Homilía – Domingo XXXI de Tiempo Ordinario

1.- La ley convertida en un tropiezo (Mal 1, 14b-2, 2b.8-l0)

Puestos para guiar, los sacerdotes se convierten en tropiezo. Acusación de Malaquías de una dureza implacable. A los sacerdotes de Jerusalén les falta obediencia y disponibilidad ante el nombre del Señor. Recibirán de Él la maldición.

Los guías se han apartado del camino; los acompañantes hacen tropezar a muchos; los custodios de la alianza, la invalidan… ¡Sombrío panorama! Los pecados de los sacerdotes se resumen en «no haber guardado mi caminos». Pero se destaca uno de ellos: «Os fijáis en las personas al aplicar la Ley». La injusta acepción de personas que tanto sufrimiento y dolor causó siempre en los humildes.

Y es que, con la acepción de personas, se ofende al P de todos. La pregunta retórica de Dios a estos parciales sacerdotes es convincente y tierna: «¿No tenemos todos a un mismo Padre?». Ya apuntaba Malaquías a la común filiación para urgir fraternidad. La imagen y semejanza impresas por el Creador a todos nos alcanza, sin exclusiones parciales: «¿No nos creó el mismo Señor?»

Y la impresionante implicación de Dios en las ofensa al prójimo. Es el mismo nombre de Dios el que queda profanado, «cuando un hombre despoja a su prójimo».

 

2.- El rostro materno de la acción pastoral (1Tes2, 7b-9.13)

Desahogo personal de Pablo con la Iglesia de Tesalónica… Un desahogo realizado con exquisita ternura. Los ha tratado, en efecto, «como una madre cuida de sus hijos». Un «oficio materno» que subraya toda la fuerza oblativa del cariño. Él es el motor de una entrega sin reservas. Era un cariño tan grande, «que deseábamos entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas» (¡qué diferencias con «los guías» de la primera lectura).

Y es un cariño acreditado por las obras: los trabajos Evangelio. A los esfuerzos y fatigas, añade Pablo el gesto de la gratuidad: «Trabajando día y noche, para no serle gravoso a nadie».

El cariño es recíproco. Pablo ve recompensado su trabajo por una respuesta generosa por parte de los tesalonicenses «que le habían ganado su amor».

La respuesta tiene que ver con la acogida de la Palabra. En medio de tanto y tan fiel recíproco cariño, la acogida no se refiere a la palabra de Pablo («no la acogisteis como palabra de hombre»), sino a la misma palabra de Dios (la acogisteis, «tal cual es en verdad, como palabra de Dios»).

El recíproco cariño entre Pablo y la comunidad encuentra una referencia última: «La palabra de Dios que permanece operante en vosotros, los creyentes»… Una Palabra que es más grande que Pablo y que la comunidad de Tesalónica.

 

3.- La ley convertida en fardo (Mt 23, 1-12)

No es menos dura la denuncia de Jesús contra los líderes, comparada con la de Malaquías (primera lectura). Ambas tienen en común una queja. Ponen ambas en el punto de su mira a aquellos que agobian a los demás con cumplimiento de leyes, quedándose ellos al margen: «Dicen, pero no hacen». Estos no se merecen la escucha: «Porque no hacen lo que dicen». «No hagan lo que ellos hacen».

Son muchos los motivos de la queja de Jesús: imponen a otros las cargas que ellos mismos no están dispuestos a llevar; obran por ostentación: «Para que los vea la gente»; les gusta hacer las cosas con boato y son ambiciosos a la hora de escoger los puestos: «Les gustan los primeros puestos en los banquetes y los puestos de honor en las sinagogas»; disfrutan con que otros se humillen ante ellos: «Que les hagan reverencias por las calles y que la gente los llame «maestros»».

No deben de ser nunca así los líderes cristianos. Su calidad es de hermanos y no de padres ni jefes… Del propio Jesús han aprendido la norma: «El primero entre vosotros sea vuestro servidor». Podemos rogar con nuestro soneto: «Guarda mi alma, Señor, de la arrogancia,/ de la ambición mezquina y traicionera;/ que la unción, entendida a tu manera,/ me aleje del boato y la jactancia».

Predicar y dar trigo

Guarda mi alma, Señor, de la arrogancia,
de la ambición mezquina y traicionera;
que la unción, entendida a tu manera,
me aleje del boato y la jactancia.

Ayúdame en cualquiera circunstancia
a henchir de su presencia cada espera,
a encender con tu luz cada ceguera
y aliviar la escasez con tu abundancia.

Que al decir con rigor el Padrenuestro,
te aclame como el jefe y el maestro,
situado al nivel de mis hermanos.

Que en senda abrupta o en jornada larga
ayude a todos a llevar su carga
hasta dejar sus vidas en tus manos…

Pedro Jaramillo