Homilía – Epifanía del Señor

LA FE, GRACIA Y RESPONSABILIDAD

RELATO TEOLÓGICO

Para que el relato evangelio de hoy pueda interpelarnos, es preciso descubrir la clave en que está escrito. Todos los exegetas están de acuerdo en que no se trata de un pasaje histórico, una crónica, sino de una narración simbólica, de un género literario llamado por los biblistas “midrash haggádico”, que tiene mucho que decir a los cristianos de todos los tiempos. El relato pone de manifiesto la gran noticia: “Os ha nacido un Salvador, el Mesías” (Le 2,11). Pero quienes fueron llamados los primeros, los que conocían “la Ley y los Profetas”, quienes lo esperaban desde hacía siglos “no le recibieron” (Jn 1,11). En cambio, “a pueblos que andaban en tinieblas y en sombra de muerte les iluminó una luz esplendorosa” (Mt 4,16). Mateo escribe el relato de los magos a la luz de las comunidades que forman la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, compuesto en su gran mayoría por cristianos venidos de la sociedad pagana. El relato, pues, más que histórico, es teológico, simbólico, con vigencia hasta el final de los tiempos.

Todos los personajes que intervienen “han visto la estrella”, se han enterado de la buena noticia del nacimiento del Salvador, del Esperado. Para los magos, figura de los paganos, esta estrella ha sido la predicación de los apóstoles y profetas, el testimonio personal y comunitario de los cristianos, los prodigios y señales de la fuerza liberadora del Espíritu de Jesús. Para los judíos del tiempo en que escribe Mateo son los magos, es decir, los paganos convertidos, los que desde su experiencia de salvación, testimonian que efectivamente el profeta revoltoso y ejecutado es el Liberador de Israel. Todos han recibido la noticia, pero no todos la han acogido y se han convertido como invitaban los pregones de Pedro (Hch 2,38); todos, en cierto modo, han visto la estrella, pero no todos se han puesto en camino. Los judíos, representados por Herodes (el poder político), por los sumos pontífices y los letrados (el

poder religioso), ni se molestan en acompañar a los magos peregrinos; es más, rechazan masivamente al Mesías recién nacido. Pablo se sacudirá el polvo de sus sandalias itinerantes en señal de reprobación y de renuncia a seguir evangelizándoles (Hch 13,51). En cambio, muchos paganos acogen la gran noticia e inician la peregrinación de la fe al encuentro cada vez más profundo del Señor Jesús.

La estrella es para nosotros cada llamada del Señor a través de diversos signos que nos invitan a la primera conversión o a superar una etapa en la vivencia de la fe. Esa estrella puede ser una desgracia o un fracaso que nos invita a renunciar a los ídolos y a confiar en el que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). La estrella puede ser el testimonio de un testigo apasionado por Jesús y su Causa, un libro inquietador, la reflexión de un creyente, la vida vibrante de una comunidad que nos invita a partir… Todo ello es gracia, don, signo del amor gratuito de Dios. Estas estrellas aparecen en el firmamento de nuestra vida, no son fruto de nuestro ingenio como las estrellas de nuestros belenes. A nosotros nos corresponde vivir atentos y observar las “estrellas”.

LA FE ES UN ÉXODO

Quizás nos digamos: “Bueno, yo ya soy creyente, soy cristiano practicante, de modo que el mensaje de este relato no tiene nada que ver conmigo…”. La fe es un éxodo. Hay que partir muchas veces. La fe no es algo que se tiene como una joya en un cofre; es una relación de amistad y de comunión con el Señor y, a través de él, con el Padre y el Espíritu. Tal relación no está nunca hecha del todo, ha de estar en constante crecimiento.

La vida cristiana es una llamada a superar etapas. Dios nos hace sucesivas invitaciones a partir… La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios… saben que inician una “aventura”, pero lo hacen con entusiasmo y fe. Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se pueden apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad. Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos “tirando”, pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse. Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa “segunda ilamaüa” que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Precisamente los magos encarnan la figura del hombre o de la comunidad que atisba la llamada de Dios en los signos de los tiempos, en los hechos de su vida, en “estrellas” que invitan a caminar. Es el “kairós”, la oportunidad que Dios nos ofrece.

La estrella que le invitó a levantarse de su sacerdocio honesto, pero burgués, a Henri Nouwen fue el “Regreso del hijo pródigo” de Rembrandt. La estrella que invitó a emprender un cristianismo más generoso a un par de amigos míos, cristianos cumplimenteros, fue precisamente la lectura del libro de Henri Nouwen titulado como el cuadro. En este sentido, hay que decir que el Señor llama y llama, pero, por desgracia, muchos tienen el móvil apagado. Pablo y el autor de la carta a los hebreos alertan enérgicamente a los cristianos a no repetir la cerrazón y la infidelidad del primer pueblo de Dios, simbolizado en los sumos sacerdotes, los sabios y Herodes (1Co 10,1-14; Hb 4,1-4). “Si escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón como vuestros padres” (Hb 3,7). El mismo Pablo, que se siente identificado con Cristo, escribe: “Hermanos: Yo no pienso haber conseguido la meta; más bien, sigo corriendo hacia ella” (Flp 3,12-14). La Palabra nos urge, pues, a preguntarnos: ¿Qué estrella o estrellas han aparecido en mi entorno que me provocan éxodo? ¿Hacia dónde me guía esa estrella o estrellas para entablar una nueva relación con el Señor y un modo nuevo de ver y vivir?

CAMINAR JUNTOS

Los magos caminan juntos, como los de Emaús. Helder Cámara, aquel gran caminante que entendía la vida como éxodo y que tan bellamente escribió sobre el tema, aseguraba: “Dichoso el que comprende y vive este pensamiento: Si no estás de acuerdo conmigo, me enriqueces”. Tener junto a nosotros a un hombre que siempre está de acuerdo de manera incondicional no es tener un compañero, sino una sombra. Es posible viajar solo. Pero un buen caminante sabe que el gran viaje es el de la vida, y éste exige compañeros. Bienaventurado quien se siente eternamente viajero y ve en cada prójimo un compañero. Un buen caminante se preocupa de los compañeros desanimados y cansados, intuye el momento en que empiezan a desesperar, los recoge donde los encuentra, los escucha, y con inteligencia y delicadeza, pero sobre todo con amor, vuelve a darles ánimos y gusto por el camino. Ch. Peguy decía: “Hay que caminar juntos; hay que llegar juntos a la casa del Padre. ¿Qué diría si nos viera llegar a los unos sin los otros?”.

A los magos se les ocultó la estrella. Pero no por eso emprendieron el viaje de regreso, no por eso desistieron. Utilizaron los medios a su alcance, siguieron buscando…

Hay que caminar juntos porque, de vez en cuando, en la vida se oculta la estrella, se hace de noche y el miedo se apodera del corazón. Con compañeros al lado, la noche es menos noche. Son los días de desconcierto en que parece que Dios se ha ausentado y se ha olvidado de nosotros. “¡Ay del solo! Si cae no tiene quien le levante” (Eclo 4,10). Todos los libros del Nuevo Testamento presentan a los cristianos viviendo en comunidad, caminando juntos en estrecha fraternidad, apoyándose en momentos de debilidad y de desconcierto (1Ts 5,14; Ef 4,1-6; Flp 2,1-4).

“VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO”

La Palabra de Dios nos recuerda con este relato la misión de ser luz, estrellas orientadoras para los demás. Hay que partir de queJesucristo es un derecho de todos, es luz “para alumbrar a las naciones” (Le 2,32). Y nosotros somos responsables de que otros puedan gozar de ese derecho. Ya en nuestro bautismo se nos entregó un cirio encendido en el gran cirio, símbolo de Cristo, para que seamos luz del mundo (Mt 5,14).

Estamos llamados a ser estrellas e iluminar con nuestro testimonio personal y colectivo. Testimonio de palabra, desde luego, pero sobre todo de vida. Y, juntos, testimonio de amor recíproco, de unidad, de fraternidad, como nos señaló Jesús: “Que sean uno como tú y yo, Padre, somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21-23). Tertuliano testifica la admiración que suscitaba el convivir fraterno de los primeros cristianos. Los paganos, llenos de asombro, comentaban: “¡Mirad cómo se aman!”. “Que al ver vuestras buenas obras -señala Cristo- glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). El cardenal Suhard dijo inspiradamente: Ser testigo es llevar una vida que resulte inexplicable sin Dios.

La Epifanía es mucho más que una fiesta folclórica e infantil. La figura simbólica de los magos nos invita a seguir buscando a quien ya hemos encontrado por la fe; nos invita también a proclamar con nuestra vida, sobre todo, que Jesús es de verdad nuestro Salvador y Liberador. Charles de Foucauld repetía enardecido: Que nuestra vida grite el Evangelio.

Atilano Alaiz