Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘San Bernardo de Claraval’ Category

San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval

SAN BERNARDO DE CLARAVAL

(1090 – 1153)

VIDA 

Nacido en el Castillo de Fonteines-les-Dijon, tercero de los siete hijos de Tiescelin-le-Saure, caballero del Duque de Borgoña y de Aleth de Montbard, Bernardo era de alto linaje. Cuidadosa de la educación de sus hijos, la madre, tan inteligente como virtuosa, confió sus seis hijos a los canónigos regulares de Saint-Vorles, en Chatillon-sur-Seine. Allí fue donde Bernardo cursó el “trivium” —-gramática, retórica y dialéctica—–, se formalizó con los autores profanos y los Padres de la Iglesia, y adquirió, entre otras disciplinas, “el estilo latino claro, brillante e incisivo que hace de él uno de los prosistas más atractivos de la Edad Media” (Etienne Gilson).—-De natural reflexivo y meditativo, casi tímido, el adolescente experimentaba ya dos grandes amores: la soledad y la lectura de la Biblia.

A los 20 años la santa muerte de su madre acabó de revelarle crudamente la vanidad de una existencia mundana y de las brillantes carreras que se le ofrecían: “El Señor, se lee en el ‘Exordium magnum ordini Cisterciensis’, habló al corazón de un muchacho llamado Bernardo, que aunque era muy joven, noble, delicado e instruido, se abrazó con un gran fuego de amor divino que, despreciando todos los placeres y delicias del siglo, así como las dignidades eclesiásticas, se propuso, en el fervor de su alma, abrazar la rigurosa vida de los Cistercienses”.

El Císter, reciente filial de la abadía de Molesme, hacía entonces que floreciera de nuevo la primitiva austeridad benedictina, bajo la dirección de San Esteban Harding.

A esa escuela de santidad fue a tocar Bernardo. A pesar de la oposición paterna y de la conjura de prudencia con la que parientes y amigos trataban de retenerlo, triunfó tan perfectamente que todos sus hermanos sin excepción, aun el casado, y luego su tío Gaudry y una veintena de jóvenes nobles vecinos, se dejaron arrastrar por su ejemplo (año de lll2).

Monje en todo el rigor del término y con todo el rigor de regla a la que a menudo excede, desde el primer día Bernardo se entrega por completo “a las cosas de lo alto”: jamás cesará de serlo, aun cuando los acontecimientos se ensañen en mezclarlo en las cosas de aquí abajo. Pero mientras su alma gusta de “la dulzura de Dios”, su pobre cuerpo maltraído experimenta ya los síntomas de la gastroenteritis que lo trastornó toda su vida.

Sin embargo, son breves los años de formación, juzgando sin duda tanto la Providencia como los superiores que ya está hecho el religioso, y aún más: que ya es capaz de formar a otros. A petición del Conde de Troyes, una colonia de monjes va a fundar una nueva Abadía en el Valle del Absintio, que de golpe toma el gracioso nombre de Claraval o Valle Claro: a la cabeza, un Abad de 25 años, Bernardo (año de lll5). El Obispo de Chalons-sur-Marne, el erudito Guillermo de Champeaux, lo ordena sacerdote. Y comienza entonces la vida cisterciense más ruda todavía que en el Císter, en cabañas improvisadas, con una alimentación nada delicada, a veces insuficiente. A tal punto que el Obispo, que pronto se hizo su amigo, creyó deber intervenir para salvar una salud que se quebrantaba rápidamente. Pero el curandero al cual fue confiado el enfermo acabó por arruinarlo en lugar de curarlo. Por lo contrario, los conocimientos intelectuales que le procuraron la amistad del sabio Obispo y de sus familiares para el Abad una apreciable comprensión.

Tuvo entonces una crisis interior, infinitamente más penosa que la prueba física: ¡el que no había soñado sino con la soledad y la contemplación, tiene ahora cargo de almas! ¡Y qué almas! Almas escogidas por Dios entre las mejores, y a él confiadas para que las haga perfectas. Almas que él confiadas para que las haga perfectas. Almas que él estima con un amor casi maternal: “Me son más queridas que mis propias entrañas” dice de sus monjes. Y aunque tiene conciencia de su propia responsabilidad, de los medios de mantenerse a la altura de su tarea —“absoluta pureza de corazón, intención siempre recta, caridad fuerte como la muerte”—, también sabe lo que una regla deliberadamente aceptada permite esperar de los religiosos. “Lo que él reclama está por encima de las fuerzas humanas, contra la costumbre, contra la naturaleza”: conviene él en ello; pero ¿no es el renunciamiento completo y el don total lo que los monjes han prometido, y acaso no tienen ellos, para su cumplimiento, la gracia de la vocación? En su primer ardor, el joven Abad no concebía una falta de generosidad. Tan exigente para con los demás como para consigo mismo, no contaba con la debilidad humana: “De tal manera exigía a sus pobres aprendices la perfección —-dice San Francisco de Sales—–, que de tanto empujarlos a ella, de ella los retiraba, porque ellos perdían el ánimo y el alimento de verse tan insistentemente apremiados para una ascensión tan por lo recto y tal elevada”. La experiencia lo instruyó: ¿Qué valdría el constreñirlos para una ofrenda en que todo el mérito depende de su espontaneidad? Sin dejar de dar el ejemplo de la intransigencia para consigo mismo, usará de la condescendencia, y en casos necesarios de indulgencia, con relación a los demás.

Y sin embargo, si Claraval viene a ser un centro de atracción, no es por razón de las “dulcificaciones” que allí se introducen, sino más bien por la estricta observancia que se mantiene, único objetivo digno de almas sinceras. Se produce una radiación prodigiosa que franquea las fronteras y atrae a muchísimos postulares de todos los medios y de muy diversos países: a la muerte de San Bernardo, Claraval tendrá 700 monjes, y sus macollos habrán dado nacimiento a l60 abadías filiales dispersas hasta Irlanda, Escandinavia, en España y en Hungría.

Otra ironía de la Providencia: este hombre que ama con todas las fibras la vida claustral, viajará constantemente, y se verá obligado a inmolar su vocación a las necesidades del apostolado. ¿Cómo no iba a sentirse como dividido y descuartizado? Sin falsa humildad, consciente de su ineptitud para la predicación, convencido por otra parte de que su manera propia, de él, monje, de trabajar por la salvación de los hombres es orar y santificarse por ellos, se conmueve sin embargo son los llamamientos que a su caridad le hace un mundo en perdición. En este conflicto, ¡qué bien se comprende que se entregue él a la voluntad de Dios, claramente expresada por las órdenes formales y reiteradas de la autoridad competente! De esta manera la obediencia es una virtud creadora. Colma ella sus lagunas; viene a ser para él momentáneamente su vocación.

“Jamás me doleré —-escribe—- de haber interrumpido una meditación gozosa, si veo germinar en una alma el grano de la Palabra de Dios”. Por lo cual acepta ser “el desplumado pajarillo siempre exiliado de su nido”.

Se debe primeramente a sus monjes: después de los de su querido Claraval y de otros 70 monasterios que muy pronto serán su fruto —-a quienes trata como a sus hijos—-, a los de otras Ordenes que son sus “hermanos” más próximos. ¿El Císter acusa a Cluny de relajamiento? Bernardo recuerda la estricta observancia de la regla de San Benito, pero denuncia aún más el orgullo farisaico de los reformadores; y luego exhorta a unos y a otros a la concordia, cuya condición será el respeto de las diversidades en la unidad de la caridad. Los Cartujanos, los Premonstratenses aprovecharán por turno sus intervenciones apaciguadoras.

