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El Buen Pastor

1. No es fácil ser responsable cuidadoso del pueblo. Nuestras gentes esperan siempre la llegada de gobernantes justos, y los cristianos deseamos tener responsables en la Iglesia que sean evangélicos. Pero en la Iglesia no hay simplemente dirigentes y dirigidos; todos somos hermanos, y a todos nos incumbe la responsabilidad. El domingo de hoy no es la fiesta del párroco o del obispo, sino el domingo del Buen Pastor, que es Jesús, y el Día del pueblo de Dios, en el que todos somos corresponsables, aunque de distinta manera.

2. Cristo es Buen Pastor por tres razones:

1) «Da la vida» por todos, es decir, no es un simple «asalariado» que se preocupa de su sueldo y que huye cuando llega la dificultad.

2) «Conoce» a aquellos a los que sirve con un conocimiento que proviene del compromiso.

3) «Reúne» en la unidad a los que están dispersos, a quienes atrae y reconcilia.

3. El juicio de Jesús es duro para con los responsables que no ejercen su ministerio o servicio o que se creen dueños de determinadas personas. En realidad, en la Iglesia los responsables son «intendentes» que deben imitar a Jesús en la donación de su vida.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Somos corresponsables en la Iglesia y en la sociedad?

Casiano Floristán

Jesús, un hombre libre

El evangelio de este domingo ha dejado una impronta indeleble en la imaginación de la comunidad cristiana. La representación de Jesús como el buen pastor es una de las más antiguas del arte cristiano.

Un conocimiento mutuo

Como siempre Jesús en esta parábola parte de la vida cotidiana. Sus oyentes tienen familiaridad con el mundo rural, conocen por experiencia cercana el lazo que une al pastor con sus ovejas. El pastor conoce a sus ovejas, las llama incluso por su nombre. Conocer en la Biblia significa amar. El pastor ama a sus ovejas y éstas lo aman a él. La expresión usada en Jn 10, 14 es casi la de la alianza: «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». Un amor mutuo une al Señor con su pueblo; amor, no temor. El modelo de esta unión es la relación que como Hijo tiene con el Padre, la profundidad de ese lazo hace que el Señor entregue su vida por los que ama.

Muy distinta es la conducta del asalariado. Está con las ovejas por interés, no por una motivación de amor. Por ello ante el peligro huye, «no le importan las ovejas» (v. 13). El salario puede ser dinero, honores, sentirse el centró de un pequeño mundo. Hay quienes sólo fingiéndose pastores pueden alcanzar sin esfuerzo una consideración social que les costaría mucho obtener por otros medios. Pero esas razones no crean lazos firmes, son pastores de ellos mismos, no de las ovejas; cuidan sus intereses y prestigio y no al pueblo a cuyo servicio dicen estar. El Señor es duro con ellos: «no le (s) importan las ovejas», v. 13, y con todo lo que en cada uno de nosotros haya de complicidad con esa actitud. Nos invita por eso a imitarlo en la solidaridad sin fronteras con sus hermanos, en particular con los más explotados y débiles. Sólo así nos podremos llamar «hijos de Dios», personas que conocen, aman, a Jesús (1 Jn 3, 1).

Dar la vida

Esa solidaridad puede ir hasta la entrega de la propia vida (cf. v. 15). Ofrenda hecha voluntariamente, con plena libertad. Compromiso por amor gratuito, no por obligación formal. Nadie le quita la vida al Señor. El la da. Su muerte, su ejecución en la cruz, no es el resultado de una fatalidad, sino de una decisión libre (cf. v. 18). Día a día optó por anunciar el Reino de amor, paz y justicia; lo hizo privilegiando a los últimos, a los oprimidos y despreciados. Por eso lo mataron. Vino a cumplir la voluntad del Padre (cf. v. 18), pero aquellos que no querían perder sus prerrogativas lo rechazaron.

En eso consiste la imitación de Jesús. Ser pastor no es una profesión, es una opción de vida. Todos somos pastores de nuestros hermanos, tenemos una responsabilidad frente a ellos que debemos asumir libremente. Comprometernos con los pobres del país, con sus sufrimientos y esperanzas, sus límites y combates, implica una decisión diaria y un riesgo permanente de incomprensión y de hostilidad. No podemos, sin embargo, si no somos asalariados, «dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech 4, 20).

