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Archive for the ‘Audiencia’ Category

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 7 de octubre de 2015

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado domingo comenzó el Sínodo de los Obispos con el tema «vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo». La familia requiere toda nuestra atención y cuidado, y el Sínodo debe responder a esta solicitud.

Los hombres y mujeres de hoy necesitan una inyección de espíritu de familia. Ante el débil reconocimiento y apoyo a la persona en las diversas relaciones sociales, la familia abre una perspectiva más humana, que permite establecer vínculos de fidelidad, sinceridad, cooperación y confianza. Enseña a honrar la palabra dada, a respetar a cada persona y a comprender sus límites. Brinda una atención insustituible a los miembros más pequeños, vulnerables, heridos y devastados en su vida. 

Para la Iglesia el espíritu de familia es como su carta magna: la Iglesia es y debe ser la familia de Dios. A través de ella, Jesús pasa de nuevo entre nosotros para persuadirnos de que Dios no nos ha olvidado. A través de la familia la Iglesia sale de nuevo a pescar para evitar que los hombres se ahoguen en el mar de la soledad y de la indiferencia. Que el entusiasmo de los Padres sinodales, animados por el Espíritu Santo, dé renovado impulso a la Iglesia echando de nuevo las redes confiando en las palabras del Señor. 


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Invito a todos a invocar la intercesión de Nuestra Señora del Rosario por los trabajos del Sínodo. Muchas gracias.

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AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 30 de septiembre de 2015

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo compartir con ustedes el grato recuerdo de mi reciente viaje a Cuba y a los Estados Unidos de América, que culminó con el Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia.

Llegué a Cuba como «Misionero de la Misericordia», y allí he experimentado la esperanza y la unidad de un pueblo que más allá de toda división y bajo la maternal mirada de la Virgen del Cobre, toma fuerza de sus raíces cristianas y afronta el futuro con un espíritu de servicio y responsabilidad. De allí pasé a los Estados Unidos de América, un paso que ha sido emblemático, gracias a Dios un puente se está reconstruyendo. En aquel País, he podido apreciar su gran patrimonio espiritual y ético, sobre el principio de que todos los hombres son iguales y dotados de derechos inalienables como la vida y la libertad. Estos principios son universales y encuentran en el Evangelio su máximo cumplimiento. Y estaban presentes en los trabajos de Evangelización que por aquellas tierras realizó el ahora santo Junípero Serra. En la Sede de las Naciones Unidas he querido renovar el apoyo de la Iglesia católica a esa institución en la promoción de la paz, recordando también la importancia de frenar y prevenir toda clase de violencia contra las minorías étnicas y religiosas y contra la población civil. El viaje ha culminado con el Encuentro de las Familias, que le ha dado una dimensión universal, pues la alianza entre el hombre y la mujer es la respuesta a los desafíos del mundo actual, siendo a su vez modelo de la gestión sostenible de la creación, sobre los principios de comunión y fecundidad con que fue querida e instituida por Dios.


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en especial a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Encomendamos a Dios los frutos de este viaje, y que el ejemplo de san Junípero Serra, nos haga a todos auténticos evangelizadores, que vayan por el mundo compartiendo con todos el amor de Cristo. Muchas gracias.

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Queridos hermanos y hermanas, buen día

Hoy las previsiones meteorológicas decían ‘lluvia’ y ustedes vinieron lo mismo. Tienen mucho coraje. ¡Felicitaciones!

Quisiera hablar hoy del sacramento de la unción de los enfermos que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado se lo llamaba ‘extremaunción’, porque se entendía como confort espiritual en el momento de la muerte. Hablar en cambio de ‘unción de los enfermos’, nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que aparece en la unción de los enfermos. Es la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas. Cada vez que celebramos tal sacramento, el Señor Jesús en la persona del sacerdote, se vuelve cercano a quien sufre o está gravemente enfermo o es anciano.

Dice la parábola, que el buen samaritano se hace cargo del hombre enfermo, poniendo sobre sus heridas, aceite y vino. El aceite nos hace pensar al que es bendecido por el obispo cada año en la misa crismal del jueves santo, justamente teniendo en vista la unción de los enfermos. El vino en cambio es signo del amor y de la gracia de Cristo que nacen del don de su vida por nosotros, y expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

Y al final la persona que sufre es confiada a un posadero para que pueda seguir cuidándolo sin ahorrar gastos. Ahora, ¿quién es este posadero? La Iglesia y la comunidad cristiana, somos nosotros a quienes cada día el Señor Jesús confía a quienes están afligidos en el cuerpo y en el espíritu para que podamos seguir poniendo sobre ellos y sin medida, toda su misericordia de salvación.

