Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Santísimo Rosario’ Category

El Rosario

El Rosario

El Rosario

<

p style=”text-align:justify;”>La oración del Rosario parece una de las oraciones más fáciles propuestas por la Iglesia. De hecho, al comienzo de su historia era rezada sobretodo por los hermanos (hermanos legos, conversos, iletrados) que no tenían la posibilidad de participar en la oración litúrgica del coro. En realidad el rosario es una oración contemplativa. Nos hace pasar a través de todos los misterios de nuestra redención. Así comenzando con la oración que nos enseñó Jesús y que nos autoriza a invocar a su Padre como nuestro Padre, repetimos el Ave María -el saludo del Ángel dado a la más grande entre todas las creaturas- y, mientras los hacemos somos invitados a contemplar los más grandes misterios de nuestra Redención en cada decena de Aves Marías. 



<

p style=”text-align:justify;”>En los misterios gozosos entramos en la casa de la mujer de Nazareth para escuchar el mensaje salvífico del Divino Mensajero, vamos a Ain Karim con Santa Isabel y con ella proclamamos la maternidad divina de María. En Belén nos quedamos con estupor y honramos con los pastores a nuestro Redentor. Después la vemos en el templo donde presenta ante Dios a su propio Hijo y lo reencuentra entre los doctores llenos de estupor por su inteligencia. 



<

p style=”text-align:justify;”>En los misterios dolorosos contemplamos la pasión de Jesús y de María que lo acompañaba, según la tradición desde Getsemaní hasta el Calvario. En los misterios gloriosos reflexionamos en el triunfo de Jesús, en el que tiene parte su Madre Corredentora. 



El Rosario junto a la liturgia de las horas, está inscrito en la vida espiritual del sacerdote. La riqueza mística de esta oración permite a cada sacerdote entrar en el misterio de la propia vocación, hace contemplar los principios de la vida sacerdotal y da la posibilidad de retornar a los momentos más íntimos en los que nacía crecía y maduraba la llamada de Jesús a seguirlo. Sin duda la vida sacerdotal pasa por momentos gozosos pasando por los dolorosos para llegar a aquellos gloriosos que tendrán su cumplimiento en la vida futura a la cual se dirigen las palabras: ¡Venga tu Reino!

<

p style=”text-align:justify;”>

La contemplación de los misterios del Rosario puede llegar a ser un examen de conciencia de la devoción sacerdotal a María. Ésta consiste en imitar sus virtudes. Lo ha recogido Su Santidad, Pablo VI en la encíclica Marialis Cultus. A través de las indicaciones del Santo Padre tenemos la posibilidad de verificar la fe, la aceptación de la palabra de Dios y la obediencia (el misterio de la Anunciación con sus puntos de referencia: Lc 1, 26-38; 1, 45; 11, 27-28; Jn 2, 5); la humildad, la caridad solícita y la pobreza (el misterio de la Visitación: Lc 1, 48. 39-56); la sabiduría reflexiva (el misterio del Nacimiento: Lc 2, 41-52; Lc 1, 29-34); la piedad hacia Dios (el misterio de la presentación: Lc 2,21-41); la fortaleza en el dolor (el misterio de la crucifixión y del Via crucis: Jn. 19, 25); el permanecer con Jesús en todos los momentos de la vida (Cfr. Lc 2, 1-7; Jn 19, 25-27); la pureza (Cfr. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-28). 



<

p style=”text-align:justify;”>Muy expresiva en la explicación del rol del Rosario son las palabras del Santo Padre Juan Pablo II: El Rosario es mi oración predilecta. ¡Oración maravillosa! Maravillosa en su simplicidad y en su profundidad. A estas palabras (del Rosario) se asocia toda la Iglesia. El Rosario es un comentario-oración de la admirable presencia de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Nuestro corazón puede encerrar en estas decenas del Rosario todos los hechos que componen la vida del individuo, de la familia, de la nación, de la Iglesia y de la Humanidad. Así la simple oración del Rosario lleva el ritmo de la vida humana. (Juan Pablo II, Angelus, 29.10.1978). Del mismo modo podemos decir que la oración del Rosario lleva el ritmo de la vida sacerdotal. 



La contemplación de los misterios del Rosario puede llegar a ser un examen de conciencia de la devoción sacerdotal a María.

Radoslaw Kimsza

Read Full Post »

El Santísimo Rosario

El Santísimo Rosario

EL SANTÍSIMO ROSARIO

Fangeaux está en un alto, dominando la inmensa llanura de Lauregais. Es un paisaje impresionante, en especial por la inmensidad del horizonte que se descubre. Precisamente Dios Nuestro Señor lo eligió para abrir los ojos de Santo Domingo de Guzmán a otro paisaje más dilatado aún, el de la inmensidad de las almas que estaban esperando quien les mostrara el camino de la auténtica vida cristiana.

Un discreto y sencillo monumento, llamado la Seignadou, marca y lugar en que, estando en oración, recibió el Santo una gracia extraordinaria. Pocos detalles sabemos de ella. Es muy fácil que, como suele ocurrir tantas veces en las vidas de los santos, ni el mismo Santo Domingo percibiera desde el primer momento toda la trascendencia de lo que entonces se le revelaba. Parece cierto que Dios le confirmó en su idea de fundar una Orden de Predicadores, que le confirmó también que eran aquellas tierras del mediodía de Francia el más adecuado escenario para dar comienzo a la tarea, y que la Santísima Virgen mostró mirar con especial predilección este apostolado dominical.

¿Ocurrió entonces la revelación del Santísimo Rosario? Ya hemos dicho que es poco lo que nos queda de fehaciente sobre aquella visión. El Santo no fue nunca explicito, pero la tradición unánime hasta tiempos muy recientes ha hecho a Santo Domingo de Guzmán fundador del rosario. Oigamos, por ejemplo, al papa Benedicto XV:

“Y así—dice hablando de Santo Domingo—, en sus luchas con los albigenses que, entre otros artículos de nuestra fe, negaban y escarnecían con injurias la maternidad divina de María y su virginidad, el Santo, al defender con todas las fuerzas de su alma la santidad de estos dogmas, imploraba el auxilio de la Virgen Madre. Con cuánto agrado recibiese la Reina de los cielos la súplica de su piadosísimo siervo, fácilmente puede colegirse por el hecho de haberse servido de él la Virgen para que enseñase a la Iglesia, Esposa de su Hijo, la devoción del Santísimo Rosario: es decir, esa fórmula deprecatoria que, siendo a la vez vocal y mental (pues al mismo tiempo que se contemplan los principales misterios de la religión se recita quince veces la oración dominical con otras tantas decenas de avemarías), es devoción muy a propósito para excitar y mantener en el pueblo el fervor de la piedad y la práctica de todas las virtudes. Con razón, pues Domingo de Guzmán manda a sus hijos que, al predicar a los pueblos la palabra de Dios, se dedicasen constantemente y con todo empeño a inculcar en los ánimos de sus oyentes esta forma de orar, cuya utilidad práctica tenía él harto experimentada.”

Este es, por consiguiente, según el parecer unánime de la tradición, robustecida por los documentos pontificios el celestial origen del Santísimo Rosario. La moderna critica pone, sin embargo, no pocos reparos a este sentir. Las trazas del rosario como devoción popular son muy posteriores, y aparecen con independencia de la actuación de Santo Domingo.

