La misa del domingo

Voces de protesta se alzan en el desierto. Es Israel que clama por no tener nada para comer, enfrentando una situación terriblemente angustiosa (1ª. lectura). En medio de esta experiencia límite, ¿no es acaso muy comprensible la queja? “¿Qué clase de Dios es éste, que con mano poderosa rescata a su pueblo de la opresión de Egipto para luego hacerlo morir de hambre en el desierto? ¿No es un Dios cruel, que lleva a sus hijos a un lugar inhóspito para abandonarlos luego a su suerte? Es verdad que no sólo de pan vive el hombre (ver Dt 8,3), ¿pero puede vivir sin pan? ¡Mejor estábamos en Egipto!” En medio de la desesperación, ¿cómo no elevar una voz de protesta a Dios por aquella situación desesperante y dramática? En medio de su angustia Israel se rebela frente a Dios y sus planes, desconfía, duda del amor de Dios y de sus promesas. Aún cuando el Señor asegure a su pueblo: «Los he amado», ellos responden: «¿En qué nos has amado?» (Mal 1,2).

Ante la rebeldía y desconfianza de su pueblo, Dios responde: «Yo haré llover pan del cielo». En cumplimiento de su promesa, Dios hizo aparecer «en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha». Ante el desconcierto de los israelitas que se preguntaban qué era aquello, Moisés les dijo: «Es el pan que el Señor les da como alimento».

Haciendo llover sobre ellos este pan del cielo Dios no sólo respondía a sus necesidades alimenticias. Aquél maná quería prefigurar, dentro de los sabios designios divinos, otro Pan del Cielo que Dios daría en el futuro a su pueblo. Los contemporáneos de Jesús estaban convencidos de que en los tiempos mesiánicos descendería de los cielos un nuevo maná. Se pensaba que así como por intercesión de Moisés Dios había hecho descender aquél maná del cielo, también el Mesías obraría en su tiempo una señal semejante. De allí que en un primer momento, arrebatados al ver el espectacular signo que había realizado al multiplicar los pocos panes y peces para alimentar a tan inmensa multitud, concluyeron sin más: «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo» (Jn 6,15). Era para ellos la señal esperada para identificar al Rey-Mesías prometido.

Cuando luego de embarcarse la multitud lo vuelve a encontrar en otro lado, el Señor les echa en cara: «no me buscan por los signos que vieron, sino porque comieron pan hasta saciarse». Es decir, sólo les interesa el pan, sólo les interesa el beneficio, pero no han sabido interpretar realmente aquel milagro, no lo buscan por ser Él quien es, el signo no les ha llevado a creer y confiar en Él. Por ello invita a sus oyentes a trascender la materialidad del milagro para esforzarse «no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (Jn 6,26-27). El pan de cada día, aunque importante, no es finalmente lo esencial. Más importante que aquel pan material es el misterioso pan que “permanece para la vida eterna”, pan que Él dará. ¿De qué pan se trataba? ¿Qué pan sería ése?

El diálogo prosigue y le preguntan: ¿Qué tienen que hacer «para obrar las obras de Dios», de tal modo que merezcan alcanzar ese pan? La respuesta del Señor es desconcertante. No proclama un elenco de obras de justicia, de piedad o caridad que deben realizar, sino que “la obra” que deben realizar es «que crean en quien Él ha enviado». Esta “obra” antecede a todas las demás, es su fundamento y sustento. No se trata evidentemente tan sólo de un decir “creo en Jesús”, sino de una fe que porque cree y confía en Él hace todo lo que Él dice o enseña, tanto de palabra como con su ejemplo (ver Jn 2,5).

El Señor Jesús pedía una entrega y adhesión total a su persona. Ni Moisés, ni profeta alguno, habían exigido jamás semejante cosa. ¿Con qué autoridad podía requerir tal adhesión, aduciendo además que Dios mismo era quien les pedía esta “obra”? Para que no fuese tan sólo una soberbia pretensión, ¿no debía sustentar su petición con algún signo contundente que lo acreditase como un enviado divino? No bastaba ya la anterior multiplicación de panes, dado que Jesús pretendía ser más que Moisés. ¿No era prudente pedir un signo que lo acreditase? ¿Cómo creer en Él con tan sólo pedirlo? Así pues, juzgaron que era necesario que mostrase un signo proporcionado a sus demandas: ¿Qué señal o milagro haces «para que creamos en ti»? En seguida hacen referencia al pan del cielo que sus antepasados comieron a lo largo de cuarenta años en el desierto. ¿Podía Él superar aquel milagro, de modo que pudiesen aceptar que Él era más que Moisés, más que cualquier otro profeta, para “creer en Él”?

Como respuesta el Señor Jesús les ofrece un signo muy superior a una repetición del milagro del maná, les ofrece un alimento de otro tipo, les ofrece el «verdadero pan del Cielo» que Dios da «para la vida del mundo».

Ante el pedido explícito de los oyentes de que les dé siempre ese pan, el Señor no hace sino revelarse a sí mismo como ese misterioso Pan afirmando solemnemente: «Yo soy el pan de vida». Y con la misma solemnidad añade: «El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».

En adelante el Señor Jesús explica a los presentes que si el maná era el signo que Dios había dado al pueblo hambriento de Israel en medio del desierto, signo de su amor y providencia constante, éste no era sino el anticipo y figura de otro “Pan” que superaría ampliamente al primero, pan que será fuerza para el pueblo que camina en medio de las pruebas y dificultades de la vida, pan que nutre y sustentará al creyente, pan que lo hará ya partícipe de la vida eterna: «el maná del desierto prefiguraba la Eucaristía, “el verdadero Pan del Cielo”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). Este Pan es Cristo mismo, Dios que ante el sufrimiento del pueblo, ante las pruebas, ante las dificultades de la vida cotidiana, no deja de recordarle: «yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¡Cuánto protestamos contra el Cielo cuando no podemos comprender, especialmente cuando el dolor, la angustia o desesperanza invaden nuestros corazones, por qué si somos hijos de un Dios amoroso, omnipotente y todopoderoso, Él permite situaciones tan terribles e insufribles! Y es que cuando el sufrimiento, ya sea físico, moral, sicológico o espiritual se hace insoportable, cuando “no hay nada que comer” y la vida se convierte en un luchar cada día simplemente para sobrevivir, cuando la difícil situación económica o graves problemas no hacen sino inducir a la extrema desesperanza, o cuando en medio de alguna incurable enfermedad y sin poder evadir la agonía se espera ya solamente la muerte, ¿quién no se siente con el “derecho” a protestar contra Dios clamando: “por qué me has abandonado”? “Si eres un Padre amoroso, ¿por qué nos tratas así? ¿Por qué permites que el mal y la injusticia me golpeen, golpeen a mi familia, a mis seres queridos, al niño inocente? ¿Por qué callas? ¿Por qué no actúas?” Y si es cierto que Él nos ha dado la existencia, que para muchos se vuelve no sólo un desierto baldío sino incluso un infierno, ¿por qué no pedir un signo para poder aferrarse a Él y tener en Dios una esperanza cierta? ¿«Qué señal haces para que viéndola creamos en ti»? (Jn 6, 30) “¿Por qué no actúas, para poder confiar en ti y tener la seguridad de que nos amas?”

Frente a la actitud rebelde del hombre, sea la del pueblo de Israel o sea la de cada uno de nosotros, frente a esa constante necedad por la que quiere responsabilizar a Dios de toda miseria que oprime al hombre, Dios definitivamente se ha inclinado «hacia el hombre y todo lo que el hombre —de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos— llama su infeliz destino. La cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre (…). El hecho de que Cristo “ha resucitado al tercer día” constituye el signo final… que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal» (S.S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 8).