Gustavo Gutiérrez

El Papa, pastor

Si hoy un conferenciante se presentara ante su público con estas palabras “Yo soy el Buen Pastor”, seguro que nos dejaría descolocados.Probablemente no sabríamos qué nos quiere decir. Descubriríamos por ejemplo que hay dos clases de pastores: pastores servidores y otros que no lo son. Un inconveniente: El pastor pertenece a la cultura rural y nosotros estamos invadidos por la cultura urbana.

Primera anotación: Los textos que el evangelio aplica a los apóstoles y al mismo Jesús, están dirigidos a los sacerdotes, a los obispos y al Papa. Pero Jesús añade algo más: “Tengo otras ovejas que no son de este redil; también a éstas las tengo que atraer y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor“. Juan Pablo II declaró en una ocasión que en el primer milenio se evangelizó a Europa, en el segundo África y América y en el tercero será el de África. A lo largo de la historia se han registrado cambios, en cuanto al papel de los sacerdotes de los obispos y del Papa.

Han alternado épocas en las que los pastores han sido más aplaudidos, más queridos, más respetados. Su presencia no ha sido indiferente en ningún momento y otras en las que han sido más rechazados. En los últimos meses las críticas han abundado provocando en determinados ambientes auténticos seísmos.

Basta que enfoquemos por breve tiempo nuestra atención sobre la literatura, el cine y los entretenimientos, para convencernos de cómo Jesús es mirado con afecto. Recordemos la película:“Jesucristo Super Star”. Ha habido tiempos en los que ha existido el diálogo. Ha habido tiempos en los que la relación entre el mundo religioso y el mundo del cine ha sido amable. Personajes como Miguel de Unamuno, Gregory Peck, Spencer Tracey, El padrecito (Cantinflas), El Pájaro Espino, el popular Camilo, “San Manuel Bueno Mártir”… nos hablan en situaciones distintas.

En la época de Cristo hubo personas entregadas y también en nuestro tiempo nos encontramos con ejemplos actuales. Recuerdo cómo tuve la oportunidad de escribir la vida de un misionero de Pasaia (Gipuzkoa), al cual le arrebataron la vida con un tiro en el rostro. Esto sucedía en Rwanda en el año 2000. Saltan las diferencias entre unas vidas y otras. Ciertamente ha habido épocas en las que la corrupción se ha hecho más presente hoy es más visible, trasladándose a los medios de comunicación.

Destaca como Pastor el Papa. Concretamente nos ha abierto horizontes esplendidos. Desea una Iglesia en actitud de salida. Esto es, entusiasta, misionera, en acción, cercana al débil siguiendo los pasos de Jesús del que es su Vida y Camino.

Josetxu Canibe

Creer en el Dios de la vida

En estos tiempos de profunda crisis religiosa no basta creer en cualquier Dios; necesitamos discernir cuál es el verdadero. No es suficiente afirmar que Jesús es Dios; es decisivo saber qué Dios se encarna y se revela en Jesús. Me parece muy importante reivindicar hoy, dentro de la Iglesia y en la sociedad contemporánea, el auténtico Dios de Jesús, sin confundirlo con cualquier «dios» elaborado por nosotros desde miedos, ambiciones y fantasmas que tienen poco que ver con la experiencia de Dios que vivió y comunicó Jesús. ¿No ha llegado la hora de promover esa tarea apasionante de «aprender», a partir de Jesús, quién es Dios, cómo es, cómo nos siente, cómo nos busca, qué quiere para los humanos?

Qué alegría se despertaría en muchos si pudieran intuir en Jesús los rasgos del verdadero Dios. Cómo se encendería su fe si captaran con ojos nuevos el rostro de Dios encarnado en Jesús. Si Dios existe, se parece a Jesús. Su manera de ser, sus palabras, sus gestos y reacciones son detalles de la revelación de Dios. En más de una ocasión, al estudiar cómo era Jesús, me he sorprendido a mí mismo con este pensamiento: así se preocupa Dios de las personas, así mira a los que sufren, así busca a los perdidos, así bendice a los pequeños, así acoge, así comprende, así perdona, así ama.

Me resulta difícil imaginar otro camino más seguro para acercarnos a ese misterio que llamamos Dios. Se me ha grabado muy dentro cómo le vive Jesús. Se ve enseguida que, para él, Dios no es un concepto, sino una presencia amistosa y cercana que hace vivir y amar la vida de manera diferente. Jesús le vive como el mejor amigo del ser humano: el «Amigo de la vida». No es alguien extraño que, desde lejos, controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el Amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara y la fuerza más segura para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo dijo Jesús de muchas maneras: una religión que va contra la vida, o es falsa, o ha sido entendida de manera errónea. Lo que hace feliz a Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia que se nos revela en Jesucristo: Dios se nos da a sí mismo como lo que es: Amor.

