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51. Cuando Dios se dirige a Abraham le dice: «Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1). Para poder ser perfectos, como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas. Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal 139,7). Y si ya no ponemos distancias frente a Dios y vivimos en su presencia, podremos permitirle que examine nuestro corazón para ver si va por el camino correcto (cf. Sal 139,23-24). Así conoceremos la voluntad agradable y perfecta del Señor (cf. Rm 12,1-2) y dejaremos que él nos moldee como un alfarero (cf. Is 29,16). Hemos dicho tantas veces que Dios habita en nosotros, pero es mejor decir que nosotros habitamos en él, que él nos permite vivir en su luz y en su amor. Él es nuestro templo: lo que busco es habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida (cf. Sal 27,4). «Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa»(Sal 84,11). En él somos santificados.

LA DIFICULTAD DE LA FE

 

1.- Creer no es fácil.

La fe es la piedra fundamental de la Iglesia Pero la fe es difícil. Esto debemos hoy afirmarlo ante quienes tienen demasiada facilidad para creer. ¿Acaso creen? ¿No les parecerá que es fe algo que no tiene sino sólo apariencias de ella? Hay quienes tienen una gran pereza mental, o reducen la fe a una simple aceptación de dogmas. Es una manera más de no complicarse la vida. Los dogmas se convierten en axiomas; «así es y no tenemos por qué matarnos la cabeza». ¿Cómo podríamos decir a toda esta clase de creyentes que la fe es un poco más difícil? Es que ser creyente es más importante que eso.

Hay otros que tienen verdadera dificultad para creer. Se toman en serio la Palabra de Dios, pero les cuesta. Se debaten entre la luz y la sombra, entre la evidencia y la duda, entre la aceptación y el deseo de rechazar. Estos están en mejor camino para llegar a ser creyentes. Podemos pensar hoy en ese tipo cristiano arrogantemente «seguro», encastillado en la verdad, como una roca ante el asalto de las olas de la duda.

Sentimos, aun los que tenemos conciencia de haber optado por la fe, cómo en ocasiones todo se nos oscurece y nos parece absurdo: «Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso?» (Jo 6, 60). Todo lo que nos rodea nos sugiere criterios, valores, modos de interpretar la vida completamente diversos del evangelio. Cuando se cree, se acepta la fe contra toda evidencia. Pero este camino a contrapelo, se hace costoso y, muchas veces, tambaleante. «Se anegaba la barca…, ¿por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe,?» (Mc 4, 37.40).

Ante esta dificultad de la fe, que no hemos de aminorar, ni tampoco exagerar, muchos se echan para atrás. Esto ocurre sobre todo cuando la fe se va profundizando y nos plantea opciones que no estamos dispuestos a aceptar. En la situación de nuestra Iglesia, abierta a una problemática de la fe, un poco más amplia que los rezos y las sacristías, las deserciones de la fe se hacen cada día más numerosas. «Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con El» (Jn 6, 66).

 

2.- Es una elección y decisión.

La fe supone una elección y una decisión. El hombre, en el mundo, para su bien o para su mal, aún puede elegir. «Si no os parece bien servir al Señor, escoger a quien servir… (a otros dioses)» (Jos 24, 15). Se puede estar con Cristo o contra Cristo (Lc 11, 23), con el dinero o con Dios (Mt 6, 24). Lo que no se puede hacer es servir a dos señores (v. 24). La fe es una elección, en la que nosotros mismos estamos indecisos. La Palabra de Dios es una proposición provocadora, a fin de que nos decidamos a elegir. «Escoged» (Jos 24, 15). «¿También vosotros queréis marcharos» (Jn 6, 67).

La decisión de Pedro es muy importante. La pregunta de Jesús manifiesta el espíritu vacilante de sus discípulos. La respuesta de Pedro no lo suprime. Pero lo admirable es que Pedro elige decididamente en favor de Jesús: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos». Eligen aceptar la fe (Jn 6, 68). La actitud del pueblo de Israel no es menos significativa; este pueblo acecha- do por mil culturas prósperas, que proclamaban el poder de sus dioses, decide en favor de Yavé. «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios» (Jos 24, 16-17).

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p style=”text-align:justify;”>3.- Dios nos ha elegido antes.


Esta elección y decisión de la fe, están apoyadas por la elección que Dios antes ha lecho de nosotros. Que nadie se sienta con merecimientos ante Dios. El es quien nos salva. En esto es en lo que creemos. La fe nos ayuda a descubrir la verdad del mundo y del hombre, cuya profundidad es Dios mismo revelándose en comunión con todo. La fe es un poder ser hombre, desde el poder de quien se nos revela, Dios. «No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17). Es que «la carne no sirve para nada» (Jn 6, 63). Precisamente la fe es aceptar que Dios viene a salvar nuestra débil situación carnal: «el espíritu es quien da vida» (v. 63) No somos nosotros los que elegimos ser hijos de Dios (Rom 8, 16).

