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Natividad de la Santísima Virgen

Natividad de la Santísima Virgen

8 septiembre

NATIVIDAD DE MARÍA

DETALLES DE ESTE DÍA / FIESTA

El objetivo de las “notas” o detalles de esta fiesta no es “enredarnos” en las diferentes tradiciones en torno al origen de esta fiesta o sobre los datos concretos de la vida de la Virgen María. Posiblemente, no nos llevaría a nada concreto, más que a una recopilación de hipótesis diversas. Para nada es nuestro objetivo. Los que deseen conocer esas datos, que acudan a otras fuentes de información.

Lo que aquí nos importa es el significado mismo de la fiesta y las intuiciones que las comunidades cristianas, -a través de los tiempos-, han querido “ver” y descubrir con esta fiesta y que también HOY presentan plena validez.

Eso sí, dentro del gozo que supone el nacimiento de un ser y, aún más, tratándose de MARÍA, con lo que supone para la fe de la comunidad cristiana.

El hecho es que la Liturgia Oriental celebra este nacimiento cantando poéticamente que este día es el preludio de la alegría universal, en el que han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación. Por eso, nuestra liturgia nos invita a celebrar con alegría el nacimiento de María, pues de ella nació el Sol de justicia, Cristo, el Señor.

“Hoy nace una clara estrella,

tan divina y celestial,

que, con ser estrella, es tal,

que el mismo Sol nace de ella”.

En la plenitud de los tiempos, María se convirtió en el vehículo de la eterna fidelidad de Dios. Hoy celebramos el aniversario de su nacimiento como una nueva manifestación de esa fidelidad de Dios con los hombres: “Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28). Y es motivo de alegría gozosa y permanente de todos y cada uno de los llamados.

Esta fiesta mariana tiene su origen en la dedicación de una iglesia en Jerusalén, pues la piedad cristiana siempre ha venerado a las personas y acontecimientos que han preparado el nacimiento de Jesús. María ocupa un lugar privilegiado, y su nacimiento es motivo de gozo profundo. En esta basílica, que había de convertirse en la iglesia de Santa Ana (siglo XII), san Juan Damasceno saludó a la Virgen niña: “Dios te salve, Probática, santuario divino de la Madre de Dios… ¡Dios te salve, María, dulcísima hija de Ana!”.

Si bien el Nuevo Testamento no reporta datos directos sobre la vida de la Virgen María, una tradición oriental veneró su nacimiento desde mediados del siglo V, ubicándolo en el sitio de la actual Basílica de “Santa Ana”, en Jerusalén. La fiesta pasó a Roma en el siglo VII y fue apoyada por el Papa Sergio I. Su fecha de celebración no tiene un origen claro, pero motivó que la fiesta de “La Inmaculada Concepción” se celebrara el 8 de diciembre (9 meses antes).

Es, pues, la manifestación de la FIDELIDAD de Dios con los hombres lo que realza esta fiesta. MARÍA es un momento profundamente significativo en esa historia de Amor de Dios, ya que hace presente la PLENITUD de la salvación, que se nos ofrece en la presencia de Cristo, el Salvador.

Éste puede ser el “marco” adecuado para celebrar esta fiesta y acontecimiento para nuestra comunidad cristiana. Es interesante fijar -una vez más- los ojos y el corazón en esta criatura que, con su actitud y disponibilidad, posibilita esa HISTORIA DE AMOR, esa Historia de la Salvación que Dios quiere llevar a cabo.

También en esta ocasión contemplemos la escena evangélica que, con inmenso cariño y ternura, nos la presenta el evangelista Lucas. Ahí podremos descubrir los “secretos” del corazón de María y nos ayudará a la contemplación del “misterio de amor” del mismo Dios.

Nos adentramos en el relato evangélico.

A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS

Evangelio: Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:

– «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:

– «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:

– «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?».

El ángel le contestó:

– «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísi­mo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

María contestó:

– «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Y la dejó el ángel.

HOY, NUESTRA HORA

Está claro: lo que hoy se nos ofrece como MOTIVO de fiesta es la acción del mismo Dios, que pone en marcha su proyecto salvador. Y en esa “cadena”, la presencia de MARÍA es un eslabón muy especial. El celebrar su nacimiento nos lleva a fijar los ojos y el corazón en el proyecto salvador del mismo Dios.

Ahora bien, es necesario que subrayemos de seguida cuál es la ACTITUD VITAL de María ante ese proyecto de salvación: plena DISPONIBILIDAD para dejar “espacio” libre a la propuesta de Dios. Esto lo podemos afirmar sin ningún tipo de dudas. El “Hágase en mí…” es el estilo de ser y de vivir que Ella adoptó en su vida.

Por eso, la Comunidad Cristiana ha querido festejar el nacimiento de esta maravillosa criatura. Y lo hace desde sus mismos orígenes. Es verdad que nos faltan muchos detalles y datos del acontecimiento histórico en sí mismo. No le han importado, a la Comunidad Cristiana, en demasía estas carencias. Superándolas, ha descubierto en la vida de María, un estilo y una actitud que le han parecido suficientes para honrarla, tenerla como mediadora e invocar su nombre como estímulo para su propio caminar.

Hoy y aquí, para NOSOTROS, la fiesta de María vuelve a ser una NUEVA OPORTUNIDAD para ABRIRNOS a la nueva vida, que, de forma plena, Ella recibió del mismo Dios, desde su mismo nacimiento y que luego lo vivió a lo largo de su vida, y, de forma singular, entregándonos al Hijo de sus entrañas, a Cristo, el Señor. Éste es el motivo de alegría en esta fiesta de su nacimiento.

Hoy y aquí, tenemos una hermosa ocasión para suscitar, en lo más hondo de nuestro ser de creyentes, el deseo de DISPONIBILIDAD a los planes y proyectos de Dios, como lo vivió María. Y es que este PROYECTO de VIDA está necesitando de corazones abiertos y disponibles. También HOY. También AQUÍ.

Éste sí que puede ser la mejor de las felicitaciones a María, la Madre. Y la razón es muy simple: “parecernos” a Ella, seguro que ése es su deseo, porque Ella se parece al Dios de la vida, y ella misma ha aprendido (y le ha enseñado) al Hijo de sus entrañas cómo merece la pena vivir ante Dios y sus planes de salvación.

Ojalá sepamos aprovechar esta fiesta para “parecernos” más a la Madre, viviendo así acordes a los deseos de su corazón.

ORACIÓN

Concédenos, Padre lleno de Vida,

acoger y vivir los deseos de tu corazón,

y así llevar a cabo tu plan de salvación;

pues así como en la disponibilidad de María

encontraste una tierra buena y fértil

desde su mismo origen y nacimiento,

así también, al celebrar su fiesta,

nosotros alcancemos la plenitud

que deseamos y soñamos,

siguiendo su estilo de vida y de apertura

a tu santa voluntad.

