La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

5.- EL CENTURIÓN DE CAFARNAÚN

Mt 8, 5-13; Lc 7, 1-10

Jesús descendió de la montaña en que había predicado el gran sermón y se dirigió a Cafarnaún, su ciudad (Mt), donde ya había fijado su residencia. Le acompañaban sus discípulos y una buena parte de la multitud que había oído sus enseñanzas. Tenía ya la intención de ponerse en camino hacia la ciudad santa, pero antes tendrá lugar un suceso singular.

Vivía en Cafarnaún un centurión que tenía un siervo muy estimado; este se encontraba próximo a la muerte. San Lucas difiere ligeramente de Mateo en este relato y cuenta algunos pormenores de lo ocurrido aquel día; parece tener informaciones personales muy precisas y se preocupa con cuidado del suceso.

Este oficial era un centurión romano destacado en Cafarnaún a la cabeza de un puesto de vigilancia. Tenía a sus órdenes una compañía, que se componía de un número de entre sesenta y cien soldados. Ciertamente, era pagano. Parecía un hombre de buena sociedad, adinerado (había construido la sinagoga), muy humanitario con sus subordinados. Vivía en buenas relaciones con los judíos y estaba atraído sin duda por su religión. Manifiesta ahora gran estima por Jesús, en quien ve un poder lleno de misterio y de majestad. Le impresionaba su dignidad. En todo caso, el oficial romano tenía el sentido de la jerarquía, y ante Jesús se muestra como un modesto soldado que recibe a su superior. Había oído hablar mucho del Señor –no se hablaba en Cafarnaún de otra cosa–, y le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. San Mateo nos dice que estaba paralítico y que sufría dolores muy fuertes. Los ancianos, que eran en realidad las personas relevantes de la ciudad, cumplieron bien su oficio de intermediarios. Rogaban encarecidamente a Jesús, y le decían: Merece que le hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga[1]. Era una buena recomendación.
El Señor se encaminó hacia la casa del oficial romano. Este se enteró de que el Maestro se dirigía hacia allí y estaba ya próximo a su casa. Entonces, abrumado por tal favor, envió una nueva embajada[2] para que le dijeran: Señor, no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de venir a ti; pero di una palabra y mi criado quedará sano[3].

El centurión manifiesta con toda sencillez su fe en el poder de Jesús. De la misma manera que él da órdenes a sus subordinados y obedecen inmediatamente, cuánto más no va a obedecer la enfermedad al imperio de Jesús, aun de lejos[4].

Cuando el Señor oyó estas palabras, quedó admirado de la fe y de la humildad de este hombre y, vuelto a las muchas gentes que le seguían, dijo[5]: Os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y añadió: Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.

Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado (Mt).

Hemos de suponer que después de Pentecostés este centurión sería uno de aquellos primeros gentiles que recibieron el Bautismo, y se mantendría fiel al Maestro hasta el fin de sus días[6]. Y con él, toda su casa.


[1] Las excavaciones han sacado a la luz una sinagoga del siglo IV. Descansa sobre un edificio más antiguo que, con bastante probabilidad, responde a la que edificó el centurión.

[2] Quizá también quiera evitar a Jesús una situación incómoda, pues, según la mentalidad de la época, la entrada en la casa de un gentil llevaba consigo contraer una impureza legal que duraba una semana (cfr. Jn 18, 28; Hch 11, 2-3).

[3] Estas palabras están recogidas en parte en la liturgia de la Misa desde muy antiguo, y han servido para la preparación inmediata de la Comunión a los cristianos de todos los tiempos: Domine, non sum dignusSeñor, no soy digno de que entres en mi casa

[4] Este oficial, aun siendo pagano, pide a través de sus amigos con profunda humildad. Esta virtud es camino para la fe, lo mismo para recibirla que para avivarla. Enseña san Agustín que, en el camino que Dios ha señalado para conseguir la verdad, «el primer paso es la humildad; el segundo, la humildad; el tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes –escribe el Santo–, te diré siempre lo mismo» (Cartas, 118, 22).

[5] Comenta el mismo san Agustín que fue la humildad «la puerta por donde entró el Señor a tomar posesión del que ya poseía» (Sermón 6).

[6] El centurión quedó doblemente unido al sacramento de la Eucaristía: por las palabras que el sacerdote y los fieles pronuncian antes de comulgar en la Misa, que están inspiradas en sus palabras, y porque fue precisamente en la sinagoga de Cafarnaún, que él había construido, donde Jesús dijo por primera vez que debíamos alimentarnos de su Cuerpo para tener vida en nosotros: Este es el pan que ha bajado del cielo (…). Quien come este pan vivirá eternamente. Y precisa san Juan: Esto dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún (Jn 6, 58-59).