Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 15, 20b-27

Y lo conducen fuera para crucificarlo.

21Y forzaron a un cierto transeúnte, Simón de Cirene, que venía del campo, el padre de Alejandro y de Rufo, para que llevara su cruz.

22Y lo llevan al lugar llamado «Gólgota», que se traduce por «Lugar de la Calavera».
23Y le daban vino con mirra, pero no lo tomó.

24Y lo crucifican y dividen sus ropas, echando suertes sobre ellas para ver quién conseguiría qué. 25Pero era la hora tercia y lo crucificaron.

26Y había una inscripción inscrita con su acusación: «El Rey de los judíos».

27Y con él crucifican a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.

• 15, 20b-27: Al parecer, Jesús había quedado tan debilitado por su maltrato que era incapaz de llevar su cruz -o más bien el madero transversal- hasta el lugar de la ejecución, situado a corta distancia, como requiere la liturgia del castigo. Los soldados, por tanto, obligan a llevarla a un forastero que pasaba por allí, un judío llamado Simón, de la ciudad norteafricana de Cirene (15,21). Marcos lo entiende probablemente como un acto paradigmático: el discípulo cristiano debe tomar su cruz y seguir a su Señor en el camino de la crucifixión (cf. 8,34; 10,52). Así pues, Jesús está perdiendo terreno ante el poder de la muerte que avanza; en verdad, no solo no puede llevar su cruz, sino que probablemente es también incapaz de llevarse a sí mismo al lugar de la ejecución, y debe ser llevado, o arrastrado, por los soldados. El sitio al que lo llevan tiene el nombre de Lugar de la Calavera por su forma o por los huesos de los criminales allí ejecutados; en cualquiera de los dos casos la vinculación judía entre huesos e impureza le habría prestado una atmósfera de ausencia de pureza ritual; el cráneo, además, estaba especialmente relacionado con la impureza y con la fatal retribución divina por los pecados pasados.

En medio de esta escena de muerte e impureza, Jesús realiza un acto de resistencia, rechazando beber el vino con mirra que le ofrecen los soldados (15,23). Se daba a los condenados este tipo de bebida para reducir el dolor de esos momentos. El rechazo de Jesús a este tipo de alivio puede tener varias dimensiones. A nivel práctico, el vino con drogas actuaba induciendo una embriaguez extrema; Tertuliano, por ejemplo, cuenta la historia de un mártir cristiano que había sido tan «medicado» por sus amigos que en medio de un fuerte hipo solo podía eructar cuando le preguntaba el funcionario que lo examinaba, al que proclamó «Señor». Jesús pudo haberse abstenido en parte porque creyó que tal comportamiento poco digno perjudicaría la causa por la que sacrificaba su vida. Otra dimensión del rechazo puede ser soteriológica: Jesús da su vida «como rescate por muchos» (10,45), y cualquier intento de disminuir el dolor de su muerte podía ser sospechoso de traición para su misión de padecer «un sufrimiento de muerte, de modo que por la gracia de Dios pudiera probar la muerte por todos» (Heb 2,9). Otra posible dimensión es la escatológica: en la Última Cena, Jesús hizo el voto de que no bebería más «del fruto de la vid» hasta que lo bebiera de nuevo en el reinado de Dios. El rechazo puede tener también una dimensión mesiánica. Quizás, pues, una confluencia de motivos, desde el mundano al mesiánico, lleva a Jesús a rechazar la bebida paliativa que le ofrecen. Tres este rechazo, Jesús es crucificado sin más alharacas. Marcos describe este acontecimiento trascendental con una simplicidad extrema: «Y lo crucificaron» (15,24a). Así pues, a diferencia de los modernos cuadros novelísticos y cinematográficos, Marcos y los otros evangelios evitan los detalles sangrientos de la crucifixión, relatando simplemente lo que ocurrió, dejando los detalles a la imaginación del lector.

Sin embargo, a pesar de la carencia de detalles, la crucifixión está fuertemente acentuada; de hecho, el verbo «crucificar» y su compuesto «crucificar con» aparecen cinco veces (15,20.24.25.27.32), y el sustantivo «cruz» aparece tres veces (15,21.30.32). El hincapié de Marcos en la muerte cruciforme de Jesús puede tener que ver parcialmente con el hecho de que este modo de ejecución era entendido como una parodia burlesca de los ritos de la realeza, incluso fuera del cristianismo. Entronizado en el asiento real de la cruz, el crucificado era el rey de los locos; pero para Marcos, la ironía suprema era que en el caso presente este hazmerreír de «rey» estaba siendo instaurado en verdad como el monarca del universo. Tras haber sido vestido, coronado y aclamado como rey en la sección anterior, Jesús es entronizado ahora espléndidamente… en una cruz.

Tras mencionar la crucifixión de Jesús, Marcos se apresura a describir el reparto de sus vestiduras (15,24b), un procedimiento al que dedica cuatro veces más palabras que a la crucifixión en sí. Esta distribución tenía cierta importancia para los verdugos, ya que la ropa era (y es) cara en las sociedades preindustriales, y en el mundo grecorromano se trataba a menudo de la pertenencia más valiosa que una persona poseía. Marcos destaca el oportunismo de los soldados romanos y la insensible indiferencia al destino de su víctima añadiendo las palabras «para ver quién conseguiría qué» (un eco del Sal 22,18). Este despojamiento es especialmente horrible para los judíos, que tenían horror a la desnudez. No es sorprendente, por tanto, que en el Sal 22,18, el pasaje el AT citado por Mc 15,24b, tras la referencia a la división y sorteo de la ropa siga inmediatamente la mención de cómo los enemigos de la víctima se regodean a su costa; el salmo acentúa así el sentido de la víctima de estar desnudo y expuesto a la mirada hostil de los enemigos. Es esta solo la primera de las varias alusiones al Salmo 22 en las escenas de la crucifixión y muerte en el evangelio, y al parecer Marcos espera que sus lectores las reconozcan como un eco bíblico; a la vez que el evangelista destaca la vergüenza de la experiencia de la crucifixión de Jesús, también da a entender que ha sido profetizado en las Escrituras y es parte del plan divino.

Esta idea se refuerza por la referencia al momento de la crucifixión como la hora tercia, es decir, las nueve de la mañana (15,25): la primera de las tres noticias temporales se produce en las escenas de la crucifixión y muerte; las otras dos son la alusión a la oscuridad cósmica que desciende a la hora sexta (15,33), y el grito de abandono de Jesús en la hora nona (15,34). Las tres son acontecimientos «negativos» que podrían dejar la impresión de que una catástrofe cósmica está en camino; pero la progresión ordenada de las horas, tercia, sexta, nona, como la serie de sietes en el libro del Apocalipsis, da a entender que esta época oscura está, sin embargo, bajo el firme control de un Dios omnipotente. El mundo no se ha escapado de la divina superintendencia, porque para Marcos la muerte de Jesús es parte inseparable de la manifestación de la realeza de Jesús y de Dios. La sección presente, en consecuencia, concluye con dos detalles que acentúan el tema real: la inscripción en la cruz de Jesús (15,26) y la descripción de su crucifixión entre dos bandidos «uno a su derecha y otro a su izquierda» (15,27).

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