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Archive for the ‘Ángelus’ Category

El Pontífice advirtió que solo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones.

Como cada domingo, el papa Francisco rezó el Ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro. Dirigiéndose a los fieles y peregrinos venidos de todo el mundo, que le acogieron con un largo y caluroso aplauso, el Pontífice les dijo:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 10 de Marcos, se articula en tres escenas, marcadas por tres miradas de Jesús.

La primera escena presenta el encuentro entre el Maestro y un tal, que –según el pasaje paralelo de Mateo– es identificado como ‘joven’. El encuentro de Jesús con un joven. Él corre hacia Jesús, se arrodilla y lo llama “Maestro bueno”. Entonces le pregunta: “¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?” (v. 17). Es decir, la felicidad. “Vida eterna” no es solo la vida del más allá, sino que es esta: la vida plena, cumplida, sin límites. ¿Qué debemos hacer para alcanzarla? La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. A este respecto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud. Y Jesús intuye este deseo que el joven lleva en su corazón; por lo tanto su respuesta se traduce en una mirada intensa llena de ternura y de cariño. Así dice el Evangelio: “Jesús lo miró con amor” (v. 21). Se dio cuenta de que era un buen joven. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de su interlocutor y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Pero ese joven tiene el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, y se va triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el impulso inicial del joven se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado.

En la segunda escena, el evangelista enfoca los ojos de Jesús y esta vez se trata de una mirada pensativa, de advertencia. Dice así: “Mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!” (v. 23). Ante el estupor de los discípulos, que se preguntan: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” (v. 26), Jesús responde con una mirada de aliento –es la tercera mirada– y dice: la salvación, sí, es “imposible para los hombres, ¡pero no para Dios!” (v. 27). Si nos encomendamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que nos impiden seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, él nos dará la salvación, él nos acompaña en el camino.

Y así hemos llegado a la tercera escena, aquella de la solemne declaración de Jesús: Les aseguro que el que deja todo para seguirme tendrá la vida eterna en el futuro y el ciento por uno ya en el presente (cfr. vv. 29-30). Este “ciento por uno” está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se encuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: “Hay más alegría en dar que en recibir”.

El joven no se ha dejado conquistar por la mirada de amor de Jesús y así no ha podido cambiar. Solo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa. Y yo les pregunto a ustedes, jóvenes, chicos y chicas, que están en la plaza: ¿han percibido la mirada de Jesús sobre ustedes? ¿Qué le quieren responder? ¿Prefieren dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que la mundanidad nos ofrece?

La Virgen María nos ayude a abrir nuestro corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede apagar nuestra sed de felicidad.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración mariana:

Angelus Domini nuntiavit Mariae…

Al concluir la plegaria, el Papa recordó el trágico atentado en Turquía:

Ayer hemos recibido con gran dolor la noticia de la terrible masacre sucedida en Ankara, en Turquía. Dolor por los numerosos muertos. Dolor por los heridos. Dolor porque los terroristas han atentado contra personas indefensas que se manifestaban por la paz. Mientras rezo por ese querido país, pido al Señor que acoja las almas de los difuntos y conforte a los que sufren y a los familiares. Hagamos una oración en silencio. Todos juntos.

Además, el Pontífice invitó a cuidar la casa común para reducir los desastres naturales: 

Queridos hermanos y hermanas,

el martes próximo, 13 de octubre, se celebra la Jornada internacional para la reducción de los desastres naturales. Lamentablemente hay que reconocer que los efectos de semejantes calamidades con frecuencia se agravan por la falta de cuidado del medio ambiente por parte del hombre. Me uno a todos los que, de modo previsor, se comprometen con la tutela de nuestra casa común, para promover una cultura global y local de reducción de los desastres y de mayor resiliencia ante ellos, armonizando los nuevos conocimientos con aquellos tradicionales, y con especial atención a las poblaciones más vulnerables.

