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San Juan María Vianney

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San Juan María Vianney

San Juan María Vianney

SAN JUAN MARIA VIANNEY

EL CURA DE ARS

JESÚS MARTI BALLESTER

 

¿TODAVIA MODELO?

Hay que situar a los santos. Ellos, como todo, son ellos y su circunstancia. ¿Podemos considerar hoy a San Juan María Vianney, modelo de párroco? Decididamente, sí. En lo sustancial: Modelo de caridad pastoral, dechado de virtudes de abnegación de otra época, retrotraída a los padres del desierto. Imitar sin adaptaciones y sin reticencias, sin contar con la cultura de Vianney, de sus lecturas, de su formación deficiente, sería un error. Pero la raíz era muy lozana, viva y sana y segura: el amor. Juan María iba envuelto en un huracán de amor. Por Ars pasó un huracán de amor. Con ese amor podemos contar para aceptarle como modelo, intercesor, protector e imitable. Tengamos en cuenta sus circunstancias. Además, no se por qué y es lo corriente por la limitación de los biógrafos, que acentúen desproporcionadamente aquella virtud que les ha sido característica en su vida, dejando otras peculiaridades más íntimas y familiares en la penumbra y sin destacar. No se ha dicho que Vianney era un carácter jovial y sencillo. Sus familiares señalan sus cualidades que le hacían un carácter de trato agradable. Un hombre con ingenuidad infantil y sin ostentación, una mezcla de abandono, candor y gracia sencilla, se combinaban en su trato unidas en finura de tacto, seguridad de juicio, que daba a su trato y a toda su persona un encanto inexpresable. Este testimonio que recojo del Cardenal Gerrlier, Arzobispo de Lyón, nos ayuda a situar la personalidad nada ordinaria del Cura de Ars…

PASTOR

Dardilly. Desde su torre se divisa la ciudad de Lyon. Fue su cuna. Era de niño, pastor. Su rebaño se componía de tres ovejas y un asno. En su zurrón siempre una estatua de la Virgen, que no se cansaba de contemplar. Con ella no temía los hielos ni los soles. “¡Qué feliz era yo entonces -decía poco antes de su muerte-, cuando no tenía que apacentar más que mi asno y mis tres ovejas! ¡Pobre asnillo ceniciento! Treinta años tendría cuando le perdimos. Entonces yo podía rezar cuanto quería.”

DE PASTOR A AGRICULTOR

A los trece años cambió el cayado por el azadón. Regaba los puerros y cavaba las viñas. Era un trabajador dócil, activo y alegre. Trabajaba y rezaba al mismo tiempo. “Cuando estaba en el campo-dice-, yo rezaba en alta voz si estaba solo, en voz baja si tenía compañía. Al dejar caer la herramienta, solía decir: no te olvides que importa más cultivar el alma y arrancar sus malas hierbas. Cuando, después de comer, los demás descansaban, yo aparentaba dormir, pero seguía conversando con Dios en mi corazón. Cuando oía el reloj, rezaba un avemaría, y me decía: “Valor, alma mía; el tiempo pasa, la eternidad se acerca; vivamos como condenados a morir.”

LA VOZ DEL PUEBLO

La gente de Dardilly decía a su padre: “Debieras hacer cura a tu hijo.” Eso era una locura en esto por aquellos días, cuando a Revolución Francesa destruía iglesias, cerraba seminarios y desterraba sacerdotes. Vianney entraba en los años de la juventud. Ya había perdido toda esperanza de poder estudiar, cuando, con el Concordato de Napoleón, la paz empezó a amanecer para las iglesias de Francia, y en Dardilly apareció un santo sacerdote, el abatte Balley, dispuesto a transformar a aquel joven valiente en un pastor de almas. El joven Vianney estudiaba heroicamente, pero sin provecho ninguno. Veinte veces estuvo a punto de volverse al arado, y siempre le detuvo la paciencia inagotable de su maestro.