José Antonio Pagola

¿A QUIÉN IREMOS?


  ♦ La Iglesia gozaba de paz en toda Palestina. Era la paz que les había dejado el Resucitado. Una paz que no estaba exenta de conflictos, como hemos venido viendo en días anteriores. Y si no, que se lo pregunten a Esteban, o a Felipe, y al mismo Saulo. 

     Pero esa dificultades no les hacían perder el don de la paz recibida. Y la Iglesia iba creciendo, se iba construyendo, y progresaba en la fidelidad al Señor, se multiplicaba… Le viene a la cabeza a uno aquello  que Lucas había dicho también de Jesús, en su infancia: Crecía en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. 

    La tarea del crecimiento personal y comunitario -animada por el Espíritu Santo- nunca termina, porque la fidelidad hay que construirla todos los días. Una fidelidad que encuentra un significativo y necesario apoyo en los propios hermanos. La fidelidad de mis hermanos es una garantía y un impulso para la mía. Y viceversa. Aquella primera comunidad no estaba tan marcada como la nuestra por eso que llamamos individualismo, y que les «autoriza» a no pocos a mantener una relación con Dios, al margen de los hermanos, de la comunidad, como una especie de asunto privado. Mi oración por mí y por mis cosas, mis necesidades, mi manera de apañármelas con Dios, «mi» misa, y hasta el banco donde me siento… procurando que nadie me roce ni me distraiga…

    Pero los comienzos nos muestran algo que a mí me parece que tenemos que recuperar con urgencia en nuestra cristianismo de hoy. Las personas de la comunidad tienen nombre propio, conocen mutuamente sus circunstancias personales, su lugar de residencia, y los hermanos procuran que Pedro -como representante de la comunidad- se acerque y ore y actúe en la medida de sus posibilidades. A pesar, incluso, de que estas comunidades que va visitando probablemente no habían sido fundadas por él.

   Algo tenía aquel grupo de creyentes que resultaba atractivo: un ambiente de cercanía, de fraternidad, de confianza en el Resucitado, a quien sentían muy presente. Cada uno era atendido «según sus necesidades». Algo que resultaba desconocido en los ambientes religiosos de la época, y que resultaba admirable y contagioso. Algo que Jesús había procurado enseñarles: a ser uno, a amarse, a ser enviados juntos, a compartir juntos la mesa: con él… pero también entre sí. Y todo ello «para que el mundo crea que el Padre le ha enviado» y para que se sepa que somos discípulos suyos por el amor que nos tenemos unos a otros.  

    Y es algo que hoy debiéramos revisar y tener mucho más en cuenta en nuestras actividades y estructuras pastorales, en nuestras relaciones intra-comunitarias. Algo que nos debiera empujar a poner la dimensión apostólica mucho más en clave comunitaria (que no es lo mismo que distribuir y repartir responsabilidades).  Hay demasiado individualismo entre nosotros, demasiado pastor «por libre», y demasiadas ovejas «a su aire». Como también grupos con alergia a la «pastoral de conjunto». No es casualidad que la «reacción» principal de Pablo después de encontrarse con ese Jesús al que perseguía (al Jesús presente en las comunidades) fuera… fundar él  mismo pequeñas comunidades misioneras, y cuidarlas como tarea principal.

      ♦ En el Evangelio nos encontramos con los discípulos en aprietos:  también a ellos les cuesta aceptar las palabras de Jesús, hasta el punto de que «muchos» le critican y se retiran: «son palabras duras, ¿quién puede hacerles caso?».  Por una parte despiertan mi admiración porque escuchan las palabras de Jesús muy en serio, y deben optar: o le hacemos caso… o no. O le seguimos, o nos vamos. Algunos quieren pero no pueden. Y cuando ven que otros «muchos» se retiran, no es esta la mejor motivación para seguir ellos adelante. 

    Es una tentación que afecta a cualquier discípulo de cualquier momento de la historia. También hoy: ¿Para qué complicarse la vida, para qué autoexigirse? Hay muchos a los que les va muy bien sin  calentarse la cabeza con las llamadas del Evangelio. No hace falta estar con Jesucristo para ser buena persona. Muchas exigencias de Jesús echan para atrás…. Y si encima ser creyente hoy proporciona no pocos rechazos, burlas, desprecio social, y en algunos lugares incluso persecuciones… 

   Quizá nosotros no demos el paso como aquellos discípulos que se retiraron; nos quedamos… pero lo hacemos «a medio gas», con tibieza, eligiendo lo que mejor nos viene… e ignorando otras cosas.

     ¿A quién iremos entonces? Las suyas son «palabras de vida eterna», pero la vida eterna no parece preocupar demasiado hoy, ¡el presente es lo que importa!… Incluso Pedro, que aparentemente lo tenía tan claro, y que hablaba en nombre de todos… ya sabemos que después no fue tan coherente ni tan valiente. Sus compañeros tampoco.

     Para nosotros puede resultar duro y hasta escandaloso el mensaje del Evangelio… Pero como «es el Espíritu quien da la vida»…. Es el Espíritu el único que puede ayudarnos a no quedarnos «en la carne, a no ser tibios, cobardes, cómodos… Ésta es la clave. Y por eso, ésta debiera ser nuestra constante oración: «Ven Espíritu Santo y transforma los corazones de tus fieles». Necesitamos orar «para no caer en la tentación» de renunciar al único que puede salvarnos, al único que tiene palabras de vida eterna, al Santo de Dios (= consagrado por Dios) para hacernos santos a nosotros. Que así sea.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Sábado III de Pascua

Hoy es 21 de abril, sábado de la III semana de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 6, 60-69):

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oirlo, dijeron: -«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: – «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: – «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: – «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: – «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Al final del discurso en la sinagoga de Cafarnaúm, tras la multiplicación de los panes, viene este momento de crisis en la comunidad de discípulos que siguen al Señor. “Este lenguaje es duro. ¿Quién puede escucharlo?”. Se puede percibir la tristeza del evangelista cuando relata que desde entonces muchos discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él.

A nosotros nos puede pasar lo mismo. Estamos en un tiempo en que la vida cristiana debe ser vivida a la intemperie, a contracorriente, proclamando unos valores que el mundo entiende como contravalores y podemos ceder a la tentación de cobijar en nuestro corazón este pensamiento: esto es muy duro, ¿quién puede cargar con esto? Mejor marcharse.

Y sin embargo, sorprende la libertad de Jesús frente al abandono de los discípulos. No quiere a nadie a la fuerza y conmina a sus apóstoles, que como los otros, acaban de saciarse de pan y le han visto caminar sobre las aguas, a tomar una decisión, “¿también vosotros queréis marcharos?”.

La decisión de quedarse o marcharse dependerá de que hayamos experimentado fuertemente que “la carne no sirve de nada, las palabras que os he dicho son espíritu y vida”. Nos está hablando de que Jesús ha asumido toda nuestra limitación, él ya sabe que seguirle no es un camino fácil y lo sabe porque está dispuesto a caminar firmemente hacia la cruz; pero antes ha asumido nuestra debilidad, incluida la muerte. En su carne, hecha Eucaristía, encontramos la fuerza para no abandonarle y seguir adelante con la alegría de saber que seguimos a un Maestro Resucitado. Sólo así encontraremos la vida eterna vivida ya aquí, ya ahora.

 

Liturgia 21 de abril

SÁBADO DE LA III SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Prefacio Pascual.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 9, 31-42. Se iba construyendo la Iglesia, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.
  • Salmo 115. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?
  • Jn 6, 60-69. ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Antífona de entrada           Col 2, 12
Por el bautismo, fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitados con él por la fe en la fuerza de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. Aleluya.

Oración colecta
OH, Dios, que has renovado en la fuente bautismal

a los que creen en ti,
guarda a los renacidos en Cristo,
para que, vencida toda clase de engaños,
conserven fielmente tu gracia santificadora.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
ACEPTA, Señor, en tu bondad

las ofrendas de tu familia,
para que, bajo tu protección,
no pierda los dones ya recibidos
y alcance los eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual

Antífona de comunión
          Cf. Jn 17, 20-21

Padre, por ellos ruego, para que todos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado, dice el Señor. Aleluya.

Oración después de la comunión
GUARDA, Señor, con tu amor constante

a los que has salvado,
para que los redimidos por la pasión de tu Hijo
se alegren con su resurrección.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

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