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Fiel a su estilo didáctico y catequético, Mateo repite el mismo esquema en los tres anuncios de la pasión, muerte y resurrección, realizados por Jesús en el camino hacia Jerusalén: anuncio – reacción de los discípulos – enseñanza sobre el seguimiento. Así sucede con el tercero y último, del que en esta esta se proclama solamente la reacción de los discípulos y la enseñanza de Jesús. Es un momento importante porque se encuentra ya en la última etapa del camino, muy cercanos a la ciudad, meta de su destino.

Si tuviéramos que resumir en una frase la reacción de los discípulos, ésta podría ser: ¡No se enteran de nada! En este caso, la incomprensión de las palabras del Maestro se refleja en la petición que realiza la madre de los Zebedeos (en nombre de sus hijos) y en la posterior indignación del resto con respecto a los dos hermanos. El hecho de que aquí sea la madre de Santiago y Juan la que pide los mejores puestos para ellos cuando se instaure el Reino de Dios (en Marcos son ellos los que tienen esta pretensión), probablemente se debe a que el evangelista quiso atenuar la visión negativa que sobre ellos se podría tener al presentar, una vez más, su incomprensión ante las palabras de Jesús.

La reacción de los discípulos (tanto de los Zebedeos y su madre, como del grupo) corresponde al anuncio de la resurrección, más que a la perspectiva de la pasión y muerte. Ante la cercanía del triunfo definitivo y la visión del Reinado de Dios, los dos hermanos quieren posicionarse y conseguir los mejores puestos junto a él. Una petición muy normal, aunque dirá Jesús que equivocada, teniendo en cuenta que ellos forman parte del grupo más íntimo (junto con Pedro). El enojo con que reacciona el resto responde a la misma pretensión: también ellos quieren un buen lugar en el futuro glorioso que les aguarda.

Sin embargo, Jesús les devuelve, una vez más, a la realidad: el camino de la resurrección pasa por la pasión y la cruz. «Beber la copa de amargura que Jesús ha de beber» recuerda a los discípulos que el sufrimiento forma parte del seguimiento, que su destino es el que ellos tendrán que asumir. «Beber la copa de amargura» es entrar en comunión con la entrega de la vida, en obediencia a la voluntad del Padre. Aunque ellos se muestran dispuestos a «beber esta copa de amargura», el puesto a la derecha o a la izquierda está reservado a quienes el Padre se lo quiera conceder.

Señor, te damos gracias por la fe que trajiste a nuestras tierras. Que esa misma fe, por intercesión de Santiago, se mantenga y se renueve al hilo de los signos de los tiempos y nos dé frutos de solidaridad y fraternidad para todos los que vivimos en ellas.

La enseñanza recupera instrucciones que los discípulos ya han recibido anteriormente: los mejores puestos, el servicio, dar la vida… Aquí se utiliza un doble paralelismo para manifestar el contraste entre lo que debe caracterizar a la comunidad de los discípulos, frente a lo que es habitual en el mundo: los jefes someten – los primeros han de ser esclavos; los grandes ejercen su autoridad – los grandes deben ser siervos. Una vez más, descubrimos la inversión de valores propia del Reino de Dios: los primeros son últimos; los últimos, primeros.

El modelo que han de seguir es del «Hijo del hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (= muchos, con sentido de totalidad). La actitud esencial de la vida de Jesús es obedecer la voluntad del Padre, como siervo que entrega su vida para dar vida. Y éste es el camino de los discípulos; una enseñanza vital que cuesta mucho entender, pero que es la dinámica del Reino.

Óscar de la Fuente de la Fuente

La liturgia de la festividad del apóstol Santiago nos propone como segunda lectura este pasaje de la segunda carta a los Corintios. En la «correspondencia corintia», una de las preocupaciones de Pablo es la de justificar la legitimidad de su apostolado, frente a las duras críticas que, al parecer, habían proliferado en aquella comunidad. Tal es el contexto inmediato del texto que escuchamos hoy. Así, poco antes, Pablo afirmaba con toda claridad que «no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús» (versículo 5).

Este apostolado no es una empresa puramente humana, sino que tiene su origen en Dios. Pablo lo expresa con célebre metáfora: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros». El tesoro (el anuncio de Jesucristo) brilla a través del barro de la fragilidad, de las inevitables limitaciones de los seres humanos concretos escogidos por Dios para el apostolado.

En los siguientes versículos continúa describiendo, a través de una serie de antítesis (con vocabulario procedente en parte de la lucha atlética), los sufrimientos inherentes al ministerio apostólico: «Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados». Y concluye: «Llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».

La identificación bautismal con Cristo muerto y resucitado, de la que Pablo había hablado en el capítulo 6, caracteriza, pues, no solo la vida del discípulo, sino también la actividad del apóstol: «Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros».

Esta dialéctica de muerte y vida, con la carga de sufrimiento que inevitablemente conlleva, no quita al apóstol libertad para anunciar el mensaje recibido, sino todo lo contrario. Apoyándose en Sal 116,10 (citado según la Septuaginta, como es habitual en él), Pablo a rma con claridad la parresía de la que debe hacer gala quien ha recibido la misión de anunciar a Cristo: «Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos». Todo ello desde la con anza en Dios («sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús») y teniendo como horizonte último el servicio evangelizador: «Pues todo es para vuestro bien, afín de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios».

Humildad, identificación con el Cristo sufriente, libertad de espíritu, servicio… son, hoy como ayer, las marcas del verdadero apóstol, ya se trate de Pablo, Santiago el Mayor o cualquiera que ejerza con autenticidad esta misión en nombre de Jesús.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

La selección de versículos de la lectura de hoy presenta un cosido que busca presentar una síntesis del seguidor de Jesucristo que fue Santiago, el hijo de Zebedeo. Como vimos en las lecturas de los domingos del tiempo pascual, para el libro de Hch el “testimonio” es una categoría estructurante, tanto literariamente (la obra está organizada en tres partes: testimonio en Jerusalén; testimonio en Judea y Samaría, y testimonio hasta los confines de la tierra), como teológicamente (la vida de las personas individuales y la vida de las comunidades son testimonio ad intra y ad extra de la acción del Espíritu Santo). Aunque hoy nos jamos en el testimonio de una persona concreta, Santiago, sigue siendo una llamada al testimonio comunitario: la comunidad que sostiene con su vida y suscita personas que dan testimonio creíble de Jesús. En medio de nuestros tiempos de individualismo cultural podríamos parafrasear la expresión de Rahner, el testimonio cristiano del siglo XXI o es testimonio comunitario o no será. Nuestras comunidades deben hacer posible que surjan personalidades recias capaces de llegar hasta ser vidas martiriales.

La lectura de hoy parte de esta constatación «los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios». La valentía, la osadía de creer en el evangelio no puede disociarse del atrevimiento de un testimonio con acciones simbólicas que conllevan un cuestionamiento. También en nuestros días hay causas que requieren la audacia del testimonio que se manifiesta como denuncia ante el incumplimiento de tratados políticos que atentan contra la comunidad (y por comunidad podemos entender “cohesión social”, sea nacional sea internacional), como es ejemplo el incumplimiento de acuerdos con respecto a las personas refugiadas.

Ni Jesús ni sus discípulos se oponen por principio a las autoridades legítimas, pero su delidad está en otra parte, aunque les complique la vida. Su obediencia es a Dios. Será ese testimonio el que genere la oposición de las autoridades que acabaron con Santiago, como acabaron con la vida de Jesús. El Sanedrín y el sumo sacerdote se sienten incómodos ante el testimonio de los cristianos: «queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre». Aquellos primeros cristianos tenían claro: hay que obedecer primero a Dios, hay que ser honestos con la verdad, con la realidad, aunque ello lleve a plantar cara a las culturas de muerte y mentira. Hay que obedecer a ese Dios «que resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis», obedecer a ese Dios que pone vida donde el hombre siembra muerte.

En último término, el testimonio por el Espíritu puede llevar a la oposición al mal hasta el punto extremo de la muerte violenta, el martirio. En este caso, Santiago ejecutado por Herodes Agripa I (ca. 42 d.C.).

Santiago, del que no se había hablado todavía en el libro de Hch, excepto en la lista general de Hch 1,13, pudo ser un predicador especialmente activo señalándose como representativo en la comunidad de Jerusalén. Y vuelve a establecerse el paralelismo Jesús y sus apóstoles. Jesús encontró la oposición de las fuerzas religiosas y fue ejecutado por las fuerzas políticas; los apóstoles, al ser fieles a Jesús y su evangelio, encuentran similar oposición y sufren su mismo destino. La memoria de Santiago nos acerca hoy a aquellas comunidades cristianas en situaciones de clara persecución que viven testimonio valiente y, en algunos casos, sufren martirio de muerte.

José Javier Pardo Izal, S.J.

La Palabra es la gota fresca de cada día. Un riego “gota a gota” acaba por convertir nuestros desiertos en vergeles.

Los letrados y fariseos que aparecen en el evangelio de hoy han inventado una frase que resiste las modas: Maestro, queremos ver un milagro tuyo. Primero reconocemos que Dios ha creado este mundo como es, con sus leyes, sus agujeros, su relativa incertidumbre. Luego le pedimos a su Hijo que vaya resolviendo sus paradojas a base de hechos espectaculares.

Lo que los fariseos piden a Jesús es exactamente lo que el diablo le pide en el relato de las tentaciones: ser un mesías espectacular, deslumbrante, hacer todo aquello que es del agrado de los millones de “fans” que esperamos demostraciones palpables de su poder.

Esta tentación es de Jesús y de todos sus seguidores. La respuesta es desconcertante: (A esta generación) no se le dará más signo que el del profeta Jonás. El “signo” es un Mesías escondido durante tres días en el seno de la tierra/ballena. El signo es, una vez más, el misterio de la Pascua: dejarse “derrotar” por la muerte para hacerla estallar desde dentro.

Es llamativa también la insistencia en el hay uno que es más. Jesús es más que Jonás (profeta) y es más que Salomón (rey). Este es más señala su carácter definitivo. En él se cumple toda profecía y se realiza todo reinado. No tenemos que esperar a nadie más.

Hoy es 24 de julio, lunes de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Señor, aquí vengo, con el deseo de escuchar tus palabras. Palabras que no me dejan caer en la tibieza, que no me dejan caer en la mediocridad. Enséñame a no mirar para otro lado. Ayudame a reconocerte como el Señor de mi vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 12, 38-42):

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un signo tuyo.»

Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Los escribas y fariseos piden un signo a Jesús. No creen en él. No creen en sus palabras. Quieren milagros y aún cuando los tienen delante, no son capaces de reconocer que Jesús viene de Dios. ¿Me pasa a mí algo parecido? A veces pido señales para creer en ti. Te pido pruebas y no soy capaz de reconocerte en lo que ya me has dado.

La señal que das es tu muerte y resurrección. Si los fariseos buscaban algo espectacular, o sensacionalista, no lo van a encontrar. Tu respuesta, Jesús, es seguir adelante hasta la cruz y fiarte del Padre. Que el que quiera seguirte que cargue con su cruz y te siga en ese descenso, por pura confianza en ti.

Y terminas poniendo como ejemplo a paganos que creyeron en Dios. A los hombres de Nínive, a la reina del sur. Gente que reconoció la novedad de Dios en cuanto se la mostraron. A veces, en la iglesia, corremos el riesgo de domesticar esa novedad, de hacer callo frente a ella. Y todo nos resbala como una vieja historia oída mil veces. Ayúdanos, Señor, a reescubrir la novedad.

Vuelvo a leer el texto y dejo que las palabras de Jesús me interpelen. Me reconozco como uno de tantos de su época. Necesito signos para creer. Me cuesta confiar en él y en su palabra desnuda.

Señor Jesús, me pongo, en verdad, delante de ti. Yo también pido señales para creer. Yo también dudo cuando parece que callas. Y dudo cuando parece que no te haces presente en este mundo. Ayúdame a reconocerte en las mil señales y milagros que hay en mi vida. Ayúdame a reconocerte como el que muere y resucita. Ayúdame, Señor.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,


<

p style=”text-align:justify;”>que estás en el cielo,


<

p style=”text-align:justify;”>santificado sea tu Nombre;


<

p style=”text-align:justify;”>venga a nosotros tu reino;


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p style=”text-align:justify;”>hágase tu voluntad


en la tierra como en el cielo.

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p style=”text-align:justify;”>Danos hoy nuestro pan de cada día;


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p style=”text-align:justify;”>perdona nuestras ofensas,


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p style=”text-align:justify;”>como también nosotros perdonamos


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p style=”text-align:justify;”>a los que nos ofenden;


<

p style=”text-align:justify;”>no nos dejes caer en la tentación,


y líbranos del mal.

Amén.           

Hoy es 23 de julio, lunes de la XVI semana de Tiempo Ordinario.

Señor, aquí vengo, con el deseo de escuchar tus palabras. Palabras que no me dejan caer en la tibieza, que no me dejan caer en la mediocridad. Enséñame a no mirar para otro lado. Ayudame a reconocerte como el Señor de mi vida.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 12, 38-42):

En aquel tiempo, algunos de los escribas y fariseos dijeron a Jesús: «Maestro, queremos ver un signo tuyo.»

Él les contestó: «Esta generación perversa y adúltera exige un signo; pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo; pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra. Cuando juzguen a esta generación, los hombres de Nínive se alzarán y harán que la condenen, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás. Cuando juzguen a esta generación, la reina del Sur se levantará y hará que la condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra, para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón.»

Los escribas y fariseos piden un signo a Jesús. No creen en él. No creen en sus palabras. Quieren milagros y aún cuando los tienen delante, no son capaces de reconocer que Jesús viene de Dios. ¿Me pasa a mí algo parecido? A veces pido señales para creer en ti. Te pido pruebas y no soy capaz de reconocerte en lo que ya me has dado.

La señal que das es tu muerte y resurrección. Si los fariseos buscaban algo espectacular, o sensacionalista, no lo van a encontrar. Tu respuesta, Jesús, es seguir adelante hasta la cruz y fiarte del Padre. Que el que quiera seguirte que cargue con su cruz y te siga en ese descenso, por pura confianza en ti.

Y terminas poniendo como ejemplo a paganos que creyeron en Dios. A los hombres de Nínive, a la reina del sur. Gente que reconoció la novedad de Dios en cuanto se la mostraron. A veces, en la iglesia, corremos el riesgo de domesticar esa novedad, de hacer callo frente a ella. Y todo nos resbala como una vieja historia oída mil veces. Ayúdanos, Señor, a reescubrir la novedad.

Vuelvo a leer el texto y dejo que las palabras de Jesús me interpelen. Me reconozco como uno de tantos de su época. Necesito signos para creer. Me cuesta confiar en él y en su palabra desnuda.

Señor Jesús, me pongo, en verdad, delante de ti. Yo también pido señales para creer. Yo también dudo cuando parece que callas. Y dudo cuando parece que no te haces presente en este mundo. Ayúdame a reconocerte en las mil señales y milagros que hay en mi vida. Ayúdame a reconocerte como el que muere y resucita. Ayúdame, Señor.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.           

Liturgia 24 de julio

SAN FRANCISCO SOLANO, presbítero, memoria libre

Antífona de entrada     Sal. 17, 50; 21, 23
Te alabaré entre las naciones, Señor,
y anunciaré tu Nombre a mis hermanos.

Oración colecta
Señor Dios, que por medio del presbítero san Francisco Solano
llevaste a muchos pueblos de América al seno de tu Iglesia
por sus méritos e intercesión míranos con bondad
y atrae hacia ti a los pueblos que todavía no te reconocen.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Dios todopoderoso,
acepta nuestra ofrenda en la fiesta de san Francisco Solano,
y concédenos expresar en la vida
el misterio de la pasión de tu Hijo que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Ez 34, 15
Apacentaré a mis ovejas
y las llevaré a descansar, dice el Señor.

Oración después de la comunión
Señor y Padre nuestro, por el misterio que celebramos
confirma a tus servidores en aquella fe verdadera
que san Francisco Solano difundió incansablemente
hasta el fin de su vida,
y concédenos profesarla siempre de palabra y de obra.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

San Francisco Solano

Nació en Montilla, España, en 1549. Todavía adolescente, ingresó en la Orden de los frailes Menores.

Ordenado presbítero, se destacó por su predicación, con la que ganó muchas almas para Cristo, especialmente en tiempos de la peste que asolaba Andalucía, en España.

Movido por el celo apostólico pidió ser enviado a la misión de África, pero fue enviado a la misión de América, en las regiones del Tucumán. Instruido en la lengua de los indígenas y brillando por su caridad, convirtió a muchos a la fe cristiana.

Después de catorce años fue destinado a Lima, donde falleció en 1610. Fue beatificado por Clemente X y canonizado por Benedicto XIII. 

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