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Querido amigo: hoy no podemos perder de vista a Jesús. Vamos tú y yo a ver lo que hace, lo que dice, nos quedamos con Él y aprendemos, escuchamos y pensamos todo lo que pasa y lo que nos dice personalmente. El texto es una escena preciosa del Evangelio de Marcos, capítulo 1, versículo 15. Vamos a leerlo despacito para que el Señor entre en nuestro corazón y nos abramos a su llamada:

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”. Pasando junto al lago de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo, la barca con los jornaleros y se marcharon con Él.

Marcos 1, 14-20

Ésta es la escena que nos narra Marcos, una escena que nos puede hacer pensar mucho y nos puede comprometer en nuestra vida. Vamos a… —como decía San Ignacio que “todo el Evangelio debemos contemplarlo como si presente me hallase”—, como si presentes nos hallásemos, nos metemos allí, junto al lago de Galilea y observamos todo lo que ocurre.

Vemos a Juan… no, más bien Juan, ya le han arrestado, ya no está, ya terminó su labor. Pero a mí me hace pensar mucho Juan, un hombre que fue fiel a lo que Dios le pedía y terminó su misión como Jesús, pero nunca le quitó el paso a Él. Cuando él terminó su misión, Jesús delicadamente no aparece antes, deja a Juan que comunique, que diga quién es Él. Pero Jesús, una vez que se enteró de que habían arrestado a Juan, su primo, con tristeza pero con fuerza y con ganas de proclamar el Evangelio que le había dicho ya Juan a todo el mundo que Él iba a venir, se dirige hacia Galilea, que es el centro de su misión.

Y nos dice Marcos que allí proclamaba y decía —“proclamaba”, no lo decía bajito, lo diría con fuerza, con ilusión, con garra—: “Se ha cumplido el plazo. Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”. Querido amigo, me hacen pensar mucho estas palabras de Jesús, y me las dirige, nos las dirige a ti y a mí: “Mirad, se ha cumplido ya el plazo, éste es el momento, ya no puedes esperar más. Yo estoy pasando por tu vida, el Reino de Dios que soy Yo, que está en todos los momentos de tu historia, está ahí, pero ya no puedes esperar más. Conviértete de una vez y cree en el Evangelio”. Y me quedo en silencio y pienso: ¡qué dureza de corazón, qué apatía, qué poca energía para meterme en esa aventura del Señor!

Sigo a Jesús con todo amor, sigo adelante, me acerco al lago de Galilea y allí veo cómo Él pasa y ve a dos parejas de hermanos, Simón y Andrés, pescadores las dos parejas, y Santiago y Juan. Y allí se acerca, en su trabajo, en su pesca, echando el copo los primeros, y Santiago y Juan estaban repasando las redes, el trabajo diario. Y Él pasa… ¿y qué hace? Los llama por su nombre. Impresionante los dos verbos que comenta el Evangelio y que son fuente de vida y de compromiso para ti y para mí: “dejaron a su padre”, “dejaron la barca” y “marcharon con Él”. Me cuestiona mucho este Evangelio pero a la vez me da una alegría inmensa saber y pensar la aventura de la llamada de Jesús en nuestra vida. Cada uno tenemos una aventura de éstas. La llamada de Jesús no es que haya pasado, continúa ahora también, y continúa para ti y para mí, y nos llama con el nombre, como a Simón, como a Andrés, como a Santiago y como a Juan. Y espera… ¿Qué hago? Sí, he dejado todo, pero ahora ¿dejo mi estilo de vida? ¿Le sigo? ¿Y qué es lo que debo dejar? ¿Dónde he de poner la atención para acudir a esta llamada? Y pienso: tengo que renunciar a tantas cosas… Y pienso: esta llamada no sólo me implica renunciar a todo y a cualquier opción, porque Tú no quieres personas de doble cara, de doble vida. Es un acto libre, es verdad, pero implica muchas opciones para que yo pueda seguir a Jesús y ser la buena noticia adonde yo vaya.

