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Liturgia 29 de abril

Introducción

¡Qué personalidad tan rica! Esta mujer valerosa llegó a ser doctor de la Iglesia. Terciaria Dominica, era en Siena la líder de una especie de “movimiento carismático”, con un estilo de vida totalmente evangélico. Aunque muy agradable y alegre, se sentía muy triste al ver a la Iglesia sufriendo, porque el Papa Gregorio XI con sus cardenales se había trasladado de Roma a Aviñón, Francia, lo que finalmente condujo al así llamado “Cisma de Occidente”, que dividió a la Iglesia por mucho tiempo, con Papas y anti-papas.  Ella fue personalmente al Papa, le regañó “por su falta de visión” y le convenció de volver a Roma. Murió a los 33 años de edad. En ella encontramos a una persona absolutamente excepcional que fue: asceta, mística, carismática, estigmatizada, doctora de la Iglesia.

Oración Colecta
Oh Dios poderoso y sapientísimo:
Te pedimos que, como Santa Catalina de Siena,
saquemos fortaleza, sabiduría y celo
de un intenso contacto contigo
por medio de una vida sobria, oración profunda
y contemplación de la cruz.
Haznos lo bastante audaces y resueltos
para confrontar con valentía
aun a los poderosos de este mundo y de la Iglesia,
con humilde fortaleza que sólo busca
el bien del Pueblo de Dios.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Celebramos con pan y vino
el sacrificio de tu Hijo Jesús.
Que esa oblación provoque en nosotros
una entrega más profunda al bien de tu Iglesia,
para que, como Santa Catalina de Siena,
aprendamos a percibir a la misma Iglesia
no como algo ajeno y exterior a nosotros,
sino como una parte viva de nosotros mismos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Hemos escuchado las palabras de Jesús,
nuestro maestro y Señor.
Te pedimos que no tengamos miedo
de ninguna renovación que hayamos de realizar
en nosotros mismos y en la Iglesia,
y concédenos que el cambio profundo
comience en nosotros
por una fe rejuvenecida,
una vida de oración más profunda,
y una voluntad resuelta para realizar
lo que percibamos ser tu deseo y voluntad.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Catalina de Siena

Virgen y doctora de la Iglesia (1347-1380) Fue todo un prodigio de criatura. La penúltima de 25 hermanos. Hija del matrimonio formado por el dulce y bonachón Giacomo Benincasa, tintorero de pieles y de Lapa de Puccio dei Piangenti, mujer enérgica y trabajadora. Nació en Siena el 1347, el año anterior a la tristemente célebre Peste Negra que asoló a toda Europa.

Ella vendría a sanar grandes males que poco después se levantarían también en el seno de la Iglesia. A pesar de su corta vida y de no haber ocupado cargos de responsabilidad, parece casi increíble cómo una joven mujer de pueblo pudo realizar empresas tan grandes como le tenía reservadas el Señor. Aquella niña alegre, juguetona  como correspondía a su edad, quedó prontamente truncada cuando siendo muy niña todavía, caminaba con su hermana y recibió una maravillosa visión del cielo: Veía a Jesús sentado en un rico trono y le acompañaban los Apóstoles San Pedro, San Pablo y San Juan…

Se entregó más a la oración, hacía todo mucho mejor que antes y de modo casi impropio de una jovencita de su edad. Parecía estar ensimismada y fuera de sí. Su madre para quitarle de la cabeza estas «manías», la pone al servicio de la criada de la casa. Catalina acepta gustosa esta nueva misión y se entrega de lleno a servir a los demás. Lo hace con gran cariño. Madre Lapa quiere que se aficione a la vida de sociedad y que piense en contraer matrimonio con un joven bueno y apuesto que ella le propone. Catalina no piensa así.

Ella se ha desposado ya secretamente con su Señor Jesucristo… Por fin el bueno y pacífico de su padre toma cartas en el asunto y dice: «Que nadie moleste a mi hija Catalina. Que ella sea quien tome la decisión de su futuro. Si ella quiere servir a Jesucristo que nadie se lo impida». Catalina ve abiertos los cielos y se hace terciaria dominica o Montelata como entonces se decía.

SANTA CATALINA DE SIENA, virgen y doctora de la Iglesia. (MEMORIA).
LAUDES
(Oración de la mañana)

INVITATORIO
(Si Laudes no es la primera oración del día
se sigue el esquema del Invitatorio explicado en el Oficio de Lectura)

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de las vírgenes. Aleluya.

Salmo 94 INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de las vírgenes. Aleluya.

Himno: NOS APREMIA EL AMOR, VÍRGENES SANTAS.

Nos apremia el amor, vírgenes santas,
vosotras, que seguisteis su camino,
guiadnos por las sendas de las almas
que hicieron de su amor amar divino.

Esperasteis en vela a vuestro Esposo
en la noche fugaz de vuestra vida,
cuando llamó a la puerta, vuestro gozo
fue contemplar su gloria sin medida.

Vuestra fe y vuestro amor, un fuego ardiente
que mantuvo la llama en la tardanza,
vuestra antorcha encendida ansiosamente
ha colmado de luz vuestra esperanza.

Pues gozáis ya las nupcias que el Cordero
con la Iglesia de Dios ha celebrado,
no dejéis que se apague nuestro fuego
en la pereza y el sueño del pecado.

Demos gracias a Dios y, humildemente,
pidamos al Señor que su llamada
nos encuentre en vigilia permanente,
despiertos en la fe y en veste blanca. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos. Aleluya.

Salmo 91 – ALABANZA A DIOS QUE CON SABIDURÍA Y JUSTICIA DIRIGE LA VIDA DE LOS HOMBRES.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos no temerán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera
y se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Tus acciones, Señor, son mi alegría, y mi júbilo las obras de tus manos. Aleluya.

