Martes II de Adviento

Hoy es martes, 10 de diciembre.

Un día más vengo a encontrarme contigo, Señor. cada día me sales al encuentro de formas diferentes y me hablas en personas, en hechos, en sentimientos. Al comenzar este momento de oración, te pido que vengas a mí. El evangelio, la buena noticia ha llegado. Me hago consciente e que es una promesa, un anuncio. Se me va a contar una buena noticia. Como ocurre cada vez que el evangelio llega.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 18,12-14):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños.»

Imagínate la oveja perdida. Lejos del rebaño, quizás en tierras sin pasto y  asustada por la tormenta. En realidad es una imagen de tanta gente que por distintas razones se siente sola, abandonada, perdida, no querida. Ellos aún no lo saben, pero hay alguien buscándoles, con verdadera  preocupación. ¿Alguna vez te has sentido así? Tampoco tú  estás sola.

Ahora piensa en el hombre que busca. Podría haberse quedado en el refugio, después de todo, ¿qué es una oveja entre tantas? Hay que asumir que alguna ha de morir. ¿No? Sin embargo no es así. Para él no es indiferente ninguna. Dios es así. Para Dios no hay nadie definitivamente extraviado. Quiere que cada hombre y cada mujer llegue a la tierra segura del calor, el alimento y el encuentro. Disfruta de esa imagen de plenitud.

Fíjate por último en la alegría del encuentro. Cuando el hombre recupera su oveja y esta se siente al fin en brazos conocidos. Déjate hoy acunar por Dios, también a ti te quiere, te conoce, con toda tu fragilidad. Tus límites y tus extravíos. Pero no se rinde. Te sale al encuentro una y mil veces. También ahora, para decirte que te quiere.

Al leer de nuevo el texto piensa en todas las situaciones de nuestro mundo que reflejan extravíos, pérdidas o soledades. Los amores rotos, los fracasos sin relación, las amistades abandonadas. Las personas que han vuelto la espalda al evangelio y tal vez malviven en historias sin sentido. Los que explotan a su hermano sin ser conscientes del daño que hacen. Sus víctimas. Piensa en Jesús que sale al encuentro de todas esas personas y siente que te invita a ti a acompañarle en esa búsqueda.

Háblale al Señor, ese pastor que cuida de los suyos. Desde donde estés ahora, desde los sentimientos que en este momento de oración haya provocado en ti. Cuéntaselo o deja que sea él quien te repita su palabra de acogida universal.

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Amén.