindió su testimonio en 1666: “Todo lo cual lo contó el dicho Diego de Torres Bullón a este testigo con mucha distinción y claridad, que se lo había dicho y contado el mismo Indio Juan Diego, porque lo comunicaba.” Juan Diego se constituyó en un verdadero misionero. 

Cuando Juan Diego se casó con María Lucía, quien había muerto dos años antes de las Apariciones, habían escuchado un sermón a fray Toribio de Benavente en donde se exaltaba la castidad, que era agradable a Dios y a la Virgen Santísima, por lo que los dos decidieron vivirla; se nos refiere: “Era viudo: dos años antes de que se le apareciera la Inmaculada, murió su mujer, que se llamaba María Lucía. Ambos vivían castamente.” Como también lo testificó el P. Luis Becerra Tanco: “el indio Juan Diego y su mujer María Lucía, guardaron castidad desde que recibieron el agua del Bautismo Santo, por haber oído a uno de los primeros ministros evangélicos muchos encomios de la pureza y castidad y lo que ama nuestro Señor a las vírgenes, y esta fama fue constante a los que conocieron y comunicaron mucho tiempo estos dos casados”. Aunque esto no obsta de que Juan Diego haya tenido descendencia, sea antes del bautismo, sea por la línea de algún otro familiar; ya que, por fuentes históricas sabemos que Juan Diego efectivamente tuvo descendencia; sobre esto, uno de los principales documentos se conserva en el Archivo del Convento de Corpus Christi en la Ciudad de México, en el cual se declara: “Sor Gertrudis del Señor San José, sus padres caciques [indios nobles] Dn. Diego de Torres Vázquez y Da. María del la Ascención de la región di Xochiatlan […] y tenida por descendiente del dichoso Juan Diego.” Lo importante también es el hecho de que Juan Diego inspiró la búsqueda de la santidad y de la perfección de vida, incluso en medio de los miembros de su propia familia, ya que su tío, como ya veíamos, al constatar como Juan Diego se había entregado muy bien al servicio de la Virgen María de Guadalupe y de Dios, quiso seguirlo, aunque Juan Diego le convino que era preferible que se quedara en su casa; y ahora tenemos también este ejemplo de Sor Gertrudis del Señor San José, descendiente de Juan Diego, quien ingresó a un monasterio, a consagrar su vida al servicio de Dios, buscando esa perfección de vida, buscando la Santidad. 

Es un hecho que Juan Diego siempre edificó a los demás con su testimonio y su palabra; constantemente se acercaban a él para que intercediera por las necesidades, peticiones y súplicas de su pueblo; ya “que cuanto pedía y rogaba la Señora del cielo, todo se le concedía”. 

El indio Gabriel Xuárez, quien tenía entre 112 y 115 años cuando dio su testimonio en las Informaciones Jurídicas de 1666; declaró cómo Juan Diego era un verdadero intercesor de su pueblo, decía: “que la dicha Santa Imagen le dijo al dicho Juan Diego la parte y lugar, donde se le había de hacer la dicha Ermita que fue donde se le apareció, que la ha visto hecha y la vio empezar este testigo, como lleva dicho donde son muchos los hombres y mujeres que van a verla y visitarla como este testigo ha ido una y muchas veces a pedirle remedio, y del dicho indio Juan para que como su pueblo, interceda por él.” El anciano indio Gabriel Xuárez también señaló detalles importantes sobre la personalidad de Juan Diego y la gran confianza que le tenía el pueblo para que intercediera en sus necesidades: “el dicho Juan Diego, –decía Gabriel Xuárez– respecto de ser natural de él y del barrio de Tlayacac, era un Indio buen cristiano, temeroso de Dios, y de su conciencia, y que siempre le vieron vivir quieta y honestamente, sin dar nota, ni escándalo de su persona, que siempre le veían ocupado en ministerios del servicio de Dios Nuestro Señor, acudiendo muy puntualmente a la doctrina y divinos oficios, ejercitándose en ello muy ordinariamente porque a todos los Indios de aquel tiempo oía este testigo, decirles era varón santo, y que le llamaban el peregrino, porque siempre lo veían andar solo y solo se iba a la doctrina de la iglesia de Tlatelulco, y después que se le apareció al dicho Juan Diego la Virgen de Guadalupe, y dejó su pueblo, casas y tierras, dejándolas a su tío suyo, porque ya su mujer era muerta; se fue a vivir a una casa Juan Diego que se le hizo pegada a la dicha Ermita, y allá iban muy de ordinario los naturales de este dicho pueblo a verlo a dicho paraje y a pedirle intercediese con la Virgen Santísima les diese buenos temporales en sus milpas, porque en dicho tiempo todos lo tenían por Varón Santo.” 

La india doña Juana de la Concepción que también dio su testimonio en estas Informaciones, confirmó que Juan Diego, efectivamente, era un hombre santo, pues había visto a la Virgen: “todos los Indios e Indias –declaraba– de este dicho pueblo le iban a ver a la dicha Ermita, teniéndole siempre por un santo varón, y esta testigo no sólo lo oía decir a los dichos sus padres, sino a otras muchas personas”. Mientras que el indio Pablo Xuárez recordaba lo que había escuchado sobre el humilde indio mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe, decía que para el pueblo, Juan Diego era tan virtuoso y santo que era un verdadero modelo a seguir, declaraba el testigo que Juan Diego era “amigo de que todos viviesen bien, porque como lleva referido decía la dicha su abuela que era un varón santo, y que pluguiese a Dios, que sus hijos y nietos fuesen como él, pues fue tan venturoso que hablaba con la Virgen, por cuya causa le tuvo siempre esta opinión y todos los de este pueblo.” El indio don Martín de San Luis incluso declaró que la gente del pueblo: “le veía hacer al dicho Juan Diego grandes penitencias y que en aquel tiempo le decían varón santísimo.” 

Como decíamos, Juan Diego murió en 1548, un poco después de su tío Juan Bernardino, el cual falleció el 15 de mayo de 1544; ambos fueron enterrados en el Santuario que tanto amaron. Se nos refiere en el Nican motecpana: “Después de diez y seis años de servir allí Juan Diego a la Señora del cielo, murió en el año de mil y quinientos y cuarenta y ocho, a la sazón que murió el señor obispo. A su tiempo le consoló mucho la Señora del cielo, quien le vio y le dijo que ya era hora de que fuese a conseguir y gozar en el cielo, cuanto le había prometido. También fue sepultado en el templo. Andaba en los setenta y cuatro años.” En el Nican motecpana se exaltó su santidad ejemplar: “¡Ojalá que así nosotros le sirvamos y que nos apartemos de todas las cosas perturbadoras de este mundo, para que también podamos alcanzar los eternos gozos del cielo!”