A continuación llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Santo Padre:

Saludo con afecto a todos los peregrinos, sobre todo a las familias y a los grupos parroquiales, procedentes de Italia y de diversos países. En particular: a los diáconos y a los sacerdotes del Colegio Germano-Húngaro que han sido ordenados ayer y a quienes animo a emprender con alegría y confianza su servicio a la Iglesia; a los nuevos seminaristas del Venerable Colegio Inglés; a la Cofradia de la Santa Vera Cruz de Calahorra.

Saludo a los fieles de la parroquia del Sagrado Corazón y de Santa Teresa Margarita Redi, de Arezzo, en el 50° aniversario de su fundación; así como a los de Camaiore y de Capua; al grupo “Jesús ama” que acaba de realizar una semana de evangelización en el barrio romano de Trastevere; a los chicos y chicas que acaban de recibir la Confirmación; y por último, a la Asociación “Davide Ciavattini” para la asistencia a los niños con graves enfermedades de la sangre.

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

A todos les deseo un buen domingo. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
¡Feliz Pascua! “¡Christos Anesti! – ¡Alethos anesti!”, “¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado!” ¡Está entre nosotros aquí!, en la plaza. En esta semana podemos seguir intercambiando el saludo pascual, como si se tratara de un único día. Es el gran día que ha hecho el Señor.

El sentimiento dominante que trasluce en los relatos evangélicos de la resurrección es la alegría llena de asombro; un estupor grande, la alegría que viene desde adentro; y en la liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado! Nosotros lo hemos visto.

Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida. Dejemos que el estupor gozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, miradas, actitudes, gestos y palabras… Ojalá seamos tan luminosos. ¡Pero esto no es un maquillaje! Viene desde dentro, de un corazón sumergido en la fuente de esta alegría, como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos viéndolo resucitado. Quien realiza esta experiencia se convierte en un testigo de la resurrección, porque en cierto sentido ha resucitado él mismo, ha resucitado ella misma. Entonces es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diferentes situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.

En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer aquellos capítulos que hablan de la resurrección de Jesús; nos hará tanto bien tomar el libro y buscar los capítulos y leer aquello. También nos hará bien, en esta semana, pensar en la alegría de María, la Madre de Jesús. Como su dolor ha sido tan íntimo, tanto que le traspasó su alma, del mismo modo su alegría ha sido íntima y profunda, y de ella los discípulos podían extraer. Habiendo pasado a través de la experiencia de la muerte y de la resurrección de su Hijo, vistas, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, y el corazón de María se ha convertido en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza, de misericordia. Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde la mañana del viernes hasta la mañana del domingo, Ella no ha perdido la esperanza: la hemos contemplado como Madre de los dolores, pero, al mismo tiempo, como Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia y Madre de esperanza.

A Ella, testigo silencioso de la muerte y de la resurrección de Jesús, le pedimos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos con el rezo del regina coeli, que en el tiempo pascual sustituye la oración del ángelus.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del regina coeli. Y al concluir la plegaria, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Papa:

Dirijo un cordial saludo a todos vosotros, queridos peregrinos venidos de Italia y de varios países para participar en este encuentro de oración.

Acordaos esta semana de tomar el Evangelio y buscar los capítulos en donde se habla de la resurrección de Jesús y de leer cada día un fragmento de aquellos capítulos. Nos hará bien en esta semana de la resurrección de Jesús.

A cada uno le expreso el deseo de pasar en la alegría y la serenidad este Lunes del Ángel, en el que se prolonga la alegría de la resurrección de Cristo.

Francisco concluyó su intervención diciendo:

¡Feliz y santa Pascua a todos, buen almuerzo y hasta pronto!