LA ORACION

Agotados los medios humanos, acudió a la oración. Las noches se le pasaban pidiendo a Dios que le diese las luces necesarias para llegar a ser capaz de ganar almas. Multiplicó las limosnas, redobló las penitencias, frecuentó el trato con los pobres y los enfermos, se condenó a no condimentar sus comidas, y poco a poco pudo ver que su inteligencia se abría y que empezaba a comprender lo problemas de la Teología.

Pero cuando llegó el momento de la ordenación, hubo serias dificultades en la curia lionesa. Como algunos objetasen su escasa instrucción, el Vicario General preguntó: “¿Es piadoso? ¿Sabe rezar el Rosario? ¿Tiene devoción a la Santísima Virgen?” “Es un modelo de piedad”, contestaron. “Pues bien, yo le recibo; Dios hará el resto.” Gracias a esta condescendencia, Juan Bautista fue admitido a las órdenes en 1815. Acierto providencial.

ARS

Le destinaron a Ars, pequeña villa, situada a unos kilómetros de Lyón. Su nombre, es hoy conocido de todo el mundo. Entonces era bastante difícil encontrarlo. El mismo perdió el camino en su entrada. La vista de su parroquia le llenó de desaliento. Era un pueblo pobre, abandonado, incomunicado; pero, más que esto, lo que llenaba de terror al nuevo sacerdote era la absoluta indiferencia religiosa. “Aquí no hay nada que hacer; yo mismo corro peligro de perderme.” La caridad se sobrepuso a este primer movimiento, y el celo disipó los temores. El cura de Ars estableció su residencia en la iglesia solitaria. Al romper el día estaba ya allí, y allí permanecía hasta el Ángelus del anochecer, con la mirada fija en la Sagrario y el corazón fijo en Dios. Sale únicamente a mediodía para tomar el pobre alimento que él mismo se prepara, porque en la casa parroquial no habita nadie más que él. Después va de casa en casa. Es la hora en que puede ver a sus parroquianos. Entra, saluda al jefe de la familia, acaricia a los niños, sonríe, consuela, y mientras las gentes comen, él habla de Dios y de sus santos. Todos le reciben con alegría; sin pensar en su pequeña talla, su sotana raída, su cuerpo flaco y desmedrado; saben que se encuentran delante de un santo. Cuando los labriegos vuelven a sus trabajos, él retorna a su oración.

LAS NOCHES

Durante la noche se encierra en la sacristía, repasa su Moral, lee las vidas de los santos, prepara y escribe las pláticas de los domingos, se las aprende de memoria, y se ejercita en la declamación.

No tarda en verse rodeado de un grupo de fieles fervorosos, que asisten diariamente a su misa y llegan por la tarde a rezar con él el rosario. El buen párroco se fija sobre todo en un hombre, el tío Chaffangeon,  que permanece inmóvil en la iglesia, sin mover los labios. “¡Eh!, -le pregunta un día-, ¿qué es lo que dices a Nuestro Señor?” “Miro al buen Dios y él me mira.” “¡Qué suerte- añadía el buen cura- mirar al buen Dios”.

EL CRECIMIENTO

Los asistentes al culto se hacían cada vez más numerosos, y más numerosas también las comuniones. El párroco se llenaba de alegría ante aquellos efectos prodigiosos de la gracia. Pronto creyó llegado el momento de organizar cofradías para conservar el terreno conquistado y de abrir una campaña inteligente y metódica contra los abusos.

