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Dios le contestó:
– Yo soy el que soy. Tú, pues, dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros (Éx 3, 14).

¿Podía ser el nombre de Dios un nombre como los demás nombres?

2. El camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada y reavivar nuestra conciencia sobre la importancia del matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales. La reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, honesta, realista y creativa, nos ayudará a encontrar mayor claridad. Los debates que se dan en los medios de comunicación o en publicaciones, y aun entre ministros de la Iglesia, van desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas.

SACRIFICIO DE MELQUISEDEC. “En aquellos días, Melquisedec, Rey de Salem…” (Gn 14, 18)Se trata de un misterioso personaje del Antiguo Testamento, “sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios, que permanece sacerdote para siempre”, según narra la epístola a los Hebreos. También en el salmo ciento diez se dice que su sacerdocio es eterno. Una figura que anunciaba a Cristo, cuyo sacerdocio, en efecto, es eterno, y cuyo origen se pierde en la eternidad. Un sacerdocio que no proviene de los hombres, sino del mismo Dios.

El pasaje nos dice que Abrahán le ofreció el diezmo de todo. De esa forma se pone de relieve la grandeza de ese personaje, pues quien ofrece algo siempre es inferior que aquel a quien se hace la ofrenda. Por otro lado se nos refiere que Melquisedec ofreció a Dios el pan y el vino. Un sacrificio que anunciaba también ese otro sacrificio, el de la Eucaristía donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se inmolan por la salvación del mundo.

2.- LA EUCARISTÍA, CENTRO DE LA VIDA CRISTIANA. “Por eso, cada vez que coméis de este pan…” (1 Co 11, 26).El Apóstol asegura que cuanto les está diciendo sobre la Eucaristía pertenece a la Tradición que arranca de Cristo, “procede del Señor” nos dice. Así fue, en efecto, pues el Maestro encomendó a sus discípulos que repitieran en memoria suya lo que él acababa de hacer, convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, que se entregaba en sacrificio para la redención del mundo. De ahí que diga San Pablo que cada vez que comemos el Pan o bebemos del Cáliz proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Proclamar la muerte de Cristo equivale a repetir su sacrificio, de modo sacramental pero real. Es decir, en cada celebración eucarística se repite el sacrificio del Calvario. De ahí la importancia capital de la Eucaristía, de la Misa. Tanto que el Magisterio de la Iglesia lo considera como el centro de la vida la cristiana, la fuente de la que brota la vida de la Gracia y, por otro lado, es el acto al que se dirige toda actividad apostólica, allí donde converge cuanto la Iglesia hace y dice para la salvación del mundo.

HASTA SACIARSE. “Comieron todos y se saciaron…” (Lc 9, 17). La multiplicación de los panes y los peces es un hecho atestiguado por todos los evangelistas, uno de esos acontecimientos considerado de capital importancia, no por lo prodigioso sino por el valor teológico que encierra, por el significado doctrinal tan rico e importante que entraña. San Juan recordará que Jesús mismo da las claves para su interpretación, destacando la íntima relación de ese prodigio con la Eucaristía, pues en ella Jesús es el verdadero Pan bajado del cielo, el Pan de vida, el Pan vivo.

El Señor se dio cuenta de que aquel milagro despertó en la muchedumbre el entusiasmo, hasta el punto de que quieren hacerlo rey. Pero por otro lado les recrimina que lo busquen sólo porque se han saciado. Buscad el pan del cielo, les dice, el pan que el Hijo del Hombre os dará. Y luego les aclara que quien coma de este Pan no morirá para siempre. Esto es mi Cuerpo –nos recuerda—que será entregado por vosotros.

Por Antonio García-Moreno

1.- Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Dentro del pensamiento paulino, tal como leemos hoy en la primera carta de san Pablo a los Corintios, escrita bastantes años antes de la publicación de los evangelios, la eucaristía es la mejor expresión de la nueva alianza que Cristo hizo con su Padre, ofreciéndole el sacrificio de su propia sangre. En el Antiguo Testamento se habla de otras alianzas que Dios hizo con su pueblo. Los sacerdotes de las antiguas alianzas ofrecían a Yahvé la sangre de algún animal sacrificado y era la sangre de ese animal sacrificado y ofrecido a Dios la que sellaba la alianza que Dios hacía con su pueblo. En la nueva alianza es la propia sangre de Cristo la que sella de una manera definitiva y para siempre la alianza de Dios con los hombres. Dios ya no quiere sacrificios de toros, ni otras ofrendas, para perdonar los pecados del pueblo; es la sangre –la vida, pasión y muerte de Cristo- ofrecida sobre el ara de la cruz, lo que perdona nuestros pecados. En la eucaristía, cada vez que comemos el pan sacramentado y bebemos el vino, renovamos esta nueva alianza, en la que Dios perdona nuestros pecados por la sangre de Cristo.

2.- Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Si seguimos con san Pablo, cada vez que nos acercamos a recibir el cuerpo de Cristo, debemos ser conscientes de que estamos comulgando con el Cristo que se entregó, libre y voluntariamente, por nosotros. Recibimos un cuerpo entregado, ofrecido libremente a Dios, para obtener el perdón de nuestros pecados. No es que Cristo buscara la muerte por amor a la muerte; Cristo, como ser humano que era, temía la muerte, pero aceptó con amor la muerte y ofreció su vida al Padre, porque esa era la condición necesaria para quitar el pecado del mundo. Cristo, cordero inmolado, aceptó una muerte humanamente cruel e injusta, entregándose por nosotros, para salvarnos a nosotros. La muerte de Cristo fue una muerte redentora, una muerte por amor a sus hermanos los hombres. Por eso, cada ver que nosotros anunciamos la buena noticia de Cristo, su evangelio, debemos ser conscientes de que estamos anunciando la vida y muerte de una persona que sacrificó su vida luchando contra el mal y contra la injusticia del mundo, precisamente para salvar al mundo. De todo esto debemos ser muy conscientes cada vez que nos acercamos a comulgar con el cuerpo y la sangre de Cristo, un cuerpo entregado por nosotros…

3.- Haced esto en memoria mía. Sigue diciéndonos san Pablo que Cristo mandó a sus discípulos que cada vez que se reunieran para comer el pan y beber el cáliz lo hicieran en memoria suya. La eucaristía es la renovación del sacrificio de Cristo; como venimos diciendo, la eucaristía es la memoria del sacrificio de la vida de Cristo. Cristo fue el primer mártir del cristianismo, lo mataron porque no se acobardó ante la persecución injusta de los que le mataron, sino que, por amor a su Padre, Dios, eligió la muerte, antes que ceder ante las presiones de sus enemigos. Si de verdad celebramos conscientemente nuestras eucaristías, debemos hacerlo recordando la primera eucaristía que Cristo celebró con sus discípulos, inmediatamente antes de recorrer el camino hacia el calvario, donde ofrecería su vida al Padre, sobre el ara de la cruz.

4.- Dadles vosotros de comer. En el evangelio de hoy hemos leído el relato de la multiplicación de los panes y los peces. En esta fiesta del Corpus, debemos entender este relato también en lenguaje eucarístico. Nuestras eucaristías nos dicen que Cristo ofreció su vida para salvar a todos los hombres, sin excepción alguna. Nuestras eucaristías no pueden quedarse en un acto piadoso individual, sino que deben implicar un propósito de salvar al mundo, especialmente a los más necesitados, poniendo nuestras vidas al servicio de la vida de aquellas personas que más nos necesitan. Hoy es el día del amor fraterno y nuestra eucaristía de hoy debe animarnos a querer salvar, por amor, a todas las personas necesitadas. En nuestra tierra hay recursos suficientes para que nadie se muera de hambre, es nuestro egoísmo, el egoísmo humano, el que condena a la muerte por hambre a muchas personas. En esta eucaristía de la fiesta del Corpus, ofrezcamos cada uno de nosotros todo lo que podamos, para que nadie se muera de hambre por culpa de nuestro egoísmo. Demos nosotros de comer a las personas que nos necesitan, cada uno según sus posibilidades.

Por Gabriel González del Estal

Dadles vosotros de comer

Tú, Señor Jesús,
el día de Jueves Santo,
víspera de tu pasión,
en un contexto Pascual
decidiste quedarte para siempre
entre nosotros,
te hiciste pan, comida
para alimentarnos,
para que nosotros nos convirtiésemos en buen pan
y ser así comida para el mundo.

Tú, Señor Jesús,
quisiste que nos reuniéramos
fraternalmente
tus seguidores en torno a una mesa
para recordar y celebrar lo que Tú
hiciste en aquella Última Cena.
Así juntos actualizar tus Palabras:
Tomad y comed, esto es mi cuerpo… 

¡Qué misterio más grande!
¡Qué cosas que haces. Jesús!

Tú te nos das a diário como alimento.
Todos comemos un mismo pan.
Tú vienes a cada uno de nosotros.
Gracias, Señor Jesús por este don
tan inmenso de la Eucaristía. Gracias.

Unidos a Ti para estar todos unidos.

Y aquel día en Galilea cuando
los Apóstoles se te acercan,
mostrándote una urgente necesidad
que veían les dices:
“dadles vosotros de comer”.

Tú quieres, a sí me parece,
que nos impliquemos directamente
para solucionar las necesidades
que descubrimos en nuestro mundo.

Hoy también hay personas que tienen hambre,
mucha hambre aquí,
y no digamos en los países
del Tercer mundo.
Son muchas las personas que necesitan
trabajo para poder vivir, sentirse útiles,
realizarse, poder criar una familia dignamente.
Es urgente la solución de este problema.
Impresiona a veces, por la noche,
observar a personas que se acercan
a los contenedores de basura
para recoger lo que otros han tirado
y vivir de los deshechos,
de la basura.

Señor Jesús,
unos mucho y otros bien poco y todos hijos de Dios,
todos seres humanos
salidos de tus manos.

Señor yo te pido hoy
para que quienes están al frente
de las organizaciones de los países
y del mundo…
para que cuantos tienen poder,
el que sea,
que se lo tomen en serio y que miren
a tanta gente necesitada que se lo pasa muy mal,
y que busquen por todos los medios la solución,
y que al menos si de momento no la hay
que hagan suya para ofrecer a todos
el lema del compartir.
Con ello mucho se solucionaría.

Señor Jesús que la Eucaristía
y la caridad vayan unidas de la mano
en todas las comunidades cristianas.
Señor Jesús, que mirándote a Ti,
contemplándote, te sepamos descubrir
tu perenne acción de gracias a Dios
Padre y tu compromiso firme
por los necesitados.

Hoy es la fiesta del Corpus Christi, muy importante para toda la Iglesia. Y el Evangelio del día de hoy nos cuenta la multiplicación de los panes y los peces, cuando Jesús hace el milagro de que haya para todos y que incluso sobre cuando parecía que no había casi nada.

Jesús fue capaz de darse por completo, de dar su vida por nosotros. Y se ha repartido entre todos nosotros como los panes y los peces. Jesús es de todos, es para todos. No hay necesidad de medir, porque Jesús siempre está con nosotros, sin medida. Por esa razón nosotros, los cristianos, debemos estar con todas las personas sin media, como Jesús lo hace todos los días con cada uno de nosotros.

Para hacer vida el evangelio

  • Escribe una situación donde hayas compartido tu tiempo con una persona en un momento difícil.
  • ¿Cómo has acompañado a esa persona? ¿Cómo nos acompaña Jesús en nuestras vidas? ¿Cómo quiere Jesús que compartamos la vida con otras personas?
  • Escribe un compromiso sencillo que te ayude a compartir tus cosas con los demás.

Oración

Señor Jesús,
unos mucho y otros bien poco y todos hijos de Dios,
todos seres humanos
salidos de tus manos.
Señor yo te pido hoy
para que quienes están al frente
de las organizaciones de los países
y del mundo…
para que cuantos tienen poder,
el que sea,
que se lo tomen en serio y que miren
a tanta gente necesitada que se lo pasa muy mal,
y que busquen por todos los medios la solución,
y que al menos si de momento no la hay
que hagan suya para ofrecer a todos
el lema del compartir.

Con ello mucho se solucionaría.
Señor Jesús que la Eucaristía
y la caridad vayan unidas de la mano
en todas las comunidades cristianas.

El ciego que se entera de la presencia de Jesús al salir de Jericó era un mendigo, pero Marcos nos revela su nombre Bartimeo, hijo de Timeo. El hecho de llamarlo por su nombre le da identidad, un rostro. Decir el nombre de alguien es un signo de dignidad, es valorar su existencia. Él vivía en Jericó, ciudad de contrastes, como las nuestras. Al oír que Jesús pasaba a su lado intuye que es la oportunidad de su vida. Insistentemente grita, único recurso a su disposición y no se intimida con la muchedumbre que lo reprende. Su grito es de quien necesita, pero también de denuncia a la situación en que vive. No era su deficiencia apenas que gritaba por auxilio, era su propia condición humana (la enfermedad era vista como situación de pecado y con esto estaba excluido de la vida social y religiosa; vivía en la salida de la ciudad). Cargaba consigo un destino cruel: Dios le había abandonado. Jesús expresaría con su grito en la cruz esa angustia de muchas personas, el grito de todos los excluidos que experimentan dolor físico y/o la soledad: “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34).

El grito de Bartimeo no pasa inadvertido por Jesús, que se detiene, quiere escucharle y ayudarle. Bartimeo arroja su manto, su única protección para buscar refugio en aquel que ahora era su única esperanza. Distinto de los que arrojaban monedas sobre su capa, Jesús no quiere perpetuar su sufrimiento, desea restaurar su existencia. Ante la pregunta: “¿Qué quieres que te haga?”, Jesús daba al ciego la posibilidad de elegir aún sabiendo lo que necesitaba. Le concede la libertad de decir lo que realmente necesitaba, lo que quería, reconociendo así su dignidad.

Toda la vida de Bartimeo había sido una noche oscura, había esperado esa oportunidad por mucho tiempo y en la oscuridad de su sufrimiento no tenía dudas: “Maestro, ¡que pueda ver!” (hace unos días he visto un video de una niña brasileña de dos años que pudo ver por primera vez después de una cirugía y la reacción al ver el mundo a su alrededor es emocionante). El hecho de que Bartimeo pueda ver otra vez le da otro sentido a su existencia. Pero su ver va más allá del sentido físico, sabía que la verdadera luz que ilumina todo ser humano es Jesús y por eso le sigue; “fue llamado de las tinieblas a su luz maravillosa” (1Pe 2,9).

En nuestra sociedad muchos no desean “ver” sino ser vistos, en lo que algunos llaman “generación selfie”. El deseo enfermizo de exhibir nuestra vida puede imposibilitarnos de ver el rostro del otro, especialmente de aquellos que no cuentan en la sociedad. Y, a la vez, puede ser un grito de socorro que intenta hacerse visible, especialmente en las redes sociales. Bartimeo fue capaz de descubrir que en su oscura y marginada existencia Jesús pasaba por su camino. Pidamos al Señor otros ojos para que no seamos indiferentes a la situación de los que padecen al margen del camino y que nos ayude a ver los “invisibles” de la sociedad y seamos promotores de su dignidad.

Eguione Nogueira Ricardo, cmf

Hoy es 26 de mayo, jueves VIII de Tiempo Ordinario.

Iniciamos este rato de oración con el propósito de encontrarnos con Jesús. Puede que la semana halla pasado casi sin que te des cuenta. Las prisas nos ciegan y no nos permiten acceder a la realidad con toda su riqueza. Es tiempo ahora de que le pidas al Señor, al igual que Bartimeo en la lectura de hoy, que puedas ver, que puedas acceder a tu realidad através de sus ojos. Pídelo con tanta intensidad que toda tu persona sea pura oración.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 10, 46-52):

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»

Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»

El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»

Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Bartimeo, contra toda resistencia, cree en Jesús, más allá de la predisposición de muchos. Más allá del escepticismo de quienes le mandan callar. Más allá de las espectativas convencionales, él se fia de Jesús. Y desde su propio dolor grita: Ten compasión de mí. Un grito que muchas veces, desde mi silencio, también pugna por abrirse paso en medio del ruido cotidiano.

Bartimeo muestra que su fe consiste, no en quedarse de brazos cruzados, sino en caminar al lado de Jesús, en llamar a Dios con confianza, con sabiduría, despojado de todo manto y sobretodo con insistencia.

Bartimeo anuncia su fe al gritar con fuerza para no ser apartado de Jesús, de su plan de amor, de las bendiciones que regala. Teniendo claridad de lo que realmente necesita: Maestro, que pueda ver.

Vuelve a leer el texto. Al hacerlo ponte en el lugar de Bartimeo. Tú eres hoy esa persona que necesita ver. Puedes hacer tuya su ceguera, su búsqueda, sus anhelos y sus peticiones. Ten compasión de mí, que pueda ver. Hoy, como Bartimeo, puedes escuchar una voz que te dice, ánimo, levántate que te llama.

Ahora es el momento de charlar con Jesús, de compartir con él lo que te ha surgido en la oración. Cuéntale tus anhelos, tus faltas de fe, tus deseos. Pídele a Jesús que puedas ver tu realidad a través de sus ojos amorosos.

Dónde está tu luz

Dame, Señor, tu mano guiadora.
Dime dónde la luz del sol se esconde.
Dónde la vida verdadera.
Dónde la verdadera muerte redentora.
Que estoy ciego, Señor,
que quiero ahora saber.
Anda Señor, anda, responde
de una vez para siempre. Dime dónde
se halla tu luz que dicen cegadora.
Dame, Señor, tu mano. Dame el viento
que arrastra a Ti a los hombres desvalidos.
O dime dónde está, para buscarlo.
Que estoy ciego, Señor. Que ya no siento
la luz sobre mis ojos ateridos
y ya no tengo Dios para adorarlo.

Jacinto López Gorgé

Que esta oración te pueda acompañar a lo largo de este día, repitiendo en tu interior, una y otra vez, ese anhelo: Maestro, que pueda ver… Maestro, que pueda ver…

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