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Archive for the ‘Alfonso María de Ligorio’ Category

Nos encontramos en el año 1696, de nuestra era, el 27 de septiembre, día dedicado a los gloriosos mártires Cosme y Damían, nace Alfonso de Ligori, en Nápoles (Italia). Sus padres fueron José De Ligorio (un noble oficial de la marina) y de la noble Ana De Cavalieri. El hombre tuvo un destino fuera de serie. Nacido en la nobleza napolitana e hijo de militar, alumno superdotado, atraído por la música, la pintura el dibujo, la arquitectura. Su nombre viene de dos raíces germánicas: addal, hombre de noble origen, y funs, pronto al combate. Alfonso era noble por nacimiento, sí: pero mucho mejor, caballero de Cristo, siempre pronto y en la brecha para los combates de Dios…

Alfonso fue un hombre de una personalidad extraordinaria: noble y abogado; pintor y músico; poeta y escritor; obispo y amigo de los pobres; fundador y superior general de su congregación; misionero popular y confesor lleno de unción; santo y doctor de la Iglesia.

Hay que mi admirar los múltiples talentos que tenía Alfonso y la fuerza creadora que poseía. A los 12 años era estudiante universitario y a los 16 era doctor en derecho, es decir, abogado. Como misionero popular y superior general de su Congregación y obispo, llevó a cabo una gran labor, a pesar de su delicada salud. Desde los 47 a los 83 años de su vida, publicó más o menos 3 libros por año.

En su vida particular Alfonso vivió actitudes que podemos interpretar como protesta frente a la corrupción de su medio ambiente. Con su estilo de vida ejerció una fuerte crítica de su tiempo y de su sociedad.

En un sistema de profundas diferencias de clase renunció a los privilegios de la nobleza y a sus derechos de ser primer hijo, es decir, primogénito.

A finales de julio de 1723, en un día de calor intenso y pegajoso, Alfonso se dirige al Palacio de Justicia de Nápoles. Se celebrará el juicio más sonado del reino entre dos familias: los Médici y los Orsini. Las dos familias quieren para sí la propiedad del feudo de Amatrice. Estaba en juego una gran cantidad de dinero.

Alfonso es un joven abogado de 26 años de edad. Los Orsini lo han elegido para su defensa por una sola razón: es competente y ha ganado todas las causas.

Se ha preparado muy bien, ante el tribunal defiende la causa con maestría. Está seguro que defiende la justicia. A pesar de eso, Alfonso es derrotado, pero se da cuenta de que el origen de esta sentencia está en las maquinaciones políticas e intrigas políticas (cosas desconocidas para nosotros hoy).

Como herido por rayo, el abogado de manos limpias queda por un momento estupefacto. Después rojo de cólera, lleno de vergüenza por la toga que lleva, se retira de la sala de justicia, profundamente desilusionado, sus palabras de despedidas quedaron para la historia: “¡Mundo, te conozco!… ¡Adiós, tribunales!”. No vive este acontecimiento, decisivo en su vida, desde la agresividad y la frustración, al contrario, los asume como fecundidad, siembra y profundización interior, se retira, eso sí lo tiene muy claro. Y al hacerlo toma una opción personal radical: se niega a la corrupción, rechaza que el hombre se realice manipulando o dejándose manipular y elige una forma nueva de libertad y liberación, el seguimiento de Jesús.

Profundamente conmovido Alfonso se va a visitar a sus amigos, los enfermos del “Hospital de los incurables”. Mientras atendía a los enfermos se ve a sí mismo en medio de una grata luz… Parece escuchar una sacudida del gran edificio y cree oír en su interior una voz que le llama personalmente desde el pobre: “Alfonso, deja todas las cosas ven y sígueme”.

Tras la renuncia de los tribunales, Alfonso estudia unos años de teología y recibe el sacerdocio el 21 de diciembre de 1726, en la Catedral de Nápoles, tenía 30 años de edad. Se hace sacerdote en contra de un padre autoritario, como don José, con asombro lo descubre muy pronto en los barrios marginados evangelizando a los analfabetos con sorprendentes predicaciones

En una de sus muchas misiones Alfonso cae enfermo. Ante la gravedad de la situación, los médicos intervienen y le exigen un largo descanso en la sierra. Elige la zona de Amalfi, costera y montañosa a la vez. Fue con un grupo de amigos. Quiere aprovechar el descanso para vivir intensamente la amistad y la oración en común.

Cerca de Amalfi está Scala, un lugar precioso a medio camino entre la playa y la altura de la sierra. Más arriba de Scala, está Santa María de los Montes, una pequeña ermita. A Alfonso le gustó. Era bueno compartir la amistad y la oración en casa de María de Nazaret.

Alfonso y sus amigos se ven sorprendidos por los pastores y cabreros que vienen a pedirles la palabra de Dios. Es el momento clave en la vida de Alfonso. Ahora más que nunca descubre, de verdad que el Evangelio pertenece a los pobres y que ellos lo reclaman como suyo. Y decide quedarse con ellos para dárselo a tiempo completo.

Nos encontramos en el año 1730. Alfonso decide por vez primera, reunir una comunidad consagrada a la misión de los más pobres. En los primeros días de noviembre de 1732 Alfonso deja definitivamente la ciudad de Nápoles y en burro parte para Scala para reunirse con su primer grupo de compañeros, quienes habrán de ser los Redentoristas. Son unos días de intensa oración y contemplación. Sabe que la redención abundante y generosa es un don gratuito y se abre a él en disponibilidad plena.

El día 9 de noviembre de 1732 nace la congregación misionera del Santísimo Redentor, mejor conocido como los Misioneros Redentoristas. No es fácil fundar una congregación religiosa en el reino de Nápoles en el siglo XVIII. Hay demasiados diocesanos y religiosos y muchos conventos en este país pobre y mal administrado

Desde el 9 de noviembre de 1732 hasta la Pascua de 1762, cuando es nombrado obispo, pasan 30 años felices en la vida de Alfonso dedicado a la misión, la dirección de su grupo y a la publicación de sus obras.