Querido amigo, ¿no merece esto la pena?, ¿no vale la pena optar, decidirme por los valores del Reino? ¡Cómo me cuesta muchas veces dejar todo, dejar mis redes para ser una buena noticia! Llamada hoy para ti y para mí en este Evangelio: Jesús me llama y espera que deje… ¿qué dejo? ¿A dónde marcho? ¿Con quién me voy? Llamada a la rectificación, a conducir mi vida, a cambiar de rumbo, a comprometerme ¡ya! en la temporalidad de hoy. “Se ha cumplido el plazo”. ¡Es hoy!

Jesús siempre pasa junto a nuestro lago y no nos altera la vida. Se mete en nuestra tarea, en nuestra forma de ser, en nuestra forma de vivir… y con todo amor nos llama. ¿Sabré oír la llamada de Dios a lo que me quiere, a algo más? ¿Sabré oír? ¿Seré capaz de dejar todo? Aunque haya hecho la opción por Él y la llamada por Él, tengo tantas llamadas en mi interior… Pero, querido amigo, no dudes. Oigo a Jesús que nos dice: “No dudes, no tengas miedo, ven conmigo. No tengas miedo, entra en esa aventura de amor, entra en esa barca de la esperanza y de un futuro mejor, y te haré pescador, te haré encontrar lo que buscas”. Santiago y Juan, Simón y Andrés buscaban cosecha en el mar, porque eran pescadores, y Él les habla con su lenguaje. ¿Oigo el lenguaje de Jesús?

No puedo seguir comentando… Quiero pensar, ver, aunque sea imaginarme que Jesús pasa junto a mi vida y me llama por mi nombre y me dice: “Ven, que ya se ha cumplido el plazo, que ya no puedes esperar más, ¡ven!”. Y hoy pienso una vez, dos veces y más: Señor, ¿qué tengo que dejar? ¿Qué tengo que dejar en mi vida para seguirte? ¿Soy consciente de la llamada? ¿Me doy cuenta de que Jesús me llama? ¿Pongo corazón y esperanza en la aventura de esa meta final y feliz que eres Tú?

Éste es el encuentro profundo que el Señor quiere hoy y que no quiere que lo pasemos de largo. Que yo sepa respetar, aceptar, dejar y seguir la novedad tuya en mi trabajo diario. Señor, Tú me ofreces un camino de vida y me dices: “¡Ya! ¡Se ha cumplido el tiempo!”. Y yo huyo… Ayúdame a no huir, a creer en ti, a creer que estás a mi lado, a no tener miedo, a no pensar que es una vida incierta. Quiero dejar el trabajo como estos apóstoles y estos discípulos, y aunque no esté preparado, quiero seguirte, Señor. Que yo sepa entrar en la aventura tuya para seguirte y ver como Tú ves, hablar como Tú hablas y proclamar el amor tuyo como Tú lo proclamas. Dame la esperanza, dame la alegría y dame la fuerza de seguirte en esta gran aventura de tu llamada. También te pido ser fiel, fiel como Juan Bautista. ¡Qué ejemplo!, que terminó encarcelado y ejecutado por ser fiel a su vocación y a la llamada tuya. Que a pesar de las dificultades, sepa también ser fiel a tu llamada. Y confiar en ti, porque Tú eres bueno, porque Tú me enseñarás con rectitud a seguirte. Señor, quiero entrar en tu aventura, quiero seguir tu llamada, quiero ser fiel.

Querido amigo, nos quedamos en silencio oyendo a Jesús, mirándole fijamente y pidiéndole que nos ayude a dejar lo que no es para seguirle en esta aventura de amor.

Francisca Sierra Gómez

Cuando los discípulos dejaron todo para poder seguir a Jesús, incurrían en un grave riesgo. Poco antes se habían presentado otros profetas con la pretensión de ser el Mesías, y más de uno los siguieron, para darse cuenta más tarde de que se les había engañado. Más suerte tuvieron los discípulos de Jesús. Aquél a quien seguían era el verdadero Mesías. Como una consecuencia de ello, pudieron a menudo recordar, más tarde, el momento en el que habían escuchado su primera llamada, e incluso llegaron a embellecer un poco ese momento. Cada uno de los Evangelistas narra de una manera personal esa primera llamada y la sitúa en un contexto diferente. Tienden a dar la impresión de que su respuesta fue inmediata y definitiva. De hecho, titubearon y no poco, y no abandonaron sus ocupaciones más que tras la Resurrección de Jesús. Pero al reducir todos esos sucesos a un episodio único, quieren subrayar dos puntos esenciales. El primero de ellos la capacidad que el llamamiento de Dios posee, una vez que ha sido escuchado, de movilizar todas las energías humanas. Y el segundo es la autoridad con la que escogió Jesús a sus discípulos.