Atacó primero las tabernas y las casas de juego, procediendo siempre con prudencia y conmiseración para las humanas flaquezas. “Jamás me he enfadado con mis parroquianos -podrá decir más tarde; jamás les he hecho el menor reproche.” Se enfrentó luego con el baile, en el que vio el mayor obstáculo para la regeneración de su parroquia. Sabía decir las cosas con gracejo y con una suave ironía. “Mirad, hermanos -exclamaba-, las personas que entran en el baile, dejan su ángel custodio a la puerta y toman en su lugar un demonio; de suerte que no tarda en poblarse la sala de demonios tanto como de bailadores… He visto un anciano que iba al baile con anteojos y bastón. ¡Qué pena! Otro iba a ver bailar, con un niño en brazos y otro de la mano. Y yo me decía: Los lleva al infierno.” Vianney consiguió que el mismo día de la función del pueblo se negasen las mucha chas a bailar.

Más le costó desarraigar la costumbre de trabajar en días festivos. Es el tema que trataba con más frecuencia en sus sermones. “Cuando trabajáis en domingo -decía -, lo que ganáis es la ruina de vuestra alma y de vuestro cuerpo. Si entonces os preguntasen: ¿Qué acabáis de hacer?, podríais contestar vosotros: Hemos vendido nuestra alma al demonio, hemos crucificado a Nuestro Señor Jesucristo, hemos renegado del bautismo. Cuando veo que alguno acarrea en día de fiesta, me digo: Éste acarrea su alma al infierno. ¡Oh! ¡Cómo se engaña el que se afana en el día del Señor creyendo que va a hacer más dinero! Os imagináis que todo depende de vuestro trabajo; mas he aquí una enfermedad, un accidente… ¡Basta tan poca cosa! Una tempestad, un granizo, una helada… Dos medios infalibles conozco para llegar a ser pobre: trabajar en domingo y robar.”

Estas exhortaciones reiteradas acabaron por triunfar. Todo quedó renovado. “Ars ya no es Ars -decía el cura con satisfacción legitima. Hace muchos años que no se ha realizado semejante revolución en una parroquia. He asistido a muchas misiones, pero en ninguna parte he encontrado tan buenos sentimientos como aquí.” Ni existía el respeto humano, ni se oía la menor blasfemia, ni se daba el más pequeño escándalo. “No valemos mucho más que los otros pueblos -decía un vecino-, pero seríamos muy miserables si, viviendo junto a un santo, nos entregásemos a semejantes desórdenes.”

CONFESIONARIO DE SAN JUAN MARIA VIANNEY

Juan Bautista Vianney era un santo, un apasionado amante de la cruz. Sabía muy bien que el sufrimiento es el precio con que se compran las almas. “En mi actúa la muerte, decía San Pablo, pero en vosotros la vida”. A un compañero le decía: ”Has trabajado, has rezado, has llorado…; no es bastante. ¿Has ayunado, has velado, te has acostado sobre la tierra, has azotado tu cuerpo? Si no has llegado hasta aquí, te falta mucho todavía.” Su vida era una continua inmolación por los pecadores. Pobre hasta la necesidad, tenía un cuarto desnudo y ahumado, una sotana remendada y un sombrero viejo, que provocaba las burlas de las gentes. “Para el cura de Ars -respondía él-, es demasiado.” Por sus manos pasaban miles de monedas de oro y de plata, pero todo iba a parar a los necesitados. Construyó escuelas, templos, hospitales y asilos de huérfanos. Su mayor contento era socorrer una necesidad. “Somos muy felices -solía decir-, porque los pobres vienen a nosotros. Si no viniesen, tendríamos que buscarlos.”

PENITENCIA

Su penitencia se podría comparar a la de los Padres del desierto. Comía sólo tres veces por semana, y dos barras de pan le bastaban para toda la Cuaresma. Una patata le parecía el más exquisito de los regalos, y sólo bebía agua. Dormía dos horas sobre un montón de paja, y la tos o la fiebre cortaban su sueño a cada instante. En su afán de mortificar todos sus sentidos, se impuso la obligación de no permitirse el menor regalo, de no oler una flor, de no arrojar una mosca de su cara, de no beber cuando tenia sed, de no darse cuenta de un mal olor, de no sentarse, fuera del confesionario; de no apoyarse cuando estaba de rodillas, de ser afable con todos, de estar siempre alegre, de no quejarse nunca. Y no se quejaba, aunque estuviese asediado por la multitud, aunque pasase diez y ocho horas seguidas en el confesionario con los pies helados, las carnes magulladas y el cuerpo deshecho. “Cuando dejaba el confesonario, tenía que tocarme las piernas para ver si estaban en su sitio; me era imposible tenerme en pie, y tenía que salir agarrándome a los bancos.”