Ant 2. El nos hace morir y él nos da la vida; él nos hirió y él nos vendará. Aleluya.

Cántico: BENEFICIOS DE DIOS PARA CON SU PUEBLO Dt 32, 1-12

Escuchad, cielos, y hablaré;
oye, tierra, los dichos de mi boca;
descienda como lluvia mi doctrina,
destile como rocío mi palabra;
como llovizna sobre la hierba,
como sereno sobre el césped;
voy a proclamar el nombre del Señor:
dad gloria a nuestro Dios.

Él es la Roca, sus obras son perfectas,
sus caminos son justos,
es un Dios fiel, sin maldad;
es justo y recto.

Hijos degenerados, se portaron mal con él,
generación malvada y pervertida.
¿Así le pagas al Señor,
pueblo necio e insensato?
¿no es él tu padre y tu creador,
el que te hizo y te constituyó?

Acuérdate de los días remotos,
considera las edades pretéritas,
pregunta a tu padre y te lo contará,
a tus ancianos y te lo dirán:

Cuando el Altísimo daba a cada pueblo su heredad,
y distribuía a los hijos de Adán,
trazando las fronteras de las naciones,
según el número de los hijos de Dios,
la porción del Señor fue su pueblo,
Jacob fue la parte de su heredad.

Lo encontró en una tierra desierta,
en una soledad poblada de aullidos:
lo rodeó cuidando de él,
lo guardó como a las niñas de sus ojos.

Como el águila incita a su nidada,
revolando sobre los polluelos,
así extendió sus alas, los tomó
y los llevó sobre sus plumas.

El Señor solo los condujo
no hubo dioses extraños con él.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El nos hace morir y él nos da la vida; él nos hirió y él nos vendará. Aleluya.

Ant 3. Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

Salmo 8 MAJESTAD DEL SEÑOR Y DIGNIDAD DEL HOMBRE.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos;
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él;
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por las aguas.

Señor, dueño nuestro,
¡que admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Coronaste de gloria y dignidad a tu Cristo. Aleluya.

LECTURA BREVE   Ct 8, 7

Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable.

RESPONSORIO BREVE

V. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Aleluya, aleluya.
R. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Aleluya, aleluya.

V. Tu rostro buscaré, Señor.
R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Oigo en mi corazón: buscad mi rostro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. La virgen santa Catalina no cesaba de suplicar al Señor que se dignara dar nuevamente la paz a la santa Iglesia. Aleluya.

Cántico de Zacarías. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR      Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo.
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas:

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán Profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tiniebla
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. La virgen santa Catalina no cesaba de suplicar al Señor que se dignara dar nuevamente la paz a la santa Iglesia. Aleluya.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, esposo y corona de las vírgenes, y supliquémosle, diciendo:

Jesús, corona de las vírgenes, escúchanos.

Señor Jesucristo, a quien las vírgenes amaron como a su único esposo,
concédenos que nada nos aparte de tu amor.

Tú que coronaste a María como reina de las vírgenes,
por su intercesión concédenos recibirte siempre con pureza de corazón.

Por intercesión de las santas vírgenes que te sirvieron siempre con fidelidad, consagradas a ti en cuerpo y alma,
ayúdanos, Señor, a que los bienes de este mundo que pasa no nos separen de tu amor eterno.

Señor Jesús, esposo que has de venir y a quien las vírgenes prudentes esperaban,
concédenos que aguardemos tu retorno glorioso con una esperanza activa.

Por intercesión de santa Catalina de Siena, que fue virgen sensata y una de las prudentes,
concédenos, Señor, la verdadera sabiduría y la pureza de costumbres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Con sencillez y humildad digamos la oración que Jesús nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Señor Dios nuestro, que diste a santa Catalina de Siena el don de entregarse con amor a la contemplación de la pasión de Cristo y al servicio de la Iglesia, haz que, por su intercesión, el pueblo cristiano viva siempre unido al misterio de Cristo, para que pueda rebosar de gozo cuando se manifieste su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

SANTA CATALINA DE SIENA, virgen y doctora de la Iglesia. (MEMORIA).

Nació en Siena el año 1347; siendo aún niña, movida por su deseo de perfección, se hizo terciaria dominica. Inflamada en amor a Dios y al prójimo, trabajó intensamente por la paz y la concordia entre las ciudades, defendió con ardor los derechos y la libertad del romano pontífice y promovió la renovación de la vida religiosa. También escribió varias obras llenas de sana doctrina y de inspiración celestial. Murió el año 1380.

 

OFICIO DE LECTURA

 

INVITATORIO

Si ésta es la primera oración del día:

V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza

Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:

Ant. Venid, adoremos al Señor, rey de las vírgenes. Aleluya.

 

Si antes se ha rezado ya alguna otra Hora:

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: ESTA MUJER NO QUISO

Esta mujer no quiso
tomar varón ni darle su ternura,
selló su compromiso
con otro amor que dura
sobre el amor de toda criatura.

Y tanto se apresura
a zaga de la huella del Amado,
que en él se transfigura,
y el cuerpo anonadado
ya está por el amor resucitado.

Aquí la Iglesia canta
la condición futura de la historia,
y el cuerpo se adelanta
en esta humilde gloria
a la consumación de su victoria.

Mirad los regocijos
de la que por estéril sollozaba
y se llenó de hijos,
porque el Señor miraba
la pequeñez humilde de su esclava. Amén.

SALMODIA

Ant 1. Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. Aleluya.

Salmo 105 I – BONDAD DE DIOS E INFIDELIDAD DEL PUEBLO A TRAVÉS DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

¿Quién podrá contar las hazañas de Dios,
pregonar toda su alabanza?
Dichosos los que respetan el derecho
y practican siempre la justicia.

