Vísperas – Viernes XXXII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXXII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Cantadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

SALMO 144

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA: Rm 8, 1-2

Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

R/ Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
V/ Para conducirnos a Dios.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal
— por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofrece el pecado y aplaca la penitencia,
— aparta de nosotros el azote de tu ira, merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
— no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
— abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como hostia viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 15 de noviembre

1) Oración inicial

Dios omnipotente y misericordioso, aparta de nosotros todos los males, para que, bien dispuesto nuestro cuerpo y nuestro espíritu, podamos libremente cumplir tu voluntad. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del evangelio según Lucas 17,26-37

Y dijo Jesús a sus discípulos: “Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre. Comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca; vino el diluvio y los hizo perecer a todos. Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, construían; pero el día que salió Lot de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo que los hizo perecer a todos. Así sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste. «Aquel Día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y, de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará. Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán; habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán y a la otra la dejarán.» Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?» Él les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy sigue la reflexión sobre la llegada del fin de los tiempos y trae palabras de Jesús sobre cómo preparar la llegada del Reino. Era un asunto candente, que en aquel tiempo, causaba mucha discusión. Quien determina la hora de la llegada del fin es Dios. Pero el tiempo de Dios (kairós) no se mide por el tiempo de nuestro reloj (chronos). Para Dios, un día puede ser igual a mil años, y mil años igual a un día (Sal 90,4; 2Pd 3,­8). El tiempo de Dios corre de forma invisible dentro de nuestro tiempo, pero es independiente de nosotros y de nuestro tiempo. Nosotros no podemos interferir en el tiempo, pero debemos estar preparados para el momento en que la hora de Dios se hizo presente en nuestro tiempo. Puede ser hoy, puede ser de aquí a mil años. Lo que da seguridad, no es saber la hora del fin del mundo, sino la certeza de la presencia de la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará jamás (Cf. Is 40,7-8).
• Lucas 17,26-29: Como en los días de Noé y de Lot. La vida corre normalmente: comer, beber, casarse, comprar, vender, plantar, construir. La rutina puede envolvernos de tal forma que no conseguimos pensar en otra cosa, en nada más. Y el consumismo del sistema neoliberal contribuye a aumentar en muchos de nosotros esta total desatención a la dimensión más profunda de la vida. Dejamos entrar la polilla en la viga de la fe que sustenta el tejado de nuestra vida. Cuando la tormenta derriba la casa, muchos dan la culpa al carpintero: “¡Mal servicio!” En realidad, la causa de la caída fue nuestra prolongada desatención. La alusión a la destrucción de Sodoma como figura de lo que va a suceder al final de los tiempos, es una alusión a la destrucción de Jerusalén de parte de los romanos en el año 70 dC (cf Mc 13,14).
• Lucas 17,30-32: Así será en los días del Hijo del Hombre. “Así sucederá el Día en que el Hijo del hombre se manifieste.”. Difícil para nosotros imaginar el sufrimiento y el trauma que la destrucción de Jerusalén causó en las comunidades, tanto de los judíos como de los cristianos. Para ayudarlas a entender y a enfrentar el sufrimiento, Jesús usa comparaciones sacadas de la vida: “Aquel Día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y, de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás”. La destrucción vendrá con tal rapidez que no merece la pena bajar a la casa para buscar algo dentro (Mc 13,15-16). “Acordaos de la mujer de Lot” (cf. Gén 19,26), esto es, no miréis atrás, no perdáis tiempo, tomad la decisión e id adelante: es cuestión de vida o de muerte.
• Lucas 17,33: Perder la vida para ganar la vida. “Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará”. Sólo se siente realizada la persona que es capaz de darse enteramente a los demás. Pierde la vida la que la conserva sólo para sí. Este consejo de Jesús es la confirmación de la más profunda experiencia humana: la fuente de la vida está en la entrega de la vida. Dando, se recibe. “En verdad os digo: el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo. Pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Lo importante es la motivación que añade el evangelio de Marcos: “Por mí y por el Evangelio” (Mc 8,35). Al decir que nadie es capaz de conservar su vida con su propio esfuerzo, Jesús evoca el salmo donde se dice que nadie es capaz de pagar el precio del rescate de la vida: “Nadie puede rescatar al hombre de la muerte, nadie puede dar a Dios su rescate; pues muy caro es el precio de rescate de la vida, y ha de renunciar por siempre continuar viviendo indefinidamente sin ver la fosa”. (Sal 49,8-10).
• Lucas 17,34-36: Vigilancia. “Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: al uno tomarán y al otro le dejarán; habrá dos mujeres moliendo juntas: a una la tomarán y a la otra la dejarán.” Evoca la parábola de las diez vírgenes. Cinco eran prudentes y cinco necias (Mt 25,1-11). Lo que importa es estar preparado/a. Las palabras: “Una la tomarán y otra la dejarán” evocan las palabras de Pablo a los Tesalonicenses (1Tes 4,13-17), cuando dice que en la venida del Hijo seremos arrebatados al cielo junto con Jesús. Estas palabras “dejados atrás” proporcionan el título de una terrible y peligrosa novela de extrema derecha fundamentalista de Estados Unidos: “Left behind!” Esta novela no tiene nada que ver con el sentido real de las palabras de Jesús.
• Lucas 17,37: ¿Dónde y cuándo? “Los discípulos preguntaron: “¿Señor, dónde ocurrirá esto?” Jesús respondió: “Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres”. Respuesta enigmática. Algunos piensan que Jesús evoca la profecía de Ezequiel, retomada en el Apocalipsis, en la cual el profeta se refiere a la batalla victoriosa final contra los poderes del mal. Las aves de rapiña o los buitres serán invitadas a comer la carne de los cadáveres (Ez 39,4.17-20; Ap 19,17-18). Otros piensan que se trata del valle de Josafat, donde tendrá lugar el juicio final según la profecía de Joel (Joel 4,2.12). Otros piensan que se trata simplemente de un proverbio popular que significaba más o menos lo mismo que dice nuestro proverbio: “¡Cuando el río suena, agua lleva!” 

4) Para la reflexión personal

• ¿Soy del tiempo de Noé y de Lot?
• Novela de extrema derecha. ¿Cómo me sitúo ante esta manipulación política de la fe en Jesús? 

5) Oración final

Dichosos los que caminan rectamente,
los que proceden en la ley de Yahvé.
Dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón. (Sal 119,1-2)

Comentario del 15 de noviembre

El discurso evangélico relativo al día de la manifestación del Hijo del hombre resulta ciertamente enigmático. Jesús se remite a hechos que se narran en los relatos del Antiguo Testamento (Génesis) como si hubiesen acontecido realmente en la historia. Uno de ellos es el diluvio, un verdadero cataclismo de dimensiones extraordinarias: Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos (a excepción de los supervivientes refugiados en el arca).

Equipara, pues, lo que sucedió con lo que sucederá. Aquel cataclismo de proporciones inmensas dejó sólo algunos supervivientes, hombres y animales, que tras el descenso de las aguas pudieron reiniciar su vida en la tierra. También en tiempos de Lot hubo otra catástrofe que sembró de muerte y desolación las ciudades de Sodoma y Gomorra. El fuego y el azufre llovidos del cielo acabaron con todos los habitantes, salvo con Lot y sus acompañantes que se alejaron oportunamente de la población incendiada. Así sucederá –anuncia Jesucristo- el día que se manifieste el Hijo del hombreAquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no intente recuperarlas, que no baje por ellas, le va a resultar inútil. Y si uno está en el campo, que no vuelvaAcordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Son imágenes que parecen tomadas de un terremoto o de un Tsunami como el habido en Japón hace apenas unos años. Más vale evitar la tentación de volver para recuperar lo perdido, porque uno puede quedar atrapado. Hay que escapar a toda prisa del radio de acción del movimiento, si es posible. Porque muchos perecen por no reaccionar a tiempo o por querer salvar sus posesiones. Pero en tales circunstancias lo importante es salvar la vida. Ni siquiera puede uno detenerse a mirar atrás, como la mujer de Lot. Esos segundos perdidos pueden ser fatídicos.

Jesús alude a cataclismos de dimensiones colosales, que no han dejado de repetirse a lo largo de la historia, pero que no parece signifiquen el final de todo y de todos. Siempre quedan supervivientes que escapan de la catástrofe: Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán; estarán dos en el campo: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán. Si es así, no es el final para todos, aunque lo sea para muchos.

Los discípulos de Jesús, seguramente alarmados, le preguntan: ¿Dónde, Señor? ¿Dónde se producirá el suceso para poder prevenirlo? Y la respuesta del Maestro resulta aún más enigmática: Donde está el cadáver se reunirán los buitres. No se podrá, por tanto, anticipar ni el lugar, ni el tiempo. Sólo se conocerá una vez que haya sucedido. Donde se reúnan los buitres porque hay cadáveres, allí habrá sucedido la catástrofe.

Un país tan avanzado como Japón, con tantos medios técnicos para anticipar un fenómeno tan repetido como un temblor sísmico, no pudo evitar la catástrofe que se les vino encima de repente. Esto nos tiene que hacer tomar conciencia de lo frágiles que seguimos siendo pese al desarrollo científico y tecnológico logrado por la humanidad. Ante las fuerzas desatadas o incontroladas de la naturaleza, cuando alcanzan ciertas dimensiones, no podemos nada o podemos muy poco. A veces no podemos casi nada frente a una simple infección microbiana o frente a una mordedura venenosa de serpiente. No somos dioses ni semidioses. Por tanto, hagamos un ejercicio de humildad. No dejemos de hacerlo, porque nos ayudará a tomar conciencia de lo que realmente somos: criaturas demasiado vulnerables y frágiles como para creernos dioses o como para hacer ostentación de un presunto poder “divino”.

La ilusión no está en reconocer a Dios, sino en creernos Dios. Esta conciencia nos tendría que llevar a confiarnos a Él y a esperar nuestro final, sea el que sea, confiados en Él, que es poderoso para hacernos escapar de la muerte que nos acecha tantas veces a lo largo de la vida o de la muerte hecha realidad consumada en nuestras vidas. En cualquier caso, Dios, que es la realidad fundante, nos sostiene. Esperemos, pues, lo que tenga que suceder con serenidad, sin miedos paralizantes, y confiados en las manos poderosas de nuestro Dios y Padre. Por otro lado, vivir en un permanente estado de ansiedad sería insufrible. Pero la confianza que aporta la fe en el Dios de la vida y de la muerte, de la tierra y del cielo, nos permitirá vivir tranquilos incluso en situaciones críticas o catastróficas. Que así sea.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

183. Queridos jóvenes, no acepten que usen su juventud para fomentar una vida superficial, que confunde la belleza con la apariencia. Mejor sepan descubrir que hay hermosura en el trabajador que vuelve a su casa sucio y desarreglado, pero con la alegría de haber ganado el pan de sus hijos. Hay una belleza extraordinaria en la comunión de la familia junto a la mesa y en el pan compartido con generosidad, aunque la mesa sea muy pobre. Hay hermosura en la esposa despeinada y casi anciana, que permanece cuidando a su esposo enfermo más allá de sus fuerzas y de su propia salud. Aunque haya pasado la primavera del noviazgo, hay hermosura en la fidelidad de las parejas que se aman en el otoño de la vida, en esos viejitos que caminan de la mano. Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda, en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado por la comunidad, por la patria, en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y gratuito de restaurar la amistad social. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza, que se parece a la de Cristo en la cruz, es poner los cimientos de la verdadera solidaridad social y de la cultura del encuentro.

La misa del domingo

Semana XXXIII del Tiempo Ordinario (C)
Domingo 17 de noviembre de 2019

  • Malaquías 3, 19 – 20a.
  • Salmo 97. 2
  • Tesalonicenses 3, 7 – 12.
  • Lucas 21, 5 – 19.

En el evangelio de este domingo Jesús nos muestra la verdadera realidad de nuestra vida. Las primeras comunidades cristianas tienen una gran ilusión en lo que está por venir. Están preparadas para la llegada inminente del Salvador, que suponen muy próxima en el tiempo. De esta manera, al ser muy cercana e inminente, algunos han decidido esperar, ya todo está hecho y decidido, está realizado.

Pero vemos que Pablo busca animar, arengar a los cristianos de Tesalónica para actuar. No podemos quedarnos quietos, esperando, mientras los demás continúan y exigir que nos alimenten y nos ayuden, en la espera. No es esto lo que nos está pidiendo Jesús.

En cierto modo, esto mismo les ocurre a aquellos que contemplaban la majestuosidad del templo de Jerusalén. La magnífica construcción, sus adornos y joyas dejaban a muchos absortos, asombrados ante lo magnífico que era el templo. Pero lo importante no es la fachada, las paredes, los adornos. Lo importante no es el edificio, sino lo que uno va a realizar allí y porque lo va a llevar a cabo.

El objeto de nuestra fe no está en asombrarnos ante la obra de los hombres, los templos, sino en nuestra manera de ser y vivir. Igual que otros esperan al Señor, estos se quedan quietos asombrados. Pero nuestra espera, nuestra actitud ante la vida debe ser activa. Los cristianos, los seguidores de Jesús hemos de incorporarnos dentro de nuestro tiempo y actuar, no quedarnos “mirando el techo” como si nada ocurriera. Seguimos estando en un mundo lleno de personas necesitadas: necesitadas de alimentos, de hogar, de los bienes mínimos necesarios para vivir, de justicia, de paz, de respeto, de educación, de sanidad, de AMOR.

Ante las injusticias, el desencuentro y la falta de amor, hemos de trabajar por la justicia, la relación entre las personas y el amor. Es verdad que está tarea puede ser dura, llena de obstáculos y dificultades. Jesús no nos engaña y no nos esconde las espinas que encontraremos en el camino: guerras, hambres, pestes, persecuciones…

No comprenderán nuestra actitud. Que nos preocupemos de gentes indefensas y muchas veces mal vistas, arriesgando nuestra salud, nuestros bienes, e incluso nuestra vida. Seremos incomprendidos.

Aun así, Jesús nos anima a continuar su camino, nuestro camino. Sabe lo que vamos a sufrir, pero no por ello nos pide que lo dejemos y nos retiremos. Nos anima a continuar, porque siempre estará junto a nosotros, tanto en los buenos momentos como en los malos. Es el que nos dará esas palabras y la sabiduría necesaria para hacer frente a las dificultades y seguir avanzando por el camino recto. Con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas.

Que continuemos a la espera del Salvador trabajando por un mundo mejor en el que todos participemos con amor y misericordia como hermanos, perseverando a pesar de las dificultades, con la mirada puesta en Dios, que siempre está con nosotros.

Germán Rivas, sdb