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1. ALGÚN TEXTO de la Evangelii Gaudium (papa Francisco):

“Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para mendicidad, en aquel que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda” (211).

Los más débiles

“Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, que son los más indefensos e inocentes de todos, a quienes hoy se les quiere negar su dignidad humana en orden a hacer con ellos lo que se quiera, quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo. Frecuentemente, para ridiculizar alegremente la defensa que la Iglesia hace de sus vidas, se procura presentar su postura como algo ideológico, oscurantista y conservador. Sin embargo, esta defensa de la vida por nacer está íntimamente ligada a la defensa de cualquier derecho humano. Supone la convicción de que un ser humano es siempre sagrado e inviolable, en cualquier situación y en cada etapa de su desarrollo. Es un fin en sí mismo y nunca un medio para resolver otras dificultades. Si esta convicción cae, no quedan fundamentos sólidos y permanentes para defender los derechos humanos, que siempre estarían sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno. La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana, pero si además la miramos desde la fe, «toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre» (213)

 

2. UN POEMA

EL GRITO DE TODA LA HISTORIA

Dentro de tu grito en la cruz
caben todos nuestros gritos,
desde el primer llanto del niño
hasta el último quejido del moribundo.
Cuando la palabra es pequeña e incapaz
para expresar tanto dolor nuestro,
el cuerpo y el espíritu se unen
en este espasmo descoyuntado.

En tu grito de hombre comprometido
por la nueva justicia,
denuncias a los vientos de todas las épocas
los sufrimientos encerrados
en las salas de tortura clandestina
y los llantos ahogados en la intimidad
de corazones justos sin salida,
todos los atropellos contra minorías impotentes
y la explotación de hombres amordazados
por leyes, máquinas, amos y fusiles.

En tu grito oímos la protesta de Dios
contra todas las violaciones de sus hijos.
En ti grita el Espíritu crucificado
por los tribunales, sinagogas e imperios de los siglos

que quieren enmudecer el futuro libre y justo.
La rebeldía joven de América Latina,
las mayorías negras de Sudáfrica,
se unen a tu denuncia crucificada.

Dentro de tu grito lanzado al cielo
encomiendan su vida en las manos del Padre
todos los que se sienten abandonados
en un misterio incomprensible.
Desde el desconcierto lanzado como queja
de los que experimentaron tu amor alguna vez,
pero se sienten abandonados ahora,
y sólo en la lucha contigo esperan su salida,
desde todas las noches del espíritu,
llega hasta tus manos de Padre nuestro grito.

En ese grito tuyo último,
dolor de hombre y dolor de Dios,
inclinamos agotados la cabeza
y te entregamos el espíritu
cuando llegamos a nuestros límites,
donde se extinguen los esfuerzos y los días
y donde empezamos a resucitar contigo.

(Benjamín González Buelta, “La transparencia del barro”, Ed. Sal Terrae, Santander 1989, págs. 38-39)

3. UNA CANCIÓN:

“Me das con tus heridas” (Teresianas. Álbum “Todo vuelve a ser posible”)

Me das con tus heridas la prueba de tu muerte
y quieres con mi muerte que yo viva el amor.
Me das con tus heridas tu Carne hecha pan vivo
y quieres que en mi carne me entregue como don.

Me das con tus heridas certeza y cercanía.
Mi fe sepa encontrarte Amor en el dolor.
Me das con tus heridas la Vida que no muere,
que venza en mí a la muerte y ahuyente en mí el temor.

Me das con tus heridas tu entrega y tu ternura.
Que en mí sea el silencio Presencia y Comunión.
Me das con tus heridas razones y esperanza
de ser para el hermano don de liberación.

Me das con tus heridas la Fuente que me sacia
de vida en abundancia, de amor y de perdón.
Me das con tus heridas tu Historia en mí presente,
Jesús, viva tu suerte hecha canto y pasión

¡GLORIA A TI, MI SEÑOR! AMÉN.

La vida no es una improvisación. Nuestras decisiones más importantes tampoco son espontáneas sino que van precedidas de muchas otras pequeñas y cotidianas decisiones que van configurando el momento de la definitividad. Así le sucedió también a Jesús. Su modo de estar en la vida y relacionarse con la gente de forma compasiva y solidaria se le hizo “intolerable” a los poderosos de este mundo. Hay vidas y palabras que molestan, porque la fuerza transformadora del amor en ellas denuncia el desamor, la injusticia y la violencia y revela complicidades que no queremos ver.

Hoy también, como proclama el papa Francisco, resultan “molestos” los reclamos por la solidaridad universal, la distribución justa de los bienes, la preservación de las fuentes de trabajo, el reconocimiento de la dignidad de los débiles y la dignidad de la tierra, en definitiva las exigencias de un Dios que se compromete con la justicia (EG 203, 215). Por eso, celebrar la pasión de Cristo es tomar conciencia que Jesús “no murió”, sino que a Jesús “le arrancaron de la tierra de los vivos“ (Is 53,8). Su muerte, como la de tantas personas hoy en nuestro mundo -tráfico de seres humanos, talleres clandestinos, accidentes laborales, violencia doméstica, rutas migratorias (EG 211)- no fue “accidental”, sino que son “crónicas de una muerte anunciada“. La imagen del Siervo de Yahveh “despreciado y evitado por los hombres”, “desestimado” “maltratado”, juzgado injustamente, se reproduce cotidianamente en nuestros ambientes. En nombre de Jesús se nos pide posicionarnos ante ellos con las entrañas compasivas y solidarias del Dios que es Padre y Madre de todos.

Pero no toda cruz es redentora ni el sufrimiento en sí mismo es un valor ni algo deseable. A la cruz hay que mirarla siempre por dos lados: el de los crucificadores y el de las víctimas. Por el lado de los crucificadores, hay que maldecir la cruz. Quizás nos hemos acostumbrado demasiado a aquello de “Salve Cruz, única esperanza”, y hemos olvidado que hay cruces que no son cristianas, sino legitimadoras del dolor y la injusticia que recae sobre las vidas de los inocentes. Nada más contrario al Dios todo compasivo de Jesús que la exaltación del sufrimiento por el sufrimiento. Dios no ama la Cruz, sino a los crucificados, por eso se pone en su lugar y no la rehúye; por eso el amor cristiano se concreta en la faena de bajar de la cruz a los crucificados; y por eso paga el precio de la cruz, cruenta o incruenta.

Amar compasivamente al modo de Jesús hoy nos hace participes de su pasión en el mundo y nos impide caer en espiritualidades evasivas que no soportan la prueba del fracaso, la oscuridad ni el silencio. En la cruz, Dios nos muestra la densidad más honda de su misterio. Un Dios que no sólo está a favor de las víctimas, sino “a merced de sus verdugos”. En la Cruz, Dios expresa su máxima solidaridad y cercanía con las víctimas generando una esperanza que no está reñida con la oscuridad y las preguntas sin respuesta, una esperanza que no pasa por encima del desgarro humano. En la Cruz, Dios sostiene a su Hijo y a toda la humanidad sufriente desde dentro de su corazón dolorido y despojado, ayudando a resistir y a encarar el sufrimiento, capacitando para que ni siquiera el propio dolor y abandono se conviertan en medida del mundo, sino que sea pro-existencia, entrega y donación amorosa hasta el fin. Es posible morir y vivir amando hasta el extremo.

María José Torres Pérez, acj

El reto de la pobreza 

89. Otra provocación está hoy representada por un materialismo ávido de poseer, desinteresado de las exigencias y los sufrimientos de los más débiles y carente de cualquier consideración por el mismo equilibrio de los recursos de la naturaleza. La respuesta de la vida consagrada está en la profesión de la pobreza evangélica, vivida de maneras diversas, y frecuentemente acompañada por un compromiso activo en la promoción de la solidaridad y de la caridad.

¡Cuántos Institutos se dedican a la educación, a la instrucción y formación profesional, preparando a los jóvenes y a los no tan jóvenes para ser protagonistas de su futuro! ¡Cuántas personas consagradas se desgastan sin escatimar esfuerzos en favor de los últimos de la tierra! ¡Cuántas se afanan en formar a los futuros educadores y responsables de la vida social, de tal modo que éstos se comprometan en la supresión de las estructuras opresivas y a promover proyectos de solidaridad en favor de los pobres! Estas personas consagradas luchan para vencer el hambre y sus causas, animando las actividades del voluntariado y de las organizaciones humanitarias, y sensibilizando a los organismos públicos y privados para propiciar así una equitativa distribución de las ayudas internacionales. Mucho deben las naciones a estos agentes emprendedores de la caridad que, con su incansable generosidad, han dado y siguen dando una significativa aportación a la humanización del mundo.

Guión litúrgico para el Viernes Santo del Ciclo B, 2 de abril de 2015.

Descargar Guión Litúrgico Domingo III

Descargar Guión Litúrgico Viernes Santo

Si todavía resuena en nuestros oídos el relato de la pasión de Jesús tal como lo narra Marcos, observaremos un cambio radical en el relato de Juan. Ambos cuentan los mismos hechos, pero con unas perspectivas muy diferentes. Desde luego, Jesús en Marcos, un Jesús sufriente en toda la extensión de la palabra, un Jesús abandonado por todos, que afronta su destino en una dolorosa soledad y trágico desamparo, nada tiene que ver con el soberano Jesús de la narración joánica, lleno de majestad, que todo lo conoce, todo lo permite, todo lo consiente, porque sabe que su destino en la cruz es su hora, la hora de su elevación-exaltación y de gloria: la paradoja, tan típica del cuarto evangelio, no puede llegar más lejos.