La gratuidad de la fe es absoluta. Elegimos a Dios, por el acto de fe, porque antes El nos ha elegido a nosotros. La fe acepta esta elección. Nos convertimos a Dios, porque antes El se ha convertido a nosotros.

La acción de gracias que vamos ahora a ofrecer a Dios es clara muestra de ello. Damos gracias a Dios por las acciones salvadoras que ha realizado entre nosotros. Es decir, ofrecemos a Dios los mismos dones que nos ha dado; llegamos a Dios después que El se nos ha allegado; entramos en relación con El, porque El nos invita a vivir en comunión suya. Nuestro mérito está en que «nos dignamos», mérito lleno de ironía, aceptar el amor que Dios nos tiene.

 

Jesús Burgaleta

Estamos al final del episodio que comenzó con la multiplicación de los panes y de los peces (cf. Jn 6,1-15) y que continuó con el “discurso del pan de vida” (cf. Jn 6,22-59). Se trata de un episodio atravesado por diversos equívocos y donde se manifiesta la perplejidad y la confusión de aquellos que escuchan las palabras de Jesús.

La multitud esperaba un mesías rey que le ofreciese una vida confortable y pan en abundancia y Jesús mostró que no venía a “dar cosas”, sino a ofrecerse a sí mismo para que la humanidad tuviese vida; la multitud esperaba de Jesús una propuesta humana de triunfo y de gloria y Jesús le invitó a identificarse con él y a seguirle por un camino de amor y de entrega de la vida hasta la muerte.

Los interlocutores de Jesús percibieron claramente que Jesús les había situado ante una opción fundamental: o continuar viviendo desde la lógica humana, volcada hacia los bienes materiales y en las satisfacciones más inmediatas, o el asumir la lógica de Dios, siguiendo el ejemplo de Jesús y haciendo de la vida un don de amor para ser compartido. Instalados en sus esquemas y prejuicios, presos de sus aspiraciones y sueños demasiado materiales, desilusionados con un programa que les parecía condenado al fracaso, los interlocutores de Jesús rechazarán el identificarse con él y con su programa.

Nuestro texto nos muestra la reacción negativa de “muchos discípulos” a las propuestas que Jesús hace. No todos los discípulos están dispuestos a identificarse con Jesús (“comer su carne y beber su sangre”) y a ofrecer su vida como don de amor que debe ser compartido con toda la humanidad.

Tenemos que situar esta “catequesis” en el contexto en el que vivía la comunidad joánica, a finales del sigo I.

La comunidad cristiana estaba discriminada y perseguida; muchos discípulos se separaban y tomaban otros caminos, rechazando seguir a Jesús por el camino de la entrega de la vida.

Muchos cristianos, confusos y perplejos, preguntaban: ¿para ser cristiano es preciso recorrer un camino tan radical y de tanta exigencia? ¿La propuesta de Jesús será, efectivamente, un camino de vida plena, o un camino de fracaso y de muerte?

A estas cuestiones es a las que el “catequista” Juan va a intentar responder.

La perícopa se divide en dos partes. La primera (vv. 60-66) describe la protesta de un grupo de discípulos por las exigencias de Jesús; la segunda (vv. 67-69) presenta la respuesta de los Doce a la propuesta que Jesús hace. Estos dos grupos (los “muchos discípulos” de la primera parte y los “Doce” de la segunda) representan las dos actitudes distintas frente a Jesús y a sus propuestas.

Para los “discípulos” de los que se habla en la primera parte de nuestro texto, la propuesta de Jesús es inadmisible, excesiva para las fuerzas humanas (v. 60). Ellos no están dispuestos a renunciar a sus propios proyectos de ambición y de realización humana, a embarcarse con Jesús en un camino de amor y de entrega, a hacer de la propia vida un servicio y un compartir con los hermanos. Ese camino les parece, además de demasiado exigente, un camino ilógico. Enfrentados con la radicalidad del camino del Reino, ellos no están dispuestos a arriesgar.

En la respuesta a las objeciones de esos “discípulos”, Jesús les asegura que el camino que propone no es un camino de fracaso y de muerte, sino que es un camino destinado a la gloria y a la vida eterna. La “subida” del Hijo del Hombre, después de la muerte en cruz, para volver a entrar en el mundo de Dios, será la “prueba” de que la vida ofrecida por amor conduce a la vida en plenitud (vv. 61-62).

Esos “discípulos” no están dispuestos a acoger la propuesta de Jesús porque piensan de acuerdo con una lógica humana, la lógica de la “carne”; sólo el don del Espíritu posibilitará a los creyentes comprender la lógica de Jesús, adherirse a su propuesta y seguirle por ese camino de amor y de donación que conduce a la vida (v. 63).

En realidad, esos discípulos que piensan según la lógica de la “carne”, siguen a Jesús por razones equivocadas (la gloria, el poder, la fácil satisfacción de las necesidades materiales más básicas). Su adhesión a Jesús es solamente exterior y superficial. Jesús tiene conciencia clara de esa realidad. Él sabe que uno de los “discípulos” le va a entregar en manos de los líderes judíos (v. 64). De cualquier forma, Jesús encara la decisión de los discípulos con tranquilidad y serenidad. Él no fuerza a nadie; solamente presenta su propuesta, propuesta radical y exigente, y espera que el “discípulo” haga su elección, con total libertad.

Como último dato, la vida nueva que Jesús propone es un don de Dios, ofrecido a todos los hombres (v. 65). El final de este movimiento que el Padre invita a realizar al “discípulo”, es el encuentro con Jesús y la adhesión a su proyecto. Si el hombre no está abierto a la acción del Padre y rechaza los dones de Dios, no puede formar parte de la comunidad de los discípulos y seguir a Jesús.

La primera parte de la escena termina con la retirada de “muchos discípulos” (v. 66). El programa expuesto por Jesús, que exige la renuncia a las lógicas humanas de la ambición y de la realización personal, es rechazado. Esos “discípulos” se muestran no dispuestos a recorrer el camino de Jesús.

Confirmada la deserción de esos “discípulos”, Jesús pide al grupo más restringido de los “Doce” que realicen su elección: “¿También vosotros queréis marcharos?” (v. 67). Jesús no suaviza sus exigencias, ni atenúa la dureza de sus palabras. Él está dispuesto a correr el riesgo de quedarse sin discípulos, pero no está dispuesto a prescindir de la radicalidad de su proyecto. No es una cuestión de terquedad o de no querer dar el brazo a torcer, sino que Jesús está seguro que el camino que propone, el camino del amor, del servicio, del compartir, de la entrega, es el único camino por donde es posible llegar a la vida plena. Por eso, él no puede cambiar una coma de su discurso y de su propuesta. El camino para la vida en plenitud, ya ha sido claramente expuesto por Jesús; ahora queda a los “discípulos” aceptarlo o rechazarlo.

Enfrentados con esta opción fundamental, los “Doce” definen claramente el camino que quieren recorrer: ellos aceptan la propuesta de Jesús, aceptan seguirlo por el camino del amor y de la entrega.

Quien responde en nombre del grupo (utilizando el plural) es Simón Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (v. 68). La comunidad reconoce, por boca de Pedro, que sólo en el camino propuesto por Jesús encuentra la vida definitiva. Los otros caminos sólo generan vida efímera y parcial y, con frecuencia, conducen a la esclavitud y a la muerte; sólo en el camino que Jesús acaba de proponer (y que “muchos” han rechazado) se encuentra la felicidad duradera y la realización plena del hombre (v. 68).

Porque reconoce en Jesús el único camino válido para llegar a la vida eterna es por lo que la comunidad de los “Doce” se adhiere a lo que él les propone (“creemos”, v. 69a). La “fe” (adhesión a Jesús) se traduce en el seguimiento de Jesús, en la identificación con él, en el compromiso con la propuesta que él hace (“comer la carne y beber la sangre” que Jesús ofrece y que da la vida eterna).

La respuesta puesta en boca de Pedro es, precisamente, la respuesta que la comunidad joánica (esa comunidad que vive su fe y su compromiso cristiano en condiciones difíciles y que, a veces, tiene dificultad en renunciar a la lógica del mundo y apostar en radicalidad por el Evangelio de Jesús) está invitada a dar: “Señor, tus propuestas no siempre tienen sentido a la luz de los valores que gobiernan nuestro mundo; pero nosotros estamos seguros de que el camino que tú nos indicas es un camino que lleva a la vida eterna. Queremos escuchar tus palabras, identificarnos contigo, vivir de acuerdo con los valores que nos propones, recorrer contigo ese camino de amor y de donación que conduce a la vida eterna”.

El Evangelio de este Domingo pone claramente la cuestión de las opciones que nosotros, discípulos de Jesús, estamos invitados a realizar.
Todos los días somos desafiados por la lógica del mundo, en el sentido de basar nuestra vida en los valores del poder, del éxito, de la ambición, de los bienes materiales, de la moda, de lo “políticamente correcto”; y todos los días estamos invitados por Jesús a construir nuestra existencia sobre los valores del amor, del servicio sencillo y humilde, del compartir con los hermanos, de la sencillez, de la coherencia con los valores del Evangelio.

Es inútil esconder la cabeza en la arena: estos dos modelos de existencia no siempre pueden coexistir y, frecuentemente, se excluyen el uno al otro. Tenemos que hacer nuestra elección, sabiendo que tendrá consecuencias en nuestro estilo de vida, en la forma como nos relacionamos con los hermanos, en la forma como el mundo nos ve y, naturalmente, en la satisfacción de nuestra hambre de felicidad y de vida plena.

No podemos intentar agradar a Dios y al diablo y vivir una vida “tibia” y sin exigencias, intentando conciliar lo irreconciliable. La cuestión es esta: ¿estamos o no dispuestos a adherirnos a Jesús y a seguirle por el camino del amor y de la entrega de la vida?

Los “muchos discípulos” de los que habla el texto que se nos propone, no tuvieron el coraje para aceptar la propuesta de Jesús. Atados a sus sueños de riqueza fácil, de ambición, de poder y de gloria, no estaban dispuestos a andar un camino de donación total de sí mismos en beneficio de los hermanos.

Este grupo representa a esos “discípulos” de Jesús demasiado comprometidos con los valores del mundo, que hasta pueden frecuentar la comunidad cristiana, pero que en el día a día viven obcecados con la ampliación de su cuenta bancaria, con el éxito profesional a toda costa, con la pertenencia a la élite que frecuenta las fiestas sociales, con el aplauso de la opinión pública. Para estos, las palabras de Jesús “son palabras duras” y su propuesta de radicalidad es inadmisible.

Esta categoría de “discípulos” no es tan rara como parece. En diversos grados, todos sentimos, a veces, la tentación de atenuar la radicalidad de la propuesta de Jesús y de construir nuestra vida con valores más complacientes con una visión “light” de la existencia. Es preciso estar, continuamente, en una actitud de vigilancia sobre los valores que nos ofrecen, para no correr el riesgo de “dar la espalda” a la propuesta de Jesús.

Los “Doce” se quedaron con Jesús pues estaban convencidos de que sólo él tiene “palabras de vida eterna”. Ellos representan a aquellos que no se conforman con la banalidad de una vida edificada sobre valores efímeros y que quieren ir más allá; representan a aquellos que no están dispuestos a gastar su vida en caminos que sólo conducen a la insatisfacción y la frustración; representan a aquellos que no están dispuestos a dirigir su vida desde la pereza, la comodidad, la instalación; representan a aquellos que se adhieren sinceramente a Jesús, se comprometen con su proyecto, acogen de corazón la vida que Jesús les ofrece y se esfuerzan por vivir en coherencia con la opción por Jesús que hicieron en el día de su Bautismo.

Esta opción por el seguimiento de Jesús requiere ser constantemente renovada y constantemente vigilada, a fin de que el nivel de coherencia y de exigencia se mantenga.

En la escena que el Evangelio de hoy nos presenta, Jesús no parece estar tan preocupado por el número de los discípulos que continuarán siguiéndolo, cuanto por mantener la verdad y la coherencia de su proyecto.
Él no hace concesiones fáciles para tener éxito y para captar la benevolencia y los aplausos de las multitudes, pues el Reino de Dios no es un concurso de popularidad. No escamotea la verdad: el Evangelio que Jesús vino a proponer lleva a una vida plena, pero por un camino de radicalidad y de exigencia.

Muchas veces intentamos “suavizar” las exigencias del Evangelio, a fin de que sea más fácilmente aceptado por los hombres de nuestro tiempo. Tenemos que tener cuidado para no desvirtuar la propuesta de Jesús y para no despojar al Evangelio de aquello que tiene de verdaderamente transformador.

Lo que debemos buscar no es tanto el número de personas que van a la Iglesia, cuanto, y sobre todo, el grado de radicalidad con el que vivimos y testimoniamos ante el mundo la propuesta de Jesús.

Uno de los elementos que aparecen nítidamente en nuestro texto, es la serenidad con la que Jesús encara el “no” de algunos discípulos al proyecto que él vino a proponer.
Ante ese “no”, Jesús no fuerza las cosas, no protesta, no amenaza, sino que respeta absolutamente la libertad de elección de sus discípulos.

Jesús muestra, en este episodio, el respeto de Dios por las decisiones (incluso equivocadas) del hombre, por las dificultades que el hombre siente para comprometerse, por los caminos diferentes que el hombre elige seguir.
Nuestro Dios es un Dios que respeta al hombre, que le trata como adulto, que acepta que ejerza su derecho a la libertad.

Por otro lado, un Dios tan comprensivo y tolerante nos invita a ofrecer muestras de misericordia, de respeto y de comprensión hacia aquellos hermanos que siguen caminos diferentes, que toman opciones diferentes, que dirigen su vida de acuerdo con valores y criterios diferentes a los nuestros.

Esa “divergencia” de perspectivas y de caminos no puede, en ninguna circunstancia, apartarnos del hermano o servirnos de pretexto para marginarle y para excluirle de nuestra convivencia.

Continuamos leyendo la parte moral y parenética de la Carta a los Efesios (cf. Ef 4,1-6,20). En esa parte, Pablo recuerda a los creyentes la opción que hicieron el día de su Bautismo y que les obliga a vivir como hombres nuevos, a imagen de Jesús.

La vida de ese hombre nuevo que dejó las tinieblas y escogió la luz, debe traducirse en actitudes concretas. Por eso, Pablo enumera una serie de normas de conducta, a través de las cuales se debe manifestar la opción que el creyente asumió en el día de su Bautismo.

En la sección de Ef 5,21-6,9 (a la que el texto que hoy se nos propone pertenece), Pablo presenta las normas que deben regir las relaciones familiares. De forma especial, Pablo se refiere a los deberes de los esposos, seguramente porque ve en su unión una figura de la unión de Cristo con su Iglesia. Se trata de uno de los temas más importantes de la teología desarrollada en la carta a los Efesios.

Nuestro texto comienza con un principio general que debe regular las relaciones entre los diversos miembros de la familia cristiana: “sed sumisos unos a otros con respeto cristiano” (Ef 5,21). El “ser sumiso” expresa, aquí, la condición de aquel que está permanentemente en una actitud de servicio sencillo y humilde, sin dejar que su relación con el hermano sea dominada por el orgullo o marcada por actitudes de prepotencia. La expresión “en el temor de Cristo” recuerda a los creyentes que el Cristo del amor, del servicio, del compartir es el ejemplo y el modelo que ellos deben tener siempre ante los ojos.

Después, Pablo, se dirige a los distintos miembros de la familia y les propone normas concretas de conducta. El texto que nos es propuesto, con todo, solamente señala la parte que se refiere a la relación de los esposos uno con otro (en la continuación, Pablo hablará, también, de la conducta de los hijos para con los padres, de los padres para con los hijos, de los señores para con los esclavos y de los esclavos para con los señores, (cf. Ef 6,1-9).

A las mujeres, Pablo les pide sumisión a los maridos, porque “el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia” (v. 23). Esta afirmación, que, a la luz de nuestra sensibilidad y de nuestros esquemas mentales modernos parece discriminatoria, debe ser entendida en el contexto socio-cultural de la época, donde el hombre aparece como la referencia suprema de la organización del núcleo familiar. De cualquier forma, la “sumisión” de la que Pablo habla debe ser siempre entendida en el sentido del amor y del servicio y no en el sentido de la esclavitud.

A los maridos, Pablo les recomienda que amen a sus esposas, “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (v. 25). No se trata de un amor cualquiera, sino de un amor igual al de Cristo por su comunidad, esto es, de un amor generoso y total, que es capaz de ir hasta la donación de la propia vida.

Para Pablo, por tanto, el amor de los maridos por las esposas debe ser un amor completamente libre de cualquier signo de egoísmo y de prepotencia; y debe ser un amor lleno de solicitud, que se manifiesta en actitudes de generosidad, de bondad y de servicio, que se hace don total a la persona a la que se ama.

En este contexto, Pablo desarrolla su teología de la relación entre Cristo y la Iglesia, para después sacar de ahí las debidas consecuencias para la unión de los esposos cristianos. Cristo santificó a la Iglesia, “purificándola con el baño del agua y la palabra” (v. 26). Hay aquí, ciertamente, una alusión al bautismo cristiano (inspirado, probablemente, en las ceremonias preparatorias del matrimonio, que contemplaban el “baño” de la novia antes de presentarse ante el novio), por el cual Cristo edifica a su comunidad y la purifica del pecado.

El bautismo es el momento en el que Cristo ofrece la vida plena a su Iglesia y en el que la Iglesia se compromete con Cristo en una comunidad de amor. A partir de este momento, Cristo y la Iglesia forman un sólo cuerpo. Como Cristo y la Iglesia forman un sólo cuerpo, del mismo modo marido y mujer, comprometidos en una comunidad de amor, forman un sólo cuerpo: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (v. 31).La expresión “una sola carne” aquí utilizada por Pablo no alude sólo a la unión carnal de los esposos, sino a toda su vida conyugal, vivida en el empeño cotidiano por la vivencia del amor, de la fidelidad y del compartir toda la existencia.

Este paralelismo establecido por Pablo entre la unión de Cristo y de la Iglesia y el amor que une a los esposos, da un significado especial al matrimonio cristiano: la vocación de los esposos es anunciar y testimoniar, con su amor y su unión, el amor de Cristo por su Iglesia. Dicho de otra forma: la unión de los esposos cristianos debe ser, a los ojos del mundo, un signo y un reflejo del “misterio” de amor que une a Cristo con la Iglesia.

El compromiso con Jesús y con la propuesta de vida nueva que él vino a presentar, llena toda la vida del hombre y tiene consecuencias en todos los niveles de la existencia, incluido el nivel de las relaciones familiares. Para los seguidores de Jesús, el espacio de la relación familiar tiene que ser, también, el lugar donde se manifiestan los valores de Jesús, los valores del Reino. Con su compartir el amor, con su unión, con su comunión de vida, el hogar cristiano está llamado a ser signo y reflejo de la unión de Cristo con su Iglesia.

“Los propios cónyuges hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio y vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo” (Gaudium et Spes, 52).

Para Pablo, el amor que une al esposo y a la esposa, debe ser un amor como el de Cristo por su Iglesia. De ese amor deben, por tanto, estar ausentes cualquier signo de egoísmo, de prepotencia, de explotación, de injusticia. Debe ser un amor que se hace donación total al otro, que es paciente, que no es arrogante ni orgulloso, que comprende los errores y las faltas del otro, que todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1Cor 13,4-7).

Para Pablo, el amor que une a la esposa y al marido, debe ser un amor que se hace servicio sencillo y humilde. No se trata de exigir sumisión de uno al otro, sino que se trata de pedir que los creyentes manifiesten total disponibilidad para servir y para dar la vida, sin esperar nada a cambio. Se trata de seguir el ejemplo de Cristo que no vino para afirmar su superioridad y para ser servido, sino para servir y dar la vida.

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones, sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo, hacen de su existencia un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

Pablo utiliza, en este texto, a propósito de las mujeres, una palabra que no debemos absolutizar: “sumisión”. Esta palabra debe ser entendida en el contexto socio-cultural de la época, en el que el marido era considerado la referencia fundamental en el orden familiar. Es claro que, hoy en día, Pablo no habría utilizado este término para hablar de la relación de la esposa con el marido. La afirmación de Pablo no puede servir para fundamentar ningún tipo de discriminación contra las mujeres. Además, Pablo dirá, en otras circunstancias, que “no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre o mujer, porque todos sois uno sólo en Cristo Jesús” (Gal 3,28).

El Libro de Josué (de donde está sacada nuestra primera lectura) abarca una parte del siglo XII antes de Cristo, desde la época de la entrada en la Tierra Prometida, de las tribus del Pueblo de Dios liberadas de Egipto, hasta la muerte de Josué.

El libro nos ofrece una visión muy simplificada de la ocupación de Canaán: las doce tribus, unidas bajo el liderazgo de Josué, realizarán diversas expediciones militares fulgurantes y se apoderarán, casi sin oposición, de todo el territorio anteriormente en manos de los cananeos.

Históricamente, con todo, las cosas no sucedieron ni de forma tan fácil, ni de forma tan lineal: es más verosímil la versión presentada por el Libro de los Jueces y que habla de una conquista lenta y difícil (cf. Jue 1), incompleta (cf. Jue 13,1-6; 17,12-16), que no fue obra de un pueblo unido alrededor de un jefe único, sino de tribus que hicieron la guerra en solitario.

El Libro de Josué, antes de ser un libro de historia, es un libro de catequesis. El objetivo de los autores deuteronomistas que lo escribieron era destacar el poder inmenso de Yahvé puesto al servicio de su Pueblo: fue Dios (y no la capacidad militar de las tribus) quien, con sus prodigios, entregó a Israel la Tierra Prometida; al Pueblo le queda aceptar el don de Dios y responderle con fidelidad a la Alianza y a los mandamientos.

El texto que hoy se nos propone nos sitúa en la fase final de la vida de Josué. Sintiendo aproximarse la muerte, Josué reunió en Siquén (en el centro del país) a los líderes de las diversas tribus del Pueblo de Dios y les propuso la renovación de su compromiso con Yahvé. De acuerdo con Jos 24,15 Josué puso las cosas de la siguiente forma: “escoged hoy a quién queréis servir… yo y mi casa serviremos al Señor”.

En la versión del autor deuteronomista, a quien debemos este relato, Josué parece dirigirse a un grupo de tribus que comparten una fe común en Yahvé. ¿Estaremos ante una asamblea que reúne a esas “doce tribus” que, más tarde (en la época de David), van a constituir la unidad nacional? Algunos biblistas piensan que no. Entre las tribus presentes no estaría, ciertamente, la tribu de Judá, ya que los contactos de Judá y la “casa de José” sólo se establecieron en la época del rey David.

La “casa” de Josué a la que el texto se refiere está, ciertamente, constituida por las tribus del centro del país, Efraín, Benjamín y Manasés que, hacía mucho tiempo, se habían adherido a Yahvé y a la Alianza. ¿Y las otras tribus, invitadas a comprometerse con Yahvé? Probablemente, la invitación a escoger entre “el Señor” y los otros dioses (cf. Jos 24,14) se dirige a las tribus del norte del país que, sin duda, no abandonaron Palestina desde la época de los patriarcas (y que, por tanto, no vivieron la experiencia de Egipto, ni hicieron la experiencia del encuentro con Yahvé, el Dios libertador).

Tal vez la “asamblea de Siquén” referida en Jos 24 sea la primera tentativa histórica de establecer lazos entre las tribus del centro de Palestina (Efraín, Benjamín y Manasés, las tribus que vivieron la experiencia de Egipto, la liberación, el camino por el desierto y la Alianza con Yahvé) y las tribus del norte (Isacar, Zabulón, Neftalí, Asher y Dan, tribus que ni siquiera estuvieron en Egipto). La ligazón se realiza alrededor de la fe común en el mismo Dios. La unión de las diversas tribus del norte y del centro no se produjo, con todo, de una vez, sino que fue un camino lento y progresivo, que sólo se completó mucho tiempo después de Josué.

El punto de partida para el texto que se nos propone es el hecho histórico en sí (probablemente, una asamblea en Siquén, donde Josué propuso a las tribus del norte que aceptasen a Yahvé como su Dios). Por tanto, el autor deuteronomista responsable de este texto tomó un hecho histórico y lo transformó en una catequesis sobre el compromiso que Israel asumió con Yahvé. Su objetivo es el de invitar a los israelitas de su época (siglo VII antes de Cristo) a no dejarse seducir por otros dioses y a mantenerse fieles a la Alianza.

Estamos, por tanto, en Siquén, con “todas las tribus de Israel” (v. 1) reunidas alrededor de Josué. En la interpelación que dirige a las tribus, Josué comienza por nombrar algunos momentos capitales de la historia de la salvación, mostrando al Pueblo cómo Yahvé es un Dios en quien se puede confiar; sus acciones salvadoras y liberadoras en favor de Israel son una prueba más de lo suficiente de su poder y de su fidelidad (cf. Jos 24,2-13).

Después de esa introducción, Josué invita a los representantes de las tribus presentes a sacar las debidas consecuencias y a tomar su opción. Es necesario elegir entre servir a ese Señor que liberó a Israel de la opresión, que lo condujo por el desierto y que lo introdujo en la Tierra Prometida, o servir a los dioses mesopotámicos y a los dioses de los amorreos. Josué y su familia ya han optado: ellos escogen servir a Yahvé (v. 15).

La respuesta del Pueblo es la esperada. Todos manifiestan su intención de servir al Señor, en respuesta a su acción liberadora y a su protección a lo largo del camino por el desierto (vv. 16-18). Israel se compromete a renunciar a otros dioses y a hacer de Yahvé su Dios.

La aceptación de Yahvé como Dios de Israel es presentada, no como una obligación impuesta a un grupo de esclavos, sino como una opción libre, hecha por personas que han hecho una experiencia de encuentro con Dios y que saben que es ahí donde está su realización y su felicidad. Después de recorrer con Yahvé los caminos de la historia, Israel constató, sin lugar a dudas, que sólo en Dios puede encontrar la libertad y la vida en plenitud.

El problema fundamental señalado por el autor de nuestro texto, es el de las opciones: “escoged hoy a quién queréis servir”, dice Josué al Pueblo reunido. Es una cuestión que nunca dejará de sernos propuesta. A lo largo de nuestro caminar por la vida, vamos haciendo la experiencia de encuentro con ese Dios liberador y salvador que Israel descubrió en su marcha por la historia; pero nos encontramos también, muy frecuentemente, con otros dioses y otras propuestas que parecen garantizarnos la vida, el éxito, la realización, la felicidad y que, casi siempre, nos conducen por caminos de esclavitud, de dependencia, de desilusión, de infidelidad.

La expresión “escoged hoy a quién queréis servir” nos interpela a cerca de nuestra servidumbre al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda, a las exigencias de los valores que la opinión pública ha consagrado, al reconocimiento público. Naturalmente, no todos los valores del mundo son generadores de esclavitud o incompatibles con nuestra opción por Dios. Tenemos, sin embargo, que repensar continuamente nuestra vida y nuestras opciones, a fin de que no corramos detrás de falsos dioses y de que no nos dejemos seducir por propuestas falsas de realización y de felicidad.

El verdadero creyente sabe que no puede prescindir de Dios y de sus propuestas; y sabe que es en ese Dios, que nunca se olvida de aquellos que confían en él, en quien pueden encontrar su realización plena.

Israel aceptó “servir al Señor” y comprometerse con él, no por obligación, sino por la convicción de que ese era el camino hacia su felicidad.
A veces, Dios es visto como un competidor del hombre y sus mandamientos como una propuesta que limita la libertad y la independencia del hombre. En verdad, el compromiso con Dios y la aceptación de sus propuestas no es un camino de servidumbre, sino que es un camino que conduce al hombre a la verdadera libertad y a su realización plena.

El camino que Dios nos propone, camino que somos libres de aceptar o no, es un camino que nos libra del egoísmo, del orgullo, de la autosuficiencia, de la esclavitud de los bienes materiales y que nos proyecta hacia el amor, hacia el compartir, hacia el servicio, hacia la donación de la vida, hacia la verdadera felicidad.

Josué, el líder de la comunidad del Pueblo de Dios, tiene un papel fundamental en el sentido de interpelar al Pueblo y de dar testimonio de su opción por Dios. No es un líder que dice bonitas palabras y presenta bellas propuestas, que más tarde su vida desmiente lo que dice. Es un líder plenamente comprometido con Dios y que da testimonio, con la propia vida, de esa opción.

Josué podría ser un ejemplo para todos aquellos que tienen responsabilidades en la conducción de la comunidad del Pueblo de Dios en marcha por la historia. Su ejemplo invita a aquellos que presiden la comunidad del Pueblo de Dios a ser una voz de Dios que interpela y que cuestiona a aquellos que caminan a su lado; e invita, también, a los responsables de las comunidades cristianas a testimoniar con la propia vida aquello que enseñan al Pueblo.

Nunca imaginó que iba a hacerse tan famoso. Solemos llamarle “el joven rico”. Con esas palabras ha pasado a la historia de la literatura, del arte, de la reflexión sobre la fe. Generación tras generación miles de cristianos nos hemos confrontado con su experiencia. Algunos han dado respuestas magistrales; todos estamos en deuda con ellos.

El relato de Mateo constata que él, que había ido expresamente a encontrarse con Jesús, “se fue triste” y asocia esa tristeza a una razón: “porque era muy rico”. Pero es probable que esa no fuera la única (y tampoco la principal) causa de su entristecerse sino el hecho de que Jesús le invite tan claramente a compartir: “anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”.

Cabe también -permitan que especule- que le entristeciera la impresión de que Jesús le proponía algo imposible. ¿Se quedó a escucharle un poco más o se marchó? ¡Ojalá se hubiera quedado! Al momento -lo escucharemos en la celebración de mañana- Jesús recordó que para Dios nada hay imposible (Mt 19, 26; Lc 1, 37). Con demasiada frecuencia nos empeñamos en poner difícil al Señor que haga las cosas a su manera. No acabamos de creer que su Espíritu es capaz de actuar y que nada se le resiste. Lo que Jesús proponía al joven rico es duro, pero no imposible. Nunca han faltado (hoy tampoco) discípulos y discípulas del Señor que lo demuestran.

Lunes XX de Tiempo Ordinario

Hoy es 20 de agosto, lunes de la XX semana de Tiempo Ordinario.

Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo, si pierdes el alma? Dicen que estas palabras que San Ignacio dirigió a San Francisco Javier, cuando ambos estudiaban en París, fueron determinantes en su vocación. Así, con esa pregunta de fondo, San Francisco Javier, se puso al servicio de Dios. Y lo hizo con un hondo deseo de entregar todo al Señor, incluida su vida. Disponte ahora, a empezar la oración, con ese deseo, con esas ganas de entregar a Dios, lo más importante. ¿De qué te sirve ganar el mundo, si pierdes el alma?

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 19, 16-22):

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?»

Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.»

Él le preguntó: «¿Cuáles?»

Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.»

El muchacho le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?»

Jesús le contestó: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo.»

Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico.

Todos descubrimos en el fondo del alma, el deseo de seguir más y mejor a Dios. Queremos, cumplimos, e incluso nos esforzamos. Pero si nos detenemos, entonces descubrimos la necesidad de seguirle más, de apostar más, identificarnos más. Eso es lo que quiere el joven que se acerca a Jesús. ¿Es también tu deseo?

Al igual que el deseo es grande, el miedo a concretarlo también es poderoso. El joven rico no se atreve a ponerlo todo en juego. No se atreve a confiar en el Señor, porque, o se confía plenamente o no se confía. Así que se da media vuelta porque el miedo le vence. Se va triste. ¿Cuántas oportunidades perdidas por el miedo, a pesar de que te provoquen tristeza? ¿Cuántas veces te falta un poco de valentía para confiar?

También Jesús se entristeció. También Jesús notó que el joven se equivocaba. También Jesús quería contar con un joven tan dispuesto y deseoso. Un joven tan bueno. Pero era un joven libre y Jesús, aunque le doliera, debía respetar su libertad.

Ahora que vas a volver a leer el texto, hazlo junto a Jesús. Siente las ganas del joven por seguirle. La tristeza de ambos. ¿Qué le dirías al joven rico? ¿Te lo dices a ti mismo?

Habla con Jesús de tus deseos de seguirle, de los impedimentos, de los miedos, de lo que te falta para confiar plenamente en él. Deja que sea él, quien inflame tu corazón, quien te ayude a tener un corazón valiente para seguirle.

Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer. Vos me lo disteis, a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.

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