MARÍA

María, Madre sencilla,

mujer del pueblo,

que sabes escuchar y estar pendiente

cuando la gente quiere contarte algo:

escucha nuestra oración

en este día

en que te recordamos.

No pretendemos

que nos liberes de nuestros problemas.

No deseamos olvidar

que la vida hay que vivirla

aunque haya momentos difíciles;

queremos estar preparados para todo.

Nos hace falta esa confianza,

esa fe que tú tienes en Dios.

Nuestras fuerzas parecen desfallecer.

En el Evangelio, en la historia,

te vemos siempre callada, humilde,

como si fueras cobarde ante la vida;

pero es ahí, en tu sencillez,

donde está tu valor más importante

y a nosotros

nos cuesta mucho ser sencillos.

Sabemos que intercedes delante de Dios,

que tu palabra y tus consejos sí valen.

Intercede por nosotros

delante de nuestro Padre

y ayúdanos

a que nuestra vida dé buenos frutos.

CANTO

Eres tan sencilla como luz de amanecer,

eres tú, María, fortalece de mi fe.

Tú res flor, eres del Señor,

te dejas acariciar por su amor.

Eres tan humilde como el vuelo de un gorrión,

eres tú, María, el regazo del amor.

Tú eres flor, eres del Señor,

te dejas acariciar por su amor.

YO QUIERO ESTAR

EN LAS MANOS DEL SEÑOR COMO TÚ,

PARA AMAR.

EN LAS MANOS DEL SEÑOR COMO TÚ,

COMO TÚ, COMO TÚ.

 

Eres tan pequeña como el canto de mi voz,

eres la grandeza de Aquél que te modeló.

Tú eres flor, eres del Señor,

te dejas acariciar por su amor.

Eres tan hermosa como el cielo, como el mar,

eres tú, María, como el gozo de soñar.

Tú eres flor, eres del Señor,

te dejas acariciar por su amor.

(Grupo “Kairoi” – Disco: “María, música de Dios” – Musical PAX)

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Homilía - Natividad de la Santísima Virgen

Homilía – Natividad de la Santísima Virgen

Hoy nace una clara estrella

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p style=”text-align:justify;”>La fiesta de la Natividad es una de las más arraigadas en la tradición popular cristiana. Quizá porque se contempla bíblicamente es resplandor de la aura, nacimiento, desde la cumbre de la maternidad del Redentor que nos salva.



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p style=”text-align:justify;”>María es hoy, en efecto, como la aurora que anuncia la aparición del Sol de justicia, de vida, de amor.



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p style=”text-align:justify;”>En el programa de Dios, María forma parte de los secretos divinos, y será la mujer que acompañará al Mesías en su camino de salvación de todos los hombres.



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p style=”text-align:justify;”>Con María está asociado todo el itinerario de gozos y sufrimientos que llenarán y herirán su Corazón de Madre.



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p style=”text-align:justify;”>Acompañemos, pues, espiritualmente a todos los peregrinos que acudirán a numerosos Santuarios cuyo titular es la Natividad de María, y llevemos en los labios unos versos de alegría, admiración y alabanza.



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p style=”text-align:justify;”>Canten hoy, pues nacéis, vos, los ángeles, gran Señora,
 y ensáyense desde ahora, para cuando nazca Dios.

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p style=”text-align:justify;”>Canten hoy, pues a ver vienen nacida a su Reina bella, 
que el fruto que esperan de ella es por quien la gracia tienen.

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p style=”text-align:justify;”>Digan, Señora, de vos, que habéis de ser su Señora, 
y ensáyense desde ahora para cuando nazca Dios…

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p style=”text-align:justify;”>Y nosotros, que esperamos que llegue pronto Belén, 
preparémosle también el corazón y las manos.


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p style=”text-align:justify;”>Vete sembrando, Señora, de paz nuestro corazón,
y ensayemos desde ahora para cuando nazca Dios. Amén.





Sea gloria en la palabra

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p style=”text-align:justify;”>
Lectura del profeta Miqueas 5, 2-5:
“Esto dice el Señor: Pero tú, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde antiguo, de tiempo inmemorial… Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de los hermanos retornará a los hijos de Israel. Él, en pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del señor, su Dios…”

La liturgia utiliza el vaticinio profético de Miqueas, que ensalza a Belén, fusionando la gloria de María con la fiesta del Nacimiento del Mesías.

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p style=”text-align:justify;”>

Lectura de la carta de san Pablo a los romanos 8, 28-30:


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p style=”text-align:justify;”>“Hermanos: sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para bien, a los que Dios ha llamado conforme a su designio: a los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos; a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; y a los justificó, los glorificó”.



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p style=”text-align:justify;”>En este párrafo sintetiza san Pablo el itinerario espiritual de los elegidos, llamados a la santidad y salvación. María es el prototipo, con Cristo Jesús.



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p style=”text-align:justify;”>Evangelio según san Mateo 1, 1-16. 18-23:


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p style=”text-align:justify;”>“Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán … El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera. La madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esa resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en recibir a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús …”



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p style=”text-align:justify;”>En la filiación divina, el Hijo procede del Padre; y en la filiación humana, dentro de la familia y estirpe de David, el Hijo se encarna en el seno de María, su Madre, por obra del Espíritu Santo.



Momento de reflexión


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p style=”text-align:justify;”>Celebremos la elección y predilección de María.


En los textos litúrgicos seleccionados para honrar hoy a María, a partir de la Escritura, no se habla de su Natividad: un hecho que quedó desde el primer momento perdido en un anonimato similar al de cientos de hijos de Israel.

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p style=”text-align:justify;”>

En los designios de Dios, la humildad, el silencio, el pasar desapercibido, es actitud habitual. Solamente acontecimientos posteriores van iluminando en cada caso el misterio escondido en el nacimiento.

Por eso, la liturgia se fija en el gran acontecimiento de la natividad de un Niño, de un Elegido, Predestinado, Jesús, que, proviniendo de la casa y familia de David, da cumplimiento a cuanto en la Biblia se dijo sobre el Mesías, Salvador. 

Y esa selección de textos se debe a que nosotros hemos conocido la verdadera historia de la predestinación de María a través de la sorprendente historia de salvación que realizó su Hijo, Jesús. 

Bienaventurada hija de Sión.
Hoy nosotros, conocida la obra de Jesús, hasta su consumación en la muerte y resurrección, volvemos la mirada hacia la Mujer que fue objeto de predilección, cauce de vida y regazo amoroso, y clamamos como la campesina que irrumpió en la escena evangélica, diciendo: ¡dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!



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p style=”text-align:justify;”>Dichosa, en efecto, pues todos los títulos de grandeza de María, desde su concepción hasta su coronación en el cielo, derivan de la misión de Madre del Mesías que le fue otorgada en los altísimos designios del Padre.



¡Dichosa tú, la elegida, que has sido llamada a ser Madre de Dios y Madre nuestra!

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Homilía - Natividad de la Santísima Virgen

Homilía – Natividad de la Santísima Virgen

Mateo da comienzo a su Evangelio con el abolengo de Jesús, comprobando con esto que El, por su padre adoptivo, San José, desciende legalmente en línea recta de David y Abrahán, y que en El se han cumplido los vaticinios del Antiguo Testamento, los cuales dicen que el Mesías prometido ha de ser de la raza hebrea de Abrahán y de la familia real de David. La genealogía no es completa. Su carácter compendioso se explica, según S. Jerónimo, por el deseo de hacer tres grupos de catorce personajes cada uno (cf. v. 17). Esta genealogía es la de San José, y no la de la Santísima Virgen, para mostrar que, según la Ley, José era padre legal de Jesús, y Este, heredero legal del trono de David y de las promesas mesiánicas. Por lo demás, María es igualmente descendiente de David; porque según San Lucas 1, 32, el hijo de la Virgen será heredero del trono “de su padre David”. Sobre la genealogía que trae S. Lucas, y que es la de la Virgen, véase Lc. 3, 23 y nota. Según los resultados de las investigaciones modernas hay que colocar el nacimiento de Jesús algunos años antes de la era cristiana determinada por el calendario gregoriano, o sea en el año 747 de la fundación de Roma, más o menos. Al no hacerlo así, resultaría que Herodes habría ya muerto a la fecha de la natividad del Señor, lo cual contradice las Sagradas Escrituras. Ese hombre impío, murió en los primeros meses del 750.

  1. Tamar. Aparecen, en esta genealogía legal de Jesús, cuatro mujeres: Tamar, Racab, Betsabée y Rut, tres de las cuales fueron pecadoras (Gén. 38, 15; Jos. 2, 1 ss.; II Rey. 11, 1 ss.) y la cuarta moabita. S. Jerónimo dice al respecto que el Señor lo dispuso así para que “ya que venía para salvar a los pecadores, descendiendo de pecadores borrara los pecados de todos”.

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18. Entre los judíos los desposorios o noviazgo equivalían al matrimonio y ya los prometidos se llamaban, esposo y esposa. 



  1. No habiendo manifestado María a su esposo la aparición del Ángel ni la maravillosa concepción por obra del Espíritu Santo, San José se vio en una situación sin salida, tremenda prueba para su fe. Jurídicamente S. José habría tenido dos soluciones: 1o. acusar a María ante los tribunales, los cuales, según la Ley de Moisés, la habrían condenado a muerte (Lev. 20, 10; Deut. 22, 22 – 24; Juan 8, 2 ss.); 2o. darle un “libelo de repudio”, es decir, de divorcio, permitido por la Ley para tal caso. Pero, no dudando ni por un instante de la santidad de María, el santo patriarca se decidió a dejarla secretamente para no infamarla, hasta que intervino el cielo aclarándole el misterio. “¡Y qué admirable silencio el de María! Prefiere sufrir la sospecha y la infamia antes que descubrir el misterio de la gracia realizado en ella. Y si el cielo así probó a dos corazones inocentes y santos como el de José y María, ¿por qué nos quejamos de las pruebas que nos envía la Providencia?”. (Mons. Ballester). Es la sinceridad de nuestra fe lo que Dios pone a prueba, según lo enseña San Pedro (I. Pedr. 1, 7). Véase S. 16, 3.

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23. Es una cita del profeta Isaías (7, 14). Con ocho siglos de anticipación Dios anuncia, aunque en forma velada, el asombroso misterio de amor de la Encarnación redentora de su Verbo, que estará con nosotros todos los días hasta la consumación del siglo (Mat. 28, 20). Será para las almas en particular y para toda la Iglesia, el “Emmanuel”: “Dios con nosotros”, por su Eucaristía, su Evangelio y por la voz del Magisterio infalible instituido por El mismo.

ACI Digital

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Homilía - Natividad de la Santísima Virgen

Homilía – Natividad de la Santísima Virgen

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p style=”text-align:justify;”>La fiesta de hoy celebra la Natividad de María, fiesta que en muchos lugares es celebrada bajo la advocación de la “niña María”. 



Para explicar el origen de Jesús, en el evangelio de hoy Mateo emplea un recurso literario utilizado en la antigüedad, que es la genealogía. Las genealogías servían para conocer los antepasados de una persona, y esto era de suma importancia en la cultura de los pueblos del oriente antiguo, en la que el individuo se entendía a sí mismo y era visto por los demás como parte de un grupo con el que establecía una relación de parentela por los lazos de la sangre y de la carne. La familia era el depósito de honor acumulado por todos los antepasados, y cada uno de sus miembros participaba de dicho honor y estaba obligado a defenderlo.

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La intención de Mateo al comenzar su evangelio con esta genealogía es dar a conocer la ilustre ascendencia de Jesús, que se remonta nada menos que a David y a Abraham, presentándolo así como un personaje muy importante y honorable a los ojos de sus contemporáneos. 



Celebremos esta fiesta evocando en nuestra memoria el recuerdo de nuestros antepasados, de su historia y de sus tradiciones que se han perpetuado de generación en generación, dando como resultado un acumulado histórico donde vamos prolongando la herencia cultural de nuestros mayores a través de la familia. Que el recuerdo de María como madre de Jesús y parte de una familia, consolide en nuestra vida los vínculos de la unidad familiar.

SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

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Homilía - Natividad de la Santísima Virgen

Homilía – Natividad de la Santísima Virgen

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p style=”text-align:justify;”>El presente relato trata de un hecho individual, único y extraordinario: el nacimiento del Mesías anunciado a José en sueños. 



Apoyado en la profecía de Isaías 7,14, Mateo desarrolla o amplía el presente pasaje.

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El hebreo (almah = que significa muchacha, joven núbil”; es referido probablemente a la esposa de Ajaz, la madre del rey Ezequías. Traducido al griego, los judíos de la diáspora tradujeron “parthenos” = virgen. Mateo sigue esta traducción. Muchos piensan que hubo una intención de carácter apologético contra quienes empezaban a difundir ideas erróneas sobre el nacimiento de Jesús.

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Este relato intenta exponer con toda claridad que la maternidad de María no es obra de José, sino del Espíritu Santo. 



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p style=”text-align:justify;”>El nombre del niño expresa y anuncia su destino: nacerá para salvar a su pueblo de los pecados. 



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p style=”text-align:justify;”>Por los textos que nos propone la liturgia de este día, no cabe duda de que existe una estrecha relación entre el nacimiento de Jesús y de María. La importancia de esta fiesta es señalada por la figura y el rol de esta mujer. Por su Sí al proyecto de Dios, por su amor y sus cuidados, por su fe en el Dios liberador que puso en ella su mirada, por su esperanza que encarna las esperanzas de su pueblo. 



Esta festividad nos sitúa en el marco de una historia en la que emerge la acción divina (desde abajo) y proclama la fe en un Dios que no tarda en cumplir sus promesas. Desde esta clave el creyente descubre en cada momento un momento salvífico. Dios actúa a cada paso en el campo humano de esta historia de cada día, suscitando hombres y mujeres que hacen posible y sacramental el actuar de Dios. Como dice un himno de Laudes: “y tú te regocijas, oh Dios, y tú prolongas, en sus pequeñas manos, tus manos poderosas…” Así fue en María, con su nacimiento, hizo posible toda una concatenación de hechos significativos que dieron paso a una fe y una esperanza que cruzan y se prolongan en el tiempo y en el espacio.

 

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

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Homilía - Natividad de la Santísima Virgen

Homilía – Natividad de la Santísima Virgen

Mt 1, 1-16.18-23

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Con esta genealogía se inserta el Mesías en la historia. Hombre entre los hombres. Solidaridad: su ascendencia empieza con la de un idólatra convertido (Abrahán) y pasa por todas las clases sociales: patriarcas opulentos, esclavos en Egipto, pastor llegado a rey (David), carpintero (José).



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p style=”text-align:justify;”>Aparte María su madre, de las cuatro mujeres citadas, Tamar se prostituyó (Gn 38,2-26), Rut era extranjera, Rahab extranjera y prostituta (Jos 2,1), Betsabé, «la de Urías», adúltera (2 Sm 11,4). Ni racismo ni pureza de sangre, la humanidad como es.



En Jesús Mesías va a culminar la historia de Israel. La genealogía se divide en tres períodos de catorce generaciones, marcados por David y por la deportación a Babilonia. La división en generaciones no es estrictamente histórica, sino arreglada por el evangelista para obtener el número «catorce» (valor numérico de las letras con que se escribe el nombre de David), estableciendo al mismo tiempo seis septenarios o «semanas» de generaciones. Jesús, el Mesías, comienza la séptima semana, que representa la época final de Israel y de la humanidad. La octava será el mundo futuro. Con la aparición de Jesús Mesías da comienzo, por tanto, la última edad del mundo.

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«Engendrar», en el lenguaje bíblico, significa transmitir no sólo el propio ser, sino la propia manera de ser y de comportarse. El hijo es imagen de su padre. Por eso, la genealogía se interrumpe bruscamente al final. José no es padre natural de Jesús, sino solamente legal. Es decir, a Jesús pertenece toda la tradición anterior, pero él no es imagen de José; no está condicionado por una herencia histórica; su único Padre será Dios, su ser y su actividad reflejarán los de Dios mismo. El Mesías no es un producto de la historia, sino una novedad en ella. Su mesianismo no será davídico (cf. 22,4146).

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Mateo hace comenzar la genealogía de Jesús con los comienzos de Israel (Abrahán) (Lc 3, 23-38 se remonta hasta Adán). Esto corresponde a su visión teológica que integra en el Israel mesiánico a todo hombre que dé su adhesión a Jesús. La historia de Israel es, para Mateo, la de la humanidad.



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p style=”text-align:justify;”>El hecho de que Abrahán no lleve patronímico y, por otra parte, se niegue la paternidad de José respecto de Jesús, puede indicar un nuevo comienzo. Así como con Abrahán empieza el Israel étnico, con Jesús va a empezar el Israel universal, que abarcará a la humanidad entera.




El Mesías salvador nace por una intervención de Dios en la historia humana. Jesús no es un hombre cualquiera. El significado primario del nacimiento virginal, por obra del Espíritu Santo, hace aparecer esta acción divina como una segunda creación, que supera la descrita en Gn 1,lss. En la primera (Gn 1,2), el Espíritu de Dios actuaba sobre el mundo material (“El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas”); ahora hace culminar en Jesús la creación del hombre. Esta culminación no es mera evolución o desarrollo de lo pasado; por ser nueva creación se realiza mediante una intervención de Dios mismo.

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p style=”text-align:justify;”>Puede aún compararse Mt 1,2-17 y 1,18-25 con los dos relatos de la creación del hombre. En el primero (Gn 1,1-2,3) aparece el hombre como la obra final de la creación del mundo; en el segundo (Gn 2,4bss) se describe con detalle la creación del hombre, separado del resto de las obras de Dios. Así Mateo coloca a Jesús, por una parte, como la culminación de una historia pasada (genealogía) y, a continuación, describe en detalle el modo de su concepción y nacimiento, con los que comienza la nueva humanidad. Jesús es al mismo tiempo novedad absoluta y plenitud de un proceso histórico.



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p style=”text-align:justify;”>La escena presenta tres personajes: José, María y el ángel del Señor, denominación del AT para designar al mensajero de Dios, que a veces se confunde con Dios mismo (Gn 16,7; 22,11; Ex 3,2, etc.).




v.18: Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

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El matrimonio judío se celebraba en dos etapas: el contrato y la cohabitación. Entre uno y otra transcurría un intervalo, que podía durar un año. El contrato podía hacerse desde que la joven tenía doce años; el intervalo daba tiempo a la maduración física de la esposa. María está ya unida a José por contrato, pero aún no cohabitan. La fidelidad que debe la desposada a su marido es la propia de personas casadas, de modo que la infidelidad se consideraba adulterio. El «Espíritu Santo» (en gr. sin artículo en todo el pasaje) es la fuerza vital de Dios (espíritu = viento, aliento), que hace concebir a María. El Padre de Jesús es, por tanto, Dios mismo. Su concepción y nacimiento no son casuales, tienen lugar por voluntad y obra de Dios. Así expresa el evangelista la elección de Jesús para su misión mesiánica y la novedad absoluta que supone en la historia (nueva creación).




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p style=”text-align:justify;”>v.19: Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto. 



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p style=”text-align:justify;”>José es el hombre justo o recto. Por el uso positivo que hace Mateo del término (cf. 13,17; 23,29; en ambos casos «justos» asociados a «profetas») se ve que es prototipo del israelita fiel a los mandamientos de Dios, que da fe a los anuncios proféticos y espera su cumplimiento; puede considerarse figura del resto de Israel. Su amor o fidelidad a Dios (cf. 22,37) lo manifiesta queriendo cumplir la Ley, que lo obligaba a repudiar a María, a la que consideraba culpable de adulterio; el amor al prójimo como a sí mismo (cf. 22,39) le impedía, sin embargo, infamarla. De ahí su decisión de repudiarla en secreto y no exponerla a la vergüenza pública. Interviene «el ángel del Señor» (cf. 28,2), y José, que encarna al resto de Israel, es dócil a su aviso; comprende que la expectación ha llegado a su término: se va a cumplir lo anunciado por los profetas.



