La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- VUELVE A CAFARNAÚN. CURACIÓN DE UN PARALÍTICO

Mt 9, 1-8; Mc 2, 1-12; Lc 5, 17-26

San Juan, que nos cuenta el viaje a Jerusalén y lo que sucedió en esta ciudad, no se preocupa esta vez de hablarnos de la vuelta a Galilea. Es san Marcos quien nos dice que al cabo de unos días volvió de nuevo a Cafarnaún. La estancia en Jerusalén debió de ser muy corta. Con toda probabilidad, solo los días de la fiesta.

En cuanto se enteraron de que Jesús había vuelto, acudió gente de todas partes. Se supo que estaba en casa –en la casa de Pedro, se entiende[1]–. Y se juntaron tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio (Mc). San Marcos nos narra un suceso que tuvo lugar ese día en que la casa estaba a rebosar. El episodio está lleno de interés y de animación, como relatado por alguien que ha estado presente. Pedro describiría esta escena muchas veces en su catequesis con detalles y color, y san Marcos, su fiel escribano, así lo recogió.

De modo inesperado, cuatro hombres decididos comenzaron a abrir un agujero en el techo[2], sobre el lugar donde estaba el Señor[3]. Después descendieron lentamente a un paralítico en su camilla, y lo colocaron delante de Jesús[4]. Todos quedaron asombrados… No era para menos.

Lo que causó una honda impresión en los presentes no fue tanto el ingenio y la audacia de llevar a cabo esa empresa, sino la fe tan grande que suponía. Fe que enterneció el corazón del Maestro. Al ver Jesús la fe de ellos (de los amigos), dijo al paralítico: Hijo… Le llama hijo, indicio tal vez de que este hombre era todavía joven. Es una de las pocas veces que el Señor utiliza esta palabra.

La misericordia del Señor fue movida por la firmeza de la fe de aquellos hombres. Hijo, tus pecados te son perdonados. Estas palabras resonaron como un trueno en la casa y dejaron desconcertados a los presentes. Por una parte, el enfermo quizá se sintió al principio defraudado. ¡Tanto confiaban sus amigos en su curación! Y los escribas, gente entendida, que también escuchaban al Maestro, estaban gravemente escandalizados: ¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios? ¡No sabían que estaba delante de ellos!

Se tenían noticias de curaciones, incluso de muertos resucitados…, pero en toda la historia de Israel no había la menor señal de que un hombre, ni siquiera el Mesías, pudiera perdonar los pecados, aun el más pequeño de todos.

Jesús conoció enseguida sus pensamientos, que andaban bien descarriados. Por eso, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados; o decir, levántate, toma tu camilla y anda? Y para mostrar que el Hijo del Hombre tiene en la tierra el poder de perdonar los pecados obrará el milagro.

Los evangelistas sinópticos nos transmiten las mismas palabras. Dijo al paralítico que tomara la camilla y volviera a su casa. Esta vez no tendría necesidad de salir por el techo: la multitud le abriría paso, admirada; sus amigos bajarían enseguida de la terraza y se reunirían con él. Lo celebrarían. ¡El Señor no les había defraudado! Y todos glorificaban a Dios, que ha dado tal poder a los hombres, escribe san Mateo. Podríamos preguntarnos: ¿por qué a los hombres, en plural, si solo se trataba de uno, de Jesús?… Quizá el evangelista se refiera no solo al Señor, sino también a los apóstoles y a sus sucesores, que perdonarían los pecados en el sacramento de la Penitencia. Cuando redacta su evangelio, esto era una práctica habitual en la Iglesia.
No todo, sin embargo, eran alabanzas. Para muchos, el tema de la blasfemia

continuaba en pie, a pesar del milagro. En cierto modo, ellos tenían razón al preguntar: ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?

Jesús no quería declarar su divinidad abiertamente. Sus obras deberían proclamarla a todo hombre de buena voluntad. Mientras tanto, él se autodenominaba Hijo del hombre. Este título desaparece prácticamente después de su muerte. Con la revelación plena de su mesianismo y de su divinidad, se hace innecesario.

Jesús realiza el milagro para mostrar que el Hijo del hombre tenía todo el poder que manifiesta. Como entre velos muestra su divinidad, sin declararla expresamente con palabras.


[1] La casa de Pedro, según el resultado de recientes excavaciones, era de este modo: la entrada da a la calle principal de Cafarnaún, y tiene delante una pequeña explanada, estando esta un poco retranqueada en relación con las fachadas. La puerta daba acceso a un patio bastante amplio en forma de L de 84 m . A él se abrían media docena de habitaciones, algunas con los clásicos ventanales y con la escalera exterior para subir al tejado. Una de estas habitaciones, la mayor, la más independiente y cercana a la entrada general, fue la que, con ciertas ampliaciones y acondicionamientos, se convirtió a los pocos años en iglesia doméstica y más tarde constituyó el centro de una basílica bizantina. Dada la veneración con que ha sido tratada, es casi seguro que sería la habitación destinada a Jesús mientras vivió en la casa. Al sur del patio y de las habitaciones descritas había otro patio con nuevas habitaciones (cfr. J. GONZÁLEZ ECHEGARAY, Arqueología…, p. 85).

[2] La cubierta de las casas era frecuentemente de ramaje con tierra batida y paja, fácil de desmontar.

[3] Las noticias que nos transmiten los evangelios referentes a esta casa, preferentemente Marcos, concuerdan al detalle con lo que la arqueología ha puesto de manifiesto (cfr. J. GONZÁLEZ ECHEGARAY, Arqueología…, p. 85).

[4] Quizá todo apostolado no sea más que eso: situar a las personas delante de Jesús.