Acuérdate de mí por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación:
para que vea la dicha de tus escogidos,
y me alegre con la alegría de tu pueblo,
y me gloríe con tu heredad.

Hemos pecado como nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas;

no se acordaron de tu abundante misericordia,
se rebelaron contra el Altísimo en el mar Rojo,
pero Dios los salvó por amor de su nombre,
para manifestar su poder.

Increpó al mar Rojo, y se secó,
los condujo por el abismo como por tierra firme;
los salvó de la mano del adversario,
los rescató del puño del enemigo;

las aguas cubrieron a los atacantes,
y ni uno sólo se salvó:
entonces creyeron sus palabras,
cantaron su alabanza.

Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa.
Él les concedió lo que pedían,
pero les mandó un cólico por su gula.

Envidiaron a Moisés en el campamento,
y a Aarón, el consagrado al Señor:
se abrió la tierra y se tragó a Datán,
se cerró sobre Abirón y sus secuaces;
un fuego abrasó a su banda,
una llama consumió a los malvados.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de nosotros, Señor, visítanos con tu salvación. Aleluya.

Ant 2. No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

Salmo 105 II

En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición,
cambiaron su Gloria por la imagen
de un toro que come hierba.

Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él
para apartar su cólera del exterminio.

Despreciaron una tierra envidiable,
no creyeron en su palabra;
murmuraban en las tiendas,
no escucharon la voz del Señor.

El alzó la mano y juró
que los haría morir en el desierto,
que dispersaría su estirpe por las naciones
y los aventaría por los países.

Se acoplaron con Baal Fegor,
comieron de los sacrificios a dioses muertos;
provocaron a Dios con sus perversiones,
y los asaltó una plaga;

pero Finés se levantó e hizo justicia,
y la plaga cesó;
y se le apuntó a su favor
por generaciones sin término.

Lo irritaron junto a las aguas de Meribá,
Moisés tuvo que sufrir por culpa de ellos;
le habían amargado el alma,
y desvariaron sus labios.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No olvidéis la alianza que el Señor, vuestro Dios, pactó con vosotros.

Ant 3. Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles. Aleluya.

Salmo 105 III

No exterminaron a los pueblos
que el Señor les había mandado;
emparentaron con los gentiles,
imitaron sus costumbres;

adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos;
inmolaron a los demonios
sus hijos y sus hijas;

derramaron la sangre inocente
y profanaron la tierra ensangrentándola;
se mancharon con sus acciones
y se prostituyeron con sus maldades.

La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad;
los entregó en manos de gentiles,
y sus adversarios los sometieron;
sus enemigos los tiranizaban
y los doblegaron bajo su poder.

Cuántas veces los libró;
mas ellos, obstinados en su actitud,
perecían por sus culpas;
pero él miró su angustia,
y escuchó sus gritos.

Recordando su pacto con ellos,
se arrepintió con inmensa misericordia;
hizo que movieran a compasión
a los que los habían deportado.

Sálvanos, Señor, Dios nuestro,
reúnenos de entre los gentiles:
daremos gracias a tu santo nombre,
y alabarte será nuestra gloria.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
desde siempre y por siempre.
Y todo el pueblo diga: «¡Amén!»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sálvanos, Señor, y reúnenos de entre los gentiles. Aleluya.

V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya.
R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.

PRIMERA LECTURA

Del libro del Apocalipsis 5, 1-14

VISIÓN DEL CORDERO

Yo, Juan, vi, a la derecha del que estaba sentado en el trono, un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que gritaba a grandes voces:

«¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?»

Y nadie, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro ni ver su contenido. Yo lloraba mucho, porque no se encontró a nadie digno de abrir el libro y de ver su contenido. Pero uno de los ancianos me dijo:

«No llores más. Mira que ha vencido el león de la tribu de Judá, el vástago de David, y él puede abrir el libro y sus siete sellos.»

Y vi en medio, donde estaban el trono y los cuatro seres y en medio de los ancianos, un Cordero en pie y como degollado. Tenía siete cuernos y siete ojos, es decir: los siete espíritus de Dios, enviados por toda la tierra. Vino y tomó el libro de la diestra del que estaba sentado en el trono. Y, cuando lo hubo tomado, los cuatro seres y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada uno su cítara y sus copas de oro llenas de incienso, que significaban las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo:

«Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y por tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un reino de sacerdotes y reinan sobre la tierra.»

Y tuve otra visión. Y oí un coro de muchos ángeles alrededor del trono y de los seres y de los ancianos. Y era su número miríadas de miríadas y millares de millares. Y aquel coro inmenso de voces decía:

«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»

Y todas las creaturas que existen en el cielo y sobre la tierra y debajo de la tierra y en el mar, y todo cuanto en ellos se contiene, oí que decían:

«Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»

Y los cuatro seres respondían:

«Amén.»

Y los ancianos cayeron de hinojos y rindieron adoración al que vive por todos los siglos.

RESPONSORIO    Ap 5, 9. 10

R. Eres digno, Señor, de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado * y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.
V. Has hecho de nosotros para nuestro Dios un reino de sacerdotes.
R. Y por tu sangre nos compraste para Dios. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia
(Cap. 167, Acción de gracias a la Santísima Trinidad: edición latina, Ingolstadt 1583, ff. 290v-291)

GUSTÉ Y VÍ

¡Oh Divinidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión con tu divina naturaleza hiciste de tan gran precio la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco. Tú sacias el alma de una manera en cierto modo insaciable, ya que siempre queda con hambre y apetito, deseando con avidez que tu luz nos haga ver la luz, que eres tú misma.

Gusté y vi con la luz de mi inteligencia, ilustrada con tu luz, tu profundidad insondable, Trinidad eterna, y la belleza de tus creaturas: por esto, introduciéndome en ti, vi que era imagen tuya, y esto por un don que tú me has hecho, Padre eterno, don que procede de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es atribuida por apropiación a tu Unigénito y el Espíritu Santo, que procede de ti, Padre, y de tu Hijo, me dio una voluntad capaz de amar.

Porque tú, Trinidad eterna, eres el hacedor, y yo la hechura: por esto he conocido con la luz que tú me has dado, al contemplar cómo me has creado de nuevo por la sangre del Hijo único, que estás enamorado de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Divinidad, oh mar profundo!: ¿qué don más grande podías otorgarme que el de ti mismo? Tú eres el fuego que arde constantemente sin consumirse; tú eres quien consumes con tu calor todo amor del alma a sí misma. Tú eres, además, el fuego que aleja toda frialdad, e iluminas las mentes con tu luz, esta luz con la que me has dado a conocer tu verdad.

En esta luz, como en un espejo, te veo reflejado a ti, sumo bien, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría: porque tú eres la misma sabiduría, tú el manjar de los ángeles, que por tu gran amor te has comunicado a los hombres.

Tú eres la vestidura que cubre mi desnudez, tú sacias nuestra hambre con tu dulzura, porque eres dulce sin mezcla de amargor, ¡oh Trinidad eterna!

RESPONSORIO    Cf. Ct 5, 2

R. Ábreme, hermana mía, que has llegado a ser coheredera de mi reino; amada mía, que has llegado a conocer los profundos misterios de mi verdad; * tú has sido enriquecida con la donación de mi Espíritu, tú has sido purificada de toda mancha con mi sangre. Aleluya.
V. Sal del reposo de la contemplación y consagra tu vida a dar testimonio de mi verdad.
R. Tú has sido enriquecida con la donación de mi Espíritu, tú has sido purificada de toda mancha con mi sangre. Aleluya.

ORACIÓN.

OREMOS,
Señor Dios nuestro, que diste a santa Catalina de Siena el don de entregarse con amor a la contemplación de la pasión de Cristo y al servicio de la Iglesia, haz que, por su intercesión, el pueblo cristiano viva siempre unido al misterio de Cristo, para que pueda rebosar de gozo cuando se manifieste su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén

CONCLUSIÓN

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

VÍSPERAS
(Oración de la tarde)

INVOCACIÓN INICIAL

V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

Himno: TU CUERPO ES PRECIOSA LÁMPARA

Tu cuerpo es preciosa lámpara,
llagado y resucitado,
tu rostro es la luz del mundo,
nuestra casa, tu costado.

Tu cuerpo es ramo de abril
y blanca flor del espino,
y el fruto que nadie sabe
tras la flor eres tú mismo.

Tu cuerpo es salud sin fin,
joven, sin daño de días;
para el que busca vivir
es la raíz de la vida. Amén.

SALMODIA

Ant 1. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

Salmo 114 – ACCIÓN DE GRACIAS

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor ha salvado mi vida de los lazos del abismo. Aleluya.

Ant 2. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

Salmo 120 – EL GUARDIÁN DEL PUEBLO.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor guarda a su pueblo como a las niñas de sus ojos. Aleluya.

Ant 3. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

Cántico: CANTO DE LOS VENCEDORES Ap 15, 3-4

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Aleluya.

LECTURA BREVE   Hb 5, 8-10

Cristo, aunque era Hijo de Dios, aprendió por experiencia, en sus padecimientos, la obediencia, y, habiendo así llegado hasta la plena consumación, se convirtió en causa de salvación para todos los que lo obedecen, proclamado por Dios sumo sacerdote «según el rito de Melquisedec».

RESPONSORIO BREVE

V. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

V. Al ver al Señor.
R. Aleluya. Aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poderío de la muerte, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Subió al árbol santo de la cruz, destruyó el poderío de la muerte, se revistió de poder, resucitó al tercer día. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, fuente de toda vida y principio de todo bien, y digámosle confiadamente:

Instaura, Señor, tu reino en el mundo.

Jesús salvador, tú que, muerto en la carne, fuiste devuelto a la vida por el Espíritu,
haz que nosotros, muertos al pecado, vivamos también de tu Espíritu.

Tú que enviaste a tus discípulos al mundo entero para que proclamaran tu Evangelio a todos los pueblos,
haz que cuantos anuncian el Evangelio a los hombres vivan de tu Espíritu.

Tú que recibiste todo poder en el cielo y en la tierra para dar testimonio de la verdad,
guarda en tu verdad a quienes nos gobiernan.

Tú que todo lo renuevas y nos mandas esperar anhelantes la llegada de tu reino,
haz que, cuanto más esperemos el cielo nuevo y la tierra nueva que nos prometes, con tanto mayor empeño trabajemos por la edificación del mundo presente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que descendiste a la mansión de la muerte para anunciar el gozo del Evangelio a los difuntos,
sé tú mismo la eterna alegría de todos los que mueren.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Dios nuestro, que quisiste que tu Hijo muriera en el patíbulo de la cruz para librarnos del poder del enemigo, te pedimos nos concedas alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

CONCLUSIÓN

V. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

Lectio: Viernes, 28 Abril, 2017

1) ORACIÓN INICIAL

Oh Dios!, que, para librarnos del poder del enemigo, quisiste que tu Hijo muriera en la cruz; concédenos alcanzar la gracia de la resurrección. Por nuestro Señor.

2) LECTURA

Del Evangelio según Juan 6,1-15

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían los signos que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: « ¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente el signo que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

3) REFLEXIÓN

• Hoy empieza la lectura del capítulo 6 del evangelio de Juan que trae dos señales o milagros: la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15) y Jesús que camina sobre las aguas (Jn 6,16-21). Inmediatamente después, aparece el largo diálogo sobre el Pan de Vida (Jn 6,22-71). Juan sitúa el hecho cerca de la fiesta de Pascua (Jn 6,4). El enfoque central es la confrontación entre la antigua Pascua del Éxodo y la nueva Pascua que se realiza en Jesús. El diálogo sobre el pan de vida aclarará la nueva Pascua que se realiza en Jesús.

