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VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE.

Libra mis ojos de la muerte;
dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos
una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Haz que mi pie vaya ligero.
Da de tu pan y de tu vaso
al que te sigue, paso a paso,
por lo más duro del sendero.

Que yo comprenda, Señor mío,
al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.
¡Tantos me dicen que estás muerto!
Y entre la sombra y el desierto
dame tu mano y ven conmigo. Amén

SALMODIA

Ant 1. El Señor se complace en los justos.

Salmo 10 – EL SEÑOR ESPERANZA DEL JUSTO

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?»

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo detesta.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor se complace en los justos.

Ant 2. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Salmo 14 – ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Ant 3. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Cántico: EL PLAN DIVINO DE SALVACIÓN – Ef 1, 3-10

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

El nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos consagrados
e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE   Col 1, 9b-11

Llegad a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así caminaréis según el Señor se merece y le agradaréis enteramente, dando fruto en toda clase de obras buenas y creciendo en el conocimiento de Dios. Fortalecidos en toda fortaleza, según el poder de su gloria, podréis resistir y perseverar en todo con alegría.

RESPONSORIO BREVE

V. Sáname, porque he pecado contra ti.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

V. Yo dije: «Señor, ten misericordia.»
R. Porque he pecado contra ti.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Sáname, porque he pecado contra ti.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha mirado mi humillación.

PRECES

Demos gracias a Dios, nuestro Padre, que recordando siempre su santa alianza, no cesa de bendecirnos, y digámosle con ánimo confiado:

Favorece a tu pueblo, Señor.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.

Congrega en la unidad a todos los cristianos:
para que el mundo crea en Cristo, tu enviado.

Derrama tu gracia sobre nuestros familiares y amigos:
que encuentren en ti, Señor, su verdadera felicidad.

Muestra tu amor a los agonizantes:
que puedan contemplar tu salvación.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de los que han muerto
y acógelos en el descanso de Cristo.

Terminemos nuestra oración con las palabras que nos enseñó Cristo:

Padre nuestro…

ORACION

Nuestro humilde servicio, Señor, proclame tu grandeza, y ya que por nuestra salvación te dignaste mirar la humillación de la Virgen María, te rogamos nos enaltezcas llevándonos a la plenitud de la salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio Divina – 23 de octubre

Lectio: Lunes, 23 Octubre, 2017

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 12,13-21
Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» Él le respondió: «¡Hombre! ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, éstas no le garantizan la vida.» Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: `¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha?’ Y dijo: `Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea.’ Pero Dios le dijo: `¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’ Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios.»

3) Reflexión

● El relato del evangelio de hoy se encuentra sólo en el Evangelio de Lucas y no tiene paralelo en otros evangelios. Forma parte de la descripción del camino de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén (Lc 9,51 a 19,28), en el que Lucas coloca la mayor parte de las informaciones que consigue recoger respecto de Jesús y que no se encuentran en los otros tres evangelios (cf. Lc 1,2-3). El evangelio de hoy nos trae la respuesta de Jesús a la persona que le pidió que mediara en el reparto de una herencia.
● Lucas 12,13: Un pedido para repartir la herencia. “Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.” Hasta hoy, la distribución de la herencia entre los familiares es siempre una cuestión delicada y, muchas veces, ocasiona infinitas discusiones y tensiones. En aquel tiempo, la herencia tenía que ver también con la identidad de las personas (1Re 21,1-3) y con su supervivencia (Núm 27,1-11; 36,1-12). El mayor problema era la distribución de las tierras entre los hijos del fallecido padre. Siendo una familia grande, se corría el peligro de que la herencia se desmenuzara en pequeños pedazos de tierra que no podrían garantizar la supervivencia de todos. Por esto, para evitar la desintegración o pulverización de la herencia y mantener vivo el nombre de familia, el mayor de los hijos recibía el doble de la herencia (Dt 21,17. cf. 2Re 2,11).
● Lucas 12,14-15: Respuesta de Jesús: cuidado con la ganancia. “Jesús respondió: “¿Hombre, ¿Quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?” En la respuesta de Jesús se ve la conciencia que tenía de su misión. Jesús no se siente enviado por Dios para atender el pedido de arbitrar entre los parientes que se pelean entre sí por el reparto de la herencia. Pero el pedido despierta en él la misión de orientar a las personas, pues: “Les dijo: Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, éstas no le garantizan la vida.” Formaba parte de su misión el esclarecer a las personas respecto del sentido de la vida. El valor de una vida no consiste en tener muchas cosas, sino en ser rico para Dios (Lc 12,21). Pues, cuando la ganancia ocupa el corazón, no se llega a repartir la herencia con equidad y con paz.
● Lucas 12,16-19: La parábola que hace pensar en el sentido de la vida. Inmediatamente después Jesús cuenta una parábola para ayudar a las personas a reflexionar sobre el sentido de la vida: “Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ¿Qué haré, pues no tengo dónde almacenar mi cosecha” El hombre rico está totalmente encerrado en la preocupación de sus bienes que aumentarán de repente por causa de una cosecha abundante. Piensa sólo en acumular para garantizarse una vida despreocupada. Dice: Y dijo: Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, edificaré otros más grandes, reuniré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea.’
● Lucas 12,20: Primera conclusión de la parábola. “Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’ La muerte es una llave importante para redescubrir el sentido verdadero de la vida. Relativiza todo, pues muestra lo que perece y lo que permanece. Quien sólo busca tener y olvida el ser pierde todo en la hora de la muerte. Aquí se evidencia un pensamiento muy frecuente en los libros sapienciales: para qué acumular bienes en esta vida, si no sabes dónde poner los bienes que acumulas, ni sabes lo que el heredero va a hacer con aquello que tu le dejas (Ecl 2,12.18-19.21).

● Lucas 12,21: Segunda conclusión de la parábola. “Así es el que atesora riquezas para sí y no se enriquece en orden a Dios.”. ¿Cómo volverse rico para Dios? Jesús dio diversas sugerencias y consejos: quien quiere ser el primero, que sea el último (Mt 20,27; Mc 9,35; 10,44); es mejor dar que recibir (At 20,35); el mayor es el menor (Mt 18,4; 23,11; Lc 9,48) guarda su vida aquel que la pierde (Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 9,24).

4) Para la reflexión personal

● El hombre pide a Jesús que le ayude en el reparto de la herencia. Y tú ¿qué pides a Dios en tus oraciones?
● El consumismo crea necesidades y despierta en nosotros el deseo de acumular. ¿Qué haces tú para no ser víctima de la sociedad de consumo?

5) Oración final

¡Aclama a Yahvé, tierra entera,
servid a Yahvé con alegría,
llegaos a él con júbilo! (Sal 100,1-2)

Perfil del misionero

  • El Misionero es una persona enamorada del Reino, que ve y gusta la acción de Dios en los pueblos y culturas. Tiene  una profunda espiritualidad misionera, es el hombre de las bienaventuranzas. 
  • Se siente enviado, como Jesús lo fue del Padre, realizando el proyecto de Dios en medio de los hombres.
  • Está formado según el Magisterio de la Iglesia. 
  • Está preparado y entrenado por su formación a trabajar en equipo, con sentido de comunión y de participación.
  • Tiene también, en vista a su trabajo misionero específico, una preparación cultural adecuada.
  • Es capaz de arriesgarse. Va a donde otros no se animan a ir.
  • Opta con decisión privilegiando los grupos humanos y lugares más difíciles, donde todavía no ha penetrado el mensaje de Cristo, o ha penetrado en forma insuficiente. No le asusta partir más allá de las fronteras.
  • Sabe hacer un buen análisis de la realidad, con un profundo sentido humano.
  • Está dispuesto a caminar y respetar el ritmo de la gente, con mucho sentido de adaptación.
  • Es un agente válido para la promoción humana, y su servicio es gratuito.
  • Su conciencia misionera es tan amplia como el mundo, está abierto a otras culturas y a renovarse constantemente frente  a la novedad y al cambio que las situaciones y la gente exigen.
  • Procede con discreción y humildad, no pretende ser siempre protagonista. Le da a cada uno su propio lugar.
  • Es una persona de  buen corazón, portador de consuelo, reflexivo sobre la realidad a la que va encaminado a trabajar, comunitario, fraternal, capaz de dar el testimonio que el mundo espera. Su vida es coherente con la fe que anuncia y proclama.
  • Descubre con su sensibilidad misionera las necesidades de integrar esta dimensión en todos los aspectos de la vida cristiana y eclesial.
  • Sabe ser también animador misionero de su propia Iglesia de origen, ayudándola a abrirse a la Iglesia universal.
  • Tiene como un sentido y un instinto de “éxodo” y de “itinerancia” al estilo de Abraham y del Pueblo de Dios peregrino
  • Es alegre para servir.

No me elegisteis vosotros a mí

No eres evangelizador por tu propia cuenta. Es cierto que, un día, te ofreciste para serlo. Pero estabas respondiendo a una llamada.
La misma llamada que hizo Jesús a sus apóstoles y discípulos para que fueran sus compañeros en el anuncio de la Buena Noticia a los hombres, especialmente a los más pobres.. Aunque tú la hayas percibido por medios muy humanos, la llamada a ser evangelizador la has recibido de Dios. Dios te necesita. Dios nos necesita.
La semilla de la fe que recibiste en tu bautismo ha dado su fruto. Te has sentido “consagrado” al Señor y “exigido” por Él para anunciar a los hombres la maravilla de su salvación. Tu llamada no es un título de honor; es una vocación de servicio. Vívela así en todo lo que haces por la causa del evangelio.
Necesitas cultivar, alimentar y cuidar tu propia fe. Como evangelizador  (monitor) no eres funcionario de una organización, a la que prestas tu colaboración activista; ni un voluntario de una institución altruista, con cuyos fines humanitarios te identificas. 
A su llamada creadora debes tu existencia como persona, como creyente y como evangelizador o monitor: Por tu mérito no puedes apuntarte ningún tanto en este sentido, pero tu capacidad te viene de Dios.
No te preguntes por qué te ha llamado. Si miras a tu alrededor encontrarás a gente mejor que tú, más preparada, con más gancho. Y, sin embargo, ahí estás tú. Dios te ha llamado y te da miedo. Hasta le puedes decir: “mira que no sé hablar”. Pero Él te responderá siempre: “venga, no temas, que yo estoy contigo”. Su llamada te fortalece y te da el ánimo que necesitas.
Las llamadas son diferentes. No todos somos llamados para lo mismo. Pero todos tenemos la responsabilidad de que no falte la respuesta a ninguna de ellas. Ningún evangelizador debe ser indiferente: la responsabilidad es de todos.

II. La inclusión social de los pobres

186. De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad.

Asumir la realidad con sus debilidades.

Asumir la realidad plural del mundo en el que vivimos desde la Palabra de Dios, entendiéndola como “Palabra de sentido” de nuestras trayectorias vitales, implica, a la par, estar alerta para no ser arrastrados por las amenazas que entraña el hecho de vivir en los terrenos de la libertad que lleva consigo un “mundo plural”. El hecho de vivir y convivir juntos no nos exime de las debilidades que, junto a las grandes fortalezas que nos aporta la convivencia, asoman, y que han sido incubadas en las entrañas del mundo. La convivencia supone el aprendizaje de un arte que nos ayude a convivir en un mundo que ha ido creando sus propios “dioses” a los que diariamente rinde culto: el dinero, el consumo, el poder, el tener, el aislamiento excluyente, la injusticia y la mentira, nuevos “ídolos” que, como lares domésticos, se han instalado en las entrañas de lo cotidiano mediante cadenas psicológicas que lentamente, con su lenguaje técnico y engañoso, penetran en las entrañas de los individuos y de los pueblos. Son “dioses” que tienen su centro de gravedad en una desmesurada ambición de poder que va realizando una peligrosa selección de la especie y creando un mundo en el que unos pocos acumulan y unos muchos son expulsados a las periferias geográ cas, laborales, sociales o étnicas, creando una nueva cartografía de pobreza, explotación e injusticia. “En un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres quiebran el juego de dar y recibir; y por eso, la tendencia a excluirlos”, dice Adela Cortina explicando en un reciente estudio lo que ella llama “Aporofobia”, o “miedo al pobre”, un atentado diario contra la dignidad de las personas, de alcance universal y con raíces cerebrales y sociales que se pueden y se deben modificar. Se trata de una exigencia para la Humanidad y de un compromiso que para el cristiano nace de su fe. El creyente ha de poner
rostro y nombres a personas concretas y realidades concretas que son las que tienen dignidad y no solo un precio.

Propuesta de la Palabra de Dios para la dignificación de la Humanidad.

En la Eucaristía de este domingo, la Palabra de Dios ofrece una alternativa para vivir en medio de esta sociedad, sin necesidad de abandonarla, huyendo de sus debilidades y frustraciones, pero manteniendo en alto la esperanza y trabajando para transformarla. Continúa el texto del pasado domingo de la carta de Pablo a tesalonicenses, cristianos que, como decíamos, vivían en una ciudad abierta, plagada de “ídolos”. Pablo, conocedor de las dificultades de aquellas primeras comunidades, alaba sus esfuerzos y la primacía de las obras sobre las palabras, estilo atrayente para hacer crecer el número de creyentes («y cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios»). Pablo sabe de la masiva presencia de judíos en la ciudad y les invita a renovar la fe en el Dios personal manifestado en Jesucristo, el mismo Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que “tiene oídos, boca y ojos”. Lo recoge bien la primera lectura del Éxodo cuando muestra a Dios como Alguien que escucha el grito de lamento del pobre que es explotado y del extranjero que es excluido; un Dios que detesta la injusticia y la usura con el pobre. Solo el Amor a Dios y al prójimo es la clave para devolver a la Humanidad la dignidad perdida. En el evangelio, Jesucristo proclama lo que es la quintaesencia del amor cristiano en un breve texto en el que pone de manifiesto la “plenitud de la Ley del Amor”, señalándolo como base de todo comportamiento, un Amor que ha sido derramado como un regalo en nuestros corazones, pero que ha de construirse cada día y que ha de sembrarse en el corazón del mundo mediante la urgente tarea de ir tejiendo las bases de la nueva civilización desde la trama del amor a los hombres y la urdimbre del Amor a Dios.

