Comentario – Miércoles II de Tiempo Ordinario

Mc 3, 1-6

Un sábado entró de nuevo Jesús en la sinagoga, donde había un hombre con una mano paralizada.

Le observaban a ver si Jesús le curaba en sábado para poder acusarle.

En primer lugar hay que imaginarse la escena. Es muy concreta.

Es el día consagrado al Señor (hoy diríamos el domingo). Jesús va a la sinagoga para participar en el oficio, (la misa, hoy). La asistencia está allí, en torno a Jesús. Los adversarios habituales forman también parte de la asistencia: están ahí, nerviosos, esperando un paso en falso del joven rabí, una palabra contraria a la ortodoxia farisea, un gesto desacostumbrado prohibido por la Ley. Clima de sospecha: se quiere acusar… se espía.

Jesús dice al hombre de la mano paralizada: «Levántate y ponte delante.» Y a los otros les dice: «¿Es lícito el hacer bien en sábado… o el hacer mal…?»

Para ti, no es la Ley, ni aún la Ley del Sabbat, lo que tiene la primacía. Es este pobre hombre paralizado… lo primero. Las leyes están hechas para bien de las personas. Nunca la Ley por la Ley, el reglamento por el reglamento. ¿Cuáles son las obediencias a las que he de someterme según mi estado de vida? Ayúdame, Señor, a descubrir sus razones profundas, para someterme a ellas desde mi interior y libremente… y no a la fuerza, o mecánicamente, formalmente.

«¿El salvar una vida… o el matar…?»

Sí, Dios está en favor de la vida, de la salvación, de la felicidad. Jesús afirma el primado de la «conciencia» humana sobre la regla.

De hecho, Jesús no destruye el sábado: incluso pone de manifiesto en profundidad su sentido profético… debería ser el día de la «alegría», el día de la “vida” el día de la «fiesta»… ¡el día de Dios! ¡el día en que se «hace el bien», el día en que se «salva una vida»!

Pero, aparentemente, Jesús trasforma enteramente la concepción mezquina que de la Ley se habían hecho sus responsables.

¿Qué concepción tengo yo del domingo?

Y ellos callaban… Entonces, dirigiéndoles una mirada airada, entristecido por la dureza de su corazón…
No quieren contestar a «su pregunta». Están seguros de sí mismos. Son ellos los que poseen la verdad. Ni siquiera inician el diálogo. Se callan. Ni siquiera quieren disentir. Quizá se verían obligados a acusarse.

Contemplo tu rostro, Señor, «airado». No te importa enfrentarte a tus contemporáneos… no ser de la opinión de los dirigentes. Pero tu violencia, oh Señor, no apunta a la muerte sino a salvar una «vida», tú dices «no» al mal, bajo todas sus formas.

Y, por esto, ¡eres un apasionado! Tú eres capaz de encolerizarte.

Cuando los hombres no quieren cambiar de punto de vista, cuando nos encerramos en nuestros juicios legalistas, cuando rehusamos responder a las preguntas que nos haces, cuando «endurecemos nuestro corazón»… ¡esto te encoleriza. Señor!

Señor, cúranos de nuestros sectarismos, de nuestras estrecheces.

Una vez fuera, los fariseos se concertaron con los herodianos sobre la manera de prender a Jesús.
El evangelio de Marcos es dramático. Desde el comienzo se entreveía cruz. Durante tres años, el combate será tenaz y despiadado.

Noel Quesson
Evangelios 1