Debemos esforzarnos para que nuestra fe nos permita ver la realidad con la luz de Dios

1.- Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Jesús, ten compasión de mí… Jesús le dijo: ¿qué quieres que haga por ti? El ciego le contestó: Maestro, que pueda ver. Jesús le dijo: anda tu fe te ha curado. Y, al momento, recobró la vista y le seguía por el camino. Fue la fe la que curó la ceguera del ciego Bartimeo. El ciego Bartimeo no sólo recobro la vista corporal, sino también la vista espiritual, animándole esta y dándole fuerzas para seguir a Jesús por el camino. Todos nosotros, los que nos llamamos cristianos, debemos pedir a Jesús que tenga compasión de nosotros y nos dé una fe fuerte para seguirle por nuestro camino hacia Dios. Es fácil ver la realidad con los ojos del cuerpo, pero no es fácil ver la auténtica realidad con los ojos del espíritu. Todos podemos ser espiritualmente ciegos, aunque tengamos muy buena vista corporal. La vista social de las cosas, incluso la vista científica de la realidad, nos pueden ocultar la auténtica realidad de Dios en nuestro mundo. Sí, aunque seamos personas muy enteradas de la realidad social, de la realidad política y hasta de la realidad científica, si no sabemos ver la realidad con los ojos de la fe podemos vivir espiritualmente tan ciegos como el ciego Bartimeo. No se trata de que nuestra fe nos invite a desconocer la realidad social, política, económica y científica, sino de que nuestra fe nos ayude a superar espiritualmente la fe sólo humana, demasiado humana. Para ser personas religiosas tenemos que ser personas con fe en Dios, una fe que nos da fuerzas para amar a Dios y buscarle siguiendo a su Hijo Jesucristo. La fe cristiana, sin anular, ni deformar la realidad social, política, económica y científica, debe auparnos hasta el amor de Dios y el seguimiento de su Hijo, haciendo de él nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Esto no es algo fácil, viviendo como vivimos en esta sociedad mayoritariamente agnóstica en la que vivimos. Por eso, todos los días debemos gritar interiormente con fuerza, como el ciego Bartimeo: Jesús, ten compasión de mí, haz que mi fe me permita ver espiritualmente la auténtica realidad de tu Padre Dios, y seguirte a ti por el camino de la vida.

2.- Así dice el Señor: Mirad que yo os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna… Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos. Este texto del profeta Jeremías habla de un pueblo –Israel- que vive en el destierro y ha perdido su esperanza de volver a su tierra como pueblo libre. El profeta les dice, en nombre de su Dios, que volverán a su pueblo entre consuelos, como personas libres. Muchos de nosotros podemos haber sufrido alguna vez en nuestra vida el desconsuelo y la desesperanza. Nos parece que hasta Dios mismo nos ha abandonado. Miremos en estos momentos de desconsuelo y desesperanza a nuestro Cristo perseguido, en el Huerto de los Olivos, exclamando abatido: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, si no la tuya. Al final, Dios, su Padre, le resucitó y le dio la gloria para siempre. También nuestra fe debe darnos ánimos a nosotros, en los momentos malos, para creer con todas nuestras fuerzas que Dios está con nosotros y nos salvará. El desconsuelo y la desesperanza no deben tener nunca, en la vida de un cristiano, la última palabra.

3.- El sumo sacerdote puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. A causa de ellas, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo. El autor de esta carta a los Hebreos se refiere, por supuesto, al sumo sacerdote judío, cuando entra en la parte más sagrada del templo –el Santo de los Santos- para pedir perdón por sus propios pecados y por los pecados del pueblo. Pues bien, todos los cristianos participamos, por el bautismo, del sacerdocio de Cristo y todos debemos pedir perdón a Dios por nuestros propios pecados y los pecados del pueblo. Lo debemos hacer a todas horas, pero de una manera especial en el sacrificio de la eucaristía. Que toda nuestra vida sea una petición al Señor para que nos haga santos, al estilo de su Hijo, sumo y eterno sacerdote. Así podremos cantar con el salmo 125: El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Gabriel González del Estal

Anuncio publicitario