Así pues, en su Hijo Unigénito, Dios nos ha dado una elocuente “señal” que nos invita a confiar en su amor y misericordia. Sí, el máximo “signo” del amor eterno de Dios para con el hombre, el máximo signo de que no nos olvida ni abandona en la prueba, en el dolor o sufrimiento, es Jesucristo. Él se ha presentado ante toda criatura humana como el signo que Dios hace. Él es el mayor signo que jamás haya realizado Dios en su inefable misericordia para con el hombre, Él es la inclinación más profunda de la divinidad hacia la humanidad caída, Él quien «nos hace entrar en el misterio y nos hace descubrir el “por qué” del sufrimiento», en cuanto que nos hace capaces de comprender la sublimidad del amor divino, siendo este Amor «la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta respuesta ha sido dada por Dios al hombre en la Cruz de Jesucristo» (S.S. Juan Pablo II, Salvifici doloris, 13).

El Señor Jesús nos invita también a nosotros a confiar en Él, a confiar en su Padre que lo ha enviado, y lo ha enviado como el verdadero Pan del Cielo que ha venido a traer la vida al mundo, que ha venido a reconciliar a la humanidad entera, que ha venido a invitarnos a superar la mirada miope de aquel que sólo se preocupa por el “pan material”, que sólo busca a Cristo “por los milagros que hace”, para comprender que nuestra vida no termina acá, que nuestra vida tan pasajera en este mundo se proyecta a la eternidad con Dios, que la vida presente no es sino como un peregrinar por el desierto hasta que alcancemos —si creemos en Él y hacemos lo que Él nos pide— la tierra prometida, y que en ese caminar por el desierto, contamos con este Pan que es Cristo mismo, con este Pan que es garantía de eternidad, con este Pan que nos nutre y fortalece con la gracia divina para poder sobrellevar los momentos más duros y difíciles de la existencia, con la esperanza de que quien permanece fiel al Señor y se sostiene en Él podrá entrar al final de sus días a la tierra prometida, podrá participar de la eterna Comunión con Dios, podrá estar con Dios y con quienes son de Dios en aquel lugar en el que ya no habrá nunca más ni llanto, ni dolor, ni luto, ni muerte.

Quienes creemos en Dios y creemos en el Señor Jesús, hemos de estar convencidos de que el maná del desierto prefiguraba “el verdadero Pan del Cielo”, que es Cristo, que es Cristo en la Eucaristía (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1094). En la Eucaristía se realiza aquello que el Señor reveló y prometió solemnemente: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6, 51).

¿Podrá haber un mayor signo del amor de Dios para con nosotros que este “Pan bajado del cielo” que se nos da como comida mientras avanzamos al encuentro pleno con Él? Éste es el verdadero Pan del Cielo que al ser partido en el Altar de la Cruz se multiplica con tanta abundancia que día a día alimenta en su peregrinar a la inmensa multitud de los miembros del Pueblo de Dios. Ante un amor tan insólito, cómo no exclamar también nosotros con profunda admiración y sobrecogimiento: “¿Qué es esto?” (en hebreo “man-hu”, de donde procede la palabra “maná”) ¿Puede haber un amor más grande que el de Dios nuestro Padre, quien luego de entregarnos a su Hijo amado en el Altar de la Cruz, nos lo sigue entregando en el Banquete de la Eucaristía como alimento de vida eterna?

Firmemente convencida de la verdad de las palabras de su Señor, la Iglesia nos llama e invita a nutrirnos continuamente de este admirable Sacramento, Cristo mismo que nos acompaña, Cristo mismo que en su Cuerpo y Sangre se nos da como alimento para que con la fuerza que Él nos da podamos caminar, luchar cada día con paciencia, con esperanza, perseverando en nuestra fe y haciéndola vida de modo que no vivamos ya como «viven los gentiles, según la vaciedad de su mente» (Ef 4, 17), sino que vivamos una vida nueva conforme a la verdad que Jesús nos ha enseñado.