Comentario – Domingo II de Cuaresma

(Mc 9, 2-10)

En este episodio de la Transfiguración de Jesús, el Padre confirma su misión presentándolo como su Hijo querido e invitando a escucharlo. Por un instante los tres apóstoles alcanzan a vislumbrar el misterio trascendente de Jesús, por un instante se abre el cielo, y se nos recuerda la gloria de la primera alianza en el Sinaí (Éx 24, 9-18). Pero aquí Moisés, junto con el profeta Elías, está simplemente acompañando a Jesús, el Hijo querido. Ellos sólo están representando al Antiguo Testamento que da paso al misterio del Mesías, la gloria del que viene a cumplir las expectativas del pueblo de la primera Alianza.

Los apóstoles quieren prolongar esa maravillosa experiencia, pero deben bajar de la montaña y caminar con Jesús hacia la pasión, porque lo más importante todavía ano ha sucedido. Seguramente, a partir de esa experiencia mirarían a Jesús con otros ojos, percibiendo que detrás de la sencillez de su humanidad terrena, se escondía la majestuosidad de la gloria, la hermosura radiante que ellos por un instante alcanzaron a vislumbrar.

Cuando tenemos una experiencia maravillosa en la cima del monte nos cuesta bajar a la fiebre de la ciudad; pero allí, en medio de las preocupaciones y tensiones de la vida cotidiana, nos basta recordar que existe la paz de la cima de los montes; esa paz existe, aunque ahora nosotros estemos inmersos en las preocupaciones y angustias de la vida cotidiana.

Nosotros muchas veces tenemos experiencias maravillosas de encuentro con el Señor, y quisiéramos prolongarlas, pero él no llama a bajar de esa montaña para hacer un camino de servicio y de entrega generosa. También es cierto que muchas veces, en medio de las pruebas, el solo recuerdo de esas hermosas experiencias de belleza y de amor nos da fuerzas para seguir adelante.

Es importante tener en cuenta que el Padre Dios nos pide en este texto que escuchemos a Jesús. Jesús, que nos ha revelado la verdad, necesita un oído atento, un corazón abierto para escucharlo.

Oración:

“Te doy gracias Señor por los signos de tu gloria que me regalas en medio de las asperezas de esta vida. Pero no dejes que me evada en las experiencias bellas y dame la fortaleza y la luz para bajar de la montaña con el deseo de entregar mi vida”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día