SUS ENFERMEDADES Y EL DEMONIO

A todo esto se juntaba la enfermedad, dolores agudos de cabeza y de estómago, desmayos; a la enfermedad, añadía la penitencia: cadenas, cilicios, disciplinas; a la penitencia, la lucha con el enemigo.

El demonio combatía al santo sacerdote con una tenacidad rabiosa. Cuando el cura de Ars se echaba a dormir, a la puerta de la casa rectoral se oían todas las noches tres golpes fragorosos, seguidos de estos apóstrofes : “¡Vianney! ¡Vianney! ¡Ven aquí, ven aquí! ¡Vete, vete, comedor de trufas!” Después el enemigo entraba haciendo un ruido infernal y arrojando inmundicias en un cuadro de la Virgen Maria . Cuando llegaba a la habitación del cura, echaba por tierra las sillas, revolvía los muebles, rasgaba o quemaba las cortinas, y levantaba los mayores estruendos, que unas veces semejaban murmullos de ejércitos, otras galopar de corceles, otras chirriar de carros, o aullar de osos, o caminar de rebaños, o trinar de ruiseñores. Rompía la pila del agua bendita, arrastraba por la habitación el montón de paja en que dormía el santo, y llenaba de golpes su cuerpo agotado. Vianney rezaba, repeliendo los asaltos con la señal de la cruz. Entonces el príncipe de las tinieblas huía gritando: “¡Ah! ¡Mucho me haces sufrir! Si hubiese tres hombres como tú en la tierra, mi reino sería destruido.”

LOS ENEMIGOS HUMANOS

Más terribles aún eran los enemigos de carne y hueso. La calumnia y el desprecio eran la moneda con que pagaba el mundo la abnegación del humilde párroco. Se criticaban sus ayunos, se hacía burla de sus combates con el infierno, se le trataba de loco, de charlatán, de hipócrita, de ambicioso.

Hasta sobre sus costumbres arrojaba su vaho inmundo la malignidad, durante cinco años. “Vivía esperando que de un momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo. Y me parecía que todo el mundo debiera haberse armado contra mí para echarme de una parroquia donde mi vida sólo podía ser un obstáculo a la gracia.” En medio de las injurias y los temores, él seguía trabajando, sin dejarse vencer por el desaliento ni por la tristeza. ”Muchas eran entonces mis cruces -confesaba más tarde-; tantas, que apenas las podía soportar. Pedí al Señor que me diese la gracia de amarlas, y de repente me sentí dichoso. ¡Verdaderamente, sólo allí existe la felicidad!” Lejos de defenderse, autorizó las acusaciones con su firma. Su propia vida le daba asco; las alabanzas le llenaban de pena, y no cesaba de derramar lágrimas a causa de sus pecados, de sus miserias, de su glotonería, de su hipocresía. “¡Ah! -escribía a los calumniadores-; sólo vosotros me habéis conocido. No sé cómo agradeceros esa bondad con que os dignáis interesaros por mi pobre alma.”

SU MEJOR DEFENSA SU HUMILDAD

Vianney no sabía que este lenguaje era su mayor defensa.