• Juan 6,1-4: La situación. En la antigua pascua, el pueblo atravesó el Mar Rojo. En la nueva pascua, Jesús atraviesa el Mar de Galilea. Una gran multitud siguió a Moisés. Una gran multitud siguió a Jesús en este nuevo éxodo. En el primer éxodo, Moisés subió a la montaña. Jesús, el nuevo Moisés, también sube a la montaña. El pueblo seguía Moisés que realizó señales. El pueblo sigue a Jesús porque había visto las señales que él realizaba para los enfermos.

• Juan 6,5-7: Jesús y Felipe. Viendo a la multitud, Jesús confronta a los discípulos con el hambre de la gente y pregunta a Felipe: “¿Dónde nos procuraremos panes para que coman éstos?” En el primer éxodo, Moisés había obtenido alimento para el pueblo hambriento. Jesús, el nuevo Moisés, hará lo mismo. Pero Felipe, en vez de mirar la situación a la luz de la Escritura, miraba la situación con los ojos del sistema y respondió: “¡Doscientos denarios de pan no bastan!” Un denario era el salario mínimo de un día. Felipe constata el problema y reconoce su total incapacidad para resolverlo. Se queja, pero no presenta ninguna solución.

• Juan 6,8-9: Andrés y el muchacho. Andrés, en vez de quejarse, busca soluciones. Encuentra a un muchacho con cinco panes y dos peces. Cinco panes de cebada y dos peces eran el sustento diario del pobre. El muchacho entrega su alimento. Hubiera podido decir: “Cinco panes y dos peces, ¿qué es esto para tanta gente? ¡No va a servir para nada! ¡Vamos a compartirlos entre nosotros con dos o tres personas!” En vez de esto, ¡tuvo el valor de entregar los cinco panes y los dos peces para alimentar a 5000 personas (Jn 6,10)! ¡Quien hace esto o es loco o tiene mucha fe, pensando que, por amor a Jesús, todos se disponen a compartir su comida como hizo el muchacho!

• Juan 6,10-11: La multiplicación. Jesús pide que la gente se recueste por tierra. En seguida, multiplica el sustento, la ración del pobre. El texto dice: “Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, y comieron todo lo que quisieron.” Con esta frase, escrita en el año 100 después de Cristo, Juan evoca el gesto de la Ultima Cena (1Cor 11,23-24). La Eucaristía, cuando se celebra como es debido, llevará a compartir como hizo el muchacho, y a entregar el propio sustento para ser compartido.

• Juan 6,12-13: Sobraron doce canastos. El número doce evoca la totalidad de la gente con sus doce tribus. Juan no informa si sobraron peces. Lo que le interesa es evocar el pan como símbolo de la Eucaristía. El evangelio de Juan no tiene la descripción de la Cena Eucarística, pero describe la multiplicación de los panes como símbolo de lo que debe acontecer en las comunidades a través de la celebración de la Cena Eucarística. Si entre los pueblos cristianos hubiese un verdadero compartir, habría comida abundante para todos y sobrarían doce canastas ¡para mucha más gente!

• Juan 6,14-15: Quieren hacerlo rey. La gente interpreta el gesto de Jesús diciendo: “¡Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo!” La intuición de la gente es correcta. De hecho, Jesús es el nuevo Moisés, el Mesías, aquel que el pueblo estaba esperando (Dt 18,15-19). Pero esta intuición estaba siendo desviada por la ideología de la época que quería un gran rey que fuera fuerte y dominador. Por esto, viendo la señal, ¡el pueblo proclamaba a Jesús como Mesías y avanza para hacerle rey! Jesús percibiendo lo que iba a acontecer, se refugia sólo en la montaña. Y así no acepta ser mesías y espera el momento oportuno para ayudar a la gente a dar un paso.

4) PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL

• Ante el problema del hambre en el mundo, ¿tú actúas como Felipe o como el muchacho?

• La gente quería un mesías que fuera rey fuerte y poderoso. Hoy, muchos van detrás de líderes populistas. ¿Qué nos tiene que decir sobre esto el evangelio de hoy?

5) ORACIÓN FINAL

Yahvé es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
Yahvé, el refugio de mi vida,
¿ante quién temblaré? (Sal 27,1)

1.- Motivación general

La Palabra de Dios que en este tiempo pascual nos ofrece la Iglesia en la Eucaristía viene protagonizada, en sus primeras semanas, por la iniciativa de Cristo resucitado en sus apariciones a los discípulos. Y por otro lado, por esos primeros discípulos dando testimonio del resucitado al pueblo.

Tras la dura experiencia de la cruz, y la incertidumbre que crea encontrar el sepulcro vacío al tercer día, las dudas y miedos de los apóstoles se acrecientan aún más. Son esos mismos apóstoles que siguieron a Jesús tras su llamada en las orillas del lago de Genesaret, a que le acompañaron en la predicación del Reino con palabras y obras milagrosas por todas las poblaciones de la Galilea. Son los mismos que hicieron con Jesús el camino a Jerusalén, que presenciaron la oposición al Maestro por parte de las autoridades judías,… y que huyeron cuando éste fue apresado. Los mismos que solo de lejos fueron capaces de contemplar la crucifixión, y que ahora están atemorizados, escondidos, pensando que todo terminó y planteándose volver cada uno a su casa.