Se percibe al mismo tiempo el significado que el evangelista atribuye a la figura de María quien más tarde aparecerá asociada a Jesús, en ausencia de José (2, 11). Ella representa a la comunidad cristiana, en cuyo seno nace la nueva creación por la obra continua del Espíritu. La duda de José refleja, por tanto, el conflicto interno de los israelitas fieles ante la nueva realidad la comunidad cristiana. Por la ruptura con la tradición que percibe en esta comunidad (= nacimiento virginal, sin padre o modelo humano/judío), José/Israel debe repudiarla para ser fiel a esa tradición; por otra parte, no tiene motivo alguno real para difamarla pues su conducta intachable es patente. El ángel del Señor, que representa a Dios mismo, resuelve el conflicto invitando al Israel fiel a aceptar la nueva comunidad, porque lo ‘que nace en ella es obra de Dios. Ese Israel comprende entonces la novedad del mesianismo de Jesús y acepta la ruptura con el pasado.

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p style=”text-align:justify;”>


v. 20: Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. 



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p style=”text-align:justify;”>La apelación «hijo de David» aplicada a José, indica, en relación con 1,1, que el derecho a la realeza le viene a Jesús por la línea de José (cf 12,23; 20,30) El hecho de que el ángel se aparezca a José siempre en sueños (2,13.19) muestra que el evangelista no quiere subrayar la realidad del ángel del Señor.




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p style=”text-align:justify;”>v. 21: Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.



El ángel disipa las dudas de José, le anuncia el nacimiento y le encarga, como a padre legal de imponer el nombre al niño. El nombre Jesús, «Dios salva» es el mismo de Josué, el que introdujo al pueblo en la tierra prometida. Se imponía en la ceremonia de la circuncisión, que incorporaba al niño al pueblo de alianza. El significado del nombre se explica por la misión del niño: éste va a salvar a «su pueblo», el que pertenecía a Dios (Dt 27,9; 32,9; Ex 15,16; 19,5; Sal 135,4): se anticipa el contenido de la profecía citada a continuación. El va a ocupar el puesto de Dios en el pueblo. No va a salvar del yugo de los enemigos o del poder extranjero, sino de «los pecados», es decir, de un pasado de injusticia. «Salvar» significa hacer pasar de un estado de mal y de peligro a otro de bien y de seguridad: el mal y el peligro del pueblo están sobre todo en «sus pecados», en la injusticia de la sociedad, a la que todos contribuyen.

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vv. 22-23: Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta: 23Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14) (que significa «Dios con nosotros»)… 



El evangelista comenta el hecho y lo considera cumplimiento de una profecía (1,22: “Todo esto sucedió etc.”). Mientras, por un lado, el nacimiento de Jesús es un nuevo punto de partida en la historia, por otro es el punto de llegada de un largo y atormentado proceso. Con el término Emmanuel, «Dios con nosotros» o, mejor, «entre nosotros» da la clave de interpretación de la persona y obra de Jesús. No es éste un mero enviado divino en paralelo con los del AT. Representa una novedad radical. El que nace sin padre humano, sin modelo humano al que ajustarse, es el que puede ser y de hecho va a ser la presencia de Dios en la tierra, y por eso será el salvador. Respeto de José por el designio de Dios cumplido en María.

Mateos-F. Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid

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Natividad de la Santísima Virgen

Natividad de la Santísima Virgenhttp://1drv.ms/1NUp8CG

NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Al nacer María, la linda hija de dos israelitas estériles, llegó al mundo la “luz”, aquella que se había ocultado en el jardín de las Delicias.

 Traía la niña un mensaje de “redención” que no guardaría oculto en su alma. Ella lo había de depositar en Aquel a quien después le diera la vida.

La Iglesia quiso destacar en la lista de sus conmemoraciones la festividad del nacimiento de María. Y fue instituida la fiesta para recordar a los cristianos la singular predestinación de la Madre del Salvador. María anunció al mundo un nuevo gozo y en la liturgia del día, en el himnario de maitines, se exclama: “Nace María, salud de los creyentes, y su nacimiento es verdaderamente salvación de los que nacen”.

 El día 8 de septiembre el santoral nos habla de la entrada de la Virgen en el mundo y en nosotros se despierta una gran curiosidad, razonable, al fin y al cabo, por saber detalles de su nacimiento.

 Los evangelistas, de quien María fue su guía, nada dicen en concreto de la Natividad. Cristo absorbió toda su preocupación. Dando a conocer al Hijo, de rechazo, dieron a conocer a la Madre. Sólo nos cuentan pasajes y divagaciones de este día glorioso los evangelios apócrifos, sobre todo el Protoevangelio de Santiago, uno de los libros de más difusión en los primeros siglos del cristianismo. Más tarde hacen estudios acerca de este punto San Epifanio San Juan Damasceno, San Germán de Constantinopla, San Anselmo, San Eutimio, patriarca de Constantinopla, y todos los teólogos medievales, así como los santos y mariólogos de los siglos más cercanos.

 Pero los evangelios canónicos guardan “silencio”. “Silencio” alrededor de Ella. Dios ha comenzado la obra, Él la terminará. Ese será en todo momento el “sello” de la Virgen. La Madre de la “palabra eterna” nació en el “silencio”.

 No obstante, algo se sabe por lo que la tradición nos va conservando.

 ¿Quiénes fueron sus padres? —Nació de Joaquín y Ana, dos israelitas ancianos. Fue de sangre real y de estirpe sacerdotal, así lo repite la antífona de la misa de la Natividad.

 Ana era hija del sacerdote Mathan y de María. Tenía dos hermanas: María, que se caso en Belén y dio a luz a Salomé, y Sobe, que engendró a Isabel, la madre del Bautista.

 Algunas narraciones afirman que los padres de María eran ricos y poderosos, como correspondería al linaje de los hijos de David. Según narra el Protoevangelio, Joaquín era rico y pagaba duplicados los impuestos de la ley. Mas esta afirmación de su desahogo económico no parece probable teniendo en cuenta que aquella estirpe regia se había sumergido en una existencia obscura y no quedaban del solar de Belén, patria de David, ni restos de grandeza. Sus habitantes se habían diseminado por la Judea y la Galilea, en donde buscaron medios propios de vida. David, muerto desde hacia nueve siglos, había dejado muchos hijos que se repartieron todo. Su gloria era casi únicamente la promesa del Mesías.

 Según consta en los evangelios canónicos, María perteneció a la estirpe de David y tenía como antepasados a Leví y Aarón. Conforme a la bendición que Jacob hizo a Judá, la “flor” saldría de esta familia reducida, pero regia, pues Joaquín venía de Barpanther. descendiente de Natham.

