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Archive for the ‘Anunciación del Señor’ Category

La última fase de toda la apoteosis salvadora comenzó en Nazaret. Hubo intervenciones angélicas y sencillez asombrosa. Era la virgen o pártenos del Isaías viejo la destinataria del mensaje. Todo acabó en consuelo esperanzador para la humanidad que seguía en sus despistes crónicos e incurables. Los anawin tuvieron razones para hacer fiesta y dejarse por un día de ayunos; se había entrado en la recta final.

La iconografía de la Anunciación es, por copiosa, innumerable: Tanto pintores del Renacimiento como el veneciano Pennacchi la ponen en silla de oro y vestida de seda y brocado, dejando al pueblo en difusa lontananza. Gabriel suele aparecer con alas extendidas y también con frecuencia está presente el búcaro con azucenas, símbolo de pureza. Devotas y finas quedaron las pinturas del Giotto y Fra Angélico, de Leonardo da Vinci, de fray Lippi, de Cosa, de Sandro Botticelli, de Ferrer Bassa, de Van Eyck, de Matthias Grünewald, y de tantos más.

Pero probablemente sólo había gallinas picoteando al sol y grito de chiquillos juguetones, estancia oscura o patio quizá con un brocal de pozo; quizá, ajenos a la escena, estaba un perro tumbado a la sombra o un gato disfrutaba con su aseo individual; sólo dice el texto bíblico que “el ángel entró donde ella estaba”.

Debió narrar la escena la misma María a san Lucas, el evangelista que la refiere en momento de intimidad.

Así fue como lo dijo Gabriel: “Salve, llena de gracia, el Señor es contigo”. Aquel doncel refulgente, hecho de claridad celeste, debió conmoverla; por eso intervino “No temas, María, porque has hallado gracia ante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pon-drás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará por los siglos sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin”. La objeción la puso María con toda claridad: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?” No hacía falta que se entendiera todo; sólo era precisa la disposición interior. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado santo, Hijo de Dios”.

Luego vino la comunicación del milagro operado en la anciana y estéril Isabel que gesta en su sexto mes, porque “para Dios ninguna cosa es imposible”.

Fiesta de Jesús que se encarnó -que no es ponerse rojo, sino que tomó carne y alma de hombre-; el Verbo eterno entró en ese momento histórico y en ese lugar geográfico determinado, ocultando su inmensidad.

Fiesta de la Virgen, que fue la que dijo “Hágase en mí según tu palabra”. El “sí” de Santa María al irrepetible prodigio trascendental que depende de su aceptación, porque Dios no quiere hacerse hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.

Fiesta de los hombres por la solución del problema mayor. La humanidad, tan habituada a la larguísima serie de claudicaciones, cobardías, blasfemias, suciedad, idolatría, pecado y lodo donde se suelen revolcar los hombres, esperaba anhelante el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.

Los retazos esperanzados de los profetas en la lenta y secular espera habían dejado de ser promesa y olían ya a cumplimiento al concebir del Espíritu Santo, justo nueve meses antes de la Navidad.

¡Cómo no! Cada uno puede poner imaginación en la escena narrada y contemplarla a su gusto; así lo hicieron los artistas que las plasmaron con arte, según les pareció.

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Solemnidad de la Anunciación del Señor

25 DE MARZO (Solemnidad)

 

Anunciación del Señor

– Verdadero Dios y perfecto hombre.

– La culminación del amor divino.

– Consecuencias de la Encarnación en nuestra vida.

 

  1. Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer (1).

Como culmen del amor por nosotros, envió Dios a su Unigénito, que se hizo hombre, para salvarnos y darnos la incomparable dignidad de hijos. Con su venida podemos afirmar que llegó la plenitud de los tiempos. San Pablo dice literalmente que fue hecho de mujer (2). Jesús no apareció en la tierra como una visión fulgurante, sino que se hizo realmente hombre, como nosotros, tomando la naturaleza humana en las entrañas purísimas de la Virgen María. La fiesta de hoy es propiamente de Jesús y de su Madre. Por eso, “ante todas las cosas -señala fray Luis de Granada- es razón poner los ojos en la pureza y santidad de esta Señora que Dios ab aeterno escogió para tomar carne de ella.

“Porque así como, cuando determinó criar al primer hombre, le aparejó primero la casa en que le había de aposentar, que fue el Paraíso terrenal, así cuando quiso enviar al mundo el segundo, que fue Cristo, primero le aparejó lugar para lo hospedar: que fue el cuerpo y alma de la Sacratísima Virgen” (3). Dios preparó la morada de su Hijo, Santa María, con la mayor dignidad creada, con todos los dones posibles y llena de gracia.

 En esta Solemnidad aparece Jesús más unido que nunca a María. Cuando Nuestra Señora dio su consentimiento, “el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios” (4). ¡Tantas veces le hemos repetido: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros… ! ¡Tantas veces las hemos meditado al considerar el primer misterio gozoso del Santo Rosario!

 

  1. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros… (5).

A lo largo de los siglos, santos y teólogos, para comprender mejor, buscaron las razones que podrían haber movido a Dios a un hecho tan extraordinario. De ninguna manera era preciso que el Hijo de Dios se hiciera hombre, ni siquiera para redimirlo, pues Dios -como afirma Santo Tomás de Aquino- “pudo restaurar la naturaleza humana de múltiples maneras” (6). La Encarnación es la manifestación suprema del amor divino por el hombre, y sólo la inmensidad de este amor puede explicarla: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito… (7), al objeto único de su Amor. Con este abajamiento, Dios ha hecho más fácil el diálogo del hombre con Él. Es más, toda la historia de la salvación es la búsqueda de este encuentro; la fe católica es una revelación de la bondad, de la misericordia, del amor de Dios por nosotros.

Desde el principio, Dios fue enseñando a los hombres su gratuito acercamiento. La Encarnación es la plenitud de esta cercanía. El Emmanuel, el Dios con nosotros, tiene su máxima expresión en el acontecimiento que hoy nos llena de alegría. El Hijo Unigénito de Dios se hace hombre, como nosotros, y así permanece para siempre, encarnado en una naturaleza humana: de ningún modo la asunción de un cuerpo en las purísimas entrañas de María fue algo precario y provisional. El Verbo encarnado, Jesucristo, permanece para siempre Dios perfecto y hombre verdadero. Éste es el gran misterio que nos sobrecoge: Dios, en su amor, ha querido tomar en serio al hombre y, aun siendo obra de puro amor, ha querido una respuesta en la que la criatura se comprometa ante Cristo, que es de su misma raza. “Al recordar que el Verbo se hizo carne, es decir, que el Hijo de Dios se hizo hombre, debemos tomar conciencia de lo grande que se hace todo hombre a través de este misterio; es decir, ¡a través de la Encarnación del Hijo de Dios! Cristo, efectivamente, fue concebido en el seno de María y se hizo hombre para revelar el eterno amor del Creador y Padre, así como para manifestar la dignidad de cada uno de nosotros” (8).