Aquella humildad heroica triunfó de todas las suspicacias, el obispo proclamó públicamente la humildad de aquel hombre, el mundo reconoció su virtud sublime, y empezó aquel desfile de multitudes que hizo del cura de Ars el apóstol universal de su siglo. Miles y miles de personas llegaban cada año para recibir los consejos de Vianney. Ya en 1840 se pudieron contar más de 20.000, número que siguió aumentado en los años sucesivos. De todas las naciones europeas acudían los peregrinos, arrastrados por la fe, por la piedad o por el arrepentimiento. Si alguno llegaba movido por la curiosidad, pronto se sentía transformado por una mirada, un gesto o una lágrima de aquel hombre prodigioso. Y al verle, todos decían: “Este hombre es más grande que su fama. Jamás hemos contemplado más de cerca a Dios.” Unos buscaban al director de almas, otros al padre que tenía me dicinas para todas las llagas del espíritu, otros al taumaturgo que tenia poder sobre las enfermedades y la muerte. Vianney se resignó a aquel fenómeno extraño, y consagró todas sus fuerzas al bien de sus hermanos.

LOS DIAS

San Juan Bautista María Vianney sus días son iguales. Invariablemente, a medianoche sale de su habitación y se dirige al confesionario. La muchedumbre le sigue y se coloca ordenadamente en la iglesia. Los penitentes llegan sin interrupción a su presencia, y marchan consolados y contentos. A las siete, la misa; y luego, otra vez la dura tarea de la confesión. Cuando suenan las once, el cura sube al púlpito para comenzar la instrucción cotidiana, que él designa con el nombre de catequesis. Su presencia refleja la santidad. Su cuerpo débil X encorvado parece una sombra; su rostro tiene una palidez casi transparente; sus ojos, rojos y húmedos de llanto, hacen pensar en las tragedias lamentables que acaba de oír; sus largos cabellos, blancos como la nieve, encuadran su figura en una aureola luminosa. Su voz es débil; su lenguaje, inculto; y sin embargo, las almas se sienten conmovidas y transformadas. Al toque del Ángelus sale de la iglesia. Dos guardias le defienden de los apretones del pueblo. Todos quieren verle, hablarle, tocarle, recibir su bendición, recoger una palabra suya.

UN RESPIRO

Al fin está solo, puede tomar un poco de alimento, rezar un rato, abrir rapidísimamente la correspondencia. Hasta la una. Luego, otra vez el confesionario. Y las horas pasan, consolando a los afligidos, curando a los enfermos, perdonando a los pecadores. “¡Ah, los pecadores, los pobres pecadores!”, exclamaba con lágrimas en los ojos. Los pecadores se llevaban lo mejor de su solicitud. Los amaba con tan profunda ternura, que por ellos ofrecía constantemente su vida. Todo le parecía llevadero cuando se trataba de conquistar un alma para Dios. “Cuando se ama no se trabaja y si se trabaja se ama el trabajo, decía San Agustín.  -“Si el buen Dios os diese a escoger entre subir al Cielo ahora mismo, o permanecer en la tierra hasta el fin de los siglos trabajando por la conversión de los pecadores, ¿qué haríais?” -“Me quedaría en la tierra.” -“¿Hasta el fin del mundo?” -“Hasta el fin del mundo.” -“Pero, con tanto tiempo delante de vos, no os levantaríais tan de mañana.” -“¡Ay, amigo mio! Me levantaría como ahora, a medianoche; y sería el más feliz de los servidores de Dios.” El demonio le recriminaba porque no le hacía caso al vestido violado, (el obispo), que le había mandado que no madrugara tanto. “Sapo negro, le decía, hay otros sapos negros que no me hacen tanto daño como tú”. “Si no fuera por esa…” y le señalaba la imagen de la Virgen…

CONSSUMATUM EST

La hora del descanso había ya sonado para él. Sobre su alma flotaba una atmósfera de paz que parecía el presagio, el crepúsculo inmensidad de los mares. Lo de la eternidad. Durante mucho tiempo había vivido en una nube de desolación interior, que le puso a las puertas de la desesperación. “Si debo ser condenado -rezaba entonces-, haced, oh Dios mío, que os ame al menos sobre la tierra.” Ahora todo era claridad y consuelo: Dios se le manifestaba con toda su suavidad; las desconfianzas humanas habían desaparecido; tres años hacía que el enemigo infernal no osaba acercarse. “Ya no temo nada”, decía el anciano.