No es éste el lugar de discutir una cuestión histórica. Como suele suceder en estas ocasiones, hay un desenfoque inicial en la actitud de los críticos: una idea, una institución, una devoción, no nacen nunca enteramente hechas. Piénsese en la devoción al Corazón de Jesús, elaborada durante siglos por el amor hacia la humanidad de Cristo que iba en aumento. O piénsese en la serie de vicisitudes por que pasa una idea, antes de plasmar en una realización práctica, poniendo ante los ojos, por ejemplo, las diversas tentativas y ensayos que precedieron a la configuración jurídica de la Compañía de Jesús. Que Santo Domingo de Guzmán concibió su apostolado y el de sus hijos con un matiz eminentemente mariano. no hay quien lo discuta. Que ya en los primeros tiempos de la Orden dominicana encontramos la recitación frecuente del avemaría, utilizando incluso cuerdas con nudos, también parece cierto. Recuérdese el ejemplo de Romeo de Livia, O. P. (+ 1261): el de Delfín Humberto, O. P. (+ 1356), el de la Beata Margarita Ebner, O. P. (+ 1351); el de Juan Taulero, O. P. (+ 1361), y otros muchos personajes eminentes de la Orden de Predicadores en los que encontramos elementos que luego han de servir para dar la estructuración definitiva al rosario. Esto sólo puede explicarse, o al menos se explica muy fácilmente, teniendo presente una tradición que arrancara del fundador y que perseverase dentro de la Orden.

A base de estos elementos comienza la devoción del rosario a extenderse en el siglo XV por obra principalmente de dos insignes dominicos: Alano de Rupe, forma latinizante de su apellido de la Roche, y Santiago Sprenger. El primero prefería la fórmula “salterio de la Virgen” más que la de rosario, que le parecía un tanto paganizante, y trabajó no poco en los Países Bajos por extenderlo. Sprenger no sólo consiguió extender grandemente el rosario por Alemania y los países del centro de Europa, sino que escribió un folleto de propaganda y consiguió la primera aprobación por parte de la autoridad apostólica el 10 de marzo de 1476, otorgada por el papa Sixto IV. Ni fue ésta sola la aprobación que obtuvo, sino que antes de morir logró nuevos documentos pontificios y la confirmación de todo lo actuado por parte del maestro general de la Orden. Por eso aunque algunas veces no se valore suficientemente su influencia en la difusión del rosario, es necesario tenerle por uno de los más destacados artífices de la difusión de la misma.

Ya desde entonces puede decirse que la marcha del rosario por todo el mundo es verdaderamente triunfal. Pronto salta de los países de la Europa central a los países latinos, y las concesiones papales se encuentran ya en abundancia. En España mismo vemos cómo el cardenal Gil de Viterbo, legado para España y Portugal, después de definir el rosario en su forma actual, concede gracias en 1519 a la cofradía que se había fundado en Tudela. En Vitoria, en el convento de Santo Domingo, había una capilla y altar bajo la advocación del rosario, a la que Adriano VI concede amplias indulgencias el 1 de abril de 1523, confirmadas luego por Clemente VII y dos veces por Paulo III. Algo parecido se encuentra ya por todas partes, no sólo en Europa, sino también en América, a la que la devoción del rosario es llevada por los dominicos. Ni se piense solo en el rosario como una devoción exclusivamente dominicana: San Ignacio de Loyola, por ejemplo, y los primeros jesuitas fueron extraordinariamente afectos a ella.

Los papas continuaron alabando esta devoción y cargándola de indulgencias. Pero quien verdaderamente aparece como eminente en la historia del rosario es San Pio V. Tras algunos actos de carácter más bien particular, el día 17 de septiembre de 1569 daba la solemne bula Consueverunt Romani Pontífices, en la que no sólo definía ya con exactitud el rosario, sino que además resumía y ampliaba todos los privilegios e indulgencias unidos a esta devoción. Continúa durante todo su pontificado trabajando por la difusión del rosario. Y el 5 de marzo de 1572 da la bula Salvatoris Domini, en la que, recordando la victoria obtenida en Lepanto el 7 de octubre, permite a la Cofradía del Rosario de Martorell (Barcelona) que ese día celebren todos los años una fiesta bajo la advocación de la Virgen del Rosario, según lo había pedido don Luis de Requesens, señor de Martorell, que había estado presente en Lepanto. No parece que pueda decirse que fue San Pío V el que insertó en las letanías la invocación “Auxilium christianorum”, sino que tal invocación parece haber tenido origen en sus tiempos en Loreto mismo, por donde pasaron no pocos de los que habían participado en la batalla de Lepanto.

Su sucesor Gregorio XIII, el 1 de abril de 1533, extiende la fiesta del Rosario a todas las iglesias y capillas en que estuviera erigida la cofradía. Clemente XI, en 1716 extendió la solemnidad a la Iglesia universal, unida al primer domingo de octubre. Sólo en 1913, como consecuencia de la reforma litúrgica que quiso descargar de fiestas los domingos, quedó fijada en el calendario de la Iglesia universal esta fiesta en el 7 de octubre, conservando la Orden dominicana el privilegio de celebrar la fiesta el mismo primer domingo de octubre.

Todos estos datos cronológicos y eruditos no son al fin y al cabo más que una manifestación del unánime sentir del pueblo cristiano, que ama extraordinariamente esta devoción. Con el certero instinto que le caracteriza, adivina lo grata que es a la Santísima Virgen. Por eso en cuantas circunstancias, agradables o tristes, se presentan en la vida del cristiano, espontáneamente sube a sus labios esta hermosa oración. Ya se encuentre velando un cadáver, ya se acerque en peregrinación a un santuario famoso, ya trate de ofrecer algo por el éxito de unos exámenes o la resolución de un asunto difícil… en cualquier circunstancia el cristiano recurre al rosario, seguro de hallar en él un obsequio verdaderamente grato a la Santísima Virgen.

Y que tal sentir no es erróneo nos lo demuestra claramente la actitud de la Iglesia. Puede decirse que no hay devoción que de manera tan continuada haya sido recomendada e inculcada por los Romanos Pontífices. Es más, hay un hecho bien significativo: la devoción al rosario es para los Papas un refugio providencial en las circunstancias difíciles que se presentan a la Iglesia. Ya se trate, como en tiempos de San Pío V, del peligro turco, ya se trate de los espinosos problemas que plantea la fermentación intelectual del siglo XIX, como en tiempos de León XIII, hacia esta devoción se vuelven los ojos de los Papas

¿En qué está el secreto de la eficacia? Precisamente los mismos Papas nos lo dicen: en tratarse de una devoción que, siendo sencilla, está, sin embargo, llena de contenido. Sencilla, porque hartos estamos de ver cómo la más humilde mujercita sabe rezar su rosario. Llena de contenido, puesto que sistemáticamente nos obliga a recorrer los principales misterios de la vida de Jesucristo y de su santísima Madre.

Buena prueba de ello la tuvieron los misioneros que en 1865 descubrieron, viva aún, la fe de no pocos japoneses que ocultamente habían continuado, aislados del resto del mundo, siendo cristianos. La fiesta de Nuestra Señora del Japón, que se celebra allí el 17 de marzo, recuerda precisamente ese descubrimiento. Pues bien, una de las armas que habían servido para mantener viva la fe, había sido el rosario, recitado por aquellos que sobrevivieron a las persecuciones y por sus descendientes, que de ellos lo habían aprendido.

Trabajar, por consiguiente, en el conocimiento y en la difusión del Santísimo Rosario es hacer obra muy grata a Dios Nuestro Señor y contribuir al arraigo y difusión de nuestra santa fe. La aparición de la Santísima Virgen en Lourdes y Fátima, así nos lo confirman. Como nos confirma también la admirable adaptación de esta forma de devoción a los tiempos modernos la asombrosa acogida que ha tenido la cruzada del rosario en familia, nacida en Estados Unidos y difundida por todo el mundo.

LAMBERTO DE ECHEVERRIA

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: