La misa del domingo

Domingo XIV del Tiempo Ordinario
5 de julio de 2020
“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”

Unas palabras, éstas de Jesús, muy apropiadas para este tiempo de vacaciones.

Las personas somos algo mucho más importante que nuestro trabajo, que nuestra profesión y que nuestro cargo. Somos seres humanos hechos para vivir, amar, reír, ser.

Por eso, en contra de lo que muchos puedan pensar, “descansar” no es tan fácil. Porque no es disfrutar o pasarlo bien dando rienda suelta al consumo, ni hacer vacaciones para alardear o alimentar la propia vanidad.

En cristiano, descansar es reconciliarse con la vida. Es disfrutar de manera sencilla, cordial y entrañable del regalo de la existencia. Es hacer la paz en nuestro corazón. Es limpiar nuestra alma. Es reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos.

Ahora que estamos precisamente en tiempo de verano y vacación, es un buen momento para poner en práctica todo ello.

Por eso, no hay que recorrer largas distancias, ni hacer viajes exóticos, ni aguantar largas caravanas para ir a encontrar descanso. Basta recorrer la distancia que nos lleva a encontrar la paz en nuestro corazón. Si no hallamos la paz ni el sosiego dentro de nosotros mismos, en nuestro interior, es inútil buscarla en ninguna parte del mundo.

Necesitamos salir al aire libre y encontrarnos con la naturaleza, con la belleza de la creación, sí. Pero necesitamos también, y sobre todo, salir de nuestros egoísmos y ruindades, y abrirnos a la vida y a los demás. Descansar, vacacionar, es descubrir que uno está vivo, que puede mirar con ojos más limpios y desinteresados a la gente, que es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas, que hasta se puede tomar uno tiempo para ser feliz sin necesidad de abrir la cartera o sacar la tarjeta.

Pero sólo descansamos, vacacionamos, cuando liberamos nuestro corazón de prisas, de agobios, de tantas y tantas complicaciones absurdas que nos creamos personalmente sin necesidad alguna. No basta librarnos de la asfixia que el nerviosismo, el ruido, la prisa o el trabajo producen en nosotros. No se puede descansar cuando la insatisfacción, la tristeza, el miedo, el remordimiento o la culpabilidad nos atenazan.

¿Cómo transformar todo esto en paz?

Los creyentes sabemos que si acogemos a Dios en nuestra vida, no como un ser lejano e impersonal sino como un amigo querido y cercano, se convierte en camino de pacificación, iluminación interior, unificación de todo nuestro ser, perdón y liberación de nuestras contradicciones, errores y pecados.

Acertar a abrirnos a Dios es encontrar descanso verdadero. Ojalá, al organizar nuestras vacaciones, sepamos escuchar en las palabras de Jesús la llamada de ese Dios amigo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré».

Agustín Fernández, sdb

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