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“… Estad apercibidos también vosotros,
 porque a la hora que menos penséis
ha de venir el Hijo del hombre”
(Mt 24, 44).

 

Señor
Muchas veces nos has querido prevenir y preparar para la muerte, como cuando dijiste:
—El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solamente el Padre. Nos sorprende oírte que tampoco tú sabes la hora y el día de nuestra partida de la tierra.

Señor
Sobre este misterio tan grande quisiste que estuviéramos alerta y vigilantes.
Por esto un día salieron de tus labios estas palabras:
—Cuando veis las ramas que se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que empieza la primavera. Y sabéis que cuando caen las ramas, cae también el árbol y muere.
Quisiste que la contemplación de la naturaleza, que tenemos tan a la vista, nos recordase que nosotros seguimos también sus leyes de nacer y morir, a través de primaveras y otoños. 

Señor
El pensamiento, a veces triste, de la muerte no lo anunciaste solo.
Dijiste que también podíamos volver a vivir. Porque tú eras “la resurrección y la vida”, y el que creía en ti no moriría jamás.
Por esto nuestra esperanza de vivir está fundada en tu resurrección de entre los muertos, como antesala de nuestra propia resurrección. 

Señor
Ponemos nuestra esperanza en tus palabras. Tú dijiste: “El firmamento y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.
Pedro tuvo fe en tus palabras y su fe le hizo decirte un día: “Tú tienes palabras de vida eterna”.
Nosotros, como Pedro, no tenemos a otro a quien acudir y en quien confiar.
Y por esto fundamos nuestra esperanza de vivir en tus palabras de vida eterna. 

Señor
No tenemos dominio sobre la muerte, pero tenemos aún la vida en nuestras manos, mientras vivimos.
Si nos preparamos para vivir, nos preparamos para morir, porque se muere ordinariamente como se vive.
Morir parece más fácil que vivir, y es sólo un momento más de la carrera de la vida.
Es el momento sin duda más importante, porque decide toda una eternidad.
Pero esta eternidad no se decide tan sólo en un momento, son todos los momentos de nuestra vida los que deciden nuestro destino eterno. Por esto lo que cuenta no es saber morir, sino saber vivir, aprender a vivir. 

Señor
A ninguno de nosotros le es fácil aprender el arte de vivir.
Porque nuestras vidas tienen inevitablemente su pasado, su presente y su futuro. Queremos vivir el presente, pero nos remuerde el pasado y nos preocupa el futuro.
Y dejamos pasar la hora de hoy que tenemos, lamentando lo que hicimos ayer, o soñando en lo que haremos mañana.
Sin darnos cuenta de que ni el ayer existe ya ni el mañana existe todavía. 

Señor
Algunos de nosotros vivimos anclados nostálgicamente en los días felices de nuestro pasado, ansiando que puedan volver.
Revivimos en sueños las ilusiones y los ideales que ayer nos hicieron felices.
Como hacen algunos niños, anhelamos interiormente “regresar” a los años felices en que los brazos de una madre nos protegía y colmaba de suaves atenciones. 

Señor
Otras veces muchos de nosotros preferimos reparar nuestras culpas, buscando la compañía de una constante acusación, que perpetúe nuestra angustia interior.
Nos hacemos jueces y verdugos de nosotros mismos, sin dejarte a ti que nos juzgues, nos castigues o nos premies.
Tú no estás entonces presente en nuestro recuerdo, ni te dejamos hablar ni deseamos escucharte.
Preferimos ser a la vez el testigo, el acusador y el acusado, en un juicio solitario a puerta cerrada.
Y nuestro orgullo nos sentencia a no recibir perdón y nos condena a angustia perpetua. 

Señor
Para este examen global de nuestro pasado necesitamos más humildad y ayuda, de ti en primer lugar, y de los que nos pueden ayudar. Necesitamos someternos a tu juicio y a tu perdón, despreocupándonos de nuestro pasado. Necesitamos verte como el Dios de la bondad y de la misericordia.
Sólo así llegaremos a perdonarnos a nosotros mismos y a vivir en paz con nuestro pasado. 

Señor
En otros momentos no es el pasado lo que nos preocupa, sino el futuro.
Vemos que pasan los años y todavía no tenemos un porvenir claro y seguro.
Tratamos de preguntar al tiempo qué nos tiene preparado, qué puertas nos va a abrir y no recibimos por respuesta otra cosa que el silencio. Nadie es buen adivino del futuro, y al otear el horizonte sólo encontramos incertidumbre y dudas.
Esto nos causa también angustia. 