Será el propio Resucitado el que, por su cuenta, se hará ver de sus discípulos para convencerles de que está vivo, y que la historia no ha terminado sino que comienza de nuevo, con el anuncio de su resurrección. Será el Resucitado el que tendrá que recuperar de nuevo la confianza de los suyos, rompiendo sus miedos y sentimientos de culpabilidad. Los apóstoles tienen motivos para desconfiar y sentirse culpables: uno le ha traicionado, otro le ha negado, todos menos el discípulo amado le han abandonado en los momentos más críticos; todos le han visto morir en medio de horribles tormentos en la cruz. Por eso se encuentran escondidos para protegerse del peligro exterior, y juntos para compartir miedos e inseguridades, ensimismados en sus sentimientos.

Cristo resucitado tendrá que volver a ganárselos como discípulos suyos, como testigos de su resurrección. Tendrá que convencerles de que todo comienza ahora. En todos los relatos evangélicos de apariciones, siempre es el Resucitado el que se presenta delante de sus discípulos o el grupo de los apóstoles, ante su sorpresa. Les desea la paz, les pide que no tengan miedo, les da pruebas de que está vivo… y les envía ser sus testigos. Y les dice: “Id a Galilea: allí me veréis”.

Aquella Galilea que fue el escenario de la primera llamada, de la primera misión entre las ovejas descarriadas de Israel, es ahora el mismo escenario de la presencia del resucitado entre esos mismos discípulos. Ahora ellos son objeto de una nueva llamada a recobrar la confianza en él y a “apacentar sus ovejas” (Jn 21, 15-17). Y a ser sus testigos, ya no solo por Galilea, sino por todo el mundo (Mt 28, 19-20; Mc 16, 15; Lc 24, 46-47; Jn 20, 21; Hch 1, 8).

A nosotros también nos puede suceder que a lo largo transcurso de nuestra vida religiosa, con sus acontecimientos y contratiempos, se nos pueda acumular cierta desconfianza y sentido de culpabilidad en nuestra condición de discípulos del Señor y testigos suyos. Puede que de alguna manera seamos más discípulos del crucificado que del Resucitado, sin llegar a reconocerlos como la misma persona. Que nuestros miedos e inercias nos pidan más recrearnos en un sepulcro vacío que en un Señor vivo que hace camino con nosotros reprochándonos nuestra incredulidad. Y que necesitemos una vez más que el Señor resucitado rompa nuestras inercias, nos convenza de nuevo que sigue vivo y que sigue contando con nosotros para ser testigo de su resurrección. Que necesitamos encontrarnos de forma renovada con Él en esa Galilea de la primera llamada, del primer entusiasmo vocacional. Y allí, alimentar de nuevo la llamada a seguir siendo sus testigos, a seguir siendo y dando Vida.

En este sencillo tema de Retiro, se nos invita a reflexionar sobre estas realidades descritas, sintiéndonos destinatarios de algunas de esas apariciones del Resucitado. Y desde ellas, renovar nuestra experiencia de encuentro con Dios en Cristo. Y desde ahí, nuestra entrega apostólica a la causa del Reino entre los jóvenes. A salir de la comodidad autojustificativa de nuestros miedos. A romper nuestras dinámicas de huida de la realidad, de ensimismamiento en nuestras oscuridades. A abrirnos a la luz de la resurrección que entra a raudales por las ventanas de nuestra alma, y deslumbra nuestros ojos con la urgencia de la misión salvadora por todo el mundo.

 

2.- Los encuentros con el Resucitado

Estamos invitados a recorrer algunos pasajes evangélicos de Lucas y Juan que presentan apariciones del Señor resucitado. En todos ellos, la iniciativa parte del Resucitado, que quiere volver a recuperar, a ganarse para la causa del Reino, a todos los que le conocieron y siguieron: la Magdalena, los de Emaús, Pedro, el grupo de los discípulos. Es siempre el Señor quien quiere convencernos de que sigue contando con nosotros. Quiere romper nuestras inseguridades y miedos, nuestras perezas y rutinas, nuestras búsquedas equivocadas de su presencia y su voluntad.

 

2.1.- De Lc 24, 13-35:

“Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió»”.

Todos sabemos cómo termina el episodio. Pero queremos fijarnos en la última expresión que recoge el texto: “Nosotros esperábamos… pero…”. Los discípulos de Emaús no reconocen al Resucitado caminando a su lado, porque lo que ha sucedido (la muerte en cruz del supuesto Mesías) no responde a sus expectativas: “Nosotros esperábamos que las cosas fueran de otro modo…” Ellos esperaban el Mesías triunfador y glorioso del que hablaba su religión, y sus ojos están cerrados a reconocer que el triunfo de la vida pasa por el anonadamiento y la muerte.

Hoy es muy complicado anunciar el mensaje de la cruz, del sufrimiento, el dolor y la propia abnegación, como camino de felicidad y de vida. Vivimos en la sociedad del bienestar y la comodidad. Nosotros también, aún dentro de la vida religiosa, participamos, aunque sea inconscientemente, de esta ideología y esta práctica vital. Nos cuesta aceptar la experiencia del sufrimiento, el dolor y el fracaso personal como cauces de una vida nueva, como semillas de resurrección. Llevamos mal las incomodidades e incomprensiones, y no queremos usar las gafas de la fe para leer los renglones torcidos con que Dios escribe derecho en nuestra vida, en la de nuestras comunidades, en la vida de los jóvenes y familias de nuestra obra.

La dinámica de todo un Dios que se hace uno de nosotros y se rebaja hasta someterse incluso a la muerte, y muerte de cruz (Cfr. Flp 2, 7-8), la aceptamos mentalmente con facilidad, pero no en sus consecuencias ordinarias. Y en la práctica, cuando llegan esas experiencias variadas de cruz, al igual que los de Emaús, comentamos: “Vaya, nosotros pensábamos que las cosas iban a ser de otro modo…”

¿En qué medida no seguimos los caminos de Dios, sino nuestros caminos? ¿En qué medida leemos desde la fe en el Resucitado los contratiempos, sufrimientos, incomprensiones,… que acontecen en nuestra vida? ¿Seguimos la lógica del “nosotros esperábamos que…”?