La Pasión, en Juan, resulta ser un relato muy cuidado en su estructura. Hay tres secciones de parecida extensión. La primera contiene los episodios del prendimiento y del interrogatorio de Jesús por las autoridades judías, intercalado por las negaciones de Pedro (18,1-27). La segunda contiene el juicio de Jesús ante Pilato, impactantemente escenificado (18,28-19,16a). La tercera contiene los episodios de la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús (19,16b-42). Recogemos del comentario de R.E. Brown algunas características propias de la Pasión de Juan. Sobresale su presentación obstinadamente negativa de “los judíos”: son los únicos verdaderos enemigos de Jesús, los que vierten acusaciones contra él y, en definitiva, los responsables de su muerte. Por el contrario, Pilato es presentado de manera mucho más amable, muy interesado en salvar a Jesús. Es impresionante leer y releer el encuentro de Jesús y Pilato, en la sección central del relato, donde siete episodios consecutivos se sitúan alternativamente dentro y fuera del pretorio: dentro, en una estancia interior del pretorio, reina una ambiente sereno y sensato, donde la inocencia de Jesús queda claramente atestiguada; fuera, en el patio exterior del pretorio donde se agolpan “los judíos”, se escucha el griterío ensordecedor de los que solo buscan la muerte de Jesús. Pilato entra y sale continuamente, debatiéndose entre su convicción y su puesto de gobierno, que al final acabará imponiéndose. Este Pilato representa a muchas personas “buenas”, a las que les/nos falta el coraje para apostar decididamente por la persona y la causa de Jesús. El que quiere ser neutral en un mundo lleno de conflictos acaba inevitablemente por servir al mundo, y no al Reino de Dios.

Hay también una presentación muy particular de Jesús, porque aparece a lo largo de la pasión no como una víctima, sino como quien controla y consiente todo. Ya en 10,17-18 había dicho que nadie puede quitarle la vida; él la entrega voluntariamente, porque acepta vivir “la hora” señalada por el Padre (cf. 12,27). Jesús y el Padre son uno (cf. 10,30), por lo que no va a pedir, como en los otros evangelios, que pase de él el cáliz de la pasión; al contrario, su deseo es que llegue esa hora, para que el nombre de Dios sea glorificado y se cumplan las Escrituras (cf. 12,27; 18,11). Este Jesús triunfante vive su muerte como una elevación de regreso al Padre. No sufre agonía en Getsemaní, las burlas y torturas son minimizadas al máximo, mantiene una soberana dignidad en sus encuentros con las autoridades judías y romanas y, al contrario de Mc y Mt, Jesús no muere solo: al pie de la cruz se encuentran, entre otros, su madre y el discípulo amado. Sus últimas palabras (“Todo está cumplido”) y el comentario del narrador (“Entregó el espíritu”) son más propias del vencedor que llega exitoso a la meta, que de un siervo sufriente injustamente perseguido. Se trata, pues, de una pasión vista tan absolutamente con los ojos de la fe que la víctima ha pasado a ser el vencedor. Quizá sea ésta una de las mejores lecciones del relato: aprender a ver la realidad con los ojos de la fe y a vivir la vida desde la confianza y entrega a la voluntad de Dios Padre, permite abrir unas dimensiones inusitadas capaces de transformar en vida lo que es muerte, en éxito lo que es fracaso, en gracia lo que es pecado.

Finalmente, algunos episodios exclusivos de Juan confieren una ulterior riqueza de sentido a la narración de la Pasión. Juan desarrolla más que los otros evangelistas el reparto de la ropa de Jesús: la túnica de una pieza, vestimenta sacerdotal, simboliza que Jesús, además de rey, es también sacerdote y que su muerte es entonces una acción sacrificial por los demás (cf. 17,19). Después, encarga a María ser la madre del discípulo amado, es decir, nos da una madre a todos los creyentes. La muerte de Jesús supone el don de su Espíritu y no será el último: en la lanzada, la sangre y el agua que brota de su pecho simbolizan los sacramentos de la eucaristía y el bautismo, mediante los cuales recibimos la vida y la fuerza de Jesús.

En fin, muchos aspectos realmente impactantes y ricos en su significado, como para que gustemos en profundidad este relato de la Pasión que ya nos adentra en el triunfo de la vida y en el gozo pascual.

José Antonio Badiola Saenz de Ugarte

La carta a los Hebreos quiere ser una catequesis para la animación espiritual más que una catequesis de tema sacramental (se dice que es una exhortación bautismal). Las primeras comunidades, ya tan pronto, experimentaron momentos de gran decaimiento. El horizonte primigenio del Evangelio se desdibujaba y el empuje de las primeras generaciones de seguidores dejaba paso a un aletargamiento peligroso. De ahí que los escritores más lúcidos, uno de ellos Hebreos, se esforzaron por reanimar la fe en peligro encontrando nuevos motivos espirituales. La idea del “sacerdocio existencial” de Jesús, el sacerdocio nuevo que en nada se parece a los anteriores, ha sido uno de esos locus explotados.

Cuando el autor afirma que Jesús ha “penetrado en los cielos” está aludiendo al modo nuevo de entrar en el ámbito de lo santo que ha tenido Jesús. El sumo sacerdote llegaba al Santuario a través del velo del templo. Jesús llega por el “velo” de su historia por el que ha entrado en el ámbito de lo divino. De ahí que vivir la historia en ma- neras de seguimiento es el camino para quienes siguen el nuevo y peculiar sacerdocio de Jesús. El triunfo de éste augura el de aquellos.

Por eso, porque Jesús ha vivido en la historia, con sus avatares, puede entender a quienes viven en ella. La expresión “excepto el pecado” hay que entenderla bien para no desvirtuar el argumento. Jesús ha sido fiel, pero ha conocido todas las consecuencias del pecado (soledad, desamor, incomprensión, desarraigo, muerte) por su pertenencia histórica. Es precisamente por esa experiencia suya en el “pecado” por lo que puede entender, acoger, perdonar a quienes se mueven todavía en ese campo de batalla que es la debilidad histórica.

De ahí brota la confianza: “Acerquémonos confiadamente”. Lo “santo” provoca estupor y estremecimiento, temor incluso. La solidaridad histórica de Jesús derriba tal temor y deja paso a la simple y humilde confianza. Un tipo de sacerdocio que no saca del temor no es el de Jesús. Por tal confianza puede uno acceder al “trono de gloria”, a lo más íntimo de Dios, sabiendo que ahí va a ser comprendido y acogido. Se han trastocado los planteamientos del mecanismo religioso que instala a la persona en el temblor ante lo divino.

Los “gritos y lágrimas” de Jesús avalan esta espiritualidad porque, de lo contrario, su dolor habría sido inservible. Pero al ser “escuchado” se ve con claridad que su sacerdocio existencial tenía sentido, que su propuesta distinta de culto, el culto “auténtico” que diría san Pablo (Rom 12,1), no es sino la vida ofrecida al otro en amor, manera de ofrecerla al mismo Dios.

Por lo tanto, la fe cristiana piensa en una “consumación” distinta: aquella que lleva a la plenitud del amor, no una consumación alejada de la realidad histórica a la que se ha amado, servido y entregado. Abre así la propuesta de Jesús una nueva configuración del fin y del destino humano.

Fidel Aizpurúa Donázar

El texto en su contexto

El cuarto poema del «Siervo de Yahveh» es una obra maestra de la poesía bíblica, consiguientemente de la poesía hebrea y religiosa. Paralelismos, repeticiones, imágenes vivas… Su autor, anónimo como todo el Antiguo Testamento, hace que nos imaginemos a un hombre inocente, sin ningún atractivo humano, incluso detestable. Acostumbrado a los sufrimientos, no protesta; es enterrado entre los malhechores. Es todo lo contrario a un «héroe» o a un «triunfador». Sin embargo, la voz de Dios le da el título, por dos veces, de «mi siervo». Es más, le da un sentido religioso a su vida y a su muerte: los pecados de «muchos», encuentran en él el perdón.

El texto en la historia de la salvación

La Biblia combina la presentación de grandes hombres poderosos como el faraón, Salomón o Ciro, con otros que son pequeños, humildes y aparentemente no pueden nada: el niño Samuel, el niño David, Amós, Jeremías. La historia de la salvación no sigue la senda del poder, de la violencia y de la opresión de los débiles; todo lo contrario: Dios se sirve de lo que no cuenta, de lo débil, de lo humilde. La figura del «Siervo de Yahveh» abre una senda del enviado de Dios que lejos de ser un Mesías que arrolla, es un Mesías que se pone entre los últimos, entre los que no cuentan.

Palabra de Dios para nosotros: sentido y celebración litúrgica

La Iglesia ha visto siempre en la figura del «Siervo de Yahveh» y en su cuarto poema, una prefiguración, un anuncio, de la vida y muerte de Jesús, el justo inocente, el pobre que nos enriquece, el no violento que denuncia la violencia. La figura del «Siervo de Yahveh» leída al mismo tiempo que la de Jesús, abre un camino de luminosidad para comprender el misterio de la acción de Dios, siempre paradójica, siempre sorprendente, siempre salvífica.

Pedro Fraile Yécora

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