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Archive for the ‘Nuestra Señora del Carmen’ Category

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p style=”text-align:justify;”>El Carmelo es una cadena montañosa de Israel que, partiendo de la región de Samaria, acaba por hundirse en el Mar Mediterráneo, cerca del puerto de Haifa. 
Esta altura tiene un encanto peculiar. Es diferente del Monte Nebo, en Jordania, del macizo del Sinaí y del Monte de los Olivos en Jerusalén. 
Todas las montañas palestinas tienen sus recuerdos teofánicos (es decir de las manifestaciones de Dios), que las convierten en cumbres sagradas y místicas. Pero ninguna tan sugestiva como el Monte Carmelo. ¿Por qué San Juan de la Cruz lo tomó como el símbolo de la ascensión mística? Seguramente se le sugirió el nombre de su propia Orden Carmelitana. Pero sin duda había alguna intención más profunda que la hacía simpatizar con el misterio de la sagrada montaña del profeta Elías. 
Una tradición piadosa sostiene que, desde los días de los profetas Elías y Eliseo, hubo en aquella zona hombres de oración que vivían en soledad la búsqueda de Dios. En el período de los Cruzados surgió entre los cristianos el deseo de vivir sobre aquella montaña de vida de entrega al Señor. Así surgió en el Carmelo la vida carmelita. El convento del Monte Carmelo tiene un nombre evocador: “Stella Maris” (Estrella del Mar). Es un hermoso edificio cuadrangular a 500 metros de altura sobre el nivel del Mar Mediterráneo en la ciudad de Haifa. 
El centro del convento lo ocupa el santuario de la Virgen del Carmen. En el altar mayor de esta hermosa iglesia en cruz griega se venera la estatua de la Virgen del Carmen, obra de un escultor italiano en 1836. 
Debajo del altar se ve la gruta del profeta Elías. Según la tradición, éste era el lugar donde se refugiaba el profeta. Una estatua recuerda al celoso defensor de la religión de Yahwéh. 
Nos cuentan los Padres Carmelitas que no ha sido fácil la permanencia católica sobre esta montaña. Bien es verdad que, en la época de los Cruzados, el patriarca latino de Jerusalén, San Alberto, pudo dar a los ermitaños del Monte Carmelo una regla religiosa el año 1212. Se cuenta que el carmelita San Simón Stock pasó por aquí antes de su célebre visión del escapulario carmelita. 
También subió en peregrinación a esta santa montaña el rey San Luis de Francia en el año 1254 en acción de gracias por haberse salvado de un naufragio. 
Con la caída de la ciudad de San Juan de Acre en 1291 vino la persecución árabe que causó el martirio de no pocos religiosos. Después de una larga interrupción de la vida monacal en la montaña que dio ocasión para la expansión del ideal carmelitano por el Occidente, regresaron los religiosos del Carmen al Monte Carmelo por el siglo XVII.

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La orden del Carmen no tiene un hombre o mujer a quien pueda acudir como fundador o fundadora. Su origen es sencillo, modesto, sin relieve.

Un grupo de cruzados, penitentes y peregrinos dieron vida a la futura Orden del Carmen en la última década del siglo XXII en las laderas del monte Carmelo, en Palestina. De ahí les viene el nombre con el que son conocidos: carmelitas, aunque oficialmente se llaman Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

El primer documento histórico que poseemos es la Regla. San Alberto Avogrado (↗ 17 de diciembre) o de Vercelli, patriarca de Jerusalén (+1214), de acuerdo con su propósito, les entregó una breve Norma de vida. La Regla albertina recibida por el año 1209 será siempre punto de referencia y el libro fundamental de la historia y espiritualidad de la Orden del Carmen. Bien podemos afirmar que con ella incipit carmelus, comienza el Carmelo.

Es cierto que en la Norma de vida que les da San Alberto no se menciona explícitamente a la Virgen, pero pronto los principales representantes de la orden descubrirán su presencia en el espíritu de la regla como modelo de muchas prescripciones, como Virgen Purísima y como prototipo que les ayuda a la unión con Dios para experimentar su intimidad.

Es curioso que otras reglas adoptadas por órdenes tan profundamente marianas como cisterciences, mercedarios, servitas, benedictinos, etcétera, tampoco mencionan a la Virgen María.

Al no tener la orden un fundador al modo de las otras órdenes, su ideal de perfección no estuvo bien delimitado desde el principio, sino que se fue afianzando y perfilando lentamente merced a las aportaciones de una experiencia religiosa comunitaria. Ese ideal se fue centrando en la experiencia de una intensa vida interior, unida a una relativa irradiación apostólica, a ejemplo del profeta Elías y de la Virgen María.

La finalidad que une a aquella naciente comunidad no es otra que la de vivir en obsequio de Jesucristo, al que implícitamente eligen como patrón y Dominus loci, pero su elección explícita es para la madre del Hijo, la Virgen María.

En ella se fijan, en su inefable bondad y en sus cuidados de madre más que en su dignidad y en sus poderes de reina. Ella será desde ahora su patrona especial y la señora del lugar.

Este hecho, sencillo en apariencia, desarrolló el sentido de pertenencia a la que era “la señora del lugar”. En la mentalidad feudal la elección del titular de la Iglesia comportaba una orientación espiritual de toda la vida de quienes estaban al servicio de aquella iglesia. A esta orientación general del medievo en los carmelitas se añadía la peculiaridad de que la profesión religiosa la hacían a Dios y a la misma Virgen, a quien así estaban de un modo especial consagrados.

Desde entonces a la Virgen se le llamará patrona, madre, fundadora…, de la orden.

Podían haber elegido otro patrón y otra patrona, pero prevaleció el amor a la Santísima Virgen. Y prevaleció hasta tal punto, ya desde los orígenes, que convirtió en mariana a su misma institución, como lo afirmarán los más antiguos y mejores historiadores de la orden: Baconthorp, Paleonidoro, Grossi, Bostio…

Al tratar de la devoción a la Virgen María vivida por los carmelitas, orden viva desde hace ocho siglos, es lógico que haya tenido su nacimiento, su evolución y sus cambios: épocas en las que ha prevalecido un tipo de devoción y otras, otro, pero siempre desde sus orígenes, fervoroso y dinámico.

Hay dos documentos de 1230 en los que se dice que los ermitaños del monte Carmelo habían levantado una capilla en honor a la Virgen María

“… en la ladera de la misma montaña hay un lugar bello y deleitoso donde viven los eremitas latinos llamados hermanos carmelitas; allí se encuentran una pequeña iglesia de la Virgen…”

El otro documento dice: Hay allí una hermosa iglesia de la Virgen.

Pronto los papas y reyes aprueban y conceden gracias y privilegios a los “Hermanos de la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo”. Bajo Inocencio IV, en 1247, los eremitas del Carmelo se convierten en cenobitas y forman parte de las grandes órdenes mendicantes.

La liturgia y la legislación de la orden se llenan de preceptos y prácticas para avivar más y más la devoción a la Virgen María hasta convertirla como fin principal de su existencia.

Las actas del capítulo general, celebrado en Montpellier, en 1287, comienzan así: “Invocando la ayuda de Dios, que nos lo concede todo abundantemente y sin demora…, imploramos la intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Jesús, en cuyo obsequio y honor fue fundada nuestra Orden del Monte Carmelo: monte que el Señor haga espeso y fecundo, y en el cual se complazca de fijar su morada”

El amor ascendente de la Orden del Carmen hacia María ha sido especialmente en estas vertientes: Patrona, Madre, Hermana, Reina, Virgen Purísima y Madre del Escapulario, aceptando todas las advocaciones a María dentro de una rica liturgia propia, el Rito Jerosolimitano, que ha vivido la Orden del Carmen hasta la última reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

“Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”

Abundan los documentos de pontífices y de reyes por los que se distingue a la orden con este título eran agraciados con indulgencias quienes así llamasen a los carmelitas

La razón habría que buscarla en el culto que le daban a la “señora del lugar” desde la primera mitad del siglo XIII por haberle dedicado la iglesia-madre de la orden, como ya hemos dicho.

Las Constituciones de 1324 traen la famosa Rubrica Prima, en la que se contesta a la pregunta ¿Por qué nos llamamos hermanos de la Virgen María? y da la respuesta por medio de estos tres verbos: construyeron una iglesia en honor a la Bienaventurada Virgen Maria y de ella eligieron el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, con el que son llamados por privilegio apostólico.

