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Mis ovejas reconocen mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen (Jn 10, 27).

Entrar en Cuaresma es inaugurar
un tiempo fuerte de penitencia y conversión…
aprovecha la oportunidad.
Entrar en Cuaresma es una llamada a salir de nosotros,
de nuestras casas, de nuestros prejuicios,
de nuestros intereses, gustos y comodidades…
sal de ti y ves hacia el otro.
Entrar en Cuaresma es afrontar la realidad personal
y dejarse juzgar por la Palabra de Dios…
descúbrete, acéptate, conviértete.
Entrar en Cuaresma es dejar poner nuestro corazón
en la sintonía del corazón de Dios…
practica la com-pasión que hace hermanos.
Entrar en Cuaresma es vaciar nuestras manos,
saber renunciar a nuestras seguridades,
a aquello que nos esclaviza…
libérate para poder abrazar.
Entrar en Cuaresma
es saber caminar con otros creyentes
que buscan a Dios
siguiendo a Jesús en Espíritu y en Verdad…
¡Buen camino!

Ayunar, orar y compartir

CUARESMA. No tiene que ser un tiempo molesto, negativo.
Tomar la palabra PENITENCIA en sentido malo es no saber que significa:
CAMBIO. Y vivir el proyecto de Jesús no puede traernos sino CALIDAD de vida y PLENITUD.
Entramos en una etapa de CUARENTA días para preparar la VIDA TOTAL. Hay que despertar toda nuestra mejor sensibilidad para poder captar lo mejor de la existencia.
Que no se nos pase ningún detalle para darnos cuenta de por dónde pasa la VIDA. Atentos-as a todo lo que nos pueda dar pistas para reconocer al RESUCITADO. Avivar los “fuegos interiores” para que “arda nuestro corazón” cuando Jesús vaya en nuestro caminar.
Y este trabajo debe cooperar nuestro ser ENTERO.
– AYUNAR. No es simplemente “dejar de comer”. Es otra cosa. Es tener a nuestro cuerpo en “tensión”
para que nos ayude a no compensar con los alimentos lo que tendríamos que incorporar de nuevo en la vida.
Alimentarse es necesario.Ser un “tragón” no nos ayuda a pensar en la nueva vida que nos llama. Ser comedido, comer lo conveniente y en su medida, sí que prepara al cuerpo para nuevas aventuras. Tener “grasas acumuladas” impide “volar”. Lograr ser parco y austero en la mesa..sin exagerar,claro.
– LIMOSNA. Tampoco es dar unos pesos a quien pide en la calle. Es tener sentido del COMPARTIR. Es darnos cuenta de que será nuestro todo lo que demos. Es “devolver” lo que es de los demás.
Y hacerlo de manera sencilla y fácil.La vida resucitada no se pueda captar con demasiadas cosas en la mochila. “Todo lo que me has dado ya era mío”, decía un poeta chileno. Y tenemos mucho que es de los demás,lo tenemos solamente en depósito,no es nuestro. Repartir, donarse…
– ORACIÓN. No es estar charloteando todo el día con Dios. Es Él el que habla. Tenemos que SABER ESCUCHAR.
Destupir los canales que nos unen a la divinidad para que haya una comunicación perfecta. Los sonidos de la vida solo se oyen con el corazón… quitar ruidos e interferencias para captar la “música celestial” que el Dios de la vida siempre está emitiendo.
TRABAJAR estos tres medios durante CUARENTA días para estar muy sensibles a la vida resucitada.

” Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso.
Señor,me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” Salmo 50

AYUNAR, ORAR Y COMPARTIR…
NUESTRO PROGRAMA CUARESMAL.
S H A L O M.

Padre Vicente Casañas o.p.
Misionero Dominico en Chile

Amoris laetitia – Francisco I

Paciente realismo

271. La educación moral implica pedir a un niño o a un joven sólo aquellas cosas que no le signifiquen un sacrificio desproporcionado, reclamarle sólo una cuota de esfuerzo que no provoque resentimiento o acciones puramente forzadas. El camino ordinario es proponer pequeños pasos que puedan ser comprendidos, aceptados y valorados, e impliquen una renuncia proporcionada. De otro modo, por pedir demasiado, no logramos nada. La persona, apenas pueda librarse de la autoridad, posiblemente dejará de obrar bien.

¿Una utopía intragable?

El tema que propone el evangelio de hoy es de una permanente actualidad. Es el tema del dinero y de los bienes materiales. Tenemos que reconocer que el dinero, para la mayoría de nosotros, tiene que ver con gran parte de nuestras preocupaciones, seamos ricos o pobres, pensemos con categorías altruistas o egoístas. No nos podemos desentender del dinero nadie, ni siquiera las ONG o las personas más desprendidas y comprometidas, sean creyentes o increyentes.