“Que nadie lo miraba…

 Aminadab tampoco parecía;

y el cerco sosegaba,

y la caballería

a vista de las aguas descendía”,

había cantado San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual, presagiando el momento. Y no se cansaba de hablar del amor de Dios, de la Eucaristía, de la Santísima Virgen. Su muerte fue como el descender luminoso y majestuoso del sol, que se hunde sereno en el abismo del océano.

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San Juan María Vianney

JUAN MARÍA BAUTISTA VIANNEY, SAN

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Sacerdote francés, mucho más conocido como el cura de Ars, nacido en Dardilly, en las cercanías de Lyon, el 8 mayo 1786. Después de una niñez en ambiente campesino, padeciendo las consecuencias de la Revolución francesa, concibe a los 17 años el deseo de ser sacerdote. Inicia con grandes dificultades sus estudios. Movilizado por un error, pasa desde 1809 a 1811 oculto en las montañas de Noés, declarado desertor. Una amnistía le permite regresar a su pueblo. Prosigue sus estudios y por fin el 13 ag. 1815 el obispo de Grenoble, mons. Simon, le ordena de sacerdote a los veintinueve años. Continúa durante tres años, de 1815 a 1818, repasando la Teología junto al P. Balley en Ecully, con la consideración de coadjutor suyo. Muerto el P. Balley y terminados los estudios, el arzobispo de Lyon le encarga del minúsculo pueblecillo de Ars, a treinta y cinco kilómetros al Norte de la capital. El pueblo no tenía categoría de parroquia, sino que era una simple dependencia de Mizérieux. Desde el 9 feb. 1818 hasta el día de su muerte (4 agosto 1859) permaneció en aquel pueblecillo realizando un maravilloso apostolado. Ha sido declarado patrono de todos los párrocos del mundo. Difícilmente puede darse un contraste mayor entre la sencillez de una vida y su irradiación. El que todo el mundo conoce como «santo cura de Ars», no fue cura, es decir, párroco, en el sentido canónico de la palabra ya que, como hemos dicho, la iglesia a la que atendía era sólo una dependencia de la parroquia. Sin embargo, él se sintió íntimamente compenetrado con la feligresía, responsable de cuanto en ella ocurría, y, por otra parte, todo el mundo, desde sus superiores hasta las personas más sencillas del pueblo, veían en él, no sólo un auténtico cura, sino el verdadero ejemplar de lo que un párroco puede ser.
     

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p style=”text-align:justify;”>Primeros años de su vida. Tuvo una infancia normal y corriente, propia de su aldea, Dardilly, únicamente alterada por las consecuencias de los avatares políticos de aquel entonces. En efecto, es aún niño cuando estalla la Revolución. Al frente de la parroquia ponen a un cura constitucional y la familia Vianney deja de asistir a los cultos. Pero Lyon es una de las diócesis de Francia que mejor ha organizado el culto clandestino, y el pequeño oirá muchas veces Misa en algún rincón de la casa, celebrada por aquellos heroicos sacerdotes fieles al Papa que con tanta rabia persiguen los revolucionarios. Su primera comunión la ha de hacer en otro pueblo, distinto del suyo, aunque no muy lejano, Ecully, en un salón con las ventanas cuidadosamente cerradas para que nada se trasluzca al exterior. A este pueblo habría de vincularse luego, volviendo ya sacerdote como coadjutor, para hacer su aprendizaje pastoral.
     

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p style=”text-align:justify;”>Dardilly conserva, cuidadosamente restaurada, la casa de los Vianney, y su visita resulta extraordinariamente evocadora. Se puede apreciar el ambiente de austera pobreza, de profundo cristianismo, de laboriosidad en que transcurrieron aquellos años. Cuando vuelve la paz religiosa concibe el gran deseo de ser sacerdote. Su padre, aunque buen cristiano, pone algunos obstáculos, que por fin son vencidos. Pero su instrucción elemental había sido prácticamente nula, y el joven, ya de 17 años bien cumplidos, tropieza con enormes obstáculos para aprender el latín y las demás asignaturas. Llega un momento en que su tenacidad no basta, en que empieza a sentir desaliento, y entonces se decide a hacer una peregrinación pidiendo limosna, a pie hasta la tumba de San Francisco de Regis, en Louvex. El santo no escucha, aparentemente, la oración del heroico peregrino, pues las dificultades para aprender subsisten. Pero le da lo sustancial: llegará a ser sacerdote.
     

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p style=”text-align:justify;”>Antes ha de pasar por un episodio novelesco: un error hace que no le alcance la liberación del servicio militar que el card. Fesch, tío del Emperador, había conseguido para los seminaristas de Lyon. J. es movilizado, cae enfermo, ingresa en el hospital de Ruán y, por fin, sin atender a su debilidad, enviado a combatir en España. No puede seguir a sus compañeros, que marchan a Bayona para incorporarse. Solo, enfermo, desalentado, J. M. se transforma en un desertor.
     

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p style=”text-align:justify;”>En 1811 una amnistía le permite volver a su pueblo. Asiste a la muerte de su anciana madre y prosigue sus estudios sacerdotales en Verriéres primero, y después en el seminario mayor de Lyon. Todos reconocen la admirable conducta del seminarista, pero, falto de conocimientos de latín, no saca provecho de sus estudios y es despedido del seminario. Un sacerdote excepcional, el P. Balley, que había dirigido sus primeros estudios, se presta a continuar preparándole, logra su admisión a las órdenes y continúa instruyéndole hasta su muerte en 1818. Entonces, terminados sus estudios, es enviado a Ars.
     

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p style=”text-align:justify;”>Cura de Ars. Su actividad parroquial tuvo dos aspectos que, en cierta manera, corresponden también a dos fases de su vida. Mientras no se inició la «gran peregrinación» a Ars, el cura pudo vivir enteramente consagrado a sus feligreses. Y así lo hizo, visitándoles casa por casa; atendiendo paternalmente a los niños y enfermos; empleando mucho esfuerzo en la ampliación y hermoseamiento de la iglesia; ayudando fraternalmente a los compañeros de los pueblos vecinos. Todo ello acompañado de una vida de asombrosas penitencias, de intensa oración, de ejercicio de la caridad, hasta quedarse sin nada, en beneficio de los pobres. Nada excede, sin embargo, en esta primera parte de su vida, del marco corriente de las actividades de un cura rural. Fue objeto también de envidias por parte de sus compañeros, de calumnias procedentes de algunos vecinos, y de dificultades internas, con, escrúpulos y perplejidades. Pero el pueblecillo se transformó y empezó a decirse, con justa razón, que «Ars ya no era Ars».
     

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p style=”text-align:justify;”>La peregrinación a Ars tuvo un comienzo muy sencillo. El santo cura, por ayudar a sus compañeros, se desplazaba a los pueblos vecinos para predicar y confesar con ocasión de misiones, jubileos y cumplimientos pascuales. La gente quedaba prendada de aquel sacerdote tan santo y tomó la costumbre de dirigirse a Ars cuando se les presentaba alguna dificultad o querían confesarse con mayor detenimiento. Al principio era sólo un fenómeno local, circunscrito a las diócesis de Lyon y Belley, pero luego fue tomando un vuelo cada vez mayor, de tal manera que llegó a hacerse célebre en toda Francia y aun en Europa entera. Empezaron a afluir peregrinos, se editaron libros para servir de guía y hasta se montó en la estación de Lyon una taquilla especial para despachar billetes de ida y vuelta a Ars. Aquel pobre sacerdote que tan trabajosamente había hecho sus estudios y a quien la autoridad diocesana había relegado a uno de los peores pueblos de la diócesis se convirtió en consejero buscadísimo por millares y millares de almas, desde prelados insignes e intelectuales famosos, hasta humildísimos enfermos y pobres gentes atribuladas.
     

