Renacer a la esperanza

1.- “Israelitas, ¿de qué os admiráis?” (Hch 3, 12) Había motivo más que suficiente para llenarnos de admiración ante el prodigio que narra esta perícopa. Aquel hombre, postrado en la puerta Hermosa, como pobre mendigo que pedía en una de las entradas del Templo, llevaba inválido años y años. Y de pronto se le veía ágil, andando gozoso por entre la gente. Sí, se trataba de un hecho admirable para todos. Pero Pedro quiere dejar bien claro que no ha sido él, por su propio poder, el que ha curado a aquel enfermo. Deja constancia de que, en realidad, el milagro se ha verificado por el poder de Cristo, ese mismo que ellos habían entregado a Pilato y le habían acosado, hasta conseguir la pena de crucifixión para él.

San Pedro es claro y valiente en sus palabras, les acusa de que han rechazado al Santo, al Justo de Dios. “Matasteis al autor de la vida, -les dice-, pero Dios le resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos”. Esto era lo que realmente importaba, esa es la razón en definitiva de que haya curado al paralítico. Así mostraba con la evidencia de las obras que, en efecto, Jesús de Nazaret, en cuyo nombre se ha realizado la curación había vuelto a la vida, glorioso y vencedor de la muerte, glorificado para siempre por el Dios de nuestros padres.

“Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados” (Hch 3, 19) La acusación de Pedro es clara y directa, pero al mismo tiempo está suavizada con la excusa real, a favor de los judíos, de que hicieron aquello por ignorancia. Y no sólo ellos, sino también las autoridades del pueblo. El primero de los Apóstoles adopta la misma postura de su Maestro en la cruz, desde donde, en medio de sus dolores y sufrimientos, clamaba al Padre y pedía perdón para quienes se burlaban de él y le crucificaban sin saber que era el Hijo de Dios y Salvador del mundo. Esa actitud de comprensión y benevolencia es, por otra parte, un estímulo y una exigencia para que también nosotros nos esforcemos por comprender y perdonar siempre.

Después de esta comprensión para sus oyentes, Pedro da el paso definitivo, mediante el cual les exhorta a la conversión y al arrepentimiento, para que así se borren sus pecados. Es decir, no basta con reconocer las propias culpas, ni siquiera basta con llorarlas, ni tampoco es suficiente decir me arrepiento. Es necesario, imprescindible, convertirse, es decir, cambiar de conducta. Rectificar, en definitiva. Son palabras que nos alcanzan a cada uno de nosotros, pues también nosotros, de alguna forma, hemos tenido parte en la crucifixión del Señor que, al fin y al cabo, murió por nuestros pecados.

2.- “Ten piedad de mí y escucha mi oración” (Sal 4, 2) “Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío: Tú que en el aprieto me diste anchura, ten piedad de mí y escucha mi oración…”. La súplica del salmista refleja hoy su gran confianza en el Señor, su inquebrantable esperanza en el poder divino. Por eso recurre a él en los momentos de dificultad, en los instantes en que todo parece hundirse… Pero no olvidemos que esas palabras fueron inspiradas por Dios para que también nosotros las hiciéramos nuestras, para que las repitiéramos en nuestras dificultades con idéntica confianza, con la misma esperanza contra toda esperanza. Al fin y al cabo, Dios es el mismo de entonces; porque aunque quien pide es otro, quien recibe la petición es el mismo.

Y que no nos desaliente nuestra propia miseria, que no nos retraiga nuestra pequeñez. Tengamos en cuenta que Dios escucha al hombre, a la pobre criatura que recurre a él, no porque ésta tenga derecho alguno a ser atendida, sino que el Señor complace la petición porque es misericordioso y bueno. Es su amor sin límites lo que le inclina hacia nosotros y, en definitiva, mueve su corazón y su brazo.

“Tú sólo, Señor, me haces vivir tranquilo” (Sal 4, 9) Sí, Dios mío, tú sólo me sostienes. Si me apoyo en los demás siempre me siento inseguro, siempre me queda el temor de que me fallen. Quizá porque uno mismo se ve tan frágil, desconfía de la aparente fortaleza de los demás. Lo cierto es que Dios mismo maldice al que confía en el hombre.

Y si me apoyo en mí mismo, entonces sí que me tambaleo. Por mucho que uno haga por estar en pie, por sentirse firme y libre de todo peligro, hay algo que siempre nos amenaza, algo que nos muestra la debilidad esencial de la pobre naturaleza humana caída.

Por todo eso, Señor, sólo tú me haces vivir tranquilo. Sólo tú me sostienes en el camino, tan duro a veces, con una fe y una fidelidad inquebrantables a tu llamada de exigencias y de amores divinos… Concédenos la luz suficiente para comprenderlo, para aceptarlo y convencernos de una vez. Y que esta convicción en tu poder y en tu amor nos dé la paz, el gozo de vivir, sufrir o reír, por ti y para ti.

3.- “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis” (1 Jn 2, 1) Al fin y al cabo, todo cuanto se escribe en nombre de Dios es para exhortarnos a no pecar, para ayudarnos en nuestra lucha diaria por ser mejores, para que no olvidemos que la suprema desgracia es la de ofender a Dios. Y cuánto se ha escrito sobre esto, y cuánto se sigue escribiendo. Predicar oportuna o inoportunamente, una y otra vez, desde un ángulo y desde otro; con la ilusión de ser atendido y sembrar así la alegría en el corazón triste de los hombres, o quizás con la sensación de que muchas veces es una semilla que se pierde, como unos granos que nunca echarán raíces, o unas palabras que no hallarán resonancia alguna.

De todos modos, la siembra ha de continuar. Porque de todas formas, siempre habrá, hay ciertamente, un rincón, un rescoldo de buena tierra que recoge la simiente y da fruto, el maravilloso fruto del verdadero amor, el que no muere nunca, el fruto de la vida sin muerte… Sí, vale la pena sembrar siempre, seguir caminando por la tierra con el zurrón generosamente abierto, la mano llena de buena semilla, la de Cristo, la del amor, la de la justicia, la de la paz; y desparramarla al viento, sembrar a fondo perdido, llenos de ilusión y de esperanza.

“Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo ” (1 Jn 2, 2) Una exhortación continua a no pecar, un deseo siempre encendido que pide con tenacidad el fiel cumplimiento de la voluntad divina, con la convicción plena de que sólo amando a Dios y a los hombres por él, crecerá la felicidad y el gozo en este nuestro valle de lágrimas.

Pero esa exhortación a no pecar llega aún más lejos. Es una llamada de Dios que busca nuestro interés y nada más. Por eso es una llamada llena de comprensión, una llamada que hace brotar la esperanza. Así, pues, San Juan nos sigue diciendo que si alguno peca que no se desanime, que no se deje vencer por la tristeza y la desesperanza, que se levante de nuevo, que camine otra vez hacia la casa del Padre, persuadido de que ese buen Padre está esperando nuestro retorno con los brazos abiertos, dispuesto siempre al perdón, y a empezar de nuevo.

Y es que, ante el Padre y muy cerca de él, tenemos a Jesús que, con los brazos en cruz, es nuestro abogado, el perfecto Mediador que siempre consigue el perdón del pecador, aun del más grande que podamos imaginar. Sólo es necesaria una cosa para obtener el perdón: pedirlo.

4.- “Mientras hablaban se presentó Jesús en medio…” (Lc 24, 36) Los acontecimientos postpascuales son el tema de la conversación de los apóstoles y discípulos en aquellos días. Ahora es el relato de los de Emaús lo que les ocupa y sorprende, lo que les alegra y al mismo tiempo les hace titubear. La Resurrección de Jesús era algo tan grande que no les cabía en la cabeza, tan inaudito y tan fuera de lo común que les desconcierta y los conmueve profundamente. “Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros”. Ellos reaccionaron llenándose de temor, con el miedo de quien cree ver un fantasma. Lo habían visto colgado de la Cruz, exánime y desangrado, con la palidez cérea de la muerte. Y ahora lo contemplan sonriente, lleno de vida y de vigor, con su atractivo personal de siempre, con aquella mirada luminosa y penetrante que acariciaba y exigía al mismo tiempo. Tan formidable les parecía, que pensaban que no podía ser verdad tanta dicha.

Jesús les comprende y de nuevo les perdona su dureza de corazón para creerle. Se pliega a sus desconfianzas y recurre a todos los medios posibles para disipar sus dudas y miedos. “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo”. Qué más necesitaban para creer en Jesús Resucitado cuando podían hasta tocarlo, poner como Tomás las manos en sus llagas gloriosas. Sin embargo, no terminaban de convencerse, “no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos”. Era demasiado bello todo como para que no fuera más que un sueño…

El Señor sigue insistiendo con paciencia y habilidad: “¿Tenéis algo que comer? –les pregunta–. Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”. Para acabar de persuadirles les explica que lo que estaban viendo fue ya predicho por Moisés y por los profetas. “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. A partir de entonces la luz de la Pascua, en efecto, se extendió hasta los últimos rincones de la tierra, llevando a todos los hombres la paz y el gozo de la más firme esperanza.

Ojalá que el recuerdo vivo de todo esto disipe de una vez nuestras dudas y temores, ojalá creamos firmemente en el triunfo grandioso y definitivo de Cristo, y nada ni nadie nos arranque la paz ni el sosiego, ni la esperanza ni la alegría. Que seamos portadores y transmisores eficaces de la gran noticia, la Buena Nueva, que trae a los hombres la salvación temporal y la eterna.

Antonio García Moreno

Compañero de camino

 

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del «fanático», que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición. La suya es una fe cerrada donde falta acogida y escucha del Misterio, y donde sobra arrogancia. Esta fe no libera de la rigidez mental ni ayuda a crecer, pues no se alimenta del verdadero Dios.

Está también la posición del «escéptico», que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más.

Está además la postura del «indiferente», que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Solo le interesa lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?

Está también el que se siente «propietario de la fe», como si esta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta.

Está además la «fe infantil» de quienes no creen en Dios, sino en aquellos que hablan de él. Nunca han tenido la experiencia de dialogar sinceramente con Dios, de buscar su rostro o de abandonarse a su misterio. Les basta con creer en la jerarquía o confiar en «los que saben de esas cosas». Su fe no es experiencia personal. Hablan de Dios «de oídas».

En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Solo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.

Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino». Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Jesús como «compañero de camino».

 

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado II de Pascua

“Es Él, no temamos”. Así nos habla el evangelio de hoy y tantas otras veces que se pone esta petición en labios de Jesús: “soy Yo, no tengáis miedo”. Vivir en medio de tormentas y con más noche que día es algo por lo que todos pasamos. Forma parte de la vida. Los discípulos de Jesús lo vivieron con Él en persona: ir en una pequeña barca por la noche, que el lago se encrespe y se ponga a soplar el viento fuerte, no es una situación agradable. Los discípulos sintieron miedo; supongo que se sintieron solos, desprotegidos. Porque Jesús no estaba.

Tanto miedo tenían que no le reconocieron cuando se acercó y, ciertamente, ¿quién no lo haría si ve acercarse una figura humana caminando sobre el lago?

Cada uno sabemos de nuestros propios miedos. Las primeras comunidades enseguida lo experimentaron también: los griegos se incomodaban por unas cosas, los de origen hebreo por otras… Estaban empezando y ya se generaban tensiones. La respuesta fue establecer una nueva estructura o al menos fue una decisión que dio lugar a un nuevo estamento, el de los diáconos. Quizá las cosas serían distintas si hubieran entrado a dialogar el problema de fondo, el malestar entre los de un lado y los de otro, en lugar de establecer nuevas normas. O quizá las cosas hubieran sido muy distintas si no se les hubiera ocurrido separar el servicio por un lado y la oración y el servicio a la Palabra, por otro. ¡Quién sabe!

En todo caso, en cada momento, reaccionamos a los peligros, inseguridades y temores, como mejor podemos hacerlo en ese momento. A veces nos equivocaremos, otras no tanto. Lo importante será que siga creciendo la vida y la presencia del Resucitado por todo el mundo. Y aún más otra cosa: que nunca olvidemos que el único que realmente puede quitarnos el miedo y dar seguridad a nuestra vida y nuestra Iglesia es Él (Yo Soy). Las estructuras, grupos, nombramientos y planes que hagamos, si son buenos, sólo serán secundarios.

Rosa Ruiz rmi

Meditación – Sábado II de Pascua

Hoy es sábado II de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 16-21):

Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

Hoy, Jesús nos desconcierta. Estábamos acostumbrados a un Redentor que, presto para atender todo tipo de indigencia humana, no dudaba en recorrer a su poder divino. De hecho, la acción transcurre justo después de la multiplicación de los panes y peces a favor de la multitud hambrienta. Ahora, en cambio, nos desconcierta un milagro —el hecho de andar sobre las aguas— que parece, a primera vista, una acción de cara a la galería. ¡Pero no!, Jesús ya había descartado el uso de su poder divino para buscar el lucimiento o el provecho personal cuando al inicio de su misión rechazó las tentaciones del Maligno.

Al andar sobre las aguas, Jesucristo está mostrando su señorío sobre las cosas creadas. Pero también podemos ver una escenificación de su dominio sobre el Maligno, representado por un mar embravecido en la oscuridad.

«No temáis» (Jn 6,20), les decía Jesús en aquella ocasión. «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), les dirá después en el Cenáculo. Finalmente, es Jesús quien dice a las mujeres en la mañana de Pascua, después de levantarse del sepulcro: «No tengáis miedo». Nosotros, por el testimonio de los Apóstoles, sabemos de su victoria sobre los enemigos del hombre, el pecado y la muerte. Por esto, hoy, sus palabras resuenan en nuestro corazón con una fuerza especial, porque son las palabras de Alguien que está vivo.

Las mismas palabras que Jesús dirigía a Pedro y a los Apóstoles las repetía San Juan Pablo II, sucesor de Pedro, al inicio de su pontificado: «No tengáis miedo». Era una llamada a abrir el corazón, la propia existencia al Redentor para que con Él no temamos ante los embates de los enemigos de Cristo.

Ante la personal fragilidad para llevar a buen puerto las misiones que el Señor nos pide (una vocación, un proyecto apostólico, un servicio…), nos consuela saber que María también —criatura como nosotros— oyó las mismas palabras de parte del ángel antes de afrontar la misión que el Señor le tenía encomendada. Aprendamos de ella a acoger la invitación de Jesús cada día, en cada circunstancia.

Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez

Liturgia – Sábado II de Pascua

SÁBADO II DE PASCUA

Misa del sábadO (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 6, 1-7. Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo.
  • Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
  • Jn 6, 16-21. Vieron a Jesús caminando sobre el mar.

Antífona de entrada           Cf. 1 Pe 2, 9
Pueblo adquirido por Dios, anunciad las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, sabiéndonos pueblo adquirido por Dios, llamado a anunciar las proezas del que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa, reconozcamos que estamos necesitados de la misericordia del Padre para morir al pecado y resucitar a la vida nueva.

• Tú, que has destruido el pecado y la muerte con tu resurrección. Señor, ten piedad.
• Tú, que has renovado la creación entera con tu resurrección. Cristo, ten piedad.
• Tú, que das la alegría a los vivos y la vida a los muertos con tu resurrección. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
que, por los misterios pascuales,
has querido abrir a tus fieles la puerta de la misericordia,
míranos y ten piedad de nosotros,
para que no nos desviemos nunca del sendero de la vida
los que, con tu benevolencia,
seguimos el camino de tu voluntad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos hermanos, al Padre, que ha manifestado su amor al mundo dándonos a su propio Hijo.

1.- Para que la Virgen, madre de la Iglesia, la ayude a conservarse en la paz y en el amor, y sea congregada en la unidad. Roguemos al Señor.

2.- Para que los gobernantes y todos los políticos ejerzan su función con honradez y con espíritu de servicio. Roguemos al Señor.

3.- Por los que han abandonado la fe, por los que aún no conocen a Cristo, por todos los hombres de buena voluntad. Roguemos al Señor.

4.- Para que todos nosotros mantengamos el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones, y así descubramos su presencia a los hombres. Roguemos al Señor.

Dios nuestro, Padre de todos los hombres, derrama sobre nosotros la fuerza de tu Espíritu para que seamos ante el mundo testigos de tu amor. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que, en tu bondad, santifiques estos dones,
aceptes la ofrenda de este sacrificio espiritual
y nos transformes en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio Pascual

Antífona de comunión          Jn 17, 24
Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste. Aleluya.

Oración después de la comunión
SEÑOR, después de recibir el don sagrado del sacramento,
te pedimos humildemente
que nos haga crecer en el amor
lo que tu Hijo nos mandó realizar
en memoria suya.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Oración sobre el pueblo
CONCEDE, Señor,

que tus fieles, por la fuerza de tu bendición,
se dispongan interiormente al bien,
para que realicen todas sus obras
fortalecidos y movidos por tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 17 de abril

SAN ANICETO, Papa y mártir (c. 165 d.C)

San Aniceto ascendió a la Cátedra de San Pedro hacia el fin del reinado del emperador Antonino Pío. El Martirologio Romano y otros le ponen en el número de los mártires. En realidad no murió en defensa de la fe católica, pero merece el título de mártir por las pruebas que debió sufrir. Parece que combatió especialmente los errores de Valentino y Marción y luchó por evitar que la herejía contaminase a su grey. Durante el pontificado de San Aniceto, San Policarpo, el famoso obispo de Esmirna, fue a Roma a tratar la cuestión de la fecha de la celebración de la Pascua. Los dos santos no pudieron llegar a un acuerdo; pero, como dice Eusebio, “no se rompieron los lazos de la caridad”. Según la tradición, San Aniceto era originario de Siria.

Ver Acta Sanctorum, abril, vol. II, y el Liber Pontificalis con la introducción y las notas de Mons. Duchesne.

 

Alban Butler

Laudes – Sábado II de Pascua

LAUDES

SÁBADO II DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya.

SALMO 99: ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en sus presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Somos el pueblo de la Pascua,
Aleluya es nuestra canción,
Cristo nos trae la alegría;
levantemos el corazón.

El Señor ha vencido al mundo,
muerto en la cruz por nuestro amor,
resucitado de la muerte
y de la muerte vencedor.

Él ha venido a hacernos libres
con libertad de hijos de Dios,
él desata nuestras cadenas;
alegrados en el Señor.

Sin conocerle, muchos siguen
rutas de desesperación,
no han escuchado la noticia
de Jesucristo Redentor.

Misioneros de la alegría,
de la esperanza y del amor,
mensajeros del Evangelio,
somos testigos del Señor.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 91: ALABANZA DEL DIOS CREADOR

Ant. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos. Aleluya.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo, las obras de tus manos. Aleluya.

CÁNTICO del DEUTERONOMIO: BENEFICIOS DE DIOS PARA CON SU PUEBLO

Ant. Yo doy la muerte y la vida, yo desgarro y yo curo. Aleluya.

Escuchad, cielos, y hablaré;
oye, tierra, los dichos de mi boca;
descienda como lluvia mi doctrina,
destilo como rocío mi palabra;
como llovizna sobre la hierba,
como orvallo sobre el césped.

Voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a Dios nuestro.
Él es la Roca, sus obras son perfectas,
sus caminos son justos,
es un Dios fiel, sin maldad;
es justo y recto.

Hijos degenerados, se portaron mal con él,
generación malvada y pervertida.
¿Así le pagas al Señor,
pueblo necio e insensato?
¿No es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó?

Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas,
pregunta a tu padre, y te lo contará,
a tus ancianos, y te lo dirán:

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad
y distribuía a los hijos de Adán,
trazando las fronteras de las naciones,
según el número de los hijos de Dios,
la porción del Señor fue su pueblo,
Jacob fue el lote de su heredad.

Lo encontró en una tierra desierta,
en una soledad poblada de aullidos:
lo rodeó cuidando de él,
lo guardó como a las niñas de sus ojos.

Como el águila incita a su nidada,
revolando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas.

El Señor solo los condujo,
no hubo dioses extraños con él.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo doy la muerte y la vida, yo desgarro y yo curo. Aleluya.

SALMO 8: MAJESTAD DEL SEÑOR Y DIGNIDAD DEL HOMBRE

Ant. Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

LECTURA: Rm 14, 7-9

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R/ El que por nosotros colgó del madero.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Paz a vosotros, soy yo, aleluya, no temáis. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Paz a vosotros, soy yo, aleluya, no temáis. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, que nos ha manifestado la vida eterna, y digámosle confiados:

Que tu resurrección, Señor, nos haga crecer en gracia.

Pastor eterno, contempla con amor a tu pueblo que se levanta ahora del descanso,
— y aliméntalo durante este día con el pan de tu palabra y tu eucaristía.

No permitas que el lobo o el pastor asalariado hagan estrago en nosotros,
— sino haznos escuchar siempre tu voz de buen pastor.

Tú que cooperas siempre con los pregoneros de tu Evangelio y confirmas su palabra con tu gracia,
— haz que durante este día proclamemos tu resurrección con nuestras palabras y con nuestra vida.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Sé tú mismo, Señor, nuestra alegría, la que nadie puede quitarnos,
— y haz, que alejados de toda tristeza, fruto del pecado, tengamos hambre de poseer tu vida eterna.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Vísperas – Viernes II de Pascua

VÍSPERAS

VIERNES II DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!

Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!

Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!

Cristo es nuestra esperanza,
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!

Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

SALMO 120: EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

Ant. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

LECTURA: Hb 5, 8-10

Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamando por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.

RESPONSORIO BREVE

V/. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.
R/. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

V/. Al ver al Señor.
R/. Aleluya, aleluya.

V/. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poder del abismo, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poder del abismo, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, fuente de toda vida y principio de todo bien, y digámosle confiadamente:

Instaura, Señor, tu reino en el mundo.

Jesús salvador, tú que, muerto en la carne, fuiste devuelto a la vida por el Espíritu,
— haz que nosotros, muertos al pecado, vivamos también de tu Espíritu.

Tú que enviaste a tus discípulos al mundo entero para que proclamaran el Evangelio a toda la creación,
— haz que cuantos anuncian el Evangelio a los hombres vivan de tu Espíritu.

Tú que recibiste pleno poder en el cielo y en la tierra para ser testigo de la verdad,
— guarda en tu verdad a quienes nos gobiernan.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que todo lo haces nuevo y nos mandas esperar anhelantes la llegada de tu reino,
— haz que, cuanto más esperamos el cielo nuevo y la tierra nueva que nos prometes, con tanto mayor empeño trabajemos por la edificación del mundo presente.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz, concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes II de Pascua

1.- Introducción.

Hoy, Señor, quiero aprender de Ti tu piedad con los que pasan hambre. No puedes pasar por las miserias y sufrimientos de los hombres sin compadecerte. Tienes un corazón bondadoso y deseas que todos tengan lo necesario para comer, para vestir, para cubrir las necesidades elementales. Dame a mí esas mismas actitudes para que sufra en carne viva los sufrimientos de mis hermanos y haga lo que esté de mi parte para remediarlos.

2.- Lectura reposada del Evangelio según san Juan 6, 1-15

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Qué diferencia tan grande entre las preocupaciones de los escribas y fariseos y las de Jesús. A los fariseos les preocupa si se puede o no se puede comer en sábado; si se puede o no se puede comer sin lavarse las manos… En eso se entretienen, en eso pasan su vida. A Jesús le preocupa que la gente tenga lo necesario para comer, le preocupa que la gente sufra, que la gente no sea feliz. Y llama la atención que Jesús esté en el monte, lugar de oración, y desde esa altura contemple a la gente que no tiene para comer. Jesús, desde la plenitud del amor al Padre, ve mejor “los estómagos vacíos” de los hombres, sus hermanos. Y sólo cuando les da de comer, les habla del Pan de la Eucaristía. Podía haber hecho el milagro él solo, pero quiere hacerlo con la colaboración de los discípulos. Ellos le traen “cinco panes y dos peces”. Es verdad que el problema del hambre en el mundo nos desborda y es necesario que las naciones ricas y poderosas de la tierra se tomen en serio este gravísimo problema. Pero, mientras tanto, no podemos desentendernos. Demos lo poco que tenemos, aprendamos a compartir y Dios multiplicará nuestra generosidad. Al final del texto, también Jesús se sube al monte él solo. ¿Por qué? Porque le quieren hacer rey. Jesús huye de títulos de grandeza y de poder. ¡Bonita lección! Constantemente el Papa Francisco habla contra aquellos que buscan títulos, dignidades, privilegios, hacer carrera dentro de la Iglesia.   Nos preguntamos: Éstos, ¿qué evangelio leen? ¿En qué monte rezan?

Palabra del Papa  

El Señor tuvo compasión de la cantidad de gente que había ido a escucharlo, porque eran ovejas sin pastor, desorientadas. Y hoy mucha gente está desorientada en nuestras ciudades, en nuestros países. Por eso, Jesús les enseña la doctrina y la gente le escucha. Cuando luego se hace tarde y pide que les den de comer, sin embargo, los discípulos responden un poco nerviosos. Una vez más Dios ha llegado primero, los discípulos no habían entendido nada: Así es el amor de Dios: siempre nos espera, siempre nos sorprende. …Para ir a Dios que es amor, debemos subir por el escalón del amor al prójimo, por las obras de caridad, por las obras de misericordia, que el Señor nos ha enseñado. Que el Señor, en estos días en que la Iglesia nos hace pensar en la manifestación de Dios, nos dé la gracia de conocerle por el camino del amor (Cf Homilía de S.S. Francisco, 8 de enero de 2015, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto meditado. (Guardo silencio)

5.-Propósito. Hoy subiré a orar al Monte de Dios y bajaré para encontrarme con los hermanos que me necesitan.

 6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero darte gracias por el tesoro del Evangelio. En él están encerradas las más bellas enseñanzas para acertar en la vida. El evangelio nos habla del Padre, del amor, del compartir, de ser felices haciendo felices a los demás. ¿Cómo es posible que teniendo tu evangelio tan maravilloso, hayamos avanzado tan poco a la hora de ponerlo en práctica? Tal vez hemos olvidado esas palabras tuyas después del lavatorio de los pies: “Y sabiendo como sabéis estas cosas, seréis dichosos si las cumplís” (Jn. 13,17).

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén