Cuatro alegrías

Una de las palabras que más veces, y con más fuerza, aparece en el evangelio es el vocablo amor. Jesús estaba sensiblemente obsesionado por inyectar este concepto, y esta actitud, en el corazón de los apóstoles. El amor fue su razón de vivir… y de morir. Comenzó recomendándonos que amásemos al prójimo «como a nosotros mismos»; elevó después el listón de exigencia señalándonos que lo amásemos «como Él nos habla amado»; y concluyó con la apoteosis final afirmando que el culmen del amor residía en «dar la vida» por la persona a la que amamos.

En una ocasión, charlando con un amigo, doctor en Sicología, acerca de la complejidad del ser humano, sintetizó con una claridad meridiana todo aquel fárrago de vivencias, tendencias, aspiraciones, formas de conducta…, con esta frase sencilla: «El ser humano -dijo-, desde que nace y durante toda la vida, para ser feliz, precisa satisfacer fundamentalmente dos necesidades: la de sentirse amado y la de sentirse útil.

Efectivamente, cuando nace un bebé, ya está la madre esperándolo para brindarle su amor. Esa criatura contará con lo necesario para su manutención; sus padres le ofrecerán su corazón y su tiempo y le ayudarán a aprender la asignatura del vivir, le proporcionarán una educación adecuada y lo pondrán en camino hacia cotas más altas; y contemplarán, con la sonrisa en los labios, cómo va creciendo y desarrollánse hasta alcanzar la adolescencia, la juventud, convirtiéndose en un hombre o una mujer de provecho. Y este hombre o mujer, en sus relaciones sociales, encontrará sin duda gente maravillosa con la que amasará amistad y reconocimiento. En definitiva, experimentará la vivencia de ser amado o amada.

Pero el amor posee la mágica condición de la reciprocidad: el reverso de la moneda de ser amado no es otro que amar, es decir, corresponder al afecto recibido; y ello da origen a dos alegrías: la de querer y la de sentirse querido.

Y, sin darnos cuenta, estamos ya en la segunda necesidad que señalaba el sicólogo: la de sentirse útil. El vivir sin hacer nada es tedioso y aburrido y genera la vivencia de la inutilidad. La persona humana se realiza en plenitud solamente cuando experimenta que, de alguna manera, es útil al prójimo, a la sociedad. Y hay tantas necesidades en nuestro mundo, que podríamos formular un listado de problemas, angustias, calamidades, situaciones dramáticas e infrahumanas, injusticias, violencias… Y nos faltaría papel para concluir esa dolorosa letanía… Indudablemente, se nos pide colaboración.

Sugiero que, cada mañana, al estrenar la jornada, podríamos preguntarnos: ¿En qué puedo ser útil hoy para ayudar al prójimo ofreciéndole mis servicios o aliviando sus penas, con el convencimiento de que una palmada en el hombro y una sonrisa son más eficaces que cualquier medicina adquirida en la farmacia? Si comenzamos el día con esta disposición, experimentaremos la satisfacción de haber paliado el dolor de la persona agobiada y de haber hecho brotar semillas de esperanza en quien la había perdido… Nos sentiremos útiles y comprobaremos que nos hemos topado con la tercera alegría… Y por último, la persona beneficiada con nuestra pequeña atención respirará aire fresco de alivio y esperanza que le dará ánimos para seguir viviendo: es la cuarta alegría de la colección.

Nunca hubiera sospechado que daba tanto de sí la maravillosa aventura de amar.

Pedro Mari Zalbide