La Iglesia, al exponer durante siglos la verdadera realidad de la Encarnación, tenía conciencia de que estaba defendiendo no sólo la Persona de Cristo, sino a ella misma, al hombre y al mundo. “Él, que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15), es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo el hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado” (9). ¡Qué valor debe tener la criatura humana ante Dios, “si ha merecido tener tan grande Redentor”! (10). Demos hoy gracias a lo largo del día por tan inmenso bien a través de Santa María, pues Ella “ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad” (11).

 

III. La Encarnación debe tener muchas consecuencias en la vida del cristiano. Es, en realidad, el hecho que decide su presente y su futuro. Sin Cristo, la vida carece de sentido. Sólo Él “revela plenamente al hombre el mismo hombre” (12). Sólo en Cristo conocemos nuestro ser más profundo y aquello que más nos afecta: el sentido del dolor y del trabajo bien acabado, la alegría y la paz verdaderas, que están por encima de los estados de ánimo y de los diversos acontecimientos de la vida, la serenidad, incluso el gozo ante el pensamiento del más allá, pues Jesús, a quien ahora procuramos servir, nos espera… Es Cristo quien “ha devuelto definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado” (13).

La asunción de todo lo humano noble por el Hijo de Dios (el trabajo, la amistad, la familia, el dolor, la alegría…) nos indica que todas estas realidades han de ser amadas y elevadas. Lo humano se convierte en camino para la unión con Dios. La lucha interior tiene entonces un carácter marcadamente positivo, pues no se trata de aniquilar al hombre para que resplandezca lo divino, ni de huir de las realidades corrientes para llevar una vida santa. No es lo humano lo que choca con lo divino, sino el pecado y las huellas que dejaron en el alma el pecado original y el personal. El empeño por asemejarnos a Cristo lleva consigo la lucha contra todo aquello que nos hace menos humanos o infrahumanos: los egoísmos, las envidias, la sensualidad, la pequeñez de espíritu… El verdadero empeño del cristiano por la santidad lleva consigo el desarrollo de la propia personalidad en todos los sentidos: prestigio profesional, virtudes humanas, virtudes de convivencia, amor a todo lo verdaderamente humano…

De la misma forma que en Cristo lo humano no deja de serlo por su unión con lo divino, por la Encarnación lo terrestre no dejó de serlo, pero desde entonces todo puede ser orientado por el hombre hacia Él. Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (14). Y Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré todo hacia Mí. “Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.

“(…) Quiere el Señor a los suyos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de los avatares de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de montaña” (15). Ése es nuestro cometido.

Terminamos nuestra oración acudiendo a la Madre de Jesús, nuestra Madre. “¡Oh María!, hoy tu tierra nos ha germinado al Salvador… ¡Oh María! Bendita seas entre todas las mujeres por todos los siglos… Hoy la Deidad se ha unido y amasado con nuestra humanidad tan fuertemente que jamás se pudo separar ya esta unión ni por la muerte ni por nuestra ingratitud” (16). ¡Bendita seas!

 

(1) LITURGIA DE LAS HORAS, Antífona 1 del Oficio de lectura. Cfr. Gal 4, 4-5. – (2) Cfr. SAGRADA BIBLIA, vol. VI, Epístolas de San Pablo a los Romanos y a los Gálatas, EUNSA, Pamplona 1984, nota a Gal 4, 4. – (3) FRAY LUIS DE GRANADA, Vida de Jesucristo, I. – (4) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 274. – (5) Jn 1, 14. – (6) SANTO TOMAS, Suma Teológica, 3, q. 1, a. 2. – (7) Jn 3, 16. – (8) JUAN PABLO II, Angelus en el Santuario de Jasna Gora, 5-VI-1979. – (9) CONC. VAT. II, Const. Gaudium et spes, 22. – (10) MISAL ROMANO, Himno Exsultet de la Vigilia pascual. – (11) JUAN PABLO II, Audiencia general, 28-I-1987. – (12) IDEM, Enc. Redemptor hominis, 4-III-1979, 11. – (13) Ibídem. – (14) Jn 12, 32. – (15) J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 105. – (16) SANTA CATALINA DE SIENA, Elevaciones, 15.

 

*La Iglesia celebra hoy el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios y, al mismo tiempo, la vocación de Nuestra Señora, que conoce a través del Ángel la voluntad de Dios sobre Ella. Con su correspondencia -su fiat- comienza la Redención.

Esta Solemnidad, tanto en los calendarios más antiguos como en el actual, es una fiesta del Señor. Sin embargo, los textos hacen referencia especialmente a la Virgen, y durante muchos siglos fue considerada como una fiesta mariana. La Tradición de la Iglesia reconoce un estrecho paralelismo entre Eva, madre de todos los vivientes, por quien con su desobediencia entró el pecado en el mundo, y María -nueva Eva-, Madre de la humanidad redimida, por la que vino la Vida del mundo: Jesucristo nuestro Señor.

La fijación en el día de hoy, 25 de marzo, está relacionada con la Navidad; además, según una antigua tradición, en el equinoccio de primavera debían coincidir la creación del mundo, el inicio y el fin de la Redención: la Encarnación y la Muerte y Resurrección de Cristo.

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Anunciación

ANUNCIACIÓN

 

Designa el anuncio (latín nuntium) del ángel Gabriel a María de la intención que Dios tenía de insertarla en su proyecto de salvación de la humanidad a través de su consentimiento para hacer miembro de la familia humana al Mesías, Hijo del Altísimo. Para algunos autores, más que de anuncio se trataría de una revelación (apocalipsis) de las intenciones divinas definitivas de salvación a María y a la humanidad; para otros, habría que hablar más bien de vocación de María a ser Madre de Cristo. Estos tres aspectos no se excluyen, sino que se integran de forma admirable.

Sólo Lucas nos narra el episodio (cf. Lc 1,26-38), dándole una forma literariamente sugestiva y cargándolo de significados teológicos profundos, El evangelista introdujo este trozo al principio de su evangelio, donde narra el nacimiento y la infancia de Aquel a quien la comunidad cristiana después de su resurrección confesaba clara y abiertamente como Señor e Hijo de Dios. El texto está lleno de alusiones y recuerdos de las esperanzas mesiánicas del Antiguo Testamento, vistas como ya realizadas plenamente en el hijo que María se ve invitada a concebir. El objeto central del episodio está constituido por el anuncio de la concepción del Mesías de Dios; es por tanto de carácter cristológico; pero ya que María, como Madre suya, se ve intima e indisolublemente implicada en aquel gran acontecimiento, su misión sublime y su dignidad de Madre de Dios constituyen un segundo tema fundamental, aunque subordinado.

