Trabajo y familia

El buen hijo de Dios trata de manifestarse (siempre) como tal. En la espiritualidad cristiana, ese empeño por ser siempreuno y el mismo, sin cambios, sin mutaciones, sin tener que disimular delante de nada ni de nadie, se ha venido a llamarunidad de vida. El mismo empeño con que uno se esfuerza por vivir la piedad en la Iglesia, lo aplica a luchar por practicar la caridad en casa o la laboriosidad en el trabajo. Un mismo fuego, el del Amor de Dios, hace arder todas las hogueras de la existencia cristiana.

En este sentido, resultan un testimonio particularmente negativo las personas que viven una doble vida. Cristianos reconocidos y aparentemente coherentes que tienen un trato injusto con sus trabajadores; o personas con cargos de importancia en la parroquia o en las comunidades cristianas que viven la vida familiar con evidente desapego y muy próximos a la desunión o a la infidelidad. Es muy dañino recibir mal de quien se espera lo mejor.

Un despliegue extraordinario de esa identidad de hijo de Dios, que vive en unidad de vida, se manifiesta en los dos contextos donde transcurre gran parte de la vida: el trabajo y la familia.

«Santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás, con el trabajo». Mediante esta tríada, san Josemaría resumía cómo debía ser la espiritualidad del trabajo. Santificar el trabajo o el estudio significa que se puede ser santo a través de ejercicio de cualquier trabajo, salvo aquellos que, al contravenir los mandamientos, van contra la ley de Dios. Cualquier labor, material o intelectual, es de suyo santificable: desde el trabajo de albañil en la construcción, hasta el de biólogo molecular, pasando por cualquiera de las miles de profesiones nobles que existen.
Santificarse con el trabajo hace referencia no tanto al objeto de la labor, sino al sujeto que trabaja. Al empeñarse en una determinada labor, me santifico. Santificarse con el trabajo significa realizar la tarea con esmero, compromiso y dedicación, no dejándola a medias o abandonándola por desánimo.

Finalmente, santificar a los demás con el trabajo admite, al menos, dos significados. El trabajo bien hecho, con empeño y buen humor, es instrumento de santificación de otras personas. En muchas ocasiones, el cristianismo se transmite por envidia; la envidia que da la alegría de un compañero de trabajo, así como la razón con la que aborda los problemas profesionales y personales. Se santifica a otros con el trabajo bien hecho porque es causa de admiración, y cuestiona a quien no sabe vivir de esa manera. El testimonio suscita la pregunta, y la pregunta acerca a muchas personas a Dios. Por otro lado, se santifica a otros con el trabajo a través del trato cotidiano con los correligionarios, de la amabilidad y confianza de hijo de Dios que uno es capaz de contagiar en los ambientes laborales. En definitiva, santificar a los demás con el trabajo guarda íntima relación con el apostolado, del que hablaré en el parágrafo siguiente.

Esta tríada puede ocupar espacio en nuestra conversación espiritual: si estudiamos con atención, si trabajamos con dedicación, si perdemos tiempo de las horas de trabajo, si nos empleamos en transmitir el amable rostro de Cristo a los compañeros, si buscamos hacer el ambiente más y más amable, o, por el contrario, es irrespirable… en fin, toda esa trama que conforma la única urdimbre de nuestra santificación en el estudio o en el mundo laboral.
Otro de los grandes «entornos» donde se desarrolla nuestra tarea —y muy unido al mundo del trabajo— es la familia. No es fácil entener que haya hombres piadosos, trabajadores ejemplares… que traten descuidadamente a sus hijos o con desprecio a sus cónyuges. La unidad de vida conforme a la caridad informa toda la existencia, también y especialmente la familia. No debería haber paréntesis o acontumbramientos en el ejercicio de la caridad.
Es muy probable que, mediante el acompañamiento espiritual, aprendamos a vivir en un continuo ajuste. Una familia es una realidad en permanente cambio: se pasa del enamoramiento al amor (de lo sensible a lo realmente fundado), nacen y crecen los hijos (y llega un momento en que abandonan el hogar), se plantea la decisiva cuestión de la paternidad responsable, cambian los horizontes profesionales, se crece en años (en defectos y en virtudes)… y finalmente, los esposos vuelven a estar juntos, «solos», con toda una vejez por delante, que en ocasiones no es fácil gestionar de modo alegre, disponible, servicial y abierto.
Tenemos que dejarnos ayudar para poder comprender mejor a nuestro cónyuge o a los hijos, en medio de este continuo fluir. Mediante el acompañamiento espiritual y el correcto discernimiento, sabremos en qué ocasiones es oportuno aplicar la corrección, o bien callarse (por amor). La ayuda espiritual muestra el camino para encajar las limitaciones propias y ajenas que aparecen con el paso del tiempo, así como el fomento de la esperanza sobrenatural cuando se resquebraja el ánimo por las dificultades de los hijos o por cualquier otra causa.

Cuenta conmigo, Fulgencio Espa