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Tomás de Kempis

Tomás de Kempis

TOMÁS DE KEMPIS

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Es, como escritor, el representante típico del movimiento espiritual conocido con el nombre de devotio moderna (v.), movimiento que Gerardo Groot (m. 1384, v.) desencadena en los Países Bajos (el centro inicial es Deventer) y que recoge e institucionaliza su discípulo Florencio Radewijns (m. 1400). Éste funda el monasterio de Windesheim de canónigos regulares agustinianos, del cual brotarán nuevas fundaciones. Y organiza los grupos de «devotos» viviendo en pequeñas fraternidades, sin votos, dedicados a la oración, a la copia de manuscritos, en una especie de colegios para jóvenes, bajo el nombre de «Hermanos de la Vida Común».
     

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p style=”text-align:justify;”>Estas instituciones cultivan la vida espiritual con un estilo propio y un aliento de novedad evidente. Su espiritualidad es antiespeculativa, afectiva, práctica, individualista, de un gran realismo psicológico (sin exageraciones ni exaltaciones), sentido de la medida, ascética, seria y prudente, cultivo de la oración personal, pero muy metódicamente atendido. La metodización sería una de sus preocupaciones más vivas. Una espiritualidad que deja abierto el camino a la mística, en el sentido psicológico de la palabra, pero sin aventurarse por él y sin disquisiciones doctrinales sobre el mismo. Escriben bastante, pero sin afanes de novedad. Por eso abundan entre ellos las colecciones de textos (rapiaría, collectaría). La doctrina y el estilo pasan con facilidad de unos a otros, formando así una verdadera escuela. Su influencia fue muy grande en el s. xv, pero desaparece a lo largo del xvi, absorbida gran. parte de su aportación por otras corrientes (Juan de Ávila, Ignacio de Loyola, etc.). Sobre todo en lo que se refiere a la oración metódica tuvo gran alcance y secular duración. Su subjetivismo individualista ayudó a renovar muchas vidas cristianas, pero al cerrarse en sus límites y exagerarse degeneró hasta llegar al quietismo (v.). Era una consecuencia de la cultura nominalista (v. NOMINALISMO) que contribuyó, más tarde, entre otros factores, a la aparición del luteranismo.
     

T. de K. (Thomas Hamerken) n. en el pueblo de su apellido, cerca de Colonia, ca. 1380. Discípulo en Deventer de F. Radewijns, bebe en su misma fuente la espiritualidad de la devotio moderna. A los veinte años entra en el monasterio windesheiniano de Agnetenberg (los escolares de las fraternidades de los Hermanos de la Vida Común eran orientados muchas veces hacia los claustros de esta congregación). Allí, en ese monasterio de Monte Santa Inés, pasa, fuera de breves ausencias, toda su vida. Es copista, escribe sus propios libros, es maestro de novicios, y allí muere en 1471.
     

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p style=”text-align:justify;”>Como escritor él resume y es el exponente más completo de la devotio moderna. No es muy original, como ninguno de ellos, pero sí tiene una personalidad definida, y con gran fuerza en su manera de presentar aquella herencia compleja y rica. Escribe en abundancia. Obras históricas como el Chronicon de su monasterio de Agnetenberg. El Dialogus novitiorum donde inserta la Vita Gerardi (Groot). La Vita Domini Florentii (Radewijns). Las Vitae discipulorum Florentii. Obras para la formación de los novicios, como, aparte de numerosos pequeños tratados, el Libellus spiritualis exercitii, el Doctrinale juvenum, el de De disciplina claustralium. También tienen ese mismo fin formativo muchos de los Sermones, pronunciados o sólo escritos, que de él se conservan. De gran interés son sus Orationes el meditationes de vita el passione Domini. Se trata de meditaciones hechas con todo rigor metódico para el uso de los demás. Es un género que se repetirá luego indefinidamente hasta nuestros mismos días. La intimidad personal, afectiva y suave, de su alma se nos entrega principalmente en sus Soliloquia, y en el tratado Tria tabernácula. Y nos queda el libro famosísimo De imitatione Christi.
     

