Triunfo de la mujer, triunfo de María

1.- «Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza» (Ap 12,1). San Juan habla con frecuencia de los signos. Incluso, a diferencia de los Sinópticos, llama a los milagros que Jesús realiza con ese término. Así al milagro de Caná le llama “el primero de los signos”. De esa forma ve en los prodigios que el Señor realiza una manifestación de su poder y su gloria, una revelación del Misterio de Cristo. Así al narrar el milagro de la multiplicación de los panes y los peces acaba diciendo que Jesucristo es el Pan de vida.

Es curioso y significativo que en el último de los signos joánicos aparezca, como en el primero, la figura de la Mujer. En Caná intercediendo por aquellos jóvenes esposos y en el Apocalipsis enfrentada al Dragón rojo que intenta matar al hijo que va a nacer. En ambos casos su intervención es providencial. Y lo mismo que consiguió que Jesús convirtiera el agua en vino, de la misma forma conseguirá vencer al Demonio y salvar a sus hijos.

2.- «Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron» (1 Co 15,20). Jesús abatió a la muerte. Su poder divino devolvió la vida a su cuerpo muerto. Se iniciaba así el desfile triunfal de los vencedores. Es cierto que cuantos van tras de él, han de esperar aún al último día, cuando el Señor vuelva glorioso a juzgar vivos y muertos, para alcanzar la plenitud del triunfo con la participación en la gloria del propio cuerpo. Sin embargo, hay una excepción que confirma esa regla, María Santísima.

En efecto, lo mismo que nadie como ella participó de los sufrimientos del Redentor, de la misma forma nadie como ella debía participar de la victoria de Cristo. Por otra parte, ella fue concebida sin pecado y, por tanto, era lógico que no sucumbiera al poder de la muerte como los demás hombres. Así lo reconocieron los cristianos desde los primeros tiempos. Por fin, la Iglesia se pronunció solemnemente y por medio del Papa Pío XII declaró el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos.

3.- «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre…» (Lc 1,42) Isabel exclama gozosa ante la presencia de la Virgen María. Tan sólo llegar y ya ha brotado el alborozo del niño que late en sus entrañas desde hace seis meses, los suficientes para hacerse sentir ante la cercanía de la Madre del Señor. El Hijo de Dios, ya en el seno virginal de María, permanece silencioso y escondido… Misterio profundo que sólo mediante la fe podemos comprender un poco y aceptar rendidos.

Cercanía de la Virgen que suscita admiración y gozo, cantos de amor y de esperanza a nuestra Madre y Señora. También nosotros hemos de unir nuestras voces al coro de las alabanzas que todas las generaciones cantan a la Bienaventurada Virgen María. Pero no olvidemos que nuestro mejor poema no se hace con palabras sino con obras, con una vida semejante a la de Santa María, «Maestra en el sacrificio escondido y silencioso», como gustaba recordar San Josemaría Escrivá.

Antonio García Moreno