 

Elementos destacados del episodio

a} El anuncio de la llegada de los tiempos mesiánicos, caracterizados por la realización de la salvación de Dios que llena de gozo a la humanidad: así aparece en la invitación dirigida por el ángel a María: «alégrate» (gr. chaire), que es un eco de otras invitaciones análogas dirigidas por algunos profetas a la «Hija de Sión» (Israel) en su anuncio de los tiempos mesiánicos en nombre de Dios (cf. Sof3,14; Zacg,g; J12,21.27. etc.).

b} La concepción y el nacimiento del Hijo del Altísimo, – del Mesías, hijo de David, e incluso -más radicalmente- Hijo de Dios, gracias a una intervención extraordinaria del poder del Espíritu de Dios (cf. Lc 2,30-35). Con una clara referencia al vaticinio mesiánico del profeta Natán a David (cf. 2 Sm 7 12-16) y a la profecía de 1s 7 14 sobre la «virgen» (almah) que dará a luz a un hijo, el ángel anuncia a María la maternidad mesiánica; más aún, refiriéndose a la bajada y ~ a la presencia santificadora de Dios a su pueblo con su sombra en el tabernáculo (cf. Éx 40,35; Nm 8,18.22; 10,34) y con su nube en el templo (cf. 1 Re ~,10-l3. 2 Cr 5,13-14; 6,1; Lv 16.1-2), le comunica que quedará cubierta por la sombra del Espíritu divino, y que por eso concebirá y dará a luz, de una forma totalmente extraordinaria, a un hijo que será el «Santo’, o bien el Hijo de Dios de modo absolutamente distinto de como se le entendía en el contexto de las esperanzas mesiánicas del judaísmo.

c} La predilección singular de Dios por María y la misión particular que le confía. La Joven de Nazaret es la «llena de gracia» (kecharitoméne, de la raíz charis, gracia, favor), o mejor, la «agraciada», la «privilegiada», la «favorecida’ de manera única por Dios (cf.

2,28), destinada por él para abrir la era mesiánica. El participio «privilegiada» señala, por así decirlo, el nombre nuevo que Dios da a María a través del ángel; indica un favor y un amor divino singularísimo para con ella. Esto constituirá la base de toda la reflexión teológica sobre María a lo largo de los siglos.

d} El consentimiento de la “sierva del Señor” con espíritu de obediencia y de fe en los designios del Altísimo:

«Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices” (Lc 1,38). La respuesta afirmativa de María constituye la cima del diálogo entre ella y el enviado divino. Es el fíat de la Virgen a su Dios, con el que se coloca en aquella serie tan numerosa de siervos del Señor de su pueblo y se declara totalmente disponible ljara la realización de los designios de Dios sobre ella y sobre la humanidad entera, poniendo la libertad humana en sintonía con la urgente invitación del amor divino, para  que por medio de una alianza semejante Dios vuelva a ser el Señor de la vida del hombre y éste pueda experimentar la salvación, la redención y la esperanza que Dios le ofrece. De este modo María realiza de la forma más auténtica y plena la substancia de la «fe» en la perspectiva bíblica; con ello comienza un camino de fe, que la llevará a compartir con su Hijo los gozos y los sufrimientos (cf. Jn 19,25-27) incluidos en la realización de la obra de salvación del Padre.

La Anunciación es el acontecimiento que abre el Nuevo Testamento. En él Dios dice su sí definitivo y más alto a la humanidad, y ésta en María inaugura su historia de amor con su Dios hecho carne en ella y . por ella (Jn 1,14; Gál 4,4), el «Dios con nosotros», de una forma infinitamente más alta que las esperanzas del profeta lsaías (1s 7 14).

El cielo besa definitivamente a la tierra  y ésta se abre al abrazo divino en María, comenzando aquel camino de unión íntima de amor con Dios, que encontrará su cumplimiento en el establecimiento pleno y definitivo del Reino mesiánico del Hijo de la Virgen (cf. 1s 2,33), término de aquel camino de fe que es disponibilidad para dejarse guiar por Dios y para construir la propia historia sobre la confianza puesta en su palabra. La piedad y la teología de la Iglesia a lo largo de los siglos han visto en la Anunciación estos profundos contenidos de fe y han colocado en el centro este acontecimiento de gracia divina y de disponibilidad y obediencia humanas. A partir de la Edad Media el acontecimiento de la Anunciación ha sido uno de los temas preferidos de la representación artística cristiana.

Por lo que se refiere a la Anunciación como fiesta litúrgica, hay que decir que la comunidad cristiana celebró desde el s. VI la Natividad de Jesucristo y correlativamente hizo memoria del mensaje del ángel a María. Antes del s. VII no tenemos noticias de una celebración de la fiesta de la Anunciación un día determinado, el 25 de marzo. Es interesante la variedad de designaciones de este día festivo: «Anunciación de la bienaventurada virgen María», «Anunciación del ángel a la bienaventurada virgen María»,..«Anunciación del Señor», «Anunciación de Cristo», «Concepción de Cristo». En los últimos siglos ha prevalecido «Anunciación de la bienaventurada virgen María», señal de que se ha entendido esta fiesta principalmente en una perspectiva mariana. En la reforma litúrgica propuesta por el Vaticano II se le ha dado a la fiesta el nombre de «Anunciación del Señor>’ y por tanto, un valor eminentemente cristológico; esta designación es acertada, ya que, como hemos dicho, el tema central del episodio y de la narración correspondiente de la Anunciación es la encarnación del Hijo de Dios; la veneración cristiana de María tiene su raíz precisamente en el hecho de que la grandeza de su misión y de su persona consiste en haber sido incorporada por pura gracia singular divina al misterio de Jesucristo como Madre del Mesías Hijo de Dios (cf. LG 67).

 

  1. Iammarrone

 

 Bibl.: L, F García-Viana, Evangelio Según  san Lucas, Verbo Divino, Estella 21992; E.

  1. Mori, Anunciación del Señor, en NDM,  143- 153; Íd., Figlia di Sione Bolonia 1970; R. Laurentin, Structure et theologie de Luc 1-II París 1970.

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Anunciación del Señor

ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

DicMA

 

SUMARIO: 

  1. I. Actualidad litúrgica 
  2. Datos históricos y teológicos de la celebración 

III. Interpretación exegética de la anunciación: 

  1. 1. El género literario; 
  2. Análisis exegético de la perícopa 
  3. Comentario homilético actualizado: 
  4. El Hijo del Altísimo e Hijo de Dios; 
  5. La hija de Sión, madre y sierva.