Alfonso muere en Pagani, el día 1 de agosto de 1787, a la hora del ángelus. Tenía más de 90 años. Fue beatificado en 1816, canonizado en 1831 y proclamado doctor de la Iglesia en 1871.

Alfonso solía decir que la vida de los sanos es Evangelio vivido. Esto se lo podemos aplicar a él mismo. Sus ejemplos inquietan y arrastran. ¡A veces nos asusta enfrentarnos a un hombre como éste, que era capaz de vivir tan radicalmente el Evangelio!

Hoy, los Misioneros Redentoristas, continuamos anunciando el misterio gozoso de la redención abundante y generosa en toda la Iglesia. Los redentoristas, como Alfonso, no somos propagandistas de una doctrina, somos testigos de Cristo que viene al encuentro de la humanidad.

Sus seguidores

Alfonso murió. Su sueño, sin embargo, continúa vivo en la vida de sus seguidores. Especialmente debido a la labor de Clemente María Hofbauer, los redentoristas se esparcen por el mundo entero. En ellos, el Redentor continúa derramando vida en el corazón de los que no cuentan para el mundo y en el de los abandonados. La Congregación del Santísimo Redentor es lugar y presencia donde el Redentor prosigue su misión: “He sido enviado a evangelizar a los pobres”.

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Sabiduría y discernimiento

Sabiduría y discernimiento

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p style=”text-align:justify;”>Sabiduría y discernimiento


 

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p style=”text-align:justify;”>Alfonso María de Ligorio vivió en los años 1696-1787. 



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p style=”text-align:justify;”>Fue napolitano de nacimiento en ilustre familia. Orientado hacia la carrera de Leyes, en su juventud estudió intensamente.



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p style=”text-align:justify;”>Dicen las crónicas que, al final de la carrera, y dado el ambiente en que se movía, tenía gran porvenir humano. Por ello, comenzó a ejercer la abogacía con ilusión, y alcanzó notable prestigio. Pero a medida que aumentaba su experiencia y conocía los intereses del hombre y de la sociedad, fue percibiendo muy claro que por aquel camino él no llegaría a sentirse feliz. Algo le inducía a pensar que su vocación definitiva iría por otros derroteros, todavía confusos.



Dejó, pues, obrar a Dios, y, tras madura deliberación, optó por desistir del servicio a la sociedad por medio del bufete de abogados, y se determinó a emprender la carrera sacerdotal. Ordenado sacerdote, y entregado a nuevo proyecto de vida, comenzó a gustar la felicidad, y se puso al servicio de la enseñanza, de la palabra, de la bendición y del libro. Todo a la vez. No era hombre de medias tintas.

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Las cosas y su programa de acción apostólica y docente le salieron muy, y su acción contagiosa atrajo hacia él un grupo de maestros y apóstoles. Ellos fueron la semilla de una gran obra eclesial religiosa: la Congregación del Santísimo Redentor, redentoristas, hoy dispersa por todo el mundo.

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El magisterio de san Alfonso tuvo una vertiente doctrinal en Teología Moral, pues su juicio de conciencia fue tan certeros que durante muchos años, tratándose de la orientación de las conciencias, su dictamen se tomó como una pauta siempre luminosa, utilizable con provecho por los demás; y tuvo también otra vertiente espiritual, de mística unión con Dios. 



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p style=”text-align:justify;”>En su memoria, rumiemos este párrafito de su Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo: 

‘Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro sumo bien, nuestro redentor.

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La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.

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¿Por ventura no merece eso Dios, nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. ‘Considera, oh hombre –así nos habla-, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo’.

Dominicos

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Alfonso María de Liborio

Alfonso María de Liborio

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

(† 1787)

Nace en Marianella de Nápoles en 1696. Primer vástago de don José de Ligorio y doña Ana Cavalieri, de vieja sangre napolitana. Desde su misma cuna lleva el signo y la misión de su vida. “Este niño llegará a viejo, será obispo y realizará grandes obras por Jesucristo”, profetizó de él un santo misionero.

La instrucción y formación de Alfonso es la del noble de su siglo. A los siete años estudia humanidades clásicas. A los doce se matricula en la universidad. A los dieciséis es revestido con la toga de doctor en ambos Derechos. Completan su formación el estudio de las lenguas modernas, la esgrima y las artes, particularmente la música y pintura, que más tarde pondrá al servicio del apostolado. Alfonso encarna el joven noble del siglo, educado para vivir, disfrutar y triunfar en el mundo. Hay en sus obras y vida pasajes que recuerdan este aspecto mundano de su formación. El Santo nos dirá “que en todo esto no hacía más que obedecer a su padre”.

La formación religiosa y moral de la niñez y adolescencia la comparten su padre, que le da la seguridad y tenacidad de ideas, la fuerza de la voluntad; su madre, de la cual hereda su exquisita sensibilidad, y el Oratorio de los nobles de San Felipe Neri. Aquí ingresa a los nueve años, haciendo la comunión al año siguiente. Aquí encuentra el ambiente propicio y un director para sus años de adolescente en la persona del padre Pagano. “Cuando un seglar me pregunta cómo se ha de santificar en el mundo, le respondo: Hazte congregante y cumple con la Congregación”, escribirá siendo misionero y recordando los años pasados en la Congregación de nobles y de doctores.

Los años que corren entre los dieciséis y veintiséis (1713,1723) marcan su decenio más interesante y crucial. Alfonso entra de lleno en el mundo. Después de tres años de ampliación de estudios empieza su vida de abogado y va conquistando distinguida clientela. Frecuenta el teatro y los salones. Su padre ha creído llegada la hora de casarlo con la hija de los príncipes de Presicio. Es un partido ventajoso que propone a Alfonso mientras éste se mantiene entre indiferente y “lunático”. Sigue una vida de sociedad intensa, querida y mantenida por su padre. Todavía vuelve éste a la carga, presentándole ahora la hija de los duques de Presenzzano. Ha decidido encumbrar a su hijo Alfonso, con la gloria de la sangre y de la nobleza. No lo conseguirá Alfonso había vencido por primera vez.

Todo este mundo napolitano, paraíso de diablos, como le llamó un turista de la época, no hizo cambiar en nada la vida de piedad de Alfonso. Nos dice él que, gracias a la visita al Santísimo, pudo dejar el mundo. Jesús sacramentado le enseñó la vanidad de las cosas. “Créeme, todo es locura: festines, comedias, conversaciones…, tales son los bienes del mundo. Cree a quien de ello tiene experiencia y llora su desengaño”. Todos los años practica los ejercicios espirituales en completo retiro. Recordará siempre los ejercicios del año 1722, en que el padre Cútica presenta ante los ejercitantes un cuadro impresionante de Cristo crucificado en el que aparecen impresas las manos de un condenado. Frecuenta asiduamente la Congregación de doctores, en la que trabaja enseñando el catecismo y visitando enfermos. Por esta época su sola presencia convierte a un criado de su casa, musulmán. “La fe del señor tiene que ser la verdadera, pues su conducta es la mejor prueba”, fue la razón que dio.

A esta edad de veintiséis años ha llegado Alfonso a unas cuantas ideas fijas que le preocupan: el pecado, la conciencia, el mundo, la salvación del alma. Es un introspectivo terrible. Estas ideas ya no le dejarán en toda la vida. Abundan los testimonios de este primer contacto con el mundo que nos lo presentan insatisfecho. “Amigo —dice un día a un compañero de profesión—, corremos el riesgo de condenarnos.” Esta insatisfacción y desasosiego culminará en aquel desahogo o comprobación de lo que ya estaba convencido: “¡Oh mundo, ahora te conozco bien!”.

En efecto, este mismo año comprueba definitivamente lo que es el mundo. Pierde el célebre pleito entre el duque de Orsini y el gran duque de Toscana. Es un fracaso ruidoso que todo Nápoles vive y comenta. El suceso local de 1723, que diríamos hoy. Alfonso lo siente en lo más vivo. Llora encerrado durante tres días, sin querer probar bocado. Pero de esta encerrona no sale el resentido del mundo, sale el convencido y resuelto a dejar los tribunales y a dar una orientación más alta a su vida. Pasan unos meses de tremenda lucha interior, meses de espera de algo definitivo, porque “así no se puede vivir”.

Dios estaba esperándole detrás de todo esto. Un día, cuando visitaba a los enfermos en el hospital de los incurables, oyó una voz, dirigida a él. Le llamaba por su nombre: “Alfonso, deja el mundo y vive sólo para mí”. Salió corriendo del hospital. En la puerta vuelve a oír las mismas palabras: “Alfonso, deja…” Rendido a la evidencia exclama: “Señor: ya he resistido bastante a vuestra gracia. Heme aquí. Haced de mí lo que queráis”.

En su camino encuentra la iglesia de la Merced. Entra, se arrodilla y hace voto de dejar el mundo. Se dirige luego al altar de Nuestra Señora y en prenda de su promesa deja allí su espada de caballero. Tenía ahora que ganar su segunda batalla con su padre. No sería fácil.

En este momento decisivo se dirige a su director, padre Pagano, quien aprueba su voto de dejar el mundo. ¿Y su padre? Cuando Alfonso, tembloroso, le comunica su resolución, su padre esgrime el mejor argumento: las lágrimas. No lo había usado nunca. Se le echa al cuello y, abrazándole, le dice: “Hijo, hijo mío, ¿me vas a abandonar?” Tres horas duró esta lucha de la sangre y el espíritu. Termina con la victoria del hijo. Alfonso viste el hábito eclesiástico en 1723, a la edad de veintisiete años. Tres años más tarde sube al altar. Estos tres años de estudio ha estado en contacto con excelentes profesores de teología y moral que siempre recordará con afecto, ha trabajado en parroquias y, sobre todo, ha vivido en un ambiente, en la Congregación de la Propaganda, en que se cultivan las virtudes clericales.

Ahora con la ordenación se abre la puerta a la actividad apostólica. Siguen dos años de experiencias y gozos sacerdotales en los suburbios de Nápoles y en los pueblos y aldeas del reino. Su experiencia mejor en este período son las capelle serotine o reuniones al aire libre con gente de los barrios bajos para enseñarles el catecismo. Como miembro de las Misiones apostólicas se lanza en seguida al campo de las misiones y predicación, orientando en esta dirección definitivamente su vida.

Este mismo ambiente misionero precipita su vocación de fundador. En 1732 se encuentra con unos compañeros en las montañas de Amalfi. Aquí capta por sí mismo el estado de abandono religioso de cabreros y campesinos. Y aquí hace suyo el lema evangélico: “He sido enviado a evangelizar a estos pobres”.

La intervención sobrenatural se deja sentir otra vez. Dios le quería fundador y maestro de misioneros. Así lo había manifestado a una santa religiosa, la venerable sor Celeste Crostarosa, que vivía en Scala, centro de irradiación de los misioneros. Asesorado por su director y seguido de algunos compañeros, funda el 9 de noviembre de 1732 la Congregación del Santísimo Redentor. Su fin será “seguir a Jesucristo por pueblos y aldeas, predicando el Evangelio por medio de misiones y catecismos”. Una tarea exclusivamente apostólica. Excluye desde el primer momento toda otra obra que le impida seguir a Cristo predicador del Evangelio en caseríos y aldeas.

Se abre ahora la época más fecunda y plena de Alfonso. Durante más de treinta años recorre las provincias del reino con sus equipos de misioneros, que distribuye por todos los pueblos. Toma por asalto pueblos y ciudades y no sale de allí hasta después de doce, quince días y un mes, Mantiene con sacerdotes, párrocos, obispos y misioneros una correspondencia numerosa que nos lo hace presente en todas las misiones. No faltan en ella detalles de organización, de enfoque, de preparación de la misión. Le preocupa dotar a su Congregación de un cuerpo de doctrina orgánico y definido de misionar. Lo va perfilando en sus circulares, en el Reglamento para las Santas Misiones, los Ejercicios de la Santa Misión y en sus célebres Constituciones del año 1764, que encauzan la actividad y espíritu misionero alfonsino. Tannoia nos ha dejado en sus Memorias la actividad misionera de San Alfonso año tras año. Resulta sencillamente sorprendente.

Descubrimos también en esta época al escritor. La pluma es su segunda arma, más poderosa y permanente que la palabra. Está convencido de que el pueblo necesita mucha instrucción religiosa, necesita, sobre todo, aprender a rezar y meditar. Para el pueblo van saliendo las Visitas al Santísimo y Las Glorias de María, libros clásicos en el pueblo cristiano. Siguen la Preparación para la muerte, el Gran medio de la oración, Práctica del amor a Jesucristo e infinidad de opúsculos que va regalando en sus misiones. Con la Teología moral, la Práctica del confesor, el Homo Apostolicus y otros estudios de apologética se descubre San Alfonso como el moralista y el gran maestro de la pastoral de su tiempo. Sólo con un voto de no perder un minuto de tiempo y una gran capacidad de trabajo pudo escribir en estos cuarenta años de su plenitud más de ciento veinte obras.

En 1762 es nombrado obispo de Santa Agueda de los Godos. Su pontificado dura hasta 1775. Durante este tiempo lleva por dos veces la Santa Misión a todos los pueblos de la diócesis. El mismo predica el sermón grande de la Misión, o el de la Virgen. Todos los sábados predica en la catedral en honor de Nuestra Señora. Reforma el seminario y el clero. Para los pobres que le asedian vende su coche y anillo. Prosigue su actividad literaria, dirigida ahora a deshacer los ataques de la nueva filosofía contra la fe, la Iglesia y el Papa. Sus pastorales son modelo de preocupación pastoral por los problemas del clero y de los fieles. Su defensa de la Iglesia es constante y eficaz: habla y actúa en favor de la Compañía de Jesús, asiste por un prodigio extraordinario de bilocación a la muerte de Clemente XIII, atormentado en esta hora. Mientras todas las cortes de Europa presionan y persiguen a la iglesia, no cesará de pedir oraciones a los suyos y repetir: “¡Pobre Papa, pobre Jesucristo!”.

Tras repetidas instancias el papa Pío VI le alivia de su cargo pastoral en 1755. Vuelve a los suyos pobre, como pobre había salido, según reza el Breviario. Se recluye en su casa de Pagani para esperar la muerte. La estará esperando todavía doce años entre achaques que van desmoronando su cuerpo. Este período significa el eclipse de una vida entre resplandores de ternura, devoción, ingenuidad inefables. En esta postración obligada siente la sequedad, el abandono de Dios que había sentido de joven. Experimenta también el gozo y la exaltación de las realidades sobrenaturales. Las anécdotas abundan: “Hermano, yo quiero ver a Jesús; bájeme a la iglesia, se lo suplico”. Monseñor —dice el hermano—, allí hace mucho calor.” “Sí, hermano, pero Jesús no busca el fresco.” Otro, día: “Hermano, ¿hemos rezado el rosario?” “Sí, padre.” “No me engañe, que del rosario pende mi salvación.”

La prueba más dura viene con la persecución y división de su Congregación. El será separado y excluido temporalmente de ella. Mientras se hace la verdad espera repitiendo: “Voluntad del Papa, voluntad de Dios”.

Muere en Pagani el miércoles 1 de agosto de 1787, al toque del Angelus. Tenía noventa años, diez meses y cinco días. Tannoia, su secretario, hace de él este retrato:

“Era Alfonso de mediana estatura, cabeza ligeramente abultada, tez bermeja. La frente espaciosa, los ojos vivos y azules, la nariz aquilina, la boca pequeña, graciosa y sonriente. El cabello negro y la barba bien poblada, que él mismo arregla con la tijera. Enemigo de la larga cabellera, pues desdecía del ministro del altar. Era miope, quitándose los lentes siempre que predicaba o trataba con mujeres. Tenía voz clara y sonora, de forma que, aunque fuese espaciosa la iglesia y prolongado el curso de las misiones, nunca le faltó, aun en su edad decrépita. Su aire era majestuoso, su porte imponente y serio, mezclado de jovialidad. En su trato, amable y complaciente con niños y grandes.

Estuvo admirablemente dotado. Inteligencia aguda y penetrante, memoria pronta y tenaz, espíritu claro y ordenado, voluntad eficaz y poderosa. He aquí las dotes con que pudo llevar a cabo su obra literaria y hacer tanto bien en la Iglesia de Cristo” (TANNOIA, Vita, IV c.37).

“En su larga carrera no hubo minuto que no fuera para Dios y para trabajar en su divina gloria. Juzgaba perdido todo lo que no fuera directamente a Dios y a la salvación de las almas” (TANNOIA, ib.).

Este testimonio explica la clave de la vida de Alfonso; la gloria de Dios por la salvación de las almas. Es un hombre que busca en todo lo esencial. Todo lo que no va a Dios y a las almas le estorba. Esto explica sus votos de hacer lo más perfecto y de no perder un minuto de tiempo. Parece que tiene prisa y le falta tiempo para estas dos grandes ideas: Dios y las almas.

Sus cuadernos espirituales, notas y cartas nos lo muestran preocupado de su perfección. Controla sus movimientos hasta el exceso. Consulta siempre con sus directores las cosas de su alma. Desde su niñez hasta su muerte seguirá fiel al director.

