La misa del domingo

Dios realiza grandes hazañas en favor de la descendencia de Jacob, liberándola de la esclavitud de Egipto y haciéndola entrar en la tierra prometida. Luego de afrontar una nueva esclavitud a causa de su infidelidad, Dios liberó nuevamente a Israel del exilio babilónico y lo volvió a guiar a la tierra de sus padres (1ª. lectura). El Salmo responsorial proclama, a causa de este gran acontecimiento liberador: «Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares» (Sal 125, 12). Es la alegría desbordante que experimentan quienes retornan a Jerusalén luego del largo exilio.

Como culmen de las antiguas liberaciones realizadas por Dios a favor de su pueblo, el Señor Jesús viene a realizar la gran y definitiva liberación, la de la esclavitud del pecado y de la muerte, que es su fruto. Jesucristo es “Dios que salva” al pueblo de sus pecados (ver Mt 1, 21). Él es el Hijo unigénito de Dios que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, asumiendo plenamente la naturaleza humana para obrar la redención. Él es el Sumo Sacerdote (2ª. lectura) elegido por Dios para reconciliar a todos los seres humanos con su Padre.

En el Evangelio vemos al Señor Jesús camino a Jerusalén, donde se ofrecerá Él mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de reconciliación para el perdón de los pecados (ver 2 Cor 5, 18-19). El camino que recorre pasa por Jericó, una ciudad que distaba unos treinta kilómetros de Jerusalén.

A la salida de Jericó se encontraba sentado a la vera del camino un ciego pidiendo limosna. El evangelista da razón de su nombre: Bartimeo, es decir, el hijo de Timeo. Él, al enterarse que era el Señor quien pasaba por el camino, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Al dirigirse al Señor con este título lo reconoce como Aquel que habría de nacer de la descendencia de David, el Mesías esperado (ver 2 Sam 7, 12.16). Evidentemente ya se había difundido entre la gente del pueblo la creencia de que Jesús era el Cristo.

Es interesante notar que en el Evangelio de Marcos diversos episodios se abren presentando a Jesús en camino a Jerusalén (ver Mc 8, 27; 9, 33-34; 10, 17; 10, 32). El evangelista parece sugerir de este modo que la vida cristiana es un ir de camino con Jesús, que ser discípulo es seguir a Jesús por el camino que, pasando por la Cruz, le llevará a participar de la gloria de su Resurrección.

Bartimeo estaba sentado a la vera del camino, como simbolizando su estado de marginación de la Vida verdadera debido a su ceguera, concebida como manifestación visible de algún pecado invisible. El Señor escucha la súplica de aquel que implora piedad y le concede el milagro que le pide. Atendiendo a su súplica no sólo cura su ceguera física, liberándolo así de su estado de miseria y postración, sino que también lo libera de su pecado: «tu fe te ha salvado».

La alegría y gratitud del ciego curado se expresa en el seguimiento comprometido: «lo siguió por el camino».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Fruto del pecado es la escotosis. ¿Qué quiere decir esta extraña palabra? Este término procede del griego skotos, que se traduce como oscuridad, tinieblas. Por escotosis nos referimos a la oscuridad en la que se ve sumergida la razón humana como consecuencia del pecado. Es por tanto una ceguera mental y espiritual que nos impide ver la realidad con objetividad, tal y como es verdaderamente, tal y como Dios la ve.

La escotosis produce en nosotros una visión equivocada y distorsionada de la propia identidad. Por esta ceguera u oscurecimiento pierdo de vista “quién soy yo”, dejo de reconocerme y de reconocer a los demás como criaturas de Dios. Asimismo pierdo de vista quién es Dios y por ello dejo de glorificarlo como es debido (ver Rom 1, 21-22).

Quien es presa de esta ceguera crea su propio mundo a base de fantasías e ilusiones, vive en el autoengaño y el subjetivismo. La escotosis nos impide también ver con claridad hacia dónde nos orientan los profundos anhelos que anidan en nuestro corazón, así como el modo adecuado de responder a ellos. En medio de esta ceguera, seducidos por las ilusiones, caemos en una lectura equivocada de esos anhelos que podemos llamar también dinamismos fundamentales. Esta errada lectura o decodificación nos lleva a creer que podemos saciar nuestra sed de Infinito y nuestra nostalgia de Dios ya sea con el placer (como le sucedió a la samaritana: Jn 4, 18), o con el tener (como le sucedió al joven rico: Mc 10, 17-22) o con el poder (como les sucedió a Santiago y Juan: Mc 10, 35-45).

¡Cuántas veces obramos movidos o seducidos por los ídolos del poseer-placer, del tener y del poder! En esas situaciones somos como ciegos sentados al borde del Camino de la Vida verdadera, ciegos que preferimos tristemente vivir de limosnas, de migajas que nunca nos saciarán, dejando que las “voces” del mundo callen el clamor del corazón en vez de “gritar más fuerte” para pedirle al Señor que nos cure de nuestra “ceguera”, que nos dé su luz y su misma mirada para poder vernos a nosotros mismos, ver a los demás y ver todas las cosas como Él las ve!

En efecto, esta ceguera sólo podemos curarla acudiendo al Señor, quien ha dicho de sí: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Sólo acogiendo al Señor y la luz que Él derrama en nuestras mentes podemos ver con claridad sin engañarnos a nosotros mismos autoconvenciéndonos de que “está bien” algo que en realidad no lo está, sin andar “razonando” y actuando bajo el impulso e imperio de las pasiones desordenadas.

El Señor Jesús es «la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9), luz que nos ilumina a ti y a mí. Si quieres ver con la luz del Señor, si quieres comprender realmente el misterio que eres tú, así como el sentido hermosísimo de tu existencia, si quieres responder a las ansias profundas de Infinito que con fuerza experimentas palpitar en tu corazón, si quieres responder a tu hambre y nostalgia de Dios, no te canses de buscar en Él esa luz y de pedirle insistentemente como Bartimeo: «Maestro, ¡que vea!» (Mc 10, 51). Así, renovando día a día esta humilde súplica, haciendo que ese grito sea más fuerte que las “voces” de la ilusión, de la mentira y del engaño que buscan seducirte, procura nutrirte de las enseñanzas del Señor Jesús, asimilando y haciendo propios los criterios de Jesús para iluminar así todos tus pasos, tus opciones y decisiones de la vida cotidiana.

Y como Bartimeo, una vez curado o curada de tu ceguera por la luz que el Señor derrama en tu mente y corazón, no dejes de seguirlo cada día, con perseverancia y gratitud, por el camino que conduce a la Vida plena y eterna.