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p style=”text-align:justify;”>La imitación de Cristo. ¿Fue T. de K. su autor? Cuestión debatida. Pero suficientemente dilucidada hoy por hoy. Los trabajos de J. Huijben y P. Debongnie no dejan lugar a dudas razonables: es K. su autor. El códice bruxellensis 5.855-61, firmado en 1441, autógrafo de Tomás, y que contiene trece opúsculos del mismo, de los cuales los cuatro primeros son los de la Imitación (en este orden: libros I, II, IV, III), no es un mero manuscrito del que firma, sino que él mismo es el autor formal. Sabido es que se ha atribuido el libro a cantidad de nombres distintos: a Groot (J. van Ginneken), a Gerson (con su nombre pasa a España en el s. xvi: «el gersoncito»), a un tal Juan Gersen, benedictino del s. XIII inexistente (todavía esta tesis ha sido defendida recientemente por P. Bonardi y T. Lupo, L’Imitazione di Cristo e il suo autore, Turín 1964), etc.
     

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p style=”text-align:justify;”>La argumentación de Huijben y de Debongnie, tanto textual como comparativa, es muy fuerte. Los testimonios de los contemporáneos son casi unánimes en dar la paternidad del libro a Tomás. Lo que ocurre es que se trata de un libro de la devotio moderna. Y un libro cumbre que viene a ser como el precipitado de todo aquel movimiento, que ya era de suyo ecléctico, muy uniforme, muy sencillo por sistema a la vez que poderoso, fácil al anonimato en sus manifestaciones. El espíritu ágil y penetrante de K. ha recogido lo mejor de aquella espiritualidad y lo ha vertido en una obrita que es la obra de todos los que forman esa corriente. Ése es su mérito y su limitación a la vez. Así el libro primero es más bien un montón de ideas y de frases, que si no están siempre literalmente transcritas, sí lo están en cuanto al sentido. Allí hay mucho de Groot y de otros. También en el libro cuarto ocurre esto en parte. Y menos en el segundo y tercero, que son obra más personal de K. A pesar, pues, de cuantos antecedentes se le quieran encontrar, el todo es obra suya, una obra magnífica, una obra maestra de la espiritualidad cristiana en general.
     

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p style=”text-align:justify;”>Su difusión ha sido inmensa. Se conservan más de 600 manuscritos, tuvo hasta 55 ediciones incunables. (En España la primera ed. es la catalana de Barcelona, 1482; la primera castellana, de Zaragoza, 1490.) ¿Cómo se explica esa aceptación tan grande? En primer lugar por su contenido. No olvidemos que tiene mucho de rapiarium, con abundancia de temas por consiguiente, muchos de ellos sugeridos por la S. E., a la que se cita con frecuencia. El mismo enunciado de los cuatro libros ya dice mucho de su riqueza: Libro I: Admonitiones ad spiritualem vitam utiles (temas ascéticos fundamentales, verdades eternas, práctica de virtudes…); libro II: Adm. interna trahentes; libro III: De interna consolatione, en el cual prevalecen los temas de desprecio del mundo, de la paz y dulzura de la vida interior, de la oración, del amor a Jesucristo y a su cruz… El libro IV versa sobre la Eucaristía.
     

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p style=”text-align:justify;”>También se explica su gran aceptación porque su contenido está ofrecido mediante sentencias breves y luminosas, en un estilo suave, insinuante, ungido… El mismo desorden del temario de los capítulos era un estímulo más para leer y releer. (El título mismo general es de una vaguedad enorme.) El hecho es que el Kempis (como se le llama vulgarmente) ha sido leído y ha hecho un bien espiritual incalculable.
     

