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San Carlos Borromeo

San Carlos Borromeo

SAN CARLOS BORROMEO

(†1584)

La Iglesia se encontraba en una de sus coyunturas más decisivas. Se había consumado desgraciadamente la ruptura religiosa con todo el norte de Europa. Sin embargo, después de mil dificultades, el concilio de Trento iba trazando un programa de auténtica reforma realmente maravilloso, que había de bastar para llenar durante siglos las actividades de los más celosos pastores.

Por aquellos días acude a Roma, llamado por su tío, el nuevo papa Pío IV, un joven de veintidós años. Es cierto que había estudiado en la Universidad de Pavía, y que durante esos estudios se había mostrado serio, formal, buen amigo de los libros y de las prácticas de piedad. Es cierto que un año antes, en 1559, él había obtenido su doctorado en Derecho canónico y en Derecho civil. Pero de eso a hacer de aquel joven, nada brillante por otra parte, cardenal de la Iglesia romana, administrador de la diócesis de Milán, de las legaciones de Bolonia y de la Romaña… iba una gran distancia. Distancia que una vez más llenaba el nepotismo de la época. El papa Pío IV iba a hacer de Carlos Borromeo como un anticipo de lo que habría de ser después el cardenal secretario. Al configurar el cargo y las atribuciones, el nepotismo que le movía iba ordenado por la divina Providencia, porque su sobrino habría de ser una de las figuras más extraordinarias de la moderna historia eclesiástica.

Carlos, con sus veintidós años, llega a Roma contento al ver la suerte que se le viene a las manos. Es necesario decir con verdad que trabaja como bueno, que es activo, incansable, lealísimo a su tío el Papa. Hay que decir también que no le falta trabajo, porque a la tarea normal se le añaden las fatigas no pequeñas que lleva consigo el concilio de Trento. Una correspondencia delicadísima con los legados del concilio y con los padres más destacados, se entreteje con la que hay que mantener con los nuncios, los agentes pontificios en las diferentes cortes, etc,.

Aunque el ejemplo que daba era bueno, reconozcamos, sin embargo, que el Santo estaba aún lejos. El arranque hacia la santidad tiene en la vida de San Carlos una fecha determinada: la de su ordenación sacerdotal. Desde entonces pudieron observar los romanos que el cardenal Borromeo era otro. Meses después recibía la consagración episcopal, en diciembre de 1563. Y terminado felizmente el concilio de Trento, quería dar por sí mismo el mejor ejemplo de observante a sus decretos abandonando Roma para residir en Milán, porque si es cierto que desde Roma atendía, con minuciosidad que hoy nos admira, la marcha de la diócesis milanesa, no es menos cierto que los decretos del concilio de Trento eran terminantes por lo que a la residencia de los obispos se refería.

Y a Milán marcha. Entra solemnemente el 23 de septiembre de 1565, pero vuelve a Roma para el conclave en que sería elegido San Pío V. En abril de 1566 está de nuevo en Milán, donde desarrolla durante unos veinte años una labor colosal. San Carlos Borromeo, que muere joven, de cuarenta y seis años, atiende no sólo a las necesidades de la diócesis de Milán, que aún hoy, después de haber sido muy recortada, continúa siendo inmensa, sino también a las de las quince diócesis sufragáneas. Es más, designado primero protector de los cantones católicos y después visitador de toda Suiza, realiza allí varias veces minuciosas visitas, en las que consigue contener el avance del protestantismo, y toma medidas eficacísimas para lograr la sólida implantación de la reforma católica.

Notemos que todo esto se alcanza a fuerza de laboriosidad y de entrega. Dotado de una salud de hierro, que le permite pasar días enteros sin comer y durmiendo unas pocas horas; resistir largas horas de viaje, a un ritmo extraordinario con los medios de que entonces se disponía; sacar tiempo para hacer larga oración sin desatender los cuidados de su diócesis, San Carlos logra superar todo. De una parte su falta de simpatía natural. Con tendencia a la rigidez, tímido por naturaleza, escasamente conversador, le faltaba además una de las condiciones más preciadas para un hombre hábil: la rapidez en las decisiones. Y sin embargo, este hombre excepcional consiguió a fuerza de santidad cambiar la fisonomía de su clero, hacerse amar por su pueblo, superar los continuos conflictos con los autoridades y los representantes de los intereses creados y dejar en pos de sí una huella imborrable.

Su santidad es, en su suprema sencillez, una gran lección para todos. Se hizo santo por un método viejo y poco complicado: cumpliendo su obligación. Se hace santo por la observancia rigurosa y plenísima de sus deberes, quemando toda su existencia, poco a poco, entre los mil negocios de cada día. Sus mismos defectos, al contacto con la santidad, quedan trocados “a lo divino”: su orgullo y desprecio a lo bajo, se transforman en horror al pecado; su mala administración y excesiva liberalidad de los tiempos de estudiante, se truecan en caridad hacia los pobres; su terquedad se hace tenacidad; su falta de brillantez, le da ocasión de ejercitarse en la laboriosidad y en la humildad. Pero si quisiéramos resumir su vida espiritual en una virtud más característica diríamos que fue la constancia. Pese a todo y a todos mantuvo en alto la bandera de la reforma. Es cierto que la visita a los “humillados:” termina a tiros; los canónigos de la Colegiata de Santa María le cierran las puertas a la faz de todos sus acompañantes; los asuntos temporales le traen disgusto sobre disgusto y denuncia sobre denuncia; si consigue ir a su diócesis y permanecer en ella es con la oposición de los Papas que le querían junto a sí. Y contra todo esto, él realiza impávido su obra.

