Precursores y santos

Este año, al ser domingo el 24 de junio, la solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista prevalece sobre la celebración dominical ordinaria. Y anoche, en muchos lugares, se llevaron a cabo diferentes supersticiones y ri-tos (saltar hogueras encendidas, bañarse en la playa un número de veces…), porque la noche de San Juan es considerada como un momento “mágico”. La mayoría de personas participa simplemente como una excusa para pasar una noche de fiesta y diversión; y si les preguntáramos, pocos sabrían decir quién fue San Juan Bautista y por qué se celebra su fiesta.

Los datos biográficos de Juan, llamado “el Bautista” los encontramos en los evangelios. En el Evangelio de la Misa Vespertina hemos escuchado que nació en tiempos de Herodes, rey de Judea, hijo de un sacerdote llamado Zacarías y de una descendiente de Aarón llamada Isabel, ambos de edad avanzada. El ángel del Señor anunció a Zacarías que Isabel le daría un hijo, que será grande a los ojos del Señor, se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno, y que irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto.

Y en el Evangelio de la Misa del Día hemos escuchado el relato de su nacimiento, rodeado de diversos signos que hicieron que la gente se preguntara: ¿Qué va a ser este niño? Porque se notaba que la mano del Señor estaba con él. Y el niño iba creciendo y su carácter se afianzaba.

Pero nosotros no estamos celebrando a “Juan, llamado el Bautista”. Estamos celebrando a “San” Juan Bautista, estamos celebrando su santidad. ¿En qué consistió esta santidad? En que respondió a la vocación de Precursor que el ángel del Señor había anunciado a Zacarías, como escuchamos en la 2ª lectura de la Misa del Día: Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión, y cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias”.

San Juan Bautista llevo a cabo la misión que Dios le había encomendado: con su estilo de vida, con su predicación, y con su valentía y coherencia, que le acabó costando la vida. Por eso Jesús dijo de él que era más que profeta. Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino ante ti”. Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él». (Lc 7, 2628)

La celebración de la Natividad de San Juan Bautista ha de suponer para nosotros un estímulo a seguir su ejemplo para avanzar en nuestro personal camino de santidad, como nos recuerda el Papa Francisco en su exhortación Gaudete et exsultate, con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles, con audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico (129). Un camino de santidad que pasa por ser también nosotros “precursores”, anunciando el Evangelio de palabra y obra, preparando para el Señor un pueblo bien dispuesto, sin miedo, como no lo tuvo San Juan Bautista. Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarnos a caminar sólo dentro de confines seguros (133), para desplazarnos para ir más allá de lo conocido (135).

¿Qué supone para mí la celebración de la Natividad de San Juan Bautista? ¿Qué me resulta más significativo de su vida y ejemplo? ¿Creo que yo también tengo un camino de santidad que recorrer? ¿Me siento llamado a ser precursor? ¿Mi estilo de vida es coherente con mi fe?

En este tiempo de nueva evangelización, insertos en esta sociedad que ha olvidado y no quiere tener presentes sus raíces cristianas, nosotros tenemos la misión de dar razón de nuestra fe y nuestra esperanza, y la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista es una oportunidad para seguir su ejemplo y ser, hoy, precursores y santos. Y podemos hacerlo porque Juan predicó un bautismo que era sólo de conversión, pero nosotros hemos recibido el Sacramento del Bautismo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y por eso, como dice el Papa: Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida. En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad.