Comentario – Domingo III de Adviento

(Lc 3, 10-18)

La gente que se acercaba a Juan el Bautista preguntaba qué debía hacer, porque ellos sentían que debían ofrecer algo a Dios en el camino de purificación que proponía Juan en su predicación.

Y Juan podría haberles respondido que cumplieran la Ley de Dios, que respetaran los mandamientos, que hicieran ayunos y sacrificios. Pero la respuesta de Juan más bien resumía las exigencias de Dios en los deberes para con el prójimo: en la misericordia y la justicia.

Al pueblo en general le hace una invitación a compartir los bienes con el pobre. Pero a los que tienen alguna autoridad en la sociedad les pide además honestidad y justicia en el desempleo de sus funciones públicas.

El testimonio de vida y la enseñanza simple de Juan cautivaban a la gente, y el pueblo estaba esperando que Juan manifestara que él mismo era el Mesías. Por eso Juan aclara que el Mesías es mucho más poderoso que él, que su bautismo es sólo una preparación, pero el Bautismo que traerán el Mesías será una verdadera purificación, porque derramará el Espíritu Santo como fuego.

El Mesías cumplirá aquel anuncio del profeta Ezequiel: “Los purificaré de toda inmundicia y de toda basura, y les daré un corazón nuevo… Infundiré mi Espíritu en ustedes y haré que caminen según mis preceptos” (Ez 36, 25-27). Esto significa que la manifestación del poder del Mesías se realizará sobre todo en los corazones. Y esa obra interior del Mesías hará que los hombres puedan cumplir de verdad los sabios consejos del Bautista. Porque una predicación atractiva no es suficiente, es necesaria la acción secreta de la gracia de Dios en el interior del hombre.

Oración:

“Derrama tu Espíritu en mi interior Jesús, derrámalo como fuego purificador que me limpie de toda inmundicia y de todos mis falsos ídolos. Derrámalo para que me dé un corazón generoso, capaz de compartir con el pobre y de vivir en la justicia”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día