La austeridad y medida exacta de sus movimientos no han secado su corazón y su sensibilidad. Se acerca a Dios con la mente y el corazón. Jesucristo, imagen del Padre, le ofrece la manera de acercarse totalmente a Dios. Recorre todas las etapas de la vida del Señor, lleno de amorosa ternura en las Meditaciones de la Infancia y de la Pasión del Señor. Insiste en la parte que tiene el corazón y los afectos en la vida espiritual, porque el corazón manda. “Amemos a Jesús. ¡Qué vergüenza si en el día del juicio una pobre vieja ha amado a Jesús más que nosotros!” Esta ternura afectiva no tiene otro fin que adentrarnos en Jesús para conocerlo e imitarlo. El amor es en San Alfonso principio de conocimiento e imitación en cuanto el amor nos acucia y estimula a asemejarnos al amado.

Este mismo lenguaje de ternura y confianza emplea con María. Para María compone poesías y canciones de honda inspiración. Nunca, sin embargo, sacrifica la verdad al corazón, Su célebre libro de Las Glorias de María asienta las grandes verdades de la fe sobre María: Madre de Dios, intercesora, medianera, inmaculada, que dan lugar a este lenguaje del corazón. Hace resaltar el aspecto práctico de la devoción a María en la vida de los cristianos. Formula este gran principio: “El verdadero devoto de la Virgen se salva”. En sus misiones no deja nunca el sermón de la Señora, “porque la experiencia ha probado ser necesario para inspirar confianza al pecador”. Sin duda el mayor secreto de su doctrina y de su pervivencia es el haberla vivido él antes intensamente.

No concibe su vida sino para Dios y las almas. Esta segunda faceta la ha realizado minuto a minuto más de sesenta años. Repite muchas veces como su mayor timbre de gloria haber predicado misiones durante más de cuarenta años. No ha perdonado nada para acercarse a las almas. Le preocupan sobre todo el pueblo abandonado —”en las capitales tienen muchos medios de salvarse”—, los sacerdotes y las almas consagradas.

Habla al pueblo con sencillez. Su oratoria no reviste la ampulosidad de la época. Es digna, clara, ordenada, eminentemente práctica. Enseña el catecismo. Habla de las ocasiones de pecado, las verdades eternas, los sacramentos, los medios de perseverancia. Insiste en que la oración es fácil y que todos pueden rezar. Hay que hacérselo creer así al pueblo. La oración es, además, el medio universal de todas las gracias. Todos tienen la gracia suficiente para rezar y rezando alcanzarán las gracias eficaces para salir del pecado y para perseverar. De ahí su gran principio: “El que reza se salva, el que no reza se condena”.

Le preocupan especialmente los sacerdotes y directores de almas. Vive una época de rigor moral que le tortura. Tampoco le convence la demasiada libertad. El viejo problema de coordinar la libertad y la ley —los derechos de Dios y del hombre— no ha encontrado aún solución. Su espíritu ordenador, sintético y práctico encuentra una fórmula: se pueden coordinar la libertad y la ley. El equiprobabilismo es una defensa tanto de la ley como de la libertad. Su honradez y seriedad científica le obligan a perfeccionar su sistema, a compulsar más de ochenta mil citas. Desde 1753, en que aparece su Teología moral hasta su muerte no cesa de corregir su obra. Todos los problemas de moral encuentran en él una solución concreta. Su moral es una unión admirable del teólogo y moralista con el confesor y misionero. Ahora y después de dos siglos se nos hace imprescindible. “Ahí tienes a tu Ligorio”, dirá el Papa a un moralista que le presenta un caso difícil.

Esta es la vida de Alfonso de Ligorio. Esta es su obra en la Iglesia de Dios. “Abrió su boca en medio de la Iglesia y le llenó el Señor del espíritu de sabiduría e inteligencia.” A pesar del tiempo San Alfonso sigue hablando un lenguaje de confianza en Jesús y María para el pueblo fiel, un lenguaje seguro y definitivo para los conductores de almas en los problemas de conciencia. Y, sobre todo, el lenguaje de las obras. La Iglesia ha consagrado su vida y su obra elevándole a los altares en 1838, nombrándole el doctor apostólico y celoso en 1870 y, finalmente, patrono de confesores y moralistas en 1952. “El que hiciere y enseñare, ése será grande en el reino de los cielos.”

PEDRO R. SANTIDRIÁN, C. SS. R.

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San Alfonso María de Liborio

San Alfonso María de Liborio

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

(1696 – 1787)

 

VIDA

Nacido en Marianello, cerca de Nápoles, en l996, Alfonso era el mayor de siete hijos, de una familia de alta nobleza, aunque no rica.

Siendo capitán de galeras su padre, el niño fue educado sobre todo por su madre, que supo inculcarle una piedad tierna e ilustrada, aunque con una ligera tendencia al escrúpulo. Ella lo ayudó también a dominar un temperamento ardiente, a disciplinarse hasta cambiar en dulzura adquirida su nativa impetuosidad.

Notablemente dotado, el joven Alfonso abordó las ciencias más diversas: letras, matemáticas, filosofía. Aun agregaba él las artes, por gusto: música, pintura; y poseía a fondo la lengua francesa. Destinado al foro, desde la edad de l6 años, Alfonso era Doctor in utroque Jure, derecho civil y derecho canónico. Un incidente sin importancia, muy explicable aun en un abogado de experiencia, y con mayor razón en un debutante, tuvo a los ojos del escrupuloso joven las proporciones de un drama que le rompió muy pronto su carrera: pleiteando en un proceso, de absoluta buena fe, de repente se dio cuenta de que un error en la interpretación de un documento capital había falseado todo el problema. No contento con humillarse públicamente por este error, el joven abogado dejó para siempre el foro. Dios lo esperaba en ese momento. A pesar de la oposición de su padre, Alfonso, a los 27 años, se dirige hacia el estado eclesiástico (l723), y es ordenado sacerdote en l725. Atraído primeramente hacia la orden de los Teatinos, luego hacia el Oratorio, “misiona” con los Lazaristas bajo la dirección del P. Cutica; luego, soñando en lejanas misiones, ¿llamó quizá a la puerta del Colegio de los chinos, instituido para la formación del clero indígena? Mientras tanto, sin embargo, funda la obra de las Capillas que junta a las gentes del bajo pueblo: obreros, empleados, cargadores, etc. . . Esto viene siendo para él una doble revelación: por una parte, la ignorancia religiosa que reina en estos medios; por otra parte; la buena voluntad y a menudo las virtudes naturales que los predisponen para los misterios de la Fe. El encuentro con el P. Falcoia, de la Orden de los piadosos-obreros, acaba de ilustrarlos sobre el estado de esas gentes, y de descubrirle al mismo tiempo su verdadero camino: el apostolado del mundo más desheredado espiritualmente, el del campo.

