Ascender a Dios, bendiciendo a los hombres

1.- Mientras les bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Me gusta imaginarme así a Jesús, en el momento de su Ascensión hacia el cielo: bendiciendo a sus discípulos. Bendecía a unos discípulos que siempre le habían querido y admirado, pero que le habían fallado en el momento más decisivo, en el momento último, cuando las autoridades religiosas del pueblo judío le prendieron y le llevaron a las autoridades romanas, para que estas le ejecutaran como a un vil malhechor. Jesús había dicho a sus discípulos más de una vez que él los amaba a ellos como el Padre le amaba a él, y sus discípulos sabían que el Padre amaba siempre acogiendo y perdonando, como el padre de la parábola del hijo pródigo. Por eso, sabían que Jesús se despedía ahora de ellos bendiciéndoles y perdonándoles. Seguro que el corazón de los discípulos se llenó de amor divino y, mirándolo, se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría. Realmente, la fiesta de la Ascensión ha sido siempre en el mundo cristiano una fiesta alegre, porque imaginamos al Señor subiendo al cielo y bendiciéndonos a los que quedamos en la tierra. Nosotros, en las pequeñas ascensiones nuestras de cada día, mientras tratamos de ascender progresivamente hacia Dios, debemos bendecir a todos nuestros hermanos, aunque algunos de ellos nos hayan fallado en más de un momento. La bendición cristiana es expresión del amor cristiano, de un amor que siempre está dispuesto a perdonar. Pidamos ahora a Jesús que, en esta fiesta de la Ascensión, nos bendiga también hoy a nosotros desde el cielo, regalándonos su amor y su perdón.

2.- Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? No somos árboles plantados donde nacemos, que nos pasamos la vida mirando al cielo. Dios nos ha plantado en este mundo con un motor dentro del cuerpo, lo que nos obliga a vivir en continuo movimiento, hasta que morimos. Somos los suplentes de Jesús, que tenemos la obligación de seguir jugando en esta tierra el partido del Reino de Dios, una vez que nuestro Maestro, nuestro titular, se ha ido al cielo. Debemos seguir jugando el partido del Reino de Dios movidos por el Espíritu de Jesús, por el Espíritu de nuestro capitán y maestro. Los discípulos de Jesús debemos ser personas activas, misioneras, evangelizadoras. El tiempo del Jesús físico y terrenal terminó el día de su ascensión al cielo; ahora nos toca a nosotros, sus discípulos, continuar su obra movidos por su espíritu. Ahora es el Espíritu de Jesús, no su presencia física, el que nos debe guiar, dirigiendo nuestro actuar y nuestro caminar. La fiesta de la Ascensión del Señor debe ser para nosotros una llamada y una invitación a asumir nuestra responsabilidad, a ser ahora nosotros los que prediquemos y evangelicemos, haciéndolo, eso sí, dirigidos siempre por el Espíritu de Jesús. Terminó el tiempo del Jesús físico sobre la tierra; ahora es nuestro tiempo.

3.- Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa. Ya las primeras comunidades cristianas tuvieron muchas dificultades para seguir siendo fieles al mandato que el Maestro les había hecho antes de despedirse, el mandato de seguir predicando el evangelio del Reino. Ante tantas dificultades, algunas comunidades estaban perdiendo su prístino fervor y entusiasmo. El autor de esta carta a los Hebreos los anima a no desanimarse, a no perder nunca la esperanza, porque Dios va a seguir siendo fiel a su promesa. No debían olvidar que también el Maestro, el sumo sacerdote de la Nueva Alianza, había tenido que sufrir mucho para ser fiel al mandato de su Padre. El Maestro, antes de despedirse, les había prometido su intercesión ante el Padre, desde el mismo cielo. Nosotros ahora, en este siglo XXI en el que nos toca vivir, también tenemos problemas y dificultades para predicar el evangelio de Jesús; no nos desanimemos, no perdamos la esperanza, porque Jesús sigue intercediendo por nosotros ante el Padre, y nuestro Dios es un Dios fiel a sus promesas.

Gabriel González del Estal

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