Señor
Enséñanos a abandonar y depositar nuestro fu- turo en tus manos.
Enséñanos a confiar y tener fe en el misterio de tu Providencia, que todo lo planea oportunamente para nuestro bien. Enséñanos a esperar y tener esperanza.
Que no vivamos sólo desde el futuro, sino desde un presente real y activo que nos irá abriendo poco a poco el futuro.
Que no piense tanto en “mi” futuro, sino en “tu” futuro, o mejor en “nuestro” futuro. Que no sea nuestra pobre imaginación, que se angustia tantas veces, la que tenga que descubrirnos el mundo del mañana.
Sino la fe firme en tu Providencia y el esfuerzo de nuestro trabajo presente, hecho con ilusión prudente y confiada. 

Señor
Haznos prestar toda la atención al momento actual, presente, al aquí y ahora de nuestras vidas.
Como la única realidad que existe y que tenemos a nuestra disposición.
Como el último don que acabamos de recibir de tu Amor.
Que nos viene con la “gracia” actual de tu ayuda, para saber vivirlo plenamente. 

Señor
Los sabios de este mundo saben aprovechar cada hora y cada día de su vida para investigar, descubrir, trabajar; lo que no conocen aún y la humanidad necesita.
Y nosotros, a veces, por una razón o por otra, malgastamos el precioso don del tiempo, sin poderlo después recuperar.
El tiempo presente es el mejor don que has puesto en nuestras manos.
¡Y cuántos hay que no saben qué hacer con él, o se dedican a despilfarrar su tiempo! 

Señor
Ayúdanos a dejar el pasado a tu misericordia. A dejar el futuro a tu providencia.
Y a entregarnos al amor de tu presente.

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16. Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos. Por ejemplo: una señora va al mercado a hacer las compras, encuentra a una vecina y comienza a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: «No, no hablaré mal de nadie». Este es un paso en la santidad. Luego, en casa, su hijo le pide conversar acerca de sus fantasías, y aunque esté cansada se sienta a su lado y escucha con paciencia y afecto. Esa es otra ofrenda que santifica. Luego vive un momento de angustia, pero recuerda el amor de la Virgen María, toma el rosario y reza con fe. Ese es otro camino de santidad. Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Ese es otro paso.

CON EL PUEBLO

El pueblo está de moda. Es esa realidad, muy vaga, a la que apelan muchas personas para hacer valer sus ideas. Es la masa que vota, que apoya, que hace las revoluciones. Del pueblo se destaca la élite de los dirigentes, una casta cerrada, poderosa, que es capaz de manejar la masa ingente de la base. El pueblo es como un campo, en cuyas espaldas han arado todos los grandes, en cuyos surcos han sembrado todas las esperanzas, sin más cosecha que las frustraciones y la explotación.

El pueblo, por otro lado, es la esperanza de la humanidad. En sus manos, se dice, está el futuro de la historia. El pueblo, por estar más enraizado en la naturaleza, tiene unas energías capaces de empresas gigantescas. Se habla de que los pueblos «resurgen», que reencuentran su destino, que se hunden.

 

1.- El pueblo y sus lacras

Es verdad que el pueblo es como un pantano silvestre, con un poder arrollador, si se desborda. Es verdad que el pueblo, llamado hoy proletariado, y quizá pequeña burguesía, es capaz de hacer las grandes transformaciones sociales; en su mano está la llave del futuro y él es el protagonista de los cambios sociales. Pero no debemos idealizar el pueblo. Está desorientado, sin cultura, sin conciencia. El hastío invade el campo, las fábricas y los barrios populares.

El escepticismo y la indiferencia cruzan la frente y la sabiduría de los hombres del pueblo. «Le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34).

Hoy, entre la gente inquieta, entre los que pretenden cambios importantes, se ha puesto de moda volver al pueblo, contar con el pueblo, acercarse a él, promocionarlo. También se pide que la Iglesia, con el evangelio en la vida, ayude al movimiento liberador de los pueblos. Pero, ¿cómo hacer esto? ¿Se puede improvisar? El paternalismo ronda todo esfuerzo por promocionar al pueblo. Todos conocen a esos niños de buenas familias que se van a vivir o a trabajar a los suburbios. Hay también personas muy serias que hacen con el pueblo lo de siempre: explotarlo. Las lecturas de hoy nos ayudan a iluminar esta situación.

2. Ser hijo del pueblo

Solamente es del pueblo, el que pertenece a él. Los que pertenecen a las clases altas, por el poder que ostentan o por la cultura, no son del pueblo. Los líderes, la promoción, surge del mismo pueblo. Si alguien de los que no pertenecen al pueblo quieren estar con él, ha de hacerlo con humildad, silenciosamente, en un segundo plano.

Reconocemos hoy, con gozo, que Jesús de Nazaret sí es del pueblo. Jesús es de Nazaret «de donde no podía salir cosa buena» (Jn 1, 46). «Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (Jn 7, 52). Andaban locos sus contemporáneos despistados por el origen de Jesús. Todos estaban acostumbrados a que lo bueno viniera de la élite del país. Así se les había educado. «Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y del pueblo de Belén?» (Jn 7, 41-42). Esperan la salvación de los palacios y de las dinastías con rango social. La pertenencia de Jesús al pueblo sigue desconcertándonos: «pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7, 27). Sus mismos paisanos le desprecian: «¿No es éste el carpintero, el Hijo de María y hermano de Santiago…? ¿Y no están sus hermanos aquí entre nosotros? Y se escandalizaban a causa de El» (Mc 6, 3). Jesús tampoco ha adquirido la sabiduría de las grandes culturas y escuelas; todos se admiran de que supiera sin haber estudiado (Lc 2, 47; Mc 6, 2).