La manera cómo llama Jesús a sus discípulos a que le sigan es característico del nuevo estilo que quiere adoptar este joven rabí. No los reúne en torno a si como lo hacían en su época los otros rabís y los jefes de escuela. No será un maestro de pensamiento sentado en su cátedra, con oyentes entusiastas sentados a sus pies. Será un rabí itinerante, siempre en camino hacia los pobres y los desviados. A sus discípulos no les pedirá tanto oídos atentos y mirada entusiasmada, cuanto la voluntad de viajar, de ir hacia el otro, el coraje de encontrarse con el otro en el límite extremo. La evangelización no será un problema de circuitos cerrados o de personas reunidas en un mismo estado de espíritu en torno a un maestro común. Consistirá más bien en salirse de uno mismo para ir al encuentro del otro.

Lo cual queda bien ilustrado – por contraste – por la primera lectura tomada del libro de Jonás. Hay una diferencia abismal entre la actitud de Jonás y la que espera Jesús de sus discípulos cuando los envía a algún lugar. Jonás no fue a Nínive como un misionero, sino más bien como quien había de llevar a cabo el juicio inexorable de Dios sobre las naciones. La visión judía era la de que ese juicio traería la justicia a Israel en cuanto que a un tiempo castigaba y destruía a los Gentiles.

Jonás, hombre del campo, va, seguro de si mismo, a encontrarse con las gentes de la ciudad. Está convencido de que puede controlar la relación entre Dios y Nínive. Posee la verdad sobre Dios, y puede explicar todo como una consecuencia, como si fuera posible encerrar a Dios en las ideas que nos forjamos respecto de Él. Tan seguro estaba de su teología que creía saber de antemano cuál había de ser la reacción de su auditorio. De ahí su tristeza ante la actitud imprevista de los habitantes de Nínive. En último término nada quiere saber Jonás ni de un Dios libre ni de auditorio alguno independiente. Ha reducido todo a una teoría bien elaborada, sin tener en cuenta a las personas.

Vivimos en una sociedad y en una época en la que prevalecen la intransigencia, las guerras santas contra los infieles, la seguridad tan ingenua de que tenemos el derecho de nuestra parte. Se elimina a los indeseables por medio de la pena de muerte o se ejecuta sumariamente a los sospechosos, y se convoca a toda clase de guerras santas contra este u otro pecado, contra este u otro error.

Las lecturas que hoy hemos escuchado nos recuerdan que Jesús no nos invita a guerra santa alguna. Nos invita a todos a una conversión personal. Y cuando invita a alguien a seguirle personalmente, se trata de una invitación a vivir su conversión personal mostrando como Él lo hizo y con Él amor y comprensión para todas las víctimas de las guerras santas.

Invitación que nos es dirigida también a nosotros.

A. Veilleux

La Liturgia de hoy, domingo 3º del Tiempo Ordinario, nos ofrece unos textos ricos en consideraciones fundamentales, para ayudarnos a la adecuada comprensión del mensaje de Jesús.

Comienza excitando nuestra confianza en Dios respecto a nuestras posibilidades de formar parte de su Reino. Sus brazos están siempre abiertos para encontrarse con nosotros. Postura que se manifiesta en la primera lectura: Los Ninivitas se arrepienten y Dios los perdona (1ª lectura, Jon. 3, 1-5, 10)

La segunda lectura (1ª Cor. 7, 29-31) nos invita a contemplar la posibilidad de algo nuevo. Nuevo que se consigue mediante el recurso que nos ofrece Jesús: convertirnos y creer en el Evangelio (3ª lectura, Mc. 1, 14-20)

El domingo pasado concluíamos la celebración preguntando a Jesús¿qué quieres de nosotros? Hoy nos ofrece una respuesta clara: que nos convirtamos y creamos en el Evangelio.

A lo largo del ciclo litúrgico del 2018, al menos en tres ocasiones, la Liturgia nos exhortará a que nos convirtamos. Hoy, tercer domingo del tiempo ordinario, el Miércoles de Ceniza al tomarla y en adviento, como preparación a la venida de Jesús.

Esto indica claramente el importante papel que juega la conversión en nuestra “maduración” religiosa.

La llamada de Jesús supone un cambio tan radical a nuestros comportamientos mundanos, que la Iglesia cree oportuno mantenernos activo su recuerdo. A nosotros nos va a venir muy bien, además, por el carácter activo que nos hemos propuesto dar a este tiempo litúrgico.

La conversión a la que nos invita Dios es a un cambio profundo en nuestra mentalidad básica, existencial.

No consiste en “pegar” al hombre viejo algunas “mañas” nuevas sino en montar la vida toda en otros postulados, es modificar la actitud existencial, es pasar a ser una persona nueva.

En terminología moderna sería cambiar el “chip”, es decir, substituir una cosa por otra. No es recomponer ni perfeccionar sino “cambiar”, dar lugar a algo nuevo.

San Pablo en sus escritos nos hace una magnífica descripción de ese tránsito.

En la carta a los efesios (4, 24—5, 1-3) dice: os pido en nombre del Señor que no viváis como viven los paganos. Debéis despojaros de vuestra vida pasada, del hombre viejo y revestíos del hombre nuevo, creado según Dios, en justicia y santidad verdadera. Por esto, desterrad la mentira, y que cada uno diga la verdad a su prójimo, pues somos miembros los unos de los otros. Si os indignáis, no lleguéis a pecar y que vuestra indignación cese antes de que se ponga el sol.

El que robaba, que ya no robe más y que se ponga a trabajar honradamente con sus propias manos para tener con qué vivir honradamente. No digáis palabras groseras; que vuestro lenguaje sea bueno, edificante y oportuno, para que hagáis bien a los que os escuchan. Desterrad la amargura, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad.

Sed bondadosos y compasivos; perdonaos unos a otros, como Dios os ha perdonado por medio de Cristo.

San Pablo, como hombre que pisa la tierra, no se pierde en consideraciones poéticas sobre la vida cristiana sino la enfrenta en toda su cotidianidad. Pone los puntos sobre cada i de nuestro diario quehacer.

Ideas semejantes les propone a los cristianos de la comunidad de Colosas. (3,12-14). A los cristianos de Corinto les dice: “De modo que, el que está en Cristo, es una criatura nueva; lo viejo ya pasó, y ha aparecido lo nuevo” (2ª Cor, 5,17) Parecido a lo que recomienda en la carta a los Romanos (8, 5-9) “vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu. Así pues, hermanos, no somos deudores de los bajos instintos para tener que vivir de acuerdo con ellos”

San Pablo, tras su conversión, siente que una nueva vida ha estallado dentro de su persona; es todo su ser quien se siente transfigurado bajo la acción del Espíritu que le ha sido dado.

Tan nuevo se siente Pablo que a los Gálatas les dice que” ya no vivo yo, pues es Cristo quien vive en mí. Mi vida presente la vivo en la fe en Cristo” (2,20)

Esta unión con Dios, que nos permite una vida superior, la expuso el mismo Jesús cuando nos comparó con los sarmientos que viven con la misma savia que la vid, como nos recuerda San Juan (15,5) en la alegoría de la Vid y los sarmientos.

Tomada ya la postura “cristiana” de seguir a Jesús, de comprometerse a vivir como Él, cabe la fragilidad humana, la caída. Con ello contó Dios cuando introdujo la petición del perdón de nuestros pecados en el Padrenuestro así como cuando hablando del perdón en general, le dijo a San Pedro que había que perdonar siempre, hasta setenta veces siete, comportamiento que Él practicó con los pecadores que se le acercaron.

Recordamos que estamos todos en ese momento del actuar, de pasar a la acción. En otras ocasiones será a la acción sobre el mundo. La liturgia de hoy nos pide que actuemos sobre nosotros mismos dándonos esa nueva vida que nos convierte en “Conversos”, en identificados con Jesús.

Tal vez pueda parecer un tanto “desorbitada” la insistencia del cambio. ¿Somos tan perversos? ¿Necesitamos una conversión tan drástica?

Indudablemente SÍ, porque todos debemos dejar bastante que desear cuando todos percibimos un cierto tufillo a podrido en el mundo. Algo huele a podrido decía Shakespeare en Hamlet, pero ahora, no solo en Dinamarca. Algo no marcha bien. De lo contrario ¿por qué esa insistencia en la necesidad de montarlo todo en base a la dignidad de la persona? ¿Señal evidente de que ahora no lo estamos haciendo?

Erradiquemos de nuestra vida todo aquello que sea un obstáculo para vivir plenamente el Cristianismo, el seguimiento de Jesús, y dejémonos empapar de esa nueva vida que nos permita vivir ya aquí como resucitados anunciando ese otro mundo que todos anhelamos. Que así, sea.

Pedro Sáez

Día 4

Esperanza y salvación

Isaías 9, 2-7a  Para aumentar su señorío con una paz sin fronteras

Salmo 34, 1-15 Busca la paz, marcha tras ella

Apocalipsis 7, 13-17  Dios mismo enjugará toda lágrima de sus ojos

Juan 14, 25-27  Os dejo la paz, mi paz os doy

 

La violencia en el Caribe es un problema que interpela a las Iglesias. Existe un índice alarmante de asesinatos, muchos de los cuales están relacionados con la violencia doméstica y la lucha entre bandas, como también con otras formas de criminalidad. También hay un número creciente de autolesiones y de suicidios en algunas zonas de la región.

Reflexión

El reino que Dios prometió, el reino que Jesús anunció e hizo presente en su ministerio, es un reino de justicia, de paz y de alegría en el Espíritu Santo. ¿Qué significa esta buena noticia para los que están atrapados en la oscuridad de la violencia? En la visión del profeta, una luz brillante cubrió a los que habitaban un país tenebroso. Pero, ¿cómo pueden los cristianos llevar la luz de Jesús a los que están en las tinieblas de la violencia doméstica y de las bandas? ¿Qué esperanza pueden ofrecer los cristianos? Es triste que la división de los cristianos sea un antitestimonio que hace difícil poder transmitir esperanza.

Sin embargo, la búsqueda de la paz y de la reconciliación ente las diferentes Iglesias y confesiones es lo opuesto a esto. Cuando los cristianos se esfuerzan por la unidad en un mundo marcado por los conflictos, ofrecen al mundo un signo de reconciliación. Los cristianos que se niegan a entrar en una lógica de privilegios y de estatus, que se niegan a devaluar a los otros y a sus comunidades, dan testimonio de la paz del reino de Dios en el que el Cordero conduce a los santos a los manantiales de aguas vivas. Esta es la paz que necesita el mundo, la que trae sanación y consuelo a los afligidos por la violencia.

Oración

Dios de todo consuelo y esperanza,
tu resurrección venció la violencia de la cruz.
Que como pueblo tuyo
podamos ser un signo visible
de que la violencia de este mundo será vencida.
Esto pedimos en el nombre del Señor resucitado.

Amén.

La diestra de Dios
está señalando en nuestra tierra,
señalando el camino que debemos recorrer;
tan oscuro es el camino.
y tan fácilmente nos perdemos,
pero somos conducidos por la diestra de Dios.

278. La fe es también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer que Él marcha victorioso en la historia «en unión con los suyos, los llamados, los elegidos y los fieles» (Ap 17,14). Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (cf. Mt 13,31-32), como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (cf. Mt13,33), y como la buena semilla que crece en medio de la cizaña (cf. Mt 13,24-30), y siempre puede sorprendernos gratamente. Ahí está, viene otra vez, lucha por florecer de nuevo. La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!

Lectio: Domingo, 21 Enero, 2018

El comienzo y la llamada de los primeros discípulos
Marcos 1,14.20

1. Oración inicial

Dios Fuerte, Dios de la montaña,
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente a herir la roca del desierto,
para que salga agua para nuestra sed.
La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la obscuridad de la noche
y abra el corazón para escuchar el eco del Silencio
hasta que el alba,
envolviéndonos en la luz del nuevo amanecer,
nos traiga,
con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto
que por nosotros han velado junto al Divino Maestro
el sabor de la santa memoria.