¡Y qué obra! Recientemente Mols ha hecho el balance de lo que hoy debemos a San Carlos Borromeo en la vida de a Iglesia:

“En materia administrativa: la residencia de los pastores, la celebración de concilios provinciales, de sínodos diocesanos, de reuniones y conferencias arciprestales, el desenvolvimiento de la estadística eclesiástica y de los datos numéricos parroquiales, el llevar libros, expedientes y registros sobre los aspectos más variados de la administración diocesana y parroquial, el cuidado de una adaptación geográfica de las diócesis a las exigencias pastorales, la preocupación por asegurar un mayor cuidado material de las iglesias, la tendencia a acentuar el aspecto defensivo del catolicismo y su organización. En materia escolar: la fundación de seminarios e instituciones especializadas de enseñanza y ayuda mutua, el desenvolvimiento de la formación catequística y religiosa de los cristianos. En materia directamente apostólica: la fundación de los Oblatos de San Ambrosio comprendiendo miembros laicos, el impulso dado a las misiones parroquiales, el apostolado de la Prensa, a una predicación dominical regular de inspiración bíblica y litúrgica, a ciertas devociones populares eucarísticas, la organización regular de visitas diocesanas y de recorridos de confirmación, el recurso a equipos apostólicos especializados, la preocupación por un apostolado comunitario.

Salta a la vista que no todas estas cosas pueden atribuírsele a él exclusivamente. Pero lo que no se le puede negar es haber sido el genial ordenador de materiales legislativos y pastorales tomados de sus predecesores, que, sistematizados, ofreció a toda la Iglesia. Porque durante toda la época de la reforma católica puede decirse que en la Iglesia entera los ojos están fijos en Milán, y ya nos encontremos en la Francia del siglo XVII, de tan magnífica orientación pastoral; ya en la España de Felipe II, y en Valencia con el Beato Ribera; ya en Italia, que en gran parte visitó él mismo; ya en Indias con Santo Toribio… en todas partes veremos cómo San Carlos es el auténtico ideal del obispo reformador y sus medidas legislativas son copiadas, adaptadas, implantadas y urgidas.

En muchos aspectos es decidido antecesor de iniciativas que estimamos modernísimas. Recordemos el “Asceterium”. al que el papa Pío XI llamó en la encíclica Menti Nostrae la primera casa de ejercicios del mundo; recordemos su preocupación por el seminario, y su clara visión de la necesidad de adaptar la formación de los seminaristas a la vida real; recordemos su empeño por la santificación de los seglares y la organización apostólica de los mismos; recordemos la amplitud de espíritu con que concibió las relaciones del clero secular con los religiosos.

Todavía más que en sus obras puede encontrarse la medida de sus preocupaciones apostólicas en las actas de las visitas apostólicas. Porque, como ha escrito el actual papa Juan XXIII, incansable editor de las que corresponden a Bérgamo, ” la historia escrita por otros tiene un poco siempre del pensamiento y de las impresiones de quien escribe. En cambio, en las actas de la visita es San Carlos mismo vivo, operante, el que a distancia de más de tres siglos aparece tal cual le veneraron sus contemporáneos; alta inteligencia de hombre de gobierno que todo lo ve y a todo llega, espíritu noble y excelso, corazón de obispo y de santo. De aquellos papeles brota su figura entera, y juntamente con ella todo un mundo que resucita en torno a él… Mas aún que en las disposiciones conciliares y sinodales, las actas de las visitas dan el tono más justo y auténtico de esta sabiduría apostólica y pastoral que tan admirablemente supo unirse en Borromeo con su íntimo fervor religioso, de aquella arte exquisita que él poseía de proveer a todo con medios aptos, de conseguir con orden, con organización perfecta, con calma, lograr un fruto, no sin dificultades a veces, pero siempre con gran dignidad y con bondad inmensa en los mismos choques”.

Muchísimas veces había desafiado la muerte: viajes de noche por los Alpes, entrevistas con sus más mortales enemigos sin defensa alguna, y, sobre todo, contactos durante largas temporadas con los apestados, en especial en la terrible peste de 1576-1577. Sin embargo, la muerte le había respetado hasta entonces.

Pero hubo un momento en que llegó ya. Tenía el cardenal cuarenta y seis años. Aunque devorado por la fiebre, continuaba haciendo su visita pastoral. El 30 de octubre inauguró un seminario. Después consoló a los habitantes de Locarno, que de cuatro mil ochocientos habían quedado reducidos a setecientos a causa de la peste. La fiebre le devoraba. Fue necesario rendirse por fin. Y en Milán, rodeado del amor de todo su pueblo, expiró dulcemente el sábado 3 de noviembre de 1584.

Desde el primer momento fue venerado. Ya el día 4 hubo una grandiosa manifestación de veneración pública. Pocos años después, en 1610, era canonizado. Su culto se extendió rapidísimamente por todo el mundo. Símbolo de la reforma católica, imagen del buen pastor, fue desde el primer momento su devoción un estímulo para continuar trabajando en las mismas tareas que él había emprendido. San Francisco de Sales le tuvo una gran devoción y visitó su sepulcro. El papa actual, Juan XXIII, eligió para su coronación, aun sabiendo que esto suponía un gran esfuerzo, el día de su fiesta, queriendo colocar su pontificado bajo el patronato de este gran Santo.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

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