La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

XII. EN TIERRAS DE GALILEA

 

1.- PREDICA EN LA SINAGOGA DE NAZARET

San Juan nos indica que dos días después de su llegada a la ciudad de Sicar marchó de allí hacia Galilea. Fueron dos jornadas gozosas entre los habitantes de aquel pueblo; servirían también para que el Señor descansara de sus viajes ¡en un pueblo samaritano! y repusiera fuerzas. Allí quedaron unos buenos amigos; es muy posible que en otros viajes Jesús recalara entre estos nuevos discípulos.

Los habitantes de Galilea le hicieron también una buena acogida pocos días más tarde, porque habían visto todo cuanto hizo durante la fiesta en Jerusalén, pues también ellos habían ido a la fiesta (Jn).

Los discípulos que le acompañan son galileos: Simón y Andrés procedían de Betsaida, pequeño puerto de pescadores al norte del lago de Tiberíades; también eran galileos Felipe, Natanael, Santiago y Juan. Han conocido a Jesús en Judea y ahora vuelven a su patria, a su trabajo como pescadores en el lago. Después de la Ascensión, al extenderse el cristianismo por toda Palestina, los apóstoles serán llamados galileos (Hch), porque muchos de sus discípulos más cercanos eran de esta región.

La primera etapa del camino hacia el lago era precisamente Nazaret, donde Jesús se había criado. Allí se dirigió el Señor para visitar a sus parientes y, sobre todo, a su Madre.

El sábado, según su costumbre, entró en la sinagoga y se levantó para leer (Lc).

Esta lectura en la tarde del sábado se remonta a Esdras, después del exilio. Al principio, el que tenía esta función era el sacerdote o el levita. Después de la primera destrucción del Templo, leía estos pasajes el fiel que era llamado. A su lado, si era necesario, había un traductor (del hebreo al arameo), el cual, con lenguaje sencillo y claro, interpretaba o traducía los textos leídos. El uso, mantenido hasta hoy, prescribía que la lectura la hiciera un hombre instruido. El libro de la Ley era objeto de un profundo respeto.

Nazaret, aunque era pequeño, tenía también su sinagoga. El responsable invitaba a uno de los presentes a hacer la lectura y, si era posible, un comentario sobre lo leído. A veces, alguno se ofrecía para ese cometido. Así actuó Jesús, y el mismo camino seguirían después san Pablo y los apóstoles en numerosas ocasiones. Todos estaban pendientes de sus gestos y de sus palabras, también su Madre; quizá era la primera vez que veía a su Hijo en esta función de lector. San Lucas nos relata los movimientos del Señor. Su fuente fue María, que estaba al tanto de su Hijo.

Le entregaron el libro del profeta Isaías, y lo abrió por un pasaje claramente referido al Mesías. Como era costumbre, primero lo leyó en hebreo y luego en arameo. Jesús, intencionadamente, buscó este pasaje:

El Espíritu del Señor está sobre mí,

por lo cual me ha ungido

para evangelizar a los pobres,

me ha enviado para anunciar

la redención a los cautivos

y devolver la vista a los ciegos,

para poner en libertad a los oprimidos

y para promulgar el año de gracia del Señor.

En estas palabras se describía la misión del Mesías: la redención de todo mal, la liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna[1]. El año de gracia alude al año jubilar judío, establecido por la Ley cada cincuenta años; simbolizaba la época de salvación y de libertad que iba a traer el Mesías. Este momento abarca todo el período mesiánico, que empieza con la llegada de Jesús y acaba con su vuelta gloriosa al fin de los tiempos[2].

El evangelista nos sigue diciendo que Jesús enrolló el libro, se lo devolvió al ministro y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos en él los ojos. Nos imaginamos con facilidad a la Virgen narrando estos pormenores de aquel día en la sinagoga. Jesús, con gran solemnidad, dijo: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.

Es la primera declaración pública de su mesianismo; y la hace precisamente en Nazaret. Allí todo el mundo le conocía. Nos hubiera gustado oír los comentarios de sus paisanos a la salida de la sinagoga, las primeras dudas que nacieron en sus almas acerca del misterio de Jesús…

El Señor había crecido a la vista de sus parientes y compatriotas. Los mayores lo vieron, niño aún, cerca de su Madre, aprendiendo de su boca después los salmos. Y, más tarde, caminar vacilante al encuentro de los brazos que se le abrían a pocos pasos. Y en el taller del carpintero, al lado quizá de otros niños, jugando con trozos de madera o corriendo con los demás por la calle. Aunque él siempre mantendría esa reserva natural de quien tiene en plenitud, también de niño, al Espíritu Santo y participa de la vida de la Trinidad en grado sumo.

Más tarde lo verían pasar llevando algún apero que su padre habría de arreglar, o trabajando a su lado en las labores sencillas de desbastar la madera o de llevarla al taller. Después, muerto ya José, pudieron observar cómo se hacía cargo del taller y del oficio. Es fácil pensar que quienes frecuentaron su trato sintieron el encanto de su persona.

Por eso, ahora el pueblo entero estaba gratamente sorprendido. El evangelista nos dice que todos daban testimonio en favor de él, y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían: ¿No es este el hijo de José?

A continuación san Lucas nos relata, como si hubiera sucedido en la misma ocasión, un intento de despeñar a Jesús desde la cima del monte sobre el que estaba edificada la ciudad. Pero se trata sin duda de un acontecimiento muy posterior, que el evangelista ha querido unir porque ambos suceden en el mismo lugar, y así entraba mejor en el plan de su evangelio. El cambio de actitud de los asistentes es muy brusco y el ritmo, muy diferente. Aquí sus paisanos se muestran admirados, y no irritados. En este suceso primero se nota el afecto, el buen sabor, con el que se recuerdan los detalles más pequeños que tuvieron lugar en un día feliz. El cambio de actitud se produciría más tarde.


[1] Afirma san Juan Crisóstomo que «el pecado produce la más dura de las tiranías», la peor cautividad. Y añade: «de esta cárcel espiritual nos sacó Jesucristo» (Catena Aurea, in loc.). Además, este pasaje muestra la preocupación del Señor por los más necesitados. «Así también la Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, en los pobres y en los que sufren reconoce la imagen de su Fundador, pobre y paciente, se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo» (Const. Lumen gentium, n. 8).

[2] De modo semejante, la Iglesia convoca el Año Santo para anunciar y recordar la redención obrada por Cristo y su plenitud en la vida futura. Es un año de gracia y de misericordia.