Transfiguración

1.- “Y aconteció que después de esto quiso Dios probar a Abrahán, y le llamó…» (Gn 22, 1) Abrahán, Abrahán –llamó Dios con su voz de mil aguas–. Y el patriarca respondió: Heme aquí. Dios y el hombre en diálogo, lo trascendente con lo intrascendente. Y el mandato divino resonó terrible. Toma ahora a tu hijo, al que tú amas, a Isaac, y ve a la región de Moriáh, y allí lo ofrecerás en holocausto… A Isaac, al hijo deseado y esperado durante tanto tiempo, al que tenía en su mirada la luz expresiva de la esposa amada, la bella Sara. Hacer de él un holocausto, un sacrificio total. Matarlo y después quemarlo, lo mismo que hacían los cananeos ante el dios Moloc. Sacrificio doloroso e inapelable. Haberle dado un hijo cuando todas sus esperanzas estaban perdidas, y ahora pedírselo para un sacrificio tan brutal y tan cruel.

Sin embargo, el patriarca emprendió el largo camino hacia la cumbre, por una vereda tortuosa y empinada. El anciano siguió su ruta, apoyado por última vez en su hijo querido. Padre mío, dice el muchacho, dónde está la víctima. Abrahán, con el alma rota, responde: Dios proveerá… Dios mío, también hoy puedes pedir un sacrificio semejante, la entrega total e irrecuperable de un hijo, o de lo que vale tanto como un hijo. Hay que responder como Abrahán, “heme aquí”, y seguir los planes divinos con espíritu de fe. Y cuando toda parezca perdido, cuando no comprendamos nada y se nos cierre el horizonte, decir entonces: Dios proveerá.

«Y le dijo: Juro por mi mismo, palabra de Yahvé…» (Gn 22, 16) Dios no se deja ganar en generosidad. Sus palabras no están vacías como las de los grandes -qué pequeños siempre- de la tierra. Sus palabras están llenas, dicen y hacen, son palabras sustantivas, eficaces. Abrahán estuvo a punto de sacrificar a su hijo único. Por eso el Señor le repite la promesa, una descendencia numerosa como las estrellas de los cielos y como las arenas del mar, un sin fin de hijos a cambio de uno que no llegó a sacrificar.

Son las matemáticas de Dios. Por un poco que le demos (de lo mismo que él nos da), nos devuelve multiplicado por mil, y por más, ese poco que le entregamos… Pero no acabamos de creerlo. Y regateamos la entrega. A lo más prometemos dar algo, si antes recibimos eso que deseamos. «Do ut des», te doy para que me des. Así nos portamos con el Señor, como si fuera un charrán cualquiera.

Rompe, Señor, la exactitud de nuestras matemáticas raquíticas, pobres; estos teoremas y axiomas de los que no logramos desprendernos. Queremos no tener medida en el amor a ti, ni ser roñosos, ni seguir apegados una moral estricta, sin comprender que hemos de actuar no por el mero cumplimiento, sino por que amamos a Dios y no queremos ofenderle.

2.- “Caminaré en presencia del Señor…» (Sal 115, 9) Qué buen propósito es este que pone hoy, en nuestros labios y en nuestro corazón, el poeta sagrado: «Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida…. Sí, es sumamente importante vivir siempre en presencia de Dios, darnos cuenta de que estamos delante de él, actualizar nuestra fe en su omnipresencia a través de actos repetidos a lo largo del día. Podemos estar bien seguros: el Señor nos ve en cada momento, vayamos donde vayamos, nos ocultemos donde nos ocultemos. Ante la clarividente y amorosa mirada de Dios nuestro Padre, siempre estamos al descubierto.

La primera consecuencia que se desprende de esta realidad, es que siempre hemos de comportarnos dignamente, con mucha más corrección y delicadeza que delante del más grande personaje que podamos imaginar. Aunque nadie nos vea, Dios nos está viendo. No nos vale pensar: ahora que nadie se da cuenta, o estoy solo y aprovecharé la ocasión para hacer lo que no me atrevería a realizar, si alguien me viera. No, nunca estamos solos, nunca estamos escondidos, nunca podemos ampararnos en la sombra. Procuremos ser conscientes de que Dios nos ve. Vivir, pues, de tal modo, que nunca tengamos que avergonzarnos de nuestros actos.

«Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo…» (Sal 115, 18) Es lo más importante de nuestra vida aquí abajo: caminar siempre en presencia de Dios, vivir siempre preocupados por agradarle sólo a él, buscar sólo su aplauso y su beneplácito. Por eso hemos de acostumbrarnos a actualizar con frecuencia su presencia, su cercanía entrañable muy junto a nosotros, y decirle que le queremos, que nos perdone, que nos ayude, que muchas gracias, que nos ilumine, que nos haga generosos, serviciales para con todos; y de nuevo que muchas gracias… Vivir cara a Dios, eso ha de ser lo primero. Pero tengamos presente que eso no basta. Además, hay que tener en cuenta que los hombres, nuestros hermanos, también están presentes y nos ven, se fijan en nuestro proceder, se dejan quizás arrastrar por nuestro ejemplo. Por eso hay que ser bueno y parecerlo. Nos lo dijo Jesús: Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, que viendo vuestras obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos… Ojalá comprendamos todo esto y luchemos por vivir en presencia de Dios y de los hombres. Persuadidos, repito, de que jamás estamos solos, convencidos de que nuestros actos nunca quedan aislados, ya que siempre tienen una repercusión, para bien o para mal, en cuantos nos rodean.

3.- «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8, 31) Es como un desafío, un reto audaz que San Pablo lanza a la cara de sus enemigos. Un grito de guerra, un grito de victoria. «¿Quién nos separará del amor de Cristo? -se pregunta-. ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada…?».

Pablo es consciente de las dificultades que hay en su vida, de las persecuciones que sufre, de las calumnias que han propagado contra él, de la incomprensión de los que podían y debían haberle comprendido. Él sabe que hay muchos que desean su muerte, está seguro de que terminará sus días en la cárcel, condenado injustamente a muerte, a una muerte violenta, al martirio.

Y sin embargo, se siente seguro, tranquilo, sereno, decidido, audaz, contento, feliz. Él sabe que vive entregado a la muerte cada día, todo el día, como oveja de degüello. Pero él dice: «En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó. Porque persuadido estoy de que ni la muerte, ni la vida, ni poder alguno por grande que sea, podrá separarnos del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en Cristo Jesús».

«El que no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros…» (Rm 8, 32) Ahí está la clave de ese optimismo desaforado. Haber creído en clamor de Dios, este es el secreto de esa esperanza siempre viva, de esa audacia sin límites, de esa personalidad arrolladora. Dios nos amó hasta el extremo del amor. Lo dijo Jesús: «Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado». Y Dios entregó su vida por los hombres. El Padre Eterno no escuchó la súplica del Hijo que pedía, con lágrimas y sudor de sangre, que pasara aquel terrible cáliz, aquella dolorosa pasión. Y el Hijo aceptó los planes del Padre y caminó decidido, sin resistencia alguna, hacia el tormento supremo del abandono y del dolor.

Ante estos hechos, ¿cómo podemos permanecer insensibles, cómo podemos caminar de espaldas a Dios, cómo podemos vivir una vida tan mediocre y aburguesada, cómo podemos olvidar a quien tanto nos ama? No hay respuesta adecuada. Sólo cabría decir que somos unos pobres miserables, indignos de tanto amor. Y si al menos dijéramos eso, si al menos sintiéramos un poco de dolor de amor, si al menos derramáramos alguna lágrima de arrepentimiento…

4.- «Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan…» (Mc 9, 1) Jesús se retira con los más íntimos a la montaña. Lo más probable es que se tratara del monte Tabor, alta colina que destaca en las planicies de Galilea, atalaya desde la que se divisa a lo lejos el reflejo azul del lago de Genesaret y el verde valle de Yiztreel. Las cumbres, esto lo saben bien los montañeros, invitan a la contemplación: Allí el espíritu se eleva y Dios parece estar más cerca. Es lugar propicio para la oración, para comunicarse con el Creador, esplendente en la altura, visible casi en la grandeza majestuosa de los hondos abismos y de las escarpadas rocas.

La grandiosidad de la cima del Tabor se llenó con la luz que Cristo irradiaba. Toda la gloria que se ocultaba tras los velos de la humanidad se dejó ver por unos instantes. Fue tanto el resplandor de aquella transformación que los apóstoles quedaron extasiados, como fuera de sí, sin saber con certeza lo que pasaba. Un gozo inefable les colmaba por dentro, y a Pedro sólo se le ocurre decir que allí se estaba muy bien, y que lo mejor era hacer tres tiendas. Y no moverse de aquel lugar. Estaban en la antesala del Cielo, recibían una primicia de la visión beatífica. El recuerdo de aquello es siempre un estímulo para los momentos oscuros, cuando la esperanza haya muerto y necesitemos que florezca de nuevo.

Moisés y Elías acompañaban a Jesús glorioso y hablaban acerca de su pasión, muerte y resurrección. Un juego de luces y sombras hacía entrever el duro combate que el Rey mesiánico había de librar, y también su gran victoria sobre la muerte y el dolor, su definitivo triunfo que alcanzaría a quienes siguieran sus pisadas de sangre y de luz… La voz del Padre resuena desde la nube: Este es mi Hijo amado, escuchadle. El Amado, el Unigénito, la impronta radiante del Padre Eterno. Con razón se admiraba San Juan del grande amor que Dios tiene al mundo, cuando por él entregó a su mismo Hijo, aún sabiendo que lo clavarían en la Cruz. Pero aquella fue la inmolación que nos trajo la salvación y remisión de nuestros pecados.

Cómo no escuchar la voz de quien tanto nos amó, atender las palabras de quien murió por salvarnos. Oír su doctrina luminosa, hacerla vida de nuestra vida. Subir a la montaña escarpada de nuestros deberes de cada día, grandes o pequeños; escalar con ilusión los riscos de cada hora, con la esperanza cierta de llegar a la cumbre y contemplar extasiados la gloria del Señor.

Antonio García Moreno