En una Congragación que él tenía el cargo de reformar y de la que había hecho la Orden de las Redentoristas, una religiosa dio parte de una revelación con la que había sido favorecida. San Francisco de Asísse le había aparecido, designando a Alfonso de Ligorio con estos términos: :He aquí al fundador de una nueva Orden de misioneros en la Iglesia”. Pero justamente desconfiado respecto de la visionaria, Alfonso opuso su repugnancia al papel de fundador. Pero ¿la que lo empujaba no era un signo más auténtico de la Providencia? El P. Falcoia, convertido en Obispo de Castellamare, y el P. Pagano, confesor de Alfonso, fueron de este parecer. Varios sacerdotes piadosos y celosos se mostraron enamorados del mismo ideal; y el nueve de noviembre de l732 se inauguró, bajo la dirección de Alfonso de Ligorio, la Congregación del Santísimo Redentor o de los Redentoristas, para la evangelización de las campiñas. El nuevo instituto fue solemnemente aprobado por Benedicto XIV en l749.

Sin embargo, a pesar de la unanimidad de los primeros días, no tardaron en aparecer divergencias de puntos de vista. ¿Acaso era necesario concentrar todos los esfuerzos el solo apostolado por la predicación, o bien habría que agregarle la enseñanza? Los partidarios de esta innovación, numerosos influyentes, hicieron la escisión. Abandonado de sus mejores compañeros, inflexible a pesar de todo en su resolución, pronto dominada una tención de desaliento, Alfonso hizo el voto heroico de consagrar toda su vida a las misiones populares, aun cuando siguiera él solo. Otras vocaciones surgieron entonces para llenar los vacíos abiertos por las deserciones; y los recién venidos, en plena armonía con su jefe, a los tres votos simples de religión agregaron el juramento de perseverar en el Instituto consagrado al apostolado de las misiones.

Durante 30 años el infatigable misionero predicó el puro Evangelio y “las grandes verdades de la salvación”. Los frutos inmediatos de esta enseñanza los cosecha en su confesionario, del que no se levantaba. Aparte de los prodigios de conversiones, su camino apostólico estaba sembrado de frecuentes milagros que Dios se digna obras por sus manos.

Nuevo giro, muy inesperado, en la vida de Alfonso de Ligorio. Pasando por encima de sus resistencias, en Papa Gregorio III, le nombra Obispo de Santa Agata de los Godos, pequeña diócesis de cuarenta mil almas entre Benevento y Capua, dotada de un numeroso clero secular y regular, pero afligida por los abusos, las rutinas, la ignorancia y los vicios, tanto en los clérigos como en los laicos. Se necesitaba allí un pastor tan firme en los principios como misericordioso en los méritos. El Papa había sabido escoger.

Pero el nuevo Obispo tiene ya 66 años; le acosan las enfermedades. A pesar de prodigios de energía, el reumatismo, la ciática, una desviación de la columna vertebral lo convierten en un viejo semiparalítico, de cuerpo deformado, con la cabeza caída sobre el pecho, según lo representa la mayor parte de las estampas. Desde su recámara gobierna todavía su diócesis y su congregación. Por fin, en l775, después de haberla presentado varias veces es aceptada su renuncia. Se retira entre sus religiosos en Nocera; tiene cerca de 80 añas..

Pero este retiro no fue de ninguna manera el reposo. Hacia l780, malentendidos, ambiciosas y envidiosas rivalidades de ciertos religiosos arrojaron la perturbación y la discordia en la Congregación. La obra se vio amenazada de rompimiento; las casas erigidas fuera de los estados pontificios trataron de separarse; el santo fundador mismo vino a ser sospechoso, se le acusó y se le descartó. La prueba ensombreció de manera singular los últimos años de Alfonso de Ligorio. El apaciguamiento no se hizo sino casi cerca de l787, como para proporcionarle a este viejo de 9l años el supremo consuelo de morir con toda serenidad, rodeado de la veneración de sus hermanos y enriquecido con la bendición del Soberano Pontífice.

Proclamada por la voz popular, aun en vida, la santidad de Alfonso de Ligorio no tardó en ser ratificada por la Iglesia. Reduciendo en su favor las dilaciones legales, el Papa Pío VII lo beatificó en l8l6. En l839 fue canonizado; y en l87l Pío IX hacía de él el XIX doctor de la Iglesia, inmediatamente después de Santo Tomás de Aquino y de Buenaventura.

 

OBRAS

San Alfonso de Ligorio había hecho voto de “jamás perder el tiempo”, voto heroico, al que fue estrictamente fiel, porque, no contento con “orar sin cesar”, según el precepto evangélico, pasaba sin interrupción de la cátedra al confesionario, o viceversa. Y el resto del tiempo, en su celda, se “crucificaba a su pluma” (Lacordaire).

Gracias a esta asiduidad en el trabajo, tanto como por la grandeza de su espíritu y por la intensidad de su vida interior, le dejó a la posteridad una obra inmensa y de valor de primera clase”.