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Queridos hermanos y hermanas,

el Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, al cual Jesús dona la vista. El largo pasaje, es largo, se abre con un ciego que comienza a ver y se cierra -curioso esto- con los presuntos videntes que continúan a permanecer ciegos en el alma. El milagro es narrado por Juan en apenas dos versos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. También sobre los chismeríos, muchas veces una obra buena, una obra de caridad, suscita chismeríos, discusiones, porque hay algunos que no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere llamar la tentación sobre esto que sucede también en nuestros días cuando se hace una obra buena.

El ciego sanado es primero interrogado por la multitud sorprendida, han visto el milagro y le preguntan. Después por los doctores de la ley y estos interrogan también a sus padres. Al final el ciego sanado llega a la fe, y esta es la gracia más grande que le hace Jesús: no solo ver, sino conocerle, que es “la luz del mundo” (Jn, 9,5).

Mientras el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley al contrario; se hunden cada vez más profundamente en la ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por esto no se abren a la verdad de Jesús. Hacen de todo para negar la evidencia. Ponen en duda la identidad del hombre sanado, después niegan la acción de Dios en la sanación, toman como escusa que Dios no cura el sábado; llegan incluso a dudar que el hombre hubiera nacido ciego. Su clausura a la luz se vuelve agresiva y acaba con la expulsión del templo del hombre sanado, expulsado del templo.

El camino del ciego sin embargo es un recorrido a etapas, que comienza en el conocimiento del nombre de Jesús. No conoce a otro que Él, de hecho dice: “El hombre que se llama Jesús me puso barro en los ojos” (v.11). A continuación de las preguntas apremiantes de los doctores, lo considera primero un profeta (v. 17) y después un hombre cerca de Dios (v. 31). Después que fuera alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le “abre los ojos” por segunda vez, revelándole la propia identidad. “Yo soy el Mesías”, le dice. A este punto el que había sido ciego exclama: “¡Creo, Señor! (v. 38), y se postra delante del Señor. Pero esto es un fragmento del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de tanta gente, también la nuestra, porque nosotros a veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida a veces es parecida a la del ciego que se ha abierto a la luz, a Dios y a su gracia. A veces lamentablemente es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los otros, ¡e incluso al Señor! Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para llevar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos,tenemos comportamientos algunas veces no cristianos. Comportamientos que son pecados, y debemos arrepentirnos de esto. Y eliminar este comportamiento para caminar decididamente sobre la vía de la santidad que tiene su origen en el Bautismo. Y en el Bautismo hemos sido “iluminados” para que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como “hijos de la luz” (Ef 5, 8), con humildad, paciencia y misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad, ni paciencia, ni misericordia. Yo os sugiero hoy, cuando volváis a casa, tomar el Evangelio de Juan, leed el pasaje del capítulo 9, que es este. Os hará bien porque así veis este camino de la ceguera a la luz, y el otro camino malo hacia una ceguera más profunda. Y preguntémonos cómo es nuestro corazón, ¿cómo es mi corazón? ¿cómo es tu corazón? ¿Yo tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna clausura que nace del pecado, nacida de las equivocaciones, de los errores. No tengamos miedo, no tengamos miedo. Abrámonos a luz del Señor, Él nos espera siempre, Él nos espera siempre para hacernos ver mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. No olvidéis esto. Él nos espera siempre.

A la Virgen María confiamos el camino de la cuaresma, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos “venir a la luz”, renacer a la vida nueva.

Tras la oración del ángelus el Santo Padre ha realizado los saludos:

Saludo cordialmente a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones y los fieles particulares procedentes de Italia y de tantos países, en particular a los de Ponferrada y Valladolid; los estudiantes y los profesores de los colegios de Murcia, Castelfranco de Córdoba y Laganés; los alumnos de los colegios de París y los emigrantes portugueses de Londres.

Saludo al Movimiento Juvenil Lasalliano, el grupo “Jóvenes, arte y fe de Santa Paola Frassinetti”, los universitarios de Venecia.

