La Anunciación

1.- Hay que advertir sobre una cuestión. Los pintores buenos pintan bien, los que son malos, lo hacen mal. No es esto lo que importa hoy. Lo que preocupa es que muchas veces se inventan las cosas a su manera, y las escenas que pintan no corresponden a la realidad. Hay que olvidarse de habitaciones elegantes y vestidos de fantasía. La escena del evangelio de hoy está enmarcada en una casita pegada a la ladera de una colina, todavía hoy se conserva la parte que se adentraba formando una cueva y que servía para dormir. Los protagonistas están en la estancia exterior, sin otros componentes que un pequeño horno adosado al muro y un sencillo agujero, donde atan el borrico. Los personajes visten de una manera muy sencilla. Ella es una chica que tendrá poco más de 12 años, aunque aparenta ser una joven actual de 20. Él es un joven de una edad indeterminada, de buena presencia, pero sin sobresalir en nada.

Quien saluda, nada más entrar en la estancia, es él. Pero antes de explicar lo que se dicen hay que dar algunas explicaciones. En los tiempos del evangelio la vida de los jóvenes transcurría de una manera diferente a la de los de hoy. No existía lo que llamamos adolescencia, esa etapa en que las chicas tontean, usan mucho el móvil, se ríen y miran de reojo, la “edad del pavo”. En aquel tiempo, de la niñez un poco larga, se pasaba de inmediato a la juventud. Aunque parezca extraño lo que voy a decir, no hay que ocultarlo. Las chicas y los chicos no se enamoraban, tampoco ellas, ni la mayor parte de ellos, iban a la escuela. Los padres se preocupaban de enseñar a sus hijos a amar y a ser fieles al amor, de aquí que cuando una chica llegaba a la pubertad sus padres se preocupaban de buscarle un marido, como ahora le buscan un buen colegio. Se encontraban las familias, hacían proyectos para el futuro y en esto consistía el matrimonio. La boda vendría algo más tarde. Un tal proceder daba buenos resultados, es decir felicidad a ambos. En esta situación estamos y ahora la narración va muy en serio.

2.- Había en Nazaret una chica llamada Maria, un día se encontró con un joven que inmediatamente se dio cuenta de que era un enviado de Dios, lo que nosotros llamamos un ángel. Explican por aquellas tierras, que esto le ocurrió cuando estaba en la fuente y que ella se asustó un poco, o le dio vergüenza hablar con él y se fue a su cercana casa. Al entrar observó que la había seguido y que quería hablar con ella. Lo que va a continuación ya es seguro, está en el evangelio. Como la saludó con amabilidad no le dio miedo, pero si que se azaró un poco, sobre todo cuando empezó a hablarle diciéndole de parte del Señor palabras muy bonitas, que ella no había escuchado nunca. El ángel le dijo que era muy atractiva a los ojos del Altísimo, que estaba llena de bondad y que le proponía de su parte ser la madre de un niño muy importante, que sería santo e hijo de Dios.

3.- Ella era incapaz de entender estas cosas, le costaba, como a todos nos cuesta, creer y aceptar los planes de Dios. Preguntó humildemente y amablemente le respondió el ángel. Continuaba sin entender, pero se dio cuenta de que no era necesario. Era suficiente saber que Dios le pedía una cosa para que ella, que no se sentía otra cosa que una criada suya, dijese que sí y punto. Pasase lo que fuera después. Sin poner condiciones ni dejarlo para otro día, aunque le resultase un poco incomodo.

Y en este momento empezó su gran aventura. La suya y la nuestra, pues, al decir que sí a Dios, empezó a existir en su seno el que sería nuestro salvador, nuestro socorrista, nuestro redentor. La aceptación de los proyectos divinos por parte de esta jovencita tan modesta, cambió la historia de la humanidad. Y es que, no lo olvidéis: lo importante es decir sí a Dios, cada uno a su manera.

Pedrojosé Ynaraja

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