Encargo por el Papa Honorio ll, en el Concilio de Troyes, en ll28, de plantear las bases de una nueva milicia cuya misión sería defender la tierra santa, escribe “El Elogio de la Nueva Caballería”, que contiene en germen los estatutos de la Orden del Templo. Vestidos de blanco como los cistercienses, los Templarios deberían vivir también como “pobres soldados de Cristo”, y realizar el doble ideal del “soldado intrépido” y del “Cristiano consagrado al amor de Dios”.

Uno de los testigos y beneficiarios de esta acción irresistible, Wibaldo, abad de Stavelot, describe al orador: “El rostro extenuado por la fatiga y los ayunos, pálido, el aspecto como espiritualizado y tan impresionante que su sola vista persuade a sus oyentes, aun antes de que haya abierto él la boca. Y luego su emoción profunda, su ardor incomparable, fruto de un largo ejercicio, su dirección clara, su gesto siempre apropiado”.

Pero cuando es menester —-y lo es a menudo en esa época en que florecen los abusos—-, su lengua es el fuete que flagela a los vencedores del templo, aunque se llamen cardenales, legados y prelados, abades y monjes: “¿Creéis cerrarme la boca diciéndome que un monje no tiene por qué darles la lección a los obispos? Plegue al cielo que me cerréis también los ojos. Aun cuando yo callara, ellos, los pobres, los desnudos, los famélicos hablarían; se levantarían para deciros: ‘Nuestra vida es la que mantiene vuestro lujo; vuestras vanidades son el robo de lo que nos es necesario’.”

Terrible profeta que más de una vez, desgraciadamente, predica en el desierto. Lo asombroso, sin embargo, es que no se topa con un Herodes que le imponga silencio. Y muy al contrario, entre los poderosos de entonces son muchos los que oyen la voz del reformador, como el abad de Saint-Denis, Segerio, ministro de Luis VI que, de gran señor mundano, se convierte, sin dejar su cargo, en verdadero monje benedictino.

Estamos al principio del Gran Cisma. A la muerte del Papa Honorio ll (ll30), el Sacro Colegio debidamente constituido eligió Papa a Inocencio ll. Pocas horas después el partido de los Pierleoni hacía elegir irregularmente a Nacleto ll. ¿Quién era el Papa legítimo?

En el concilio de Etampes, Bernardo se pronuncia a favor de Inocencio, no solamente por ser éste el más leal y desinteresado, sino por haber sido electo el primero y consagrado por el Obispo de Ostia. Tres veces en el curso de cuatro años (ll33-ll35-ll37) el Abad de Claraval emprende el viaje a Roma. La causa que ha hecho suya termina por triunfurar. Inocencio ll es aclarado por el pueblo, reconocido por los reyes y por el Emperador. Mientras tanto Anacleto muere, y sus partidarios le dan un sucesor, Víctor lV, el cual, sin embargo, viéndose sin seguidores, no tarda en arrojarse a los pies de Inocencio ll. Así termina el cisma. Después de ocho años de viajes, de diplomacia y de luchas, el árbitro de la Cristiandad no aspira sino a volver a su celda: “apresuradamente vuelvo y anuncio una recompensa: la victoria de Cristo y la paz de la Iglesia”. Es entonces cuando Geoffroy de Auxerre ve en San Bernardo “una columna de la Iglesia”. Este título lo merecerá todavía mejor cuando uno de los antiguos monjes de Claraval, Bernardo de Pisa, sea electo Papa con el nombre de Eugenio III (año de ll45).

En el concilio de Sens (ll40) Bernardo hizo comparecer al célebre profesor Pedro Abelardo, cuyos atrevimientos en materia dogmática inquietaban a la Iglesia. Abelardo se negó a explicarse y apeló a Roma, pero fue condenado por el Papa. Arnoldo de Brescia, amigo de Abelardo, intentó a su vez propagar su comunismo anticlerical. Perseguido hasta en Suiza y hasta en Alemanis por el vigilante campeón de la ortodoxia, sufrió la misma suerte que su antecesor antes de morir miserablemente durante una rebelión fomentada en la propia Roma.

Una revivencia del maniqueísmo amenazaba a Chalons y a Colonia, y todavía más a la Aquitania y al Languedoc, donde Pedro de Brys y su colega Enrique de Lausana profanaban los santuarios y amotinaban a las poblaciones contra el clero. Fue entonces cuando el monje contemplativo se hizo misionero popular para rechazar, sin lograr detenerlo por completo, el movimiento que a principios del siglo siguiente vendría a ser la herejía de los Albigenses.

El Obispo de Poitiers, Gilberto Porretano, fue denunciado en el Concilio de Reims como sospechoso de herejía, autor de una teoría que falsea el dogma católico de la Trinidad. También el Abad de Claraval fue encargado de obtener de él una retractación y de hacerle firmar una profesión de fe ortodoxa.

En Dijon, las placas que indican el lugar que lo conmemora dicen: “San Bernardo, hombre de Estado”. Si los “laicos”, autores de esa fórmula, no ven en él más que esto, cometen con él una injusticia. Sin embargo, objetivamente, no hay en ello un error histórico ni una ironía. Este monje contemplativo, este místico, merece el título de hombre de Estado, ciertamente mejor que muchos de los que han querido tener esa profesión.

En verdad sólo contra su voluntad tuvo que mezclarse en los negocios de Estado, y solamente cuando veía con evidencia que ninguno otro podía suplirlo, que los intereses superiores de la Iglesia estaban en juego y que las virtudes esenciales de Justicia, de Caridad y de Obediencia lo obligaban a intervenir.

“Los negocios de Dios son los míos, exclama: nada de cuanto le concierne me es extraño”. Y los negocios de Dios son primero su Ley, y luego su Iglesia. Cuando la primera es burlada y la segunda perseguida, por quien sea, Bernardo se endereza para protestar y combatir. A un arzobispo le dice: “Os mostráis para odioso, intratable. . . No conocéis más ley que vuestro placer, no obráis sino como déspota sin jamás pensar en Dios ni saber lo que es temerlo”. Al Papa mismo le dice: “Quiciera encerrarme en el silencio y el temor: la Iglesia entera no dejaría de insurgirse contra la corte de Roma mientras ésta persista en sus actuales errores”. Al Rey de Francia, Luis VI el Gordo, que no ha temido confiscar los bienes del Arzobispo de París, le escribe: “En vos, que fuisteis su defensor, encuentra ahora la Iglesia un opresor, un nuevo Herodes”.

A Luis VII, con ocasión de su divorcio de Eleonora de Aquitania, después de una seria amonestación, le dirige este apóstrofe: “¿No vio Vuestra Alteza el año pasado mi infatigable aplicación en restablecer la paz en el Reino? Temo que Vuestra Alteza haga inútiles mis trabajos. Parece, en efecto, que abandonáis con ligereza la buena disposición en que os hallabais; que un consejero inspirado del demonio os empuja a renovar aquellos males y aquellos estragos de que os habíais arrepentido. . . Vuestra Alteza lo entiende todo al revés: tiene por ofensivo lo que es honorable, por honorable lo que os cubre de vergüenza. . . En cuanto a mí, cualquiera que sea la resolución que Vuestra Alteza tome contra el bien del Estado, contra su propio beneficio y la gloria de su nombre, no puedo yo, hijo de la Iglesia, disimular el ultraje y la desolación que hiere a mi Madre. Estoy resuelto a no ceder y a combatir hasta la muerte, si fuese necesario. A falta de escudo y de espada, emplearé las armas de mi estado, la oración y las lágrimas. . . Hasta este momento, he hecho continuamente votos por la paz del Reino y la prosperidad de vuestra persona. He sostenido vuestros intereses ante el Papa. Comienzo a dolerme de haber excusado, sin medida, vuestra juventud. En lo sucesivo me atendré a la verdad”.

