Estemos alegres, el Señor ya está cerca

1. – Hemos escuchado en la antífona de entrada un importante mensaje. Dice: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca”. La alegría es un síntoma indeleble de la conversión, de la cercanía evidente de Dios. Nadie que haya conocido al Señor –y haya perseverado—puede estar triste. Hemos oído muchas veces, la famosa frase: “un santo triste es un triste santo”. Y así es. Si la tristeza perdura en nuestros corazones es porque no hemos recibido al Señor. No hemos aceptado su llegada. Es verdad que la vida nos puede traer hechos malos y complicados que dispongan el ánimo a la tristeza, pero por encima de ellos, está la alegría que Dios comunica a los que le aman. Ese canto a la alegría está precisamente en el fragmento de la Carta que Pablo dirigía a los fieles de Filipos. De hecho toda la epístola a los Filipenses en una sinfonía alegre motivada por la espera ante la Llegada del Señor.

En otra pieza que casi nunca glosamos en las homilías, en el canto del Aleluya, también hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para dar la Buena Noticia a los Pobres”. ¿No es esa la misión principal del Salvador? ¿Y no es también tarea principal para nosotros que debemos secundar –muy especialmente en estos días, el trabajo del Señor Jesús? Debemos dar la Buena Noticia a los pobres, y junto a esa excelente información que es el Nacimiento de Dios hecho Hombre, hemos de ofrecer a los pobres nuestro aliento y nuestro apoyo, moral y material. Hay mucha tristeza y pobreza en nuestras calles que debemos remediar con nuestra presencia y nuestros dones, dinero, comida, sonrisas, abrazos. También el Salmo de hoy es muy particular. Y lo es porque no es un Salmo, sino unos versos sacados del capítulo 12 del Libro de Isaías. En ese texto se nos pide alegría y júbilo porque Dios está con nosotros. Y si os dais cuenta unas partes breves de la liturgia de hoy nos han marcado el camino. Siempre hemos de apercibirnos de la sabiduría, incluida en los textos –en todos ellos, grandes y pequeños—que leemos cada domingo. Y apreciar la especial inteligencia de quienes, hace muchos años, pusieron las bases de la celebración del Día del Señor.

Asimismo, nuestra tiene unas características especiales. Procede del Libro del Profeta Sofonías. Y en general su relato es muy triste, porque Israel está viviendo muy malos momentos. Los reyes de Israel no defienden lo fundamental y los invasores asirios están muy cerca. Pero, en un momento, se hace un rayo de luz en tanta oscuridad. El Rey Josías se anuncia como un gran reformador y la presión de los ejércitos de Asiria parece que se desvanece. Se espera una nueva etapa y eso produce que el profeta triste exalte de alegría para anunciar un gran gozo. Es como nos ocurre a nosotros. En medio de nuestras dificultades cotidianas está la alegría de la llegada del Señor Jesús, que hará nuestra vida mejor, que cambiará nuestro mundo de injusticia en un mundo de paz y amor.

2. – San Juan Bautista en el texto del Evangelio de San Lucas marca el camino y predica la solidaridad y la justicia. Hay que repartir los bienes y no abusar del poder, como les diría, por ejemplo, a los soldados –representantes del Estado—que escuchan su predicación. Hay otro detalle en el relato de Lucas que nos interesa mucho. Dice que el pueblo estaba expectante ante la llegada del Mesías y por eso preguntan al Bautista si él es a quien esperan. Nos interesa remarcar esa expectación. Y, claro, de ella surge la interrogante de si nosotros llegamos a ese grado de interés por la espera. Y es que no podemos quitar a la Navidad nada de su contenido real: Es decir, la fecha en que el Hijo de Dios llega a salvarnos. Pero tampoco sería ni lícito, ni conveniente, que dejáramos la celebración en —sólo—el interior del templo. Hay que salir a la calle a comunicar esa alegría. Y por ello no hay que poner demasiados peros a la explosión de luces y colores en que nuestras calles se convierten, aunque sean parte del negocio y del consumismo. Es bueno que Dios esté en la calle y no importa –como también dice el Evangelio—que “otros hagan milagros en su nombre”, aunque no los conozcamos.

3. – Hemos superado ya la mitad del Adviento. El próximo domingo, el Cuarto de este tiempo feliz de espera, es ya el último. Después nos encaramos, sin más rodeos, con el prodigioso milagro de Belén, donde un Dios poderosísimo se hace Niño para salvarnos y darnos una alegría que siempre vivirá en nuestro corazón. Hermanos aprovechemos el tiempo que nos queda hasta la llegada del Señor Jesús, enmendemos nuestros caminos y nuestros comportamientos. Juan el Bautista nos dice como. La historia con la llegada de Jesús de Nazaret se va a abrir a un tiempo de paz, de amor, de solidaridad, de alegría, de gozo. Colaboremos con Él en que el mundo y sus habitantes sean mejores y vivan mejor. Es lo que nos va a pedir Jesús cuando llegue.

Ángel Gómez Escorial