Las “Actas del Doctorado” (Documentos pontificios que motivan la elevación de Doctor de la Iglesia) citan l60 obras ascéticas: con las obras apologéticas y morales , luego los cánticos espirituales, y en fin tres volúmenes de cartas, todo esto viene siendo una biblioteca de ciencias religiosas de más de 200 libros u opúsculos que se debe a la pluma de San Alfonso de Ligorio. Biblioteca popular sobre todo, pues el autor se expresa habitualmente en italiano, accesible al gran público, aparte de algunos tratados de Teología escritos en latín escolástico.

Apenas ordenado sacerdote (l728), Alfonso escribía ya las “Máximas eternas”, pequeño conjunto de meditaciones sobre las grandes verdades reveladas. Algunos años más tarde, los “Canticos espirituales en honor de Jesús y de María”.

En apologética, su obra más importante es la “Admirable conducta de la Divina Providencia en la obra de la Redención” (l773).

En dogmática, el “Triunfo de la Iglesia” y la “Defensa de los Dogmas” rechazan los ataques protestantes y establecen la autoridad de la Iglesia, el Primado del Soberano Pontífice, la doctrina católica de las postrimerías. Estos libros serían reeditados en l870, con ocasión de la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia, bajo el título de El Papa y el Concilio. Sin embargo, la “Teología Moral” es lo que constituye la obra capital de San Alfonso de Ligorio. A sus misioneros encargados de instruir a los ignorantes y muy a menudo de combatir errores y prejuicios, les hace falta, claro está, una sólida formación teológica. Ahora bien, en su época casi no había obras que formaran un cuerpo de doctrina a la vez segura y práctica, que pudiese ser puesto en las manos de clérigos jóvenes y adaptado a las exigencias de la reforma de las costumbres en los medios populares. Por lo cual, Alfonso de Ligorio se dedicó a componer una Teología moral, para uso de sus Redentoristas, sin sospechar, evidentemente, que la obra se propagaría en todo el mundo eclesiástico y religioso, para pasar luego a la posteridad, al grado de que todavía ahora sigue siendo clásica en los seminarios y noviciados. Las Actas del Doctorado de San Alfonso citan 50 ediciones de esta obra.

Simples notas primeramente sobre la Medulla theologiae moralis del Jesuita Hermann Busembaum; luego las notas se amplían en verdaderas disertaciones, se convierten en tratados, cuyo carácter personal y cuya amplitud hacen del comentarista un autor original para quien el texto primitivo de Busembaum no sirve sino de hilo conductor.

El propio autor se tomó el trabajo de resumirla y de hacerla más fácilmente aplicable, en dos obras: La instrucción práctica del confesor (l757), cuya traducción latina Homo apostolicus (l759) es también de San Alfonso, así como “El confesor de campesinos” (l764).

Completando la Teología Moral vienen varias Disertaciones: “Sobre el Escándalo”, “Sobre la cooperación”; “Sobre la Penitencia”; “Sobre la justicia”; “Sobre la práctica abusiva de maldecir a los muertos”; Sobre las sentencias concernientes a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen”; “Sobre la legitimidad de prohibir y destruir los libros cuya lectura es nefasta”; “Sobre los honorarios de Misas”.

Para uso de todos los cristianos deseosos de mantener y desenvolver su vida sobrenatural nos dejó “Las visitas al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen para todos los días del mes” (l768); “Las glorias de María” (l750), que dio un impulso extraordinario a la devoción mariana y al que se refiere siempre los escritos que quieren abordar esta materia; “El Gran Medio de la Oración” (l759), verdadera innovación o más bien un retorno al verdadero espíritu del Evangelio, para la orientación de la piedad; la “Preparación para la muerte” (l758), cuya publicación, al decir de un contemporáneo, “produjo mayor efecto en Nápoles que una misión general”; “El camino de la salvación”, y el “Reglamento de vida para un cristiano” (l767), resúmenes escritos de predicaciones durante misiones populares; una “Novena de Navidad” u una Novena del Sagrado Corazón” (l758): La “Práctica del amor a Jesucristo”.

Destinados más especialmente a sacerdotes y almas consagradas: “Selva, conjunto de notas para retiros eclesiásticos”; “La verdadera esposa de Cristo o la Religiosa santificada” (l760); “El Breviario de la perfección sacado de los escritos de Santa Teresa” (l743); “Carta a un religioso sobre la manera de predicar con simplicidad apostólica, evitando el estilo elevado y florido” (l76l).

Por incompleta que sea, esta enumeración permite emitir un juicio: San Alfonso de Ligorio, a quien la universalidad de su genio hubiese permitido abordar muchas otras cuestiones, aunque se ciñó sistemáticamente al estudio y la difusión de la verdad religiosa y cristiana, en este dominio restringido cuanto menos manejó todos los géneros. Agregaremos que sobresalió en todos.

Algunos teólogos reprochan al gran moralista que fue San Alfonso de Ligorio sus meticulosos análisis de los estados de almas, sus direcciones de los actos humanos, cosas todas conocidas en los manuales bajo los nombres de “probabilismo, equiprobabilismo, probabiliorismo, tuciorismo, etc.”. Aunque se encuentran, en efecto, estas nociones y estos términos en la “Teología Moral”, manifiestan una alma no solamente escrupulosa consigo misma, sino sobre todo cuidadosa de establecer a las otras almas en una paz auténtica, fundada en la Verdad integral, tal alejada de la indulgencia ilusoria como del temor injustificado.

Desde l749 Alfonso de Ligorio escribía una “Disertación escolástico-moral para echar mano moderadamente de una opinión probable si está en concurrencia con una opinión más probable”; luego, diez y veinte años más tarde, nuevas “Disertaciones sobre el uso moderado de la opinión probable”. Con este motivo fue objeto de violentas críticas de teólogos anónimos, pero sobre todo el domingo Patuzzi. Un libero intitulado “La causa del probabilismo puesta sobre el tapete por Mons. De Ligorio y de nuevo convicta de falsedad por Adelfo Desiteo” (el seudónimo de Patuzzi) provocó de parte de Alfonso una respuesta: “Apología en defensa de la disertación sobre el uso de la opinión probable, contra los ataques de cierto Padre lector que toma el nombre de Adelfo Dositeo”. Aquí establecía claramente el Santo Doctor “que una ley no podría tener fuerza obligatoria si su existencia no estaba establecida de manera convincente, o al menos más probable que la opinión contraria”, y luego “que una ley incierta no podría imponer una obligación cierta”.