Este mandato es reiterado de manera explícita y precisa en la carta de Santiago. Se recomienda que quien está enfermo llame a los presbíteros de la Iglesia, para que ellos recen por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor, y la oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo aliviará y si cometió pecados le serán perdonados. Se trata por lo tanto de una praxis que se usaba ya en el tiempo de los apóstoles. Jesús, de hecho, le enseñó a sus discípulos a que tuvieran su misma predilección por los que sufren y les transmitió su capacidad y la tarea de seguir dando en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de tal sacramento.

Esto, entretanto, no tiene que hacernos caer en la búsqueda obsesiva del milagro o de la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Pero la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque cada anciano o persona con más de 65 años puede recibir este sacramento. Es Jesús que se acerca.

Pero cuando hay un enfermo y se piensa: ‘llamemos al cura, al sacerdote’. ‘No, no lo llamemos, trae mala suerte, o el enfermo se va a asustar’. Por qué, porque se tiene un poco la idea que cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después llegan las pompas fúnebres, y eso no es verdad.

El sacerdote, viene para ayudar al enfermo o al anciano, por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo para que a un enfermo le dé la bendición, lo bendiga, porque es Jesús que llega, para darle ánimo, fuerza, esperanza y para ayudarlo. Y también para perdonar los pecados y esto es hermoso.

No piensen que esto es un tabú, porque siempre es lindo saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos. El sacerdote y quienes están durante la unción de los enfermos representan de hecho a toda la comunidad cristiana, que como un único corazón, con Jesús se acerca entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno. Pero el confort más grande viene del hecho que quien se vuelve presente en el sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma por la mano y nos acaricia como hacía Él con los enfermos. Y nos recuerda que le pertenecemos y que ni siquiera el mal y la muerte nos podrán separar de Él.

Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote para nuestros enfermos, no digo para los resfriados de tres o cuatro días, pero cuando se trata de una enfermedad seria, para que el sacerdote venga a darle también a nuestros ancianos este sacramento, este confort, esta fuerza de Jesús para ir adelante. Hagámoslo. Gracias.

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Queridos hermanos y hermanas,

agradezco al Señor por la alegría de vuestra fe por y el ardor de vuestro testimonio cristiano. Gracias a Dios. Les saludo a todos cordialmente comenzando por el equipo responsable internacional del Camino Neocatecumenal, junto a los sacerdotes, seminaristas y catequistas. Un saludo lleno de afecto dirijo a los niños, presentes aquí en gran número. ¿Podemos ver a todos los niños? !Que lindo, gracias!

Mi pensamiento va de manera especial a las familias que viajarán a diversas partes del mundo para anunciar y dar testimonio del Evangelio. ¡La Iglesia les agradece esta generosidad! Les agradezco por todo lo que hacen en la Iglesia y en el mundo!

Y justamente en el nombre de la Iglesia, nuestra Madre, nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica, como amaba llamarla San Ignacio de Loyola, quiero proponerles algunas simples recomendaciones. La primera es la de tener el máximo cuidado para construir y conservar la comunión dentro de las Iglesias particulares, en las que irán a obrar. El Camino tiene un carisma propio, una dinámica propia, un don que como todos los dones del Espíritu tiene una profunda dimensión eclesial. Esto significa ponerse a la escucha de la vida de las Iglesias en las cuales los responsables del movimiento les envían, para valorizar las riquezas, a sufrir por las debilidades si necesario, y a caminar juntos como un único rebaño bajo la guía de los pastores de las Iglesias locales.

La comunión es esencial: a veces, sucede que es mejor renunciar a vivir todos los detalles que el itinerario exigiría, con tal de garantizar la unidad entre los hermanos que forman la única comunidad eclesial, de la cual es necesario siempre sentirse parte.

Otra indicación: en cualquier lado en que vayan, les hará bien pensar que el Espíritu de Dios llega siempre antes que nosotros. El Señor siempre nos precede, piensen a Felipe, cuando el Señor lo envía a ese camino y sobre la carroza estaba ese ministro de economía, el Espíritu había llegado antes, él leía al profeta Isaías, no entendía lo que leía, pero el corazón ardía, y así cuando Felipe se acerca está preparado para la catequesis y el bautismo.

El Espíritu siempre nos precede. Dios siempre está antes de nosotros. Mismo en los lugares más lejanos, mismo en las culturas más diversas, Dios esparce por todas partes las semillas de su Verbo. De aquí nace la necesidad de poner una atención especial al contexto cultural en el cual se irá a obrar: se trata de un ambiente muchas veces muy diverso del que uno proviene.

Muchos fatigarán para aprender el idioma local, a veces difícil, y este esfuerzo es apreciable. Aún más importante será el empeño para aprender –lo he dicho a Kiko– las culturas que encontrarán, sabiendo reconocer la necesidad del Evangelio que hay por todas partes, pero también aquella acción que el Espíritu Santo ha cumplido en la vida y en la historia de cada pueblo.

En fin, les exhorto a cuidarse con amor los unos a los otros, en particular a los más débiles. El Camino Neocatecumenal, como itinerario de descubrimiento del propio bautismo es un camino exigente, durante el cual un hermano o una hermana podrán encontrar dificultades imprevistas. En estos casos el ejercicio de la paciencia y de la misericordia por parte de la comunidad es signo de madurez en la fe.

La libertad de cada uno no tiene que ser forzada, y se debe respetar también la eventual elección de quien decidiera buscar, afuera del Camino, otras formas de vida cristiana que lo ayuden a crecer en la respuesta a la llamada del Señor.

Queridas familias, queridos hermanos y hermanas, les animo a llevar por todas partes, también en los ambientes más descristianizados, especialmente en las periferias existenciales, el Evangelio de Jesucristo. Evangelicen con amor, lleven a todos el amor de Dios. A todos los que encuentren en las calles de vuestra misión indiquen que Dios ama al hombre así como es, mismo con sus límites, con sus errores, mismo con sus pecados. Y por eso envió a su Hijo para que Él tomara los pecados sobre sí.

Sean mensajeros y testimonios de la infinita misericordia del Padre. Les confío a nuestra madre María, para que les inspire y sostenga siempre en este apostolado. Siguiendo la escuela de esta tierna Madre sean misioneros celantes y alegres. ¡No pierdan la alegría!

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy voy a referirme brevemente a otro de los términos con los que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia, aquel de “Pueblo de Dios” (cf. Const. dogm. Lumen Gentium, 9; Catecismo de la Iglesia Católica, 782). Y lo hago con una serie de preguntas, sobre las que cada uno podrá reflexionar.

1. ¿Qué quiere decir ser “Pueblo de Dios”? En primer lugar, significa que Dios no pertenece solamente a un pueblo; porque es Él quien nos llama, nos convoca, nos invita a ser parte de su pueblo, y esta invitación es abierta a todos, sin distinción, porque la misericordia de Dios “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim. 2,4). Jesús no le dice a los apóstoles y a nosotros para formar un grupo exclusivo, un grupo de elite. Jesús dice: Vayan y hagan discípulos a todas las naciones (cf. Mt. 28,19). San Pablo dice que en el pueblo de Dios, en la Iglesia, “no hay judio ni griego… porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gal. 3,28). Me gustaría decirle incluso a aquellos que se sienten lejos de Dios y de la Iglesia, a quienes tienen miedo o son indiferentes, a los que piensan que ya no pueden cambiar: ¡el Señor también te está llamando a ser parte de su pueblo y lo hace con gran respeto y amor! Él nos invita a ser parte de este pueblo, el pueblo de Dios.

2. ¿Cómo se convierte uno en miembro de este pueblo? No es a través del nacimiento físico, sino por un nuevo nacimiento. En el evangelio, Jesús le dice a Nicodemo que hay que nacer de lo alto, del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios (cf.Jn. 3,3-5). Y es por el bautismo que somos incorporados a este pueblo, a través de la fe en Cristo, don de Dios que hay que cuidar y cultivar durante toda nuestra vida. Preguntémonos: ¿cómo hago crecer la fe que he recibido en mi bautismo? ¿Cómo puedo hacer crecer esa fe que he recibido y que el pueblo de Dios conserva?