Y sin embargo hoy, en la parte final del Sermón del Monte, Jesús va a hablar del dinero y de los bienes materiales en unos términos que pueden resultarnos utópicos, radicales e imposibles de cumplir: «o Dios o el dinero», «no os agobiéis por las cosas materiales», «sed como los lirios del campo»… Pero el caso es que no somos lirios, somos humanos y la vida humana presenta situaciones muy difíciles de encarar: “no os agobiéis cuando os desahucien”… ¿A qué sonaría en no pocos oídos?… “No te dejes agobiar por no encontrar trabajo ni poder pagar la factura de la luz”… ¿Podemos aconsejarlo convencidos y quedarnos tan tranquilos?…

Los dos señores: o Dios o el dinero

En el lenguaje literario de los evangelios no es raro encontrarse con expresiones rotundas y exageradas, que hay que saber entender: no para quitarles fuerza o desvalorizarlas, sino precisamente para todo lo contrario: para saber descubrir, a través de esa exageración, a manera de subrayado, una enseñanza importante de Jesús. ¿Y cuál es la enseñanza de Jesús a través de esas expresiones tan difíciles de digerir sobre el uso del dinero y los bienes materiales?

Jesús está hablando de optar entre dos señores, entre dos prioridades, entre dos cultos, entre dos reinos. Su Reino no es el del dinero. Su culto es el del Padre. Su opción es el servicio por amor. Nuestro principal objetivo en la vida, lo que debe ocupar el centro de nuestras preocupaciones, es realizarnos como personas, desarrollar nuestro ser. Todo lo demás será secundario, aunque sea bueno e imprescindible, como lo es el alimento, la vivienda, la educación, el disfrutar de los bienes creados para el hombre, o la relación con los demás. Pero la trampa está en construirnos el reino de lo prescindible; edificar la vida sobre los cimientos de lo secundario, de lo accidental. El error está en invertir todas nuestras energías y esfuerzos en lo superfluo. De esa manera podemos llegar a ser especialistas de lo secundario, al servicio de un materialismo que nos agobia y agobia a los demás.

Más que utópico, Jesús es de un realismo total: el dinero no es malo; servirnos del dinero no será malo, pero servir al dinero sí lo será. Viene a decirnos Jesús, con un realismo total, que el dinero es un bien altamente peligroso para el hombre. ¿Por qué?: porque se puede convertir en culto deshumanizante.

Porque empuja a pensar más en lo externo y secundario en perjuicio del cultivo del propio ser. Porque puede esclavizar el corazón del hombre.

Porque es fuente de egoísmos, con ictos y divisiones a todo nivel.

En definitiva, porque tiende a apartar del “proyecto de Dios” para el hombre y para la creación entera.

En el Sermón del Monte, Jesús pone en el centro al hombre y a la persona necesitada, desde el amor y la generosidad. Ése es su valor absoluto, ése es el Reino de Dios. Ése es el cimiento sobre el que construir la vida. Y a continuación, termina poniendo como valor relativo todo lo restante. Quien lo absolutice, vive al servicio del Reino del Dinero.

La mirada contemplativa de los dos reinos

¿Y a cuál de los dos reinos estamos sirviendo y entregando nuestra vida y nuestras energías? Contemplar la realidad desde una perspectiva u otra es diametralmente distinto:

La mirada contemplativa del Padre, la que propone Ignacio desde el comienzo de los Ejercicios, es la misma que la mirada de Jesús: es una mirada libre de ataduras externas y materiales, capaz de captar los valores más profundos. Es una mirada compasiva, viendo que el Reino del Dinero y de lo material tiene esclavizado al hombre.

Por el contrario, la mirada contemplativa del Reino del Dinero es una mirada ciega a los valores del Reino de Dios, tamizada y mediatizada a través del filtro del interés personal materialista.

La tensión del Reino de Dios

Nuestro reto como cristianos es convivir en este Reino del Dinero con la mirada contemplativa del Reino de Dios. Un reto que nos mantiene en una tensión permanente ante una situación de injusticia global.

¿Tensión que oprime y agobia?… ¡No! El Reino de Dios es para vivirlo en la paz interior, aunque vivamos rodeados de situaciones difíciles y dolorosas que nos empujan desde el amor a la solidaridad, al compromiso y al servicio con alegría. De nuevo suena a utopía… Pero nuestra realidad es así: vivir la paz y la alegría del Evangelio en esa tensión del Reino. Por eso a diario los cristianos vivimos y pedimos en esa tensión existencial: “venga a nosotros tu Reino”. Y terminamos la oración de Jesús pidiendo también: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal de ser esclavos del Reino del Dinero”.

