La misa del domingo

En el Evangelio de este Domingo vemos al Señor en la región de Tiro y Sidón. Se había “retirado” allí. Tiro y Sidón eran ciudades ubicadas en la costa del mar Mediterráneo, al norte de Israel, es decir, fuera de Israel. Eran ciudades paganas, y en la tradición bíblica estas dos ciudades eran presentadas frecuentemente como símbolo de los pueblos paganos (ver Is 23,2.4.12; Jer 47,4).

Cuando está por aquellas tierras paganas, se le acerca «una mujer cananea, procedente de aquellos lugares». El gentilicio “cananea” evoca las antiguas rivalidades de Israel con los pueblos vecinos de Canaán. Los cananeos eran paganos, y los paganos eran llamados por los judíos “perros” (ver Sal 22[21],17.21).

De pronto una mujer pagana, a pesar del desprecio por parte de los judíos que la consideraban como una “perra”, tiene la gran osadía de dirigirse al Señor para gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Tengamos en cuenta que para aquel momento ya la fama del Señor había trascendido los límites de Israel, llegando «a toda Siria» (Mt 4,24), extensión geográfica al norte de Israel de la que provenía justamente esta mujer (ver Mc 7,26).

La mujer califica a Jesús de “Señor”, así como también de “Hijo de David”. “Hijo de David” le gritarán también dos ciegos que le piden poder ver (Mt 9,27; 20,30) así como la multitud que lo aclama cuando entra triunfal en Jerusalén: «¡Hosanna al hijo de David!» (Mt 21,9.15). Se consideraba que el Cristo sería “hijo de David”, es decir, su descendiente (ver Mt 22,42). Llamándolo así esta mujer pagana reconoce en Jesús al Cristo, el Mesías prometido por Dios a Israel.

A pesar de los gritos de la mujer que le suplica piedad, el Señor sigue su marcha. Nada responde. Y aunque no le hace caso, la mujer no desiste. Al contrario, insiste en sus gritos y súplicas. No le importa el “qué dirán”, lo “políticamente correcto”. Por encima de todo está el amor a su hija, su dolor al verla sufrir, su deseo intenso de verla sana y recuperada, y por supuesto, la confianza de que este enviado divino tiene el poder para curarla. Es así que superando toda vergüenza sigue al Señor sin dejar de suplicar, sin desalentarse, sin cansarse, hasta el punto de que los discípulos, al verse importunados por sus incesantes súplicas, interceden por ella ante el Señor: «Atiéndela, que viene detrás gritando».

La respuesta del Señor a sus discípulos contiene la razón por la que no ha hecho caso ni piensa hacer caso a esta mujer: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». La mujer en vez de marcharse ha apresurado el paso y, alcanzándolos, se postra ante el Señor suplicándole nuevamente que la ayude. El Señor le responde: «No está bien echar a los perritos el pan de los hijos». Con “el pan de los hijos” el Señor se refiere al don del Reino de Dios y de su salvación, reservado a los israelitas. Mas es oportuno notar que en sus palabras el Señor atenúa la dureza judía en la forma de dirigirse a esta mujer pagana, al referirse a los paganos no con el término “perros” (como aparece en la versión litúrgica que empleamos) sino “perritos”, “cachorritos” (según el original griego). Usando el diminutivo parece querer diluir todo lo que en el epíteto “perros” hay de peyorativo.

Admirable es la respuesta de la mujer: «también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». La mujer cananea reconoce y acepta con humildad que Israel es el único destinatario de los bienes mesiánicos, pero en su condición de pagana pide al menos beneficiarse de las “migajas” de esos bienes.

Si el Domingo pasado el Señor hacía notar su falta de fe a Pedro, en esta ocasión el Señor alaba la fe de esta mujer pagana. Por su humildad abre para ella y para su hija las fuentes de la salvación. A causa de su fe en el Hijo de David, alcanza lo que pide con terca insistencia: la curación de su hija.

El Señor Jesús, mientras peregrinó en nuestro suelo, se mantuvo fiel al encargo recibido del Padre: dirigirse sólo a las ovejas descarriadas de Israel. Mas dentro de los designios divinos estaba también que una vez ascendido el Señor a los cielos sus discípulos anunciasen el Evangelio y comunicasen la vida nueva por Él traída a todos los seres humanos, sin distinción alguna: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20). La mujer cananea aparece como una primicia de la misión apostólica extendida a los paganos, inaugurada luego de la Resurrección y entronización de Jesucristo como Señor (ver Mt 28,18-19). Por su fe ella llega a hacerse partícipe anticipadamente del don de la Reconciliación ofrecido por el Señor Jesús a toda la humanidad.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Decía San Bernardo: «Cada vez que hablo de la oración, me parece escuchar dentro de vuestro corazón ciertas reflexiones humanas que he escuchado a menudo, incluso en mi propio corazón. Siendo así que nunca cesamos de orar ¿cómo es que tan raramente nos parece experimentar el fruto de la oración? Tenemos la impresión de que salimos de la oración igual que hemos entrado, nadie nos responde una palabra, ni nos da lo que sea, tenemos la sensación de haber trabajado en vano».