 No puede apoyarse la opinión de los escritores apócrifos que afirman que los padres de la Virgen no eran sólo ricos, sino opulentos y hasta aseguran que sus ascendientes rigieron toda la Palestina. Eran pobres, porque de lo contrario no hubieran consentido que su hija se casase con un artesano. Después de casada, María no tuvo medios de fortuna; vivió del trabajo de su esposo, que era carpintero. Tampoco encontraron albergue en Belén la noche de su llegada, con ocasión del empadronamiento, porque no tenían amigos ni siquiera medianamente acomodados a los que acudir, cosa que hubiesen aceptado dados los momentos especiales por los que Ella pasaba.

 Joaquín y Ana fueron los padres de María, y la genealogía, basada en registros públicos conservados en Jerusalén, que San Lucas inserta en su evangelio (3, 23-38), parece ser la de María, así como la que ofrece San Mateo (1, 1-17) corresponde a San José, como cabeza de familia.

 Dice San Juan Evangelista que la Virgen tuvo una hermana, que permaneció junto a Ella en la cruz. Se llamaba María y era esposa de Cleofás. Otros autores hablan de que no era hermana carnal sino política, o porque Cleofás era hermano de San José, o porque ella misma era hermana de San José. Además, resulta raro que las dos llevaran el mismo nombre.

 Algunos autores estudian los nombres de Joaquín y Ana y aseguran que no eran los verdaderos, sino que fueron simbólicos. Mas la tradición afirma que eran sus verdaderos nombres y que Ana quiere decir “gracia” y Joaquín “preparación del Señor”.

 Se distinguieron los padres de la Virgen por su piedad y santidad de vida. Dada su misión, convenía que floreciesen en toda clase de virtudes y así lo fue en realidad. La conducta integra de estos esposos destacaría, aún más, en aquellos momentos en que Israel era un centro de corrupción y escándalo. El reinado de Herodes llevó un sello de depravación y falta de piedad hasta en los ambientes judíos,

 El matrimonio vivía feliz, con una sola pena, la de carecer de hijos, bendición de un hogar israelita. Cuenta la tradición que Joaquín fue rechazado del templo cuando presentaba su ofrenda y sólo a causa de su esterilidad. El judío Rubén se enfrentó con él y le dijo: “Tú no tienes derecho a presentarte el primero en el templo con tus ofrendas, puesto que no has producido retoño de Israel”. Consultó Joaquín los “anales de las doce tribus” y se cercioró de que desde Abraham todos los justos de Israel habían tenido sucesión. Se retiró al desierto con el corazón oprimido y allí le consoló un ángel con la divina promesa de una hija maravillosa.

 También Santa Ana vivía triste; todo cuanto se presentaba a sus ojos con fecundidad le hacía pensar en su ultraje; hasta que un día el ángel del Señor le dijo: “Ana, Ana; el Señor ha escuchado tus ruegos; concebirás y darás a luz y en todo el mundo se hablará de tu descendencia”. Ana respondió: “Por la vida de mi Dios y Señor, lo que yo tuviere, sea un hijo o una hija, lo entregaré en ofrenda al Señor mío Dios”.

 Estas versiones parecen verosímiles, dice San Juan Damasceno, “porque no iba a faltarle a la Virgen una prerrogativa de la que disfrutaron muchos santos antes de su nacimiento, entre ellos el mismo precursor San Juan Bautista”.

 Así quedaba palpable el que María había sido engendrada por la gracia celestial, que ayudaba a la naturaleza impotente, y con un milagro se iniciaban todos los que más tarde iban a sucederle.

 ¿Cómo fue concebida? —Natural y prodigiosamente. Esto último por haber sido concebida de hombre anciano y de mujer estéril.

 Fue concebida como lo hubieran sido los hijos en el estado de inocencia, esto es, sin movimiento de la concupiscencia, y nació como hubieran nacido los hijos en dicho estado, es decir, sin que su madre sintiera los dolores del parto, los cuales, aunque naturales en sí, fueron pena del pecado. Dios, en el estado felicísimo en que crió a nuestros primeros padres, eximió a Eva de tales dolores, exención que perdió para si y para todos sus descendientes al infringir la Ley divina.

 Por lo que respecta a los padres de la Virgen, estaba muerta en ellos la voluptuosidad y usaron del matrimonio movidos de amor de Dios y no de la concupiscencia, y agrega en su libro Santa Brígida: “porque mejor hubieran querido morir que usar del matrimonio con amor carnal”.

 San Bernardo, en su Tratado de María, centra bien el problema y afirma: “Hay que rechazar el que la Virgen fue engendrada con un ósculo de paz —como quieren asegurar algunos— y no por cópula conyugal. Nadie diga esto porque sería inaudito”.

 María era hija de Adán. —Convenía que trajera, por generación, origen de Adán para que pudiera decirse que el Hijo de Dios era de condición humana.

 Si María hubiera nacido de madre virgen, podría decirse que la suya no era carne humana, sino cosa diferente, y sería difícil probar la Humanidad de Jesús.

 Santa Ana no fue virgen. Su concepción tuvo lugar por generación seminal. Se realizó mediante el concurso de hombre y mujer.

 ¿Y la sombra fecundante del Espíritu Santo? —Vino después a Ella, pero no con Ella.

 En el origen del mundo, según dice el Génesis (1, 2). “El espíritu de Dios se movía en las aguas, las fecundaba y proporcionaba las simientes”. Lenguaje solemne que refleja la grandeza de la obra que iba a cumplirse: la Creación. Esa sombra fecundante, ese espíritu de Dios actuará de nuevo. Sólo espera escuchar un “sí”, el de la Niña que ahora nace, y comenzará otra gran obra: la Redención.

 ¿Cómo nació? —El nacimiento de María fue proporcionado a su concepción. Nació de una manera natural, en cuanto a lo substancial del nacimiento, y de una manera prodigiosa, en cuanto a ciertas circunstancias.

 María quedó sujeta en su nacimiento a la ley natural. El momento quiere expresarlo Santo Tomás de Aquino en la Mística Ciudad de Dios (II n. 325) con estas palabras: “Santa Ana, postrada en oración, pidió al Señor la asistiese con su gracia y protección para el buen suceso de su parto. Sintió luego un movimiento en el vientre, que es el natural de las criaturas para salir a la luz. Y la dichosa niña María al mismo tiempo fue arrebatada por providencia y virtud divina, en un éxtasis altísimo, en el cual, absorta, abstraída de todas las operaciones sensitivas, nació al mundo sin percibirlo por el sentido, como pudiera conocerlo por ellos si, junto con el uso de razón que tenía, los dejaran obrar naturalmente en aquella hora. Pero el poder del muy alto lo dispuso de esta forma para que la Princesa del cielo no sintiese la naturaleza de aquel suceso del parto”.

 La bienaventurada Virgen no proporcionó dolor alguno a Santa Ana en el momento de nacer. No puede imaginarse que aquel nacimiento que había de llenar de alegría y gozo a todo el mundo empezase con el dolor de una madre. Y así, en este caso de la venida de esta Niña Redentora, Dios derogó la pena impuesta a la mujer.

 El gran amante de María, San Bernardo, quiere convencernos de esta posibilidad recordando que si algunos santos nacieron sin causar dolor a su madre, ¿cómo no es de creer que esta gracia se le otorgase a la Santísima Virgen? (Trat. de la Virgen 2).

 Reconstruyendo la escena del nacimiento saltan hasta nosotros estos momentos de inmensa alegría. ¡Qué gozo tomar entre los brazos el cuerpecito de María! Debió ser inefable encontrarse con Ella hecha carne. Los ancianos padres llorarían de dicha. Esta Niña, que se parece físicamente a las otras, que aparentemente es incapaz de hablar y casi de abrir los ojos, que sólo sonríe dulcemente, es la madre del Mesías, del Salvador del mundo. Lo que aquellos ancianos saben es que es la hija de la promesa”, y Ana sobre todo se siente orgullosa de recoger aquel fruto que también la hace grande a ella a los ojos de su Señor.

 Su nacimiento, el más grande de la historia de todos los siglos, se ha realizado con la sencillez y ternura que acompañara su vida.

Su cuerpo fue perfecto. —Fue creada con la perfección natural, con aquélla con la que pudieron nacer los hijos inocentes de Adán. Por lo tanto nació con la perfección de sus órganos.

Santo Tomás dice que “a nadie le parecerá peregrino que se afirme que si Ella no empezó a hablar inmediatamente después de nacer y a usar de todos sus órganos corporales, manifestándose como una criatura que gozaba del uso perfecto de todas las potencias, fue porque era providencia divina que apareciese ante los hombres, al menos por entonces, como criatura ordinaria”.

Un cuerpo proporcionado en sus miembros debía acompañar a un alma perfectísima. Aquella Niña era hermosa. Sus facciones proporcionadas y su cuerpo bello. Si Jesús, según canta el salmista, “fue el más hermoso de los hijos de los hombres”, ¿por qué no admitir lo mismo en favor de su Madre? De la extraordinaria belleza de Jesús es lógico deducir la extraordinaria belleza de María. “No hay duda —dice H. San Víctor— de que el fuego del amor divino, allá donde Ella intervenía, se manifestase en todo su exterior de modo que, poseyendo una pureza angelical, angelical era también su rostro”.

Su alma fue perfecta. —Desde que nació tuvo uso de razón y plena libertad.

Si Dios no ha negado a la Santísima Virgen gracia alguna de las que ha concedido a las criaturas, no puede negarse que María tuvo uso de razón y libre albedrío desde el instante de su concepción. Dotada de tal facultad adquirió inmediatamente el conocimiento de Dios, y por tanto, con un simple deseo de su albedrío se lanzó con todo el afecto de su corazón hacia Él, cumpliendo un acto perfectísimo de amor. De este modo, mediante su acción personal, se dispuso a su propia santificación.

 El Evangelio nos habla de este uso de razón en el Bautista. Y si a él se lo dio, ¿le negaría Dios algo que le era debido a su dignidad? ¿Permitiría que su Madre fuese inconsciente de lo que el Altísimo obra en Ella? ¿No es lógico que desde el primer instante se ofreciese a Dios como corredentora?

 Plenitud de gracias en el instante de su concepción. —Dios al crearla olvida la medida.

 Si la Santísima Virgen tuvo el uso de razón y la libertad desde el momento de su concepción, es lógico que tuviera ciencia y, lo que es todavía mejor, que en ocasiones tuviera visión beatífica.

 Hay muchas opiniones sobre esta visión beatífica, pero coinciden los teólogos en que le fue concedida varias veces: al nacer, en la Encarnación, y en la Resurrección de Jesús.

 En cuanto a la ciencia infusa per se, le fue dada de una manera habitual y permanente. Así se explica que desde que nació y durante toda su infancia tuvo uso de razón acerca de las cosas divinas; que su alma desde su creación no interrumpiese sus actos de amor de Dios, y que aún durante el sueño tuviese altísima contemplación.

 También tuvo ciencia infusa per accidens, que es perfeccionamiento de la anterior, ya que la tuvo Adán desde su nacimiento y habitualmente. Recibió, infusas, desde su concepción, las virtudes morales naturales, las cuales necesitan para su perfeccionamiento de las virtudes intelectuales naturales.

 De la ciencia adquirida dicen los teólogos que, teniendo uso de razón desde el momento de su concepción pasiva, sus facultades sensibles se pondrían al unísono con las facultades intelectuales y desde que nació empezó a adquirir ciencia con su propio trabajo.

 Desde su concepción hasta la de su Hijo no cometió tampoco pecado mortal ni venial. Para algunos autores no fue confirmada en gracia, es decir, hecha impecable, hasta que tomó carne en sus entrañas el Verbo divino, y para otros desde su concepción fue confirmada en el bien y en la gracia.

 La Santísima Virgen no tuvo imperfección voluntaria desde su nacimiento, ya que ésta tiene parentesco con el pecado venial, y jamás lo cometió.

 Y en cuanto a las imperfecciones morales involuntarias, debidas a la irreflexión o la ignorancia, si no tuvo “fomes peccati”, tampoco puede decirse que las tuvo.

 Fue exenta del pecado original desde el primer instante de su concepción y recibió, por consiguiente, la gracia santificante.

 La “gracia” actuó en su alma y la preparó para la divina Maternidad.

 Ni los ángeles ni los santos recibieron en su concepción más gracias. Jamás amó Dios a nadie como a Ella, y como El da tanta bondad como amor tiene a una persona, a María le dio más que a ninguna.

 La Virgen María recibió, en su concepción, más gracia que la gracia final que recibiera cualquier ángel o cualquier santo. Algunos mariólogos divagan sobre este punto, pero considerando que la gracia está en razón directa de la unión con Dios, de las relaciones que se tienen con El, verdadera fuente, ¿cabe unión más íntima y estrecha que la de Dios y María?

 Recibió en su primera santificación todas las virtudes infusas y dones del Espíritu Santo: la fe, la esperanza y la caridad, así lo dice el concilio Tridentino, y lo mismo sucede con las “virtudes morales”.

 ¿Dónde nació María?. —La opinión más común es que Joaquín Y Ana vivían en Jerusalén. Su patria anterior fue Séforis (la actual Saffuriye), siete kilómetros al norte de la solitaria Nazaret. Su casa distaba como unos treinta metros de la piscina Betesda, tan frecuentada por Jesús y en la que curó al paralítico. No es cierto que naciera la Virgen en Nazaret, donde luego estuvo. Los Padres antiguos llamaban a María “Virgo ierosolymitana”.

 Ciertamente “no fue su cuna de madera de cedro, ni de entarimado de ciprés, ni trono de oro sobre columnas de plata como se habla de la esposa del Cantar de los Cantares. Su cuna fue sencilla, pero digna y mecida por un verdadero amor.

 Santa Ana esperaba el momento con ansiedad. El nacimiento de un niño en Palestina era un acontecimiento feliz, pero interrumpía por poco tiempo las labores domésticas de la madre. Asistían en este trance a la madre unas mujeres especializadas, como sucede todavía hoy.

 Cuando la Virgen naciera se la atendería como ordenaba la Ley. El Talmud dice que lo que más le gusta a los niños es un baño de agua caliente. Según Feldman, en un estudio sobre las costumbres palestinianas, después del baño se frotaba a la criatura con sal y se la envolvía en unos lienzos. La sal se empleaba por sus propiedades antisépticas, aunque esto no se reseña en el Talmud. Así la sal hacía que la piel se le pusiera más espesa y sólida. Algunos autores antiguos hablan de un masaje con bicarbonato y sosa que hacían espuma, pero no parecen confirmarlo las costumbres hebreas. Inmediatamente de estar limpio el niño venía un masaje con aceite y la asistenta de la madre le daba a la criatura unos masajes en la cabeza con el fin de que tuviera buena forma. También usaban una hierba llamada “anibe yenuka”, con la que se limpiaba la boca del infante. Las vendas eran indispensables para enderezar el cuerpo delicado del recién nacido.

 Cuenta E. W. Heaton en su historia, la costumbre israelita de que las mujeres amamantasen a sus hijos, aunque en ocasiones, y si la familia era rica, les ponían una nodriza, que entraba a formar parte del círculo familiar.

 No lo dicen expresamente los Evangelios, pero Santa Ana sería atendida por las mujeres de su familia y la Niña María bañada, espolvoreada con sal, recubierta de aceite y envuelta en vendas. Estamos seguros que así se la presentaron a su madre, que lloraría de gozo.

 ¡Una escena indescriptible! Unos momentos imborrables en la vida de la humanidad.

 A falta de representación histórica los artistas han interpretado a su modo el nacimiento. La expresión plástica más antigua aparece en el siglo XI. Es una miniatura que data del año 1025 en un códice griego de la Biblioteca Vaticana. Aparece Santa Ana recostada en un lecho y San Joaquín con su Hija en brazos. Durante la Edad Media fue devoción de los pintores representar este momento histórico; así lo hicieron Giotto, en una capilla de Padua, y algunos artistas en los mosaicos de Santa María in Trastevere, de Roma. Los pintores del Renacimiento de todos los países le dedican tablas a la Natividad de María. Una de las más hermosas es la de Filippo Lippi, que adornó el fondo de su Madona y el Niño con el nacimiento de María, cuadro que se encuentra hoy en la galería Pitti, de Florencia.

 Para enaltecer el lugar de la Natividad de la Virgen se levantó en Jerusalén un templo llamado Santa María de la Natividad, que cambió más tarde su nombre por el de Santa Ana. En 1856 el sultán se lo cedió a Francia y fue restaurado por Napoleón III y encomendado a los padres misioneros de Argel. El papa León XIII concedió el privilegio de decir todos los días dos misas votivas en aquel santo lugar, en honor de la Inmaculada Concepción y de la Natividad de María.

 Se desconoce cuándo pasó la Virgen a vivir a Nazaret.

 Tal vez a la muerte de sus padres, bien en sus desposorios con San Jose o con ocasión de algún acontecimiento familiar.

 Lo cierto es que en Jerusalén, cabeza del pueblo israelita y centro codiciado del mundo romano, fue engendrada María, y nació en la pequeña casa próxima a la piscina. Así lo refiere la tradición y así lo apoya San Juan Damasceno, el mayor admirador de María.

 La Iglesia honró siempre con magnificencia la Natividad de la Virgen. En la liturgia ocupaba lugar destacado.

 La razón por la cual su fiesta fue fijada para el 8 de septiembre se ignora. Su origen, como el de todas las fiestas mayores marianas, se encuentra en Oriente, probablemente en Palestina.

 El Protoevangelio de Santiago, de fines del siglo II, da algunos detalles.

 San Agustín habla en sus escritos de que no existía en su tiempo una fiesta litúrgica particular dedicada a este acontecimiento. Poco después, en el concilio de Efeso (431) y en el de Calcedonia (451), se hace una referencia. El martirologio jeronimiano lo inserta en sus páginas y traduce, claramente, la profunda razón teológica de esta celebración.

 Muchos sermones patrísticos orientales exaltan el nacimiento de María y también los más grandes poetas litúrgicos bizantinos. Por San Andrés de Creta la fiesta del Nacimiento es una verdadera tradición.

 En Roma penetró la fiesta hacia la mitad del siglo VII, junto con la de la Purificación, Anunciación y Asunción de María, por obra de los monjes orientales que en tal época emigraban en masa de las regiones caídas bajo el yugo mahometano.

 Sergio I (687-701) estableció que la fecha de conmemoración fuese distinta y se celebrara una solemne procesión desde la Curia Senatus a Santa María la Mayor, de Roma.

 En la misa propia se leía al principio la historia de la Visitación, sustituida en seguida por la genealogía que ahora figura. La lección varió con San Pío V.

 Por lo que se refiere a la difusión de la fiesta fue lenta y desigual. Durante el cónclave, después de la muerte de Gregorio IX, los cardenales insistieron con el nuevo Papa para que instituyese la octava de la fiesta, cosa que realizó después Inocencio IV, con la aprobación del concilio de Lyón. Gregorio XI instituyó una vigilia con ayuno, pero cayó pronto en desuso.

 En el ciclo mariológico la Natividad de María no es fiesta de precepto. La Iglesia nos invita a meditar este suceso para traer cada año un frescor marial y el buen olor del “capullo en la casa del rey David”.

 Dios realizó una obra maestra con su Madre; “la llenó de gracia”, hizo que penetrase en Ella todo lo divino: en su alma por todas sus facultades, en su cuerpo en todos sus miembros y sentidos. La plenitud fue el acento vigoroso con el que Ella empezó a existir y la santidad se hizo en su vida temporal de fidelidad y de entrega a Dios y a los hombres.

 Para María somos todavía niños que aspiran a la vida de la gracia. Y esta vida de Dios puede aumentar en nuestra alma hasta el último instante de la vida. Si nos dejamos formar, hará de nosotros nuevos Cristos, será otra vez “Madre de los hombres”.

CARMEN ENRÍQUEZ DE SALAMANCA

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