Poe lo demás, aun en el fuego de la discusión el Santo Doctor guardaba una imperturbable serenidad: “Cuando tengo a mi favor una razón convincente —–decía él—–me preocupan poco las autoridades contrarias”. Tenía razón, puesto que Clemente XIII, la Sagrada Congregación de la Penitenciaría ratificó las tesis del Santo, declarando que podían seguirse con toda seguridad (5 de julio de l83l).

La primera iniciación de Alfonso en la Teología, en la escuela del Canónigo Torni, le había hecho respirar durante tres años una atmósfera de rigorismo, derivada del Jansenismo. Pero su gran buen sentido y su esclarecida fe no tardaron en hacerle discernir el error y la inconveniencia de esa doctrina tan inhumana como antievangélica. Reaccionó entonces vigorosamente. Ora trate de la conducta moral, ora de la frecuentación de los sacramentos, ya del culto mariano, ya de los estados de perfección, sus obras están siempre marcadas en el troquel de la sabiduría, de la ponderación del “justo medio” en el que reside la virtud, tan alejada del Jansenismo como del laxismo y del quietismo. ¿No se le llamó “el martillo del Jansenismo”? En Francia, de manera especial, durante el desorden que siguió a la tormenta de la Revolución, la influencia de San Alfonso sobre el clero, en los seminarios y en las Ordenes religiosas, y mediante ellos mismos sobre los fieles, contribuyó poderosamente a reavivar la piedad de los católicos.

Alfonso de Ligorio sostuvo otras polémicas. En su época el conjunto de dogma católico era combatido por las filosofías de Hobbes y de Locke, por el panteísmo de Spinoza, el especticimoo de Voltaire, el estatismo de los príncipes. Con vigorosa pluma escribió el valiente apologista “Disertación contra los errores de los incrédulos modernos”, “Reflexiones sobre la Verdad de la Revelación Divina” “Verdad de la Fe”, en que se refura, uno a uno, a los materialistas negadores de la existencia de Dios, a los deístas que niegan la Revelación, a los herejes y cismáticos que no reconocen a la verdadera Iglesia. Estos libros se propagaron mucho en Italia y en gran parte contribuyeron a preservar a este país del filosofismo y del ateísmo propagados por la Enciclopedia.

Luego, tratados dogmáticos más particulares: sobre la divinidad de la Iglesia, “Admirable conducta de la Divina Providencia en la obra de la Redención de los hombres”; sobre la supremacía de la Santa Sede, “La autoridad del Pontífice de Roma por encima del concilio Ecueménico y su infalibilidad en las cuestiones de Fe”, obra que ejerció una considerable influencia para la definición dogmática de la infalibilidad pontificia en el Concilio Vaticano I en 1870.

El “Tratado Dogmático contra los pretendidos reformados” es una exposición de las grandes definiciones del Concilio de Trento y una refutación de los errores protestantes. Esta obra se reforzó con otra: “Triunfo de la Iglesia o historia y refutación de las herejías”. Una y otra se completan con el opúsculo “Modo de operación de la Gracia”, en el que elevándose por encima de las querellas entre tomistas y moninistas, San Alfonso estudia los medios prácticos de obtener la Gracia, en particular los Sacramentos y la Oración.

En cuanto a la multitud de sus tratados de ascesis y de espiritualidad, su carácter general lo puso de relieve un piadoso prelado, Mons Gaume de Selva: “No está aquí el pensamiento de un hombre que se os dé como regla del vuestro, sino que es el pensamiento de los siglos. No es el obispo de Santa Agata de los godos, es la tradición entera la que predica, instruye, ordena, anima y conmueve. Estos libros son como una tribuna sagrada desde cuya altura hablan alternativamente los profetas, los apóstoles, los hombres apostólicos, los mártires, los solitarios, los más ilustres pontífices del Oriente yd el Occidente, los maestros más hábiles, en una palabra la Antigüedad, la Edad Media, los tiempos modernos”. ¿Precisamente por esto se le ha reprochado a San Alfonso el carecer de originalidad, el plagiar a los autores anteriores? Innegable es que San Alfonso toma muchos materiales de Lorenzo Scupoli, autor del Combate Espiritual, de San Felipe Neri, de San Francisco de Sales, a quien conoció sobre todo a través de San Vicente de Paul, de Santa Teresa de Ávila, de San Ignacio de Loyola. Pero ¿para qué se habían acumulado en la Iglesia estos tesoros si no se tenía el derecho a recurrir a ellos?.

El medio de llegar a ser “maestro” ¿no es primeramente el hacerse discípulo?. Lo normal es que un nuevo Doctor sea el heredero de los Doctores precedentes. Y la misión de todos no consiste en inventar, sino en repetir la Verdad eterna e inmutable.

Además, sería una injusticia ver en San Alfonso un simple compilador. Lo que toma de otros lo asimila perfectamente, lo hace suyo, y sobre presentarlo bajo una forma personalísima?. ¿Su originalidad?… Está en la síntesis de variadas enseñanzas provenientes de fuentes tan diversas: “Tras de haber consumado la derrota de la teología jansenista, en sus obras entrega la suma de lo que desde hacía dos siglos se había impuesto al pensamiento y a la devoción de los católicos” (Christus, p. 216).

Seguramente que algunos de sus tratados han envejecido; fueron escritos para su tiempo, en atención a necesidades o dificultades que han cambiado. Tales cuales tienen todavía un interés histórico y nos ilustran sobre la casuística de la época. Por último, los principios morales que exponen o defiende son siempre válidos.

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