Dr. Eduardo Chávez Sánchez 

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LA INMACULADA CONCEPCIÓN

“Dios inefable, cuyas vías son la misericordia y la verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de uno a otro confín fuertemente y dispone todo con suavidad, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano que había de derivarse de la culpa de Adán, y habiendo determinado en el misterio escondido desde todos los siglos cumplir por la encarnación del Verbo la primera obra de su bondad con un misterio todavía más secreto, a fin de que el hombre, empujado a la culpa por la astucia de la diabólica iniquidad, no pereciese, contra su misericordioso propósito, y para que lo que había de caer en el primer Adán fuese más felizmente levantado en el segundo, eligió y señaló desde el principio, y antes de todos los siglos, a su unigénito Hijo una Madre, de la cual, habiéndose hecho carne en la feliz plenitud de los tiempos, naciese; y tanto la amó por encima de todas las criaturas, que solamente en ella se complació con señaladísima benevolencia…” 

Como nos lo indican las anteriores palabras de Pío IX, la concepción inmaculada de la Virgen María es un maravilloso misterio de amor. La Iglesia fue descubriéndolo poco a poco, al andar de los tiempos. Hubieron de transcurrir siglos hasta que fuera definido como dogma de fe. Y no es extraño, porque Dios lo reveló obscuramente, y ello en dos momentos decisivos de la historia del mundo y en dos instantes extremos de la vida de Cristo. Y los hombres somos lentos en comprender, en descifrar el íntimo significado de las cosas. 

En los albores de la creación, luego que Adán pecó seducido por Eva, arrastrándonos a todo al misterio de tristeza, al pecado, quiso Dios enviarnos un mensaje de esperanza: una mujer llevaría en brazos al hombre que había de quebrantar la cabeza de la serpiente; una mujer quedaría íntimamente asociada al Redentor en una lucha que había de terminar con la derrota satánica. Si el demonio engañó al hombre por la mujer, la mujer debelaría al demonio por el hombre y con el hombre. 

No era ya noche, sino que comenzaban los levantes de la aurora, la plenitud de los tiempos, cuando el ángel se acercó a una virgen de Nazaret, en Galilea, y le dijo: “Alégrate, la llena de gracia, el Señor es contigo”. 

Dijo Dios a la serpiente: “Pondré enemistades entre Ella y tú”. Y ahora el ángel, como un eco, penetrando en el alma de María a través de sus claros ojos, la saludaba de gracia llena. Pero ¡es tan obscuro todo esto! Apenas si luego se podía comprender más, cuando vino Cristo al mundo y la Revelación se hizo palpable. Los primeros hombres que le contemplaron fueron pastores rudos. Le vieron en una gruta, recién nacido, clavel caído del seno de la aurora, glorificando las pobres briznas de heno, cual rezó Góngora en su delicioso villancico, Le miraban con ojos redondos, absortos, llenos de un asombro sencillo y elemental. Estaba en brazos de Ella, Madre de Dios. circundada por un halo de celestial ternura. 

Otro día las pajas del heno se habían transformado ya en leños duros y clavos atormentadores. Los labios de Él bebían sangre, sudor y lágrimas en lugar de blanca leche bajada del cielo. Ella estaba de pie, sufriendo, rodeada por un velo negro de severo dolor: la nueva Eva, la compañera del Redentor, la Corredentora. Y así la contemplaban íacobardados, soldados indiferentes, chusma. 

Madre de Dios, Corredentora… Las mentes de los Santos Padres primero, de los teólogos medievales después, fueron desentrañando el significado de tales palabras. Comprendieron el llena de gracia a la luz del pesebre y el pondré enemistades al fulgor del Calvario. fueron comprendiendo que la dignidad de Madre de Dios está reñida con todo pecado; que su oficio de corredentora exige la inmunidad de la mancha original, a fin de poder merecer dignamente, con su Hijo, liberarnos de la culpa. Todavía hoy siguen estudiando los teólogos el abismo de pureza que es la concepción de María, y, al analizar sus raíces y su contenido, renuevan la escena de Belén; asombro y más asombro ante la profundidad del misterio. 

Cuando la Iglesia tuvo plena, formal, explícita conciencia de que la limpia concepción de María era doctrina contenida en la Revelación y, por tanto, objeto de fe, pasó a definirla como tal. Y nos dijo Pío IX: “La doctrina que afirma que la Virgen, en el primer instante de su concepción, fue preservada inmune de toda mancha del pecado de origen por una singularísima gracia y privilegio de la omnipotencia divina y en atención a los méritos del Redentor del género humano, es doctrina revelada y ha de ser así creída por los cristianos”. 

Así, con toda la densidad de concepto—cada palabra encierra una indispensable idea—, con toda la sobriedad de estilo—dureza y línea escueta—propias de una definición dogmática, venía el Papa a enseñarnos que la Inmaculada Concepción es un misterio de amor. Porque no sólo nos definió que la Virgen fue preservada del pecado de crigen, sino que lo fue por los méritos de la pasión de Jesús. 

Para llegar a entender plenamente estas palabras con toda la preñez de sentido histórico que contienen, sería menester remontarnos a los principios de las disputas teológicas sobre la Inmaculada: fuera necesario desempolvar infolios sin término, recorrer e] proceso de las ideas que fueron a desembocar en el cuadro justo de la definición dogmática. Porque si bien el sentimiento del pueblo cristiano proclamaba fuertemente la inocencia de la Madre de Dios, si a todos era manifiesta la conveniencia de atribuir a María tal privilegio, los teólogos, que representan en la Iglesia el papel de la razón, a la que corresponde la a veces enojosa tarea de frenar impulsos sentimentales carentes de fundamento objetivo, de medir críticamente los motivos de asentimiento a una cualquier doctrina o los de su repulsa, los teólogos no sabíani cómo conciliar dos cosas aparentemente contradictorias: la gloria de Cristo y la pureza de su Madre. 

Estaban claros los términos del problema: Cristo es redentor del género humano, su gloria brota de la cruz. Cristo nos amó en cruz y las flores de su amor son rosas de pasión. El influjo de Cristo sobre todos los hombres se realiza implicado en el misterio de iniquidad: sufrió por salvarnos de la culpa y merecernos la gracia; su acción santificante viene precedida y condicionada por la previa remisión del pecado. Si María fue siempre pura, si no lo contrajo, Cristo no sufrió por Ella. Si no sufrió por Ella, la rosa más hermosa de la humanidad escapa del rosal de su pasión, del riego generoso de su sangre. Ni el influjo santificador de Cristo se extiende a su Madre, ni es Redentor universal del genero humano al sustraérsele la bendita entre las mujeres. 

¡Gloria de Cristo!… ¡Pureza de Maríal… 

Claro que todas estas cosas, en apariencia distantes, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, el ser y la nada, la bondad y el pecado, la fuerza y la flaqueza, se unen siempre por un aglutinante de ilimitada potencia: el amor. 