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p style=”text-align:justify;”>La obrita tiene también sus límites, como toda obra humana, aun dentro del campo de su determinada pretensión. Hoy se ha atacado duramente al Kempis por eso. Desde luego, el autor es un monje que escribe para monjes. El que, a pesar de eso, la obra haya sido gustada tanto por los que no lo eran, dice mucho de su valía. Hay también en ella un fuerte sabor pesimista ante el hombre, ante la naturaleza humana. Una ascética de la huida y del desprecio. Tiene influencia agustiniana. Recoge el cansancio del final de la Edad Media. Es palpable un influjo estoico, muy acusado, junto al de las fuentes cristianas, sobre todo evangélicas. Desestima, hasta rayar casi en el desprecio, a la razón humana, al estudio, a la especulación. No olvidemos el nominalismo imperante y que Kempis es un autor de la «devotio moderna» ciento por ciento. De ahí que el librito haya sido denominado muy frecuentemente, por su cara negativa, el Contemptus mundi. Todo esto es verdad, pero sólo es el acento lo que puede achacársele en contra. En el fondo hay mucha riqueza. Y el exceso negativo queda compensado por su devoción, por su piedad íntima y sincera, por su amor jugoso a la Eucaristía, a la Escritura, en una palabra, a Jesucristo. En resumen, hay allí un fondo de valores humanos universales y eternos, que lo mismo sirven para monjes que para seglares, para los del s. xv y los del s. XX. Así, prácticamente, lo entendió el pueblo cristiano -y muchos no cristianos- hasta nuestros días.
      
     

  1. t.: DEVOTIO MODERNA.
      
      

BIBL.: Ediciones de las obras de T. de K.: Opera omnia, ed. M. J. POHL, 7 vol., Friburgo Br. 1910-22; Le Manuscrit autographe de Thomas á Kempis et «L’imitation de Iésus-Christ». Examen archéologique et édition diplomatique du Bruxellensis 5.855-6I, ed. L. M. J. DELAISSÉ, 2 vol., Bruselas 1956.-Estudios: J. Hu1jBEN-P. DEBONGNIE, L’auteur’ou les auteurs de l7mitation, Lovaina 1957; P. BONARDI-T. Luyo, L’Imitazione di Cristo e il suo autore, 2 vol., Turín 1964; P. DEBONGNIE, Devotion moderne, en Dict, de Spiritualité III, París 1957, 727-747. 

  1. JIMÉNEZ DUQUE

 

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Beato Tomás de Kempis

Beato Tomás de Kempis

BEATO TOMÁS DE KEMPIS

(† 1471)

Nació en 1379 ó 1380 y murió en 1471. Una existencia larga, pero sin aconteceres notables ni sabidos. Una existencia normal, quieta, en la que nada brilla. Su verdadera vida fue su vida interior, escondida a los ojos de los hombres, conocida sólo de Dios.

 Kempen, su pequeña ciudad natal, situada en Renania, pertenece a la diócesis de Colonia. En su escuela aprendió las primeras letras. Tomás Hemerken —tal es su verdadero nombre— era de familia modestísima. Sus padres, Juan y Gertrudis, no podían costearle estudios superiores. ¿Qué sería del pequeño Tomás, que, a no dudarlo, empezaría ya entonces a dar muestras de su clara inteligencia, de su imaginación fecunda, de su sensibilidad exquisita? Su hermano mayor, Juan, había marchado a Deventer e ingresado en los hermanos de la vida común. Tomás siguió su ejemplo. Desde 1392 le hallamos en los Países Bajos. Estudia en la escuela de Deventer bajo la tutela de Florentino Radewijns, hombre notable, que había sucedido al fundador, Gerardo Groote, en la dirección del movimiento espiritual conocido por el nombre de Devotio moderna.