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p style=”text-align:justify;”>Así se produjo el principal milagro de su vida: que pudiese subsistir bajo el peso de aquel trabajo sobrehumano. Causa admiración la distribución de su tiempo, lo reducido del sueño, la parquedad de las comidas, sus horas de encerramiento en el confesonario. Pero Dios bendecía manifiestamente su actividad. El que había hecho con dificultad sus estudios, se desenvolvía con maravillosa firmeza en el púlpito, sin tiempo para prepararse, y resolvía delicadísimos problemas de conciencia en el confesonario. En este ministerio gozaba de un discernimiento de las conciencias, del que se recogieron centenares de testimonios después de su muerte. Los prodigios se multiplicaron y él los atribuyó a S. Filomena, cuyo pretendido sepulcro, recién descubierto por entonces, había suscitado, al través de una novelesca vida publicada por un canónigo italiano, un enorme entusiasmo. Lo cierto es que el Señor bendijo aquella humilde parroquia, haciéndola escenario de curaciones y conversiones maravillosas. El milagro más sonado y mejor documentado, es la multiplicación de la masa para hacer pan, salvando la situación desesperada en que se encontraban las acogidas en la Casa de la Providencia por él fundada.
     

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p style=”text-align:justify;”>Mas llegó un momento en que sus fuerzas le fallaron. El viernes 29 jul. 1859 se sintió indispuesto. Pero bajó, como siempre, a la iglesia a la una de la madrugada. No pudo resistir toda la mañana en el confesonario. Predicó por última vez llorando continuamente. A la noche se vio claro que estaba herido de muerte. Y en efecto, pocos días después, el jueves 4 de agosto, a las dos de la madrugada, fallecía santamente.
     

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p style=”text-align:justify;”>El significado de su santidad lo explicó admirablemente el papa Juan XXIII en la Enc. Nostri Sacerdotii primitias de 31 jul. 1959, con ocasión del centenario de su muerte. Hizo destacar cómo J. es el ejemplar más claro de santidad sacerdotal, y la actualidad que su figura continúa teniendo.
      El cura de Ars se integra en el conjunto de una generación renovadora que florece en Lyon por aquellos mismos años. Compartió el seminario con el b. Marcelino Champagnat (v.), fundador de los maristas (v.); con Juan Claudio Colin, fundador de la Compañía de María (v.) y con Fernando Donnet, futuro cardenal arzobispo de Burdeos. Estuvo en contacto con personalidades tan importantes como el P. Lacordaire (v.) y Paulina Jaricot. A todos ellos edificó y aconsejó, y todos confesaron haber recibido mucho de aquel humildísimo sacerdote.
      
     

BIBL.: F. TROCHU, Vida del cura de Ars, Barcelona, 4 ed. 1945 (fundamental para conocer al santo por estar elaborada de los procesos de canonización); R. FOURREY, El Cura de Ars auténtico, Barcelona 1967 (aclara, rectifica y aporta multitud de documentos, dando además un excelente juicio crítico de la bibliografía anterior acerca del santo); A. MONNIN, Le Curé d’Ars, París 1899; G. VIANNEY, Le b. Curé d’Ars, París 1911; J. DE FABRÉGUES, El santo cura de Ars, Madrid 1957; R. FOURREY, Giovanni Maria Vianney, en Bibl. Sanct. 6,1040-1045; J. A. VIDAL-QUADRAS, Juan Bautista Vianney, en F. PÉREZ-EMBID (dir.), Foriadores del mundo contemporáneo, 1, 4 ed. Barcelona 1967, 431-445.

LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

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