Estos tres verbos reflejan respectivamente:

  • Un dato histórico, es decir, la construcción en el monte Carmelo de un oratorio dedicado a María: construyeron:
  • Un comportamiento psicológico, o sea, la libre elección de María como patrona especial de la orden:
  • Una consecuencia jurídica que nace de las premisas que acabamos de indicar y que es la denominación mariana de la orden y su reconocimiento oficial: son llamados.

Pronto surgieron los émulos de este título, pero los carmelitas lo defendieron con tesón y valentía hasta que la célebre Universidad de Cambridge (Inglaterra), el 1374, falló a favor de los Carmelitas.

El eco de estas controversias ha llegado hasta nosotros en una oración litúrgica en la que se dice: “que la orden fue condecorada con el título de la Virgen María” (Colecta del 16 de julio)

 

María, Modelo del Carmelita

Juan Bacontorp (+1348) célebre teólogo carmelita, escribió un ingenioso tratado breve titulado: Tractatus super Regulam Carmelitarum, en el que intenta probar que la regla del Carmelo es copia de la misma vida de la Virgen y que por ello debe ser sumamente apreciada y meticulosamente observada por los Hermanos de la Bienaventurada Virgen.

Un libro precioso y que influyó mucho en la espiritualidad del Carmelo llamado Institución de los Primeros Monjes, insiste, sobre todo, en que el carmelita debe tratar de imitar a la Virgen María “y que como la vida que llevan los carmelitas se parece tanto a la que llevó la Virgen María, la llaman su “Hermana”

La vida del carmelita está consagrada totalmente al servicio de María. El célebre general del Carmelo, Juan Grossi, afirmaba en el siglo XV: “Nuestros padres en el Carmelo, se pusieron en contemplación en obsequio de María”

¿Cuál es la misión del carmelita?

Bellamente contestaba ya en el siglo XIV el secretario de San Pedro Tomás, Juan de  Hildesheim en 1370:

“La misión de la Orden del Carmen en la Iglesia es continuar el amor que Jesús profesó en la tierra a su madre María”

Esto hace abrir nuevos horizontes en los amores marianos del Carmelo, ya que por más que amemos a la Virgen María, siempre quedaremos muy lejos del amor que Jesús profesó a su Madre.

El Carmelo amó siempre a su madre y fundadora: A la que llaman “Madre y Hermosura del Carmelo”, la veneró siempre la orden dedicándole sus iglesias y celebrando sus fiestas con toda solemnidad.

Los carmelitas cuando hablan de su madre y patrona del Carmen siempre la llaman Nuestra Santísima Madre.

Sus santos, sus escritores y todos los religiosos están consagrados totalmente a María desde el día que visten el hábito del Carmelo.

A sus casas se les llama “Casas de María” y ya es familiar en la orden, desde el venerable Arnoldo Bostio (+1499), el mayor cantor de María que ha dado el Carmelo, su conocida frase: “El Carmelo es todo mariano”. O esta otra: “Nada que se refiera a María es ajeno al carmelita”

Dos siglos después, los venerables carmelitas Miguel de San Agustín (+1684) y su dirigida María de Santa Teresa Petyt (1677), vivirán y explicarán como nadie la vida marieforme, enriqueciendo la mariología con su doctrina de vivir en unión con María y hacerlo todo por María, en María y para María, para que ella nos lleve a hacerlo todo por Jesús, en Jesús y para Jesús.

 

El Escapulario del Carmen

El escapulario del Carmen es el signo externo de devoción mariana, que consiste en la consagración a la Santísima Virgen María por la inscripción en la orden carmelita, en la esperanza de su protección maternal.

El distintivo externo de esta inscripción o consagración es el pequeño escapulario marrón, por todos tan conocido.

El escapulario del Carmen es un sacramental, es decir, según el Vaticano II, “un signo sagrado según el modelo de los sacramentos, por medio del cual se significan efectos, sobre todos espirituales, que se obtienen por la intercesión de la Iglesia” (SC, 60)

A finales del siglo XII y principios del XIII nacía en el monte Carmelo, de Palestina, la orden de los carmelitas. Pronto se vieron obligados a emigrar a Occidente. Aquí, en Europa, tampoco fueron muy bien recibidos por todos. Por ello el superior general de la orden, San Simón Stock (↗ 5 de mayo), suplicaba con insistencia la ayuda de la Santísima Virgen con esta oración que el mismo había compuesto:

“Flor del Carmelo, viña florida, esplendor del cielo, Virgen fecunda y singular.

¡Oh madre tierna!, intacta de hombre, a los carmelitas proteja tu nombre (da privilegios), Estrella del mar”

En 1251 se realizó el prodigio. Un santoral del siglo XIV así lo cuenta: “Se apareció la Bienaventurada Virgen María, acompañada de una multitud de ángeles, llevando en sus benditas manos el escapulario de la orden y diciendo estas palabras: “Este será el privilegio para ti y todos los carmelitas quien muriere con él no padecerá el fuego del infierno, es decir, el que con él muriese se salvará”

Esta gran promesa de morir en gracia de Dios, quien llevando el escapulario, piadosamente muera con él, la recordaba Pio XII (↗9 de octubre) el 11 de febrero de 1950:

“Y, en verdad-decís-, no se trata de un asunto de poca importancia, sino de la consecución de la vida eterna en virtud de la promesa hecha, según la tradición, por la Santísima Virgen…Es ciertamente el santo escapulario como una librea mariana, prenda y señal de protección de la Madre de Dios. Mas no piensen los que visten esta librea que podrán conseguir la salvación eterna abandonándose a la pereza y a la desidia espiritual…”

Por todas partes se difundió esta devoción y uso del santo escapulario del Carmen hasta que fue el vestido de reyes y nobles, pobres y ricos, clérigos y seglares, de todos los tiempos y lugares. Por ello, el cardenal Goma (+1940) la llamó “devoción católica como la misma Iglesia”

El llamado privilegio sabatino así lo recordaba Pio XII en 1950. “Ciertamente, la piadosa Madre no dejará de hacer que los hijos que expían en el purgatorio sus culpas, alcancen lo antes posible la patria celestial por su intercesión, según el llamado privilegio sabatino, que la tradición nos ha transmitido con estas palabras: “Yo, su Madre de Gracia, bajaré el sábado después de su muerte y a cuantos-religiosos, terciarios y cofrades-hallare en el Purgatorio los libraré y los llevaré al monte santo de la vida eterna”

El santo escapulario-entregado según la tradición a San Simón Stock, general de la orden, en 1251- es como el símbolo y compendio de estos beneficios y también como signo externo de la consagración a la Madre celestial.

Hoy ha decaído en algunos ambientes, quizá porque se le enfocó mal: se daba más importancia a la historicidad, que interesaría muy poco, y a los milagros que obraba, cuando lo verdaderamente importante es su rico simbolismo como vestido de María; sacramental mariano que recuerda la vestidura de la gracia del bautismo; la penitencia a una orden consagrada totalmente a Maria, y, porque están bellamente simbolizadas en él todas las virtudes de la Virgen María..

La Virgen entregó este tesoro, que es preciso saberlo cuidar, vivir y propagar. Todos los papas últimos nos han recordado esta obligación y este privilegio. Los papas más recientes ofrecen algunos testimonios que deberían hacer reflexionar:

San Pío X (+1914, (↗ 21 de agosto): “El escapulario no es más que un símbolo de otro interior que nosotros mismos debemos trabajar por vestir en nuestro espíritu… El santo escapulario contribuye a fomentar la devoción de los fieles y a excitar en ellos propósitos de vida más santa… No hay devoción que haya sido aprobada por el cielo con tan estupendos y milagrosos prodigios”

Bendicto XV (+1922), decía el 16 de julio de 1917: “Queremos dejar a todos una palabra y un arma común: la palabra del Señor en el Evangelio, que ahora os hemos dado, y el arma del escapulario de la Virgen del Carmen, que todos vestís, por el cual la protección de la Virgen continúa con vosotros incluso después de la muerte”

Pío XI (+1939), recién elegido papa, escribía el 18 de marzo de 1922: “Recomendamos vivamente la propagación por todo el orbe de esta devoción del escapulario tan extensamente divulgada y con tan copiosos frutos”

Pío XII (+1958), el 11 de febrero de 1950, en su “Carta Magna del Escapulario”: “Entre las devociones a la Virgen María debe colocarse en lugar destacado, la devoción del escapulario de los carmelitas, que por su misma sencillez al alcance de todos y por los abundantes frutos de santificación que aporta, se halla extensamente divulgada entre los fieles cristianos”.

Y el 6 de agosto de ese mismo año: “La devoción del escapulario del Carmen ha hecho descender sobre el mundo una copiosa lluvia de gracias espirituales y temporales”

El Beato Juan XXIII (+1963, (↗ 11 de octubre) el 8 de abril de 1962: “En medio de todas las dificultades está la Madre: la Virgen del Carmen… La devoción hacia ella se vuelve una necesidad, y diría una violencia dulcísima que nos trae la Virgen del Carmen”

Pablo VI (+1978, (↗ 6 de agosto), el 2 de febrero de 1965, escribió a su legado en el Congreso Mariano de Santo Domingo: “Entre las devociones a María que recomendaba el Vaticano II creemos se han de contar rosario mariano y el uso devoto del escapulario del Carmen. Este mismo escapulario solía adornar el noble pecho de los héroes de América Latina, forma de devoción que por su misma sencillez, acomodada a todos los entendimientos, adquirió amplia difusión entre los fieles, con gran fruto espiritual”

El mismo papa, el 29 de mayo de 1965, dijo: “Debéis seguir siendo vivo testimonio del espíritu mariano y fomentar entre otras devociones la del escapulario, tan excelsamente encomiado y recomendado por nuestros predecesores”

El papa Juan Pblo II, cofrade carmelita desde niño y gran cantor sacramental mariano, en varias ocasiones ha recomendado el apostolado del escapulario. Baste recordar éstas de muestra:

Siendo joven sacerdote en San Florián de Cracovia, dijo en unos ejercicios antes de imponer el escapulario: “Llevad siempre el escapulario; yo lo llevo constantemente y de esta devoción he recibido un gran bien”

El 24 de julio de 1988, dijo: “Es el escapulario del Crmen, medio de afiliación a la Orden del Carmen para participar en sus beneficios espirituales, y vehículos de tierna y filial devoción mariana. Por medio del escapulario, los devotos de la Virgen del Carmen expresan la voluntad de plasmar su existencia según los ejemplos de María- la Madre, la Patrona, la Hermana, la Virgen-, acogiendo con corazón puro la Palabra de Dios y dedicándose al servicio generoso de los hermanos”

El 15 de enero de 1989: “La Virgen del Carmen, Madre del santo escapulario, nos habla de este cuidado materno, de esta preocupación suya para vestirnos. Vestirnos en sentido espiritual. Vestirnos con la gracia de Dios, y ayudarnos a llevar siempre blanco este vestido. Sabemos que durante la celebración del santo Bautismo, cada uno de nosotros, como los primeros catecúmenos, recibe un vestido blanco, símbolo del vestido espiritual con el que es vestida nuestra alma, nuestro espíritu: el vestido de la gracia santificante. Yo os deseo que encontréis siempre a la Madre del Monte Carmelo, patrona de vuestra parroquia, preocupada por cada uno de vosotros, especialmente por los jóvenes. Y alguna vez preocupados también vosotros de que este vestido espiritual sea aún más hermoso, de que no se ensucie ni tenga que ser reparado”…

En su obra Don y Misterio, escrita en 1996 con ocasión de sus bodas de oro sacerdotales, escribió: “También yo recibí el escapulario de la Virgen del Carmen, creo que cuando tenía diez años, y aún lo llevo…. Se iba a los carmelitas también para las confesiones. De ese modo, tanto en la iglesia parroquial como en la del Carmen se formó mi devoción mariana durante los años de la infancia y de la adolescencia hasta la superación del examen final”

El santo escapulario del Carmen, como vestido mariano y sacramental -la devoción mariana más extendida en la Iglesia junto con el santo rosario-, es también medio de santificación.

El escapulario del Carmen, según decía el papa Pío XII el 11 de febrero de 1950, es símbolo y signo de las virtudes de María: humildad, castidad, mortificación, oración, y sobre todo, signo y recuerdo de nuestra consagración a Jesucristo y a ella, un signo eficaz de santidad y una prenda de eterna salvación”

 

2001: 750 Aniversario del Escapulario del Carmen

Con motivo de celebrarse en el año 2001 el 750 aniversario de la entrega del escapulario a San Simón Stock (↗ 16 de mayo), Juan Pablo II dirigió un mensaje al padre Joseph Chalmers, prior general de la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, y al padre Camilo Maccise, prepósito general de los carmelitas descalzos, sobre la actualidad y el sentido del escapulario del Carmen. Entre otras cosas decía Juan Pablo II en este mensaje, con fecha 25 de marzo de 2001:

“Quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para “comer sus frutos y sus productos” (cf.  Jr 2,7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario a revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad.

“Así pues, son dos las verdades evocadas en el signo del escapulario: por una parte, la protección continua de la Virgen Santísima, no sólo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna; y por otra, la certeza de que la devoción a ella no puede limitarse a oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un “hábito”, es decir, una orientación permanente de la conducta cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de misericordia espirituales y corporales. De este modo, el escapulario se convierte en signo de “alianza” y de comunión recíproca entre María y los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la cruz Jesús hizo de su madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a ella, constituida nuestra madre espiritual.

“También yo llevo sobre mi corazón, desde hace mucho tiempo, el escapulario del Carmen. Por el amor que siento hacia nuestra Madre celestial común, cuya protección experimento continuamente, deseo que este año mariano (2001) ayude a todos los religiosos y religiosas del Carmelo y a los piadosos fieles que la veneran filialmente a acrecentar su amor y a irradiar en el mundo la presencia de esta mujer del silencio y de la oración, invocada como Madre de la misericordia, Madre de la esperanza y de la gracia”

 

La Fiesta del Carmen

Hay que constatar un hecho que nos afirma la historia de aquellos tiempos: los ermitaños que constituyen la primera comunidad en el monte Carmelo, a finales del siglo XII, aman tiernamente a María. Esta semilla minúscula irá creciendo hasta extenderse por todo el mundo bajo la advocación de Virgen María del Monte Carmelo.

En los primeros siglos, los carmelitas celebraron como patrona principal de la orden a la Virgen María bajo diversas advocaciones, en especial la Anunciación, Asunción y, sobre todo, la Inmaculada Concepción.

El famoso teólogo Juan Baconthorp (+1348) ya decía que el papa y la curia pontificia asistían el día de la Inmaculada, 8 de diciembre, a la iglesia de los carmelitas, donde se celebra solemne pontificial. Después se les ofrecía un banquete y algunos obsequios. Es curioso ver que en todos los capítulos generales se señalaba una cuota a cada provincia de la orden para sufragar estos gastos.

Esto mismo hacían el día de San Francisco en la iglesia de los franciscanos y el día de Santo Domingo en la iglesia de los dominicos. Lo que indica que se tenía como verdadera Madre y Fundadora de la Orden del Carmen a la Virgen María.

La fiesta empezó como fiesta de familia, en el interior de la orden, primeramente en Inglaterra, pero muy pronto se extendió por otras partes, por medio del escapulario que vino a hacerse tan popular por los milagros que por su medio se realizaban.

En el capítulo general celebrado en 1609, se impuso para toda la orden la Solemne Conmemoración de la Virgen María del Monte Carmelo, que ya se venía celebrando en algunas partes desde el siglo XIV.

La fiesta del Carmen, extendida después a toda la Iglesia, se instituyó como acción de gracias por todos los beneficios recibidos de la Madre y Patrona.

España, Italia, Portugal, Francia y Saboya fueron las primeras naciones que solicitaron la celebración de esta fiesta del Carmen o del escapulario.

El papa Bendicto XIII, en 1725, la extendió a toda la Iglesia. El papa Pablo VI escribía el 2 de febrero de 1974 en su hermoso documento Marialis cultus: “La fiesta de la Virgen del Carmen – 16 de julio- está entre las fiestas que hoy, por la difusión alcanzada, pueden considerarse verdaderamente eclesiales” (MC, n.8).

El siervo de Dios y gran teólogo, padre Bartolomé F. María Xiberta (+1967), escribió sobre esta fiesta del Carmen: “Conmemoración solemne de la Virgen del Carmen: fiesta de los beneficios de María al Carmelo: fiesta de la Consagración del Carmelo a María. Durante todo el año conservamos un recuerdo de gratitud por los beneficios que hemos recibido de María, pero el 16 de julio está dedicado expresamente a rendir un homenaje solemne de agradecimiento. El oficio de nuestra Santísima Madre semeja una sinfonía musical, en que se cantan las relaciones de María y la familia carmelita. El canto del martirologio viene a ser como la obertura: las partes propias del oficio, el desenvolvimiento del tema: los salmos y demás partes comunes se enlazan con ellas como sirviendo  de fondo a las variaciones del tema principal”

El Martirologio del día de la fiesta del Carmen reza así:

 “Conmemoración solemne de la bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, a la cual la familia carmelita consagra este día, por los innumerables beneficios recibidos de la misma Santísima Virgen, en señal de servidumbre”

Hacemos nuestros en este día de la fiesta del Carmen, los sentimientos que el papa Juan Pablo II expresaba en el rezo del Ángelus el 16 de julio del 2000: “Que la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo, a la que hoy invocamos con especial devoción, nos ayude a subir incansablemente hacia la cumbre del monte de la santidad”

 

La Virgen del Carmen, Patrona de la Marina Española

San Simón Stock, el santo del escapulario, compuso a la Madre y Fundadora de su orden dos hermosas plegarias, que rezaba cada día para obtener de ella ayuda para su orden, que estaba perseguida. Una comienza con estas palabras “Salve, estrella de la mañana…”, y la otra termina con estas otras: “Estrella de la mar”. Desde antiguo se invocó así, “Estrella del mar”, a la Virgen María.

Famosas y conocidas de todos son las expresiones de San Bernardo (↗ 20 de agosto): “En los peligros, en las angustias…., llama a María, invoca a María. María es la Estrella del mar”.

Desde hace siglos se nombró abogada y capitana de los mares a la Virgen del Carmen, pues, con su santo escapulario, obró siempre muchos prodigios en el mar.

En 1901 la reina regente de España nombraba a la Virgen del Carmen, patrona de la Marina Mercante. En 1938 fue nombrada también celestial patrona de la Marina de Guerra. Lo es también de la Marina Pesquera y de la Marina Recreativa.

Canta la copla popular:

“Por encima de las olas

van españolas galeras,

y la Virgen del Carmelo

es su mejor timonera”

Los poetas y marinos han cantado este patronazgo. El celebrado periodista Francisco de Cossío, escribió: “La advocación de la Santísima Virgen del Carmen suscita en mí la idea de salvación. De ahí el sentido marinero de la Virgen del Carmen. El escapulario es como un salvavidas de la eternidad”.

Y el inmortal José María Pemán:

“Rodeando el cuello del indiferente o pecador, es el escapulario como el brazo desesperado y último de una fe que no quiere naufragar”

El papa Juan Pablo II, el martes 9 de noviembre de 1982, en Santiago de Compostela, decía a los hombres del mar:

Que la Virgen del Carmen, cuyas imágenes se asoman a las rías que hacen la belleza de esta tierra gallega, os acompañe siempre. Sea ella la estrella que os guíe, la que nunca desaparezca de vuestro horizonte. La que os conduzca a Dios, al puerto seguro.”

Bien podemos apellidar con toda propiedad a la Virgen María del Carmen, como “La Virgen más popular” o “la Virgen cosmopolita”

Así se autopresenta la Virgen del Carmen:

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p style=”text-align:justify;”>En la vida, protejo.
 En la muerte, ayudo.
 Después de la muerte, salvo.

Su mensaje:

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p style=”text-align:justify;”>Que María se sienta gozosa por nuestras vidas.
 Que seamos el jardín donde florezcan las virtudes cristianas.
 Que vistamos su escapulario y tratemos de imitarla.
 Que ella pueda decir con agrado: “¡Éstos son mis hermanos!”

Tomado de: Nuevo Año Cristiano. Editorial Edibesa

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LA VIRGEN DEL CARMEN: ESTRELLA DE LOS MARES

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Por Jesús Martí Ballester





El Carmelo, cuya hermosura ensalza la Biblia, ha sido siempre un monte sagrado. En el siglo IX antes de Cristo, Elías lo convirtió en el refugio de la fidelidad al Dios único y en el lugar de los encuentros entre el Señor y su pueblo (1R 18,39). En el Carmelo había de perpetuarse el espíritu y el recuerdo del Profeta «abrasado de celo por el Dios vivo». Del Carmelo recibirá San Juan de la Cruz la inspiración para hacer de su Subida, el Monte de la Perfección Evangélica, Monte repleto de paz y dulzura, de santidad. Durante las Cruzadas, los ermitaños cristianos se recogieron en las grutas de aquel monte emblemático, hasta que en el siglo XIII, formaron una familia religiosa, a la que el patriarca Alberto de Jerusalén dio una regla en 1209, confirmada por el Papa Honorio III en 1226. Situado en la llanura de Galilea, cerca de Nazaret, donde vivía María «conservándolo todo en su corazón» y donde asomó la nubecilla, presagio de la prohibida y deseada lluvia, siempre prometedora de frutos y flores olorosas. Por eso la Orden del Carmelo desde sus orígenes, se ha puesto bajo el patrocinio de la Madre de los contemplativos. Es natural que en el siglo XVI, los dos doctores y reformadores de la Orden, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, convirtieran el Monte Carmelo en el signo del camino hacia Dios. Con la liturgia pidamos al Señor que nos haga llegar, gracias a «la intercesión de la Virgen María» «hasta Cristo, monte de salvación».

 

ESTRELLA DE LOS MARES

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Desde aquellos eremitas que se establecieron en el monte Carmelo, los Carmelitas se han distinguido por su profunda devoción a la Santísima Virgen, interpretando la nube que vio el criado de Elías: “Sube del mar una nubecilla como la palma de la mano” (1Re 18,44), como un símbolo de la Virgen María. Como los antiguos marineros, que leían las estrellas para marcar su rumbo en el océano, María como estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles del mundo, hacia el puerto seguro que es Cristo. Cuando Palestina fue invadida por los sarracenos, los Carmelitas tuvieron que abandonar el Monte Carmelo. Una tarde gozosa, mientras cantaban la Salve, se les apareció la Virgen y les prometió que sería su Estrella del Mar, por la analogía de la belleza del Monte Carmelo que se alza como una estrella junto al mar Mediterráneo, dando cumplimiento a la profecía de Zacarías: “Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos y se harán pueblo mío” (Zacarías 7,14).

 

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p style=”text-align:justify;”>DIFUSIÓN DE LA ORDEN



La Orden se difundió por Europa, y la Estrella del Mar les acompañó en la propagación de la orden por el mundo, y el pueblo les llamaba “Hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo”. En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en su honor, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella a Cristo.

Año 1246. Inglaterra. Simón Stock, nombrado general de la Orden Carmelitana, comprendió que, sin una intervención de la Virgen, la Orden se extinguiría pronto. En esta situación de angustia, recurrió a María, a la que llamó “Flor del Carmelo” y “Estrella del Mar” y puso la Orden bajo su amparo, y le suplicó su protección para toda la comunidad. En respuesta a su oración, el 16 de julio de 1251 se le apareció la Virgen y le dio el escapulario para la Orden con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera con el escapulario no sufrirá el fuego eterno”.

LA VENTANA DE RAJAB

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El libro de Josué, nos narra la conquista de Jericó por Josué y los israelitas: “Al entrar nosotros en el país, dijeron los espías a Rajab, la prostituta de Jericó, ata esta cinta roja a la ventana, y a tu padre y tu madre, a tus hermanos y toda tu familia, los reúnes aquí en tu casa y nosotros respondemos de vuestra vida. Esta ciudad se consagra al exterminio. Sólo han de quedar con vida la prostituta Rajab y todos los que están en su casa con ella… Los espías fueron y sacaron, a su padre y hermanos y Josué les perdonó la vida” (Jos 2,14). 


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p style=”text-align:justify;”>Los hombres nos comunicamos por símbolos, banderas, himnos, escudos y uniformes, que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios. Los laicos que desean asociarse a los religiosos en el camino de la santidad, pueden usar el escapulario, miniatura de hábito otorgado por la Virgen que, con el rosario y la medalla milagrosa, es uno de los más importantes sacramentales marianos. Como la cinta roja en la ventana de Rajab fue para los hebreos la señal para salvar del extermino a ella y a su familia, el escapulario del Carmen, es para los que lo llevan, su señal de predestinación. Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: “Los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, y la Virgen está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.” El escapulario ha sido constituido por la Iglesia como sacramental y signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción, y que propicia la renuncia del pecado. 


EL ESCAPULARIO ACREDITADO

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Muchos Papas, santos como San Alfonso Ligorio, San Juan Bosco, San Claudio de la Colombiere, y San Pedro Poveda, tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y llevaban el escapulario. Juan Pablo II, que quiso ser carmelita, ha manifestado que lleva el escapulario de la Virgen, como Terciario Carmelita que ha profesado. Los teólogos han explicado que según la promesa de la Virgen, quien tenga impuesto el escapulario y lo lleve, recibirá de María a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia final.

Para el cristiano, el escapulario es una señal de su compromiso de vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima y el signo del amor y la protección maternal de María, que envuelve a sus devotos en su manto, como lo hizo con Jesús al nacer, como Madre que cobija a sus hijos. Cubrió Dios con un manto a Adán y Eva después del pecado; Jonatán dio su manto a David en señal de su amistad, y Elías le dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida. San Pablo nos dice que nos revistamos de Cristo, con el vestido de sus virtudes. El escapulario es el signo de que pertenecemos a María como sus hijos, consagrados y entregados a ella, para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. En el himno de la carta a los Efesios (1,3), oración de bendición a Dios Padre, San Pablo delinea las diferentes etapas del plan de salvación a través de la obra de Cristo. En el centro resuena la palabra griega «mysterion», un término asociado a los verbos que hacen referencia a la revelación («revelar», «conocer», «manifestar»). Este es el gran proyecto secreto que el Padre había custodiado en sí mismo desde la eternidad y que había decidido actuar y revelar «cuando llegase el momento culminante» en Jesucristo, su Hijo. En el himno aparecen salpicadas las acciones salvíficas de Dios por Cristo en el Espíritu. El Padre nos escoge desde la eternidad para que seamos santos e irreprochables en el amor, después nos predestina a ser sus hijos, nos redime y nos perdona los pecados, nos desvela plenamente el misterio de la salvación en Cristo, y nos da la herencia eterna, ofreciéndonos ya desde ahora como prenda el don del Espíritu Santo prenda de la resurrección final.

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

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Intervienen las tres personas de la Santísima Trinidad, el Padre, que es el iniciador y el artífice supremo del plan de salvación; el Hijo, que realiza el designio en la historia; y el Espíritu Santo que imprime su «sello» a toda la obra de salvación. El primer gesto divino, revelado y actuado en Cristo, es la elección de los creyentes, iniciativa libre y gratuita de Dios. En el principio, «antes de crear el mundo», en la eternidad de Dios, la gracia divina está dispuesta a entrar en acción. Me conmuevo meditando que desde la eternidad estamos ante los ojos de Dios que ha decidido salvarnos. Llamada a la «santidad», gran palabra. Santidad. Participación en la pureza del Ser divino. Como Dios es caridad, participar en la pureza divina es participar en la «caridad» de Dios, conformarnos con Dios que es «caridad». «Dios es amor» (1 Juan 4, 8.16), esta es la verdad consolante que nos permite comprender que «santidad» no es una realidad alejada de nuestra vida, sino que, en la medida en que podemos convertirnos en personas que aman con Dios, entramos en el misterio de la «santidad». El «ágape» se convierte en nuestra realidad cotidiana. Somos llevados por tanto al horizonte sacro y vital del mismo Dios. Igualmente es contemplada por el plan divino desde la eternidad: nuestra «predestinación» a hijos de Dios. No sólo criaturas humanas, sino hijos de Dios. 


Pablo exalta esta sublime condición de hijos que implica y se deriva de la fraternidad con Cristo, el hijo por excelencia, «primogénito entre muchos hermanos» (Romanos 8, 29) y de la intimidad con el Padre celestial que ya puede ser invocado como «abbá», al que podemos llamarle «padre querido», con un sentido de auténtica familiaridad con Dios, con una relación de espontaneidad y de amor, don inmenso, hecho posible por «pura iniciativa» divina y de la «gracia», luminosa expresión del amor que salva. San Ambrosio, en una carta subraya la gracia sobreabundante con la que Dios nos ha hecho hijos adoptivos suyos en Jesucristo. «No hay que dudar de que los miembros estén unidos a su cabeza, en particular porque desde el principio hemos sido predestinados a la adopción de hijos de Dios, por medio de Jesucristo» («Carta XVI a Ireneo», «Lettera XVI ad Ireneo). «¿Quién es rico si no Dios, creador de todas las cosas?». «Pero es mucho más rico en misericordia, pues nos ha redimido y trasformado, a quienes según la naturaleza de la carne éramos hijos de la ira y sujetos al castigo, para que fuésemos hijos de la paz y de la caridad».

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p style=”text-align:justify;”>EL PAPA PIO XII Y EL ESCAPULARIO

En 1950 el Papa Pío XII escribió “que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”. Quien usa el escapulario debe ser consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras. Dice Jesús: “Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mt 11:29). El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar, pero que María nos ayuda a llevar. El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación, lo que exige que seamos pobres, castos y obedientes por amor.

Al usar el escapulario constantemente estamos haciendo silenciosa petición de asistencia a la Madre, y ella nos enseña e intercede para conseguirnos las gracias para vivir como ella, abiertos de corazón al Señor, escuchando su Palabra, orando, descubriendo a Dios en la vida diaria y cercanos a las necesidades de nuestros hermanos, y nos está recordando que nuestra meta es el cielo y que todo lo de este mundo pasa. En la tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden dice: “No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos…Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia.”

MEDALLA – ESCAPULARIO

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El primer escapulario debe ser bendecido e impuesto por un sacerdote con esas palabras: “Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna”. En 1910, a petición de los misioneros en los países del trópico, donde los escapularios de tela se deterioran pronto, el Papa Pío X declaró que una persona que ha recibido el escapulario de tela puede llevar la medalla-escapulario en su lugar, si tiene razones legítimas para sustituirlo.


La Virgen ha prometido sacar del purgatorio el primer sábado después de la muerte a la persona que muera con el escapulario. Esta gracia es conocida como el Privilegio Sabatino y tiene su origen en una bula del Papa Juan XXII otorgada el 3 de marzo de 1322, después de una aparición de la Virgen al mismo Papa, en la que prometió para aquellos que cumplieran los requisitos de esta devoción que “como Madre de Misericordia, con mis ruegos, oraciones, méritos y protección especial, les ayudaré para que, libres cuanto antes de sus penas, sean trasladadas sus almas a la bienaventuranza”. Las condiciones para gozar este privilegio son llevar el escapulario con fidelidad, guardar la castidad de su estado, rezar el oficio de la Virgen o los cinco misterios del rosario. El Papa Pablo V confirmó en un documento oficial que se podía enseñar este privilegio sabatino a todos los creyentes.

 

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p style=”text-align:justify;”>FÁTIMA Y EL ESCAPULARIO



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p style=”text-align:justify;”>En la última aparición de Fátima, octubre de 1917, día del milagro del sol, la Virgen vino vestida con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano. El Papa Pío XII, que recomendó frecuentemente el Escapulario, en 1951, 700 aniversario de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, ante una numerosa audiencia en Roma, exhortó a vestir el Escapulario como “Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María, que nos marca como hijos escogidos de María y se convierte para nosotros en un “Vestido de Gracia”. 


PLEGARIA

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Madre del Carmelo: Tengo mil dificultades, ayúdame. De los enemigos del alma, sálvame. En mis desaciertos, ilumíname. En mis dudas y penas, confórtame. En mis enfermedades, fortaléceme. Cuando me desprecien, anímame. En las tentaciones, defiéndeme. En horas difíciles, consuélame. De mis pecados, perdóname. Con tu corazón maternal, ámame. Con tu inmenso poder, protégeme en tus brazos de Madre. Al expirar, recíbeme, Virgen.

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p style=”text-align:justify;”>Una vez más, saludamos hoy a nuestra Señora, la Virgen del Carmen:



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p style=”text-align:justify;”>Salve, mujer y madre, a Dios rendida.
Salve, dolorosa, ante la cruz postrada.
Hoy te vemos en los cielos ensalzada,
y en la tierra te decimos ‘preferida’.
Hermosa, de gracia llena, de sol vestida,
tu frente está de estrellas coronada.

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p style=”text-align:justify;”>Desciende hasta nosotros, guarnecida
de luz y amor, perlas de la agraciada.
Sea en este día nuestra alborada
un canto de gratitud: ‘Ave, María’

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La luz de Dios y su mensaje en la Biblia


Profeta Zacarías 2, 14-17:

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“Alégrate y salta de júbilo, hija de Sión, que yo vengo a habitar en ti —oráculo del Señor- . Aquel día se incorporarán al Señor muchos pueblos y todos serán pueblo mío, habitaré en medio de ti, y sabrás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti 
.

El Señor tomará a Judá como lote suyo en la tierra santa y volverá a escoger a Jerusalén.

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p style=”text-align:justify;”>¡Haced todos silencio ante el Señor, que se levanta en su santa morada!”



Evangelio según san Mateo 12, 46-50:

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“Un día, mientras Jesús hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte.

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Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí a mi madre y mis hermanos. Porque quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”.




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p style=”text-align:justify;”>Reflexión para este día


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p style=”text-align:justify;”>Júbilo de Jerusalén y del Carmelo. 


¿Qué canta y a quién canta el profeta Zacarías, en el siglo VI antes de Cristo? Canta, de entrada, la gloria de la ciudad de Jerusalén cuyo templo se afana en restaurar.

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Él se imagina que, bajo la mano protectora de Yhavé, los israelitas y otros pueblos se llenarán de júbilo al poder celebrar nuevamente días de culto y fiesta. Para ello se prepara la que es amada y mimada de Yhavé, la ciudad de Jerusalén. 



Pues bien, nosotros, por similitud con la alegría de la Ciudad, cuando celebramos la fiesta de María, Madre de Dios, bajo cualquier advocación, cantamos salmos de júbilo y alabanza porque, en nuestra historia, una mujer, tomada de entre nosotros, se engalanó para recibir el gran misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.

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El Carmelo que se cubre de flores el símbolo de esa realidad. María es la gloria de la humanidad. Sólo ella es Madre de Dios. Al recordarlo humildemente, con júbilo, escuchamos las palabras de Jesús que enaltece la fe de cuantos espiritualmente se hacen un poco madres y hermanas de todos los redimidos. María, dicen los santos Padres, concibió a Jesús antes con la fe que en su seno. María creyó y luego fue madre.

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Homilía para la Fiesta de la Virgen del Carmen

Homilía para la Fiesta de la Virgen del Carmen

HOMILÍA PARA LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL CARMEN

La fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo es una de las celebraciones marianas más populares y más queridas en el pueblo de Dios. Casi espontáneamente nos traslada a la tierra de la Biblia, donde en el siglo XII un grupo de ermitaños comenzó a venerar a la Virgen en las laderas de la cordillera del Carmelo. De este pequeño grupo de hermanos, reunidos junto a la fuente de Elías, nacerá lo que hoy es la Orden de los Carmelitas, consagrada a la Virgen del Monte Carmelo, Madre del Señor. En la Escritura se hace referencia muchas veces a la vegetación exuberante del sagrado monte del Carmelo (cf. Is 35,2; Cant 7,6; Am1,2), ligado desde antiguo a la experiencia de Dios a través de la vida y el ministerio del profeta Elías (1Re 18,19-46). La frondosidad y la belleza del Carmelo evocaban aquella otra belleza que adornó siempre a María: su docilidad a la palabra de Dios, su oración callada y su fe inquebrantable. A ella se le pueden aplicar con razón las palabras del profeta Isaías: “Le han dado la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón” (Is 35,2).

El Carmelo Teresiano y la Virgen María

Nuestra Señora del Monte Carmelo es venerada y contemplada como modelo de fe y de oración. Los frailes y monjas carmelitas, los laicos del Carmelo Seglar y cuantos se sienten unidos espiritualmente a la gran familia del Carmelo, la acogen como su madre y hermana, constante inspiradora de una contemplación fuerte y fecunda, centrada en la obediencia fiel a la Palabra de Dios.

Para la Virgen María es “la Madre Sacratísima” que “estaba siempre firme en la fe” (6 Moradas 7,14), llena de “tan gran fe y sabiduría” que siempre aceptó en su vida los caminos de Dios, escuchando humildemente la Palabra (cf. Conceptos del Amor de Dios 6,7).

Para San Juan de la Cruz María fue siempre dócil a los impulsos del Espíritu Santo, pues “nunca tuvo en su alma impresa forma alguna de criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo” (3 Subida 2,10). María, que “guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19) y que vivió siempre unida en la fe y el amor con Cristo su Hijo, es modelo e ideal evangélico para todos los carmelitas. La celebración de santa María del Carmelo es la fiesta en la que la Orden de los carmelitas y cuantos viven unidos al Carmelo reconocen a María como “modelo acabado del espíritu de la Orden” (Constituciones OCD, 49) y fuente de protección y auxilio en Cristo en medio de las adversidades de la vida, de lo cual es un signo elocuente el escapulario del Carmen.

Comentario a las lecturas bíblicas de la Misa

1 Re 18, 42-45

Gal 4, 4-7

Jn 19, 25-27

La primera lectura (1 Re 18,42-45) pertenece al llamado “ciclo de Elías”, antigua colección de historias de este profeta que dejó una impronta imborrable en la memoria del pueblo de Dios. Elías (en hebreo: “Eliyaju = “Yahvéh es mi Dios”) es el gran profeta de la fe y del celo por la gloria de Dios. En la época de Elías el pueblo vivía en una situación extrema de confusión religiosa, a tal punto que había llegado a seguir a Baal, un dios extranjero de la fecundidad, al que consideraban la verdadera fuente de los bienes de la naturaleza, que enviaba la lluvia y el rocío para fertilizar a la madre tierra. El profeta Elías, para probar que sólo Yahvéh controla la naturaleza, había jurado que no habría lluvia ni rocío si no cuando él lo ordenara con su palabra profética (1 Re 17,1). Después de algunos años de sequía y gracias al ministerio de Elías el pueblo había vuelto a reconocer al verdadero Dios (1 Re 18,20-40). Cuando el pueblo se convierte, Dios está dispuesto a dar la lluvia de nuevo. Elías entonces invita al rey Ajab a “comer y beber” (1 Re 18,41), es decir, lo invita a hacer fiesta porque el pueblo ha vuelto a su Dios y el Señor mandará otra vez el agua sobre la tierra: “Sube, come y bebe porque ya se oye el ruido de una lluvia torrencial” (1 Re 19,41). Probablemente Ajab había estado ayunando por largo tiempo, a causa de la sequía, como signo de luto y penitencia, según la costumbre que se seguía en tiempo de calamidades (cf. Joel 1,14). Por su parte, el profeta sube a la cima del Carmelo. Las siete veces que manda a su criado a observar el mar para ver algún signo de lluvia, indican la seguridad que tiene en la palabra que Dios había pronunciado: “Yo voy a hacer llover sobre la tierra” (1Re 18,1). Mientras el criado va a mirar, Elías ora “postrado rostro en tierra con el rostro entre las rodillas” (1 Re 18,42). A la séptima vez, el criado le dijo: “Sube del mar una nube pequeña como la palma de una mano” (1 Re 18,44). Finalmente llega el signo que el profeta esperaba. Le basta una pequeña nubecilla para intuir que Dios enviará la lluvia sobre la tierra y así se lo hace saber al rey diciéndole: “vete, antes que la lluvia te lo impida” (1 Re 18,44). En aquel momento, “el cielo se oscureció con nubes, sopló el viento y cayó agua en abundancia” (1 Re 18,45). Elías entonces corre delante de Ajab, como hacían los caballeros delante del rey para anunciar la victoria; solamente que aquí la victoria no ha sido del rey, sino de Dios, de Elías y del pueblo. El final de la sequía había dejado en claro que Yahvéh era el único Dios, fuente de la fecundidad y de la bendición, y cuyo poder alcanza a toda la naturaleza.

“Sube del mar una pequeña nube” (1 Re 18, 44)

Desde los orígenes del Carmelo esta lectura ha sido interpretada en clave mariana. Se trata de una interpretación que, aunque no responde al sentido literal del texto, se sirve alegóricamente de aquel acontecimiento para contemplar la vocación y el misterio de la Madre del Señor. Aquella pequeña nube, contemplada por Elías como presagio de la bendición de la lluvia, ha sido vista como un signo de María. Ella, la pequeña “sierva del Señor” (Lc 1,38), pequeña y fecunda como la nubecilla del Carmelo, con su fe y su disponibilidad al proyecto salvador de Dios ha representado para la humanidad un nuevo inicio en la historia de la salvación. En ella, “pequeña nube” elegida desde siempre por Dios, se ha escondido el Verbo eterno para dar la vida al mundo. En la tierra de la Biblia, además, la lluvia era una expresión privilegiada de la bendición divina y aparecía íntimamente ligada al don de la tierra. Por eso la lluvia del Carmelo también evoca la figura de María: ella es, en efecto, la “llena de gracia” (kejaritoméne) (Lc 1,28), la “bendita entre las mujeres” (Lc 1,42). María es, en efecto, un sacramento de la bendición divina y un pequeño signo de Dios, que en ella “ha hecho grandes cosas” (Lc 1,49). Dios ha mostrado en ella su amor benevolente, haciéndola digna morada del Mesías, Hijo de Dios, “fruto bendito de su vientre”.

La segunda lectura (Gal 4,4-7) hace referencia a la Madre de Jesús sólo en forma indirecta. Pablo afirma: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…” (Gal 4,4).

“Nacido de una mujer…” (Gal 4,4)

El texto en primer lugar evoca la larga historia de las intervenciones salvadoras de Dios en “el tiempo” de la humanidad. Cuando el Padre envía a su Hijo al mundo, llega “la plenitud del tiempo”, el punto culminante de la historia salvífica. Es en este momento decisivo y pleno de la redención cuando Pablo menciona el nacimiento de Cristo en la carne (“nacido de una mujer”). Esta mujer es María, colocada en el mismo centro del proyecto salvador de Dios. En ella, el Mesías—Hijo de Dios llega a ser verdadero “hermano” nuestro (Heb 2,11), compartiendo nuestra propia carne y sangre (Heb 2,14).

En el evangelio (Jn 19,25-27), junto a la cruz de Jesús aparece congregada simbólicamente la Iglesia, representada por “su Madre” y por “el discípulo a quien amaba” (19,25-27). María es figura de Sión, que reúne y engendra a sus hijos. De Sión—Jerusalén, que después del exilio recibía a sus hijos dentro de sus muros y en torno al templo, había dicho antiguamente el profeta: “¿Sin estar de parto ha dado a luz, ha tenido un hijo sin sentir dolor. ¿Quién oyó jamás cosa igual? ¿Quién vio nada semejante? ¿Nace un país en un solo día? ¿Se da a luz un pueblo de una sola vez? Pues apenas sintió los dolores, Sión dio a luz a sus hijos” (Is 66,8). Al pie de la cruz, en lugar de Jerusalén, aparece ahora María, madre de los hijos de Dios dispersos, reunidos ahora por Jesús (Jn 11,52), verdadero “templo” de la nueva alianza (Jn 2,21). María es la nueva Jerusalén—madre, la Hija de Sión a la que el profeta decía: “Levanta la vista y mira a tu alrededor, todos se reúnen y vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos” (Is 60,4). Ahora es Jesús, quien dirigiéndose a su madre, le dice: “He allí a tu hijo”. A imagen de Jerusalén—madre, María es la madre universal de los hijos de Dios, congregados en Cristo, principio de la nueva humanidad.

“Ahí tienes a tu madre…” (Jn 19,27)

Jesús luego se dirige al discípulo y le dice: “He allí a tu madre”. El discípulo “a quien Jesús tanto amaba” (Jn 19,26) es imagen del creyente de todos los tiempos. Por eso las palabras de Jesús hacen que la maternidad de María alcance una dimensión eclesial que se extiende a todos aquellos que siguen con fidelidad hasta la cruz. El discípulo acoge a la Madre de Jesús como algo suyo. “Desde aquella hora, el discípulo la acogió entre sus cosas propias” (literalmente en griego: eis ta idia, que no es simplemente “en su casa”, como leemos en tantas traducciones). Cada vez que Juan utiliza la expresión eis ta idia le da a la frase un valor existencial y personal. Se trata de las cosas propias de alguien, de personas o cosas de inmenso valor para él (cf. Jn 8,44; 10,4; 16,32; etc.). Las “cosas propias” del discípulo son sus bienes espirituales, sus valores más profundos en la fe, entre los cuales hay que incluir la palabra de Jesús (Jn 17,8), la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27), el don del Espíritu (Jn 20,22); etc. Entre esos bienes propios del discípulo ahora aparece también María. La Madre del Señor pasa a ser parte del tesoro más preciado del discípulo creyente. Cuando ha llegado la Hora, al pie de la cruz nace la nueva familia de Jesús, símbolo de la iglesia de todos los tiempos: “su Madre y sus hermanos”, (cf. Mc 3,31-35).

María es…

María es la nueva tierra que Dios fecunda con su Espíritu (Lc 1,35a; Gen 1,2; Ez 37,14; Sal 104,30), es el nuevo tabernáculo de la alianza, cubierto con la sombra del Omnipotente (Lc 1,35b; Ex 40,34; Sal 91,1; 121,5); el nuevo Israel que dialoga con Dios y cumple su alianza para siempre (Lc 1,34.38; Ex 19,8; Jos 24,24). María es mujer de nuestra historia, abierta a Dios y a los hombres, que ha realizado plenamente su vida en actitud de gratuidad, en honda entrega por los otros.

Dios se ha expresado a sí mismo en la vida de María, en la que descubrimos su misterio de amor, su comunión perfecta. En ella, “pequeña nube del Carmelo”, “lluvia fecunda de bendición” para la humanidad entera, descubrimos que Dios es Padre porque engendra a Jesucristo, su Hijo, en sus entrañas santísimas. Sabemos que es Hijo porque nace como hijo de mujer en medio de la historia. Y sabemos que es Espíritu de vida, comunión de amor que actúa, que se vuelve cercanía entre nosotros. Acojamos también nosotros a María, madre del Señor y madre nuestra. Ella es nuestro modelo en el seguimiento de Cristo, nuestro auxilio y protección en las adversidades de la vida. Verdadera madre de la Iglesia y de cada uno de los discípulos de Jesús.

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Himno a la Virgen del Carmen

Himno a la Virgen del Carmen

A LA VIRGEN DEL CARMEN

Vayamos a la cima del Carmelo

El himno está construido sobre dos puntos de referencia: la tradición veterotestamentaria del monte Carmelo, y la tradición eclesial “carmelitana”, que es contemplativa y mariana.

En el Carmelo Israel robusto se alza y ensancha el corazón hacia los mares. Haifa, a los pies del Carmelo, es el único puerto natural de la costa de Israel. De allí arranca el Carmelo – 546 metros de máxima altitud y avanza como fuerte macizo de 25 kilómetros hasta la llanura de Esdrelón.

El Carmelo es celebrado por su hermosura, por su vegetación. Es vergel antiguo, donde brotan innumerables especies de flores; las nubes que destilan lo bendicen. El Cantar de los cantares lo recuerda (Ct 7,6): bello, frente de la esposa. Y es el monte del combate: allí cayó Baal con sus profetas (cf. 1Re 18,19-40).

Desde la Regla dada por san Alberto de Jerusalén (entre 1206 y 1214) el Carmelo es el símbolo de contemplación bajo el manto de la Virgen. Allí frente al mar María es Stella maris, estrella en las tormentas y huracanes.

Después el Carmelo ha pasado al corazón de los fieles, como monte de oración, por san Juan de la Cruz, que nos invita a la Subida del Monte Carmelo: Vayamos a la cima del Carmelo.

Vayamos a la cima del Carmelo,

vergel antiguo, monte del combate, 

allí donde Israel robusto se alza 

y ensancha el corazón hacia los mares.

Se yergue bello, frente de la esposa,

henchido de esplendor en su follaje;

las nubes que destilan lo bendicen,

que es monte del Señor, real baluarte.

Allí cayó Baal con sus profetas 

en pleito de la fe con fuego y sangre,

y Elías percibió la nubecilla, 

que fue señal de Dios en duro trance.

Oh Virgen santa, Madre del Carmelo,

Estrella en las tormentas y huracanes,

oh Madre que nos vistes con tu manto,

defiéndenos muy fuerte en tantos males.

Oh Virgen del silencio y de la altura, 

que adentras en la fe a los orantes, 

condúcenos, piadosa, por la senda 

que fue la tuya oyendo su mensaje.

¡La gloria sea al Dios de las montañas,

el Dios de los desiertos y ciudades!,

¡a ti, Señor, buscado eternamente, 

a ti el honor por cauce de una Madre! Amén.

Rufino María Grández, Himnario de la Virgen María. Ciclo anual de celebraciones
de la Virgen en la Liturgia de las Horas
. Burlada, Curia provincial de Capuchinos 1989.
Música: Fidel Aizpurúa.

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Virgen del Carmen, ruega por nosotros

Virgen del Carmen, ruega por nosotros

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Virgen del Carmen, ruega por nosotros

El escapulario es signo de la Maternidad Espiritual de María y debemos recordar que ella es madre de todos.  

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p style=”text-align:justify;”>Los carmelitas tienen, entre otros, el mérito de haber llevado esta advocación mariana a todos los estratos del pueblo cristiano. 

En el siglo XII algunos eremitas se retiraron al Monte Carmelo, con San Simón Stock. 

La Virgen Santísima prometió a este santo un auxilio especial en la hora de la muerte a los miembros de la orden carmelitana y a cuantos participaran de su patrocinio llevando su santo escapulario. 

Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal Carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción.




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p style=”text-align:justify;”>La estrella del Mar y los Carmelitas.



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p style=”text-align:justify;”>Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo.

Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar.




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p style=”text-align:justify;”>Los Carmelitas y la Virgen del Carmen se difunden por Europa.



La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos allí se venera. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: “Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo”. En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo.

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¿Qué es el Escapulario carmelita?

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Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios.

Los laicos no pueden llevar hábito, pero los que desean asociarse a los religiosos en su búsqueda de la santidad pueden usar el escapulario. La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito miniatura que todos los devotos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. Se usa bajo la ropa. Junto con el rosario y la medalla milagrosa, el escapulario es uno de los mas importantes sacramentales marianos.

Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: “Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.”




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p style=”text-align:justify;”>El escapulario es un sacramental.



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p style=”text-align:justify;”>Un sacramental es un objeto religioso que la Iglesia haya aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.

 El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos. Las gracias nos vienen por nuestra respuesta de amor a Dios y de verdadera contrición del pecado, lo cual el sacramental debe motivar.




¿Cómo surgió el escapulario?

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La palabra escapulario viene del Latín “scapulae” que significa “hombros”. Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo. Con el tiempo se le dio el sentido de ser la cruz de cada día que, como discípulos de Cristo llevamos sobre nuestros hombros. Para los Carmelitas particularmente, pasó a expresar la dedicación especial a la Virgen Santísima y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás.




La Virgen María entrega el escapulario el 16 de julio de 1251.

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En el año 1246 nombraron a San Simón Stock general de la Orden Carmelita. Este comprendió que, sin una intervención de la Virgen, a la orden le quedaba poco tiempo. Simón recurrió a María poniendo la orden bajo su amparo, ya que ellos le pertenecían. En su oración la llamó “La flor del Carmelo ” y la “Estrella del Mar” y le suplicó la protección para toda la comunidad.

En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251 se le aparece la Virgen a San Simón Stock y le da el escapulario para la orden con la siguiente promesa: 

“Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”

Aunque el escapulario fue dado a los Carmelitas, muchos laicos con el tiempo fueron sintiendo el llamado de vivir una vida mas comprometida con la espiritualidad carmelita y así se comenzó la cofradía del escapulario, donde se agregaban muchos laicos por medio de la devoción a la Virgen y al uso del escapulario. La Iglesia ha extendido el privilegio del escapulario a los laicos.




Explicación de la Promesa:

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Muchos Papas, santos como San Alfonso Ligorio, San Juan Bosco, San Claudio de la Colombiere, y San Pedro Poveda, tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y llevaban el escapulario. Santos y teólogos católicos han explicado que, según esta promesa, quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de María Santísima a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia en el estado de gracia (sin pecado mortal) o la gracia de la contrición (arrepentimiento). Por parte del devoto, el escapulario es una señal de su compromiso a vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo perfecto de la Virgen Santísima.




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p style=”text-align:justify;”>El escapulario tiene 3 significados:

 

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p style=”text-align:justify;”>El amor y la protección maternal de María: El signo es una tela o manto pequeño. Vemos como María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos.

Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual.

Vemos en la Biblia:

-Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (manto – signo de perdón)

-Jonás le dio su manto a David: símbolo de amistad -Elías dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida.

-S. Pablo: revístanse de Cristo: vestirnos con el manto de sus virtudes.

 

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p style=”text-align:justify;”>Pertenencia a María: Llevamos una marca que nos distingue como sus hijos escogidos. El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración a María.

Consagración: ´pertenecer a María´ es reconocer su misión maternal sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser usados por Ella para la extensión del Reino de su Hijo.

-En 1950 Papa Pío XII escribió acerca del escapulario: “que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”. Quien usa el escapulario debe ser consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras. Dice Jesús: “Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mt 11:29). El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos in vita a cargar, pero que María nos ayuda a llevar. El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación, lo que exige que seamos pobres, castos y obedientes por amor. 

Al usar el escapulario constantemente estamos haciendo silenciosa petición de asistencia a la Madre, y ella nos enseña e intercede para conseguirnos las gracias para vivir como ella, abiertos de corazón al Señor, escuchando su Palabra, orando, descubriendo a Dios en la vida diaria y cercanos a las necesidades de nuestros hermanos, y nos está recordando que nuestra meta es el cielo y que todo lo de este mundo pasa. En la tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden dice: “No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos…Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia.” 


 

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p style=”text-align:justify;”>El suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. (Mt 11:29-30)

-El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar pero que María nos ayuda a llevar.

Quién lleva el escapulario debe identificarse como católico sin temor a los rechazos y dificultades que ese yugo le traiga.



Se debe vivir lo que significa

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El escapulario es un signo de nuestra identidad como católicos, vinculados de íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente según nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación. Esto requiere que seamos pobres (un estilo de vida sencillo sin apegos materiales), castos y obedientes por amor a Dios.

En momentos de tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre, resueltos a ser fieles al Señor. 

Ella nos dirige hacia el Sagrado Corazón de su Hijo Divino y el demonio es forzado a retroceder vencido.



Imposición del Escapulario:

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El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote e impuesto por él mientras dice:

”Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna”




 

 

¿Puede darse el escapulario a quien no es católico?

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Sí. El escapulario es signo de la Maternidad Espiritual de María y debemos recordar que ella es madre de todos. Muchos milagros de conversión se han realizado en favor de buenos no-católicos que se han decidido a practicar la devoción al escapulario. 


Conversiones.

Un anciano fue llevado al Hospital de San Simón Stock en la ciudad de Nueva York, inconsciente y moribundo. La enfermera al ver al paciente con el Escapulario Carmelita llamó a un sacerdote. Mientras rezada las oraciones por el moribundo, éste recobró el conocimiento y dijo: “Padre, yo no soy católico”. “¿Entonces, ¿por qué está usando el Escapulario Carmelita?”, preguntó el sacerdote. “He prometido a mis amigos usarlo”, explicó el paciente. “Además rezo un Ave María diariamente.” “Usted se está muriendo” replicó el sacerdote. “¿Quiere hacerse católico?” ´Toda mi vida lo he deseado”, contestó el moribundo. Fue bautizado, recibió la Unción de los Enfermos antes de fallecer en paz. 




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p style=”text-align:justify;”>Alerta contra abusos:



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p style=”text-align:justify;”>El escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para evadir las exigencias de la vida cristiana. Mons. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden Carmelita nos dice: “No lleguemos a la conclusión que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que no s salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos… Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la ´omnipotencia suplicante´ de la madre de la misericordia.”

Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: “aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor.”

Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora.

San Claude de la Colombiere advierte: “Tu preguntas: ¿y si yo quisiera morir con mis pecados?, yo te respondo , entonces morirás en pecado, pero no morirás con tu escapulario.”




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p style=”text-align:justify;”>Oración a la Virgen del Carmen



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p style=”padding-left:30px;”>Súplica para tiempos difíciles
“Tengo mil dificultades: 
ayúdame.
De los enemigos del alma:
 sálvame.
En mis desaciertos:
 ilumíname
En mis dudas y penas:
 confórtame.
En mis enfermedades:
 fortaléceme.
Cuando me desprecien:
 anímame.
En las tentaciones:
 defiéndeme.
En horas difíciles:
 consuélame.
Con tu corazón maternal:
 ámame.
Con tu inmenso poder:
 protégeme.
Y en tus brazos al expirar:
 recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
 Amén.”

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