Dirijo un saludo particular a los militares italianos que han realizado un peregrinaje a pie desde Loreto a Roma, rezando por la pacífica y justa resolución de las controversias. Y esto es muy bonito, Jesús en las bienaventuranzas dice que son bienaventurados aquellos que trabajan por la paz.

Un pensamiento va a los grupos de fieles de Potenza, Atella, Sulmona, Lomagna, Conegliano, Locara, Nápoles, Afragola, Ercolano y Torre del Greco; a los jóvenes de confirmación de Gardone Valtrompia, Ostia, Reggio Emilia, Fane, Serramazzoni y Parma; a los estudiantes de Massa Carrara y Génova-Pegli.

Saludo finalmente a la Coral de Brembo, la Polisportiva Laurentino de Roma, los motoristas de Terni-Narni; los representantes del WWF-Italia, animándoles en su compromiso a favor del ambiente.

Y no olvidéis hoy en casa tomar el Evangelio de Juan, capítulo 9 y leer esta historia del ciego que se ha convertido en vidente y de los presuntos videntes que han caído más en su ceguera. Capítulo 9 del Evangelio de Juan.

A todos os deseo feliz domingo y buena comida. ¡Hasta la vista!

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En este tercer domingo de cuaresma el papa Francisco rezó en ángelus desde la ventana de su estudio que da hacia la plaza de San Pedro, ante miles de fieles allí reunidos. A continuación presentamos el texto completo de la palabras del Santo Padre.

“El evangelio de hoy nos presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, que sucedió en Sicar, junto a un antiguo pozo en el que la mujer iba cada día para buscar agua. Aquel día Jesús, sentado y cansado por el viaje la encontró.

Él enseguida le dijo: ‘Dadme de beber’. De esta manera superó la barrera de hostilidad que existía entre los judíos y samaritanos y rompió el esquema de prejuicios contra las mujeres. El simple pedido de Jesús es el inicio de un diálogo franco mediante el cual él, con gran delicadeza entra en el mundo interior de una persona a la cual, según los esquemas sociales, no debía ni siquiera dirigirle la palabra.

Entretanto Jesús lo hace. Jesús no tiene miedo y cuando ve a una persona no se queda atrás porque la ama, nos ama a todos, non se detiene nunca delante de una persona por prejuicios.

Jesús la pone delante a su situación, no juzgándola sino haciéndola sentir considerada, reconocida y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.

Aquella sed de Jesús no era tanto sed de agua, sino de encontrar un alma que se había vuelto árida. Jesús tenía necesidad de encontrar a la Samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber, para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: le dirige a Jesús aquellas preguntas profundas que todos tenemos adentro, pero que con frecuencia ignoramos.

También nosotros tenemos tantas preguntas para plantear y que no encontramos el coraje de dirigírselas a Jesús. La cuaresma es el tiempo oportuno para mirarnos adentro, hacer emerger nuestras necesidades espirituales mas verdaderas y pedir la ayuda del Señor con la oración. El ejemplo de la Samaritana no invita a expresarnos así: “Dadme aquella agua que me quitará la sed por la eternidad”.

El evangelio nos dice que los discípulos se quedaron maravillados de que su Maestro hablara con aquella mujer. Pero el Señor es más grande que los prejuicios y no tuvo temor de detenerse con la Samaritana. La misericordia es más grande del prejuicio. Y Jesús es enormemente misericordioso.

El resultado de aquel encuentro junto al pozo fue que la mujer quedó transformada: ‘Dejó su ánfora’ con la cual iba a buscar el agua y corrió a la ciudad a contar su experiencia extraordinaria: ‘He encontrado un hombre que me ha dicho todas las cosas que he hecho. Ojalá sea el mesías’. Está entusiasmada. Fue a buscar el agua del pozo y encontró otra agua, el agua de la vida de la misericordia que salpica vida eterna.

Ha encontrado el agua que siempre había buscado. Corre al pueblo, a aquella población que la juzgaba, condenaba y la repudiaba. Y anuncia que había encontrado al mesías. Uno que le ha cambiado la vida, porque cada encuentro con Jesús nos cambia la vida: siempre es un paso más cerca de Dios. Así cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre es así.

En este evangelio encontramos también nosotros el estímulo de ‘dejar nuestra ánfora’, símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde el valor delante del “Amor de Dios”.

Todos tenemos una, o más de una. Yo les pregunto y me lo pregunto también a mi: ¿Cúal es esa ánfora que nos pesa. Esa que los aleja de Dios, dejémosla aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús que nos ofrece otra agua: el agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a descubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana iniciada en el bautismo.

Y como la Samaritana debemos dar testimonio a nuestros hermanos de la alegría, la alegría del encuentro con Jesús. Porque como les he dicho, cada encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también cada encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría interior que viene. Así es el Señor. Y contar cuantas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestros corazones cuando nosotros tenemos el coraje de dejar aparte nuestra ánfora”.

A continuación el papa Francisco rezó el ángelus

Después el Santo Padre dijo:

“Ahora recordemos las dos frases: ‘Cada encuentro con Jesús nos cambia la vida y cada encuentro con Jesús nos llena de alegría’. ¿La decimos juntos?: ‘Cada encuentro con Jesús nos cambia la vida; cada encuentro con Jesús nos colma de alegría’. Es así.

Mañana es la Jornada Mundial de la Tuberculososis. Recemos por todas las personas afectadas por esta enfermedad y por quienes en diversos modos les apoyan.

El próximo viernes y sábado viviremos un momento especial llamado “24 horas por el Señor”. Iniciará con una celebración en la basílica de San Pedro, el viernes por la tarde, y después por la noche algunas iglesias del centro de Roma quedarán abiertas para la oración y las confesiones. Será -podemos llamarla así- será la fiesta del perdón, que se realizará también en muchas diócesis y parroquias del mundo. El perdón que nos da el Señor se tiene que festejar, como lo hizo el padre de la parábola del hijo pródigo, que cuando el hijo volvió al hogar el padre hizo fiesta, olvidándose de todos sus pecados. Será la fiesta del perdón.

Y ahora saludo de corazón a todos los fieles de Roma y peregrinos de tantos países, en particular de Zagreb y Zadara en Coracia, y de Bocholt en Alemania; a la escuela ‘Capitanio’ de Seto-Shi, en Japón; a los estudiantes del Illinois (Estados Unidos) y los de Ferro (España).

Un saludo particular dirijo a los maratonetas y a los organizadores de este hermoso evento deportivo de nuestra ciudad.

Saludo a la comunidad del Pontificio Colegio Germánico-Húngaro, a los responsables nacionales de la FUCI, a los catequistas que vinieron para el curso de ‘Arge visual y catequesis’ y a los participantes al congreso que lleva el título: “En la concepción el rostro de Jesús”.

Mi pensamiento se dirige a los fieles de Altamura, Matera, Treviglio, Florencia, Salerno Venecia, Santa Severina y Verdellino; a los jóvenes de Cembra y Lavis y a los de Conversano; a los niños de Vallemare (Pescara); a los scouts de Castel San Pietro; a los estudiantes de Cagliari y de Gioia Tauro; al grupo de jóvenes de 14 años de Milán. Saludo al concluir, al Centro de Servicio de Voluntarios de Sardegna; al círuclo ACLI de Masate, a la Asociación Familias Murialdo, de Nápoles.

Y el Santo padre concluyó con su ya famoso: “A todos les deseo “¡Una buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!