 

 

  1. Actualidad litúrgica

La fiesta de la Anunciación del Señor tiene su propio significado original. Guarda una estrecha relación con la fiesta de Navidad. Pero los historiadores y los liturgistas admiten que no hay elementos suficientes para determinar cuál ha sido el influjo y el predominio entre las dos fechas. La anunciación se inscribe bajo el signo del realismo de la encarnación y en la dimensión de la historia de la salvación. No es un elemento de devoción o una reflexión teológica sobre el depósito de la revelación. Es ante todo y sustancialmente un acontecimiento y como tal tiene que destacarse sobre las demás celebraciones. Dice que el Verbo se ha hecho carne y plantó su tienda entre los hombres (cf Jn 1,14); que quiso mostrarse en la fragilidad de la desnudez y del rebajamiento (Flp 2,5-8).

La visita del Señor a su pueblo había sido anunciada de antemano con insistencia; no había dudas sobre su venida. Seguía siendo un misterio el modo en que aparecería el Señor. Y aquí es donde se manifestó la novedad. No pasó por entre los hombres, sino que se detuvo; no se dirigió a los hombres desde fuera, sino que se hizo humanidad y lo asumió todo desde dentro. Un Dios de los hombres, que habla y actúa en el corazón mismo de la experiencia humana. En nuestro momento histórico, en que se parte cada vez más del hombre, de su descubrimiento, de su significado, de su centralidad, el acontecimiento de la encarnación es un hecho de extraordinaria actualidad. Es la propuesta de Dios que abre a la historia humana dimensiones infinitas. La finitud humana sigue estando siempre disponible a ser signo, incluso de la presencia personal de Dios. A pesar de seguir siendo el totalmente Otro, Dios se ha hecho hombre y hay que buscarlo por tanto en la realidad de los hombres. La historia de la salvación está dominada y caracterizada por una opción desconcertante de Dios: la encarnación. Todo el misterio cristiano está bajo el signo del Dios-hombre. Por eso la solemnidad litúrgica de la Anunciación del Señor no es solamente el comienzo, sino la clave de lectura y de comprensión de todo lo que viene después. La exaltación de Jesús, que hace de él el Señor para siempre, no tiene que atenuar nunca el misterio del hombre Jesús, ya que “cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que… recibiésemos la adopción de hijos” (Gál 4,4-5).

 

  1. Datos históricos y teológicos de la celebración

Parece ser que no existe ninguna mención cierta de una celebración del día de la Anunciación hasta el X concilio de Toledo (año 656). Este concilio no habla tampoco de modo explícito de una fiesta de la Anunciación; constata que la madre del Verbo no tiene todavía una fiesta que se celebre en todas partes el mismo día. En España hay una gran festivitas gloriosae Matris, pero se fija en días diferentes. Entre estas fechas está la del 25 de marzo, pero hay también otras, por ejemplo durante el adviento. Parece ser que se encontraban frente a una fiesta de la maternidad virginal, vinculada estrechamente bien con la concepción de Jesús (25 de marzo), bien con su nacimiento (tiempo de adviento).

Es probable que ya en el s. iv, en Palestina, hubiera una fiesta en la que se celebrase la encarnación y consiguientemente la anunciación. Efectivamente, se sabe que santa Elena edificó una gran basílica sobre el lugar donde la tradición situaba la casa y la gruta de la Virgen. Pues bien, en cada basílica se conmemoraba el misterio correspondiente 1.

¿Por qué precisamente la fecha del 25 de marzo? Prescindiendo de su correlación con el día de Navidad, el 25 de marzo es el equinoccio de primavera. Desde los tiempos de Tertuliano había tradiciones que recordaban esta fecha como la de la creación del mundo (también a veces como la de la creación del hombre) y de la concepción de Cristo. Posteriormente se añadió también a ello la conmemoración de la muerte de Cristo. A ello parece aludir igualmente san Agustín. Calculando sobre la simbología de los números, dice que la gestación perfecta comprendería el período exacto de nueve meses y seis días. Esto es lo que se pudo verificar para la perfección del cuerpo de Cristo: “… Sicut a majoribus traditum suspiciens Ecclesiae custodit auctoritas. Octavo enim kalendas apriles [25 de marzo] conceptus creditus, quo et passuss… Natus autem traditur octavo kalendas januarias [25 de diciembre]” (De Trinitate IV, 5,9: PL 42,834). También el Sacramentario Gregoriano preadriano (edición Mohlberg) refiere: “… VIII kalendas apriles Adnunciacio Sanctae Dei Genitricis et Passio ejusdem Domini”.

Hay que distinguir con cuidado entre la fiesta de la Anunciación como recuerdo festivo del hecho y la fiesta del 25 de marzo. En la iglesia existió siempre la primera, al menos desde los tiempos de la institución de Navidad, de la que es inseparable. En el s. v tenemos algunos sermones natalicios de san Pedro Crisólogo y de san León Magno; algunos de ellos tienen como objeto directo no ya el nacimiento de Cristo, sino el anuncio del ángel. También el himno / Akáthistos fue compuesto para la fiesta de la Anunciación.

En los últimos siglos la denominación oficial de la fiesta ha sido: “Annuntiatio b. Mariae Virginis”. En la época más antigua se usaban además otras expresiones, como: “Annuntiatio angeli ad b. Mariam Virgiñem”. Pero sobre todo se hace mención de Jesús, ya que la fiesta más antigua debió ser en recuerdo del Señor. He aquí algunos títulos: “Annuntiatio Domini”, “Annuntiatio Christi” e incluso “Conceptio Christi”. Pero la referencia intensa a María hizo que ya desde muy antiguo fuese una fiesta en honor de la Virgen.

La gran variedad de’ fechas va ligada a la concepción del año litúrgico y eclesiástico. En oriente no había una idea muy rígida en este sentido; por ello las fiestas de los santos y las de la Virgen estaban esparcidas a lo largo de todo el año. En occidente, por el contrario, sobre todo en España, no solían celebrarse fiestas de santos durante el período cuaresmal. De aquí la decidida fijación de la fecha de la Anunciación el día 18 de diciembre, en pleno período de adviento. En Roma fueron más posibilistas. El antiguo Misal Gelasiano y el Gregoriano tienen la fiesta de la Anunciación el 25 de marzo, lo mismo que en oriente. En la liturgia de las témporas de adviento se recuerda la anunciación. Y se introduce tardíamente, el 18 de diciembre, una festividad denominada “Expectatio partus”. En estos últimos siglos se llega a una homogeneidad en la fecha de la Anunciación, el 25 de marzo.

Con la reforma litúrgica posterior al concilio Vat II la festividad ha recobrado su nombre más verdadero, debido a una profunda motivación teológica: Anunciación del Señor. Efectivamente, el concilio recuerda la verdadera raíz de toda la grandeza y del carácter único de la persona y de la misión de María: su relación con Cristo (LG 67) [/ Año litúrgico].

 

III. Interpretación exegética de la anunciación

Se trata de uno de los pasos más conocidos (Lc 1,26-38). En estos últimos decenios ha sido objeto de un número extraordinario de comentarios y de estudios. Todos están de acuerdo en la estructura literaria del mismo. Lucas procede deliberadamente por dípticos, que tienen un valor no meramente estilístico, sino también teológico. Tras el díptico de las anunciaciones, Juan Bautista (1,8-22) y Jesús (1,26-38), con la ampliación de la visitación (1,39-45), viene el díptico de los nacimientos (1,57-58; 2,6-14) y de las circuncisiones (1,59-66; 2,21), con una doble ampliación de Jesús en el templo (2,22-39; 2,41-50).

 

  1. EL GÉNERO LITERARIO. Hay una notable divergencia de interpretación en lo que se refiere al género literario. Muchos están de acuerdo en afirmar que el relato es una copia del esquema del anuncio veterotestamentario, y en particular del anuncio de los nacimientos. Algunos tienden a interpretar el relato sobre todo como anuncio a María, como una llamada ala misma 2. Otros consideran más bien el texto como la venida del Hijo de Dios, en la encarnación 3. Es digno de interés el intento de los que quieren ver en él la inauguración de los últimos tiempos, considerando por eso la anunciación como apocalipsis4.

Ha sido una feliz intuición de R. Laurentin5 el haber dado un amplio desarrollo al hecho de que uno de los procedimientos más característicos de Lucas 1-2 consiste en narrar la infancia de Jesús en función de “constantes alusiones a la Escritura”. Semejante procedimiento pertenece, según el autor, al género del midrash, que consiste en “penetrar en el espíritu del texto para sacar de él su explicación profunda y su aplicación práctica” (R. Bloch). Tras una primera lectura de la obra de Lucas se saca la impresión de que su contenido es bastante modesto. Pero cuando se tienen en cuenta todas las alusiones y actualizaciones de pasos y de figuras veterotestamentarias a las que recurre el autor, se percibe que nos encontramos en un pleno desarrollo de la historia de la salvación.

Debemos tener en cuenta además otros estudios recientes sobre los / evangelios de la infancia, vistos sobre el trasfondo de la literatura judía. Muchas formas de la literatura intertestamentaria habían considerado siempre la Escritura como punto de referencia radical. Esto es característico del midrash. Pues bien, la primera tradición oral y los evangelios llevan a cabo una inversión completa de la situación. El punto de referencia radical es ahora Cristo. Y si se sigue utilizando la Escritura, ya no sirve a la Escritura, sino que se sirve de la Escritura. La haggadah es una literatura sobre la Escritura; el evangelio es una literatura inspirada por la Escritura, pero proyectada completamente sobre un hombre y sobre un acontecimiento. El midrash es en cierto modo vuelto sobre sí mismo por obra de algunos que, deliberadamente, han reemplazado la Torah por Jesús. Por consiguiente, toda la Escritura se concentra en Jesús y es puesta ahora en constante vinculación y referencia con Jesús 6. El mismo Jesús había dado ya ejemplo de ello, según el evangelio de Lucas. Al aparecerse a los discípulos de Emaús y a los once, Jesús interpreta las Escrituras en función de su persona: “… Empezando por Moisés y todos los profetas, les interpretó lo que sobre él hay en todas las Escrituras” (Lc 24,27); ” .. Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc 24,44). Aplicado a la anunciación, este procedimiento arroja nueva luz sobre Jesús y María.

 

  1. ANÁLISIS EXEGÉTICO DE LA PERICOPA

El relato está bien ordenado y procede, como ya hemos dicho, por continuas alusiones al AT. Tal es su mérito y su característica. Por eso hay que leerlo con mucha atención.

  1. 28: “Alégrate (gr. “jaire”), objeto del favor divino (gr. “kejaritoméne”), el Señor está contigo” : La Vulgata y la antigua versión siriaca se habían limitado a traducir con un simple saludo: “Ave” : En este contexto, la forma imperativa del verbo no quiere expresar el saludo vulgar del mundo griego. Haciendo eco a los anuncios de salvación dirigidos a la hija de Sión, (Sof 3,14; Zac 9,9; etc.), señala el gozo de la buena nueva (cf TOB). No hemos de olvidar que todo el evangelio de Lucas está impregnado de esta constante invitación a la alegría por la presencia misericordiosa y salvífica de Dios en medio de su pueblo. A la Virgen se le da casi un nombre nuevo (kejaritoméne), que suele traducirse de varias maneras: privilegiada, favorecida, agraciada, llena de gracia, etc. Es un nombre que contiene todo un programa y que puede resumir el mensaje de la perícopa. Será un privilegio de la comunidad cristiana el verse colmada de gracia en el amado, es decir, en Jesús (cf Ef 1,6). María anticipa este privilegio porque ha sido escogida como madre del Mesías. Esta vocación única implica, por parte de Dios, una voluntad de amor singular.

María es invitada a alegrarse, lo mismo que antes la hija de Sión, Jerusalén. El motivo es idéntico: “El Señor está contigo”. Tanto en un caso como en el otro se trata de la visita mesiánica, que Dios había Prometido desde antaño, pero que se cumple precisamente ahora. O bien, aquello que para Jerusalén no era más que un porvenir cercano, se ha convertido para María en un presente inmediato: la buena nueva, anunciada al pueblo elegido, al resto de Israel, se concentra ahora en su persona. Le toca a ella alegrarse porque el Señor está “con ella”, para estar con su pueblo. Está a punto de recibir la visita mesiánica por cuenta de Israel; en esto es realmente el objeto de un favor especial: kejaritoméne ‘.

  1. 29: “A estas palabras, María se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo’: El término con que se habla de la turbación de María es muy fuerte. Estamos en un contexto de teofanía. La emoción de María no es un hecho psicológico, ni un temor de naturaleza moral. Todo el relato nos la presenta como la imagen perfecta del / creyente; su atención se dirige por completo a lo que representan las palabras del ángel, es decir, al anuncio por parte de Dios.

