La misa del domingo

Elías, el más grande profeta de Israel, le pide de comer y beber a una viuda pobre de Sarepta (1ª. lectura). La mujer se encuentra en una situación en extremo desesperada, pues en medio de la carestía general no le queda más que un puñado de harina y un poco de aceite para hacer un pan para ella y para su hijo: «comeremos y luego moriremos», le dice al profeta. El profeta Elías la invita a confiar en Dios, pues Él ha dicho: «El cántaro de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará». La viuda responde con un acto de enorme generosidad, desprendimiento y confianza en Dios: «hizo lo que le había dicho Elías». Dios, por su parte, no defraudó la confianza de aquella mujer y cumplió su promesa tal y como lo había dicho Elías.

Este episodio del Antiguo Testamento encuentra un paralelo en el Evangelio de este Domingo. El Señor Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén. Allí solía ir a enseñar. En una ocasión se puso a observar a la gente que iba echando sus óbolos en los cepillos.

Dentro del gran Templo, en el atrio de las mujeres, se encontraba la sala del tesoro. A la entrada de esta sala había colocados trece cepillos, llamados “trompas” por la forma de su abertura exterior. Las ofrendas se hacían más numerosas cuando los judíos acudían a Jerusalén con ocasión de alguna fiesta importante, como por ejemplo en la Pascua. Los peregrinos aprovechaban la visita a la ciudad santa para pagar también el tributo del Templo, obligatorio para los judíos.

El Señor observaba cómo los ricos echaban en cantidad. Acaso lo hacían con cierta ostentación, para que se viera lo mucho que echaban. Observa asimismo a una viuda pobre que se acerca para echar apenas «dos moneditas», una suma irrisoria en sí misma y más aún si se comparaba con lo mucho que echaban los ricos. Aquellas moneditas eran dos “leptá”. Si queremos hacernos una idea del valor aproximado de su ofrenda, dieciséis leptá equivalían a un denario, que es lo que recibía un obrero por un día de trabajo (ver Mt 20,2). Su ofrenda equivale, pues, a la octava parte de un jornal.

De las viudas en Israel sabemos que se encontraban en una situación bastante precaria, por estar jurídicamente desprotegidas. Al casarse la mujer se separaba de su propia familia. Si enviudaba, perdía el vínculo con la familia del difunto. Podía volver a la familia de sus padres, pero ésta no tenía obligación de mantenerla. Con el tiempo muchas viudas terminaban pobres y abandonadas.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión para dar una lección fundamental a sus discípulos. Pone a esta viuda pobre como modelo de generosidad: ella ha dado más que nadie, porque mientras los demás echaban de lo que les sobraba, «ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12, 43-44). La lección es clara: lo que pesa en la ofrenda dada a Dios no es tanto la cantidad, sino la actitud con que se da. Aquella viuda, a diferencia de los que dan “de lo que les sobra”, muestra una enorme generosidad y confianza en Dios. Ella, por amor a Dios, se desprende incluso de lo que necesita, se desprende de todo lo que tiene para vivir. Su entrega no es un acto suicida, sino que manifiesta su enorme confianza en Dios, confianza de que a ella nada le faltará porque está en las manos de Dios. Sabe que Dios no se deja ganar en generosidad: Él es muchísimo más generoso con quien es generoso con Él. Dios, en cuyas manos se sabe, proveerá lo necesario para su subsistencia.

La confianza en Dios y la generosidad mostrada por aquellas dos mujeres tan dignas de alabanza es mostrada también por el Señor mismo. Jesucristo, el Hijo del Padre, Dios de Dios que por amor al hombre se ha hecho hombre encarnándose de María Virgen por obra del Espíritu Santo: no sólo da todo de sí, sino que Él mismo se entrega totalmente por nosotros en el Altar de la Cruz (2ª. lectura). Él ha ofrecido este sacrificio «una sola vez para quitar los pecados de todos». Por el don total de sí mismo nos ha reconciliado definitivamente con Dios.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Y yo, cuánto le doy al Señor? ¿Le doy todo de mí? ¿O le doy sólo de lo que me sobra? La generosidad con el Señor no se mide sólo en cuánta limosna doy, cuánto colaboro económicamente con el sostenimiento de la Iglesia, sino más aún en cuanto le entrego de mi tiempo, para rezar, para encontrarme con Él, para dedicarme a obras sociales en nombre del Señor. Así, por ejemplo, puedo preguntarme: ¿Cuántas veces he dejado de ir a Misa los Domingos y le he dicho al Señor “hoy no tengo tiempo para Ti”, “hoy prefiero mi descanso”? ¿Le he dado “más” cuando experimentaba que me pedía más, o le he dicho “hasta aquí no más”, “no me pidas más”? ¿Qué tan generoso he sido con Él ofreciéndole mi tiempo, dones, talentos, ofreciéndome yo mismo para lo que Él quiera?

Podemos hacernos esta otra pregunta también: ¿Es posible que ame a Dios con todo mi ser, si no estoy dispuesto a darle todo lo que Él me pide, a darle todo de mí, a darle mi propia vida incluso? Muchas veces ponemos límites a nuestro amor. Limitamos nuestro amor a Dios cuando nos dejamos vencer por el miedo y la desconfianza, cuando nos apegamos a nuestras seguridades materiales, a las personas, a los puestos de importancia, a nuestra fama, etc. Limitamos nuestro amor y lo dañamos cuando preferimos nuestros vicios y pecados como la pereza, la lujuria, la vanagloria, la ira, la soberbia, o cuando antes que buscar cumplir el Plan de Dios anteponemos nuestros propios planes.

La experiencia humana nos enseña que aquel o aquella que ama de verdad, está dispuesto a darlo todo por aquel a quien ama, está dispuesto incluso a sacrificar la propia vida por el amado. No otra cosa decía el Señor del amor pleno: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Ama a Dios verdaderamente quien no se reserva nada para sí mismo. Así, dándose, asumiendo una actitud oblativa en su vida, el ser humano experimenta aquello que enseñaba también el Señor: «Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hech 20, 35). Es en ese darse totalmente a Dios, en ese confiar plenamente en Él, aunque cueste, aunque duela, cuando experimenta la profunda alegría del corazón, cuando se realiza verdaderamente.

El egoísta cree que no puede haber alegría alguna en dar. Se resiste a compartir. Cree que la alegría la encontrará únicamente aferrándose a lo que tiene, recibiendo y poseyendo cada vez más. Sin embargo, al vivir de ese modo sólo crece la angustia de su corazón por la preocupación de no perder lo que tiene. Y si lo pierde, le invade una inmensa desolación, una tristeza y depresión tal que incluso su propia vida pierde sentido. ¡Qué triste y pobre es la vida de quien cierra su corazón por el egoísmo y la mezquindad! Aferrándose a sus riquezas y bienes, cae en la mayor pobreza, la pobreza de aquel a quien le falta amor.

En cambio, quien como la viuda pobre o como el Señor mismo aprende a hacer de la generosidad y magnanimidad la ley de su vida, aunque no tenga mucho o se encuentre en la indigencia, posee una riqueza enorme, una riqueza que nadie le podrá quitar, es la riqueza de poder vivir el amor verdadero, no sólo en esta vida, sino para toda la eternidad.