 Nos hallamos, no lo olvidemos, en el “otoño de la Edad Media”. Estamos en una época en que todo el mundo clama por una reforma de la Iglesia; pero todo el mundo. olvidando sus propias “deformaciones”, piensa sólo en reformar al vecino. Ese varón extraordinario que se llamó Gerardo Groote comprendió que la verdadera reforma empieza reformándose cada cual a sí mismo. Espíritu lleno de celo, suscitó y acaudilló un movimiento serio, riguroso, de autorreformación. A los que se convertían movidos por su predicación y ejemplo, y deseaban permanecer bajo su dirección, les aconsejaba que se reunieran de cuando en cuando para exhortarse mutuamente a perseverar y avanzar por el buen camino. Pero los hubo que no se contentaron con esto; deseaban vivir juntos para tener más facilidades en la práctica de la vida devota. Gerardo se lo permitió, a condición de que ganaran su pan con el trabajo de sus manos y llevaran vida de comunidad “bajo la disciplina eclesiástica”. Tales fueron los orígenes del instituto de los Hermanos de la Vida Común.

 Gerardo y sus discípulos se proponían también fundar un monasterio de canónigos regulares de San Agustín. Pero el maestro murió sin haber logrado dar forma definitiva a las casas de los hermanos ni puesto en práctica el acariciado proyecto del monasterio. La realización de estas dos obras estaba reservada a Florencio Radewijns. Ambas instituciones debían sostenerse mutuamente, aunque siguiendo distintos derroteros. Los hermanos vivían en pequeños grupos, sin hábito especial, sin votos, sin organización centralizada; su ideal era llevar una vida perfectamente evangélica, de pobreza, de oración, de trabajo, de caridad. Los canónigos de Windesheim, por el contrario, eran verdaderos religiosos, con hábitos, con votos, con oficio coral, con clausura, bajo una observancia determinada por la regla agustiniana y unas constituciones inspiradas en las del monasterio de San Víctor de París. En ambas instituciones se encarnó la Devotio moderna

 La Devotio moderna, en el fervor de sus orígenes, fue el medio ambiente que acogió, en Deventer, al muchacho de Kempen. Y los ideales de la Devotio moderna conquistaron su corazón generoso. En 1398, en efecto, pasó a vivir con Florencio Radewijns y la veintena de jóvenes que éste albergaba en su casa y preparaba para el estado eclesiástico. Pero Tomás no se sintió satisfecho. No le bastaba la vida piadosa de los hermanos; anhelaba la vida religiosa con votos, y coro, y clausura. Al año siguiente entraba en el monasterio de Agnetenberg, junto a Zwolle, perteneciente a la Congregación de Windesheim, fundado hacía poco tiempo y cuyo primer prior era su hermano Juan.

 ¿Qué clase de pruebas fueron las que aguardaban al joven Tomás en el monte de Santa Inés? No nos consta con certidumbre. El monasterio era pobre. Tomás sabe lo que es padecer necesidad, verse sobrecargado de trabajos. Pero ¿qué son estos sufrimientos físicos comparados con los morales? Su gran tribulación debió de ser ésta: entrado en el monasterio en 1399, no recibió el hábito religioso hasta 1406. Las causas de tan larga demora nos escapan por completo, pero seguramente aluden a ellas la crónica de la casa cuando nos dice que Tomás padeció por entonces grandes tentaciones.

 Las dificultades, al fin, se allanan. Tomás profesa y, en 1413 ó 1414, recibe la ordenación sacerdotal. Desde entonces en Agnetenberg, salvo el breve paréntesis (1429-1431) del entredicho de la diócesis de Utrecht, que la comunidad entera pasó en Lunenkerk (Zuidercee), los años se sucederán unos a otros tranquilos y fecundos. Tomás vivirá fervorosamente la vida simple, equilibrada, ordenada, devota, de los canónigos de Windesheim: vida puramente contemplativa, ya que todo ministerio pastoral les estaba prohibido por las constituciones; vida de austeridad moderada, repartida entre el estudio, el trabajo y la oración. Oficio divino relativamente corto, algún trabajo manual, a fin de relajar la tensión del espíritu, y mucho tiempo libre para aplicarse a lecturas piadosas, la meditación, la oración privada, las devociones personales: he ahí las jornadas de nuestros religiosos. Tomás conquistará el aprecio de sus superiores y hermanos de hábito. Dos veces desempeña el cargo de superior y una se le designa para el de mayordomo. Se le confía la formación de los novicios. Su consejo, su dirección espiritual, son muy estimados. Tiene el don de consolar a las almas tentadas y atribuladas. Tomás es asimismo un copista pulcro y diligente y autor de libros espirituales. En la paz del claustro son sus ordinarias ocupaciones la transcripción de libros edificantes y la composición de sus propios tratados.