“Si continuáis, me atrevo a predeciros que vuestro crimen no quedará impune. Con todo el celo de un servidor fiel y amante os exhorto a que cese vuestra burla. Os ruego con dureza; pero recordad las palabras del sabio: ‘Heridas de amigos valen más que besos de enemigos. . . ‘.”

“Aprended de Jesús a Reinar”, les repetía a los príncipes. Pero las gentes del mundo, nobles, burgueses o villanos, recibían también sus extrañamientos cuando se mostraban violentos, rapaces o libertinos. “No desdeñaba a los pobres ni a los más abyectos, y no les perdonaba sus faltas ni a los príncipes, ni a los poderosos, ni a los Obispos, ni a los Cardenales, ni a los Papas” (Bossuet, Penegírico de San Bernardo).

Por todo ello se ha dicho que San Bernardo fue “la conciencia de su tiempo”, conciencia no siempre escuchada desgraciadamente, pero implacablemente recta e incansablemente apremiante, para fustigar el vicio y proclamar la virtud. Y, a despecho de los fracasos cuyas causas le son extrañas, se ha podido escribir de él que fue “el francés más grande de su tiempo, quizá el cristiano más grande, y el más eficaz de los europeos” (Daniel Rops).

En diciembre de ll43, después de la muerte de Foulques, tercer Rey de Jerusalén de la muerte de Foulques, tercer Rey de Jerusalén, Edesa cayó en manos de los infieles. De nuevo amenazada la Tierra Santa, el Papa Eugenio III lanzó un llamamiento para una segunda Cruzada (lo. De diciembre de ll45).

l entusiasmo que había enardecido a las muchedumbres en Clermont, se había resfriado demasiado cincuenta años más tarde. Se necesitaba otro Pedro el Ermitaño para reanimar la flama; éste fue Bernardo, primeramente en Vézelay, luego en Espira y a través de las provincias de Alsacia, Lorena, Flandes, Artois, Picardía: “Vamos, generosos soldados, ceñid vuestros riñones. No abandonéis a vuestro Rey. ¿Qué digo? No abandonéis al Rey de los cielos, por quien aquél emprende tan difícil viaje”. Los ejércitos marchan bajo el doble mando de Luis VII y de Conrado iii: doble mando que desgraciadamente no tardaría en degenerar en falta de coordinación y en rivalidades, para terminar en un lamentable fracaso. Habiéndolo hecho responsable de éste una parte de la opinión, el predicador, aunque tratando de restablecer la verdad, acepta la humillación: “De buena gana recibo los golpes de la maledicencia, los dardos envenenados de los blasfemos, a fin de que no lleguen hasta Dios. Consiento en ser deshonrado con tal que no se toque su gloria”.

Al volver de su último viaje a Lorena, a donde el Arzobispo de Metz le había obligado a ir a poner fin a los horrores de la guerra civil, San Bernardo llega exhausto a Claraval.

Allí murió el 20 de agosto de ll53.

Canonizado por el Papa Alejandro III en 1174, fue proclamado Doctor de la Iglesia en l830.

Para Mabillon es “el último de los Padres de la Iglesia, pero no inferior a los primeros”.

El epíteto de “Doctor Melifluo”, su sobrenombre escolástico, recordado por el Papa Pío XII en el VIII centenario de su muerte, no quiere significar sino que él “buscó la miel de la devoción en la cera de la revelación”, o también que “destila la miel” o asimismo “que tiene la dulzura y la suavidad de la miel”.

OBRAS

Es de admirar que con una constitución tan débil y sobre todo con una actividad tan devoradora, haya tenido todavía tiempo San Bernardo para escribir tratados tan profundamente pensados. No es el profesor que hace un curso seguido y construye un sistema ordenado. Pero su teología y su espiritualidad se desprenden de sus meditaciones, de sus sermones, de sus cartas, con una amplitud y una seguridad de doctrina que revelan a un gran maestro. Mucho más que a conocimientos librescos esto se debe a sus experiencias personales, a su verdad vivida.

Noventa sermones para los domingos y las fiestas del tiempo, de los que cuatro son sobre el versículo del Evangelio “Missus est angelus”; uno para la fiesta de los Santos Inocentes, y l7 sobre el Salmo 90; 43 Panegíricos o elogios de los Santos, o explicaciones de los misterios de la Santísima Virgen; l25 sermones sobre diversas materias; en fin 90 sermones sobre el Cantar de los Cantares.

La nota general de todos estos discursos en la de una “predicación contemplativa”. “Mi fuego se alimenta siempre en la meditación”, dice él. Y si se abreva sin descanso en la Sagrada Escritura es no tanto para hacer la exégesis de los textos cuando para saborear su pensamiento: “Mi objeto es penetrar en los corazones más que explicar las palabras” (Sobre el Cant. XVI, l). Y, más allá del sentido literal, al sentido espiritual y alegórico es al que más se adhiere.

Entre los tratados y Opúsculos está: “Los grados de la humildad y del orgullo”, comentario de la regla de San Benito para uso de sus monjes de Claraval. Siendo para él más fácil definir una virtud por su contrario que por su esencia, los doce grados de la humildad enunciados por San Benito los substituye por los doce grados del orgullo: curiosidad, ligereza de espíritu, gozo loco, jactancia, singularidad, tozudez, presunción, hipocresía, rebelión licencia y hábito de pecar. Instinto sobre los renunciamientos previos a la vida religiosa repetía: “Si tenéis prisa de ser hombres interiores, dejad en la puerta vuestros cuerpos. Aquí no entran sino los espíritus; la carne no sirve para nada”.

“El libro del Amor de Dios”; causas, origen, medida y grados de este amor. “La razón de amar a Dios es Dios mismo; y la medida de amarlo es amarlo sin medida”. Primeramente egoísta e interesado, el amor se purifica gradualmente: amor de uno mismo, Amor puro: o dicho de otra manera, amor propio, amor mercenario, amor filial. Amor beatífico. El propio Lutero confesaba que en este pequeño libro “el autor se revela como hombre verdaderamente piadoso e inspirado de la Gracia del Señor”.

“La Gracia y el libre albedrío”. Un día que San Bernardo citaba este pensamiento de San Agustín: “Los méritos del hombre no son sino dones de Dios”, uno de sus oyentes lo interrumpió: “Si Dios es el autor de todo el bien que hacéis, ¿qué esperanza podéis tener de una recompensa?”

esa pregunta merecía una respuesta explícita: ésta fue el tratado “De la Gracia y del libre albedrío”, cuyas primeras palabras son ya harto claras y plenas: “¿Qué es lo que salva? La gracia. ¿Qué viene a ser entonces el libre albedrío? ¡Es salvado!—- Quitad el libre albedrío, y entonces nada hay que pueda ser salvado; quitad la Gracia, y entonces ya no hay nada que salve. Por lo consiguiente libre albedrío y Gracia son necesarios: el primero recibe, la Gracia opera”. El libre albedrío es la capacidad de querer, pero puede determinarse para el bien o para el mal. Ahora bien la Gracia es la que lo determina a querer el bien; y el mérito de la voluntad está en consentir en ello. Si no somos capaces de tener ni siquiera un buen pensamiento por nosotros mismos, con mayor razón tampoco un buen consentimiento. Pero este consentimiento, que viene de Dios, no se produce en nosotros sin nosotros. Así es que Gracia y libre albedrío obran de concierto. Y la obra indivisa es íntegra la obra del libre albedrío y de la Gracia”.

