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Comentario del 19 de abril

El relato de la Pasión ocupa un lugar central en la celebración del Viernes Santo. Es la relación de los acontecimientos, de lo que sobrevino a aquel que fue llevado a la cruz. El momento culminante de esta Pasión es la crucifixión. En ella alcanza su cenit el drama histórico aquí representado, que es el drama de Jesús, pero también de la humanidad, puesto que Jesús nos representa (en cuanto hombre) y nos sustituye, y nosotros intervenimos en él con nuestro pecado. Una simple frase resume este protagonismo: Jesús murió por nosotros, esto es, por causa nuestra, en lugar nuestro y en nuestro favor. Sólo reconociendo en el Crucificado a nuestro Salvador, podemos adorar la cruz, hacer de este instrumento de tortura de malhechores y esclavos objeto de adoración. Este cambio sólo se explica por la presencia del Salvador (el Crucificado) en él. Se ha producido una suerte de santificación (y transformación) de un objeto no simplemente neutro, sino ignominioso, infamante; porque eso exactamente sucede con la cruz.

No se trata, por tanto, de la pasión de un hombre cualquiera. De haber sido así, no habría tenido la trascendencia que tuvo, no habría quedado plasmada siquiera en este relato que se lee todos los años en nuestras iglesias y se escenifica en nuestras plazas y teatros. ¡Cuántos crucificados había habido antes y siguió habiendo después que no pasaron a la historia como pasó éste! El paciente y actor de esta Pasión, el reo sometido a juicio –un juicio con nocturnidad y alevosía-, condena y tortura, el varón de dolores, el llevado como un cordero al matadero… es nada menos que el Hijo de Dios hecho hombre, tan hecho hombre que se le confundió con un simple hombre –aunque no necesariamente con un hombre cualquiera-. De haberse sabido delante de Dios, aquellos jueces y soldados no se hubiesen atrevido a hacer lo que hicieron con él: juicio indigno y humillante, burlas, golpes, bofetadas, desprecios, indiferencias, et. Pero ellos, en las pretensiones de Jesús, no vieron más que arrogancia blasfema y manifiesta impostura, y en su extrema familiaridad con Dios -reflejada en su filial Abba-, falta de respeto. Sus prejuicios y su obstinación les impidieron ver la verdad que se les manifestaba, les impidieron ver en él al enviado de Dios.

Él era realmente el Hijo de Dios en carne humana. Esto y sólo esto confiere relieve a su Pasión, haciendo de ella algo absolutamente singular. Porque la singularidad de esta Pasión no está en los sufrimientos padecidos por el paciente de la misma. Y fueron muchos y muy dolorosos los sufrimientos corporales provocados por los azotes que flagelaron su cuerpo, por la corona de espinas incrustada en sus sienes y en su cabeza o por los golpes que multiplicaban el punzamiento de las espinas o el desgarro de las heridas, por los clavos abriéndose paso en la carne, por la sed ardiente producida por la abundante pérdida de sangre o la asfixia de un cuerpo colgado que no podía ya enderezarse para tomar aire en los pulmones, por la fiebre y el delirio provocado por la misma.

Tampoco está la singularidad de esta Pasión en los múltiples sufrimientos psíquicos soportados por Jesús, sufrimientos como el causado por la traición de un amigo y discípulo como Judas, o por el abandono de los demás, incapaces de salir en su defensa, o por el dolor de ver a una madre destrozada, o por la experiencia del rechazo de ese pueblo que antes le aclamaba, hasta el punto de querer convertirle en su rey, y ahora prefiere el indulto de un asesino como Barrabás, o por el desprecio y la indiferencia llegados de todas partes, por esa poderosa sensación de fracaso que en esos momentos parecía imponérsele sin remisión. Realmente se cumplían las palabras evangélicas: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. ¿No era esto doloroso? Sí, y mucho. Pero otros hombres también pasaron por pruebas similares.

Lo extraordinario y singular de esta Pasión no está en aquello en lo que consiste, sino en el sujeto que la padece. Tras él se esconde el por qué y el para qué de esta Pasión.

Se trata de la pasión de alguien que ha tenido que humillarse (=hacerse tierra) hasta nosotros (=seres terrestres) para padecer. Sin carne humana, sin ser humano, no son posibles ni los sufrimientos corporales, ni los psíquicos. Para padecer los sufrimientos del hombre, sujeto al pecado y a la muerte, es preciso ser hombre. Sólo en cuanto hombre, el Hijo de Dios podía propiamente com-padecer con nosotros, ser probado en todo como nosotros, enseñarnos con su propio ejemplo cómo afrontar el sufrimiento, enseñarnos a morir y a aprender en semejante situación de muerte la obediencia; porque ¿qué otra cosa es la obediencia que esto: aprender a morir? Puesto que nuestro Creador nos exige la muerte, obedecer ya no puede consistir sino en aprender a morir, aunque esto requiera el tiempo de toda una vida.

Del mismo Hijo (de Jesús) se nos dice que aprendió sufriendo a obedecer, y eso que era el Hijo, es decir, a aceptar la voluntad del Padre: No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú. Y eso aun teniendo tan claro que no había venido a este mundo para otra cosa que para hacer la voluntad del Padre. A pesar de eso, tuvo que aprender, también él, sufriendo a obedecer, es decir, tuvo que aprender a morir. Y así es como el Hijo obediente se convierte en autor de salvación eterna para todos los que aprenden obediencia en el sufrimiento.

Luego el sufrimiento por el que pasa y pasará todo ser humano, mientras viva en este mundo –y ello a pesar de los muchos avances de la ciencia-, se convierte así en el instrumento más universal de salvación. Sufrir ya no es algo inútil y absurdo. Tiene una razón de ser que ha puesto al descubierto Jesucristo con su Pasión, y es la de ser escuela de obediencia y medio de salvación. Con nuestros sufrimientos completamos lo que falta a la Pasión de Cristo; pues en el sufrimiento aprendemos a ser obedientes a la voluntad de Dios, a madurar como personas y como cristianos, a amar desde el despojamiento de nosotros mismos, a acogermisteriosos dones de procedencia divina; aprendemos a dejar esta vida y a esperar la nueva vida que Dios quiere darnos: aprendemos a confiar en Dios y en su promesa de vida.

Desde que Cristo asumió nuestros sufrimientos, el sufrimiento humano ha pasado a ser el mejor modode trabajar con Cristo por la redención del mundo, incluida la nuestra propia. Es el inmenso campo de trabajo que se ofrece a enfermos, minusválidos, impedidos, ancianos, etc. Aquí se halla el trabajo más útil para la humanidad: el más productivo, pues no produce coches, alimentos o medicinas, pero produce salvación, y no hay nada más productivo, porque no hay bien más preciado que éste que da vida eterna.

Hoy nos acercamos a la cruz para adorarla. La adoramos porque en ella reconocemos al Salvador, la salvación que en ella estuvo clavada. Mirémosla no con compasión, ni con orgullo simplemente –como si se tratara de un trofeo de guerra o de caza-, sino con gratitud. No es tiempo de compadecernos de él, sino más bien de que él se compadezca de nosotros; es más bien tiempo de agradecer el gran amor de que hemos sido objeto por parte de Dios, y de prolongar su mirada compasiva hacia todas esas personas que están en situación de sufrimiento, ya sea culpable o inculpablemente; en cualquier caso, llevando su cruz. Sólo la mirada del que muere perdonando y suplicando el perdón para sus verdugos puede sanar nuestras heridas, curar nuestros odios y desactivar nuestros resentimientos y deseos de venganza. Que cuando nos acerquemos a la cruz digamos: “Gracias, Señor, por el don inmerecido de tu vida”.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Artículo 73. En el estudio y la enseñanza de la doctrina católica aparezca bien clara la fidelidad al Magisterio de la Iglesia. En el cumplimiento de la misión de enseñar, especialmente en el ciclo institucional, se impartan ante todo las enseñanzas que se refieren al patrimonio adquirido de la Iglesia. Las opiniones probables y personales que derivan de las nuevas investigaciones sean propuestas modestamente como tales.

Guión litúrgico Domingo de Resurrección – Ciclo C, 21 de abril de 2019.

Guión Litúrgico Domingo de Resurrección

¡Feliz día de la luz!
¡Feliz futuro en el que amanece
un nuevo horizonte para el hombre!
¡Ha resucitado! ¡Aleluya!
Esta felicidad, hermanos,
no es igual que la del resto del año:
¡Ésta  nos rescata de la tristeza!
Esta felicidad, hermanos, no es la misma que –sin sentido- nos deseamos en la noche final del
año:
¡Ésta es felicidad para siempre, no es para uno año.
Es para el cielo, para todos!
Esta felicidad, hermanos, no la ofrece el licor,
la música, ni la superficialidad:
¡Ésta viene como portento
y horas grandes de Dios en la tierra!
Esta felicidad, hermanos, no surge de las pequeñas movidas que nos montamos:
¡Ésta viene de lo más profundo del corazón de Dios!
Esta felicidad pascual, hermanos,
no es deleitada por los dulces de cada día:
¡Este “felices pascuas” arranca de nuestro deseo de ser hombres nuevos!
Este deseo “felices pascuas” no nace del egoísmo
¡Éste viene del amor de Dios sin condiciones!
Este aleluya, brillante y vibrante, triunfal y armonioso
no es entonado por instrumento humano:
¡Es ejecutado por la fe que nos anima
a creer en el Resucitado!

¡Aleluya, amigos todos!
Teniendo a Jesús por delante:

un sepulcro vacío
unas mujeres que reconocen al Maestro
unos discípulos, con virtudes y defectos
una Virgen que contempla emocionada a Jesús vivo;
no tenemos derecho al desaliento
no existe habitación para el temor
no podemos dar la mano al pesimismo
No hay lugar para la muerte ni para las noches oscuras

¡Jesús ha resucitado!
¡Jesús ha prometido lo que cumplió!

¡Jesús es la alegría del mundo!
¡Jesús es el final de la muerte!
¡Jesús es el principio de de la vida eterna!
¡Jesús es la razón de nuestra espera!
¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Mil veces aleluya!
¡Ha resucitado, el Señor!
¡Bendita la mañana que nos trajo tal noticia!

Javier Leoz

1.- MONICION DE ENTRADA

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Feliz Paso del Señor! ¡Feliz día que nos trae una gran noticia! ¡Ha resucitado el Señor!

A este momento nos estábamos preparando durante la cuaresma. Hoy no hay lugar para la tristeza, ni para el llanto ni para el pesimismo: ¡JESUS HA RESUCITADO!

¿Por qué no intentamos comenzar una vida cristiana desde ahora? Que la Eucaristía que vamos a celebrar, la más alegre y esplendorosa del año, nos ayude a llenarnos de Dios y, sobre todo, a no olvidar lo más importante de nuestra fe en Cristo: ¡JESUS RESUCITO! ¡Lo pregonemos y lo celebremos!

Recibamos al sacerdote con nuestro canto: Alegre la mañana/ El Señor Resucitó/ Qué mañana de luz/ Este es el día/ etc.

(Entra la procesión; pueden ir delante del sacerdote, además de los cirios, un grupo de niños, jóvenes o padres, con varias cartulinas donde ponga la palabra: ¡ALELUYA! En otras ¡RESUCITÓ! Por supuesto no debe de faltar la Palabra de Dios portada en un paño blanco)

2.- PENITENCIAL

El Señor ha resucitado. Hoy, en vez de pedir perdón, vamos a lavar nuestra vida y a rejuvenecer nuestra fe, con el AGUA BENDECIDA AYER NOCHE en la Vigilia Pascual.

Canto: Ilumíname Señor con tu Espíritu

3.- MONICIONES A LAS LECTURAS

Tres lecturas vamos a escuchar en este día de la Resurrección del Señor. Tres lecturas que nos vienen a traer una gran noticia: Jesús ha triunfado sobre la muerte y, por lo tanto, ha de ser una novedad que hemos de anunciar y de llevar como cristianos allá donde nos encontremos. Que no olvidemos nunca que, el seguir a Jesús, nos exige pensar y actuar como El pensó y actuó. Escuchemos con alegría y con atención la Palabra.

4.- RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS DEL BAUTISMO

– ¿Renunciáis a Satanás y a todas sus obras y seducciones?
Sí, renuncio.

– ¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra?
Sí creo.

– ¿Creéis en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que nació de Santa María Virgen, murió, fue sepultado, resucitó de entre los muertos, y está sentado a la derecha del Padre?
Sí, creo.

– ¿Creéis en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés?
Sí, creo.

– ¿Creéis en la santa Iglesia católica, en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
Sí, creo.

Esta es nuestra fe.
Esta es la fe de la Iglesia,
que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús,
Señor nuestro.
Amén.

(Si, en el penitencial no se ha realizado el asperges, es ahora un momento adecuado para –simbólicamente- bajar por toda la asamblea y rememorar el Bautismo que nos sumerge en la misma suerte de Jesucristo: morir para resucitar)

5.- ORACIÓN DE LOS FIELES

  1. Todos somos Iglesia.Pero, la Iglesia nace a la luz de la Resurrección del Señor. ¿Lo estamos anunciamos? ¿No somos demasiado tímidos? Que el Señor nos dé su fuerza. Roguemos al Señor (Respondemos: Cristo Resucitado, escucha nuestra oración)
  2. Cada día que pasa, en el mundo, hay gente que sufre. Personas que no ven solución a su vida. Pidamos al Señor que, su Resurrección, sea un motivo para la esperanza en la tierra. Roguemos al Señor (Cristo Resucitado, escucha nuestra oración)
  3. Nosotros conocemos el final de la muerte de Jesús: ¡RESUCITÓ!Pero hay amigos nuestros y países lejanos que, todavía, no conocen nada de Jesús. Oremos para que no falten sacerdotes ni hombres ni mujeres que lleven el mensaje del Evangelio. Roguemos al Señor (Cristo Resucitado, escucha nuestra oración)
  4. Hoy, en este día, nuestra muerte ha sido vencida. ¡Nos volveremos a ver! Si el Señor resucitó, el temor a la muerte ya no existe. Para que trabajemos por el Reino que Jesús predicó. Roguemos al Señor. (Cristo, Resucitado, escucha nuestra oración)
  5. Finalmente, y tiene que ser así, hoy es el día de “felicitar” a nuestros difuntos.¡No os olvidamos! ¡Resucitaréis! ¡Cristo ha Resucitado! Ellos creyeron todo esto. Para que Dios les conceda el descanso mientras llega ese día en el que todos nos volveremos a juntar. Roguemos al Señor. (Cristo, Resucitado, escucha nuestra oración)

6.- OFRENDAS

  • La alegría de nuestra fe cristiana la queremos manifestar con esta pancarta: ¡HA RESUCITADO! Que como cristianos manifestemos públicamente que, nuestra fe, es alegría, gozo y futuro en el cielo.
  • El sepulcro vacío, la alegría de la Virgen María y de las Santas Mujeres que fueron y no encontraron el cuerpo de Jesús, lo queremos simbolizar con este sudario. El blanco de la Pascua se impone sobre el negro de la muerte.
  • Finalmente, la presencia del Señor, la seguimos sintiendo y recordando en el mandamiento del amor, en el sacerdocio y en la eucaristía que Jesús nos dejó en Jueves Santo. Por eso, hoy, presentamos este gran pan y esta jarra de vino donde pone ¡ALELUYA!

7. ORACION FINAL

Señor, tenías razón, has resucitado
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, era verdad, la muerte no era tan fuerte como Tú
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, Tú tienes Palabras de vida eterna
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, nos hemos asomado al sepulcro y no estabas
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, lo que hemos visto lo creemos: has resucitado
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, si Tú has vencido a la muerte, nosotros resucitaremos
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, si Tú has vencido al odio con amor, nosotros te seguiremos
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, si Tú has traído el Reino de Dios a este mundo, nosotros lo anunciaremos
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, Tú eres la gran alegría del mundo
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, Tú eres lo más importante del Domingo de Pascua
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, Tú vives para siempre
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, Tú con tu muerte y Resurrección, nos harás vivir para siempre
¡ALELUYA, ALELUYA!

Señor, ¡Gracias por tu muerte y por tu Resurrección!
¡ALELUYA, ALELUYA!

El gran día (Oración)

EL GRAN DÍA

Hoy es el gran día. El que estábamos esperando. La vida ha vencido a la muerte. La alegría ha vencido a la tristeza. Es Domingo de Resurrección. El mundo se llena de luz y de color. Suenan las campanas y los pájaros del campo cantan melodías de fiesta. Se escuchan ritmos y bailes de esperanza. ¿Los oyes? Sí. Ahí dentro, en tu interior.

Abro mi corazón para que lo llenes de tu fuerza y de tu vida. Esa vida que sabemos que ya no tiene fin. Me dispongo a rezar con lo que pasó aquel domingo muy de mañana. Y te pido, Jesús, que hoy me des la alegría de sentir que estás aquí, conmigo. Que vives para siempre y que hoy te pueda ver con los ojos del corazón.

El texto es una adaptación del evangelio de Juan (Jn 20, 1-9):

Habían pasado tres días desde que Jesús murió. Y una mañana, tan temprano que aún era de noche, María Magdalena fue a donde lo habían enterrado. Iba como a veces van las personas al cementerio, para rezar, para despedirse de su amigo, para llorar un poco porque estaba triste. Pero Jesús no estaba enterrado como enterramos hoy a las personas. En su época los ponían como en unas cuevas que llamamos sepulcros, y la puerta del sepulcro era una roca enorme muy pesada y difícil de mover.

Al llegar, María vio que esa losa del sepulcro de Jesús estaba apartada. Le dio un susto tremendo, y como no sabía si entrar o qué hacer, se fue a buscar a otros amigos de Jesús. Al llegar donde estaban Pedro y Juan, dos de sus mejores amigos, les dijo: «Creo que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús a algún sitio que no sabemos» (porque ella aún no se imaginaba que Jesús pudiera estar vivo).

Los dos amigos de Jesús empezaron a correr. Juan, que era más joven y estaba más delgado, iba muy rápido. Juan miró desde la puerta, y se quedó sorprendido porque las vendas con las que habían envuelto el cuerpo de Jesús estaban tiradas en el suelo. Cuando llegó Pedro se atrevió a entrar, y vio las vendas en el suelo y otra tela con la que habían cubierto la cabeza de Jesús, bien doblada. Juan entró también. Y allí empezaron a comprender lo que había pasado. Sintieron que nadie se había llevado el cuerpo de Jesús a otro sitio, sino que estaba vivo. Y por fin entendieron lo que algunas veces les había dicho de que al final resucitaría. Por eso empezaron a sonreír, contentísimos.

Mirad, cuando alguien pierde a un ser querido, está muy triste. Natural. Porque sabemos que no lo vamos a volver a ver en la tierra. Eso le pasaba a María Magdalena, que era muy amiga de Jesús. Pero… ¿qué pensaría cuando no lo encontró en el sepulcro? Y lo mismo Juan y Pedro. Pues se dieron cuenta de que había resucitado. ¡Era verdad lo que había dicho!

Sí, esa era la promesa que les había hecho. Que en la gran casa del cielo, el Padre Dios tiene preparado un sitio para nosotros. Si tienes algún conocido o familiar en el cielo, hoy es un buen día para sonreír y celebrar que están disfrutando con Jesús. ¡Qué maravilla saber que la vida vence a la muerte!

Ahora vas a hacer una cosa. Usa tu imaginación. Si tuvieras que dibujar la alegría de la vida, ¿qué harías? ¿Qué colores combinarías? Escoge tus colores preferidos. Los más bonitos, los más alegres. Y dibuja lo que te salga del corazón. Puede ser cualquier cosa, por ejemplo una casa. La del cielo llena de luz y color. deja que Jesús pinte contigo tu alegría. Cuando acabe esta oración busca papel y pinturas y haz tu dibujo de resurrección.

Para los amigos de Jesús la resurrección es la respuesta a muchas preguntas. Saber que pase lo que pase, la última palabra siempre la tiene el amor del Padre Dios, que ha resucitado a Jesús para siempre. Y mientras escuchas la canción, pídele a Jesús resucitado que te abrace con su inmenso amor.

Yo soy el Pan de vida.
El que viene a mí no tendrá hambre.
El que cree en mí no tendrá sed.
Nadie viene a mí, si el Padre no lo llama.

Yo le resucitaré
en el día final.

Yo soy el pan de vida de Martín Verde Barajas interpretado por Coro Cantaré, «Cantaré (Pan de vida).»

         Por tu resurrección

Por tu Resurrección, mi corazón se llena de esperanza.
Por tu Resurrección, sé que la gran casa del cielo también es mi casa.
Por tu Resurrección, gritamos a los cuatro vientos que tenías razón.
Por tu Resurrección, canto y bailo con alegría infinita.
Por tu Resurrección, el mundo se llena de color.

<

p style=”text-align:justify;”>Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.

¿Cómo vivir el Viernes Santo de este año 2019 en compañía de María, la Madre dolorosa? Un antiguo libro titulado “Dormición de la Virgen” presenta a María recorriendo los lugares por los que anduvo Jesús camino del Calvario. Parece ser que ésta era también -como atestigua la monja Hegeria en el siglo IV- una tradición de los cristianos que vivían en Jerusalén el día de Viernes Santo. Todos querían recorrer la senda que el Maestro había recorrido con la cruz a cuestas hasta el Calvario.

¿Qué sentiría hoy María viendo la “Vía Dolorosa” convertida en la calle más comercial de la Jerusalén antigua? Los grupos de mujeres plañideras han sido sustituidos por vendedores que ofrecen especias, ropas y toda clase de artesanía y de recuerdos. Los peregrinos se convierten con frecuencia en meros turistas. Nada es como aquel viernes del año 30. O quizá sí. Hoy como entonces seguimos ignorando al Cristo que pasa, aunque, también hoy como entonces, sigue habiendo pequeños cireneos.

Siento que la mirada de María no es una mirada de condena. Los mismos ojos compasivos que contemplaron entonces al Hijo sufriente contemplan hoy a los hijos sufrientes que se esconden tras los escaparates de un comercio o bajo la gorra de un turista. La presencia de María sigue viva en esa calle que parte de la torre Antonia y muere en la basílica del Santo Sepulcro, que serpea por entre bazares y puestos de policía, que ensambla las voces de los comerciantes, las plegarias de las mezquitas y las campanas de las iglesias, que mezcla las monedas y el incienso. Aparece de manera expresa en el pequeño bajorrelieve que conmemora la cuarta estación en una capilla regida por los armenios católicos.
 
Sigue viva, por encima de todo, consolando a los muchos cristos rotos que deambulan por las “vías dolorosas” de este mundo nuestro, de la que la Vía Dolorosa de Jerusalén es todo un símbolo.

Podemos vivir este Viernes Santo de muchas maneras. Os invito a vivirlo al lado de María. Me resultan muy luminosas las palabras de Juan que leemos hoy en el relato de la pasión y que tantas veces han sido musicalizadas: “Stabat mater iuxta crucem”. La madre de Jesús permanecía en pie junto a la cruz.

¿Cómo se percibe el misterio de la muerte de Jesús estando de pie al lado de la madre? Esta perspectiva mariana del Viernes Santo es “otra cosa”. Dediquémosle tiempo, mucho tiempo. Y pocas palabras. Ojos abiertos y corazón sencillo. Entonces el misterio entrará en nuestra casa.

 

Jesús Losada

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