 Pero no nos hagamos ilusiones. No contienen sus libros grandes especulaciones teológicas ni elevadas ascensiones místicas. Tomás pertenece plenamente a la escuela de la Devotio moderna, es, sin duda, su principal representante; y esta escuela se distingue por su moralismo, su carácter práctico, su reacción contra la teología puramente especulativa y la mística alemana, demasiado abstracta y soñadora para el gusto de aquellos realistas burgueses de los Países Bajos. Tomás escribe pequeños, modestos tratados devotos, en que recomienda insistentemente las “verdaderas virtudes” —la renuncia, la humildad, la obediencia—, recuerda e inculca los deberes del religioso, ofrece a sus hermanos de hábito temas para sus meditaciones. Algunos de estos opúsculos tienen títulos poéticos: El jardín de las rosas, El valle de los lirios… Varios están dedicados a la formación de los jóvenes religiosos, Los Diálogos de los novicios y la Crónica de Agnetenberg trazan las vidas de los fundadores y de sus primeros compañeros, ofrecen ejemplos y principios en que se expresa en su realidad concreta el ideal devoto. Otras veces escribe Tomás para sí mismo, como, por ejemplo, en el Soliloquio, del alma, uno de sus escritos más importantes y más característicos.

 Es precisamente en estos libros compuestos para su propio consuelo donde mejor captamos la realidad viva y vibrante de su mundo interior. Su ascesis es austera, sincera, íntegra; pero no se repliega sobre sí misma, sino que es sólo un camino que conduce al amor. Tomás es un afectivo y un poeta de la vida espiritual. Estamos todavía lejos de los tiempos y el temperamento de Juan Mombaer y su formidable Rosaleda. Mombaer, otro gran representante de la Devotio moderna, es didáctico, seco, metódico en grado superlativo, amante de divisiones precisas y regulares; el alma se siente prisionera y oprimida en aquel laberinto de grados, escalas, septenarios y truncados versos mnemotécnicos. Tomás sigue su inspiración, el libre movimiento de su corazón piadoso y su instinto poético. Su alma, su vida, fluyen a través de su pluma, sobre todo en su Imitación de Cristo, cuatro opúsculos independientes entre sí, que, bajo un título facticio, estaban destinados a una celebridad incomparable. Excepto el libro cuarto, que es un tratado eucarístico, escrito para los demás, la Imitación constituye, en último análisis, una velada, púdica, indirecta autobiografía íntima; es la narración de experiencias personales traducidas al lenguaje doctrinal.