Para esta misión encontramos estas propuestas:
a) Dibujar en un mapa las zonas en donde brotan las fortalezas y debilidades comunes y personales de nuestro “aquí y ahora”;
b) Poner nombre en esa cartografía humana, social y religiosa en la que vivimos y que tenemos delante;
c) Conocer bien los “ídolos” a los que, adoramos, cayendo en las trampas de una falsa “Modernidad”; d) Destacar la primacía del testimonio cristiano sobre las palabras huecas. Hay en la Iglesia, a veces, un discurso excesivo que puede oscurecer la primacía de las obras;
e) Destacar la importancia de la oración, como la que aparece en el salmo y que nos hace sentir cómo, en medio de las dificultades, podemos encontrar en Dios la fortaleza.

Juan Rubio Fernández

Sin abandonar los entornos del Templo, tiene lugar una nueva disputa con los fariseos. El motivo de esta controversia es la interpretación que Jesús hace de los mandamientos de la ley. De nuevo la motivación que tienen sus interlocutores es tramposa: quieren tentarlo, ponerle a prueba para encontrar argumentos con que acusarle. Una vez más, Jesús demuestra su autoridad doctrinal y sale victorioso de la “encerrona”.

La pregunta de aquel fariseo experto en la ley era muy procedente. La legislación judía se había cristalizado en tal cúmulo de preceptos y prohibiciones (613 normas) que era prácticamente imposible conocer todos y así poder cumplirlos. Las escuelas rabínicas consideraban unos más importantes, frente a otros que lo eran menos. No obstante, todos, incluso el mandamiento más pequeño (cfr. Mt 5,19), debían ser obedecidos porque en todos se podía leer cuál es la voluntad de Dios.

Ante la imposibilidad de conocer todos, el fariseo se interesa por saber cuál es para Jesús el más grande/importante. La pregunta no pretende establecer una jerarquía en los mandamientos, « ¿cuál es el primero de todos?» (cfr. Mc 12,28), porque todos eran de obligado cumplimiento. Su pretensión es buscar cuál de todos ellos da sentido a los demás, el que sirve de pauta para cumplir con la ley de Dios.

La interpretación de Jesús supera el “legalismo” y va a lo nuclear de la ley. Por eso, su respuesta comienza citando una parte de la oración más importante para el judío, el Shemá. La norma fundamental, la que da sentido a todos los mandamientos, es el amor a Dios «con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente»: un amor que implica a toda la persona. No se trata de un amor platónico ni romántico, sino de un estado de vida, una orientación global de toda la existencia, en la que Dios ocupa el centro y desde el que vivir el resto de relaciones.

Pero la respuesta de Jesús no termina ahí. El fariseo pregunta por el mandamiento más grande y Jesús le responde con dos. Su originalidad está en vincular a este mandamiento nuclear, uno segundo con la misma importancia: «amar al prójimo como a uno mismo». También era un mandamiento recogido en la ley (cfr. Lv 19,18. 34), pero Jesús lo sitúa al mismo nivel que el anterior; no es uno más. El amor a Dios, cuando es auténtico y se vive en profundidad, necesita desbordarse en el amor al prójimo. La orientación de la vida desde Dios se plasma en una existencia entregada a los demás, como fue la de Jesús. Amar a Dios significa aceptar su voluntad como norma de vida; y su voluntad es dar la propia vida por los demás, «amar al prójimo como a uno mismo».

Este doble mandamiento del amor es la síntesis de la Torah: «en estos dos mandamientos se basa toda la ley y los profetas». Para el judío, la ley y los profetas eran la manifestación de la voluntad de Dios para el creyente y para el pueblo. Jesús recuerda que este doble mandamiento es la quintaesencia de lo mandado por Dios, es el criterio, la norma última que da sentido a  todo lo demás. Él había proclamado no «venir a abolir la ley y los profetas, sino a darles plenitud». «El amor a Dios y el amor al prójimo» son el criterio de esta plenitud a la que Jesús se compromete. Lo que Dios quiere, su voluntad, es vivir este amor; un amor que rompe los esquemas y barreras del pueblo; un amor sin fronteras.

Óscar de la Fuente de la Fuente

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