2. Lectura

14 Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: 15 «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.» 16 Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. 17 Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.» 18 Al instante, dejando las redes, le siguieron.

19 Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; 20 y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

3. Momento de silencio orante

para que la voz del Verbo resuene en nosotros.

4. Meditación

Algunas preguntas para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) Se ha cumplido el tiempo, está cerca el reino: ¿Creemos que estamos en la tierra de Galilea y que el evangelio de Dios ha sido predicado para nuestra vida?

b) Jesús pasa: ¿En qué mar estamos echando nuestras redes?

c) Seguidme….. y al instante lo siguieron ¿Existe un instante en nuestro cotidiano caminar o nuestra palabra de orden es : espera un momento?

d) Sobre la barca arreglaban las redes: ¿Cuántos destrozos en nuestro pescar? Y qué barca usamos? ¿La nuestra o más bien la de nuestras raíces pasadas?

e) Los llamó: nuestro nombre en los labios del Señor Jesús ¿Resuena su voz como voz que nos lleva lejos de nuestro mar?

5. Una clave de lectura

para los que quieran profundizar el contenido.

Nos encontramos de frente al género literario de narraciones de vocación en el cual lo primero que se indica es la condición de vida de la persona interpelada por Dios, después sigue la la llamada expresada con palabras o acciones simbólicas y finalmente se tiene el seguimiento que conlleva el abandono de la actividad anteriormente presentada. La narración que se trata remonta el pensamiento a la llamada de Eliseo por parte de Elías. (1 Re, 19,19-21) y a la de Amós (Am 7,15). La dependencia de un modelo bíblico típico no excluye la realidad substancialmente histórica de la narración evangélica. La llamada a veces subraya un intento teológico preciso supuesto al evangelio de Marcos: se trata de la praxis misionera de los discípulos que serán enviados de dos en dos (Mc 6,7). La dinámica del reino está en línea con el proyecto originario de la creación cuando el Señor dice, pensando en Adán: “No está bien que el hombre esté solo: quiero darle una ayuda que le sea semejante” (Gén 2,18). En la predicación uno dará testimonio al otro como dice la Escritura: “…sobre la palabra de dos o tres testigos” (cfr Mt 18,16; Dt 19,13).

v.14. Jesús vino a Galilea predicando el Evangelio de Dios. La predicación de Jesús, iniciada en Galilea tiene por objeto el evangelio “buena noticia” de la iniciativa de Dios sobre su pueblo, la instauración del reino. La predicación de los apóstoles, que desde la Galilea llegará a todos los extremos confines de la tierra, tendrá por objeto el evangelio – “buena noticia” – del Cristo Palabra que ha vencido la muerte para hacer resplandecer la gloria de Dios.

v.15. El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cercano. Arrepentíos y creed en el evangelio. El tiempo de espera (kairós) se ha cumplido, ha llegado el momento decisivo: Dios está para inaugurar su reino. El Bautista pertenecía al tiempo de la preparación y ha acabado su tarea: ha sido arrestado y se le ha callado, Jesús pertenece al tiempo de la actuación del reino. Es un hecho presente que requiere por parte del hombre una colaboración. Convertíos. La cercanía del reino indica precisamente este espacio de libertad que quien escucha el anuncio puede cubrir volviéndose a Cristo, o aumentar ignorando o rechazando la buena noticia. Un reino cercano para todos, presente para quien lo quiera. Conversión, fe y seguimiento son diversas caras de una misma realidad: es la llamada dirigida al hombre a seguir a Jesús que es tiempo cumplido, reino de Dios, buena noticia.

v.16. Caminando a lo largo del mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés… el mar de Galilea es el escenario de la primera fase del ministerio de Jesús. Lago enclavado entre montañas, a 208 metros bajo el nivel del mar, largo 21 kms y 11 kms de ancho. Extendidas las aguas en forma de cítara, representaba una fuente de riqueza por la abundancia de peces. Sobre las orillas de este lago Jesús vió: es una mirada que contiene y determina una elección de vida diversa de la que cada día se presenta sobre estas orillas llena de pescadores, de barcos, de redes, de peces. Simón y Andrés, dos hermanos. La solidaridad del vínculo afectivo hace de fundamento a aquel nuevo vínculo de fe que convierte hermanos más allá de los lazos de la familia. Dos hermanos que tienen un nombre. Dios llama por el nombre en virtud de aquella identidad de semejanza con el Nombre eterno que hace de cada hombre un espejo de semejanza.

v. 17. “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres“. El seguimiento está determinado por una orden bien precisa. No es una invitación, es un mandato. La palabra de Dios creadora, en vez de llamar la luz y las otras creaturas de la nada, llama a su imagen a participar en la nueva creación. El seguimiento no sale de una decisión autónoma y personal, sino del encuentro de Jesús y de su llamada. Es un acontecimiento de gracia, no una elección del hombre. Jesús no espera una libre decisión, sino que llama con autoridad divina, como Dios llamaba a los profetas del Antiguo Testamento. No escogen los discípulos al Maestro, como sucedía con los rabínos de su tiempo, sino que el Maestro escoge los discípulos como depositarios no de una doctrina o de una enseñanza, sino de la herencia de Dios. La llamada comporta el abandono de la familia, de la profesión, un cambio total de la existencia por una adhesión de vida que no admite espacios personales. Los discípulos son hombres del reino. La llamada a ser discípulos de Jesús es una “llamada escatológica”.

v. 18. Al instante, dejando las redes, le siguieron. La respuesta es inmediata. Una respuesta que rompe los lazos más fuertes. El verbo usado para indicar el seguimiento es akolouthèin, un término bíblico para indicar el acto del siervo que acompaña al patrón para prestarle un servicio. Es un seguir material, un literal “andar detrás”. Referido a los discípulos, expresa la participación plena en la vida de Jesús y en su causa.

v. 19-20. Y continuando, un poco más allá, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan su hermanolos llamó. El verbo llamar: kalein es otro vocablo típico del seguimiento. Se añade un elemento más con respecto a la primera pareja: la figura del padre y de los jornaleros. También el padre tiene un nombre. El hecho que se le prive de sus dos hijos le confiere una dignidad única. Quedará con los trabajadores que sustituyen a los hijos. La soledad del que queda no es nunca una inconsiderada soledad.

Reflexión: Juan ha sido arrestado y Jesús se encamina hacia Galilea. Dos recorridos al servicio del único Señor. El tiempo se ha cumplido. Aquel tiempo que el hombre no consigue aferrarlo ni poseerlo se cumple y reclama un cambio de ruta. El tiempo del mar, de las redes que pescan en otro lugar. El hombre es llamado a no dejar nada de lo que es. Su identidad permanece, cambia sencillamente el objeto de su obrar. No más peces, sino hombres. No más una relación de poseer con las criaturas inferiores, sino una relación a la par con criaturas de la misma dignidad. Nuevas redes que componer, las redes de una pesca más fatigosa: son las redes de la predicación que se arrojarán en el corazón de los hombres durante la noche del dolor y del no sentido. Aquella palabra como una llave abre nuevos horizontes: Seguidme. No se camina solo en esta nueva aventura. Los lazos no se rompen. Los hermanos son más hermanos, comparten aun la existencia amarga de ganarse el pan, no ya buscando para sí, sino para darlo a los otros. El mar, símbolo de todo lo que no se puede controlar, está allí con el movimiento familiar y tranquilo de las aguas que se quiebran para decir su: Andad. Jesús, un hombre entre tantos, es aquel Dios que se acerca a las orillas del mar, un Dios que camina por la vida humana. Un Dios que ve con ojos de hombre, un Dios que habla con fuerza nueva: Seguidme. Y aquellos hombres que eran pescadores, al instante abandonan y se van en pos. Van a pescar en otro mar, el mar de la tierra firme, el mar de las aldeas, del templo, de las calles. Van al reclamo de una mirada que llama, una mirada capaz de convencer a dejarlo todo, no sólo la barca, el mar, las redes, sino también el padre, la propia historia, los propios afectos, el origen del proprio existir. Amigos que por la tarde se sentían seguros en las orillas del mar de Galilea, dejan su propio ángulo de seguridad para mares lejanos. Es una amistad antigua que parte, sin saber todavía por dónde, pero teniendo en el corazón el calor de una voz y una mirada: Seguidme.

6. Oración – Salmo 86 (85)

Todas las naciones que has hecho
se postrarán ante ti, Señor;
pues eres grande y haces maravillas,
tú solo eres Dios.

Muéstrame, Yahvé, tu camino,
que recorreré con fidelidad,
concentra toda mi voluntad
en la adhesión a tu nombre.

Gracias de corazón, Señor, Dios mío,
daré gloria a tu nombre por siempre.

7. Contemplación

Señor, en tu tiempo se cumple mi espera. Tú, el Que viene, que continúas caminando por las orillas de esta vida humana que como un lago en forma de citara indica silenciosamente el pasar de sus horas, pasa y ve, llama…Te reconoceré cuando me sienta llamar por mi nombre y te seguiré como un caminante que toma el bastón de caminar para adentrarse en los senderos de la amistad y del encuentro, allí donde el corazón penetra en el Absoluto de Dios, para ser una llama encendida en la obscuridad de la búsqueda humana, un calor que se extiende allí donde el viento gélido del mal destruye y separa de los horizontes de la verdad y de la belleza. Sé que sin Ti no pescaré nada en la noche de mi soledad y de mi desilusión. Las redes se romperán cuando tú me quiebres en las aguas amargas de mis fatigas y me des a mí mismo transfigurado por el perdón, recibido y dado a manos llenas. Entonces contaré tu Nombre a mis hermanos. Amén.

Este evangelio habla de los primeros discípulos que “siguieron” a Jesús. Este relato ha dado pie para pensar que seguimiento y discipulado están unidos hasta tal punto que el “seguimiento” es la característica específica del “discipulado”, de forma que el “discipulado” se ha de entender a partir del “seguimiento”. Esta idea es la que ha motivado que se identifique “seguimiento de Jesús” con “vocación sacerdotal o religiosa”. Por eso, para muchos cristianos, seguidores de Jesús son los que entran en un seminario y se van a un noviciado.

Sin embargo, hay que tener cuidado cuando se presenta el seguimiento de Jesús como privilegio distintivo de los “escogidos”, como si en la Iglesia hubiera una categoría especial de “selectos”, los “elegidos”, llamados a la “vida perfecta”. Semejante lenguaje es producto de un mal disimulado orgullo o de una ingenua vanidad. En los evangelios, el verbo “seguir” se refiere 17 veces a los “discípulos” y 25 veces a la “gente” o pueblo sencillo. Resulta llamativo, por ejemplo, que el Sermón del Monte (en la redacción de Mateo) empieza y termina diciendo que Jesús habló a los que “le seguían” (Mt 4, 25 y 8, 1).

Seguir a Jesús es, ante todo, “dejarlo todo”: familia, casa, propiedades, costumbres, seguridad… para asumir, como proyecto de vida, lo que Jesús decía por toda Galilea: ha llegado la hora de tomar en serio el proyecto del Reino de Dios y, por tanto, lo decisivo es creer que el Evangelio es la Buena Noticia que ha de orientar nuestras vidas. Ha sido una desgracia para la Iglesia que este proyecto universal de Jesús haya sido acaparado como privilegio de clérigos y personas que viven de la Iglesia y para servicio de las instituciones y obras de la Iglesia. Tales personas tienen un valor y un mérito inapreciable. Pero no son “los únicos” que siguen a Jesús. El “seguimiento de Cristo” es tarea de todos los verdaderos creyentes. Cada uno en su puesto, en su trabajo, en su profesión y en sus circunstancias. Pero es cosa de todos y para todos.

Pero lo más importante que tiene el “seguimiento”, en los evangelios, es que el hecho de seguir a Jesús es constitutivo de la Cristología. La Cristología, el saber sobre Jesús, no se aprende en los libros o escuchando conferencias de teólogos entendidos. A Jesús se le conoce viviendo como él vivió.

José María Castillo

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