En el “Sermón sobre la conversión”, dirigido a los clérigos de París, y luego en el “Tratado sobre las costumbres y el deber de los obispos”, escrito para Enrique, Arzobispo de Sens (Carta 42), San Bernardo recuerda las cualidades indispensables en los ministros de Cristo: la humildad, la castidad, la caridad, luego la sumisión al Soberano Pontífice. “Si no, desgraciado de vos que traéis las llaves de la ciencia y de la autoridad”.

La “Apología a Guillermo de S. Thierry” es una censura a los que han criticado demasiado violentamente a los monjes de Cluny, pero al mismo tiempo un reproche a éstos, cuyos fastuosos equipajes, cuyo lujo en el vestido, cuyos excesos en la mesa y también por la suntuosidad de sus claustros y de sus iglesias causan escándalo.

“La inmensa altura de las iglesias, su extraordinaria longitud, la inútil amplitud de sus naves, la riqueza de los pulidos mármoles, las pinturas que atraen las miradas. . . Vanidad de vanidades, aún más insensataque vana. La Iglesia brilla en sus muros pero está desnuda en sus pobres: Cubre de oro sus piedras pero deja sin vestido a sus hijos”. . . Si existe, en verdad, un arte cisterciense todavía visible ahora, cuyas líneas puras, sobrias y austeras son tan conmovedoras y tan “orantes”, ¿quién podría lamentar el ver proscritos los ornatos y las florituras que sobrecargan otros estilos? Allí hay que ver la mano de San Bernardo: “¿Para qué esos monstruos ridículos, esos bellos horrores, esas horribles beldades en los claustros, bajo los ojos de los hermanos ocupados en meditar? ¿Qué objeto tienen esos monos inmundos, esos leones furiosos, esos monstruos centauros, esos seres humanos? . . . Si no sentís vergüenza de esas inepcias, al menos tened vergüenza por los gastos que os causan” (Apología, XX, 29).

La misma severidad en cuanto al canto litúrgico: “Lo que hay que oír en las ceremonias religiosas no son novedades ni obras compuestas a la ligera, sino cosas auténticas y recomendables por su antigüedad, que edifiquen a la Iglesia y sean una muestra de la gravedad eclesiástica. . . Que el canto se distinga por la dignidad; que no consienta ni la molicie ni la rudeza. Suave sin ser ligera, que no encante los oídos sino para la piedad el que sea distraída, por la frivolidad del canto, del provecho inherente al sentido de las palabras, y el aplicarse más a combinar los sonidos que a evocar las virtudes” (Epístola 398).

Y el “Libro del precepto y de la dispensa”, respuesta a una consulta de los monjes de San Pedro de Chartres, es una puntualización plena de sabiduría, que concierne a la gravedad de las faltas contra la regla: una transgresión por olvido o distracción “en apenas un pecado”; la negligencia y la languidez no deliberadas no son graves; por lo contrario, cualquier falta inspirada por el desprecio de la regla o del superior están afectadas de insubordinación y de orgullo que hacen de ella un pecado formal. Allí igualmente establece San Bernardo una jerarquía entre las diversas órdenes religiosas, en razón de las observancias de sus respectivas reglas. De tal suerte que un monje aspirante a una vida siempre más perfecta podría dejar su monasterio para pasar a otro más austero: por ejemplo, un premonstratense progresaría convirtiéndose en cisterciense. “En tal caso, el dejar su monasterio es también prescindir del siglo”.

A fin de promover la reciente orden de los Templarios, San Bernardo escribió “El Elogio de la nueva Milicia”. Por su género de vida y su ideal contrasta esta caballería religiosa con la caballería secular, cuyos desórdenes no puede menos que deplorar. Plegue al cielo que los soldados de Cristo no tuviesen jamás la espada. Pero mientras los infieles opriman a los cristianos, los monjes-caballeros tendrán a honor el defenderlos y el vengarlos. Matar a un malhechor no es un homicidio sino un malicidio, cuyo héroe, si sucumbe, logra una muerte gloriosa, comparable a la de los mártires.

Pero mucho más importante es el “Tratado de la Consideración”, en cinco libros, dedicado al Papa Eugenio III y verdadera Carta del Papado.

Fiándose en su amistad y en su paternidad espiritual, pasa insensiblemente de la familiaridad a la firmeza: “No importa que hayáis sido elevado a la Silla de San Pedro. Aun cuando fuerais en alas del viento no podríais sustraeros a mi efecto. Aun bajo la tierra el amor reconoce a su hijo. . . Vos sois el Obispo de los obispos, el vicario de Cristo. Y sin embargo ¿cuál es vuestro poder? ¿Un dominio que explotar? De ninguna manera, sino una tarea que cumplir. Que la silla pontificia no os enorgullezca: no es sino un puesto de sobrevigilancia, un alto lugar desde donde, como un centinela, podéis pasear vuestra mirada sobre el mundo. No tenéis la propiedad de este mundo; no tenéis sino su responsabilidad; si posesión es de Cristo. Regir al mundo, y no dominarlo, tal es vuestro papel. ¿Regir de manera excelente no es regir por el amor? Habéis sido colocado a la cabeza del rebaño de Cristo para servirlo y no para imperar sobre él. No hay hierro ni veneno de la dominación”.

Sigue la enumeración de las cosas que un Papa debe “considerar” si quiere desempeñar lealmente su cargo: 1) a él mismo. Por lo tanto, una mirada humilde y verdadera sobre su propia persona, y un serio examen de conciencia para descubrir sus lagunas y sus errores mucho más que sus capacidades; 2) su casa, desde los miembros del Sacro Colegio hasta el último de los subalternos: “que el Papa escoja hombres desinteresados y experimentados. Que no se limite a su corte romana demasiado corrompida: que de todo el universo escoja a los que deben juzgar el universo”. . . Y luego: vuestros familiares os amen, pues de lo contrario hacéis que os teman”; 3) el pueblo romano, del que el Papa es el soberano a la vez espiritual y temporal, y luego la Iglesia Universal, en la que debe estar presente por medio de legados dignos de él y dignos sobre todo de representar ante príncipes y pueblos la autoridad de Cristo; 4) la gente fuera de la Iglesia: paganos, herejes, cismáticos, a los que debe extender igualmente su solicitud a fin de ganarlos algún día para Cristo; 5) en fin, el Papa tenga siempre ante los ojos a Dios, a la Santísima Trinidad, a Cristo, cuyo delegado es y ante los cuales es responsable del gobierno de la humanidad. Para el Papa no cuesta sino el poder espiritual. Es algo chocante el ver al “sucesor de Pedro portarse como un sucesor de Constantino, vestido de sedas y con piedras preciosas, cubierto de oro, montado en una blanca hacanea, escoltado por gendarmes y rodeado de ministros bulliciosos. . . ¿Desenvainará la espada para gobernar a los romanos fácilmente rebeldes? Cristo le ordenó a Pedro el volver la espada a la vaina. . . Si la espada de la palabra no es eficaz, queda una cosa por hacer: “Salir de la capital de los caldeos y decid: debó llevar el Evangelio a otras ciudades. Si no me engaño, cambiando así Roma por el universo, no tendréis que arrepentiros de vuestro exilio” (De la Consideraación, IV, 3).

En la lucha con Abelardo, San Bernardo primeramente primeramente recurre a la mansedumbre. Durante una primera entrevista obtuvo del sabio profesor una promesa de retractación de sus errores y de prudencia en su enseñanza. Sin embargo, muy pronto, tomando de nuevo la ofensiva, el arrogante novador llegó hasta provocar al abad de Claraval a una discusión pública, ante una asamblea de Obispos. Comparecieron ambos ante el Concilio de Sens (ll40). De antemano había anotado San Bernardo en los escritos de Abelardo las proposiciones afectadas de herejía: les dio lectura, conjurando al maestro o bien a justificarlas o bien a desconocerlas, o al menos a corregirlas. Insolentemente obstinado, Abelardo apeló a Roma y salió.

Fue entonces cuando San Bernardo redactó, para enviarlos al Papa Inocencio II, los l8 “capítulos” (o cabezas de acusación) extraídos de las obras de Abelardo: “Leedlos, escribe a los cardenales: veréis qué conjunto de errores y de sacrilegios pululan en ellos: veréis lo que piensa sobre la Trinidad, sobre Cristo, la Gracia, el pecado, etc. . . “ (Carta l88). Con qué vigor ataca entonces al hereje: “Desde el principio de teología, o más bien de su estultología, define la Fe como una apreciación de cosas que no aparecen, como si le fuese permitido a cada quien pensar y decir, en materia de Fe, lo que le parezca; como si los misterios de nuestra Fe estuvieran pendientes de opiniones vagas y variables, en lugar de estar fundadas sobre una verdad cierta. . . ‘Yo sé en qué creo, y estoy cierto’, exclama el Apóstol; y tú, en cambio, resuellas por lo bajo: ‘La Fe es una apreciación’. . . Pero Agustín habla de otra manera: ‘La Fe no es, en el corazón desde está y para quien la posee, como una conjetura o una opinión; es una ciencia cierta, un grito de la conciencia’. Buenas son las apreciaciones para los académicos que viven para dudar de todo y no saber nada. Yo por mi parte me adhiero a la definición de la Fe que da el Apóstol de los gentiles: ‘Es la substancia de las cosas que esperamos, el argumento de las cosas que no se ven’. Tú lo entiendes: la substancia. En la Fe no se te permite pensar y disputar a tu antojo, ni divagar en el vacío de las opiniones” (Ep. a Inocencio sobre los errores de Abelardo, IV).

El Abad de Claraval no es enemigo de la ciencia. Abiertamente reconoce su legitimidad y sus beneficios (Sermón 30, sobre el Cántico); pero al mismo tiempo denuncia el peligro de una ciencia que sea estéril en buenas obras (Sermón a los clérigos sobre la conversión).

Con la relación a la verdad, tres actitudes de espíritu son posibles: l) la opinión, que se basa sobre la verosimilitud y que en suma continúa buscando lo verdadero sin aprehenderlo; 2) la Fe, fundada sobre la autoridad, que posee realmente la verdad, pero como encerrada dentro de una envoltura opaca; 3) la inteligencia, conocimiento directo y claro de la verdad. Una opinión afirmativa es temeraria; si la fe no es más que una opinión, deja de ser una certeza; si la inteligencia pretende comprender las verdades de la fe, desatinada. El error de Abelardo fue precisamente “querer explicar por la razón lo que excede a la razón, lo cual es tan contrario a la razón como a la fe”. Lo que se comprende ya no hay por qué creerlo; y si se cree es que no se puede comprender (Ep. a Inocencio sobre los Errores de Abelardo, l). Abelardo termina por someterse; y luego, a instancias del santo Abad de Cluny, Pedro el Venerable, se reconcilió con su antagonista.

Se han coleccionado 534 Epístolas o Cartas legítimamente atribuidas a San Bernardo, y se conjetura que otras muchas o bien están todavía inéditas o definitivamente se han perdido.

Aun reducido a esta cifra de suyo impresionante, este conjunto epistolar es una mina de enseñanzas no sólo sobre el autor mismo, su vida, su carácter y su obra, sino sobre la historia general de su época, tanto la política, la disciplina eclesiástica y las artes. Si le escribe al Papa para recordarle el arte de gobernar, San Bernardo le escribe igualmente a los notables y al pueblo de Roma, para exhortarlos a la sumisión respecto de su soberano legítimo y ponerlos en guardia contra las intrigas de Arnoldo de Brescia. A los príncipes les pide, alternativamente, respetar los privilegios y los bienes de los obispos y de los clérigos, o excluir de los cargos a los indignos. Ante el obispo de Maguncia defiende la causa de los judíos perseguidos. Intenta apagar los conflictos, impedir la guerra. A Sugerio, Abad de Saint-Denis y lugarteniente del Rey, le pide que prohíba el duelo.

Otras cartas son pequeños tratados de moral, sobre las virtudes y los vicios, la verdadera amistad, contra la avaricia o la violencia, etc. . . Son muchas sus cartas de recomendación a favor de desdichados, de pebres. Tiene cartas más íntimas, a amigos, dándoles las gracias y como testimonios de afecto. Sin embargo, en su mayoría tienen un carácter ascético. En ellas se trata de la reforma de los monasterios, de la lealtad en el ejercicio de la vida religiosa, en la observancia de la regla, de la soledad, y del silencio, de la penitencia y de la obediencia.

El estilo es siempre sobrio y preciso, a veces con un dejo de ironía o de malicia, pero también oratorio y sentencioso.

“Las cosas tienen más sabor cuando se les gusta en su fuente”. En estos términos justificaba San Bernardo su Hábito de buscar las materias de sus meditaciones directamente en la Sagrada Escritura: “la Ley, los Profetas, los Salmos, los Evangelios, las Epístolas de los Apóstoles”. Pero sus fuentes serán también los ilustres Padres de la Iglesia: San Ambrosio, San Agustín, San Gregorio Magno y a veces San Atanasio u Orígenes.

Pero la Iglesia es la única intérprete auténtica de estos textos: la Iglesia, Arca santa en la cual Dios ofrece un asilo y la salvación a la humanidad entera, y en la Iglesia especialmente su Jefe, “el Papa, que no tiene igual sobre la tierra, que es Pedro por el poder y Cristo por la unción, campeón de la verdad, defensor de la fe, Doctor de las naciones, jefe de los cristianos, regulador del clero, pastor de los pueblos, vengador de los crímenes, terror de los malvados, gloria de los buenos, martillo de los tiranos, padre de los reyes, moderador de las leyes, dispensador de los cánones, sal de la tierra, luz del mundo. . . pastor de los rebaños y pastor de los pastores; cuando toca a la fe le concierne, y en él no puede sufrir la fe ninguna mengua, porque Cristo lo preserva de todo error y le ordena confirmar a sus hermanos” (De la Consideración, l, 2; ll, 8; III, 4; IV, 7; Ep. l3l)

La Iglesia es católica: “Que por lo tanto merezca su título prosiguiendo la conquista del universo”. “¿Cómo iban a tener la idea vuestros predecesores —-le escribe San Bernardo a Eugenio III—- de poner límites al Evangelio, de detener el desarrollo de la fe, mientras persiste la infidelidad? Es necesario que la verdad llegue a los oídos de los gentiles. . . ¿Cómo van ellos a creer si no se les predica?”. . . Por lo contrario, agrega él, los tiempos marcados para la conversión de los judíos aún no han concluido: no prevenimos los designios de la Providencia (Id. III, l).