Sería un error pretender guardarse la paz de Jesús y despreocuparse de la tensión existencial del Reino. La despreocupación nos enmarcaría fuera del Reino de Dios. Estamos llamados a vivir esa tensión pidiendo que nos haga fuertes en nuestra debilidad: “venga a nosotros tu Reino”. “Y no nos dejes caer en la tentación” de ser esclavos del dinero y de la despreocupación, porque nos sabemos débiles…

Alberto Pérez Pastor, S.J.

El tercer bloque del Discurso del monte (Mt 6,19-7,12) recoge una serie de indicaciones referentes al comportamiento del discípulo en relación con el otro, la comunidad y el mundo. Todas ellas determinan la relación con Dios. Está configurada por dichos de carácter sapiencial, reunidos por Mateo a modo de exhortación parenética para una vida conforme al Reino de Dios y su justicia. El uso reiterado de imperativos e imágenes contrapuestas, refuerza la urgencia de esta exhortación.

La imagen de los “dos señores”, extraída de la experiencia humana, presenta una disyuntiva. Su estructura en paralelo refuerza la contraposición: Dios frente al dinero (“mammon”). Se trata de elegir la orientación fundamental de la vida: o se construye sobre el dinero-riqueza o se apoya en Dios (y su justicia). No es solamente una decisión ética; es una cuestión de fe: ¿En qué Dios creo?, ¿sobre qué Dios apoyo mi existencia? ¿Dios o el ídolo? Es urgente una decisión que ha de conducir el actuar del creyente (servir a uno o al otro).

El segundo grupo de dichos está caracterizado por la recurrencia del imperativo negativo: «no os agobiéis, no estéis ansiosos, no os preocupéis en demasía». Una serie de preguntas retóricas corroboran la argumentación central. El uso insistente del imperativo resalta la urgencia de la elección, la necesidad de una decisión: antes fue «Dios o el dinero»; ahora la confianza en Él o la preocupación angustiosa por lo que se presenta como “secundario”.

El alimento y el vestido son ejemplo de bienes básicos, necesidades comunes y primarias para todo ser humano. El imperativo como punto de partida indica la dirección de la sentencia, reforzada con los ejemplos de las aves del cielo y las ores del campo. No se trata de despreocuparse inconscientemente de las necesidades básicas, sino de situarlas en su justa medida, no estar agobiados, preocupados excesivamente por ellas. Los ejemplos del mundo animal y vegetal confirman esta afirmación. Dios se preocupa de todas sus criaturas, incluso de lo más perecedero. Si Dios no descuida nada, ¿lo hará con el ser humano?

El principio básico para «no estar demasiado preocupados», para «no dejarse agobiar» por las necesidades materiales es, como a lo largo de todo el Discurso del monte, «el Reino de Dios y su justicia». Es lo primero para el discípulo y todo se ha de poner al servicio de esta realidad. Para ello es imprescindible la confianza absoluta en «Dios, vuestro padre» (referencia al padrenuestro). La opción por el Reino de Dios y su justicia es una cuestión de fe. El ansia excesiva, la preocupación agobiante por las realidades mundanas, es señal de carencia de fe.

El Reino de Dios es el futuro que ha de determinar la vida del discípulo. Por eso, vivir según su justicia, es decir, configurar la vida con la voluntad de Dios, es la tarea fundamental del creyente. Esta «justicia sobreabundante» va más allá de las preocupaciones por las realidades del día a día. La confianza en Dios es una acti- tud vital que posibilita un nuevo estilo de vida.

Todas estas enseñanzas marcan el sendero hacia una vida conforme a la voluntad de Dios. Son el horizonte, la clave orientadora. La urgencia es grande. El camino concreto lo irá marcando cada uno en fidelidad a la «justicia sobreabundante» del Reino de Dios.

Óscar de la Fuente de la Fuente

Antes de empezar la Cuaresma, escuchamos todavía en este domingo, como segunda lectura, un último pasaje de la primera carta de Pablo a los Corintios, que venimos leyendo desde el comienzo del tiempo ordinario. El fragmento de hoy sigue inmediatamente al que escuchábamos el domingo pasado: si, como se decía allí, todo es nuestro y nosotros somos de Cristo, entonces debemos comportarnos (también ante “la gente”, es decir, ante los no cristianos que nos rodean) como servidores de Cristo «y administradores de los misterios de Dios».

La condición de “administradores” (oikonómoi) nos exige fidelidad, pues «en un administrador, lo que se busca es que sea fiel». Pablo parece aludir aquí veladamente a críticas sobre su persona y su apostolado que se habían vertido en la comunidad de Corinto, y que tal vez estaban en el origen de las divisiones que desgarraban esa comunidad. Frente a semejantes críticas, Pablo se sitúa con una enorme libertad, afirmando que no le importa el juicio de los corintios, como tampoco le preocuparía el de un tribunal humano, y ni siquiera el de su conciencia, puesto que su único juez es el Señor.

El apóstol afirma tener la conciencia tranquila a propósito de su conducta, pero no es eso lo que le hace sentirse seguro, sino que apela a una instancia superior: Dios, que es mayor que nuestra conciencia (cf. 1Jn 3,20). Por eso, frente a los juicios humanos, siempre relativos (incluso el suyo propio), Pablo se remite al juicio divino, que tendrá lugar en el día del Señor. De ahí que pida a sus lectores: «No juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor».

Debemos recordar que estas palabras están escritas en el horizonte de una “escatología inminente”, es decir, con la convicción de que el fin de los tiempos y la segunda venida de Cristo tendrían lugar en un futuro próximo. Como leemos unas páginas más adelante, «la representación de este mundo se termina» (1 Cor 7,31). En ese momento final de la historia, que Pablo supone muy cercano, se manifestará lo que estaba oculto y se pondrán al descubierto «los designios del corazón» (cf. Lc 8,17).

El horizonte escatológico de Pablo no es el nuestro; sin embargo, su invitación a moderar nuestros juicios y a confiar en el juicio de Dios, que sintoniza muy claramente con enseñanzas de Jesús recogidas en los Evangelios (desde la parábola del trigo y la cizaña en Mt 13,24-30 hasta el famoso «No juzguéis y no seréis juzgados», cf. Lc 6,37), sigue resultando válida, más allá de la expectativa de un inmediato fin del mundo o de la situación concreta a la que el apóstol se refiere en este pasaje.

José Luis Vázquez Pérez, S.J.

El tema de la unidad literaria de Is 49,14-16 no es otro que el de la fidelidad inquebrantable de Dios, y tiene en los dos versículos seleccionados para este domingo, la expresión más representativa de la ternura de Dios bajo la imagen materna. Pero no podemos olvidar el contexto polémico, los tiempos del exilio en Babilonia, en el que se realiza esta afirmación. De hecho el texto se abre recogiendo la percepción que está en el sentimiento y en la boca de muchos judíos de ese momento («Sión decía…»). Se pone en boca de Sión, la ciudad de Jerusalén, como personificación de todo el pueblo. Así la constatación de una ciudad abandonada, que ha perdido su esplendor de otros tiempos, es una acusación contra Dios que ha venido a menos y no ha cumplido con sus obligaciones de “dueño”, y como tal responsable de defender su ciudad y su pueblo. Esta negación de Dios no se hace como disquisición teórica, sino como profundo desahogo de quien está experimentando el peligro de desaparición y la frustración de un futuro truncado. La transformación prometida pocos versículos antes, 49,9b-12, lejos de cumplirse, dejan el poso de un engaño que dura para Israel también tras el exilio en la época persa.

Una y otra vez el profeta desmiente que el penar del pueblo proceda de la desidia divina o del olvido. La situación de sufrimiento que se vive es fruto del pecado de la nación (véase por ejemplo 50,1-3). Pero en esta ocasión se recurre a otro modo de argumentar, ya que domina el sentimiento de abandono y de olvido. De ahí que la respuesta, formulada como pregunta retórica, se exprese no tanto apelando a razones, ni siquiera razones históricas, sino al mundo de los sentimientos y de las emociones profundas (apelando a lo que hoy llamaríamos inteligencia emocional): «¿puede una madre olvidarse de su criatura…?» Como pregunta retórica, la respuesta es indudable: no. Pues bien, si ya parece impensable tal olvido, el olvido de Dios por su pueblo es imposible. La respuesta divina surge ella misma desde lo emocional («yo no te olvidaré») y se expresa con la metáfora de la ternura materna.

No es frecuente que la Biblia utilice imágenes femeninas para hablarnos del modo de ser y actuar de Dios y, como señalan algunas autoras de teología feminista, el riesgo es limitarnos a identificar mujer como madre y madre como procreación. También en este caso la imagen nos sirve para abrirnos a un Dios madre que, además de engendrarnos, se preocupa por la protección de su pueblo, que le guía, le inspira sabiduría para entender su presente, y le muestra caminos de resiliencia, pues, como es el caso de Judá, no es la madre la que ha abandonado al hijo, sino el hijo el que rechaza a la madre.

Desde estas claves puede leerse el salmo de este domingo como propiedades femeninas de Dios: ya que Dios es descanso, es esperanza, es roca que fundamenta la existencia. Estas evocaciones del ámbito femenino a través de la imagen materna pretenden generar esa confianza más allá de lo racional en el amor visceral e invencible de Dios. No es otra la línea temática que prolonga el evangelio propuesto con la imagen de un Dios Providencia que se ocupa de cada uno de nosotros, que nos cuida y que fundamenta nuestra existencia generándonos una confianza que nos ayuda a centrarnos más allá de nuestras preocupaciones, y con unos designios de la historia que están por encima de nuestras “pequeñas historias”.

José Javier Prado Izal, S.J.

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