3. Amor mutuo

A pesar del gran choque que supone para el pueblo ver a uno de los suyos encumbrado, sin embargo, gran parte le acepta y le ama.

Jesús es del pueblo y es querido por él. «Eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer…, todas las aldeas fue- ron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron…, vio una multitud» (Mc 6, 31.33.34). Estas imágenes de la vida de Cristo nos dan idea de la compenetración que había entre Jesús y el pueblo. Luego el pueblo le volverá la espalda, pero porque le instigarán los jefes religiosos.

Jesús siente también un gran amor por el pueblo: «le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor». Lo ama hasta derramar su Sangre por él, para reunirlos a todos, reconciliando a todos los pueblos de la humanidad, «uniéndolos en un solo cuerpo mediante la Cruz, dando muerte, en El, al odio, vino y trajo la noticia de la paz» (Ef 2, 13-18).

4. Al servicio del pueblo.

Los de izquierdas y los de derechas son como un viento impetuoso que zarandea al pueblo. En la Iglesia las diversas tendencias también juegan con el factor pueblo: el bien del pueblo, no escandalizar al pueblo, su promoción, la mayoría de edad de la comunidad…

El pueblo está entregado a Cristo, ha descubierto en El un Salvador. Pero no se aprovecha de El, lo respeta. «Se puso a enseñarles con calma» (Mc 6, 34). Cristo no provoca una revolución superficial, como hacen tantos líderes facilones. El no se busca a sí mismo, ni pretende defender su sistema, ni hacer su política casera, sino que busca el bien del pueblo; le sirve, le ayuda, lo promociona. Sabe que esta concienciación de las personas es ya un paso importante del Reino de Dios. Agradecemos a Cristo el que no hubiera sido un demagogo. La historia nos muestra que el pueblo hace revoluciones, unas de derechas y otras de izquierdas, empujada por unos pocos; acabado el esfuerzo, vuelven a reducir al pueblo a la miseria.

No es como los «malos pastores que dispersan al pueblo y dejan padecer a las ovejas» (Jer 2, 3, 1). ¡Cómo es maltratado el pueblo por la derecha y la izquierda! La actitud de Cristo es fundamental: El nos sugiere el verdadero espíritu de la transformación social. Si lo aceptáramos la Iglesia haríamos al pueblo un servicio incalculable.

 

Jesús Burgaleta

El Evangelio del pasado Domingo, nos mostraba a Jesús enviando a los discípulos, de dos en dos, para preparar la conversión, expulsar a los demonios, ungir y curar a los enfermos (cf. Mc 6,7-13). El anuncio confiado a los discípulos es el anuncio que Jesús hacía (el “Reino”); los gestos que los discípulos están invitados a hacer para anunciar el “Reino” son los mismos que Jesús hizo.

El Evangelio de este Domingo nos presenta el regreso de los enviados por Jesús. Marcos les llama, ahora, “apóstoles” (enviados): es la única vez que la palabra aparece en el Evangelio según Marcos. La misión fue bien y los “apóstoles” están entusiasmados, aunque cansados.

No hay, en el texto, ninguna indicación del lugar donde se desarrolló la escena.

Nuestro texto comienza con la narración de la vuelta de los discípulos que, entusiasmados, cuentan a Jesús la forma como se ha desarrollado la misión que les fue confiada (v. 30).

En la secuencia Jesús les invita a ir con él a un lugar solitario y descansar un poco (v. 31). Los discípulos fueron, con Jesús, a un lugar desierto (v. 32); pero las multitudes adivinaron hacia dónde se dirigían Jesús y los discípulos y llegaron primero (v. 33). Al desembarcar, Jesús vio a la gente, tuvo compasión de ellos (“porque eran como ovejas sin pastor”) y se puso a enseñarles (v. 34).

El episodio en sí es banal. Sin embargo, Marcos va a aprovecharlo para desarrollar su catequesis sobre el discipulado. La catequesis presentada por Marcos se desarrolla alrededor de los siguientes puntos:

  1. Los apóstoles son los enviados de Jesús, llamados a continuar en el mundo la misión de Jesús. Esa misión consiste en anunciar el Reino. En concreto, los apóstoles invitan a los hombres que escuchan el mensaje a que cambien de vida y acojan la propuesta que Jesús les hace. Los gestos de los discípulos (“expulsar a los demonios, ungir y curar a los enfermos”, Mc 6,13) anuncian ese mundo nuevo de hombres libres y ese proyecto de vida verdadera y plena que Dios quiere ofrecer a todos los hombres.
  2. La referencia a la necesidad de descanso de los “apóstoles” (pues ni siquiera tenían tiempo para comer), pretende ser un aviso contra el activismo exagerado, que destruye las fuerzas del cuerpo y del espíritu y lleva, tantas veces, a perder el sentido de la misión.
  3. Los “apóstoles” son invitados por Jesús a ir con él a un lugar solitario. Ya dijimos, más arriba, que no se nombra ese lugar: en realidad, lo que interesa aquí no es el lugar geográfico, pero sí que ese “descanso” debe realizarse junto a Jesús. Es al lado de Jesús, escuchándole y dialogando con él, gozando de su intimidad, como los discípulos recuperan sus fuerzas. Si los discípulos no confrontaran, frecuentemente, sus esquemas y proyectos pastorales con Jesús y su Palabra, la misión acabará fracasando.
  4. Mientras tanto, las multitudes habían seguido a Jesús y a los discípulos a pie, quiere decir, desplazándose por la orilla del Lago Tiberíades, con el barco siempre a la vista. Esta búsqueda incansable e impaciente muestra, con algún dramatismo, el ansia de vida que las personas sienten. Jesús, lleno de compasión, compara a la multitud con un rebaño sin pastor. Ellos no encuentran seguridad ni esperanza en los líderes religiosos o políticos; ni en los ritos de la religión tradicional encuentran la paz y el sentido para la vida.. Es en Jesús y en su propuesta donde las multitudes encuentran vida verdadera y plena. Seguidamente, Marcos nos narrará la escena de la multiplicación de los panes y de los peces, que sacian el hambre de cinco mil hombres.

La propuesta salvadora y liberadora de Dios para los hombres, presentada en Jesús, es ahora continuada por los discípulos.
Los discípulos de Jesús son, como Jesús fue, testigos del amor, de la bondad y de la solicitud de Dios por esos seres humanos que caminan por el mundo perdidos y sin rumbo, “como ovejas sin pastor”.

Las víctimas de la economía global, los que son situados al margen de la sociedad y de la vida, los extranjeros que buscan en otro país condiciones dignas de vida y son empujados de un sitio para otro, los enfermos que no tienen acceso a un sistema de salud eficaz, los sidosos abandonados por la familia, los niños que crecen en las calles, aquellos que la vida ha amargado y que aún no han conseguido sanar sus heridas, ¿encuentran en cada uno de nosotros, discípulos de Jesús, el amor, la bondad y la solicitud de Dios?

¿Qué hacemos con esa propuesta de vida nueva y de liberación que Jesús nos mandó testimoniar ante las “ovejas sin pastor”?

La misión de los discípulos no puede ser desligada de Jesús. Los discípulos deben, con frecuencia, reunirse alrededor de Jesús, dialogar con él, escuchar sus enseñanzas, confrontar permanentemente la predicación hecha con la propuesta de Jesús.

A veces los discípulos (verdaderamente conmovidos por la situación de las “ovejas sin pastor”), caen en un activismo descontrolado y acaban por perder las referencias; dejan de tener tiempo y disponibilidad para encontrarse con Jesús, para confrontar sus opciones y motivaciones con el proyecto de Jesús.

A veces, pasan a “vender”, como verdad liberadora, soluciones que son parciales y que generan dependencia y esclavitud (y que no vienen de Jesús); otras veces, se convierten en funcionarios eficientes, que resuelven problemas sociales puntuales, pero sin ofrecer a las “ovejas sin pastor” una liberación verdadera y global; otras, también, se cansan y abandonan la actividad y el testimonio. Jesús es quien da sentido a la misión del discípulo y quien permite al discípulo, tantas veces fatigado y desanimado, volver a descubrir el sentido de las cosas y renovar su compromiso.

La conmoción de Jesús ante las “ovejas sin pastor”, es señal de su preocupación y de su amor. Revela su sensibilidad y manifiesta su solidaridad para con todos los que sufren.
La conmoción de Jesús nos invita a que seamos sensibles a los dolores y necesidades de nuestros hermanos.

Todo hombre es nuestro hermano y tiene derecho a esperar de nosotros un gesto de bondad y acogida.
No podemos encerrarnos, cómodamente instalados, con la conciencia en paz (porque ya fuimos a misa y rezamos las oraciones que la Iglesia manda), al ver a nuestro hermano sufrir. Tiene que dolernos nuestro corazón, cuestionarnos nuestra conciencia, cuando veamos a un hombre o a una mujer (aunque sea desconocido, o sea un extranjero), siendo herido, explotado, ofendido, marginado, privado de sus derechos y de su dignidad. Un cristiano es alguien que tiene que sentir como suyos los sufrimientos del hermano.

La Carta a los Efesios es, probablemente, uno de los ejemplares de una “carta circular” enviada a varias Iglesias de Asia Menor, en un momento en el que Pablo está en prisión (¿en Roma?, ¿en Cesarea?). Su portador era un tal Tíquico. Nos encontramos alrededor de los años 58/60.

Algunos ven en esta carta una especie de síntesis de la teología paulina, en un momento en el que Pablo siente que ha terminado su misión apostólica en Asia y no sabe exactamente lo que el futuro próximo le reserva (recordemos que está, en este momento, prisionero y no sabe cómo va a terminar el cautiverio).

El tema central de la carta a los Efesios es aquello a lo que Pablo llama “el misterio”: el designio (el proyecto) salvador de Dios, definido desde toda la eternidad, escondido a los hombres durante siglos, revelado y realizado plenamente en Jesús, comunicado a los apóstoles, desplegado y dado a conocer al mundo y a la Iglesia.

El texto que se nos propone aquí, forma parte de la parte dogmática de la carta. Después de reflexionar sobre el papel protagonizado por Cristo en el proyecto de salvación que Dios tiene para los hombres (cf. Ef 12,1-10), Pablo se refiere a la reconciliación operada por Cristo, que con su donación unió a los judíos y a los paganos en un mismo Pueblo (cf. Ef 2,11-22).

Pablo se dirige a los paganos (“los que antes estabais lejos”, v. 13) y les explica que fue por la sangre de Cristo como ellos se acercaron a Dios. Antes, ellos adoraban a los ídolos y tenían convicciones religiosas; pero desconocían al verdadero Dios y su oferta de salvación; ahora, han sido admitidos a formar parte de la familia de Dios.

Además de eso, la entrega de Cristo derrumbó la tradicional barrera de enemistad que separaba a los judíos y a los paganos e hizo de todos un sólo Pueblo. Los judíos, convencidos de que eran un Pueblo aparte, despreciaban a los paganos y no querían ningún contacto con ellos; sus leyes propugnaban una rígida separación e impedían el contacto con los otros pueblos. Los paganos, a su vez, alimentaban un profundo desprecio por los judíos, por su diferencia, por su arrogancia.

Ahora, Cristo ha venido a presentar una propuesta de vida que se ofrece a todos, sin excepción. Lo que es decisivo, ahora, no es la pertenencia a un determinado Pueblo, sino la forma como se responde a la propuesta de vida que Jesús hace. Responder positivamente a la propuesta de Cristo, es pasar a formar parte de la comunidad de los santos.

La ley de Moisés, con sus prescripciones y exigencias (que, en la práctica, vedaban a los paganos la posibilidad de formar parte del Pueblo de Dios), ha sido anulada. En la nueva economía de la salvación, lo que cuenta es la disponibilidad para acoger la vida que Dios ofrece para ser Hombre Nuevo.

Nace, así, un “cuerpo” que está integrado por los más diversos miembros, pertenecientes a todos los niveles de la vida humana. Todos aquellos que acepten formar parte de la comunidad de Jesús, sin diferencias étnicas, de razas, de color de la piel, de clases sociales o culturales, pertenecen a la misma familia, a la familia de Dios. Todos, judíos y paganos, son, ahora, miembros de la comunidad trinitaria del Padre (que da la vida), del Hijo (que viene al encuentro de los hombres para comunicarles la vida del Padre) y del Espíritu (que mantiene unidos a los miembros de este “cuerpo” entre sí y con Dios).

El texto que se nos propone contiene, en el fondo, esa verdad fundamental que la liturgia recuerda todos los domingos: Dios tiene una oferta de salvación para todos los hombres, sin excepción; y esa propuesta tiene como finalidad insertarnos en la familia de Dios.

La constatación de que para Dios no hay distinciones y todos son, igualmente, hijos amados, más allá de las posibles diferencias raciales, étnicas, sociales o culturales, es algo que nos tranquiliza, que nos da serenidad, esperanza y paz. Nuestro Dios es un padre que no margina a ninguno de sus hijos; y, si tiene alguna predilección, no es por aquellos a los que el mundo admira y endiosa, sino por aquellos más débiles, por los más pequeños, por los oprimidos, por los que más sufren.

Lo que es verdaderamente importante, en la perspectiva de Dios, no es el color de la piel, ni las capacidades intelectuales, ni las cualidades humanas, ni la pertenencia a determinada institución política o religiosa, ni las contribuciones (en dinero o en obras) que se dan a la Iglesia; sino que lo que es decisivo es tener disponibilidad para acoger la vida que él ofrece y para adherirse a la propuesta del camino que presenta.

¿Estoy siempre en una permanente actitud de escucha de las propuestas de Dios, o vivo cerrado a Dios y a sus indicaciones, en un camino de orgullo y de autosuficiencia?
Para mi, ¿qué significan las propuestas de Dios? ¿Influyen en mis opciones, en mis valores, en mis actitudes?

¿La forma como yo me relaciono con las personas que encuentro en los caminos de este mundo es coherente con esa propuesta de vida que Dios me hace?

La comunidad cristiana es una familia de hermanos, que comparten la misma fe y la misma propuesta de vida. Es un “cuerpo”, formado por una gran diversidad de miembros, donde todos se sienten unidos en Cristo y entre sí en una efectiva fraternidad.

¿Nuestras comunidades (cristianas o religiosas) son, efectivamente, comunidades de hermanos que se aman, más allá de las diferencias legítimas que hay entre los miembros?
¿En nuestras comunidades todos los hermanos son acogidos y amados, o hay hermanos considerados de segunda clase, marginados y maltratados?

¿Yo, personalmente, cómo veo a esos hermanos en la fe que caminan conmigo? ¿Ante las diferencias de perspectivas, cómo reacciono: con respecto a la opinión del otro, o con intolerancia?

En el mundo de hoy el fenómeno de la globalidad nos acerca a los demás hombres que comparten con nosotros esta casa común que es el mundo y nos hace más tolerantes para con las diferencias. Con todo, subsisten muros, cimentados en las diferencias raciales, políticas, religiosas, sociales, afectivas, que impiden una total experiencia de fraternidad universal.

En nuestra vida personal y familiar y en nuestra experiencia de camino comunitario, aparecen frecuentemente muros que nos dividen, que impiden la comunicación, el encuentro, la comunión.
Nosotros, los discípulos de ese Cristo que vino a reconciliar a “judíos y a griegos” y hacer de todos “un sólo pueblo”, tenemos el deber de dar testimonio de paz y de unidad y de luchar objetivamente contra todas las barreras que separan a los hombres.

Jeremías, el profeta nacido en Anatot alrededor del año 650 antes de Cristo, ejerció su misión profética desde el 627/626, hasta después de la destrucción de Jerusalén por los babilonios (586 a. de C.). El escenario de la actividad del profeta es, en general, el reino de Judá (y, sobre todo, la ciudad de Jerusalén).

La primera fase de la predicación de Jeremías, abarca parte del reinado de Josías. Este rey, preocupado por defender la identidad política y religiosa del Pueblo de Dios, lleva a cabo una impresionante reforma religiosa, destinada a desterrar del país los cultos a los dioses extranjeros. El mensaje de Jeremías, en este período, se traduce en una constante llamada a la conversión, a la fidelidad a Yahvé y a la alianza.

Sin embargo, en el 609, Josías muere en combate contra los egipcios. Joaquín le sucede en el trono. La segunda parte de la actividad profética de Jeremías, abarca el tiempo del reinado de Joaquín (609-597).

El reinado de Joaquín es un tiempo de desgracia y de pecado para el Pueblo, y de incomprensión y sufrimiento para Jeremías. En esta fase, el profeta aparece criticando las injusticias sociales (a veces fomentadas por el propio rey) y la infidelidad religiosa (traducida, sobre todo, en la búsqueda de alianzas políticas: procurar la ayuda de los egipcios, significaba no confiar en Dios y, en contrapartida, poner la esperanza del Pueblo en los ejércitos extranjeros). Jeremías está convencido de que Judá ya había superado todas las medidas y que era inminente una invasión babilónica que castigaría los pecados del Pueblo de Dios. Eso es, fundamentalmente, lo que él anuncia a los habitantes de Jerusalén.

Las previsiones funestas de Jeremías se hacen realidad: en el 597 antes de Cristo, Nabucodonosor invade Judá, y deporta a Babilonia a una parte de la población de Jerusalén.

En el trono de Judá queda, entonces, Sedecías (597-586). La tercera fase de la misión profética de Jeremías se desarrolla, precisamente, durante este reinado.

Después de algunos años de tranquila sumisión a Babilonia, Sedecías vuelve a llevar a cabo la vieja política de alianzas con Egipto. Jeremías no está de acuerdo con que se confíe en ejércitos extranjeros sino que se ponga la confianza en Yahvé. Pero, ni el rey, ni los notables le prestan ninguna atención. Considerado un amargo “profeta de la desgracia”, Jeremías solamente consigue crear vacío a su alrededor.

En el 587, Nabucodonosor pone cerco a Jerusalén; mientras tanto, un ejército egipcio viene en socorro de Judá y los babilonios se retiran. En ese momento de euforia nacional, Jeremías aparece anunciando el comienzo del cerco y la destrucción de Jerusalén (cf. Jr 32,2- 5). Acusado de traición, el profeta es encarcelado (cf. Jer 37,11-16) e, incluso, corre peligro su vida (cf. Jr 38,11-13). Mientras Jeremías continúa predicando la rendición, Nabucodonosor se apodera de Jerusalén, destruye la ciudad y deporta a su población a Babilonia (586 antes de Cristo).

El texto que se nos propone hoy como primera lectura hace referencia a esos tiempos de desorientación nacional, en que Judá, sin líderes capaces, perdió las referencias y la esperanza en el futuro.

En el texto, Dios condena a los “pastores” de Israel porque dispersaron a las ovejas del rebaño, lo que parece aludir al exilio de Babilonia. Probablemente, este texto debe situarse entre el 597 y el 586 antes de Cristo, en el tiempo que va desde el primer exilio (tras la primera caída de Jerusalén, 597 antes de Cristo), al segundo exilio (después de la segunda toma de Jerusalén por los babilonios, 586).

La utilización de la imagen del “pastor” para hablar de los líderes de la nación, es bastante frecuente en el Antiguo Testamento. Aunque la imagen adquirió una fuerza especial con la figura de David, el pastor que Yahvé ungió y transformó en rey, encargándole de cuidar del rebaño del Pueblo de Dios.

Nuestro texto comienza con una breve exposición de la culpa: los “pastores” de Judá perderán, dispersarán, ahuyentarán a las ovejas del Señor, al no cuidar de ellas (vv. 1-2a). Cada uno de los verbos utilizados hace referencia a los hechos concretos (muy recientes) de la historia de Judá.

El aventurismo, los intereses personales, las jugadas políticas, la inconsciencia de los líderes trajeron consecuencias funestas para el Pueblo, al “rebaño” de Dios. Los líderes de Judá no intentarán servir al Pueblo, sino que se servirán del Pueblo para conseguir sus objetivos personales. Pero, el “rebaño” no es propiedad de los “pastores” sino del Señor. Dios les llamó para una misión concreta, les encargó cuidar de su “rebaño” y ellos, después de haber aceptado el compromiso, fallaron totalmente.

Después de la culpa, viene la sentencia: Dios va a “ocuparse” de los malos pastores: va a castigarles, a pedirles cuentas de sus malas acciones (v. 2b). Dios no está dispuesto a tolerar abusos de confianza, ni puede pactar con los líderes que han explotado al “rebaño” en beneficio propio. En la perspectiva de Dios, se trata de algo intolerable y que no puede ignorarse.

Pero la intervención de Dios no se limita a pedir cuentas a los malos líderes. El propio Yahvé va a intervenir, en el sentido de salvar a su “rebaño”. La intervención de Dios se justifica por el hecho de tratarse del “rebaño” del Señor y de que él tiene responsabilidades con sus ovejas.

La intervención de Dios va a desarrollarse en tres tiempos, o momentos.

El primero, es la repatriación de los exiliados: las ovejas serán devueltas “a sus parajes para que crezcan y se multipliquen” (v. 3). Para esta tarea, Dios no cuenta con intermediarios: él mismo va a liderar el proceso de liberación y de regreso de los exiliados a la tierra.

El segundo momento de la intervención de Dios consiste en la elección de “pastores” ejemplares (v. 4). La misión de esos “pastores” será, simplemente, “apacentar”. Eso implica, naturalmente, el cuidado, la solicitud, el amor, la ternura por el rebaño… Esos pastores estarán, desde luego, al servicio del rebaño y no utilizarán al rebaño para llevar a cabo sus intereses personales. Las “ovejas” aprenderán a confiar en ese “pastor” que las ama y no tendrán ya más “miedo ni sobresalto”.

El tercer momento de la intervención de Dios se proyecta hacia un futuro sin fecha fija. Promete la llegada de un “vástago justo” de la dinastía de David (v. 5). La imagen sacada del reino vegetal (“vástago”), sugiere fecundidad y vida en abundancia, porque él dará vida en abundancia al rebaño de Yahvé. Él asegurará “el derecho y la justicia” y traerá la salvación y la seguridad al Pueblo de Dios. El nombre de ese rey será “El-Señor-nuestra-justicia” (v. 6), pues es Dios quien lo legitima y su misión será administrar la justicia que Dios quiere. Garantizando la justicia, ese “pastor” traerá armonía, paz y tranquilidad, salvación, vida verdadera al Pueblo de Dios. Esta promesa con contornos mesiánicos, pretende anular la frustración y la desesperanza e inaugurar un tiempo de esperanza para el Pueblo de Dios.

Antes de nada, nuestro texto muestra la preocupación de Dios por la vida y la felicidad de su Pueblo. En los momentos difíciles de nuestra historia (colectiva o personal) nos sentimos, muchas veces huérfanos, perdidos y abandonados a merced de los vientos y de las mareas. Las catástrofes que afectan al mundo, los conflictos que dividen a los pueblos, la miseria que toca la vida de tantos de nuestros hermanos, los peligros de los fundamentalismos, los cambios vertiginosos que el mundo sufre todos los días, la pérdida de los valores en los que creíamos, las nuevas y viejas enfermedades, las crisis personales, los problemas laborales, las dificultades familiares nos despiertan la conciencia de nuestra pequeñez e impotencia frente a los grandes desafíos que el mundo de hoy nos presenta. Nos sentimos, entonces, “ovejas” sin rumbo y sinsentido, abandonadas a nuestra suerte. A veces, en nuestra desesperación, apostamos por “pastores” humanos que, en lugar de conducirnos hacia la vida y hacia la felicidad, nos utilizan para satisfacer sus ansias de protagonismo y para realizar sus proyectos egoístas.

La Palabra de Dios, que se nos propone en este domingo, nos asegura que Dios es el “Pastor” que se preocupa de nosotros, que está atento a cada una de sus “ovejas”; él cuida de nuestras necesidades y está permanentemente dispuesto a intervenir en nuestra historia para conducirnos por caminos seguros y para ofrecernos la vida y la paz. En él tenemos que apostar, en él tenemos que confiar. Esta constatación debe ser, para todos los creyentes, una fuente de alegría, de esperanza, de serenidad y de paz.

La amenazas contra los malos pastores presentadas en este texto de Jeremías tal vez nos lleven a pensar en los líderes del mundo, en nuestros gobernantes y, tal vez también, en los líderes de la Iglesia. En verdad, nuestra historia reciente está llena de situaciones en las que las personas encargadas de cuidar de la comunidad humana, han utilizado al “rebaño” en beneficio propio y han herido, torturado, robado, asesinado, privado de la vida y de la felicidad a esas personas que Dios les confió.

De cualquier forma, este texto nos afecta a todos, pues todos somos, de alguna forma, responsables de los hermanos que caminan con nosotros. Nos invita a reflexionar sobre la forma como tratamos a los hermanos, en la familia, en la Iglesia, en el trabajo, en cualquier lado. Nos recuerda que los hermanos que caminan con nosotros no están al servicio de nuestros intereses personales y que nuestra función es ayudar a todos a encontrar la vida y la felicidad.

Nuestro texto hace referencia a “un rey” que Dios va a enviar al encuentro de su Pueblo y que gobernará con sabiduría y justicia. Jesús es la concreción de esta propuesta. Él vino a proponer al “rebaño” de Dios la vida plena y verdadera.
¿Cómo acogemos nosotros, las “ovejas” a quien se destina la propuesta de salvación que Dios nos hace en Jesús, lo que él nos vino a decir?

¿Las propuestas de Jesús encuentran eco en nuestra vida? ¿Estamos siempre dispuestos a acoger las indicaciones y los valores que él nos presenta?

El culto vacío y el culto que Dios quiere

Durante la vida del profeta Isaías el pueblo de Dios estaba amenazado por una potencia extranjera: Asiria. El pueblo vivía una época de prosperidad, el Templo mantenía su culto, sin embargo, su corazón estaba lejos de Dios, por sus alianzas con la potencia extranjera y la vaciedad de su culto, que no nacía del amor, sino de la costumbre. Isaías denuncia semejante situación y dice que Dios se siente traicionado por la infidelidad de su Pueblo, que siente celos y que ritos y leyes le tienen harto: Estoy harto de holocaustos de carneros… ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos… Novilunios, sábados… no los aguanto. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto…. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. 

Lo que Dios quiere es fidelidad: una fe que se traduzca, sobre todo, en justicia y compasión hacia los más desfavorecidos de la sociedad: Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda.

Las palabras poéticas del salmo resuenan como una queja de Dios ante la tesitura de un pueblo que cree estar en alianza con él, pero que en realidad no escucha su mandato: al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios. Y seguir el buen camino no es hacer ritos y ritos sino ejercer el derecho y la justicia.

Con Jesús todo esto nos queda mucho más claro. Él fue el gran ejemplo de la fidelidad que Dios Padre espera de su Pueblo. Como otros profetas, Jesús no aceptó tampoco la religiosidad ritualista y legalista. Jesús impulsaba a todos a establecer relaciones auténticas con Dios, que implicaban la bondad, la misericordia y la justicia para con los hermanos.

Jesús nos enseñó a mirar la realidad con los ojos y la inteligencia de la profundidad; “puso en crisis” nuestras relaciones, nuestro sistema de valores –especialmente los religiosos-: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre…; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa… el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará… El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado… El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»

Con estas palabras, que Mateo pone en boca de Jesús, nos enseña el Maestro el arte de la fidelidad, de la fe comprometida con una nueva Alianza y un nuevo orden cosas. Jesús nos hace ver que la fidelidad trae conflictos, situaciones de encrucijada en que hemos de elegir y comprometernos.

Hay, pues, una pregunta que en este día nos acompañará: ¿Soy fiel a la Alianza de Dios con nosotros? ¿Soy partícipe de una ritualidad vacía, descomprometida? ¿Son la compasión, la misericordia, las decisiones radicales, la misericordia sin medida, las características de mi fe? Pidámosle al Espíritu que anime nuestra fidelidad y la vuelva expresiva en el compromiso por una transformación de las relaciones entre nosotros y entre nosotros y Dios.

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