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Dedicación de Santa María la Mayor

Dedicación de Santa María la Mayor

DEDICACIÓN DE SANTA MARÍA LA MAYOR

SUMARIO: I. Importancia actual desde el punto de vista litúrgico, espiritual y turístico: 1. A la luz de la liturgia, María es la “morada de Dios”; 2. La basílica mariana, meta de peregrinaciones; 3. Primer santuario mariano – II. Datos históricos, dogmáticos y artísticos de la basílica: 1. Orígenes, desarrollo, modificaciones y restauraciones; 2. María, como madre de Dios, es la vencedora del mal – III. La memoria litúrgica: historia y significado – IV. Comentario homilético actualizado: María es la realización más perfecta de la iglesia en un individuo concreto: 1. María, nueva Jerusalén; 2. La bienaventuranza de María.

  1. Importancia actual desde el punto de vista litúrgico, espiritual y turístico

Santa María la Mayor ha sido definida como el palacio de María. No sólo representa la morada real de la Virgen en medio del pueblo de Dios, sino que quiere indicar además que María es el palacio del gran Rey; es éste el punto que subraya la liturgia.

  1. A LA LUZ DE LA LITURGIA, MARÍA ES LA “MORADA DE DIOS”. La fiesta de la dedicación de una iglesia, después del Vat II, ha quedado plenamente revalorada: la liturgia del templo y la teología eclesiológica caminan a la par. En particular, el nuevo rito de la dedicación de una iglesia es el reflejo de la nueva eclesiología. Todo edificio-iglesia está dedicado a Dios (D. O. M. = Deo optimo maximo = A Dios óptimo máximo) e intenta glorificarlo por el misterio de su salvación, considerado bajo un aspecto particular y por las maravillas realizadas en los ángeles, en los santos, en María. Pero hay además otro factor de singular importancia y que no es posible soslayar: nosotros, hijos de Dios, somos las piedras vivas para la construcción del templo espiritual, del que Cristo resucitado es la piedra angular (cf I Pe 2,4-9). La iglesia-basílica de Santa María la Mayor manifiesta todo esto con gran evidencia: precisamente en María, como en un templo, el Verbo se revistió de nuestra naturaleza humana y, engendrado por ella, acampó entre nosotros (cf Jn 1,14). Los padres, especialmente los griegos, presentan a Cristo que, precisamente en María como en una catedral, uniendo a sí en unidad de persona a la naturaleza humana, fue consagrado por el Espíritu Santo como sumo y eterno sacerdote a la manera de Melquisedec (cf salmo 109,4).
  2. LA BASÍLICA MARIANA, META DE PEREGRINACIONES. Como basílica patriarcal, Santa María la Mayor representa al patriarcado de Antioquía. Antioquía es por antonomasia la ciudad de las gentes, la ciudad donde nació el nombre cristiano (cf He 11,26). María se nos presenta inmediatamente como la madre universal. Desde siempre, la basílica mariana ha sido meta y anhelo de muchos cristianos, en particular de los que han reconocido en ella a su propia madre espiritual. Además, en los años santos, es meta particular de peregrinaciones, a fin de obtener las indulgencias jubilares, e incluso porque María nos guía a la conversión y al encuentro con Cristo. Es éste el motivo por el que la basílica ha ejercido siempre, a lo largo de los siglos, un especial atractivo. Recordemos algún ejemplo. En la basílica de Santa María la Mayor, san Enrique, al llegar a Roma para ser coronado emperador, quiso pasar su primera noche romana; santa Brígida acudió aquí con frecuencia en su peregrinación de 1372; san Cayetano de Thiene recibió en esta basílica de los brazos de la Virgen al niño Jesús en las navidades de 1517; san Carlos Borromeo quiso ordenarse aquí de sacerdote en 1563; san Estanislao de Kostka, san Luis Gonzaga y san Juan Berchmans la hacían meta frecuente de sus peregrinaciones, sobre todo los días de sábado.