Vv. 30-33: “Has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y llamado Hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de David, su padre; reinará…” También de otros personajes del AT se dijo que habían encontrado gracia ante Dios (Noé, Moisés, David); pero esto se expresó de manera indirecta y discursiva. Solamente de María y de Moisés (Éx 33,12-17; cf 3,16-17) se afirma esto directamente en la palabra de Dios. De esta manera queda ilustrada, sin la más pequeña sombra de duda, la amplitud de contenido de las primeras palabras del ángel (v. 28): una invitación a la alegría porque ha encontrado gracia ante Dios de forma única y supereminente. En las palabras que siguen hay una referencia transparente a la profecía, a la `almah de Isaías (7,14) y a los vaticinios mesiánicos de Natán (2Sam 7,1216), dirigidos a David y a su descendencia. A diferencia de Mt 1,21, no es José a quien se le encarga que dé nombre a Jesús, sino que este encargo se le confía a María. El hecho de que Jesús haya recibido su nombre de un ángel muestra que en él todo, incluso el nombre, procede de lo alto.

Ésta es la primera etapa del gran anuncio del ángel. El niño que habrá de nacer es el descendiente davídico; Dios le concederá un “reino que no tendrá fin”, no ciertamente ligado a las peripecias de la dinastía de David, que había desaparecido como tal desde hacía mucho tiempo. La palabra de ‘Dios revela de forma muy clara a la Virgen que ella recibirá, en su persona, la visita mesiánica que habían anunciado los profetas, convirtiéndose ella misma en la madre del mesías. El clima en que nos movemos es el de los vaticinios veterotestamentarios. ¿Se da ya también aquí un indicio de una revelación sobre la divinidad de Jesús en sentido estricto? Volveremos más tarde sobre este tema.

  1. 35: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder’ del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será santo y llamado Hijo de Dios” Este versículo es considerado, y con razón, como el vértice del relato de la anunciación. En este paso Lucas expresa la confesión de fe de la iglesia primitiva y se muestra en perfecta consonancia con todas las afirmaciones contenidas en su evangelio.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (gr. epeléusetai epi sé). El Espíritu que desciende sobre María no es el espíritu profético, sino la “fuerza creadora divina, que crea la vida de este niño único” 8; es el Espíritu principio de vida, como en Rom 1,4 y 1 Cor 15,45, en Jn 3,4-8 y también en Mt 1,18. Solamente tres veces en la biblia el Espíritu de Dios está unido de esta forma (en los Setenta) al verbo epérjomai epi: en Is 32,15, en donde se predica, quizá por primera vez en la literatura profética, una nueva creación: “Hasta que en nosotros se derrame el Espíritu venido de lo alto”, en este paso de la anunciación; y finalmente, con una referencia expresa a pentecostés (He 1,8), Jesús dice a sus apóstoles: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros (gr. epelthóntos eph humás)” : El vínculo evidente entre Lc 1,35 y He 1,8 sugiere una relación muy estrecha entre el libro sobre Jesús y el libro sobré la iglesia. En ambos está al principio la presencia de María.

“El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Es cada vez más insistente, entre los exegetas, la referencia de este texto al AT, a pesar de la perplejidad de algunos. También la TOB dice expresamente: esta expresión denota en Ex 40,35; Núm 9,18.22; 10,34, la presencia eficaz de Dios en su pueblo (cf Lc 9,34). Yavé cubre con su sombra el tabernáculo y más tarde el templo con su nube; y ahora envuelve a la Virgen para que sea su morada, a fin de llevar a cabo en ella el acto de presencia más grande: el Verbo se hace carne y planta su tienda entre nosotros (Jn 1,14).

“Será santo y llamado Hijo de Dios”. La consecuencia más importante de la concepción virginal fue la de engendrar al santo; este tema está en armonía con la teología del tercer evangelio; sobre esto se asienta el título de Hijo de Dios. Jesús es Hijo de Dios en un grado de profundidad desconocida en el AT y en el judaísmo. Es Hijo de Dios de modo absolutamente nuevo; es Hijo porque es santo, nacido de una acción especial del Espíritu y de la fuerza divina; unido a Dios en lo más profundo de su ser 9.

  1. 38: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. El término esclava del Señor no es tanto expresión de humildad como de fe (v. 45), de docilidad, de amor. María se pone en actitud de servicio, en esa larga serie de siervos que tienen su expresión más elevada en el Siervo de Yavé (Is 53). Igualmente hay que destacar que en todos los relatos veterotestamentarios de anuncio se supone el consentimiento de la persona a la que se dirige Yavé; no entra como elemento dentro del esquema literario. Sin embargo, el consentimiento de María se expresa con una cierta solemnidad. Ella se adhiere a la voluntad de Dios; es decir, a Dios que la llama personalmente. El Vat II ha puesto especialmente de manifiesto la actitud de colaboración constante y consciente de María con la obra de Dios y con su Hijo. No se limita esta colaboración al momento de la anunciación, sino que es permanente: “Se ofreció totalmente como sierva del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, poniéndose al servicio del misterio de la redención bajo él y con él, con la gracia de Dios omni otente” (LG 56)10 [l Laicos II, 1, a]

 

  1. Comentario homilético actualizado

El Credo con que los cristianos expresan el contenido de su fe recoge la fórmula sintética del evangelio: “María concibió por obra del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Una afirmación desconcertante para muchos. También algunas voces de la teología moderna han tratado de atenuar el choque y hacerlo más accesible, intentando una interpretación del mismo con resultados no siempre satisfactorios. Pero el dato revelado sigue en pie con toda su provocación: ha habido una intervención personal de Dios en la historia, relativa a la Virgen de Nazaret, María, en orden a la encarnación del Verbo de Dios. En el relato evangélico de la anunciación hay que distinguir la realidad, que es objeto de fe, de la presentación de esta realidad, hecha por aquellos a través de cuya obra y de cuya mediación podemos nosotros tener acceso al acontecimiento. En la catequesis hay que insistir en lo esencial: la revelación que se le hizo a María de que sería madre del mesías e Hijo de Dios; Dios que está para venir, por medio de la encarnación del Hijo, concebido virginalmente por obra del Espíritu Santo; la adhesión total de fe que le prestó María.

Con esta misma claridad hay que decir que el resto forma parte del género literario y del proceso redaccional; tiene que interpretarse según los criterios de una sana exégesis, que distingue entre la función de los testigos que atestiguan la realidad de los hechos y la elaboración de este testimonio que se lleva a cabo en la enseñanza de los apóstoles y en la redacción última, que corresponde a los evangelistas.

Estos se han servido generalmente de fuentes orales y escritas y han procedido según su propia perspectiva teológica (DV 11,19). El relato de la anunciación es de un perfecto estilo lucano; así el diálogo entre el ángel y María sirve para introducir dos planos: la propuesta de una maternidad, que se va progresivamente aclarando y dibujando. El ángel representa la autentificación que la tradición bíblica da de una intervención real de Dios, sobre cuya modalidad no es la ocasión de aventurarse demasiado.

Se puede estar de acuerdo con los que se complacen en definir a Lc 12 como un prólogo cristológico, a fin de subrayar que estos dos capítulos forman cuerpo con el conjunto de la obra, por lo que se trata de un solo evangelio, compuesto integralmente por Lucas, sin que pueda separarse una parte de él que pudiera llamarse el “evangelio de la infancia” 11.

Siguiendo la narración, encontramos dos protagonistas: el ángel Gabriel y María. En realidad, los verdaderos protagonistas son Jesús y su madre; por eso se trata realmente de la anunciación del Señor.

 

  1. EL HIJO DEL ALTÍSIMO E Hijo DE Dios. Hay un camino progresivo entre Le 1,32-33 y Le 1,35. Una primera interpretación, fuertemente atestiguada, ve en la primera parte el anuncio de la maternidad mesiánica; se trataría del mesías davídico, según las promesas. En la segunda parte se trataría del nacimiento del Hijo de Dios, plenamente bajo la luz del NT. Hay mucho de verdad en todo esto y con ello el texto recibe una gran iluminación. Hay también quienes llevan aún más adelante este análisis, investigando sobre el patrimonio común veterotestamentario de los orígenes cristianos. Recojamos aquí algunas de esas voces, como hipótesis de investigación.

Hay quien ve en las dos partes del diálogo evangélico una misma afirmación: se trataría de dos confesiones de fe, una más arcaica y otra más reciente, sobre el mismo tema 12. En Le 1,32-33 se podría ver la huella de una cristología muy antigua, que exponía la fe en Cristo en función del tema davídico. La tipología davídica habría servido de marco para la formulación de la fe en Cristo. Le 1,32-33 evoca la entronización final del rey-mesías. Con un procedimiento que volveremos a encontrar a continuación, tiene lugar la transferencia a los orígenes de Jesús de un tema que la tradición anterior utilizaba en un contexto distinto. La predicación primitiva insistió mucho en Jesús hijo de David; él es el fruto, el vástago del gran rey a quien se le habían hecho las promesas. En su resurrección, Pablo (cf su discurso de Antioquía de Pisidia: He 13,2336), ve realizado el gran texto de la entronización mesiánica, pero en su sentido definitivo y trascendente: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). La resurrección es el cumplimiento de las promesas hechas al descendiente davídico y muestra que él es Hijo de Dios.

La cima de este párrafo es Le 1,35, que es posible comparar con Jn 1,14.

Durante mucho tiempo se han preguntado los autores qué es lo que pudieron comprender los diversos protagonistas a propósito de las palabras diseminadas por Le 1-2. Hoy la perspectiva ha cambiado. Cada vez más se miran estos capítulos como un prólogo cristológico, expresado no en forma de himno, como Jn 1,1-18, sino en forma narrativa, aparentemente más sencilla. Hijo de Dios tiene su significado pleno. Efectivamente, Lucas hace de él la expresión por excelencia de la relación misteriosa que une a Jesús con el Padre. Por eso la pone en labios del ángel y se pronuncia siempre bajo la forma de revelación. Nunca la pronuncian los hombres (como ocurre en Mt 14,33; 16,16, etc., y Me 15,39), sino solamente el Padre (Le 3,22; 9,35), los espíritus diabólicos (Le 4,3.9.41; 8,28) y Jesús mismo (Le 10,22; 22,70; cf 20,13; cf TOB).

Los apóstoles no comprendieron a Jesús como Hijo de Dios más que a la luz del misterio pascual y de pentecostés. Lucas, después de haber anticipado esta revelación en la escena de la transfiguración (9,35) y del bautismo (3,22), la anticipa decididamente a la anunciación del Señor, seguramente en 1,35 y con probabilidad en 1,32-33.

Hemos subrayado ya cómo toda la escena de la anunciación está impregnada de alegría sobrenatural, pero la encarnación del Verbo tiene lugar en el misterio y el silencio. El mejor comentario a este acontecimiento es el himno de la carta a los

Filipenses (2,6-11). Es en este contexto de kenosis donde tiene que aceptarse y proponerse.

 

  1. LA /HIJA DE SIÓN, /MADRE Y /SIERVA. Los evangelios de la infancia son el lugar privilegiado del anuncio sobre María, sobre todo en Lucas. Pero el relato de la anunciación es considerado como la summa de todo lo que dice de ella la revelación. La Virgen no es una figura que haya que aislar para poner mejor de relieve sus prerrogativas; tiene que verse en el misterio de Cristo y de la iglesia, en donde asume su valor personal y su función comunitaria. Por esto una teología de los privilegios marianos no consigue muchas veces evitar cierto empobrecimiento de la figura de María. El Vat II no podía encontrar mejores expresiones cuando exhortaba a los teólogos y a los predicadores a evitar toda forma de minimalismo o de maximalismo a la hora de ilustrar “rectamente las tareas y los privilegios de la Virgen, que tienen siempre como finalidad a Cristo, origen de toda verdad, santidad y devoción” (“… munera et privilegia Beatae Virginis, quae semper Christum spectant…”: LG 67). En esta perspectiva, el misterio de la anunciación, en la reforma litúrgica que ha nacido del concilio, ha vuelto a tener su denominación: Anunciación del Señor. Recojamos los datos de una verdadera teología bíblica.

María es grande porque se vio asociada, como ninguna otra persona, al misterio del Dios de las misericordias. Fue invitada a la alegría mesiánica como verdadera hija de Sión, es objeto del favor de Dios porque ha sido elegida desde siempre (cf Ef 1,4) para ser madre del Verbo. Su mismo ser está puesto en relación con otro: ella es con todo su ser la madre de Jesús. Puede llegar a ser madre porque “ha encontrado gracia ante Dios” (Le 1,30). Al dibujar el rostro interior de María, Dios no puede hacer otra cosa que revelarse a sí mismo y su plan de gracia. La economía del AT había tenido una verdadera función salvífica; las promesas hechas a Abrahán, a David y a su descendencia habían representado el camino de aquel “que es, que era, que ha de venir” (Ap 1,8). María está en el vértice del AT, cuando las promesas se convierten en cumplimiento. En ella está la permanencia del resto de Israel, la fuerza de los anawim, que se convierten en el lugar privilegiado de la manifestación de Yavé; el Dios-con-nosotros (Is 7,14) ha podido ser visto, escuchado, palpado con nuestras manos (lJn 1,1) porque ante todo se hizo el Dios encarnado en ella.

La grandeza de la persona humana, asumida en el plan de Dios, sobrepasa con mucho cualquiera de nuestras perspectivas. Hay una persona que ha sido escogida y preparada para ser tabernáculo escatológico del Dios presente entre los hombres, puesta constantemente bajo la sombra del Altísimo. Ella ha sido llamada a la colaboración más alta, con todo su ser. El Verbo se hizo carne cuando ella, impulsada por la luz y por la fuerza del Espíritu, se ofreció con plena disponibilidad a la palabra y a los designios de Dios. También María es parte eminente del plan salvífico que Dios nos propone aceptar en la fe. Todo esto tiene un gran valor incluso en el plano ecuménico, ya que sobre esta base es posible un encuentro y un camino ulterior. Efectivamente, para las iglesias reformadas el papel y la misión de María parecen estar en contraste con la unicidad del único mediador entre los hombres y Dios, Jesucristo (1 Tim 2,5-6). Pero hemos de tener siempre presente que los dones y las llamadas de Dios son de siempre y para siempre. Es propio de la inagotable mediación de Cristo suscitar otras mediaciones subordinadas. María, como dice el Vat 11, no oscurece ni disminuye en nada la única mediación de Cristo, sino que muestra su eficacia (LG 60). Hay un anuncio a la Virgen para la maternidad de Cristo, primogénito entre muchos hermanos (Rom 8,29), que contiene también el anuncio de un papel efectivo maternal para con los hermanos de Jesús, aquellos que acogen su palabra (Mc 3,35; Lc 11,27-28; LG 61.62).

Finalmente, se puede subrayar un aspecto de viva actualidad. La irrupción de Dios en la Virgen tiene todas las características de la llamada profética. Dios desarraiga, a lo largo de la historia, a las personas y a las familias de su existencia ordinaria para hacerlas protagonistas de la historia de la salvación. No hay para ellos otra seguridad que la palabra de Dios; no hay otro apoyo que el de su fidelidad. El futuro está totalmente cargado de misterio; exige una constante respuesta de fe. María no pudo prever lo que contenía el misterio de la anunciación; se encontró en las condiciones de virgen-madre (Mt 1,18-19); no comprendió ciertas actitudes y palabras del Hijo (Lc 2,48-50); también ella tuvo que avanzar por el camino de la fe y conservó fielmente su unión con el Hijo hasta la muerte (cf LG 58). –

En contra de cierta hagiografía y de cierta iconografía devocional la anunciación y los años que la siguieron fueron el éxodo de la hija de Sión, la experiencia de la pobreza sin proyectos, la llamada a vivir la radicalidad de Dios. La familia de Nazaret no es sagrada por estar inmersa en una luz y una atmósfera ultraterrena, sino porque es auténtica profecía.

Desde el punto de vista homilético siguen siendo válidas las perspectivas de la Marialis cultus, que presenta la Anunciación del Señor como “fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen”. Por tanto hay que desarrollar fructuosamente las indicaciones de este documento en la línea cristológica, mariológica y, consiguientemente, eclesiológica y,antropológica. “Con relación a Cristo, el oriente y’ el occidente, en las inagotables riquezas de sus liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del fíat salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: He aquí que vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad (cf Heb 10,7; Sal 39,8-9); como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la 1 nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su fíat generoso (cf Lc 1,38) se convirtió por obra del Espíritu en madre de Dios y también en verdadera madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf 1Tim 2,5), en verdadera arca de la alianza y verdadero templo de Dios; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso al plan de la redención” (MC 6) [1 Simbolismo II, 2].

 

NOTAS: J,Cf de Mahuet en Catholicisme 1, 604-606 – 1 K. Stock, Die Berufung Marias (Le 1,26-38), en Bib. 61 (1980) 457-491, es el representante característico de esta orientación – 3 A. Feuillet, Jésus el sa Mére, d’aprés les récits lucaniens de l’enfance el d ápres saini Jean,.Gabalda, París 1974, 111-127; confrontación bastante sugestiva entre Lc y Jn – 4 L. Legrand, L ánnonce á Marie (Le 1,26-38). Une apocalypse aux origines de l’Evangile, Cerf, París 1981, 127-140. Según el autor, puede llamarse género apocalíptico; en realidad, la palabra revela el misterio escondido en Dios, con vistas a los últimos tiempos. Un apocalipsis que Lucas aplica de modo particular a María, que viene a ser el profeta representativo de la comunidad de los creyentes — s R. Laurentin, Structure el Théologie de Lue 1-11. Gabalda, París 1964, 93104 — ^ Ch. Perrot, Les récits d’nfance dans la Haggada antérieure au II’ siéele de norte ire, en RSR (1967) 481-518, sobre todo 514-518 -‘ P. Benoit, L Annune•iazione, en Essegesi e Teología Il, Edizioni Paoline, Roma 1971, 304-305 – ” E. Schweizer, Pneuma, en GLNT, X, 962 – v A. George, Jésus fils de Dieu dans l’Evangile selon saini Lue, en RB 72 (1965) 190-191 – 10 E.G. Mori, Figlia di Sion e Serva di Jahvé, Edizioni Dehoniane, Bolonia 1970, 137-158 – 11 Ch. Perrot, l rgceonti dell infanzia di Gesú, Maneo 1-2, Luca 1-2, Gribaudi, Turín 1977, 36-37 – 12 L Legrand, L ánnonee á Marie, sobre todo 1’53-174: La ihéologie erehaique de Le U32-33.

  1. Mori

143-153

 

BIBLIOGRAFÍA: McHugh J., La madre de Jesús en e! Nuevo Testamento, DDB, Bilbao 1978; Brown R.E., The Birth of the Messiah, Chapman, Londres 1978; George A., Eludes sur 1’oeuvre de Luc, Gabalda, París 1979; Perrot Ch., Les récits d enfance dans la Haggada antérieure au IP siéde de norte !re, en RSR (1967); Peretto L., Contenuti e limiti dell Annunciazione (Le 1,28-38). en Identitá dei Servi di María; Marianum, Roma 1975; Schürmann H., II Vangelo di Luca 1, Paideia, Brescia, 1983; Laurentin R., Les Évangiles de l’Enfance du Christ, Desclée, Tournai, 1983; Müller, A. Discorso di Pede sulla madre di Gesú, Queriniana, Brescia 1983; Llamas E., María en la Anunciación y en los misterios de la infancia de Jesús, en EstMar 30 (1968) 99-157; Leal J., El mensaje de la Anunciación a la luz de los distintos mensajes de Dios a su Pueblo, en EstMar 39 (1974) 7-19; Solá F. de P., Según los Padres es María heredera de las promesas y representante de la humanidad en la Anunciación, en EstMar 39 (1974) 37-55.

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