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Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

hoy el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús “tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte, sobre el monte” (Mt17,1). La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar en la presencia del Señor. Allí arriba en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, preciso; y después aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus ropas tan cándidas, que Pedro se queda estupefacto, tanto que quisiera quedarse así, casi parar ese momento. Pero enseguida resuena de lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: “Escuchadlo” (v.5). Esta palabra es importante ¿eh? nuestro Padre que ha dicho a estos apóstoles y también nos dice a nosotros ‘escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto’. Tengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón. Escuchad a Jesús. Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos, a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante en el camino de la cuaresma. Escuchad a Jesús, no lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que le perseguían por las calles de Palestina. Jesús no hacía una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de las calles, recorriendo viajes no siempre predecibles y a veces poco fáciles. Seguir a Jesús para escucharlo, pero también escuchamos a Jesús en su palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta, ¿vosotros leéis todos los días un paso del Evangelio? ¡Sí, no, sí, no! ¡Mitad y mitad! ¿Eh? Algunos sí, algunos no. Pero es importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es bueno, es algo bueno, tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros en el bolsillo, en el bolso y leer un pequeño paso en cualquier momento del día, tomar del bolsillo el Evangelio y leer algo, un pequeño paso. Y ahí es Jesús que nos habla, en el Evangelio. Pensad esto, no es difícil ni tampoco necesario que sean los cuatro, uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros siempre el Evangelio, porque es la Palabra de Jesús, para poder escucharlo.

De este episodio de la Transfiguración quisiera coger dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Nosotros necesitamos ir aparte, ir sobre la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz de Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos empuja nuevamente a “bajar de la montaña” y volver a lo bajo, en la llanura, donde encontramos a tantos hermanos cansados de fatigas, enfermedades, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos hecho con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de gracias recibidas. Y esto es curioso ¿eh? Cuando nosotros escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa palabra crece, y ¿sabéis cómo crece? Dándola al otro, la Palabra de Cristo en nosotros crece cuando nosotros la proclamamos, cuando nosotros la damos a los otros. Y esta es la vida cristiana, es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros. Escuchar a Jesús y ofrecerlo a los otros. No olvidar esta semana escuchar a Jesús. Y pensad en eso del Evangelio. ¿Lo haréis? ¿Haréis eso? ¿eh? Después el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto de llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o el bolso para leer un pequeño paso en el día.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María y confiémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a “subir” con la oración y a “bajar” con la caridad fraterna.

Tras la oración del ángelus el Santo Padre ha añadido:

Hermanos, hermanas, ¡Os saludo a todos vosotros, queridos fieles de Roma y peregrinos!

Saludo a los peregrinos de Valencia, España; como también a los grupos procedentes de Mannheim (Alemania) y Skara (Suecia).

Saludo y doy gracias a las bandas y corales venidos de Piomonte, Liguria, Emilia y Toscana con algunas Autoridades civiles.

Una palabra va a la Comunidad Papa Juan XXIII, fundada por Don Oreste Benzi, que el próximo viernes, por la noche, guiará por las calles del centro de Roma un “Vía Crucis” especial para las mujeres víctimas de la trata. ¡Son buenos estos!

Os invito a recordar en la oración a los pasajeros y tripulación de avión de Malasia y sus familiares. Estamos cerca de ellos en este difícil momento.

Saludo a los grupos parroquiales, en particular a los fieles de Giave, Liedolo, San Prospero, Sorrento, Codogno y Nuestra Señora de Czestochowa en Roma; y las Hermanas Franciscanas Mínimas del Sacro Corazón.

Saludo las numerosas escuelas de tantas partes de Italia y de otros países – ¡no puedo nombrarlas todas!- ; pero recordamos juntos la escuela católica “Mar Qardakh” de Erbil, en Kurdistán, ¡recordamos juntos, está lejos, pero con el corazón la recordamos! Y la diócesis de London in Ontario – Canadá.

Saludo a los jóvenes de la Sociedad de San Vincenzo De Paoli, el Rotary Club de Massafra-Mottola, los niños de Calcio y los de None, los niños de Soliera y San Felice sul Panaro.

A todos os deseo un feliz domingo y buena comida. ¡Hasta la vista!

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«Queridos hermanos y hermanas el evangelio del primer domingo de cuaresma presenta cada año el episodio de la tentación de Jesús, cuando el Espíritu Santo descendió sobre él después del Bautismo en el Jordán, y lo llevó a enfrentar abiertamente a Satanás en el desierto por 40 días antes de iniciar su misión pública.

El tentador intenta desviar a Jesús del proyecto del Padre, o sea de la vía del sacrificio, del amor que ofrece a sí mismo en expiación, para hacerle tomar un camino fácil, de éxito y de potencia. El duelo entre Jesús y Satanás se realiza a fuerza de citaciones de la sagrada escritura. El diablo de hecho, para desviar a Jesús de la vía de la cruz le propone falsas experiencias mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de transformar las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de arrojarse al vacío desde el punto más alto del templo de Jerusalén para hacerse salvar por los ángeles; y al final el atajo del poder y del dominio en cambio de adorar a Satanás.

Son tres grupos de tentaciones, también nosotros las conocemos bien. Jesús rechaza con decisión todas estas tentaciones y reitera la firme voluntad de seguir el camino establecido por el Padre, sin ningún compromiso con el pecado y con la lógica del mundo.

Noten bien como responde Jesús. Él no dialoga con Satanás como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, como había hecho Eva, y elige refugiarse en la palabra de Dios, y responde con la fuerza de esta palabra.

Recordémos ésto en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones. No argumentar con Satanás, sino defendersesiempre non la palabra de Dios, y ésto nos salvará.

En sus respuestas a Satanás, el Señor usando la palabras de Dios nos recuerda antes todo que “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca del Dios”.

Esto nos da fuerza y nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que reduce al hombre al nivel de necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello: el hambre de Dios y de su amor.

Recuerda además que está escrito también: ‘No tentarás a tu Dios y Señor”. Porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, de la duda, y se nutre de paciencia y de espera perseverante. El Señor Jesús al final recuerda que está escrito: ‘Adorarás al Señor, tu Dios: a él solamente rendirás culto’. O sea, tenemos que deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas y construir nuestra vida sobre lo esencial.

Estas palabras de Jesús encontrarán después confirmación en sus acciones. Su absoluta fidelidad al diseño del amor del Padre lo conducirá después de aproximadamente tres años al enfrentamiento final con el ‘príncipe de este mundo’ en la hora de la pasión de la cruz, y allí Jesús tendrá su victoria definitiva, ¡la victoria del amor!

Queridos hermanos, el tiempo de la cuaresma es una ocasión propicia para todos nosotros, para realizar un camino de conversión, interrogándonos sinceramente ante esta página del evangelio.

Renovemos las promesas de nuestro bautismo: renunciamos a Satanás y a todas sus obras y seducciones -porque él es un seductor-, para caminar en los senderos de Dios y ‘llegar a la pascua en la alegría del Espíritu’».

El papa Francisco entonces rezó el ángelus y al concluir dirigió los siguientes saludos:

«Dirijo un cordial saludo a los fieles de Roma y a todos los peregrinos. Saludo a los grupos parroquiales que llegan de Biella y Vercelli, de Laura Paestum, San Marziano, Aosta Latina, Avellino y Pachino. Saludo al “Colegio Santa María” de Elche, España.

Un pensamiento especial dirijo a los jóvenes de Rosolina, que el próximo domingo recibirán la Confirmación, y a los de Toscana que harán en Roma la ‘promesa’ de seguir a Jesús; y a los de Paderno Duragnano, Seregno, Bellaria y Curno. Saludo también a los papás y niños de Cabiate.

Durante esta cuaresma tengamos presentes la invitación de la Caritas Internacional contra el hambre en el mundo.

Les deseo a todos que el camino de la cuaresma iniciado hace poco sea fructífero, y les pido a ustedes que se acuerden de mi en la oración y de mis colaboradores de la curia romana, que esta tarde iniciaremos la semana de ejercicios espirituales. Gracias».

