Jueves XXXI Tiempo Ordinario

Hoy es jueves, 7 de noviembre.

Me dispongo un día más a profundizar en mi relación con el Señor. Él tiene una palabra para mí, una palabra de consuelo, una palabra de ánimo, un silencio compartido o un gesto de guiño. En lo cotidiano se me hace presente en la oración. En este momento íntimo de amistad. Lo escucho atentamente y le hago lugar en mi pensamiento y en mi corazón. Respiro profundamente y me pongo en su presencia.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 15, 1-10):

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.» Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.» Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»

Señor, tu amor hacia nosotros es infinito. Es tan infinito que cae en la locura de un pastor que abandona a noventa y nueve ovejas para ir en pos de la perdida. Tu amor es tan confiado en el Padre, que dejas a su cuidado a la mayoría, para ir, tú mismo, en pos de la más pequeña de las ovejas. Tú, Señor, no te riges por la lógica del mundo, la lógica de la seguridad. Tú, Señor te riges por la locura del amor. Tú, Señor, abandonas todo por salir en mi búsqueda.

Y ante el encuentro de la pequeña perdida, surge la fiesta, el derroche desmesurado. Alegraos conmigo, dice el Señor, y a mí se me invita a la alegría porque mi hermano se ha salvado. Y se me llama también a la salvación. Porque yo soy moneda de valor infinito en los bolsillos de Dios y si me pierdo va a revolver cielo y tierra hasta encontrarme. Así es el amor que me tiene.

Señor, al saber que me amas no puedo dejar de comunicar tu amor a todos. Y así, intentando imitarte, salgo yo también en búsqueda de mi hermano como si fuese el más pequeño de tus hijos. Me invitas a amar como tú amas, buscando al más pequeño, al más necesitado. Así rastreo todo el mundo hasta encontrar lo más preciado para Dios. Esa moneda tan valiosa a sus ojos. Sé que así, Señor, provoco también tu alegría.

Vuelvo a leer el evangelio atendiendo a la profundidad de las palabras de Jesús. Son palabras que invitan a la búsqueda y al encuentro. Son palabras que ayudan a barrer la casa y otear el horizonte. A salir en la búsqueda de la moneda perdida, de la oveja extraviada, de lo más amado por ti.

Padre bueno del cielo, en la oración que tu hijo nos enseñó te pedimos que venga tu reino. Te pedimos pan y perdón. Que sepamos dar todo a los que más carecen de ello. Que sepamos mostrarles tu reinado, darles el pan que necesitan y enseñarles el camino de la reconciliación y el amor.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.