3. La otra pregunta. ¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo, según el mandamiento nuevo que el Señor nos ha dejado (cf.Jn 13,34). Un amor, pero que no es un sentimentalismo estéril o algo vago, sino que es el reconocimiento de Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, el aceptar al otro como un verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van de la mano. ¡Cuánto camino nos falta recorrer para vivir de manera concreta esta nueva ley, la del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, ¿cómo puede suceder esto? En el interior del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo,¡cuántas guerras a causa de la envidia y de los celos! Incluso en la misma familia, ¡cuántas guerras internas! Debemos pedirle al Señor que nos ayude a comprender esta ley del amor. ¡Qué hermoso es amarnos unos a otros como verdaderos hermanos¡ Hagamos algo hoy. Tal vez todos tenemos gustos y pocas simpatías; tal vez muchos de nosotros estamos un poco enojados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, estoy enojado con este o esta; te pido por él y por ella. Orar por aquellos con los que estamos enojados es un buen paso en esta ley de amor. ¿Lo hacemos? ¡Vamos a hacerlo hoy mismo!

4. ¿Qué misión tiene este pueblo? Aquella de traer al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser un signo del amor de Dios que nos llama a todos a una amistad con Él; ser la levadura que hace fermentar toda la masa, la sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. A nuestro alrededor, basta abrir un periódico -lo dije-y vemos que existe la presencia del mal, el Diablo actúa. Pero quiero decirlo en voz alta: ¡Dios es más fuerte! ¿Ustedes creen en esto, que Dios es más fuerte? Entonces lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! ¿Y saben por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y yo añadiría que la realidad a veces sombría, marcada por el mal, se puede cambiar, si nosotros somos los primeros que llevamos la luz del evangelio, sobre todo con nuestras vidas. Si en un estadio –pensemos en el Olímpico aquí de Roma, o el de San Lorenzo en Buenos Aires–, en una noche oscura, una persona enciende una luz, apenas se puede ver.., pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno su propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del evangelio a todas las realidades.

5. ¿Cuál es el fin de este pueblo? El fin es el Reino de Dios, que se inició en la tierra por Dios mismo, y que debe ampliarse hasta el cumplimiento, cuando se manifestará Cristo, nuestra vida (cf. Lumen Gentium, 9). El objetivo es, pues, la plena comunión con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, una alegría completa.

Queridos hermanos y hermanas, ser Iglesia, ser pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en nuestra humanidad, quiere decir proclamar y llevar la salvación de Dios en este nuestro mundo, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, dando nueva fuerza en el camino.

Que la Iglesia sea el lugar de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado, animado a vivir la vida buena del evangelio. Y para que el otro se sienta acogido, amado, perdonado, alentado, la Iglesia debe estar con las puertas abiertas, para que todos puedan entrar. Y nosotros tenemos que salir de aquellas puertas y anunciar el evangelio.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero centrarme en el tema del medio ambiente, como ya he tenido ocasión de hacerlo en varias ocasiones. Me lo sugiere también el Día Mundial del Medio Ambiente, patrocinado por las Naciones Unidas, que lanza un fuerte llamado a la necesidad de acabar con los residuos y el desecho de los alimentos.

Cuando hablamos de medio ambiente, de la creación, mi pensamiento se dirige a las primeras páginas de la Biblia, al libro del Génesis, donde se dice que Dios puso al hombre y a la mujer en la tierra para que la cultiven y la custodien (cf. 2,15). Y me surgen unas preguntas: ¿Qué significa cultivar y custodiar la tierra? ¿Realmente estamos cultivando y custodiando la creación? ¿O la estamos explotando y olvidando?

El verbo “cultivar” me trae a la mente la atención que el agricultor tiene por su tierra, para que dé fruto, y este sea compartido: ¡cuánta atención, pasión y dedicación! Cultivar y custodiar la creación es una indicación de Dios dada no solo al principio de la historia, sino a cada uno de nosotros; es parte de su proyecto; significa hacer crecer el mundo con responsabilidad, transformarlo para que sea un jardín, un lugar habitable para todos.

Benedicto XVI ha recordado en varias ocasiones que la tarea confiada por Dios Creador a nosotros requiere captar el ritmo y la lógica de la creación. Pero a menudo nos dejamos llevar por la soberbia de la dominación, de las posesiones, del manipular, de aprovecharnos; no la “custodiamos”, no la respetamos, no la consideramos como un don gratuito que debemos cuidar. Estamos perdiendo la actitud de la admiración, de la contemplación, de la escucha de la creación; y por lo tanto ya no somos capaces de leer lo que Benedicto XVI llama “el ritmo de la historia de amor entre Dios y el hombre”. ¿Por qué sucede esto? Porque pensamos y vivimos de una manera horizontal, nos hemos alejado de Dios, no leemos sus signos.

Pero el “cultivar y custodiar” no solo incluye la relación entre nosotros y el medio ambiente, entre el hombre y la creación, tiene que ver también con las relaciones humanas. Los papas han hablado de ecología humana, estrechamente vinculada a la ecología ambiental. Estamos viviendo en una época de crisis; lo vemos en el medio ambiente, pero sobre todo lo vemos en el hombre. La persona humana está en peligro: eso es seguro, la persona humana hoy está en peligro, ¡de allí la urgencia de la ecología humana! Y el peligro es grave porque la causa del problema no es superficial, sino profundo: no es solo una cuestión de economía, sino de ética y de antropología. La Iglesia ha insistido en varias ocasiones; y muchos dicen: sí, es justo, es verdad… pero el sistema sigue como antes, porque lo que domina es la dinámica de una economía y de unas finanzas carentes de ética.

Quien hoy dispone no es el hombre, es el dinero, el dinero, la plata manda. Y Dios nuestro Padre ha dado el encargo de custodiar la tierra, y no el dinero, sino a nosotros: a los hombres y a las mujeres. ¡Nosotros tenemos esta tarea! En cambio a los hombres y a las mujeres se les sacrifica ante los ídolos del lucro y del consumo: es la “cultura de lo descartable”. Si se rompe un ordenador es una tragedia, pero la pobreza, los necesitados, los dramas de tantas personas terminan siendo normales. Si una noche de invierno, cerca de la via Ottaviano (en Roma ndr), por ejemplo, una persona muere, eso no es noticia. Si en muchas partes del mundo hay niños que no tienen nada que comer, eso no es noticia, parece normal. ¡No puede ser así! Sin embargo, estas cosas forman parte de la normalidad: que algunas personas sin hogar mueran de frío en la calle, no es una noticia. Por el contrario, una reducción de diez puntos en las bolsas de algunas ciudades, es una tragedia. El que muere no es noticia, ¡pero si se reducen en diez puntos las bolsas es una tragedia! Así es como las personas acaban siendo descartadas, como si fueran residuos.

Esta “cultura de lo descartable” tiende a convertirse en la mentalidad común que nos contagia a todos. La vida humana, la persona ya no se percibe como valor primordial que debe ser respetado y protegido, especialmente si son pobres o discapacitados, si todavía no sirve –como el niño por nacer–, o no sirve más, como los ancianos.

Esta cultura de los residuos nos ha hecho insensibles incluso a los desechos alimentarios, que son aún más desechados, cuando en todas las partes del mundo, por desgracia, muchas personas y familias sufren hambre y desnutrición. En tiempo de nuestros abuelos se ponía mucho cuidado en no tirar nada de los restos de comida. El consumismo nos ha hecho acostumbrarnos a un exceso y desperdicio cotidiano de la comida, a la cual a veces ya no somos capaces de darle el justo valor, que va más allá de simples parámetros económicos. Recordemos, sin embargo, ¡que la comida que se desecha es como si fuese robada de la mesa de los pobres, de los hambrientos! Invito a todos a reflexionar sobre el problema de la pérdida y el desperdicio de los alimentos, para que se identifiquen las vías y los mediosde evitarlo, de manera que enfrentando seriamente este problema,ustedessean vehículo de la solidaridad para compartir con los más necesitados.

Hace unos días, en la fiesta del Corpus Christi, habíamos leído la historia del milagro de los panes: Jesús alimenta a la multitud con cinco panes y dos peces. Y la conclusión del relato: “Comieron todos hasta saciarse y recogieron los pedazos que habían sobrado: doce cestas” (Lc. 9,17). Jesús les pide a sus discípulos que nada se pierda: ¡ningún desperdicio! Este es el hecho de las doce cestas: ¿Por qué doce? ¿Qué significa? Doce es el número de las tribus de Israel, simbólicamente representa a todo el pueblo. Y esto nos dice que cuando la comida se comparte de manera justa, con solidaridad, no se priva a nadie de lo necesario, cada comunidad puede ir al encuentro de los más pobres y necesitados. Ecología humana y ecología ambiental caminan juntos.

Me gustaría que tomemos en serio el compromiso de respetar y proteger la creación, de estar atentos a todas las personas, para contrarrestar la cultura de los desperdicios y descartes, a fin de promover una cultura de la solidaridad y del encuentro.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado me referí al profundo vínculo entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Hoy quisiera empezar algunas catequesis sobre el misterio de la Iglesia, un misterio que todos vivimos y del que formamos parte. Me gustaría hacerlo con expresiones que están muy presentes en los textos del Concilio Vaticano II.

Hoy iniciamos con la primera: la Iglesia como familia de Dios.

En los últimos meses, más de una vez he hecho referencia a la parábola del hijo pródigo, o más bien del padre misericordioso (cf. Lc. 15,11-32). El hijo más joven deja la casa de su padre, dilapida todo y decide volver porque se da cuenta de que cometió un error, pero ya no se considera digno de ser hijo y piensa que puede ser recibido de nuevo como un siervo. El padre por el contrario, corre a su encuentro, le abraza, le devuelve su dignidad de hijo y celebra. Esta parábola, como otras en el evangelio, señala muy bien el diseño de Dios para la humanidad.

¿Cuál es este plan de Dios? Es hacer de todos nosotros sus hijos, una sola familia, en la que cada uno se sienta amado por Él, como en la parábola evangélica, que sienta la calidez de ser familia de Dios. En este gran diseño encuentra su origen la Iglesia, que es una organización fundada por acuerdo de algunas personas, pero –como nos lo ha recordado muchas veces el papa Benedicto XVI–, es obra de Dios, nace de este plan de amor que se desarrolla progresivamente en la historia. La Iglesia nace del deseo de Dios de llamar a todas las personas a la comunión con Él, a su amistad, y de participar como hijos de su misma vida divina. La misma palabra “Iglesia”, del griego ekklesia, significa “invitación”. Dios nos llama, nos invita a salir del individualismo, de la tendencia a encerrarse en sí mismos y nos llama a ser parte de su familia. Y esta llamada tiene su origen en la creación misma. Dios nos creó para que vivamos en una relación de profunda amistad con Él, e incluso cuando el pecado ha roto esta relación con Él, con los demás y con la creación, Dios no nos ha abandonado. Toda la historia de la salvación es la historia de Dios que busca al hombre, le ofrece su amor, le acoge.

Llamó a Abraham para ser el padre de una multitud, ha elegido al pueblo de Israel para forjar una alianza que abrace a todas las naciones, y envió, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo para que su designio de amor y de salvación se realice en una nueva y eterna alianza con la entera humanidad. Cuando leemos los evangelios, vemos que Jesús reúne a su alrededor una pequeña comunidad que acoge su palabra, lo sigue, comparte su camino, se convierte en su familia, y con esta comunidad Él prepara y edifica su Iglesia.

¿De dónde nace entonces la Iglesia? Nace del acto supremo del amor en la cruz, del costado traspasado de Jesús, del que fluyó sangre y agua, símbolo de los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía. En la familia de Dios, en la Iglesia, la savia vital es el amor de Dios que se concretiza en el amarlo a Él y a los demás, a todos, sin distinción ni medida. La Iglesia es una familia en la que se ama y se es amado.

¿Cuándo se manifiesta la Iglesia? Lo hemos celebrado hace dos domingos; se manifiesta cuando el don del Espíritu Santo llena el corazón de los apóstoles y les impulsa a salir y a empezar el camino para anunciar el evangelio, a difundir el amor de Dios.

Incluso hoy en día, alguien dice: “Cristo sí, Iglesia no”. Como los que dicen “yo creo en Dios pero no en los presbíteros”. Pero es la Iglesia la que nos lleva a Cristo y nos lleva a Dios; la Iglesia es la gran familia de los hijos de Dios. Por supuesto que también tiene aspectos humanos, en los que la componen; en los pastores y fieles hay defectos, imperfecciones, pecados. Incluso el papa los tiene y tiene muchos, pero lo hermoso está en que cuando nos damos cuenta de que somos pecadores, nos encontramos con la misericordia de Dios, que siempre perdona. No se olviden: Dios siempre perdona y nos recibe en su amor, que es perdón y misericordia. Algunos dicen que el pecado es una ofensa a Dios, pero también una oportunidad para la humillación, para darse cuenta de que hay algo mejor: la misericordia de Dios. Pensemos en esto.

Preguntémonos hoy: ¿Cuánto amo a la Iglesia? ¿Rezo por ella? ¿Me siento parte de la familia de la Iglesia? ¿Qué hago para que sea una comunidad donde todos se sientan acogidos y comprendidos, que sientan la misericordia y el amor de Dios que renueva la vida? La fe es un don y un acto que nos toca personalmente, pero Dios nos llama a vivir nuestra fe juntos, como una familia, como Iglesia.

Pidamos al Señor, de una manera especial en este Año de la Fe, para que nuestras comunidades, toda la Iglesia, sean cada vez más verdaderas familias que viven y ofrecen el calor de Dios.

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