Cuando Duns Escoto formula la definitiva solución del problema lo hace con trazos sencillos. Podría resumirse así: es más glorioso para Cristo preservar a María que extraerla del pecado; sufrir en la cruz para evitar que contrajese la culpa que no para limpiarla después de manchada, pues ello encierra un beneficio mucho mayor. Los escolásticos, ya lo sabemos, no eran amigos de ciertos aspectos sentimentales del querer y no prodigan la palabra “amor”, sino que se atienen a describirlo con macizos conceptos, a desentrañar su esencia. Tenían que venir los Pontífices a Aviñón y esparcirse por Europa el gusto de lo provenzal; tenía que venir Lulio a escribir teología y filosofía en forma de novela, de poema, de apólogo. Las fórmulas escuetas se llenarían de colorido y de sentimiento palpitante, se describirían los amores divinos con palabras entrañablemente humanas, hasta que el barroco, rebasando toda medida y pisando los umbrales de la irreverencia, no se hiciera de melindres al comparar a la Virgen con Venus o Juno y a Jesucristo con un fiero Marte o un Cupido travieso. 

La Inmaculada Concepción de María es una obra de perfecto amor, una perfecta glorificación de Cristo.

La preservó del pecado porque la amó más que a nosotros, a Ella, bendita entre las mujeres. 

Pero vamos más allá. El hecho de la preservación de la culpa es sólo uno de los aspectos de la gracia inicial de la Virgen. Ya en aquel momento era un abismo de belleza. Como decía Pío IX, la Virgen fue “toda pura, toda sin mancha y como el ideal de la pureza y la hermosura: más hermosa que la hermosura, más bella que la belleza, más santa que la santidad y sola santa, y purisima en cuerpo y alma, la cual superó toda integridad y virginidad y Ella sola fue toda hecha domicilio de todas las gracias del Espíritu Santo y que, a excepción de sólo Dios, fue superior a todos, más bella, santa y hermosa por naturaleza que los mismos querubines y serafines y todo el ejército de los ángeles, para cuyas alabanzas no son en manera alguna suficientes las lenguas celestes y terrenas”. La gracia es belleza: participación de la naturaleza divina, del ser de Dios, quien es la belleza por esencia, y la pureza, y la santidad, y la ternura, y el goce. En el instante de su concepción recibió María una gracia superior a la de todos los santos, querubines y serafines; participó de la belleza, de la pureza, de la santidad divinas, como a ninguna otra criatura ha sido dado, excepción hecha de Cristo. 

Murió Jesucristo en la cruz no solamente para preservarla de la culpa, sino para darla toda la gracia y la hermosura de que era capaz, para hacer de Ella la perfecta mujer. La amó, se dió a Ella en el dolor para hacer de Ella perfecta Madre, la perfecta compañera en la obra redentora. La Concepción Inmaculada de María no es, en resumen, sino la flor de un dolorido amor, dolor de amor en flor. 

La doctrina inmaculista sobrepasa en belleza a toda consideración humana. El amor y la hermosura alcanzan cumbres no logradas por Platón ni por el Renacimiento, ni mucho menos por los vacios estetas de nuestro inconsistente mundo actual. La mayor gloria de Cristo se cifra en la belleza espiritual de una mujer—madre y compañera—. Su sangre dió fruto perfecto al injertarse en las venas de la raza humana, en una mujer. Cristo, en una palabra, nos ensefió cómo se ama a la mujer. 

La mujer no es para el hombre, discípulo de Cristo, solamente una compañera en el oficio de procrear y de educar los hijos, o en la tarea de llevar serena y acompasadamente las cargas de la vida. Mucho menos es un objeto de placer egoísta. La mujer es un objeto de amor, pero de un amor tal y como lo entendió Cristo. 

Nos enseñó Cristo que amar es darse. Vino al mundo para darnos la gracia, pero nos la dió de su plenitud: a comunicarnos lo que Él era. Hijo de Dios, vino a darnos una participación de su filiación divina. Dios hecho carne, vino a divinizar la carne nuestra. Estábamos en pecado, carentes de gracia y de hermosura, llenos de horror y fealdad, y vino a regalarnos de la suprema belleza que es Él. 

Y a María en sumo grado. Fue divinamente bella en intensidad—más que toda criatura—y en extensión temporal, siempre, siempre limpia, sin que en momento alguno fuese manchada. 

Pero este darse se realiza en cruz. Se abren los brazos y se abre el corazón, mas los brazos quedan prendidos por los clavos y el corazón es rasgado por una lanza. Después de la culpa es ley que el amor florezca en dolor; que el darse cueste dolor: que el darse entrañe sacrificio. Antes del pecado era goce, reflejo del goce inefable inherente a ese darse continuo que constituye la vida interna de la Santísima Trinidad. Luego del pecado, la entrega del hombre a las criaturas para comunicarles algo de su perfección interna mediante el trabajo cuesta sudor de la frente. La mutua entrega del hombre y la mujer sólo fructifica a través del dolor. 

Cristo pudo comunicarse a nosotros, darse, en goce. Pudo redimirnos con un solo acto de su voluntad, pero quiso ser igual a nosotros, obedeciendo a la ley del amor, que es asimilativa: quiso experimentar hasta lo sumo lo que nos cuesta a nosotros amar de veras—sufrir, morir—: quiso beber hasta las heces el cáliz del verdadero amor. Y el fruto acabado de tal dolorido amor fue la mujer perfecta. Se entregó a Ella en dolor no solamente para salvarla de la culpa, sino para preservarla, para darle una pureza y una santidad totales.

Y éste es, sencillamente, el paradigma. Cuando el Espíritu Santo quiere enseñar a los hombres cómo deben amar a las mujeres, inspira a San Pablo aquellas palabras: “… como también Cristo amó a la Iglesia y se entregó a si mismo por ella, para santificarla…, a fin de hacerla aparecer ante sí gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”. Nosotros podemos concretar esta doctrina en la Santísima Virgen, dándole una novedad y profundidad de sentido de extraordinario valor. Dado que la Virgen María es prototipo de la Iglesia, podríamos decir: Amad a la mujer como Cristo amó a María, sacrificándose por Ella para que fuese gloriosamente santa e inmaculada en su presencia, para que careciese de toda mancha y fealdad en el espíritu. El hombre ha de entregarse a la mujer y por la mujer, no para satisfacer deseos de un placer cualquiera, sino para glorificarla en su presencia dándole pureza, para elevar su espiritu, para hacerla santa. 

La mujer es para el hombre, ante todo, un contenido de valores espirituales a perfeccionar mediante la entrega. Esta entrega se hará muchas veces en cruz. El amor sólo florece en sacrificio: sacrificio de renuncia al placer siempre que éste amenace con arrastrar a la culpa, con ahogar al espíritu; sacrificio de la tolerancia hacia las debilidades del vaso más flaco, de la comprensión hacia sus exigencias intimas: del respeto por la que es compañera y no sierva en las luchas de la vida y posee un alma bañada en la sangre de un Dios. Ir comunicando—amorosamente, sacrificadamente, cotidianamente—a la mujer la plenitud de valores que puede encerrarse en los sueños de un hombre. Sacrificarse por ella hasta conseguir que llegue a ser lo que se sueña que sea. 

Y el ideal de la mujer, María. Aspire la mujer a parecerse a Ella en la plenitud de la pureza y de la gracia. Si las mujeres se esfuerzan por reflejar en si mismas el ideal de María, sus almas rebosarán de gracia y santidad. Y en sus cuerpos morará el pudor y sabrán de la gracia inédita de la virgen cristiana, que tanto encierra de flor, de trino, de nieve, de rayo de luna. Y otra vez la hermosura casta florecerá en la tierra y el amor humano volverá a comprender su misión primitiva de conducir a los hombres a Dios, 

Sueñe el hombre a la mujer que Dios le depare cual otra María. Si los hombres se dejan invadir por el hálito divino que irradia la figura de María, si la graban fuertemente en su corazón, si comprenden que Ella es la Mujer, la bendita entre las mujeres, el prototipo de lo femenino, verán cómo su luz ilumina y transforma las figuras de todas las mujeres—las madres, las novias, las esposas, las hijas—, las idealiza, las endiosa. Y entonces el hombre tendrá fuerza para sacrificarse por la mujer como Cristo se sacrificó por María, hasta hacerla aparecer gloriosa de inocencia, de santidad, de fecundidad espiritual. 

La Inmaculada Concepción no es solamente una gloria de María. Se ha convertido para nosotros en ejemplo, en poema, en canto de belleza. Nos ha descubierto lo que tiene de perfecto, de grande, de sublime, el humano amor. Nos ha desvelado el secreto de amar. 

 

PEDRO DE ALCÁNTARA MARTÍNEZ, O. F. M.

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San Ambrosio

SAN AMBROSIO
(+ 397)

Con el triunfo de Constantino sobre Majencio y el subsiguiente edicto promulgado el 313 en Milán, los dos grandes poderes del Imperio y de la Iglesia se hermanan en un abrazo de exterior solidaridad; con la elevación de Ambrosio al episcopado de aquella misma sede el 374 se realiza la fusión vital de la sangre añeja del espíritu romano y la sangre renovadora de los principios sobrenaturales del cristianismo. La Providencia preparó admirablemente los caminos. 

Hijo de un magistrado romano del mismo nombre, a quien Constantino confiara la Prefectura de las Galias, Ambrosio se habituó a contemplar en el espejo de su padre la seriedad de vida, el amor a la justicia, el espíritu de organización y demás virtudes del antiguo patriciado romano. Sobre este terreno tan bien dispuesto vino la formación en la capital del Imperio, adonde, muerto su padre cuando él contaba catorce años, hubo de trasladarse, abandonando Tréveris, su ciudad natal, en compañía de su madre y su hermano Sátiro. El estudio de la elocuencia en los oradores que habían forjado los grandes días de la República y del Imperio, la familiaridad con los poetas griegos y latinos, intérpretes de sus glorias, y el aprendizaje del derecho, médula espinal de la grandeza de Roma, convirtieron a Ambrosio en un perfecto símbolo de las antiguas tradiciones patrias. 

Dentro de este espíritu iba infiltrándose un ambiente sinceramente religioso. Su padre se había convertido al cristianismo en los tiempos duros de la persecución y su familia había sido bautizada con la sangre martirial de Santa Sotera, muerta por la castidad y la fe. Un cuadro plástico del fervor cristiano de la familia nos lo ofrece el grupo de aquellos tres hermanos, tan unidos por un tierno amor, que formaron el hogar del prefecto de las Galias: la primogénita, Santa Marcelina, que voló muy pronto a la sombra del papa Liberio para consagrar a Dios su virginidad; Sátiro, el segundo vástago de la familia, acreedor también al culto de los altares y fiel cooperador en los trabajos del tercero y menor de los hermanos, San Ambrosio el obispo. 

Muy pronto se fijó en este último, distinguiéndole con una predilección particular el prepotente Probo, hombre de confianza del emperador Valentiniano I, encargado de la administración de Italia y sincero cristiano en su profesión y sus obras. Le agregó, pues, a la Prefectura del Pretorio, y en 372, cuando Ambrosio contaba algo más de treinta años, obtuvo para él el cargo de gobernador de las provincias de Liguria y Emilia, cuya capital se hallaba en Milán, despidiéndole con esta consigna de insospechado vaticinio: ‘Ve, hijo mío, y condúcete no como juez, sino como obispo”. Ambrosio no olvidó esta lección, que le granjeó el cariño de todos sus súbditos. 

Era entonces Milán la segunda ciudad del Imperio, sede ordinaria de los emperadores cristianos, en la que, por lo mismo, fermentaban las intrigas políticas y repercutían con tanta mayor violencia las amenazas de los pueblos bárbaros cuanto más próximas se hallaban sus fronteras. Ultimamente la intranquilidad se había acentuado con la división religiosa provocada por el obispo Auxencio, de ideas arrianas más o menos solapadas. Dos años llevaba Ambrosio al frente de su Prefectura cuando murió el heresiarca Se reunieron los obispos vecinos en una de las basílicas de Milán para elegir sustituto, y, mientras se prolongaba dificultosamente la deliberación, el pueblo, reunido en las naves del templo, fue gradualmente inquietándose con presagios de lucha amenazadora entre los dos partidos católico y arriano. El prefecto, avisado del peligro, se trasladó a la basílica y dirigió la palabra a la muchedumbre, exhortándola a esperar tranquila la decisión de los electores, cuando de repente, en un momento de pausa, rasgó el silencio del templo la voz vibrante de un niño que clamó por tres veces: “¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo! ¡Ambrosio, obispo!” Al primer estupor siguió inmediatamente el entusiasmo general de la muchedumbre, que, como un eco fue repitiendo aquel grito hasta decidir en este sentido la elección. Es la tradición recogida por Paulino, secretario del nuevo obispo y que en todo caso representaba un símbolo grato de aquella realidad. 

Nadie quedó más sorprendido que el mismo Ambrosio, quien jamás había pensado en la carrera eclesiástica y que, por otra parte, siguiendo la censurable costumbre de aquellos tiempos, aún no había recibido el bautismo, esperando obtener por su medio a la hora de la muerte un perdón general de sus pecados. Expuso, pues, su situación de no bautizado, recordó la prohibición eclesiástica de elevar a la dignidad sacerdotal a un neófito, adujo las incompatibilidades jurídicas de su cargo y hasta llegó a fingir acciones menos rectas para alejar de sí semejante nombramiento. Todo resultó inútil y al fin se sometió a los planes de la Providencia, que había hablado por la voz de un niño inocente. Recibido el bautismo, fue a los ocho días consagrado obispo de Milán, el 7 de diciembre del 374, en cuya fecha aniversaria celebra la Iglesia su fiesta litúrgica. A partir de aquel punto se entregó de lleno a las solicitudes del cargo pastoral y bien de la Iglesia, por cuyo esplendor había de trabajar durante veintitrés años de episcopado. Sin embargo, a pesar de su alejamiento voluntario de la corte, la divina Providencia le había constituido, en cierto modo, ángel custodio del trono imperial, al que aguardaban años tan azarosos. Ángel de la guarda fue para con el emperador Graciano, jovencito de dieciséis años cuando subió al trono, dotado de buenos sentimientos religiosos, pero inexperto e indeciso, y de quien hizo con sus consejos y su dirección un hombre de carácter maduro, que, después de haber dado al Imperio leyes de firmeza y ejemplaridad cristianas, moría asesinado sin doblegarse ante la insurrección. Durante los años de su reinado, Ambrosio entraba en su palacio con plena libertad y a cualquier hora para interceder por los necesitados y perseguidos, fueran cristianos o paganos. 

Al subir al trono Valentiniano II, de solos doce años de edad, todo parecía augurar años difíciles a San Ambrosio, ya que en torno al joven augusto, bajo la tutela de su madre Justina, simpatizante con el arrianismo, se había constituido un foco de oculta hostilidad contra la persona del obispo milanés. Por eso fue más espectacular el gesto de aquella matrona artera y política cuando llevó a su hijo a presencia de Ambrosio, poniéndolo bajo su protección y rogándole que llevase una embajada de paz al general Máximo, proclamado emperador por las legiones de Bretaña. Se trataba de defender a un huérfano y a una viuda, hasta ayer en relaciones nada amistosas, y el obispo no dudó en trasladarse a las Galias para salvar al príncipe. La posterior conducta de Justina no respondió a aquel acto de generosidad; pero años más tarde, muerta ya la madre intrigante, el joven emperador terminó por arrojarse en brazos de Ambrosio, cuyos consejos solicitó de continuo, a cuya dirección entregó el alma de sus hermanas Justa y Grata y cuyo nombre invocó con ansia los últimos días de su vida en las Galias, cuando entrevió levantarse sobre su pecho el puñal del asesino. 

Más varoniles fueron las relaciones de amistad entre el obispo de Milán y el emperador Teodosio, basadas en una perfecta compenetración de principios religiosos, que no impidieron, sin embargo, al primero reprender los desaciertos del segundo 

Todo este influjo de San Ambrosio sobre la autoridad suprema fue constantemente enderezado a los tres grandes fines que llevaba en el corazón: la destrucción del paganismo, la extirpación de la herejía y la purificación del pecado en la Iglesia. 

Porque es cierto que las instituciones y cultos paganos seguían dominando aún en gran parte de la aristocracia romana y el Senado. Un día se despertaron aterrados los círculos políticos de Roma ante el estampido de una orden imperial que ordenaba retirar del Senado la imagen de la diosa de la Victoria, aquella imagen que había presidido las deliberaciones cruciales del Estado, tan fecundas en triunfos incontrastables. Era un golpe certero asestado contra el corazón del paganismo oficial, pero al mismo tiempo representaba una herida en las más gloriosas tradiciones ancestrales. La emoción cundió entre el pueblo y la irritación entre los senadores paganos, que enviaron una comisión a Milán para entrevistarse con el emperador. Las puertas de palacio permanecieron cerradas a sus aldabonazos, y poco después se les respondía con otro decreto suprimiendo las subvenciones para el mantenimiento del altar de la Victoria, de los sacerdotes consagrados a su culto y de las vestales, custodias venerandas de la Urbe. A través de la firma imperial todos vieron el pulso firme del obispo milanés. 

De nuevo, en tiempos de Valentiniano y Justina, el prefecto de Roma, Símaco, en un elocuente discurso que ha pasado a la historia como pieza de verdadero mérito oratorio, expuso ante el Consejo imperial las conveniencias de restablecer la estatua de la diosa con sus sacerdotes y vestales. Ambrosio, advertido del asunto, escribió una réplica tan llena de nervio y vigor, que el joven Valentiniano resolvió tajantemente el asunto. Una vez más había triunfado el santo Obispo. La futura tentativa del paganizante emperador Eugenio estaba ya de antemano condenada al fracaso. El paganismo había expirado oficialmente. 

Más ardua fue la lucha contra el arrianismo. Ambrosio decidió asestarle un golpe en su centro neurálgico de Sirmio, donde florecía a favor del grupo hostil a Graciano, reunido allí en torno a Justina. Había que consagrar un nuevo obispo católico, y el de Milán se presentó allí para realizar la ceremonia y hacer sentir su influjo. Una muchedumbre con aires de motín le recibió entre gritos y amenazas, hasta el Punto que, al subir a la cátedra que le estaba reservada, una mujerzuela le agarró del manto para impedir que se sentase. “No me toquéis—le dijo con tono de majestuosa autoridad—. Soy sacerdote, aunque indigno, y no podéis poner vuestra mano en un ministro del Señor. Temed no os castigue Dios con alguna desgracia’. El pueblo quedó dominado por tanta dignidad y la ceremonia terminó sin incidentes. A los pocos días aquella pobre mujer era víctima de grave enfermedad; todos vieron en ello la mano de Dios y la paz quedó restaurada. Bajo esta impresión convocó Ambrosio un concilio en Aquilea que destituyó a los obispos arrianos aún existentes, y por el momento la herejía languideció. 

Sin embargo, le quedaban aún por reñir en este punto las batallas más violentas. Ya en el trono Valentiniano II, por instigación de los grupos recalcitrantes, y bajo el influjo de su madre, Justina, ordenó al obispo de Milán que entregase a los arrianos una de sus principales basílicas. Ante su negativa fue llamado a palacio al consistorio imperial. “Ni yo tengo poder para entregárosla ni vos potestad para tomarla”, dijo al emperador en su presencia. La disputa se encendió mientras la multitud, noticiosa del peligro de su iglesia y su pastor, clamaba amenazadora en la calle, hasta que el mismo Ambrosio, a ruegos de la alarmada Justina, calmó con sus palabras la irritación popular “Que no se vierta una sola gota de sangre en nombre de la Iglesia—-rogaba a Dios el Santo—, y, si alguna hubiese de correr, que sea más bien la mía.” 

La dignidad del obispo había triunfado sobre la del cesar. Justina no lo olvidó, y al año siguiente un decreto imperial de tonos generales y sellado con graves sanciones jurídicas daba libertad de reunión a los arrianos. Se trataba, en realidad, de intimidar a Ambrosio para que entregase sus basílicas al obispo hereje Auxencio. El Santo no se dio por aludido y la corte no osaba pasar adelante, hasta que cierto día de Cuaresma, mientras celebraba el obispo, rodearon las tropas imperiales una de las basílicas esperando la salida de los fieles para ocuparla. Ni el pastor ni sus ovejas consintieron en ceder, y durante varios días quedaron sitiados por las fuerzas militares, sin querer abandonar el lugar santo. Fue entonces cuando Ambrosio, para mantener tenso el espíritu de los cristianos allí voluntariamente encerrados, organizó cantos en coros alternos de salmos e himnos compuestos por él mismo, introduciendo de este modo en Occidente una costumbre que dura hasta nuestros días en el rezo del oficio divino. En la última alocución a los fieles allí presentes les declaró con firmeza: “Rindo mis homenajes de respeto al emperador, pero no cedo ante él. El emperador está en la Iglesia y no sobre la Iglesia”. La corte hubo de capitular, temiendo daños mayores. El arrianismo había recibido su golpe de gracia. 