La Iglesia católica es una, con unidad de doctrina tanto como con unidad de gobierno. ¿Por qué varios se empeñan en dividirla? “Los cismáticos están a la vez con nosotros y contra nosotros; unidos por la creencia, separados por la desobediencia” (Id. III, l). “Los herejes, canes por la crueldad y zorros por la astucia, no contentos con estar pervertidos ellos mismos se gozan en corromper a los demás. . . Que se les corrija, si es posible; que al menos se les impida dañar” (Id. III, l). Cuando se ve claramente que la persuasión es ineficaz, el recurso a la fuerza es el medio normal de detener la propagación del error, que es un mal antisocial tanto como antirreligioso: los dos poderes obran concertadamente. La cabeza manda, el brazo ejecuta.

La Iglesia es Santa. La santidad radical de sus principios debe aparecer en la conducta de sus miembros, y hasta en la presentación y el lenguaje de sus jefes: “Una chanza inofensiva entre laicos, en la boca de un sacerdote roza la blasfemia. Es un sacrilegio profanar con frivolidades los labios consagrados al Evangelio” (Id. II, l3).

Dios se da a conocer mediante sus creaturas; cuando menos manifiesta su existencia y su acción: “La variedad de formas, la cantidad de especies. . . son como otros tantos rayos de la divinidad que muestran que su Autor existe sin definir sin embargo lo que El es” (Sermón 3l). ¿Qué es Dios? “Un Ser tal que no se puede imaginar nada mejor”, responde San Bernardo en pos de San Anselmo. “El es el Ser siempre absoluto, cuyos atributos y cuya esencia se confunden en una unidad incomparable” (De la Consideración, V, 7). Y la Trinidad no destruye la unidad; porque es una Trinidad de Personas que concuerda con la Unidad de naturaleza. Misterio que es menester adorar y no escrutar: no es perceptible para la razón, pero cierto para la Fe (De la Consideración, V, 8). A las comparaciones y atribuciones con las que Abelardo trataba de hacer definiciones: “El Padre es una plena potencia; el Hijo, que es sabiduría, es una cierta potencia; el Espíritu Santo es amor y por lo tanto no es potencia”. . . San Bernardo replica con vigor: “El Padre es todo lo que son juntos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; el Hijo es todo lo que son el Padre, y El mismo, y el Espíritu Santo; el Espíritu Santo es todo lo que son El mismo y el Padre y el Hijo. Y este todo es un todo que no es ni mayor en las tres Personas ni menor es cada una de ellas” (Los errores de Abelardo, II).

En el “Misterio del Verbo Encarnado”, sobre el cual vuelve a menudo en el curso de sus predicaciones, San Bernardo insiste sobre la unidad de Persona y la dualidad de naturalezas que es su carácter esencial, y reprocha además a Abelardo su tendencia al nestorianismo en este punto. A propósito de la ciencia humana de Cristo, aventura una explicación personal: “Lo que se dice del crecimiento en Sabiduría y gracia debe entenderse no de la realidad sino de la apariencia; porque nada nuevo ocurría en El. Pero parecía crecer cuando El quería. . . ; parecía sabio y más sabio a quien El quería parecerlo y como El lo quería” (Alabanzas de la Santísima Virgen, Homilía II).

La obra del Divino Redentor se resume en una frase magnífica: “Se da para nuestro mérito, se reserva para nuestra recompensa, se ofrece en alimento a las almas santas, se entrega como rescate de las almas cautivas” (El Amor de Dios, VII). Pero Abelardo piensa siempre al revés: “Yo creo, dice él, que el demonio no ha tenido jamás sobre el hombre más poder que un carcelero; yo creo también que el Hijo de Dios no se encarnó para librarnos”. San Bernardo lo apostrofa: “Todos piensan así menos tú. Pues ¿quién eres tú? ¿Y qué de mejor hay en lo que ofreces? . . . El sometimiento del hombre al demonio es cosa justa. No que su voluntad lo sea. El demonio usurpa ese poder y el hombre se le sujeta voluntariamente: los dos son criminales. Sólo Dios es justo sometiendo al uno al poder del otro. . . “ (Los errores de Abelardo, Epístola a Inocencio ll). . . “El príncipe de este mundo se ha presentado; y aunque no halló nada en el Salvador, no por eso dejó de poner las manos sobre el Inocente. Y perdió, del mismo golpe, a los que retenía muy justamente. Como Aquel que no estaba sometido a la muerte fue injustamente condenado a ella, justamente libró del imperio de la muerte y de la servidumbre del demonio al que le estaba sometido. . . El hombre era el que debía; fue el hombre quien pagó. Si uno solo murió por todos, se sigue que todos han muerto. (2 Cor 5, l4). Uno solo cargó con los pecados de todos; la satisfacción de El se les debe imputar a todos. . . De esta suerte, Adán, jefe de la humanidad culpable, es substituido por Jesucristo, jefe de la humanidad rescatada. . . Si Satán corre detrás de mí y se queja de que yo me salve sin haberlo prevenido, que sepa que yo debo evadirme de él así como me evadí de mi primer sueño. . . Si él me dice: vuestro Padre fue quien os sujetó a mí, yo le responderé: Pero mi hermano me ha rescatado. Puesto que mi pecado viene de otra parte ¿por qué no ha de venir también de otra parte mi justicia? He venido a ser pecador por un hecho de otro. . . Si se me objeta que la justicia es personal, respondo: que la falta sea entonces personal también. ¿Por qué ha de cargar el hijo con la iniquidad de su padre, si no va a poder participar de la justicia de su hermano? . . . ¿Me objetáis mi generación? Yo os opongo mi regeneración. Si mi nacimiento terrestre me pierde, mi nacimiento celeste me salva. . . Jesucristo nos ha sido dado por Dios Padre para ser nuestra justicia: ¿y qué, no ha de ser mía una justicia que Dios me da? Si una falta que me ha sido transmitida es mía, ¿por qué no ha de ser mía una justicia que se me concede?” (Los errores de Abelardo, VI).

Y respecto a la teoría, viciada de pelagianismo, que querría que nuestra redención consista solamente en el amor de reconocimiento que provoca en nosotros el amor inmenso que Cristo nos ha testimoniado en su Pasión: “Pero entonces, dice San Bernardo, la Redención no borra verdaderamente el pecado, y es ella de efecto nulo para los niños todavía incapaces de comprender y de amar. . . ¿Por lo tanto, de esta manera el Salvador se habría limitado a enseñarnos la justicia sin comunicárnosla, a darnos el ejemplo de la caridad sin infundirla en nuestros corazones? En cuanto a mí, considero tres cosas en la obra de nuestra salvación: la humildad, el estado de humillación en el cual apareció el Salvador; su caridad, la prueba de amor que dio por su muerte en la cruz; la Redención, por la cual nos rescató de la muerte sufriéndola. Cercenar este último punto de los otros dos es pintar en el aire. Por grandes y necesarios que sean los ejemplos de humildad y de caridad, no tienen ni fundamento ni consistencia sin la Redención” (Los errores de Abelardo, VI, IX).

Los beneficiarios de la Redención son los predestinados, los hombres a los que Dios deja de imputarles sus pecados y a los que les concede la justificación desde ahora, preludio de la eterna bienaventuranza. Ciertas expresiones han sido cuidadosamente realzadas y explotadas por los protestantes, que han querido ver así en San Bernardo a un precursor de Lutero y de Calvino y el primer mantenedor de la “Justificación por la sola Fe” y de la “no imputación de los pecados”. Pero las palabras de San Bernardo no son, en suma, sino las de la Sagrada Escritura: “Bienaventurado aquel a quien el Señor no impute su pecado” (Salmo 31, 2). “La caridad cubre la multitud de los pecados” (l Pedro 6, 8). “El que nace de Dios no peca, porque su generación celestial lo preserva” (I Juan 3, 9). Y El mismo las explica en el sentido del perdón que borra realmente los pecados y de la gracia santificante que confiere al alma una vida divina (Gracia y libre albedrío, IX; Sermón div. 4): “Para toda justicia me basta que me sea propicio Aquel contra quien yo he pecado. Todo aquello que El decide no imputarme es como si jamás hubiese existido. No pecar es la justicia de Dios; la justicia del hombre no es sino la indulgencia de Dios. . . El origen celestial, la generación divina es la predestinación eterna por la cual Dios ha amado a sus elegidos y los ha recompensado en su Hijo amadísimo. . . Estos son como si jamás hubiesen pecado porque aunque en el tiempo se ve que han pecado, en la eternidad ya no lo parecen”. . . (Sermón sobre el Cant. 23). Pero la fe no basta para la salvación, y la confianza en el amor de Dios que predestina no dispensa de la vigilancia frente a las tentaciones, ni del esfuerzo perseverante en la práctica de la virtud (Sermón para la Septuagésima, l).

En diversos pasajes de sus obras San Bernardo señala los siete sacramentos en los que ve los principales canales de la Gracia.

Desde su promulgación el Bautismo es indispensable para borrar el pecado original. Si en otro tiempo los judíos se purificaban de él mediante la circuncisión, los gentiles por la Fe y los niños por la Fe de sus padres, actualmente se requiere el bautismo, al menos para quienes conocen su ley, “porque sería injusto imponer su obligación a quienes no tengan de él ninguna noticia”. En caso de ignorancia o de imposibilidad puede ser suplido ora por el martirio, ora por el simple deseo. Y a falta de Bautismo los niños se pueden salvar por consideración a la fe de sus padres: si éstos les transmiten el pecado, ¿por qué no habían de transmitirles la justificación? (El Bautismo, l, 2).

A propósito de la Eucaristía, San Bernardo protesta incidentalmente contra los errores de Berengario que por así decir vacilaban a este sacramento de su substancia, la presencia real de Cristo, para no ver el Él sino un símbolo dotado de cierta virtud santificadora (Vida de San Malaquías, cap. 26). Según él, al contrario, la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo es el remedio más eficaz para la concupiscencia: “Si ya no sentís tan a menudo ni tan violentamente los movimientos de la cólera, de la envidia, de la lujuria y de otras pasiones semejantes, dad gracias al Cuerpo y a la Sangre del Señor; porque la virtud de este sacramento es lo que obra en vosotros” (Sermón sobre la Cena, III).

La Penitencia es a veces designada con el nombre de “confesión”, porque la confesión previamente dicha en el sentido de acusación de los pecados es uno de los elementos necesarios del sacramento (Libro para los caballeros del Templo, l2).

Entre los errores de Abelardo estuvo el pretender que el poder de perdonar los pecados había sido concedido únicamente a los Apóstoles con exclusión de sus sucesores. También el sacerdote es un delegado de Dios: “La sentencia que él pronuncia aquí abajo es ratificada en el cielo” (Sermón para la fiesta de los Santos Pedro y pablo, 2).

A propósito de la Extremaunción, San Bernardo cita simplemente y hace suyo el pensamiento del Apóstol Santiago: “Este sacramento perdona los pecados, y la oración de la Fe salva al enfermo” (Vida de San Malaquías, cap. 24).

El “Sermón sobre la conversión dirigido a los clérigos”, luego “el tratado sobre las costumbres y los deberes de los obispos”, sin contar muchos capítulos del “Libro de la consideración”, dicen lo suficiente sobre el sacramento del Orden y el acceso a las Sagradas Ordenes, de acuerdo con la más pura doctrina de la Iglesia y de los Padres.

Los errores de la época concernientes al matrimonio, inspirados por el maniqueísmo reinante, condujeron a San Bernardo a extenderse demasiado y a refutarlos con su vigor acostumbrado: “Se necesita ser bestial para no darse cuenta de que condenar las justas nupcias es soltar las riendas a toda clase de impudicias. Suprimid en la Iglesia el matrimonio honrado y el lecho sin tacha y la llenaréis de concubinarios, de incestuosos, de seres inmundos. Es menester escoger: o bien llenar el Cielo con estos monstruos, o bien restringir la falange de los elegidos únicamente a los continentes. . . ¿Pensáis que sólo el matrimonio entre vírgenes es permitido? Pues bien, la Biblia dice simplemente: “Dios los creó hombre y mujer”, y si se unieron siendo vírgenes no se debió a que fueran vírgenes. El matrimonio no requiere la integridad de los cuerpos, sino solamente la diversidad de sexos. . . Si prohibís lo que la Iglesia aprueba no me persuadiréis sino de una cosa: de que sois herejes” (Sermón sobre el Cántico, 66).

Universalmente se reconoce a San Bernardo como el “Doctor Mariano”. No es que haya compuesto un tratado de Mariología: no tiene ningún estudio ordenado y sistemático, ni largas exposiciones doctrinarias, sino más bien aclamaciones espontáneas, arranques de confianza y de ternura que no dejan de expresar verdades profundas de las que el pueblo cristiano hace sus delicias. ¿Quién no goza repitiendo con San Bernardo el “Acordaos, oh piadosísima Virgen María”. . . en que se resumen las dignidades y los poderes de María, su solicitud maternal y la seguridad que Ella inspira a los pobres humanos desamparados? Sin embargo —-¡cosa de admirar!—-, este gran devoto de la Virgen María no participó de la creencia, bastante extendida en su época, en la Inmaculada Concepción: no sólo, sino que se insurgio contra la costumbre de celebrar su fiesta. Y proclama enérgicamente las razones de ello: “¿De dónde había de venir la santidad de la Concepción? ¿Sería santificada María al mismo tiempo que concebida? Pero no podía ser santa antes de existir; ahora bien, no existía Ella antes de ser concebida. ¿Se mezcló la santidad con la Concepción? La razón no podría admitirlo. ¿Cómo podría haber santidad donde no está el Espíritu santificador? ¿Y cómo podría estar el Espíritu Santo donde está el pecado? Porque el pecado existía ciertamente donde estaba la concupiscencia. A no ser que se diga que María fue concebida por el Espíritu Santo, lo cual es inaudito. Así es que si no pudo der Ella santificada antes de su Concepción porque aún no existía Ella; ni en su Concepción, porque allí estaba el pecado; lo que queda es que recibió Ella la gracia santificante después de su Concepción, existiendo ya Ella en el seno de su madre. Y esta Gracia, arrojando al pecado, hizo santo su nacimiento, pero no su concepción” (Ep. l74).

Sin embargo, al final de este opúsculo San Bernardo declara expresamente que su opinión la somete a la autoridad de la Iglesia.

Consiguientemente, no hay duda de que si hubiese vivido en la época de la definición del Dogma, se habría apresurado a unirse a este artículo de Fe y no habría admitido los motivos ya invocados por uno de sus contemporáneos y oficialmente expuestos por la autoridad infalible: “Lo que se celebra en esta fiesta de la Concepción de María no es el acto del pecado sino las primicias de nuestra Redención” (Osberto de Clare).

En desquite, ¡con qué fervor exalta San Bernardo los otros privilegios de la Virgen María! Su centro es la maternidad divina, y dos grandes virtudes la han preparado: la humildad y la virginidad: “Si agradó por su virginidad, por su humildad concilió” (Homilía missus est, l). “Por absoluta conveniencia Dios no podría nacer sino de una Virgen, y una virgen no podía dar a luz sino a un Dios” (Ibid. 2). Dios colma entonces a su Madre con todos los dones (Sermón de Pentecostés, 2; Natividad de María, 6). Pero también esta riqueza es en beneficio de la humanidad: “Llena de Gracia en cuanto a Ella misma, se desborda de gracias sobre los demás” (Sermón de la Asunción, 2). Asociada al Verbo Encarnado en la obra de la Redención, viene Ella a ser la dispensadora de todas las gracias: “La voluntad de Dios es que todo lo tengamos por María” (Natividad de María, 7; Vigilia de Navidad, III). Ella es como el canal por el cual llegan a la humanidad las aguas vivificantes de la Gracia (Sermón de Aque eductu). “Así es que recurrid a Jesucristo el Mediador por excelencia, que es escuchado siempre por su Padre. Pero si os asusta la majestad divina, recurrid a María, la Mediadora que El nos ha procurado, en la cual no hay nada que temer. También Ella será escuchada a causa de la dignidad de su persona: el Hijo escuchará a su Madre, y el Padre escuchará a su Hijo. . . He aquí la escala de los pecadores: allí está la suprema confianza, la razón de toda mi esperanza” (Natividad de María, 7). “Oh Virgen bendita, que no hable de vuestra misericordia aquel que en sus necesidades os haya invocado alguna vez en vano” (Sermón de la Asunción, 4).

También los santos son mediadores secundarios. Desde lo alto del cielo se mantienen unidos con los que han amado aquí abajo e interceden en favor: “La anchura del cielo no estrecha los corazones sino que los dilata; no disminuye los afectos, los engrandece. En la luz de Dios no se olvida lo que ya se sabe; por lo contrario, se aprende lo que se ha ignorado. Si los ángeles vienen en socorro de los hombres, ¿cómo va a ser posible que las almas que salen de nuestras filas no se conduelan de los sufrimientos que han sido también suyos?” (Sermón sobre San Víctor, ll, 3).

Doctor en teología mística, San Bernardo muestra el camino de la perfección en los progresos constantes del amor. En cuanto a los seres humanos, el amor de Dios mismo conoce primeramente una fase sensible, “carnal” en el sentido de que se ejercita en primer lugar sobre la humanidad de Cristo. Por condescendencia con la debilidad de su creatura, “a los gustaban la carne, Dios les ofrece su carne como objeto de amor, a fin de conducirlos poco a poco a gustar su espíritu” (Sermón sobre el Cántico, lll). El amor se depura progresivamente, y el alma, desprendida de los sentidos, se espiritualiza hasta recibir la grande y suave herida de amor que le hace contraer una unión estrecha e indisoluble con el Verbo divino, para abrazar todos sus pensamientos y sus aspiraciones, si no es que para semejársele por completo (Sermón sobre el Cántico, 38, 83, 85). A veces el alma parece desprenderse por un corto instante de todo lo corporal: es el éxtasis, durante el cual entrevé, en un relámpago, la belleza eterna, la Divinidad misma (Sermón sobre el Cántico, 18). Esta no es, a pesar de todo, sino una visión transitoria y todavía muy imperfecta, “en enigma y como en un espejo, no cara a cara”, porque “no hay ni santo ni profeta que en el cuerpo mortal pueda ver a Dios tal como es” (Sermón sobre el Cántico, 31, 33, 34).

San Bernardo habla por experiencia: Tolerad un instante mi locura. Quiero deciros, pues a ello me he comprometido, cómo ocurre esto en mí. . . Confieso que soy un insensato al decir estas cosas: el Verbo ha estado en mí, y más de una vez. Aunque ha entrado El en mí frecuentemente, no siempre he tenido conciencia de su llegada. Pero yo le he sentido en mí, y recuerdo su presencia. . . Me ha elevado a la parte superior de mí mismo; y aún más arriba reina el Verbo. Explorador curioso, he descendido al fondo de mí mismo y lo he hallado aún más bajo. He mirado afuera; y Lo he visto más allá de todo. He mirado en el interior; y El me es más íntimo que yo mismo. Cuando entra en mí, el Verbo me da a conocer su presencia por algún movimiento, por alguna sensación: solamente el secreto temblor de mi corazón lo descubre. Mis vicios emprenden la fuga, mis aficiones carnales son señoreadas; mi alma se renueva, el hombre interior se renueva, y es en mí como la sombra misma de su esplendor” (Sermón sobre el Cántico, 4l, 52).

Discípulo fidelísimo de San Ambrosio y de San Agustín en lo que concierne al estado de almas separadas y a la escatología, San Bernardo no ha proporcionado todas las precisiones que la evolución del dogma debería dar en seguida. Por los demás, de esos temas habla con cierta vacilación y humildad, “¿sin perjuicio de una opinión mejor si un día se nos revela?” (Sermón sobre los Santos, lV). Según él, las almas santas, después de haber dejado sus cuerpos entran en la sociedad de los ángeles, las baña una luz eterna; ven la humanidad de Cristo; pero no su divinidad, hasta el día de la Resurrección, o sea que permanecen “bajo el altar” que es la humanidad de Cristo, esperando ser colocadas “sobre ese mismo Altar” para gozar de la plena contemplación de la divinidad; se regocijan en el Espíritu Santo, pero el deseo de recuperar sus cuerpos es una especia de arruga que frena su ímpetu hacia Dios (Sermón sobre los Santos, lll; Del amor de Dios, Xl).

En resumen, San Bernardo no es un especulativo, sino un intuitivo. Abiertamente desdeña la dialéctica y más todavía las disputas de escuela. Al lento caminar de la razón hacia la verdad prefiere el vuelo del pensamiento bajo el impulso del corazón. Aunque algunos le reprochan el no tener el amor de la ciencia, todos deben reconocer que San Bernardo posee eminentemente la ciencia del amor. “¿Qué me importa la filosofía? Mis Maestros son los Apóstoles. Ellos no me han enseñado a leer a Platón ni a distinguir las sutilezas de Aristoteles. Pero me han enseñado a vivir: y, creédmelo, no hay en esto una ciencia pequeña” (Sermón sobre los Santos Pedro y Pablo, l). . . “Vanidad —–dice todavía—– el tratar de saber por saber; egoísmo el adquirir la ciencia para obtener de ella una profesión; prudencia el aprender para edificarse uno a sí mismo; caridad el estudiar para instruir a los demás”.

“Dulces y tiernos escritos, sacados y tramados del Espíritu Santo mismo, preciosos monumentos con los que ha enriquecido a la Iglesia. Los siglos venideros, en lugar de oscurecerlos, de ellos sacarán su luz” (Fenelón, Panegírico de San Bernardo).

Al Abad de Montcleramcy, que le pide componer un oficio en honor de San Víctor, le responde San Bernardo: “¿Quién soy yo para que se lea mi prosa en las iglesias?” . . . A pesar de su modestia se ha leído su prosa y se sigue leyendo en las iglesias y fuera de las iglesias: la liturgia, los textos de muchos oficios y de lecciones del breviario. Y sus obras, transcritas en la Edad Media, difundidas por la imprenta, alcanzaron en el siglo XIX 500 ediciones, traducidas en todas las lenguas europeas.

El Papa Benedicto XIV situó bien a San Bernardo: “El es no de los que solamente han enseñado en la Iglesia, sino que han enseñado a la Iglesia.

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: