Lunes de II Navidad

Hoy es lunes, 30 de diciembre, tiempo de Navidad

Poder frenar un poco y hacer silencio en estos días, me ayuda a estar más cerca de todo lo que es verdaderamente importante. Más allá de todas las prisas, sonidos, luces. Me ayuda a darme cuenta de los momentos en que siento a Dios con más fuerza. Sé que es él quien me lanza a caminar siempre a su lado. Señor, enséñame el valor de la espera, de la confianza, de la entrega de cada día. Despiértame si me duermo, si no te espero, si no te veo. Para que aprenda a confiar y a velar.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 2, 36-40):

En aquel tiempo, había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

Hoy, la historia de Ana, la profetisa que aparece en el evangelio, hace que me fije en mi propia historia. Si hago una pequeña lectura de mi vida, descubro que yo también tengo límites, arrugas, heridas, dudas. Son cosas que en ocasiones siento como obstáculos para mi fe que forman parte de mi realidad de lo que yo soy. Me detengo un momento y traigo a la memoria algunos de ellos.

Qué cuesta arriba se hace la espera y la confianza cuando sólo pongo la mirada en los puntos más oscuros. Sin embargo el evangelio habla de un encuentro y de una acción de gracias. Mi vida también la forman aquellas cosas por las que doy gracias una y otra vez. Ya sean del pasado, del presente o del futuro. Escojo esos momentos y dejo que brote, una vez más, el agradecimiento concreto y profundo.

La espera de Ana cobra sentido. Sabe en quien ha puesto su confianza y que Dios no defrauda. al dar gracias siento que me pongo en camino y crecen en mí los deseos de hacer que otros puedan participar de esta alegría, de la esperanza que trae este niño. Quizás así entienda un poco mejor todo lo que ocurre. A los que esperaban la liberación de Jerusalén, ella les hablaba de un niño. ¿A quienes quiero llevar yo esa esperanza que siento al encontrarme con Jesús?

Me adentro en la lectura al volver a leer este pasaje. Quizás esta vez me es más fácil acercarme a esta mujer, o ponerme directamente en su lugar, en el momento del encuentro con el niño. La vida ahora es más palpable. La acción de gracias ya tiene palabras y pongo cara a aquellos a los que va dirigido el mensaje de esperanza.

Esperaré

Esperaré a que crezca el árbol
y me dé sombra.
Pero abonaré la espera con mis hojas secas.
Esperaré a que brote el manantial
y me dé agua.
Pero despejaré mi cauce
de memorias enlodadas.
Esperaré a que apunte
la aurora y me ilumine.
Pero sacudiré mi noche
de postraciones y sudarios.
Esperaré a que llegue
lo que no sé y me sorprenda.
Pero vaciaré mi casa de todo lo enquistado.
Y al abonar el árbol,
despejar el cauce,
sacudir la noche
y vaciar la casa,
la tierra y el lamento se abrirán a la esperanza.

Benjamín González Buelta, sj

Para ir cerrando este tiempo de oración, hablo con el Niño Dios de lo que ha brotado en este rato, de la dificultad de los momentos oscuros, de la gratitud de los momentos buenos, de la confianza, de la esperanza o de las ganas de compartirlo con otro. De todo lo que tengo dentro le hablo al ir despidiéndome.

Gloria al Padre,
y al Hijo,
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio,
ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

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