 En el libro primero domina el tema del combate espiritual; la determinación activa a esta lucha es su principal característica. Y es que el autor vive —o revive— las primeras etapas de su itinerario religioso. En este opúsculo consigna el objetivo que se propone, las reflexiones que se hace, las máximas que escucha o lee, los obstáculos que debe superar. El primero de estos obstáculos es la sirena engañadora de la ciencia de este mundo. Tomás se halla en la escuela de Deventer, rodeado de estudiantes deseosos de frecuentar las universidades de Praga o de Paris. Nada más atractivo que aprender para un espíritu despierto y curioso. Pero hay más. Conquistar laureles académicos, ser maestro y doctor, significa la fama, los honores, los pingües beneficios eclesiásticos. La tentación es poderosa. Mas allí, a su lado, esta Florencio Radewijns, que vela por su alma y le recuerda la inanidad de la ciencia de este mundo. Tomás no estuvo nunca en la universidad, pero Florencio si. “Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que conociste mientras vivían y florecían en los estudios? Otros ocupan ya sus puestos y ni aun sé si hay quien de ellos se acuerde.” ¡Vanidad de vanidades! Lo que importa es alcanzar la verdadera ciencia, que consiste en despreciar el mundo, conocerse a sí mismo para también despreciarse, ser humilde, vivir piadosamente. Tal ciencia sólo se adquiere mediante el desprendimiento, la lucha espiritual, la imitación de Jesucristo, pero en modo alguno por el estudio orgulloso e interesado. Tales son las sabias advertencias de Florencio, que van ganando a Tomás para la vida religiosa. En la segunda parte del opúsculo está ya Tomás en Agnetenberg. En ella consigna sus primeras experiencias de la vida regular, las exhortaciones de sus superiores, sus esfuerzos por sujetarse enteramente a la obediencia, sus primeras meditaciones de la vía purgativa, sus anhelos de perfección religiosa. Tomás es todavía muy joven. Calca su doctrina espiritual sobre la de sus maestros, o simplemente la copia. De ahí el carácter de compilación que presenta este primer libro.

 En el libro segundo nuestro canónigo regular sabe ya de la vida. Ya tiene una doctrina propia, pero sobre todo tiene experiencia: una experiencia reciente, que hace sangrar todavía su corazón humilde. El opúsculo empieza así: “El reino de Dios está dentro de vosotros, dice el Señor”, y termina: “Bien consideradas todas las cosas, sea ésta la postrera consideración: Que por muchas tribulaciones nos conviene entrar en el reino de Dios”. Entre ambas sentencias de la Escritura se desarrolla todo un tratado sobre la tribulación, la cruz, la paciencia, pero también sobre el amor de Dios y la amistad de Jesús. Como es sabido, no es indiferente a la piedad cristiana el empleo de los términos Jesús, Jesucristo o Cristo. El uso del nombre de Jesús, muy frecuente a lo largo de estas páginas, indica una ternura más viva y más humana.

 El autor nos habla de una prueba por la que hubo que pasar: contradicciones, humillaciones, desengaños. Fue criticado por hermanos turbulentos, rudamente reprendido, sin motivo, por sus superiores; pero lo que más sintió fue una desilusión de orden afectivo. Tomás, que no puede vivir sin el cariño de un amigo, comprueba que “el amor de la criatura es engañoso y mudable”. Ha sido cruelmente decepcionado: “¡Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé que la había!”. Por la crónica de Agnetenberg —ya queda dicho— sabemos que Tomás sufrió mucho en su juventud religiosa. Su hermano Juan, entonces prior del monasterio, no le trató muy fraternalmente. Nombrado procurador, tuvo que ser depuesto “a causa de su excesiva simplicidad y devoción”, dice Mombaer. Menudencias que el historiador, ocupado en las grandes batallas y las vicisitudes de la gran política, desprecia, pero que abrieron llagas dolorosas en el alma delicada de nuestro religioso. Reprimendas de los superiores, burlas de los compañeros, pequeñas traiciones de sus amigos: todo ello hace que Tomás sepa lo que son penas y, lo que importa infinitamente más, descubra experimentalmente lo que es la amistad de Jesús. “Señor —escribe en otro tratado—, sé Tú mi particular amigo, porque todos mis amigos me han abandonado.” Y en este lugar exclama ex abrupto: “Bienaventurado el que conoce qué es amar a Jesús y despreciar a sí mismo por Jesús. Conviene dejar un amado por otro amado, pues Jesús quiere ser amado, El solo, sobre todas las cosas”. Este es el gran descubrimiento de Tomás: sólo Jesús es el amigo fiel, sólo la amistad de Jesús puede llenar el menesteroso corazón humano. Ya con su Amigo, Tomás acepta lo que él llama el exilium cordis, la desolación espiritual, para así asociarse a Jesús en las horas amargas de su pasión; sigue a Jesús por el “camino real de la santa cruz”. Y por la puerta de la muerte mística penetra en el reino de Dios, que es un reino interior.

 El libro tercero nos muestra una etapa superior de la trayectoria espiritual de Tomás. Un detalle significativo denota el cambio de clima: el autor tiene acceso a la divinidad de Cristo, huésped íntimo de su morada interior; ya no le llama “Jesús” las más de las veces, sino “Señor” y “Señor Dios”. Su piedad es más espiritual. Ha progresado en la humildad. Todo el opúsculo está esmaltado de frases como éstas: “Cayeron las estrellas del cielo, y yo, que soy polvo, ¿qué presumo?”; “No hay santidad si Tú, Señor, apartas tu mano”. ¡Qué diferencia entre estas expresiones y el voluntarismo de la Devotio moderna que impregna todo el libro primero! Se propugna de nuevo, pero con mayor exigencia, la abnegación total a fin de llegar al amor puro, concepto que aparece ahora a cada paso. El alma ya sólo suspira por allegarse a Dios, recibir las visitas de Dios o, mejor, subir al cielo y reposar eternamente en el seno de Dios. La muerte no es ya el tema de una meditación saludable de la vía purgativa, sino una liberación, la puerta deseada que permitirá al alma entrar en la morada eterna de su Dios.

 La Imitación es demasiado simple, demasiado sincera, para que la gradación que acabamos de ver sea un puro artificio literario. No; es el alma del autor que se despoja y, al mismo tiempo, se enriquece, se desprende y se eleva. El carácter autobiográfico en el libro tercero es todavía más visible que en los anteriores. Alternan aquí la voz del alma y la del Maestro interior. El alma manifiesta más libremente sus sentimientos, y el Maestro interior dicta sus lecciones. La prueba no ha terminado todavía; la prueba no termina mientras dura esta vida temporal. A períodos de luz y consolación suceden noches obscuras; a las noches obscuras siguen días luminosos. Pero esto ¿qué importa? Sentimos que Tomás posee ya la paz interior; todas sus delicias están en el coloquio íntimo con su divino Huésped. Algunos textos, algunas confidencias veladas, nos inducen a creer que es favorecido con gracias propiamente místicas. De vez en cuando ciertos excessus le arrebatan y le procuran luces y consuelos del mundo venidero. Vuelto en sí, toma la pluma y redacta con lenguaje sencillo la lección interior y la respuesta de su alma. No narra propiamente sus ascensiones místicas; omite lo accesorio, lo imaginativo, lo anecdótico, y nos confía la pura substancia de la doctrina y la oración.

 He ahí la vida espiritual, la verdadera vida, del venerable Tomás de Kempis tal como nos es dado adivinarla a través de la Imitación de Cristo. Muchas causas contribuyeron, sin duda, a la celebridad y difusión de estos opúsculos, que constituyen, al decir de Fontenelle, “el más hermoso libro salido de mano de hombre”; pero el secreto de su triunfo es, en último análisis, lo que alguien ha llamado “su clasicismo superior”. Tomás de Kempis, el tímido y enfermizo canónigo de Agnetenberg, perteneció al número de privilegiados que saben elevar su pensamiento y su emoción de la esfera de lo personal a la de lo universal. Sus púdicas confidencias, las efusiones de su corazón, presentan al hombre en sus rasgos perennes, reflejan la constante inquietud del alma humana, sus profundas ansias de un amor que la llene enteramente. Su palabra es el eco fiel de la lucha del hombre con su amor propio siempre renaciente, de su esfuerzo constante por acercarse a Dios y poseerle.

 GARCÍA MARÍA COLOMBÁS, O. S. B

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