En esta basílica de Santa María la Mayor se venera particularmente a la Virgen Theotókos con el expresivo título de Salus populi romani. Su imagen, expuesta a la veneración de los fieles en la llamada capilla paulina, es la que según la tradición habría sido llevada en tiempos de peste en procesión por el papa san Gregorio Magno (590) hacia la Mole Adriana, llamada más tarde Castillo de Sant Angelo por haberse aparecido en la cima de la Mole un ángel en actitud de envainar la espada, signo evidente de que había cesado la peste. Con esta imagen el papa León IV (847-855) habría domado las llamas en un furioso incendio que estaba devorando el borgo cercano a San Pedro (Rafael pintó esta escena en una de las famosas Estancias del Vaticano). Esta imagen fue coronada por primera vez por Clemente VII en 1527, y por segunda vez por Gregorio XVI en 1837, después de un voto que había hecho el pueblo romano por la liberación del cólera.

En 1954, con ocasión del año mariano promulgado por Pío XII, la imagen fue centro de atracción del pueblo no sólo de Roma, sino de los países más lejanos.

Siguiendo a Pablo VI, también Juan Pablo II elige preferentemente a Santa María la Mayor para las celebraciones oficiales marianas de carácter internacional. Se dirige allá todos los años en la fiesta de la Inmaculada, a partir del año 1978, cuando expresó su intención concreta de ofrecer la iglesia a la Virgen: “El papa, al comienzo de su servicio episcopal en la cátedra de san Pedro en Roma, desea confiar la iglesia a la Inmaculada. Se confía a sí mismo a ella, como siervo de los siervos, y a todos los que sirven con él. Le confía la iglesia romana, como prenda y principio de todas las iglesias del mundo, en su universal unidad”‘. Precisamente en la basílica de Santa María la Mayor se concluyeron el domingo 7 de junio de 1981 las celebraciones de Pentecostés ordenadas por Juan Pablo II para recordar el XVI centenario del concilio 1 de Constantinopla y el 1.550 aniversario del concilio de Efeso. Se desarrolló entonces una liturgia en torno a la imagen de la Salus populi romani, en la que participaron unos cincuenta cardenales, más de doscientos obispos que representaban al episcopado mundial y una gran muchedumbre de fieles; estaban también presentes, para subrayar el carácter ecuménico de la celebración, los representantes de diversas iglesias y confesiones cristianas. Antes de la bendición super populum, se transmitió la alocución previamente registrada del santo Padre. La alocución quería ser un acto de veneración, de gratitud y de confianza. Este acto de confianza fue repetido personalmente por Juan Pablo II en Santa María la Mayor el 8 de diciembre de 1981; con él el papa confiaba simultáneamente al Espíritu Santo y a María la iglesia y toda la familia humana [Consagración 111, 14].

  1. PRIMER SANTUARIO MARIANO. A lo largo de los siglos la basílica ha sido considerada como el primer santuario mariano del mundo, madre de las iglesias marianas, el monumento más espléndido que posee María —en opinión de Grisar— en la ciudad eterna, y como una segunda catedral del obispo de Roma (la primera catedral es San Juan de Letrán).

La basílica es un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor por la solemne proclamación del dogma de la maternidad divina de María, que tuvo lugar en el concilio de Éfeso del año 431. Podemos recordar la fecha: la basílica actual se comenzó exactamente un año después de la solemne proclamación, es decir, en el 432. De la primitiva basílica de Sixto III interesa particularmente el arco de triunfo, que es precisamente del s. v y que, a pesar de las restauraciones, no siempre afortunadas, ha llegado hasta nosotros en un estado muy satisfactorio. Este arco quiere ser la glorificación de la maternidad divina en la perspectiva de toda la historia de la salvación; en el centro destaca el trono del Señor con la cruz gemmata, la corona y el libro sellado, teniendo a sus lados a los apóstoles Pedro y Pablo; y a derecha e izquierda, las escenas de la anunciación y de la presentación de Jesús en el templo. Partiendo de la derecha y desde abajo hacia arriba, se van sucediendo estas escenas: Belén, los magos con Herodes, Jesús discutiendo con los doctores, los magos adorando a Jesús, la matanza de los inocentes, Jerusalén y Belén (las ovejas de Jerusalén representan a los convertidos del hebraísmo, mientras que las de Belén figuran a los convertidos del paganismo). En Belén y en Jerusalén es también fácil descubrir el comienzo y el fin (es decir, el nacimiento y la muerte) de la vida terrena de Jesús, así como el nacimiento de Cristo y el de la iglesia: el primero en la ciudad de David y el segundo en el cenáculo. Tanto en la primera como en la segunda ciudad María está presente y operante.

La basílica tiene la nave central formada por dos filas de un conjunto de 40 columnas monolíticas de mármol blanco y de estilo jónico, y el artesonado dorado, al parecer, con el primer oro procedente de América, ofrecido por España.

  1. Datos históricos, dogmáticos
y artísticos de la basílica

La historia (hinchada a veces con datos legendarios tradicionales), el dogma y el arte se entrecruzan en la descripción del palacio de María; sigue siendo un tanto difícil distinguir unos aspectos de los otros. Intentaremos hacerlo [Arte II, 3].

  1. ORÍGENES, DESARROLLO, MODIFICACIONES Y RESTAURACIONES. El Esquilino, en donde había de surgir la basílica mayor entre las dedicadas a María en el mundo entero, se encontraba en los tiempos de la república fuera de los muros servianos; en tiempos del imperio, bajo Augusto, Mecenas hizo construir allí una grandiosa villa para hospedar a los artistas de Roma; al decaer el imperio continuaban levantándose allí grandes construcciones, entre ellas la basílica Liciniana, que se convirtió luego en lugar de encuentro de los cristianos. Fueron quizá los restos de esta basílica los que se descubrieron en 1886 en la plaza actual.

Por el Liber pontificalis sabemos que el papa Liberio (352-366) construyó en aquel lugar una basílica, pero ésta no sería la actual; según una graciosa leyenda popular, es sabido que la basílica habría sido construida después de una prodigiosa nevada que cayó sobre el Esquilino precisamente el 5 de agosto. Al morir el papa Liberio (366), aquel lugar fue un terreno de choque entre los que sostenían al antipapa Ursicino y los que apoyaban al verdadero papa, es decir, el papa Dámaso. De todas formas, la actual basílica siguió llevando el nombre de liberiana, aunque debería llamarse más bien sixtina, por el papa Sixto III (432-440), que la erigió, como se ha visto, en honor de la maternidad divina de María. El apelativo de sancta Maria ad praesepe o post praesepe es casi un siglo anterior a la importación de la supuesta cuna de Belén; en efecto, fue Juan VII el que en el s. VIII construyó la capilla de sancta Maria ad praesepe. El altar actual de la confesión, cubierto con 74 variedades de mármol nada menos, encierra en la zona inferior el precioso relicario que contiene las astillas que, según la tradición, constituían el pesebre en donde fue colocado el niño Jesús recién nacido; el relicario es de plata dorada y obra de Valadier (1802).

En las cercanías del altar papal reposan los restos de san Jerónimo, san Matías y otros santos.

El rincón más sugestivo de la basílica es la capilla del Santísimo Sacramento, llamada también sixtina, por tomar el nombre de Sixto V (Felice Peretti, 1585-1590), que en los brevísimos años de su pontificado demostró un gran fervor y energía incluso en el terreno artístico. La capilla fue ordenada por Peretti a Fontana en 1584, es decir, un año antes de subir al trono de san Pedro. Se trató ante todo de trasladar la capilla de la Natividad (praesepe) desde el fondo del ábside al centro de la misma capilla; y Fontana, con un mecanismo ideado por él mismo, logró trasladar la capilla medieval con todos sus fundamentos y con sus paredes. Era demasiado sugestivo aquel lugar y era preciso salvarlo íntegramente. Por encima del praesepe está el altar central, igualmente papal, coronado por un tabernáculo sostenido por cuatro ángeles, que reproduce a la misma capilla sixtina. A los pies de la escalera de la confesión, que conduce a la cripta, se contempla la estatua de san Cayetano de Thiene, de Bernini, en recuerdo de la aparición que tuvo el santo en la noche de Navidad de 1517, mientras rezaba ante las estatuas del belén de Arnolfo de Cambio. En los siglos pasados, en esta cripta, el papa celebraba la misa de la noche de Navidad. Volviendo arriba, en las paredes laterales de la capilla están los grandiosos monumentos fúnebres de san Pío V (1565-1572), el papa de Lepanto y del rosario, y de Sixto V (1585-1590), el creador de la capilla. En este punto conviene recordar que, además de san Pío V y de Sixto V, en la basílica mariana reposan los papas Pablo V, Clemente VIII, Nicolás IV y Clemente IX; asimismo descansan allí los restos de Bernini y sus familiares, los cardenales Rodríguez, Felipe y Agustín Favoriti, Cesi, Sforza, Pallavicini y Merlini.

Frente a la capilla de Sixto V, en el otro brazo de la basílica, está el otro gran tesoro: la capilla de la Salus populi romani, llamada también capilla paulina por haber sido hecha construir por el papa Pablo V (1605-1621). Desde el punto de vista artístico es celebérrima por la armoniosa fusión cromática de las diversas piedras; con esta finalidad el papa había hecho venir expresamente desde Flandes al orfebre Pompeyo Targoni; el arquitecto de la capilla fue Flaminio Poncio.

La basílica sufrió a lo largo de los siglos varios saqueos y ultrajes a partir del s. vii; se recuerdan en particular el saqueo por obra de las tropas del hereje emperador Heraclio; el atentado al papa Martín I por obra de un sicario de Olimpio, otro exarca de oriente; la agresión y el secuestro, la noche de Navidad de 1705, de san Gregorio VII, rescatado y devuelto en triunfo a la basílica aquel mismo día; finalmente, delante de Santa María la Mayor (y no en el Capitolio) Cola de Rienzo quiso ser solemnemente coronado en 1347.

La basílica no dejó de sufrir restauraciones a partir del s. xiii, viéndose continuamente renovada y embellecida. Nicolás IV (1288-1292) restauró la bella tribuna de la basílica haciéndola decorar con mosaicos del franciscano Jacopo Torriti. Gregorio XI (1370-1378) erigió el campanario de estilo románico —que existe todavía , el más alto y quizá el más bello de todos los que hay en Roma, así como la fachada, tan escenográfica, que ha sido definida como la más hermosa de las iglesias de Roma. A finales del s. xv Julián de Sangallo ideó el famoso artesonado y lo adornó, según se dice, con el primer oro que había venido de América, recién descubierta, y que habían regalado los reyes católicos de España. El proyecto arquitectónico inicial, sin embargo, era de Miguel Ángel. En la segunda mitad del s. xv1 se construyeron la capilla de la Asunción, sobre dibujos derivados de los prototipos de Miguel Ángel, y las capillas de las que hablamos antes como de los tesoros más ilustres de la basílica; es decir, la capilla del Santísimo Sacramento o sixtina y la capilla de la Salus populi romani o paulina. Clemente X (1670-1676) ordenó a Carlo Rainaldi, sobre proyecto de Bernini, la fachada posterior; pero fue sólo casi un siglo más tarde, es decir, bajo el pontificado de Benedicto XIV (1740-1758), cuando la basílica asumió su aspecto actual, especialmente por obra del arquitecto florentino Ferdinando Fuga. La perspectiva que ofrece la fachada anterior es originalísima, sobre todo porque el conjunto aparece cerrado entre dos alas, en forma de palacios.

En la basílica trabajaron artistas de todo el mundo, pero en particular italianos, desde Algardi a Verschaffelt.

  1. MARÍA, COMO MADRE DE DIOS, ES LA VENCEDORA DEL MAL. Puesto que la Theotókos era y sigue siendo considerada como la “vencedora de todas las herejías” y la destructora del mal, durante la edad media se acostumbraba quemar en la escalinata de la basílica los libros heréticos y los escritos del error y de la impureza; se observa una alusión a este uso en el bajorrelieve de G. B. Maini que se encuentra en el pórtico de la basílica.

III. La memoria litúrgica: historia y significado

La memoria litúrgica, antes de la reforma conciliar, seguía estando ligada a la leyenda de la aparición de la Virgen al patricio Juan, en el pontificado del papa Liberio, y a la nevada del mes de agosto en el monte Esquilino (cf lecturas del II nocturno del antiguo Oficio); el mismo título de la memoria –S. Maria ad nives— era una evocación del episodio legendario. Cabría entonces preguntarse: ¿por qué con la reforma del Vat II se ha conservado una memoria basada en una leyenda? La respuesta nos la da el mismo título nuevo de la memoria facultativa del 5 de agosto: “Dedicación de la basílica de Santa María la Mayor”. El término dedicación es ya de suyo muy expresivo y en la liturgia renovada se utiliza para lo que antiguamente se llamaba la consagración de una iglesia. Nótese que el término dedicación, más que un valor objetivo, expresa un valor final, exactamente como el término ordenación (de diáconos, presbíteros u obispos). He aquí entonces que los dos términos dedicación e iglesia, referidos a María, adquieren un significado y un valor de la mayor importancia, es decir: María es la virgen, la dedicada exclusivamente al Señor (y precisamente por esto es por lo que ha recibido unos carismas singulares); además, María no sólo es la imagen y el tipo de la >iglesia, sino que se sitúa también en el origen de la misma iglesia, comunidad de los creyentes (cf Jn 2,11) y, en el triduo de la muerte del Señor, la iglesia era ella, esto es, la iglesia no podía identificarse más que con ella, puesto que la que realmente creía en la divinidad del Hijo en la inminencia de la resurrección era solamente ella; ella, en efecto, no había ido con las piadosas mujeres al sepulcro para… embalsamar el cuerpo del Señor (cf Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Lc 24,11; Jn 20,1-18). Así pues, María es en cierto sentido (después de Cristo) la misma iglesia en su plenitud y perfección: “La santa iglesia venera con amor particular a María santísima, madre de Dios, unida indisolublemente a la obra de salvación de su Hijo; en María admira y exalta el fruto más excelso de la redención y en ella contempla con gozo, como en una imagen purísima, lo que toda ella desea y espera llegar a ser” (SC 103). María es la imagen escatológica de la iglesia; es decir, ella es desde hoy, en la gloria, lo que la iglesia habrá de ser en el reino escatológico, cuando sea de forma perfecta la esposa del Cordero.

Es interesante destacar cómo el templo mariano es la casa de Jesús: de este modo María se convierte en el modelo del alma, templo vivo de la santísima Trinidad. Afirmaba el papa Pío XII: “Lo mismo que la devoción mariana se exterioriza en la construcción de templos en su honor, así también tiene que conducir a la práctica de la verdadera vida cristiana, que hace al alma templo vivo de la santísima Trinidad.

El templo material dedicado a María y guardián de Jesús eucaristía es también imagen de María, templo vivo del Espíritu, por ser una morada digna del Verbo hecho carne. Cada uno de los cristianos es un templo del Espíritu, destinado a acoger a Jesús eucaristía. ¿A quién otro sino a María se le ha confiado la tarea de llevarnos hasta la madurez de la plenitud de Cristo (cf Ef 4,13)?

  1. Comentario homilético actualizado: María es la realización más perfecta de la iglesia en un individuo concreto

En la predicación será oportuno partir de este principio: María es la primera y la más perfecta realización de la iglesia en un individuo concreto. Hay que hacer dos matizaciones; María no está fuera de la iglesia, sino en la iglesia, aun cuando sea su miembro más excelente. Esto encierra varias consecuencias de gran alcance: en primer lugar, los privilegios singulares concedidos a María son para la iglesia, esto es, en provecho del misterio salvífico, del que María es la síntesis y la realización, el pleroma; además, la Virgen no puede ser considerada como una persona independiente, ni como una redentora “junto al único Redentor y Mediador”, sino como un elemento importantísimo, querido y constituido por Dios en la iglesia y para provecho de la iglesia.

  1. MARÍA. NUEVA JERUSALÉN. En el leccionario latino las lecturas de la misa constituyen un paralelismo con las que se utilizan para la Presentación de la santísima virgen María (21 noviembre): al evangelio de Mc 3,31-35 corresponde el de Lc 11,27s, y a Zac 2,10-13 corresponde Ap 21,1-5a.

En Ap 21,9-22,5 (introducido precisamente por Ap 21,1-5a) se narra la visión de la nueva Jerusalén. La imagen de esta Jerusalén nueva como representación de la salvación eterna se va identificando paulatinamente, ya en el AT, con la de una mujer, más concretamente con la de una esposa. El hombre de los tiempos nuevos se adherirá al Salvador como una esposa fiel a su esposo (cf 2Cor 11,2s). Esta imagen de la Jerusalén nueva encuentra su realización más elevada en María, que, en su virginidad, se adhirió totalmente a Dios hasta el punto de convertirse en madre suya en el corazón y en el cuerpo (cf LG 53). Precisamente por este motivo en el Oficio de las lecturas de la liturgia de las Horas encontramos el célebre paso sobre la maternidad divina de san Cirilo de Alejandría, un pasaje que presentaba así el papa Pablo VI en la audiencia general del 21 de diciembre de 1966: “Uno de los grandes padres griegos, san Cirilo de Alejandría, el protagonista del concilio de Éfeso (431), en donde María fue proclamada madre de Dios, al haber sido reconocida la divinidad de Jesucristo, pronunciando el sermón más célebre que se ha pronunciado en la antigüedad sobre María (Bardenhewer, Patrologie, 321; cf Grisar, Roma… I, 338,2), exclama: Te saludamos, María, madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito en los santos evangelios, el que viene en nombre del Señor (PG 77,1054). Así hemos de repetir nosotros, sacando de nuestros corazones, cada uno por sí mismo y todos juntos, la misma alabanza, como aclamación gentil y afectuosa a la Mujer bendita que ha traído la Luz de la salvación del mundo’.

La afirmación central de Ap 21,1-5a es el v. 3: “He aquí la morada de Dios con los hombres”…, palabras que hacen eco a Ez 37,27 (único caso en el que Ezequiel utiliza la palabra morada en sentido sagrado). En tiempos de Ezequiel, el profeta del templo, el “tabernaculum” era tan sólo un recuerdo, pero en la iglesia católica indica de una forma bien determinada la presencia de Dios, particularmente del Verbo, a imitación, pero mucho más concretamente, del templo del AT.

La arquitectura y la decoración de Santa María la Mayor son un digno marco de la imagen de la Jerusalén celestial, especialmente en el arco de triunfo del s. v, que, como se ha visto, muestra en el centro el trono de Dios y a ambos lados la llegada del Rey redentor (a la manera de la epifanía romana del emperador), a partir de la anunciación que el ángel hace a María. Falta solamente la escena del nacimiento, ya que bajo el arco de triunfo se encuentra el altar en el que la epifanía del Hijo de Dios se hace realidad; y como si esto no fuera suficiente, en el seno de la tierra está la cueva de Belén. Es preciso apreciar el significado que encierra la expresión seno de la tierra. Es interesante destacar cómo Lucas, al narrar el nacimiento de Jesús (cf 2,16-21), pone el acento en la Virgen que había concebido al Verbo no sólo en su seno (koilía), sino también en su corazón (kardía): “Conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón (1.c 2,19). Con la generación corporal había quedado espiritualmente presente en la Virgen el acontecimiento de la encarnación. El Hijo de Dios, al encarnarse, implantó su vida divina en el seno de la Virgen madre, en el corazón de la tierra y en las últimas profundidades de nuestra existencia terrena mortal: las profundidades del corazón. He aquí por qué la basílica constantiniana de Belén se levanta sobre una cueva; he aquí por qué, en algunas representaciones orientales, los pañales del niño Jesús tienen la misma forma que los lienzos fúnebres. La liturgia bizantina compara a las mujeres que van a ungir el cuerpo del Señor en el sepulcro con los magos que acuden presurosos hacia la cueva de Belén. Por tanto, el seno de la tierra es la tumba de la tierra y el espacio que encierra dentro de sí la vida nueva; es una expresión plástica del misterio pascual, una representación viva de la fuente bautismal, al mismo tiempo tumba y seno materno: tumba para el pecado y seno materno para la vida nueva.

El mensaje de Ap 21,1-5a quiere expresar la modificación radical de las relaciones entre el mundo de Dios y el mundo de los hombres. El mar —con todo lo que representa con su opacidad y su continua amenaza— ha dejado de existir; nuestra tierra se ha convertido en tierra de Dios, ha pasado a ser ella misma, tal como había sido concebida en la mente de Dios, y por consiguiente ha dejado de ser la tierra del llanto y del destierro. Pero el mundo renovado podrá vestirse el traje nupcial sólo cuando se celebren las bodas, y no antes.

En la nueva ciudad de Dios no hay templo – algo inconcebible para un hebreo!–, sino que toda ella es un templo y —algo todavía más inconcebible para el nacionalismo judío!— un templo lleno de naciones de todo género (alusión evidente al universalismo cristiano).

Bajo esta luz destaca perfectamente la imagen de María, morada de Dios, templo del Espíritu Santo o, mejor todavía, paraíso de Dios e imagen escatológica de la iglesia. Ella es desde ahora, con toda perfección, la esposa del Cordero; a ella le corresponde, en sentido pleno, el vestido nupcial y ella es la madre de todos los pueblos. He aquí por qué la liturgia le aplica el hermoso texto de ls 61,10: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas; igualmente la liturgia aplica a la Virgen el salmo 87, que presenta a Sión como “la madre de todos los pueblos”, la madre universal: “De Sión se dirá: Uno a uno todos en ella han nacido y él mismo, el Altísimo, la afirmó en su sitio [Hija de Sión].

  1. LA BIENAVENTURANZA DE MARÍA. Lucas (cf 11,27-28) desea formular el verdadero contenido de la bienaventuranza de María: esta bienaventuranza no se realiza tanto en el plano biológico como en el de la aceptación de la palabra, del vivir el don de Dios traduciéndolo a la práctica de cada día. En el mismo pasaje se da también la auténtica exaltación de la >mujer: la mujer es mucho más que un seno fecundo (oriente antiguo) y mucho más que un sexo seductor (occidente moderno); la mujer, ni más ni menos que el hombre, es una persona bienaventurada si escucha la palabra de Dios y la traduce en sus hechos. A través de la palabra de María, que se ofrece y colabora (cf Le 1,38), se realiza el misterio primordial de nuestra historia: Dios hecho hombre por la salvación del hombre, pero con la colaboración del hombre mismo.

Bienaventuranza, fe, auténtica exaltación de la mujer, realización del plan primordial de la salvación…, son otros tantos aspectos significativos a los que hay que añadir uno más. En María, la bienaventuranza de que ella gozaba en esta tierra se ha convertido en eterno gozo; la fe ha cedido el paso a la visión; la exaltación de la mujer ha alcanzado su cima en María. En Jesús quedó ennoblecida en el más alto grado la naturaleza humana, que en él se vio colocada “a la derecha del Padre”, mientras que en María ha quedado ennoblecida en el más alto grado la persona humana. La realización del plan primordial de Dios encuentra en María su plenitud, su pléroma. De este modo María morada, templo, paraíso de Dios- nos hace casi tocar con la mano, en sí misma, la realización perfecta de nuestro fin y se nos presenta, con la atención a la palabra y su puesta en práctica, como el modelo perfecto para la obtención de ese fin.

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