No menos firme se mostró ante el crimen y los escándalos, aun cuando éstos viniesen del emperador Teodosio. Dos veces juzgó deber enfrentarse con él y no vaciló. El año 388 ciertos monjes de Oriente, respondiendo a las violencias de los arrianos, habían incendiado algunos edificios de éstos, entre los que había quedado destruida una sinagoga hebrea. Teodosio, obsesionado por la tranquilidad pública y la justicia, ordenó al obispo de aquella región que la reconstruyese a su propia costa. Inmediatamente recibía una carta del prelado milanés reprochándole aquella decisión inmotivada e impía. Manda suavizarla, pero sin dar satisfacción completa al obispo, quien, en una homilía ante el pueblo de Milán y en presencia del mismo emperador, hace alusiones claras a su proceder condenable. Teodosio se excusa recordando las mitigaciones ordenadas, ‘No basta—responde el Santo—-, obra de suerte que pueda ofrecer el sacrificio por ti, con plena seguridad de conciencia.” Tras un diálogo público entre ambos representantes de la Iglesia y del Estado, Teodosio promete la entera revocación de la orden. “Celebraré confiado en tu palabra”, dice Ambrosio. “Tú la tienes”, responde el emperador. 

Han transcurrido dos años desde este suceso cuando se promueve en Tesalónica una revuelta popular contra el cesar por haber condenado, aunque justamente, a uno de los ídolos del circo. Teodosio monta en cólera y ordena en castigo una matanza general durante una de las fiestas en el mismo circo. Trata Ambrosio de hacer revocar la orden; el emperador se resiste y cuando, al fin, promulga un decreto en contra, varios miles de inocentes han sido ya asesinados. Le exhorta inmediatamente el obispo a hacer penitencia de su pecado, como la había hecho David: caso de no aceptar la penitencia pública, como público fue su crimen, se verá privado de los sacramentos y le será cerrada la puerta de la iglesia. El emperador se somete, aun cuando no sin violenta lucha interior, y cuando, en las fiestas de Navidad, es admitido de nuevo a los oficios sagrados, se le ve presentarse sin las insignias de su poder, como un pecador público que con gemidos y lágrimas implora la absolución de su delito antes de ocupar su puesto entre los fieles. El Imperio ha doblado oficialmente su rodilla ante la Iglesia. Más tarde confesará el emperador: “No conozco sino a Ambrosio, que me ha hecho ver qué es un obispo”. 

Y, sin embargo, su figura no es la de un obispo áulico. Las puertas de su morada permanecen siempre abiertas para ofrecer paso, sin previo aviso, a cualquier creyente o pagano sin distinción. Una clientela incesante de pobres, afligidos o necesitados de consejo asedian su casa, y a nadie niega su ayuda, ya se trate de un desgraciado indeseable, ya de un genio en fermentación religiosa como Agustín. Sus arcas se vacían en favor de los pobres, y, cuando no dan abasto, los vasos de oro y otros metales preciosos son vendidos sin titubeos. 

Nada tiene, pues, de extraño que no pueda salir de casa sin que una muchedumbre agradecida y admiradora de sus virtudes le rodee, formando en torno suyo un séquito de veneración y cariño dispuesto a mezclar su sangre con la de su obispo en los momentos de peligro frente a las injusticias de Valentiniano. Bien persuadido de ello está el mismo emperador cuando, a las insinuaciones de ciertos cortesanos para que actúe contra el Santo apoyado en sus tropas, responde: “Bastaria que Ambrosio levantase un dedo para que vosotros mismos me entregaseis a sus plantas atado de pies y manos”. 

Y lo más sorprendente es que, en medio de tantos afanes y negocios, tuviera todavía tiempo para pronunciar, a veces diariamente, aquellas admirables homilías, origen de sus numerosos tratados exegéticos, que le ocasionaron frecuentes consultas escriturísticas por parte de sus contemporáneos. Conocía muy bien los resortes de la elocuencia clásica, como lo mostró en su refutación a Simaco, y dominaba las galas del estilo, como aparece en sus descripciones martiriales de Santa Inés y San Juan Bautista, dignas de cualquier antología; pero, por lo común, su oratoria era sencilla, pletórica, eso sí, de luz e impregnada de tal suavidad de lenguaje que penetraba hasta lo más profundo del aIma, según habia de atestiguar el más eximio de sus oyentes: Agustín de Tagaste. 

Pero su genio resalta, ante todo, en la unión de dos extremos opuestos, felizmente hermanados en su ascética: el sentido práctico de la vida ordinaria y la sublimación de los más altos ideales divinos. Su sentido práctico de moralista recto, a la vez, y comprensivo fue herencia de su espiritu romano, así como su principal tratado en este sector, De las obligaciones de los clérigos, fue una transcripción al cristianismo de la obra homónima de Cicerón. Las virtudes cardinales, el deber cimentado en el cumplimiento de la voluntad divina, las modalidades de ciertas virtudes, como la pudicicia, y la exposición de los consejos evangélicos adquieren en su pluma una completa nitidez de perfiles. 

Ahora que, sobre este fondo obligatorio del deber, su espíritu se remonta a las más altas cumbres del idealismo ascético. Sólo contaba tres años de sacerdocio cuando escribió para su hermana Marcelina su primera obra. Sobre las vírgenes, compilando sus homilías acerca de este tema, que su hermana no había podido oir y deseaba ardientemente conocer. Con ellas se habia dado a la pureza su más alta sublimación, y al néctar de sus mieles acudían de todas partes jóvenes escogidas deseosas de consagrar al Señor su continencia bajo la dirección del obispo milanés. Era una corriente cristalina de virginidad, desconocida hasta entonces, que se desbordaba por todo el Norte de Italia. Surgieron, como era natural, mezquinas oposiciones. De ahí que un año más tarde hubo de recoger en otro librito, Sobre la virginidad, los sermones pronunciados para defenderse a si mismo y vindicar los derechos de la pureza contra madres doloridas o futuros esposos que veían defraudadas las ilusiones de su cariño. Aún nos había de legar otros dos escritos, uno Sobre la formación de la virgen y la perpetua virginidad de María, dirigido a una joven lombarda de su mismo nombre, nieta de su amigo Eusebio de Bolonia, y el otro la sentida Exhortación a la virginidad, pronunciado en la inauguración de una basílica, cuya fundadora, viuda noble de Florencia, consagraba sus tres hijas vírgenes al Señor. El Occidente había alcanzado su cima más alta en la sublimación ascética de la continencia. 

Vista la facilidad con que el espíritu jurídico-práctico de un romano como Ambrosio supo, sin embargo, elevarse a las regiones más empíreas de lo divino, no puede ya extrañarnos descubrir en él al iniciador de la poesía himnológica cristiana, que habían de levantar poco después a tan alto esplendor el español Prudencio y el francés Venancio Fortunato, ambos, por cierto, cantores de la virginidad. Los himnos de San Ambrosio figuran todavía hoy en el rezo del Breviario. 

El año 395 pronunciaba el santo obispo la oración fúnebre en los funerales de Teodosio el Grande, que venían a ser también los del Imperio romano. Era el canto del cisne de Ambrosio, que dos años más tarde moría contemplando con tristeza la descomposición del poderío secular de Roma, pero habiendo llevado a feliz término la empresa de inocular los espíritus vitales de la grandeza romana en la savia renovadora del cristianismo. 

 

FRANCISCO DE B. VIZMANOS, S. I.

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San Nicolás de Bari

SAN NICOLÁS DE BARI
(+ siglo IV)

San Nicolás de Bari vivió, según cálculos aproximados, desde el año 280 al 345. Se sabe de cierto que hacia la época del concilio de Nicea (325) era obispo de Mira, diócesis del Asia Menor. Es probable, aunque no está probado, que asistiera al concilio. Murió en la capital de su diócesis y fue sepultado en la catedral. En el año 1087 sus restos fueron trasladados a Bari, en Italia. 

Si tuviéramos que atenernos a lo históricamente demostrado, podríamos terminar aquí. Pero hay un gran hecho histórico que no se puede desconocer: la devoción a San Nicolás de Bari, intensa y extensa. Podríamos decir que, si los milagros abundantísimos que se atribuyen a San Nicolás no están probados, sí lo está el milagro patente de que sea el Santo de iconografía más numerosa, de tal modo que las imágenes de San Nicolás sólo ceden en número a las de la Santísima Virgen. Los marineros del Mediterráneo oriental le veneran como patrono. Los niños de muchos países esperan de él los juguetes. Y Nicolás quiere decir en griego “vencedor de pueblos”. Si no tenemos una biografía suya hasta cinco siglos después de su muerte (847), y en ella hay más devoción entusiasta que documentación histórica, poseemos una tradición ininterrumpida que nos autoriza a trazar aquí la biografía popular entrañable del Santo de Mira y de Bari. 

En este relato tradicional puede efectuarse una discriminación que separe lo probable o admisible de lo improbable y absurdo. Que sus padres se llamaron Epifanio y Juana se puede admitir. Es pura leyenda que se tratase de un matrimonio estéril al que un ángel se apareció anunciándoles el nacimiento de un hijo llamado a la santidad. Se quiere que esta vocación fuese tan fuerte que el recién nacido se apartaba del pecho nutricio los días de ayuno. La imaginación popular se ha recreado con esta imagen y la misma actitud ha sido atribuida a otros santos. 

Temprana y ejemplar devoción juvenil, encendida caridad, que se manifiesta desde la infancia. ¿Por qué no? Que su caridad moviese a Dios a un gran milagro en plena juventud de Nicolás y en la ciudad de Pátara, donde se afirma que nació, ya pertenece a una leyenda piadosa un poco excesiva. Al dirigirse Nicolás al templo, según esta leyenda, una pobre paralítica le pidió limosna. Pero el Sauto había repartido ya todo lo que llevaba, y entonces, elevando los ojos al cielo y orando internamente con brevedad, dijo a la paralítica: “En el nombre de Jesús, levántate y anda”. Y al momento recobró la pobre mujer el uso de sus miembros paralizados. 

De los hechos de la vida del Santo, el más difundido y el más generalmente aceptado por doquiera no es milagroso de suyo, aunque sí muestra de generosa y encendida caridad. Había en Pátara, según se dice, un hombre rico venido a menos que tenía tres hijas muy hermosas a las que no podía casar por falta de dote. Y el hombre fue tan ruin que maquinó el prostituir a sus bellas hijas para obtener dinero. Súpolo Nicolás—no es necesario admitir que por especial revelación divina, como quieren algunos—y, deslizándose en el silencio de la noche hasta la casa donde habitaban el padre y las hijas, arrojó por la ventana de la alcoba del hombre una bolsa de oro. Se retiró sin ser oído. Al día siguiente el hombre, con enorme regocijo, abandonó su criminal idea y destinó aquel oro a dotar a una de las muchachas, que inmediatamente se casó. El Santo, al advertir el excelente fruto conseguido, repitió su excursión nocturna y dejó otra bolsa. Y éste fue el dote de la segunda de las jóvenes. Nicolás repitió el donativo la vez tercera, pero en esta ocasión fue sorprendido por el padre, arrepentido ya de sus malos pensamientos, que se explayó en manifestaciones de gratitud y de piedad. Por él se supo lo ocurrido y que había sido Nicolás el generoso donante. Como la tradición quiere que las tres veces que el Santo dejó la bolsa ocurriera el hecho en lunes, en esto se funda la devoción de los tres lunes de San Nicolás. 

Se afirma que el Santo perdió a sus padres siendo aún muy joven y que, sintiendo vivamente la vocación sacerdotal, acogióse al amparo de un tío suyo, que le precedió en la silla episcopal de Mira. Este último detalle no puede darse como cierto. Ni tampoco que, una vez sacerdote, se le confiase la abadía del monasterio de Sión. Y en cuanto a la peregrinación a Tierra Santa, que efectuó poco despues, parece que existe una confusión entre San Nicolás de Bari y otro Nicolás, también obispo, que rigió la diócesis de Pinara en el siglo VI. En los primeros textos biográficos de los siglos IX y X, los dos obispos del mismo nombre aparecen confundidos, pero la moderna investigación ha puesto de relieve la existencia del segundo, que había sido negada. 

Sobre la designación de San Nicolás para la silla episcopal de Mira, hecho histórico indudable, flota también una admisible leyenda piadosa. Se afirma que, no llegando a un acuerdo los electores, un anciano obispo, sin duda por inspiración divina, propuso que se designara al primer sacerdote que entrase en el templo a la siguiente mañana. Este sacerdote fue San Nicolás, que tenía costumbre de celebrar muy a primera hora. Pareció con esto que el dedo de Dios lo señalaba, y fue electo y consagrado obispo de Mira, sede que ocupó hasta su muerte. 

La ceremonia de la consagración se completa con un nuevo milagro sumamente dudoso, pero que citamos porque en él se funda la devoción de los que consideran a San Nicolás como abogado especial para casos de incendio. Quiere la tradición que, hallándose el nuevo obispo vestido de pontifical, penetrase en el templo una infeliz mujer que llevaba en brazos a un niño muerto abrasado. Lo depositó sin decir palabra a los pies del obispo, el cual oró brevemente, obteniendo del poder de Dios que el pobre niño volviese a la vida. 

¿Fue martirizado San Nicolás durante la persecución del 319? ¿Estuvo en el concilio de Nicea? He aquí dos cuestiones dudosas históricamente, aunque en el terreno tradicional y devoto se contestan en sentido afirmativo. Se asegura que el obispo de Mira fue encarcelado por Licinio y sometido a tortura en la prisión, de lo que le quedaron cicatrices gloriosas, que mostró después en Nicea y que besó Constantino en la recepción final a los obispos concurrentes. 

Pero no es nada seguro que San Nicolás estuviese enNicea. Si, por una parte, nos sentimos inclinados a admitir que estuvo por la sencilla razón de que acudieron allí más de 300 obispos y se cuentan de fijo entre ellos casi todos los del Asia Menor, por otra hay que reconocer que, si estuvo, no se distinguió ni singularizó en nada, ni figura en la larga lista de prelados a los que se confió la difusión de los acuerdos del concilio. No hay que decir que es un puro absurdo la anécdota de San Nicolás en Nicea, dándole un bofetón a Arrio. Lo probable es tal vez que, siendo la diócesis de Mira la menos contaminada por el arrianismo, San Nicolás, por esa razan o la que fuese, no acudió a Nicea. 

Lo cual no impide que, en su viaje de ida al concilio, se sitúe el menos admisible y más burdamente popular de sus milagros, que debemos referir a pesar de todo, porque es la leyenda que mas influencia ha ejercido sobre la iconografía de San Nicolás. En la mayoría de las estampas e imágenes aparece San Nicolás al lado de una especie de cubo, del cual salen tres niños en ademán de orar y dar las gracias. Esto alude a una conseja atroz, a la que no se concede el menor crédito histórico. Pretende que, yendo San Nicolás camino de Nicea para asistir al concilio acompañado de Eudemo, obispo de Pátara, y tres sacerdotes más, se detuvieron al caer de la tarde en un mesón o ventorro donde determinaron pasar la noche. Al servirles la cena el ventero puso sobre la mesa una fuente llena de tasajos, al parecer de atún en escabeche. Dispúsose San Nicolás a echar la bendición, y en el mismo instante se le reveló que aquellos tasajos no eran de otra cosa que de carne humana. El ventero era un asesino que, de vez en cuando, mataba a un huésped y salaba la carne, que ofrecía después a otros. Las últimas víctimas habían sido tres adolescentes, que yacían ahora—si a eso puede llamarse yacer—despedazados en una cuba, San Nicolás acusó al ventero de su horrendo crimen y, como el mal hombre la quiso negar, el Santo conminó a todos a que le acompañasen a la bodega o despensa, donde, puesto en oración frente a una cuba, salieron de ella los tres muchachos vivos, que dieron gracias al Santo por su intercesión. 

Registrado este milagro apócrifo para explicar al lector el sentido de la más acostumbrada representación de San Nicolás, nos queda por decir que el obispo vivió santamente hasta los sesenta y cinco años de edad y que se da como fecha de su muerte el 6 de diciembre del 345. Enterrado en la iglesia de Mira permaneció el cuerpo de San Nicolás por espacio de setecientos cuarenta y dos años, hasta que, habiendo pasado la ciudad y todo aquel territorio a manos de los sarracenos, cundió en las poderosas ciudades italianas, donde la devoción al Santo era muy viva, el propósito de realizar una expedición para el rescate de sus restos mortales. Donde más intensamente arraigó el propósito fue en Venecia y en Bari. Los de está última ciudad dieron cima a la empresa utilizando un barco que en apariencia iba a llevar trigo a Antioquía. Lograron apoderarse de la venerada reliquia y desembarcar con ella en Bari el 9 de mayo de 1087. Allí reposan desde entonces los restos del Santo, que por eso es llamado de Bari, y la ciudad es centro de peregrinaciones de devotos de todas partes. Es santo Patrono de Rusia, cuyo último zar llevó su nombre y donde la Iglesia cismática celebra la fiesta de la traslación de San Nicolás. El número de rusos que afluían a Bari antes del comunismo era tal, que hubo en la ciudad italiana una hospedería y un hospital moscovitas. 

San Nicolás es patrono de marinos y navegantes, porque se cuenta que en una ocasión aquietó las olas enfurecidas, salvando un barco próximo a zozobrar. Y es él, bajo su propio nombre en países católicos, y como la mítica figura de Santa Claus (Saint Nicholas—Sint Klaeg— Santa Claus ) entre protestantes, quien trae juguetes a los niños. Ha resultado, en verdad, “vencedor de pueblos’ por la universalidad de la devoción que inspira.

 

NICOLÁS GONZÁLEZ RUIZ

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San Sabas

San Sabas, Abad

Sabas es el fundador de la llamada Grande Laura al lado del valle de Cedrón, a las puertas de Jerusalén. Había nacido en Mutalasca, cerca de Cesarea de Capadocia, en el 439, y después de pasar algún tiempo en el monasterio de su pueblo, en el 457 se trasladó al de Jerusalén fundado por Pasarión, pero éste no satisfizo sus aspiraciones. Y al contrario de muchos monjes que abandonaban su convento para correr a las grandes ciudades a llevar una vida poco edificante, Sabas, deseoso de soledad, durante una permanencia en Alejandría pidió y obtuvo el permiso para retirarse a una gruta, con el compromiso de regresar todos los sábados y domingos a hacer vida común en el monasterio.
Cinco años después, de regreso en Jerusalén, fijó su domicilio en el valle de Cedrón en una gruta solitaria, a donde entraba por una pequeña escalera hecha con lazos. Por lo visto, esa escalera reveló su escondite a otros monjes deseosos como él de soledad, y en poco tiempo, como en un gran panal, esas grutas inhóspitas en la pared rocosa se poblaron de solitarios pero no ociosos habitantes.

Así nació la Grande Laura, esto es, uno de los más originales monasterios de la antigüedad cristiana. Sabas, con mucha paciencia y al mismo tiempo con indiscutible autoridad, gobernó ese creciente ejército de ermitaños organizándolos según las reglas de vida eremítica ya establecidas un siglo antes por San Pacomio. Para que la guía del santo abad tuviera un punto de referencia en la autoridad del obispo, el patriarca de Jerusalén lo ordenó sacerdote en el 491. Sabas, a pesar de su predilección por el total aislamiento del mundo, no rehuyó sus compromisos sacerdotales. Fundó otros monasterios, entre ellos uno en Emaús, y tomó parte activa en la lucha contra la herejía de los monofisitas, llegando al punto de movilizar a todos sus monjes en una expedición para oponerse a la toma de posesión de un obispo hereje, enviado a Jerusalén por el emperador Anastasio.
Ante el emperador de Constantinopla, San Sabas puso en escena una representación de mímicas para demostrar con la evidencia de las imágenes coreográficas la triste condición del pueblo palestino agobiado por pesados impuestos y uno en particular, que perjudicaba a los comerciantes, pero sobre todo al pueblo.

Cuando murió, el 5 de diciembre del 532, toda la región quiso honrarlo con espléndidos funerales. En Roma, en el siglo VII, por obra de los monjes griegos surgieron sobre el monte Aventino un monasterio y una basílica dedicados a su memoria, del que toma el nombre el barrio.

Fue uno de los santos más influyentes y significativos del anacoretismo en Oriente.

Autor: P. Ángel Amo

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