Cuántas veces, cuando no sentimos nada en la oración, cuando por algún tiempo todo es sequedad, llegamos a cuestionarnos: “¿Es acaso nuestra oración únicamente un monólogo infructuoso y una pérdida de tiempo? ¿Verdaderamente Dios me escucha? Me experimento como hablándole a una pared… si existe, ¿por qué no me habla?” Tanta llega a ser nuestra duda y desconfianza que en ocasiones le pedimos “signos” a Dios: “Si me escuchas, si verdaderamente estás allí, ¡entonces manifiéstate de este o de tal otro modo!”.

Quizá en un momento de nuestra vida, luego de una experiencia intensa de encuentro con el Señor, rezábamos con intensidad. Pasaron los días, la emoción primera se fue diluyendo, perdimos la constancia en la oración, dejamos de buscar y de meditar su palabra como antes, vinieron las pruebas, las dificultades, algunas caídas que me hicieron sentir indigno de acercarme al Señor y me alejé por un tiempo, quizá luego hice el esfuerzo de retomar nuevamente la oración hasta que vino la gran tentación de abandonarla totalmente: “¿Para qué seguir rezando, si ya no siento nada, si el Señor no me habla?”.

La sensación de ser desoídos en la oración se hace más intensa cuando, como en el caso de aquella cananea, en medio de una situación angustiante le suplicamos al Señor que nos conceda un favor urgente o un milagro: la curación de un cáncer o de una enfermedad difícil de sobrellevar, la salvación de un familiar que ha sufrido un terrible accidente y se encuentra al borde de la muerte, el éxito en esta o tal otra empresa, conseguir un empleo que me permita sostener a mi familia, encontrar un novio cuando los años se me van pasando, etc. En fin, tantas son las súplicas cuantas son nuestras necesidades, algunas muy triviales, otras de mucho peso y urgencia. Entonces, cuando no experimentamos una pronta respuesta a nuestras súplicas, es cuando se alzan nuevamente las dudas y cuestionamientos, más intensos y no pocas veces cargados de una caprichosa rebeldía: “¿Dónde estás, Dios mío? ¿Por qué no me oyes? ¿Por qué callas? ¿Por qué no actúas?”

La actitud de aquella mujer cananea, alabada por el Señor, se constituye en modelo de la oración para el creyente. Comenta San Jerónimo: «Son ensalzadas la fe, la humildad y la paciencia admirables de esta mujer. La fe, porque creía que el Señor podía curar a su hija. La paciencia, porque cuantas veces era despreciada, otras tantas persevera en sus súplicas. La humildad, porque no se compara ella sólo a los perros, sino a los cachorrillos».

Nuestra oración debe estar nutrida de fe en el Señor, de confianza plena, radical y total en Él. Ha de proceder de un corazón humilde, que no busca imponer caprichosamente a Dios su propio parecer o exigencias, sino que sabe reconocerse pequeño ante Él, indigno incluso de recibir su favor, pero que desde esa humildad confía también en su misericordia y amor. Ha de ser paciente, perseverante en el tiempo, sin ceder al desánimo o a la tentación de pensar que Dios no escucha el grito suplicante cuando no hace lo que yo quiero, según mis modos y en el momento que yo creo oportuno.

Ante el silencio de Dios y su aparente indiferencia a nuestras súplicas recomendaba San Agustín: «si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”».

También San Bernardo alentaba de este modo a quien se pudiese sentir desanimado o desalentado cuando no es atendido como él quisiera en lo que pide: «Hermanos, ¡que ninguno de vosotros tenga en poco su oración! Porque, os lo aseguro, Aquel a quien ella se dirige, no la tiene en poca cosa; incluso antes de que ella haya salido de vuestra boca, Él la ha escrito en su libro. Sin la menor duda podemos estar seguros de que Dios nos concede lo que pedimos, aunque sea dándonos algo que Él sabe ser mucho más ventajoso para nosotros». Y aunque nos duela, hay que decir que a veces eso “más ventajoso” es la cruz, fuente de enorme bendición y fecundidad para aquel o aquella que sabe abrazarse a ella y asumirla en su vida con entereza, con valor, con generosidad y paciencia, con visión sobrenatural, con los ojos puestos en el Señor, con la confianza y esperanza de que Dios sabe sacar bienes innumerables de los peores males, de que Dios sabe forjar los corazones y sacar de ellos el amor mayor en las pruebas más difíciles. Es cuando la cruz aparece en nuestro horizonte cuando, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús, hemos de insistir en la oración y pedir a Dios que nos dé la fe, la gracia, la fortaleza, la firmeza, para saber asumir esa cruz en nuestra vida y hacer de ella una fuente de purificación y maduración espiritual para nosotros mismos, así como una fuente de vida y bendición para muchos otros.