Comentario – Martes II de Tiempo Ordinario

Mc 2, 23-28

… conflicto con los fariseos (continuación)

1º Jesús y sus discípulos perdonan los pecados…

2º Jesús y sus discípulos no ayunan…

3º Jesús y sus discípulos tienen un espíritu muy amplio respecto al día del sábado.

En el día del sábado, caminando Jesús con sus discípulos a través de las mieses, estos comenzaron a arrancar espigas… 

Empiezo por contemplar la escena… humanamente.

Jesús «camina a través de los campos de trigo», con sus cinco discípulos.

Los discípulos arrancan espigas y mordisquean granos de trigo. ¿Tenían hambre? ¿O bien era sólo un gesto maquinal, natural? ¿O bien una pequeña golosina? Es agradable en verano hacer crujir entre los dientes un grano bien maduro.

Un suave sabor a harina fresca nos llena la boca.

Los fariseos le decían «¡Mira lo que están haciendo en sábado!» 

¡Los sempiternos aguafiestas estaban allá! Ellos, los que están siempre a punto de escandalizarse al menor gesto algo espontáneo: en la vida de estos hombres, todo está previsto, regulado, todo es afectado.

¡Los guardianes oficiales de la Ley están aquí! Son los propietarios de la Ley de Moisés, y los únicos intérpretes auténticos: se han atribuido el papel de velar sobre todas las desviaciones.

¡No está permitido! 

El gran criterio legalista y formalista ya está lanzado: «permitido»… «prohibido»… A menudo, yo también soy un fariseo, en mi vida personal, o en el juicio que formo de los demás… Siempre que mi sola referencia es la Ley, tomada en sí misma: ¿tengo derecho de hacer esto o aquello? ¿Hasta dónde puedo llegar sin que sea pecado? Por ejemplo: «no he robado»… pero «¿no he privado a alguien de lo que de mí esperaba? O también, «no he matado, ni asesinado»… pero, «a menudo, ¿no le he dado a alguien motivo de sufrimiento con mis palabras o mi silencio, con mis críticas o mi indiferencia? Señor Jesús, tú me recuerdas hoy que más allá de lo permitido o de lo prohibido, está el amor, que es mucho más exigente que todas las interdicciones.

Jesús les responde: «David, cuando tuvo necesidad y sintió hambre… entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, que no es lícito comer sino a los sacerdotes, y los dio asimismo a sus compañeros…» 

¡Cuan sorprendente es esta palabra de Jesús, Señor! Eres Tú, Dios, quien sale en defensa del «hombre necesitado» tú destacas que la vida del hombre va por delante de las prescripciones cultuales. Los más elementales detalles de la ley natural -el que tiene hambre de~e poder comer-… deben ser observados antes que las prácticas estrictamente religiosas.

¡Qué inversión de valores! ¡Qué novedad! El compartir simplemente humano, la vida del hombre… son más apreciados a tus ojos que las observancias legales.

Revisando los diferentes actos de mi jornada, me pregunto, a la luz de tu Palabra, Señor, lo que es más importante para ti…

Y Jesús añade: «El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.» 

La Ley está hecha para el hombre, y no a la inversa.

Veremos su aplicación en la lectura de mañana.

Noel Quesson
Evangelios 1