 

2.2.- De Lc 24, 36-48:

“Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos”.

Jesús resucitado se aparece a sus apóstoles, que estaban llenos de miedo, con las puertas y ventanas cerradas. El Resucitado se empeña en traspasar esas puertas, ventanas y paredes, para hacerse presente en medio de ellos. Y aun así, tienen miedo, no le reconocen… o no quieren terminar de creérselo. Jesús tiene que emplearse a fondo para vencer sus resistencias: enseñar las señales de las heridas en manos y pies, dejar que le toquen para comprobar que es alguien de carne y hueso, y no un fantasma bajo una sábana… ¡incluso comer delante de ellos un trozo de pescado! ¿Qué más puede hacer para que realmente le vean y crean vivo y resucitado?

También nosotros solemos estar ensimismados en nosotros mismos, en nuestros miedos y problemas: lo que nos pasa, lo que nos duele, lo que sentimos… Nos parece que lo que nos sucede es lo más grave que existe, que bastante tenemos con lo que nos pasa. Y no miramos a nuestro alrededor, a nuestros hermanos, al mundo que nos rodea. No nos abrimos a la presencia de Dios en ellos, en nuestro entorno. Quizá solo tenemos ojos para nosotros mismos, nuestros proyectos, objetivos, maneras de ver o de hacer las cosas… o nuestras enfermedades y limitaciones. Quizá nuestra propia oración es cavilación sobre lo que tenemos entre manos y nos preocupa,… ¡y no dejamos que el Señor nos alce la vista, nos deje tocar su humanidad resucitada, nos pida compartir nuestra mesa!

El miedo y el ensimismamiento en el propio yo no deja puertas ni ventanas abiertas a Dios. O quizá este miedo sea la excusa de la comodidad en la que vivimos, muy ocupados y preocupados en nuestras pequeñas necesidades, como si los problemas del mundo se redujeran a nuestro entorno más cercano. Quizá esa comodidad en la que vivimos, muy ocupados en no hacer nada, es la que nos provoca el miedo a que Dios invada nuestra vida, a que Jesús resucitado rompa nuestras inseguridades, y nos pida algo más.

Nuestros miedos, rutinas, ensimismamientos,… ¿nos cierran a la novedad de lo que el Señor resucitado nos pueda pedir? ¿Cómo es nuestra oración personal? ¿Damos vueltas a nuestro pequeño mundo de necesidades, o miramos al Señor, que se nos muestra vivo, resucitado, compartiendo nuestra mesa e invitándonos a salir de nosotros mismos?

 

2.3.- De Jn 20, 11-18:

“Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto»”.

La Magdalena no encuentra a Jesús, porque está encerrada en el pasado. Busca a Jesús muerto en la cruz, busca el cadáver de Jesús allí donde le dejaron unos días antes. Responde a la pregunta de los ángeles con una inquietud: “Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. Y encuentra de los ángeles, por toda respuesta, por toda explicación… el silencio. La respuesta no está en el sepulcro vacío, no está en la mirada atrás, no está en el viernes santo. Se tendrá que volver y ver a Jesús, al que solo reconocerá como el Señor resucitado cuando éste la llame por su nombre.

El Resucitado no se deja atar a ninguna circunstancia, tiempo o lugar. Dios no se ata en nuestra vida a ninguna de nuestras circunstancias pasadas, por muy gloriosas que sean. Dios no se deja encontrar necesariamente allí donde antes lo encontrábamos, y donde solo hay ahora un cadáver… o un sepulcro vacío. O nos volvemos, como María, o no le reconoceremos. O dejamos de preguntarnos una y otra vez dónde está ese Señor que un día vimos vivo y después sepultado… o no lo descubriremos.

Quizá con demasiada frecuencia solemos evocar episodios y aconteceres de nuestra vida salesiana pasada. Muchas veces lo hacemos porque se trata de anécdotas curiosas, que crean buen ambiente. Otras veces con cierta nostalgia de lo que fuimos e hicimos, y de lo que ahora ya no somos o hacemos. Mirando ese sepulcro vacío sin encontrar respuesta de por qué sentimos nostalgia de cualquier tiempo pasado. Pocas veces quizá descubriendo y agradeciendo la acción del Señor por nuestro medio.

¿Vives anclado en el pasado, buscando a Dios donde no está? ¿Has renunciado a seguir buscando a Dios donde él, resucitado, te espera y te vuelve a llamar? Intenta, en clima de oración, sentir de nuevo al Señor resucitado que, como en el día de tu primera profesión religiosa, te llamó por tu nombre, y tú le descubriste y respondiste con la entrega de tu vida.

 

2.4.- De Jn 20, 19-30:

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto»”.

Una semana antes, los discípulos han recibido la visita del Señor resucitado y le han reconocido vivo. Ellos dan testimonio de ello a Tomás, que en ese momento no estaba presente. Pero este no reconoce a partir del testimonio de ellos que el Señor esté vivo. Se fía más de su lógica, la así llamada lógica de los hechos, que de la experiencia vivida y vívida de sus compañeros. Tomás no encuentra al Resucitado porque no se fía de sus hermanos: “¿Qué película me contáis? Yo le he visto muerto y bien muerto”. Es el más listo de la clase, nadie le va a enseñar o hacer descubrir nada. Le asiste la razón, los datos de realidad, para no dar su brazo a torcer. Será el Resucitado quien tenga que imponérsele casi por la fuerza.

Quizá Tomás, como también nosotros a veces, buscaba a un dios que no existe. A un dios razonable, un dios a la medida de nuestras posibilidades y entendederas. Un dios que se ajuste a la medida de nuestras fuerzas. Quizá nos fiamos más de nuestras propias fuerzas que de la fuerza del Resucitado en nuestra vida. Pensamos que lograr las metas que nos proponemos, tanto personal como institucionalmente, depende de nuestro esfuerzo, de nuestro voluntarismo. Por eso, no podemos dejar nada a la improvisación, no admitimos de hecho la presencia del Dios Providente en nuestra vida. Y es que no podemos arriesgar. Tenemos que tener, como Tomás, las cosas claras, los cabos bien atados, poder meter el dedo en la llaga y la mano en el costado, para tener la garantía de que todo saldrá bien. Y no nos abrimos a la sorpresa de la presencia de Dios en nuestra vida, no nos abrimos a la bienaventuranza de la fe, del creer sin ver, del admitir el testimonio de nuestros hermanos.

¿En qué medida predomina en nuestra vida el voluntarismo prometeico de querer hacer todo en la medida de nuestras fuerzas? ¿En qué medida, personal e institucionalmente, reducimos la misión educativo-pastoral a pura programación y realización de actividades? ¿Dejamos hueco a la fe en la presencia del Resucitado?

 

2.5.- De Jn 21, 1-17:

“Después de esto, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos (…) Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos». Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas». Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas»”.

En el evangelio de Juan, Jesús resucitado se había aparecido a María Magdalena, quien dio testimonio a los discípulos. Después al grupo de discípulos sin Tomás; y luego una semana después con Tomás. Aún con todo, al comienzo del capítulo 21, encontramos a los discípulos juntos, pero en su ambiente natural anterior a haber conocido a Jesús: a las orillas del lago de Genesaret, recuperando la barca y las redes que habían abandonado cuando Jesús, un tiempo atrás, les propuso ser pescadores de hombres (Cfr. Mc 1, 16-18).

Es Pedro el que parece haber olvidado haber visto vivo a Jesús, y por eso invita a sus compañeros a volver al oficio de la pesca, ignorando la Pascua. Y ahí es cuando sucede la tercera aparición del Resucitado, con esa pesca milagrosa con la que también inició su llamada a esos mismos discípulos (Cfr. Lc 5, 1-11). Es Pedro el que, tras reconocer a Jesús resucitado de nuevo, se llena de sorpresa y alegría y se tira al agua para ir a recibirlo a la orilla del lago.

Ese entusiasmo inicial de Pedro se va poco a poco apagando, al mismo tiempo que las brasas en las que el Resucitado ha preparado un poco de pescado asado a sus antiguos discípulos, ahora recuperados. Aunque no quiere, Pedro no puede dejar de acordarse de que ha traicionado a Jesús negándole tres veces, y que no va a ser digno de su amistad en adelante, que ya no hay vuelta atrás. Está obsesionado por su culpa: “¿Cómo pude hacer lo que hice aquella noche? Le negué tres veces. Es imposible que pueda volver a perdonarme…” Es Jesús el que por tres veces, tiene que sacarle de ese círculo cómodo y vicioso. Le invita a recobrar su amistad, a dejar de lamentarse… ¡y a asumir la tarea!: “Ya vale, Pedro, deja de compadecerte a ti mismo, déjate querer… y déjate enviar: ¡apacienta mis ovejas!”.

Puede que nos resulte más fácil y cómodo vivir en la autocompasión, en el reconocimiento de nuestros límites, en la situación de los “Yoyas” (“Yo ya no puedo, no sé; yo ya he hecho mucho, yo ya no quiero responsabilizarme más,…”) como excusa para no comprometernos. En esta situación, el Señor nos sigue solicitando su amistad, nos sigue pidiendo poder contar con nosotros, nos sigue repitiendo si le seguimos queriendo. Y a nosotros, como a Pedro, nos sobreviene la tristeza (se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez…”).

Reconocer nuestras limitaciones es un signo de humildad, pero con facilidad puede convertirse en autoculpabilización que deriva en autocomplacencia y justificación de nuestra falta de compromiso. Así, intentamos rehuir el diálogo de amistad con el Señor, porque sabemos que estando cerca de Él, poniéndonos a tiro, va a pedirnos nuestro amor de forma especial y exclusiva (“¿Me amas más que estos…?”), y en el mismo paquete por el mismo precio, nuestro compromiso (“Cuida de mis ovejas”).

¿En qué medida mis limitaciones personales (edad, salud, carácter, circunstancias pasadas sufridas,…) son una excusa para rehuir alimentar la amistad con el Señor, el diálogo sincero con Él y la búsqueda de su voluntad y de la nueva tarea que me encomienda?

 

3.- Para la reflexión personal

El Señor resucitado quiere recuperarnos una vez más, en esta Pascua, como discípulos suyos y testigos de su Reino.

Quiere abrir nuestros sepulcros y sacarnos de nuestros sepulcros (Cfr. Ez 37, 12). Esos sepulcros donde nos empeñamos en buscar a un Jesús que ya no está, porque ha resucitado. Esos sepulcros personales donde alimentamos nuestras rutinas, miedos, faltas de compromiso.

Quiere que volvamos a Galilea, porque allí le veremos (Cfr. Mc 16, 7), a la Galilea de aquella primera llamada, donde quisimos dejarlo todo y seguirlo para ser pescadores de hombres desde la misión salesiana. Y que reviviendo los comienzos de su llamada, lo descubramos a la orilla del lago ya resucitado. Y que aun reconociendo nuestras traiciones y limitaciones, recobremos el amor incondicional por Él y la tarea de seguir extendiendo su Reino entre los jóvenes.

Darío Mollá, SJ, Samuel Segura, SDB

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