Vísperas – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXXIV TIEMPO ORDINARIO

V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.

Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.

Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.

Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.

Porque existen las víctimas, el llanto. Amén.

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

SALMO 120: EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA BREVE 1Co 2, 7-10a

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

V/. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
R/. Para conducirnos a Dios.

V/. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

 

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

MAGNÍFICAT, Lc 1, 46-55 ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

 

PRECES

Bendigamos ahora al Señor Jesús, que en su vida mortal escuchó siempre con bondad las súplicas de los que acudían a él y con amor secaba las lágrimas de los que lloraban, y digámosle también nosotros:

Señor, ten misericordia de tu pueblo.

Señor Jesucristo, tú que consolaste a los tristes y deprimidos,
— pon ahora tus ojos en las lágrimas de los pobres.

Escucha los gemidos de los agonizantes
— y envíales tus ángeles para que los alivien y conforten.

Que los emigrantes sientan tu providencia en su destierro,
— que puedan regresar a su patria y que un día alcancen también la eterna.

Que los pecadores se ablanden a tu amor
— y se reconcilien contigo y con tu Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Perdona las faltas de los que han muerto
— y dales la plenitud de tu salvación.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que, del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina, así las podamos cantar también plenamente, con la asamblea de tus santos, por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Mueve, Señor, los corazones de tus hijos, para que, correspondiendo generosamente a tu gracia, reciban con mayor abundancia la ayuda de tu bondad. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 21,29-33

Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos trae las recomendaciones finales del Discurso Apocalíptico. Jesús insiste en dos puntos: (a) en la atención que hay que dar a los signos de los tiempos (Lc 21,29-31) y (b) en la esperanza, fundada en la firmeza de la palabra de Jesús, que expulsa el miedo y la desesperanza (Lc 21,32-33)..
• Lucas 21,29-31: Mirad la higuera y todos los árboles. Jesús manda mirar la naturaleza: “Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca” Jesús pide que la gente contemple los fenómenos de la naturaleza para aprender de ellos cómo leer e interpretar las cosas que están aconteciendo en el mundo. Los brotes en la higuera son una señal evidente de que el verano está llegando. Así también aquellas siete señales son la prueba de que “¡el Reino de Dios está cerca!” Hacer este discernimiento no es fácil. Una persona sola no se da cuenta del mensaje. Es reflexionando juntos en comunidad que la luz aparece. Y la luz es ésta: experimentar en todo lo que acontece una llamada a no encerrarse en el momento presente, sino mantener el horizonte abierto y percibir en todo una flecha que apunta más allá, hacia el futuro. Pero la hora exacta de la llegada del Reino nadie la sabe. En el evangelio de Marcos, Jesús llega a decir: “Cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.” (Mc 13,32).
• Lucas 21,32-33: “Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Esta palabra de Jesús evoca la profecía de Isaías que decía: “Toda carne es hierba y toda su gloria como flor del campo. Sécase la hierba, marchítase la flor cuando pase sobre ella el soplo de Yahvé. Sécase la hierba, marchítase la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,7-8). La palabra de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. ¡Lo que dice acaecerá!
• La venida del Mesías y el fin del mundo. Hoy mucha gente vive preocupada con el fin del mundo. Algunos se basan en una lectura errada y fundamentalista del Apocalipsis de Juan, y llegan a calcular la fecha exacta del fin del mundo. En el pasado, a partir de los “mil años” mencionados en el Apocalipsis (Ap 20,7), la gente solía repetir: “¡El año 1000 pasó, pero el 2000 no pasará!” Por esto, en la medida en que se iba acercando el año 2000, muchos quedaban preocupados. Hubo hasta gente que, angustiada con la llegada del fin del mundo, llegó a suicidarse. Pero en año 2000 pasó y nada aconteció. ¡El fin del mundo no llegó! La misma problemática estaba viva en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Ellas vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús vendría a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta del mundo acá abajo e inaugura una nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Pensaban que esto ocurriría dentro de una o dos generaciones. Mucha gente estaría con vida todavía cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Y había hasta personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o de semanas (2Tes 2,1-3; 3,11). Así pensaban. Pero hasta ahora, la venida de Jesús ¡todavía no ha ocurrido! ¿Cómo entender esta demora? En las calles de la ciudad, la gente ve pintadas en las paredes las palabras ¡Jesús volverá! ¿Viene o no viene? ¿Y cómo será su venida? Muchas veces la afirmación “Jesús volverá” es usada para dar miedo a las personas y obligarlas a ir a una determinada iglesia.
En el Nuevo Testamento, el retorno de Jesús es siempre motivo de alegría y de paz. Para los explotados y oprimidos, la venida de Jesús es una Buena Noticia. ¿Cuándo vendrá? Entre los judíos, las opiniones eran muy variadas. Los saduceos y los herodianos decían: “¡Los tiempos mesiánicos llegaron ya!” Pensaban que su bienestar durante el gobierno de Herodes fuera expresión del Reino de Dios. Por esto, no querían cambio y estaban en contra de la predicación de Jesús que convocaba a la gente para cambiar y convertirse. Los fariseos decían: “¡La llegada del Reino va a depender de nuestro esfuerzo en la observancia de la ley!” Los esenios decían: “El Reino prometido llegará sólo cuando hayamos purificado el país de todas las impurezas”. Entre los cristianos había la misma variedad de opiniones. Algunos de la comunidad de Tesalónica en Grecia, apoyándose en la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que habían dejado de trabajar decía: “¡Quien no quiere trabajar, que no coma!” (2Tes 3,10). Probablemente se trataba de gente que a la hora del almuerzo iba a mendigar comida a casa del vecino. Los cristianos opinaban que Jesús volvería después que el evangelio fuera anunciado al mundo entero (Hechos 1,6-11). Y pensaban que cuanto mayor fuera el esfuerzo de evangelizar, más rápidamente vendría el fin del mundo. Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá!” (2 Pd 3,4). Otros basándose en las palabras de Jesús, decían con acierto: “¡Ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).
Hoy pasa lo mismo. Hay gente que dice: “Como van las cosas, está bien tanto en la Iglesia como en la sociedad”. No quieren cambios. Otros esperan el retorno inmediato de Jesús. Otros piensan que Jesús volverá por medio de nuestro trabajo y anuncio. Para nosotros, Jesús está en medio de nosotros (Mt 28,20). El ya está de nuestro lado en la lucha por la justicia, por la paz, por la vida. Pero la plenitud no ha llegado todavía. Por esto, esperamos con firme esperanza la liberación total de la humanidad y de la naturaleza (Rom 8,22-25).

4) Para la reflexión personal

• Jesús pide que miremos la higuera, para contemplar los fenómenos de la naturaleza. En mi vida ¿aprendí alguna cosa contemplando la naturaleza?
• Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mi palabra no pasará”. ¿Cómo encarno estas palabras de Jesús en mi vida?

5) Oración final

Señor, dichosos los que moran en tu casa
y pueden alabarte siempre;
dichoso el que saca de ti fuerzas
cuando piensa en las subidas. (Sal 84,5-6)

Comentario – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

Jesús invita a sus discípulos a observar la naturaleza que les rodea, porque de cualquier fenómeno natural se puede extraer una lección. Fijaos –les dice- en la higuera o en cualquier árbol: cuando echa brotes, os basta verlos para saber que la primavera está cerca.

Hay, pues, hechos observables como los brotes de un árbol que anuncian acontecimientos como la llegada de una nueva estación. Lo que importa es acertar con la predicción, porque unos sucesos son más predecibles que otros.

Tomando como punto de partida el fenómeno observable de la floración de los árboles, Jesús nos traslada a otros sucesos de carácter histórico o cósmico que se presentan como precursores de la llegada del Reino de Dios. ¿A qué sucesos se refiere Jesús?

Por el contexto podemos deducir que a los que acaba de describir en los versículos inmediatamente anteriores: guerras, días de venganza, cautividad, destrucción, temblor de estrellas, ansiedad colectiva, movimientos sísmicos y locura de las gentes. Tales son, según la profecía evangélica, los signos precursores de la llegada del Reino, signos de colorido apocalíptico que dan a entender que la irrupción de lo nuevo exige la destrucción de lo antiguo. Jesús pinta un cuadro realmente tenebroso de ese momento que precederá y anunciará la llegada de este novum que es el Reino de Dios. Del mismo modo que la floración del almendro anuncia la presencia de la primavera, los sucesos catastróficos descritos anunciarán la cercanía del Reino de Dios, como si éste estuviese reclamando una radical transformación del mundo en que vivimos con la consiguiente destrucción de todo lo anterior.

Pero los fenómenos descritos no dejan de ser sucesos acaecidos a lo largo y ancho de la historia desde sus orígenes más recónditos, sucesos que se adentran incluso en el tiempo de la prehistoria. Quizá lo que más destaca en la descripción de Jesús es la concentración de tales fenómenos en un corto espacio de tiempo. De hecho él habla de una generación, que no debería alargarse más allá de los cuarenta años, como arco temporal en el que habrían de cumplirse estas predicciones. Pero las dimensiones de los anuncios proféticos suelen ser casi siempre muy difíciles de delimitar.

El cielo y la tierra pasarán –concluye Jesús-, mis palabras no pasarán: no pasarán, porque se verán refrendadas por los hechos. El cielo y la tierra, por ser temporales, pasarán, como pasan los días y las horas, como pasa el tiempo, pasarán y se gastarán. Pero sus palabras, que tienen el valor de las cosas perennes, no pasarán; permanecerán ligadas a la realidad que expresan, permanecerán en su cumplimiento, permanecerán en la misma medida en que permanezca la verdad que nos trasladan.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Sacrosanctum Concilium – Documentos Concilio Vaticano II

Biblia y Liturgia

24. En la celebración litúrgica la importancia de la Sagrada Escritura es sumamente grande. Pues de ella se toman las lecturas que luego se explican en la homilía, y los salmos que se cantan, las preces, oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu y de ella reciben su significado las acciones y los signos. Por tanto, para procurar la reforma, el progreso y la adaptación de la sagrada Liturgia, hay que fomentar aquel amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura que atestigua la venerable tradición de los ritos, tanto orientales como occidentales.

Misa del domingo: misa con niños

DOMINGO I DE ADVIENTO

SALUDO: Que Jesús, el Señor, que viene a salvarnos, esté con todos vosotros.

ENTRADA Hoy Jesús nos convoca en esta iglesia para comenzar con él un camino. Un nuevo año cristiano en el que caminaremos siguiendo sus pasos, escuchándolo, viviendo lo que él vive, llenándonos de todo lo que él nos da.

Hoy iniciamos el tiempo de Adviento y, aquí reunidos, celebramos que él viene constantemente a nuestras vidas. Él viene a nosotros, y nosotros, con el corazón abierto, preparamos su venida llenos de gozo y esperanza).

ACTO PENITENCIAL: Ahora se enciende un cirio de la corona de Adviento. Entretanto, se puede cantar otra estrofa del canto de entrada, o bien decir las siguientes invocaciones, o lo que sea costumbre en cada lugar.

• Tú, consuelo de tu pueblo. SEÑOR, TEN PIEDAD.
• Tú, buena noticia para los que sufren. CRISTO, TEN PIEDAD.
• Tú, Jesús, Mesías, Hijo de Dios. SEÑOR, TEN PIEDAD.

No se dice el Gloria

PARA LA CORONA DE ADVIENTO: Ahora, como todos los años en este tiempo, encenderemos el primer cirio de la corona de Adviento, que nos marca el camino de la espera del Señor.

ORACION COLECTA  

Dios todopoderoso, aviva en tus fieles, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcamos poseer el reino eterno. Por…

1ª LECTURA

Lectura (Isaías 63,16b-17.19b; 64,2b-7): Cuando el pueblo de Israel volvió del exilio de Babilonia, se encontró con un país devastado. El pueblo se siente débil e impotente, y pide la ayuda y la misericordia de Dios. También nosotros podemos unirnos a esta súplica y pedir a Dios que venga a renovar nuestro mundo dolorido

2ª LECTURA

Lectura (1 Corintios 1,3-9): Escuchemos, en esta segunda lectura, una invitación a la fe y a la confianza, mientras esperamos la venida de Jesucristo el Señor.

ORACION DE LOS FIELES:   

Mientras esperamos la venida definitiva del Señor, oremos con confianza diciendo: VEN, SEÑOR JESÚS.

  1. Para que todos los cristianos seamos portadores de la esperanza que nos trae nuestra fe en la venida del Señor. OREMOS:
  2. Para que la Palabra de Dios ilumine y guíe siempre nuestros pasos. OREMOS:
  3. Para que no falten sacerdotes que aseguren la celebración de la Eucaristía. OREMOS:
  4. Para que todos los que sufren por tantos motivos encuentren consuelo y esperanza. OREMOS:
  5. Para que empecemos este Adviento en actitud de vela para preparar el camino al Señor. OREMOS:

Escucha, Señor, nuestras oraciones y ven a salvarnos. Tú, que vives y reinas por los siglos…   

Prefacio II de Adviento

PADRENUESTRO

Mientras esperamos la venida de su Hijo Jesucristo, y la venida definitiva del Reino que él mismo nos anunció, nos dirigimos al Padre del cielo diciendo:

POSCOMUNIÓN

Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos, con los que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los bienes eternos y a poner en ellos nuestro corazón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

BENDICIÓN SOLEMNE:

  • El Dios todopoderoso y rico en misericordia, por su Hijo Jesucristo, cuya venida en carne creéis y cuyo retorno glorioso esperáis, en la celebración de los misterios del Adviento, os ilumine y os llene de sus bendiciones.
  • Dios os mantenga durante esta vida firmes en la fe, alegres por la esperanza y diligentes en el amor.
  • Y así, los que ahora os alegráis por el próximo nacimiento de nuestro Redentor, cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria recibáis el premio de la vida eterna.

Y la bendición de Dios todopoderoso…

La misa del domingo

El Señor Jesús, haciendo uso de una brevísima parábola, exhorta a sus discípulos a mantenerse «despiertos y vigilantes».

Velar, literalmente, significa no dormir, mantenerse despiertos, luchar contra el sueño y el adormecimiento que sobreviene al hombre cuando se hace entrada la noche y está cansado. Vigilar significa estar constantemente atento, tener todos los sentidos despiertos para no dejarse sorprender por un peligro, por un enemigo que se acerca, por un ladrón que quiera asaltar la casa, etc.

Mantenerse despierto y estar vigilante son actitudes fundamentales en las que se debe ejercitar el discípulo de Cristo ante su retorno glorioso al final de los tiempos. Espera y no se cansa de esperar aquel que cree en Él y confía en sus promesas: Él prometió volver, aunque no precisó cuando.

La exhortación a la vigilancia continua obedece justamente a la incertidumbre de aquella hora en que el Señor vendrá al final de los tiempos (ver 2ª. lectura): «pues no saben ustedes cuán¬do llegará el momento».

El Señor en la parábola se compara a sí mismo con el dueño de la casa que «se fue de viaje», dejando «a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que vigilara». El dueño de la casa «es Cristo, quien, subiendo triunfante a su Padre después de la Resurrección, dejó corporalmente la Iglesia» (San Beda). El tiempo de su ausencia es el tiempo presente, el tiempo que la humanidad vive actualmente.

El momento de su retorno permanecerá desconocido para todos: «no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». El desconocimiento del día y de la hora de su venida, así como la advertencia de que vendrá inesperadamente, invita al discípulo de Cristo a permanecer siempre en espera, a estar preparado ahora y en todo momento.

Vigila el siervo que cumple la tarea encomendada, que asume las responsabilidades a él encomendadas por su señor, que no descuida o abandona sus tareas cotidianas pensando que el dueño tarda en llegar y que “habrá tiempo” para prepararse más adelante. Quien no se encuentra preparado en todo momento se parece a aquel que se queda dormido: será sorprendido por la llegada de su Señor. De este modo él mismo se pone en situación de ser despedido, lo que en términos de la parábola significa autoexcluirse por toda la eternidad de la Presencia del Señor.

El creyente, con la misma intensidad con la que antiguamente el profeta Isaías anhelaba que Dios se hiciese presente en medio de su pueblo rasgando el cielo y bajando a la tierra (ver 1ª. lectura), anhela, espera y se prepara para la segunda venida de su Señor. Quien vendrá al final de los tiempos es el Emmanuel, Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Hijo de la Virgen cuyo nombre es Jesús, Dios que salva (Ver Mt 1,21). Dios, que ya ha venido a nosotros haciéndose hijo de Mujer, volverá glorioso al fin de los tiempos.

 

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo. Ayuda ciertamente la preparación exterior: adornar nuestras casas, oficinas, lugares de trabajo, cuartos, etc. con símbolos navideños y frases que expresen la espera del nacimiento del Señor.

Es importante recordar que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco es solamente una ocasión para reunirse en familia. ¡Navidad es Jesús! Y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, pues, que la preocupación por comprar regalos, por preparar la cena familiar, por la cercanía de la fiesta de fin de año, la invasión de comerciales, la tristeza por la ausencia de algún o algunos miembros queridos, etc., nos arranque a Jesús de nuestras mentes, de nuestros corazones, de nuestras familias, de nuestras sociedades todavía cristianas.

Pero no bastan los símbolos externos y adornos, el armado del Nacimiento o el canto de los villancicos para prepararnos para la celebración jubilosa de la Navidad. El sentido del Adviento es llevarnos sobre todo a una preparación y purificación profunda para el encuentro con Cristo, en el hoy de cada día así como cuando llegue el encuentro definitivo con Él. Nuestra fe nos enseña que al final de los tiempos Él vendrá en toda su gloria y esplendor. Será el día de su “última venida”. Es un día del que nadie sabe ni el día de la hora, por ello, no debemos afligirnos cada vez que alguien anuncia el año del fin del mundo. Nada tiene que ver con coincidencia de números en el calendario, o supuestas fechas indicadas en calendarios mayas. Nunca debemos prestar oídos a quienes aseguran saber la fecha del fin del mundo.

Por otro lado, lo más probable es que el día de su última venida «será para cada uno aquel (día) en que salga de este mundo tal y como deba ser juzgado. Por ello debe vigilar todo cristiano, para que no le halle desprevenido la venida del Señor, pues hallará desprevenido aquel día a todo el que no esté prevenido el último día de su vida» (San Agustín). Así, pues, conviene avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de peregrinos hacia una patria definitiva, y que de lo que se trata es de conquistar la vida eterna.

Pero he aquí que una inmensa multitud de hombres y mujeres vive como si esta vida lo fuera todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, “aprovechando” mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque dicen que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta sola vida y olvidan la eternidad que se les avecina. Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes aún, son llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites morales, formar una familia sin que la alianza matrimonial signifique “para siempre” sino “mientras dure el amor”, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y efímero al fin. No es de extrañar que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo palpable y medible, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad como un estado permanente para el ser humano es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr sólo son algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.

¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?

Para quienes todavía esperan “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.

En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza para vivir de esa esperanza, siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia, así como también para saber dar razón de nuestra esperanza a tantos que en el mundo carecen de ella (ver 1Pe 3,15).

Programa para Adviento

Salir
con los ojos bien abiertos,
ligero de peso y erguido,
libre y dispuesto.
Andar por las calles sin miedo,
otear el horizonte serenamente,
saludar y tocar a la gente.
Escuchar el rumor de la vida,
dejarse empapar por ella
y regalar cántaros de esperanza todos los días.
No dormirse en los laureles,
vigilar todo lo que acontece
y esperar día y noche al que viene.

Volver
con los pies polvorientos,
el corazón enternecido
y preñadas las entrañas.
Entrar alegre en su casa,
dejarse lavar y curar las llagas
y sentarse a comer en compañía.
Contar lo que me ha sucedido,
escuchar a todos como amigo
y cantar con voz humana sus alabanzas.
Permanecer largo tiempo en silencio
contemplando el misterio
y cuidando la vida que está floreciendo.

Eso es Adviento.
Esto es Adviento.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXXIV de Tiempo Ordinario

La gente que vive en el campo entiende muy bien los signos de la naturaleza de los que habla Jesús: lo que anuncia el brote de una higuera, qué signo anuncia el frío o el calor, cuándo va a llover…, signos que avisan de lo que está a punto de acontecer. En lenguaje teológico llamamos “signos de los tiempos” a las realidades a través de las cuales el Espíritu Santo nos está interpelando. También son signos que avisan, manifestaciones que nos remiten a una realidad mucho mayor, indicadores de cómo construir el reino que Dios quiere. Para el creyente no importa tanto el signo en sí mismo: el brote de la higuera, sino lo que significa: la llegada de la primavera.

En nuestra realidad personal, comunitaria y mundial, existen signos del mal, del anti-reino, y signos del bien, de Dios, que nos hablan de un reinado que poco a poco se va extendiendo. Algunos se atreven a advertir estos signos de los tiempos: el movimiento ecuménico, la conciencia ecológica, la defensa e igualdad de género, la promoción del laicado, la globalización de la solidaridad, la lucha contra la pobreza…, seguro que tú también percibes estos y más “signos de los tiempos” en tu entorno.

En la Palabra de hoy que nos presenta el Apocalipsis, Juan sigue teniendo visiones dignas de una buena saga cinematográfica. En ellas, el ángel que encadena al dragón, las almas de los que no adoraron a la Bestia y que reinaron con Cristo, los muertos grandes y pequeños juzgados delante de los libros, el lago de fuego o la muerte segunda…, todo nos sigue hablando de la lucha entre el bien y el mal, del tiempo de Dios. Recordemos que estamos terminando el año litúrgico y el último libro de la Biblia nos recuerda que la victoria final es de Cristo y su reinado. Por lo tanto, se nos anima a reavivar la esperanza.

Volviendo a los signos, como el de la higuera del evangelio de hoy, en nuestras vidas personales, familiares, comunitarias, también hay signos de los tiempos, “brotes”, que nos llenan de esperanza. A estos signos y no a los del mal (a nuestra cizaña), nos invita a mirar el evangelio de hoy a las puertas del Adviento. ¿Cuáles son los signos que en ti y en tus cercanos te hablan de la presencia del Espíritu de Dios? Piénsalo, toma conciencia de ellos y descubre qué querrá Dios de ti y de los tuyos: amigos, familia, comunidad, gente con la que vives cada día en el trabajo y en los demás ambientes de tu vida. Y es por ahí, por esa realidad cotidiana, por la que tendremos que avanzar y llegar a Dios y mostrarlo a los demás. Ahí es por donde asoma el Reino, ese es el brote que anuncia el calor de Dios en ti. Que no seamos ciegos a estos signos, al lenguaje silencioso pero profundo de Dios. ¿Cuáles son tus “signos de los tiempos”, tus “brotes” de Dios?

Juan Lozano, cmf.