«Y concluyó con su ya famoso saludo: “¡Buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!»

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el centro de la Liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más confortantes: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (49,15). ¡Qué hermoso es esto! ¡Dios no se olvida de nosotros! ¡De ninguno de nosotros! ¿eh? ¡De ninguno de nosotros! Con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. ¡Qué hermoso pensamiento! Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelismo en la página del Evangelio de Mateo: “Mirad las aves del cielo -dice Jesús-: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. (…) Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt 6, 26. 28-29).

Pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos amos, ¿eh?: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Tenemos que oír bien esto, ¿eh? Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie le faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. Si en cambio se deja a Dios el lugar que le espera, o sea el primer lugar, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, también recientes, en la historia de la Iglesia.Y así la providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en cuanto gesto de solidaridad. Sin embargo, si alguno acumula sólo para sí ¿qué le pasará? Cuando será llamado por Dios, no podrá llevar las riquezas con él. Porque sabéis: ¡el sudario no tiene bolsillos! Es mejor compartir, porque nosotros llevamos al cielo sólo aquello que hemos compartido con los demás.

El camino que Jesús indica puede parecer poco realista con respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si pensamos bien, nos conduce a la escala justa de valores. Él dice: “¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (Mt 6, 25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y por lo tanto hermanos entre nosotros, y nos comportemos consecuentemente. Lo recordé en el Mensaje para la Paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad. Este ir juntos, compartir las cosas juntos.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En particular, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos en vivir con un estilo simple y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más necesitados.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus. Y al concluir la plegaria, el Papa prosiguió haciendo un llamamiento a la comunidad internacional para que se resuelva la delicada situación que atraviesa Ucrania:

Queridos hermanos y hermanas,

os pido que sigáis rezando por Ucrania, que está viviendo una situación delicada. Mientras anhelo que todas las partes del país se esmeren para superar las incomprensiones y construir juntos el futuro de la nación, dirijo un apremiante llamamiento a la comunidad internacional, para que sostenga toda iniciativa en favor del diálogo y de la concordia.

A continuación, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Pontífice:

Dirijo un cordial saludo a las familias, grupos parroquiales, asociaciones y todos los peregrinos venidos de Italia y de diferentes países. Saludo a los fieles españoles provenientes de las diócesis de Valladolid e Ibiza; así como a los italianos de Amantea, Brescia, Cremona, Terni, Lonate y Ferno, y al coro de Tassullo. Saludo a los numerosos grupos de chicos de las diócesis de Como, Vicenza, Padova, Lodi, Cuneo y Cremona.

Francisco también quiso dedicar unas palabras a los grupos de Confirmación presentes en la Plaza de San Pedro:

Queridos chicos,

algunos de vosotros habéis recibido desde hace poco la Confirmación o estáis preparándoos para recibirla, otros haréis la profesión de fe, y estáis implicados en vuestros oratorios.

Queridos chicos,

¡Qué vuestra relación con Jesús sea cada vez más fuerte y profunda, para que traiga mucho fruto! ¡Adelante, queridos chicos!

Por último, el Santo Padre recordó que esta semana comienza la Cuaresma:

Esta semana comenzaremos la Cuaresma, que es el camino del Pueblo de Dios hacia la Pascua, un camino de conversión, de lucha contra el mal con las armas de la oración, el ayuno y la misericordia. La humanidad necesita justicia, reconciliación y paz, y logrará alcanzarlas sólo volviendo con todo al corazón de Dios, que es su manantial. También todos nosotros necesitamos el perdón de Dios. Entremos en la Cuaresma con un espíritu de adoración de Dios y de solidaridad fraterna con los que, en estos tiempos, están más probados por la indigencia y los conflictos violentos.

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

“A tutti, a tutti voi, auguro una buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!” (Os deseo a todos un buen domingo y una buena comida. ¡Hasta pronto!)

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